Julio Cortázar
A continuación, te presento un relato
para adultos de Cortázar: Orientación de los gatos. En este cuento, Julio
Cortázar narra la historia de un hombre profundamente enamorado de su esposa,
Alana, pero obsesionado con conocer aquello que siente oculto en ella. Aunque
Alana se muestra transparente y sincera, el narrador percibe que existe una
dimensión interior que nunca logra comprender por completo. A través de la
música, el arte y la observación de sus reacciones ante distintas obras,
intenta descubrir las múltiples facetas de su personalidad. Paralelamente, el
gato Osiris aparece como una figura misteriosa que parece compartir con Alana
una forma especial de percibir la realidad, inaccesible para el narrador.
El cuento reflexiona sobre el misterio
de la identidad y los límites del conocimiento en las relaciones humanas.
Cortázar sugiere que, por más amor e intimidad que existan, siempre hay una
parte del otro que permanece inaccesible. Alana y el gato simbolizan una
sensibilidad capaz de percibir una realidad más profunda o diferente, mientras
que el narrador representa el deseo humano de comprender totalmente a quien
ama. La historia plantea que el amor no consiste en poseer o descifrar por
completo al otro, sino en aceptar que siempre existe un
espacio de misterio que ninguna explicación puede agotar.
Este cuento para adultos de Cortázar puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
Orientación de los gatos
A Juan Soriano
Cuando Alana y Osiris me miran no
puedo quejarme del menor disimulo, de la menor duplicidad. Me miran de frente,
Alana su luz azul y Osiris su rayo verde. También entre ellos se miran así,
Alana acariciando el negro lomo de Osiris que alza el hocico del plato de leche
y maúlla satisfecho, mujer y gato conociéndose desde planos que se me escapan,
que mis caricias no alcanzan a rebasar. Hace tiempo que he renunciado a todo
dominio sobre Osiris, somos buenos amigos desde una distancia infranqueable;
pero Alana es mi mujer y la distancia entre nosotros es otra, algo que ella no
parece sentir pero que se interpone en mi felicidad cuando Alana me mira,
cuando me mira de frente igual que Osiris y me sonríe o me habla sin la menor
reserva, dándose en cada gesto y cada cosa como se da en el amor, allí donde
todo su cuerpo es como sus ojos, una entrega absoluta, una reciprocidad
ininterrumpida.
Es extraño; aunque he renunciado a
entrar de lleno en el mundo de Osiris, mi amor por Alana no acepta esa llaneza
de cosa concluida, de pareja para siempre, de vida sin secretos. Detrás de esos
ojos azules hay más, en el fondo de las palabras y los gemidos y los silencios
alienta otro reino, respira otra Alana. Nunca se lo he dicho, la quiero
demasiado para trizar esta superficie de felicidad por la que ya se han
deslizado tantos días, tantos años. A mi manera me obstino en comprender, en
descubrir; la observo pero sin espiarla; la sigo pero sin desconfiar; amo una
maravillosa estatua mutilada, un texto no terminado, un fragmento de cielo
inscrito en la ventana de la vida.
Hubo un tiempo en que la música me
pareció el camino que me llevaría de verdad a Alana; mirándola escuchar
nuestros discos de Bártok, de Duke Ellington, de Gal Costa, una transparencia
paulatina me ahondaba en ella, la música la desnudaba de una manera diferente,
la volvía cada vez más Alana porque Alana no podía ser solamente esa mujer que
siempre me había mirado de lleno sin ocultarme nada. Contra Alana, más allá de
Alana, yo la buscaba para amarla mejor; y si al principio la música me dejó
entrever otras Alanas, llegó el día en que frente a un grabado de Rembrandt la
vi cambiar todavía más, como si un juego de nubes en el cielo alterara
bruscamente las luces y las sombras de un paisaje. Sentí que la pintura la
llevaba más allá de sí misma para ese único espectador que podía medir la
instantánea metamorfosis nunca repetida, la entrevisión de Alana en Alana.
Intercesores involuntarios, Keith Jarrett, Beethoven y Aníbal Troilo me habían
ayudado a acercarme, pero frente a un cuadro o un grabado Alana se despojaba
todavía más de eso que creía ser, por un momento entraba en un mundo imaginario
para, sin saberlo, salir de sí misma, yendo de una pintura a otra,
comentándolas o callando, juego de cartas que cada nueva contemplación barajaba
para aquel que sigiloso y atento, un poco atrás o llevándola del brazo, veía
sucederse las reinas y los ases, los piques y los tréboles, Alana.
¿Qué se podía hacer con Osiris? Darle
su leche, dejarlo en su ovillo negro satisfactorio y ronroneante; pero a Alana
yo podía traerla a esta galería de cuadros como lo hice ayer, una vez más
asistir a un teatro de espejo y de cámaras oscuras, de imágenes tensas en la
tela frente a esa otra imagen de alegres jeans y blusa roja que después de
aplastar el cigarrillo a la entrada iba de cuadro en cuadro, deteniéndose
exactamente a la distancia que su mirada requería, volviéndose a mí de tanto en
tanto para comentar o comparar. Jamás hubiera podido descubrir que yo no estaba
ahí por los cuadros, que un poco atrás o de lado mi manera de mirar nada tenía
que ver con la suya. Jamás se daría cuenta de que su lento y reflexivo paso de
cuadro en cuadro la cambiaba hasta obligarme a cerrar los ojos y luchar para no
apretarla en los brazos y llevármela al delirio, a una locura de carrera en
plena calle. Desenvuelta, liviana en su naturalidad de goce y descubrimiento,
sus altos y sus demoras se inscribían en un tiempo diferente del mío, ajeno a
la crispada espera de mi sed.
Hasta entonces todo había sido un vago
anuncio, Alana en la música, Alana frente a Rembrandt. Pero ahora mi esperanza
empezaba a cumplirse casi insoportablemente; desde nuestra llegada Alana se
había dado a las pinturas con una atroz inocencia de camaleón, pasando de un
estado a otro sin saber que un espectador agazapado acechaba en su actitud, en
la inclinación de su cabeza, en el movimiento de sus manos o sus labios el
cromatismo interior que la recorría hasta mostrarla otra, allí donde la otra
era siempre Alana sumándose a Alana, las cartas agolpándose hasta completar la
baraja. A su lado, avanzando poco a poco a lo largo de los muros de la galería,
la iba viendo darse a cada pintura, mis ojos multiplicaban un triángulo
fulminante que se tendía de ella al cuadro y del cuadro a mí mismo para volver
a ella y aprehender el cambio, la aureola diferente que la envolvía un momento
para ceder después a un aura nueva, a una tonalidad que la exponía a la
verdadera, a la última desnudez. Imposible prever hasta dónde se repetiría esa
ósmosis, cuántas nuevas Alanas me llevarían por fin a la síntesis de la que
saldríamos los dos colmados, ella sin saberlo y encendiendo un nuevo cigarrillo
antes de pedirme que la llevara a tomar un trago, yo sabiendo que mi larga
búsqueda había llegado a puerto y que mi amor abarcaría desde ahora lo visible
y lo invisible, aceptaría la limpia mirada de Alana sin incertidumbres de
puertas cerradas, de pasajes vedados.
Frente a una barca solitaria y un
primer plano de rocas negras, la vi quedarse inmóvil largo tiempo; un
imperceptible ondular de las manos la hacía como nadar en el aire, buscar el
mar abierto, una fuga de horizontes. Ya no podía extrañarme que esa otra pintura
donde una reja de agudas puntas vedaba el acceso a los árboles linderos la
hiciera retroceder como buscando un punto de mira; de golpe era la repulsa, el
rechazo de un límite inaceptable. Pájaros, monstruos marinos, ventanas dándose
al silencio o dejando entrar un simulacro de la muerte, cada nueva pintura
arrasaba a Alana despojándola de su color anterior, arrancando de ella las
modulaciones de la libertad, del vuelo, de los grandes espacios, afirmando su
negativa frente a la noche y a la nada, su ansiedad solar, su casi terrible
impulso de ave fénix. Me quedé atrás sabiendo que no me sería posible soportar
su mirada, su sorpresa interrogativa cuando viera en mi cara el deslumbramiento
de la confirmación, porque eso era también yo, eso era mi proyecto Alana, mi
vida Alana, eso había sido deseado por mí y refrenado por un presente de ciudad
y parsimonia, eso ahora al fin Alana, al fin Alana y yo desde ahora, desde ya
mismo. Hubiera querido tenerla desnuda en los brazos, amarla de tal manera que
todo quedara claro, todo quedara dicho para siempre entre nosotros, y que de
esa interminable noche de amor, nosotros que ya conocíamos tantas, naciera la
primera alborada de la vida.
Llegábamos al final de la galería; me
acerqué a la puerta de salida ocultando todavía la cara, esperando que el aire
y las luces de la calle me volvieran a lo que Alana conocía de mí. La vi
detenerse ante un cuadro que otros visitantes me habían ocultado, quedarse
largamente inmóvil mirando la pintura de una ventana y un gato. Una última
transformación hizo de ella una lenta estatua nítidamente separada de los
demás, de mí que me acercaba indeciso buscándole los ojos perdidos en la tela.
Vi que el gato era idéntico a Osiris y que miraba a lo lejos algo que el muro
de la ventana no nos dejaba ver. Inmóvil en su contemplación, parecía menos
inmóvil que la inmovilidad de Alana. De alguna manera sentí que el triángulo se
había roto; cuando Alana volvió hacia mí la cabeza el triángulo ya no existía,
ella había ido al cuadro pero no estaba de vuelta, seguía del lado del gato
mirando más allá de la ventana donde nadie podía ver lo que ellos veían, lo que
solamente Alana y Osiris veían cada vez que me miraban de frente.
Fuente: Cuentoneta
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