Cuento breve de Gabriel García Marquez
A continuación,
te presento un cuento breve para adultos de Gabriel García Marquez, que también
puedes escuchar en Youtube o en Spotify.
El
cuento Amargura para tres sonámbulos de Gabriel García Márquez retrata
la convivencia silenciosa con una mujer que, encerrada en su propio mundo
interior, parece ir apagándose lentamente ante la mirada impotente de quienes
la rodean. A través de una atmósfera densa y casi onírica, el relato explora la
soledad, la incomunicación y el desgaste emocional que puede consumir a una
persona desde dentro. Su significado apunta a la deshumanización progresiva
causada por el aislamiento y la incomprensión, mostrando cómo la tristeza
profunda no solo afecta a quien la padece, sino también a quienes la contemplan
sin saber cómo salvarla.
Amargura para tres sonámbulos
(Cuento completo)
Ahora
la teníamos allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo,
antes de que trajéramos sus cosas —su ropa olorosa a madera reciente, sus
zapatos sin peso para el barro— que no podía acostumbrarse a aquella vida
lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y
canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo —y había pasado mucho
tiempo antes que lo recordáramos— que ella también había tenido una infancia.
Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón, con
los ojos asombrados, y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que
una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura
anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una
sombra inesperada.
Todo eso —y mucho más—
lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de
su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto,
como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados;
empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta
cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como
si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces
pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se
parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado
y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante, y
todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y
todavía con lágrimas, nos dijo:
“No volveré a sonreír”.
Salimos al patio, los
tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos
que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola
—quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía
ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
Afuera, en el patio,
sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella.
Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo
que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.
sin embargo, aquella
noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír, y nosotros que
tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había
vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro,
abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que
medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba, convirtiendo en polvo: “Si
por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.
Pero la queríamos así,
fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.
Éramos adultos desde
antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa.
Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el
templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora
respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina
de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la
línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de
perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos
sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca
abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces
sonrió, volvió a mirarnos; había caído desde la ventana del segundo piso hasta
la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al
barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el
miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por
los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía
los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no
hubiera empezado a endurecerse.
Tenía los ojos abiertos,
sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando
la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un
espejo. nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio
—teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que
estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que
tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no
sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo
oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a
tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las
oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.
Sabíamos sin embargo,
que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido
la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la
pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente
dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a
ella de cara al sol.
Aquella noche sabíamos,
sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió
anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir
arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse
en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular
por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses
enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los
hombros caídos sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor
corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas
veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído
por toda la casa. Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna
del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había
atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad,
lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada,
pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender
explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir
los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar
los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras
el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de
grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos,
se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me
quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había
empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.
De eso hacía ya mucho
tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada con la trenza
siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera
perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente.
Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la
misma forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a
caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No
volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo
suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y
que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que
la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera
vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados
en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y
repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría
nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.
Fuente:
Literatura.us
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