Los maravillosos cuentos de Kafka
A continuación,
te presento un cuento para adultos Ser infeliz de Kafka. Este cuento también puedes
escucharlo en formato audiocuento en Youtube y Spotify.
El cuento Ser infeliz de Franz Kafka retrata a un hombre que, en medio de una profunda inquietud interior, recibe la visita de una enigmática niña que parece encarnar su propio desasosiego.
En este cuento para adultos de Franz Kafka, más que hablar de un espectro real, el relato sugiere que el verdadero conflicto está dentro del protagonista: su miedo, su soledad y su dificultad para vincularse con los demás. En el fondo, muestra cómo a veces resulta más “cómodo” enfrentar una presencia imaginaria que mirar de frente el propio vacío y reconocer la raíz de la propia infelicidad.
Ser infeliz
[Cuento completo de Franz Kafka]
Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada, me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la puerta hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos al enemigo, se hubiesen enfurecido en la batalla.
Cual
pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente oscuro, en el
que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de pie sobre una
tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la
penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre las manos, pero
de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la
calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de
la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la corriente de
aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los
pies, también del cuello, también de las sienes. Miré un poco en esa dirección,
después dije: “buenas tardes”, y tomé mi chaqueta de la pantalla de la estufa,
porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir. Durante un ratito
mantuve la boca abierta para que la excitación me abandonase por la boca. Tenía
la saliva pesada; en la cara me temblaban las pestañas. No me faltaba sino
justamente esta visita, esperada por cierto. La niña estaba todavía parada
contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aquélla, y,
con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco
fuese ásperamente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije:
-¿Es
a mí realmente a quien quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más fácil que
equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo así y asá; vivo en el tercer piso.
¿Soy entonces yo a quien usted desea visitar?
-¡Calma,
calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien.
-Entonces
entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta.
-Acabo
justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo, tranquilícese.
-¡Ni
hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente.
Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus
ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de
abrir y mirar qué pasa. Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terminado su
trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna? Por lo
demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.
-¿Pero
qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya
he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?
-Está
bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber cerrado con
la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi huésped. Tenga
plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema ponerse a sus anchas.
No la obligaré a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta decírselo? ¿Tan mal me
conoce?
-No.
En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo
dicho. Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí?
-¡No
es para tanto! Naturalmente, una niña. Pero tampoco es usted tan pequeña. Ya
está bien crecidita. Si fuese una chica no habría podido encerrarse, así no
más, conmigo en una pieza.
-Por
eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve de mucho
conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante
mí. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se lo pido,
dejémoslo. Y a esto hay que agregar que no lo conozco en cualquier lugar y
siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor que
encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en cuenta que
ya me ha amenazado.
-¿Cómo?
¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin esté aquí!
Digo “por fin” porque ya es tan tarde. No puedo entender por qué vino tan
tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan incongruentemente,
y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera. Concedo diez veces
que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo que quiera. Una cosa: por el
amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, cómo pudo creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme
así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza este pequeño momentito de presencia
suya aquí? Un extraño sería más complaciente que usted.
-Lo
creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted
cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué entonces esa
tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al instante.
-¿Así?
¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En definitiva está
en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared!
Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su naturaleza la
fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo por
naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a
obrar de otra manera.
-¿Es
esto amable?
-Hablo
de antes.
-¿Sabe
usted cómo seré después?
-Nada
sé yo.
Y
me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces no
tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa,
hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero que
estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la
pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso.
-¿Ya
sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas bien
abiertas sobre dos escalones.
-¿Qué
puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.
-Lo
dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa.
-Usted
bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.
-Muy
cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?
-¡Ajá!
¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve este no
creer?
-Muy
simple. Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene realmente
a su pieza.
-Sí.
Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la
causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro
de mí.
De
pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos.
-Ya
que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle
tranquilamente por la causa de su venida.
-Evidentemente,
usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos
una información clara. Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen
dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su
fragilidad, no es de extrañar.
-Pero
yo he oído decir que se les puede seducir.
-En
ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?
-¿Por
qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón.
-¡Ah,
sí…! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.
Mi
vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una
arcada de la escalera.
-Pero
no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos
relaciones para siempre.
-¡Pero
si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.
-Entonces
está bien -dije.
Y
ahora sí que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero
como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.
Fuente: Ciudad Seva
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