Relato para adultos de Borges
A continuación,
te presento La espera, un relato para adultos de Jorge Luis Borges, que también
puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube o Spotify.
En
este cuento para adultos, un hombre que vive oculto bajo una identidad falsa
lleva una existencia solitaria y rutinaria, marcada por el miedo constante y la
sensación de que su pasado todavía lo persigue. Mientras intenta diluirse en la
monotonía del presente, su vida se convierte en una espera silenciosa e
inevitable cuyo desenlace parece escrito de antemano. El cuento reflexiona
sobre la culpa, el destino y la imposibilidad de escapar de uno mismo,
mostrando cómo el temor y la conciencia del pasado pueden convertirse en una prisión
más poderosa que cualquier encierro físico.
La espera
[Cuento completo de Jorge Luis Borges]
El
coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado
las nueve de la mañana; el hombre notó con aprobación los manchados plátanos,
el cuadrado de tierra al pie de cada uno, las decentes casas de balconcito, la
farmacia contigua, los desvaídos rombos de la pinturería y ferretería. Un largo
y ciego paredón de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol reverberaba,
más lejos, en unos invernáculos. El hombre pensó que esas cosas (ahora
arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños)
serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares.
En la vidriera de la farmacia se leía en letras de loza: Breslauer, los judíos
estaban desplazando a los italianos, que habían desplazado a los criollos.
Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre.
El
cochero le ayudó a bajar el baúl; una mujer de aire distraído o cansado abrió
por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le devolvió una de las monedas,
un vintén oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el hotel de
Melo. El hombre le entregó cuarenta centavos, y en el acto sintió: “Tengo la
obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos
errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me importa esa
equivocación”.
Precedido
por la mujer, atravesó el zaguán y el primer patio. La pieza que le habían
reservado daba, felizmente, al segundo. La cama era de hierro, que el artífice
había deformado en curvas fantásticas, figurando ramas y pámpanos; había,
asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras
del suelo, dos sillas desparejas y un lavatorio con su palangana, su jarra, su
jabonera y un botellón de vidrio turbio. Un mapa de la provincia de Buenos
Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el papel era carmesí, con grandes
pavos reales repetidos, de cola desplegada. La única puerta daba al patio. Fue
necesario variar la colocación de las sillas para dar cabida al baúl. Todo lo
aprobó el inquilino; cuando la mujer le preguntó cómo se llamaba, dijo Villari,
no como un desafío secreto, no para mitigar una humillación que, en verdad, no
sentía, sino porque ese nombre lo trabajaba, porque le fue imposible pensar en
otro. No lo sedujo, ciertamente, el error literario de imaginar que asumir el
nombre del enemigo podía ser una astucia.
El
señor Villari, al principio, no dejaba la casa; cumplidas unas cuantas semanas,
dio en salir, un rato, al oscurecer. Alguna noche entró en el cinematógrafo que
había a las tres cuadras. No pasó nunca de la última fila; siempre se levantaba
un poco antes del fin de la función. Vio trágicas historias del hampa; éstas,
sin duda, incluían errores, éstas, sin duda, incluían imágenes que también lo
eran de su vida anterior; Villari no las advirtió porque la idea de una
coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él. Dócilmente trataba de
que le gustaran las cosas; quería adelantarse a la intención con que se las
mostraban. A diferencia de quienes han leído novelas, no se veía nunca a sí
mismo como un personaje del arte.
No
le llegó jamás una carta, ni siquiera una circular, pero leía con borrosa
esperanza una de las secciones del diario. De tarde, arrimaba a la puerta una
de las sillas y mateaba con seriedad, puestos los ojos en la enredadera del
muro de la inmediata casa de altos. Años de soledad le habían enseñado que los
días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni siquiera
de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que no sea al trasluz una red
de mínimas sorpresas. En otras reclusiones había cedido a la tentación de
contar los días y las horas, pero esta reclusión era distinta, porque no tenía
término —salvo que el diario, una mañana, trajera la noticia de la muerte de
Alejandro Villari. También era posible que Villari ya hubiera muerto y entonces
esta vida era un sueño. Esa posibilidad lo inquietaba, porque no acabó de
entender si se parecía al alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la
rechazó. En días lejanos, menos lejanos por el curso del tiempo que por dos o
tres hechos irrevocables, había deseado muchas cosas, con amor sin escrúpulo;
esa voluntad poderosa, que había movido el odio de los hombres y el amor de
alguna mujer; ya no quería cosas particulares: solo quería perdurar, no
concluir. El sabor de la yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de
sombra que iba ganando el patio, eran suficientes estímulos.
Había
en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amistó con él. Le hablaba en
español, en italiano y en las pocas palabras que le quedaban del rústico
dialecto de su niñez. Villari trataba de vivir en el mero presente, sin
recuerdos ni previsiones; los primeros le importaban menos que las últimas.
Oscuramente creyó intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está
hecho; por ello es que éste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algún día,
se pareció a la felicidad; en momentos así, no era mucho más complejo que el
perro.
Una
noche lo dejó asombrado y temblando una íntima descarga de dolor en el fondo de
la boca. Ese horrible milagro recurrió a los pocos minutos y otra vez hacia el
alba. Villari, al día siguiente, mandó buscar un coche que lo dejó en un
consultorio dental del barrio del Once. Ahí le arrancaron la muela. En ese
trance no estuvo más cobarde ni más tranquilo que otras personas.
Otra
noche, al volver del cinematógrafo, sintió que lo empujaban. Con ira, con
indignación, con secreto alivio, se encaró con el insolente. Le escupió una
injuria soez; el otro, atónito, balbuceó una disculpa. Era un hombre alto,
joven, de pelo oscuro, y lo acompañaba una mujer de tipo alemán; Villari, esa
noche, se repitió que no los conocía. Sin embargo, cuatro o cinco días pasaron
antes que saliera a la calle.
Entre
los libros del estante había una Divina Comedia, con el viejo comentario de
Andreoli. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento de deber,
Villari acometió la lectura de esa obra capital; antes de comer, 1eía un canto,
y luego, en orden riguroso, las notas. No juzgó inverosímiles o excesivas las
penas infernales y no pensó que Dante lo hubiera condenado al último círculo
donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri.
Los
pavos reales del papel carmesí parecían destinados a alimentar pesadillas
tenaces, pero el señor Villari no soñó nunca con una glorieta monstruosa hecha
de inextricable: pájaros vivos. En los amaneceres soñaba un sueño de fondo
igual y de circunstancias variables. Dos hombres y Villar entraban con
revólveres en la pieza y lo agredían al salir del cinematógrafo o eran, los
tres a un tiempo, el desconocido que lo había empujado, o lo esperaban
tristemente en el patio y parecían no conocerlo. A1 fin del sueño, él sacaba el
revólver del cajón de la inmediata mesa de luz (y es verdad que en ese cajón
guardaba un revólver) y lo descargaba contra lo hombres. El estruendo del arma
lo despertaba, pero siempre era un sueño y en otro sueño tenía que volver a
matarlos.
Una
turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido
de la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del cuarto,
curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los sueños de temor
habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y pacientes, bajos los ojos como
si el peso de las armas los encorvara Alejandro Villari y un desconocido lo
habían alcanzado, por fin. Con una seña les pidió que esperaran y se dio vuelta
contra la pared, como si retomara el sueño. ¿Lo hizo para despertar la
misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un
acontecimiento espantoso que imaginarlo aguardarlo sin fin, o —y esto es quizá
lo más verosímil— para que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido
tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?
En
esa magia estaba cuando lo borró la descarga.
Fuente: Ciudad Seva
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