domingo, 1 de noviembre de 2026

3 relatos breves con moraleja de Gabriela Mistral

 

Gabriela Mistral

La escritora chilena Gabriela Mistral nos invita a reflexionar sobre la vida y el comportamiento humano a través de relatos breves en los que la naturaleza se convierte en protagonista. La charca, La raíz del rosal y Por qué las rosas tienen espinas  son tres historias que transmiten enseñanzas sobre la esperanza, la humildad, la belleza y la necesidad de proteger aquello que valoramos.

Estos relatos forman parte de Desolación, obra publicada en Nueva York en 1922 por el Instituto de las Españas. Allí fueron incluidos en la sección «Prosa escolar – Cuentos escolares», dedicada a textos que combinan la sensibilidad literaria con una intención reflexiva y educativa.

 

Tres cuentos de Gabriela Mistral y sus moralejas

Estos textos presentan características de la fábula y la leyenda: los elementos de la naturaleza adquieren cualidades humanas y participan en situaciones que nos llevan a pensar sobre nuestra propia conducta.

En La charca, Gabriela Mistral cuenta la historia de una charca oscura que, al recibir la luz del sol, se transforma en un lugar lleno de belleza antes de evaporarse. El relato simboliza la esperanza y el poder transformador de las oportunidades. 

  • Moraleja: Incluso en la oscuridad más profunda, una oportunidad puede transformarlo todo.

En La raíz del rosal, un hilo de agua se burla de una raíz por su apariencia, hasta que descubre que gracias a su esfuerzo crecen hermosas rosas. La historia nos enseña a no juzgar por las apariencias y a valorar el trabajo silencioso.

  • Moraleja: No juzgues por las apariencias; la verdadera belleza puede estar oculta.

Por último, Por qué las rosas tienen espinas narra cómo Dios protege las rosas del maltrato humano concediéndoles espinas. Este cuento nos invita a reflexionar sobre la ingratitud y la necesidad de proteger la bondad frente al abuso. Protegerse no significa perder la bondad, sino comprender que no podemos seguir entregándonos a quienes nos hacen daño.

  • Moraleja: La bondad también necesita protección cuando otros abusan de ella.

A través de estas tres historias, Gabriela Mistral nos recuerda la importancia de la esperanza, la humildad y el respeto hacia aquello que nos rodea.

 

Una invitación a reflexionar

Leer a Gabriela Mistral es descubrir que, a veces, las enseñanzas más profundas se encuentran en las cosas más pequeñas de la naturaleza. También puedes escuchar estos relatos breves de Gabriela Mistral en YouTube y Spotify.

 

Relatos de Gabriela Mistral


LA CHARCA

Era una charca pequeña, toda pútrida. Cuanto cayó en ella se hizo impuro: las hojas del árbol próximo, las plumillas de un nido, hasta los vermes del fondo, más negros que los de otras pozas. En los bordes, ni una brizna verde.

El árbol vecino y unas grandes piedras la rodeaban de tal modo, que el sol no la miró nunca ni ella supo de él en su vida.

Mas, un buen día, como levantaran una fábrica en los alrededores, vinieron obreros en busca de las grandes piedras.

Fué eso en un crepúsculo. Al día siguiente, el primer rayo cayó sobre la copa del árbol y se deslizó hacia la charca.

Hundió el rayo en ella su dedo de oro, y el agua, negra como un betún, se aclaró: fué rosada, fué violeta, tuvo todos los colores: ¡un ópalo maravilloso!

Primero, un asombro, casi un estupor, al traspasarla la flecha luminosa; luego, un placer desconocido mirándose transfigurada; después... el éxtasis, la callada adoración de la presencia divina descendida hacia ella.

Los vermes del fondo se habían enloquecido en un principio por el trastorno de su morada; ahora estaban quietos, perfectamente sumidos en la contemplación de la placa áurea que tenían por cielo.

Así, la mañana, el medio día, la tarde. El árbol vecino, el nido del árbol, el dueño del nido, sintieron el estremecimiento de aquel acto de redención que se realizaba junto a ellos. La fisonomía gloriosa de la charca se les antojaba una cosa insólita.

Y al descender el sol, vieron una cosa más insólita aún.

La caricia cálida fué, durante todo el día, absorbiendo el agua impura lenta, insensiblemente. Con el último rayo, subió la última gota. El hueco gredoso quedó abierto, como la órbita de un gran ojo vaciado.

Cuando el árbol y el pájaro vieron correr por el cielo una nube flexible y algodonosa, nunca hubieran creído que esa gala del aire fuera su camarada, la charca de vientre impuro.

. . . . . . . . .

Para las demás charcas de aquí abajo, ¿no hay obreros providenciales que quiten las piedras ocultadoras del sol?

 

LA RAIZ DEL ROSAL

Bajo la tierra como sobre ella, hay una vida, un conjunto de seres, que trabajan y luchan, que aman y odian.

Viven allí los gusanos más oscuros, y son como cordones negros; las raíces de las plantas, y los hilos de agua subterráneos, prolongados como un lino palpitador.

Dicen que hay otros aún: los gnomos, no más altos que una vara de nardo, barbudos y regocijados.

He aquí lo que hablaron cierto día al encontrarse, un hilo de agua y una raíz de rosal:

—Vecina raíz, nunca vieron mis ojos nada tan feo como tú. Cualquiera diría que un mono plantó su larga cola en la tierra y se fué dejándola. Parece que quisiste ser una lombriz, pero no alcanzaste su movimiento en curvas graciosas, y sólo le has aprendido a beberme mi leche azul. Cuando paso tocándote, me la reduces a la mitad. Feísima, dime, ¿qué haces con ella?

Y la raíz humilde respondió:

—Verdad, hermano hilo de agua, que debo aparecer ingrata a tus ojos. El contacto largo con la tierra me ha hecho parda, y la labor excesiva me ha deformado, como deforma los brazos al obrero. También yo soy una obrera; trabajo para la bella prolongación de mi cuerpo que mira al sol. Es a ella a quien envío la leche azul que te bebo; para mantenerla fresca, cuando tú te apartas, voy a buscar los jugos vitales lejos. Hermano hilo de agua, sacarás cualquier día tus platas al sol. Busca entonces la criatura de belleza que soy bajo la luz.

El hilo de agua, incrédulo, pero prudente, calló, resignado a la espera.

Cuando su cuerpo palpitador, ya más crecido, salió a la luz, su primer cuidado fué buscar aquella prolongación de que la raíz hablara.

Y ¡oh Dios! lo que sus ojos vieron.

Primavera reinaba, espléndida, y en el sitio mismo en que la raíz se hundía, una forma rosada, graciosa, engalanaba la tierra.

Se fatigaban las ramas con una carga de cabecitas rosadas, que hacían el aire aromoso y lleno de secreto encanto.

Y el arroyo se fué, meditando por la pradera en flor:

—¡Oh, Dios! ¡Cómo lo que abajo era hilacha áspera y parda, se torna arriba seda rosada! ¡Oh, Dios! ¡Cómo hay fealdades que son prolongaciones de belleza!...

 

POR QUE LAS ROSAS TIENEN ESPINAS

Ha pasado con las rosas lo que con muchas otras plantas, que en un principio fueron plebeyas por su excesivo número y por los sitios donde se las colocara.

Nadie creyera que las rosas, hoy princesas atildadas de follaje, hayan sido hechas para embellecer los caminos.

Y fué así, sin embargo.

Había andado Dios por la Tierra disfrazado de romero todo un caluroso día, y al volver al cielo se le oyó decir:

—¡Son muy desolados esos caminos de la pobre Tierra! El sol los castiga y he visto por ellos viajeros que enloquecían de fiebre y cabezas de bestias agobiadas. Se quejaban las bestias en su ingrato lenguaje y los hombres blasfemaban. ¡Además, qué feos son con sus tapias terrosas y desmoronadas!

Y los caminos son sagrados, porque unen a los pueblos remotos y porque el hombre va por ellos, en el afán de la vida, henchido de esperanzas, si mercader; con el alma extasiada, si peregrino.

Bueno será que hagamos tolderías frescas para esos senderos y visiones hermosas: sombra y motivos de alegría.

E hizo los sauces que bendicen con sus brazos inclinados; los álamos larguísimos, que proyectan sombra hasta muy lejos, y las rosas de guías trepadoras, gala de las pardas murallas.

Eran los rosales, por aquel tiempo, pomposos y abarcadores; el cultivo, y la reproducción, repetida hasta lo infinito, han atrofiado la antigua exuberancia.

Y los mercaderes, y los peregrinos, sonrieron cuando los álamos, como un desfile de vírgenes, los miraron pasar, y cuando sacudieron el polvo de sus sandalias bajo los frescos sauces.

Su sonrisa fué emoción, al descubrir el tapiz verde de las murallas, regado de manchas rojas, blancas y amarillas, que eran gasa viva, carne perfumada. Las bestias mismas relincharon de placer. Eleváronse de los caminos, rompiendo la paz del campo, cantos de un extraño misticismo, por el prodigio.

Pero sucedió que el hombre, esta vez como siempre, abusó de las cosas puestas para su alegría y confiadas a su amor.

La altura defendió a los álamos; las ramas lacias del sauce, no tenían atractivo; en cambio, las rosas sí que lo tenían, olorosas como un frasco oriental e indefensas como una niña en la montaña.

Al mes de vida en los caminos, los rosales estaban bárbaramente mutilados y con tres o cuatro rosas heridas.

Las rosas eran mujeres, y no callaron su martirio. La queja fué llevada al Señor. Así hablaron temblando de ira y más rojas que su hermana, la amapola.

—Ingratos son los hombres, Señor; no merecen tus gracias. De tus manos salimos hace poco tiempo, íntegras y bellas; henos ya mutiladas y míseras.

Quisimos ser gratas al hombre y para ello realizábamos prodigios: abríamos la corola ampliamente, para dar más aroma; fatigábamos los tallos, a fuerza de chuparles savia, para estar fresquísimas. Nuestra belleza nos fué fatal.

Pasó un pastor. Nos inclinamos para ver los copos redondos que le seguían. Dijo el truhán:

“Parecen un arrebol, y saludan, doblándose, como las reinas de los cuentos.”

Y nos arrancó dos gemelas con un gran tallo.

Tras él venía un labriego. Abrió los ojos asombrado, gritando:

“¡Prodigio! La tapia se ha vestido de percal multicolor, ni más ni menos que una vieja alegre!”

Y luego:

“Para la añuca y su muñeca.”

Y sacó seis, de una sola guía, arrastrando la rama entera.

Pasó un viejo peregrino. Miraba de extraño modo: frente y ojos parecían dar luz.

Exclamó:

“¡Alabado sea Dios en sus criaturas cándidas! ¡Señor, para ir glorificándote en ella!”

Y se llevó nuestra más bella hermana.

Pasó un pilluelo.

“¡Qué comodidad!—dijo.—¡Flores en el caminito mismo!”

Y se alejó con una brazada, cantando por el sendero.

Señor, la vida así no es posible. En días más, las tapias quedarán como antes: nosotras habremos desaparecido.

—¿Y qué queréis?

—¡Defensa! Los hombres escudan sus huertas con púas de espino y zarzas. Algo así puedes realizar en nosotras.

Sonrió con tristeza el buen Dios, porque había querido hacer la belleza fácil y benévola, y repuso:

—¡Sea! Veo que en muchas cosas tendré que hacer lo mismo. Los hombres me harán poner en mis hechuras hostilidad y daño, ya que abusan de las criaturas dulces.

En los rosales se hincharon las cortezas y fueron formándose levantamientos agudos: las espinas.

Y el hombre, injusto siempre, ha dicho después que Dios va borrando la bondad de su creación.

Fuente: Wikisource

 

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