Mario Benedetti
A continuación, te presento "La
noche de los feos" de Mario Benedetti. Este cuento para adultos es
una exploración magistral sobre la vulnerabilidad y la mirada ajena, centrada
en el encuentro fortuito de dos personas marcadas por lo que la sociedad
considera imperfecciones físicas. Lejos de ser una simple historia sobre la
apariencia, el relato se convierte en un refugio psicológico donde la oscuridad
actúa como el único espacio posible para la sinceridad absoluta. El significado
profundo de este cuento reside en la liberación que experimentamos cuando
apagamos el juicio externo para permitir una conexión humana real; es una
invitación a descubrir que la verdadera identidad solo emerge cuando dejamos de
protegernos tras nuestras máscaras y nos atrevemos, simplemente, a ser y a
dejar que nos vean.
Este relato de Mario Benedetti puedes
escucharlo en Youtube y Spotify.
La noche de los feos
(Cuento completo)
Ambos somos feos. Ni siquiera
vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le
hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una
quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos
ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los
horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de
ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o
ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya
unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio
implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine,
haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue
donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad;
allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas
soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas
parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la
mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y
crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades
con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su
pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella
no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una
ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en
filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la
penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien
formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos
admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo
menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo
para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de
otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que
son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el
mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado
la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos
metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la
impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una
confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en
ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente,
quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas
están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese
inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente
simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya
que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas
carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero
dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos
que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos
bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y
ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y
arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pensando?”, pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El
pozo de la mejilla cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para
cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media
hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto
me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan
hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi
equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo,
¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los
normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita
que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar
por su risa, irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi
mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una
posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo cómo qué?”
“Como querernos, caramba. O
simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería
concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme como un
chiflado.”
“Prometo.”
“La posibilidad es meternos en la
noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro
total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo
sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la
mejilla se volvió súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda
cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró
preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un
diagnóstico.
“Vamos”, dijo.
No sólo apagué la luz sino que además
corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración
afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude
darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente
una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión
estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía
arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O
intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas
de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró
el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En
realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente
serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba,
su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso,
esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados,
felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
Fuente: Narrativa Breve
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