Cuento fascinante de Samanta Schweblin
A continuación,
te presento un cuento que me ha parecido fascinante de Samanta Schweblin. También
dispones del formato audiocuento en YouTube y Spotify.
En
este cuento, dos médicos intentan comprender el caso de una paciente que afirma
sufrir “agujeros negros”, lapsos en los que pierde la continuidad del tiempo y
aparece de pronto en otros lugares sin saber cómo llegó allí. A medida que
buscan una explicación racional, comienzan ellos mismos a experimentar fallas
similares en la percepción, escenas que se repiten o se alteran, y una
sensación creciente de desorientación. El significado del relato apunta a la
fragilidad de la realidad y a la inquietante idea de que nadie está
completamente a salvo de aquello que cree analizar desde afuera.
Mi
interpretación de este cuento es que todos son en el fondo el mismo personaje:
los médicos, la paciente e incluso el portero podrían ser fragmentos de una
sola conciencia dividida. Entonces, esos “agujeros negros” no serían solo
quiebres del tiempo, sino más bien, fracturas del yo, momentos en que una parte
de la identidad reemplaza a otra sin recordar la transición. Asimismo, el
hospital deja de ser un espacio físico para convertirse en un escenario mental
donde la verdadera amenaza no es perderse en el espacio, sino perder la unidad
de uno mismo.
Agujeros negros
(Cuento completo)
l
doctor Ottone se detiene en el pasillo y, muy despacio al principio, con la
mirada fija en alguno de los azulejos blancos y negros que cubren los pasillos
del hospital, comienza a balancearse sobre las plantas de sus pies, así que el
doctor Ottone está pensando. Después toma una decisión, vuelve a entrar al
consultorio, prende las luces, deja sobre el sillón sus cosas y busca, entre
todo lo que hay en su escritorio, la carpeta de la señora Fritchs, así que
Ottone está ocupado con algún tema y se propone encontrar una solución, una
respuesta al menos, o derivar ese tema a otro doctor, por ejemplo al doctor
Messina. Abre la carpeta, busca una página determinada que encuentra y lee:
«…Agujeros negros ¿Me entiende? Usted está acá, por ejemplo, y de pronto está
en su casa, en su cama, con el pijama ya puesto, y sabe perfectamente que no ha
cerrado el consultorio, ni apagado las luces, ni recorrido lo que tenga que
recorrer para llegar a su casa, es más, ni siquiera se ha despedido de mí.
¿Entonces? ¿Cómo puede ser que usted esté en su cama con el pijama puesto?
Bueno, eso es un espacio vacío, un agujero negro como le digo, un tiempo cero,
como lo quiera llamar, ¿qué más si no?…»
El
doctor Ottone guarda la carpeta, recoge sus cosas, apaga las luces, cierra con
llave y se dirige hacia el consultorio del doctor Messina, a quien está seguro
de encontrar a esa hora. Ottone efectivamente encuentra a Messina pero dormido
sobre el escritorio y con una estatuilla en la mano. Lo despierta y le entrega
la carpeta de la señora Fritchs. Messina, un poco dormido aún, se pregunta, o
le pregunta a Ottone, por qué se ha despertado con una estatuilla en la mano.
Con un gesto, Ottone responde que no sabe. Messina abre el cajón de su
escritorio y le ofrece una galleta a Ottone, galleta que Ottone acepta. Messina
abre la carpeta.
—Lea
la página quince —dice Ottone.
Messina
busca, encuentra y lee, todo cuidadosamente, la página quince. Ottone espera
atento. Cuando termina su lectura, Ottone le pide una opinión.
—¿Y
usted cree en esto, Ottone?
—¿En
agujeros negros?
—¿De
qué estamos hablando?
Así
que Ottone recuerda el vicio de Messina de responder solo con preguntas y eso
lo pone nervioso.
—Hablamos
de agujeros negros, Messina…
—¿Y
usted cree en eso, Ottone?
—No.
¿Y usted?
Messina
abre otra vez su cajón.
—¿Quiere
otra galleta, Ottone?
Ottone
agarra la galleta que Messina le ofrece.
—¿Cree
o no cree? —insiste Ottone.
—¿Yo
conozco a esta señora…?
—…Fritchs,
la señora Fritchs. No, no creo que la conozca, solo vino a verme dos veces y es
su primer tratamiento.
Alguien
toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone reconoce al portero y
pregunta:
—¿Qué
necesita, Sánchez?
El
portero dice que la señora Fritchs espera al doctor Ottone en la sala de ese
piso. Messina recuerda al portero que son las diez de la noche y el portero
explica que la señora Fritchs se niega a irse.
—Está
en pijama, sentada en la sala, y dice que no se va si no habla con el doctor
Ottone. Qué quiere que le haga yo…
—¿Por
qué no la trajo, entonces? —pregunta Messina mientras mira la estatuilla.
—¿La
traigo acá? ¿O al consultorio del doctor Ottone?
—¿Qué
le pregunté yo a usted?
—Que
por qué no la traje.
—¿No
la trajo adónde, Sánchez?
—Acá.
—¿Dónde
es acá?
—A
su consultorio, doctor.
—¿Adónde
tiene que traerla entonces, Sánchez?
—A
su consultorio, doctor.
Sánchez
saluda y se retira. Ottone mira a Messina, la mandíbula de Messina, así que
Ottone está nervioso y aún espera una respuesta de Messina, doctor que comienza
a guardar sus cosas y a acomodar papeles del escritorio. Ottone pregunta:
—¿Se
va?
—¿Me
necesita para algo?
—Dígame
al menos qué opina, qué cree que conviene hacer. ¿Por qué no la ve usted?
Messina,
ya desde la puerta del consultorio, se detiene y mira a Ottone con una leve,
apenas marcada, sonrisa.
—¿Qué
diferencia hay entre la señora Fritchs y el resto de sus pacientes?
Ottone
piensa en contestar, así que su dedo índice atina a subir desde donde reposa
hacia la altura de su cabeza, pero se arrepiente y no lo hace. Queda entonces
el dedo índice de Ottone suspendido a la altura de su cintura, sin señalar ni
indicar nada preciso.
—¿A
qué le tiene miedo, Ottone? —pregunta Messina, y se retira cerrando la puerta,
dejando a Ottone solo y con su dedo índice que baja lentamente hasta quedar
colgado del brazo. En ese momento entra la señora Fritchs. La señora Fritchs
lleva un pijama celeste, con detalles y puntillas blancas en cuello, mangas,
cinto y otros extremos. Ottone deduce que esta señora está en un estado
nervioso considerable, y deduce esto por sus manos, que ella no deja de mover,
por su mirada y por otras cosas que, aunque comprueban esos estados, Ottone
considera que no necesitan ser enumeradas.
—Señora
Fritchs, usted está muy nerviosa, va a ser mejor si se calma.
—Si
usted no me soluciona este problema, yo lo denuncio, doctor, esto ya es un
abuso.
—Señora
Fritchs, tiene que entender que usted está haciendo un tratamiento, los
problemas que tenga no se van a solucionar de un día para el otro.
La
señora Fritchs mira indignada a Ottone, rasca el brazo derecho con la mano
izquierda y habla:
—¿Me
toma por estúpida? Me está diciendo que tengo que seguir dando vueltas por la
ciudad en pijama, pijama en el mejor de los casos, hasta que usted decida que
el tratamiento está terminado. ¿Para qué pago yo ese seguro médico, a ver?
Ottone
piensa en el doctor Messina bajando las escaleras principales del hospital y
esto le provoca diversas sensaciones, sensaciones en las que no va a
profundizar ahora.
—Mire
—dice Ottone con paciencia, empezando a balancearse, lentamente al principio,
sobre las plantas de sus pies—, cálmese, entienda que usted está con problemas
psicológicos, usted inventa cosas para ocultar otras cosas más importantes.
Todos sabemos que usted no pasea en pijama por el hospital.
La
señora Fritchs desenrosca pliegues de las puntillas de su camisón, así que
Ottone entiende que la charla será larga.
—Siéntese,
por favor, relájese, vamos a hablar un rato —dice Ottone.
—No,
no puedo. Va a llegar mi marido a casa y yo no voy a estar, tengo que volver,
doctor, ayúdeme.
Ottone
desarrolla rápidamente la primera de las sensaciones postergadas de Messina
bajando las escaleras. Aire entrando por las costuras del abrigo, entonces
frío, un poco de frío.
—¿Tiene
dinero para regresar?
—No,
no llevo plata cuando ando en camisón por casa…
—Bueno,
yo le presto para que vuelva a su casa y pasado mañana, en el horario que a
usted le corresponde, hablamos de estos problemas que tanto le preocupan…
—Doctor,
yo le acepto el dinero si quiere, y vuelvo a casa, perfecto. Pero ya le
expliqué, sabe, dentro de un rato estoy acá de nuevo, y cada vez es peor. Antes
pasaba cada tanto, pero ahora, cada dos o tres horas, zas, agujero negro.
—Señora…
—No,
escuche, escúcheme. Me recupero, o sea, vuelvo a donde estaba. ¿Cómo le
explico? A ver, desaparezco de casa y aparezco en casa de mi hermano, entonces
me desespero, imagínese, tres de la mañana y aparezco en pijama, pijama en el
mejor de los casos, en el cuarto matrimonial de mi hermano. Entonces trato de
volver. ¿Sabe, doctor, qué sufrimiento? Hay que salir del cuarto, de la casa,
todo sin que nadie se dé cuenta, tomar un taxi, todo en pijama, doctor, y sin
plata, imagínese, convencer al taxista de que le pago al llegar. Y cuando estoy
por llegar, zas, fin del agujero y aparezco en casa otra vez.
Ottone
aprovecha este tiempo para analizar la segunda sensación de Messina escaleras
abajo. Entrada a un auto, ambiente más agradable, alivio al dejar el peso del
portafolio en el asiento del acompañante.
—Aparte
imagínese, andaba por casa siempre con dinero y un abrigo atado a la cintura
del camisón, no sea cosa. Pero ahora no, basta, cuando caigo en agujeros ya no
vuelvo. Si igual nunca llego, tomo taxis que casi nunca alcanzan a dejarme
donde les pido. No, basta, ahora me quedo donde esté hasta que pase el agujero
y listo.
—¿Y
cuánto tiempo tardan en pasar estos agujeros negros?
—Y,
vea, yo no puedo decirle con exactitud, una vez fui y volví en el momento, sin
problema. Y otra estuve en casa de mi madre unas cuantas horas, diga que ahí sé
dónde están las cosas, preparé unos mates y paciencia, tardó tres horas,
doctor, una vergüenza.
Ottone
piensa en cuántos minutos ya ha estado la señora Fritchs en el hospital y no
obtiene un número definido, quizá cinco, quizá diez, no sabe.
Sánchez
toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone pregunta:
—¿Qué
pasa, Sánchez?
—Lo
busca el doctor Messina.
—¿Cómo?
¿No se fue?
—Sí,
se fue, pero al rato estaba acá de vuelta, me parece que el doctor está un poco
angustiado, anda a medio desvestir, o vestir, no sé decirle, doctor, y pregunta
por usted.
—¿Qué
pregunta, Sánchez?
—Si
usted está, si puede usted hacerle el favor de ir a verlo. Parece enojado…
El
doctor Ottone mira a la señora Fritchs, señora que rasca con la mano derecha su
brazo izquierdo y contesta la mirada de Ottone con un gesto recriminatorio.
—Va
a tener que disculparme.
—No,
lo acompaño.
—No,
hágame el favor, señora, quédese acá. El doctor Messina enojado es ya de por sí
todo un problema.
Sánchez
acompaña la opinión de Ottone con un movimiento de cabeza y se retira caminando
por el pasillo, pasillo que Ottone recorre ahora unos metros detrás.
Se
asoma Messina, minutos después, no sabe bien Messina después de qué, tras el
biombo de su consultorio, para descubrir a la señora Fritchs sentada en un
sillón. Messina mira su propia mano y se pregunta por qué tiene, otra vez, esa
estatuilla. Mira desconcertado el escritorio, el lugar vacío donde la había
dejado un rato atrás. Luego mira a la señora Fritchs y la señora Fritchs, con
las manos aferradas a los brazos del sillón, como si fuese a caer hacia o desde
algún lado, mira al doctor Messina.
—¿Y
usted quién es? ¿Qué hace en mi consultorio?
—El
doctor Ottone dijo…
—¿Por
qué está en pijama?
—El
portero y el doctor Ottone fueron a buscarlo al…
—¿Usted
es la señora Fritchs?
—Usted
también está en pijama —dice la señora Fritchs mientras observa asustada la
estatuilla en la mano del doctor.
Messina
verifica su apariencia, plantea mentalmente distintas hipótesis sobre las
razones de su propio paradero actual, deja la estatuilla en su lugar y acomoda
el cuello de su camiseta hasta que este queda centrado con respecto al eje del
cuello, posición de camiseta que hace de Messina un hombre más seguro.
—¿Usted
es la señora Fritchs?
—El
doctor Ottone dijo que lo esperara acá.
—¿Yo
le pregunté algo sobre Ottone, señora?
—Sí,
soy la señora Fritchs, espero al doctor Ottone.
—¿Le
parece que este puede ser el consultorio de un doctor como el doctor Ottone?
—No
sé, puede que no, yo solamente lo espero.
Compara
Messina mentalmente la figura de esa señora con la de su mujer y no obtiene
ningún beneficio.
—¿Usted
es la señora que tiene problemas con los agujeros negros?
—¿Usted
no los tiene?
En
ese momento Messina comprende algunas cosas, cosas de las que solo rescata dos
como planteos pertinentes. Primero, lo que puede estar pasándole; segundo, que
tras la señora Fritchs se esconde una persona de suma inteligencia. Piensa una
pregunta para comprobar el segundo planteo:
—¿Por
qué espera al doctor Ottone?
—Ottone
y el portero fueron a buscarlo a usted al hall. ¿Usted es el doctor…?
—¿Messina?
—Eso,
Messina, necesito que alguien me ayude.
Messina
busca y encuentra sobre su escritorio la carpeta de la señora Fritchs y, de
espaldas a esta señora, revisa el contenido, a la vez que relaciona ideas de
agujeros negros, gente en pijama y estatuillas. Pregunta:
—¿Qué
cree usted que nos está pasando?
—A
usted no sé, doctor, pero a mí nada —responde Sánchez, que entra por la puerta
y le alcanza un juego de llaves. Messina mira rápidamente el sillón vacío donde
un segundo antes estaba la señora Fritchs.
—¿Qué
hace acá, Sánchez? ¿No tiene nada mejor que hacer? Sánchez, brazo extendido
hacia Messina con llaves enganchadas al extremo del dedo índice, habla:
—Acá
tiene las llaves, doctor. Yo me voy.
—¿Adónde
se va usted? ¿Dónde está la señora Fritchs?
—Mi
horario termina a las diez, ya son diez y media, yo me voy.
—¿Dónde
está la señora Fritchs?
—No
sé, doctor, por favor tome las llaves.
—¿Y
Ottone? ¿Dónde está Ottone?
—Lo
está buscando a usted, doctor, yo me voy.
Messina
sale de su consultorio sin tomar las llaves y recorre el pasillo de azulejos
blancos y negros hasta el hall, donde encuentra a Ottone.
Pliega
Ottone los dedos de su mano derecha hasta obtener un puño cerrado, sin aire en
el interior, para luego forzar estos dedos con la mano izquierda, lo que
produce una serie de crujidos en los nudillos, así que Ottone ha visto a
Messina, está sumamente angustiado, y le desagrada ver a este doctor, el doctor
Messina, a medio vestir, o desvestir, Sánchez no ha sabido decirle y él no
alcanza ahora a elaborar una definición correcta.
Messina
va a preguntarle algo pero descubre en su propia mano la estatuilla, así que se
pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué tiene esa estatuilla en la mano.
Ottone, con un gesto, responde que no sabe. Messina abre el cajón de su
escritorio y le ofrece una galleta a Ottone. Galleta que Ottone acepta sin
preguntarse por qué ambos, Ottone y Messina, ya no se encuentran en el hall,
sino en el consultorio del segundo de los doctores mencionados.
Y
aunque Messina piensa en decirle algo a Ottone, decide que será mejor no
hacerlo y simplemente deja la estatuilla sobre una mesada del hall, porque, en
efecto, ya están otra vez en el hall y no en el consultorio del doctor Messina.
—¿Está
usted bien? —pregunta Ottone.
—¿Usted
cree que yo puedo estar bien en el estado en que me encuentro?
Observa
Ottone la camiseta desarreglada de Messina.
—¿Qué
opina ahora de esto, Messina?
—¿De
qué?
—De
los agujeros negros.
—¿Dónde
está la señora Fritchs?
—Está
en su consultorio.
—¿Me
está cargando, Ottone? ¿No se da cuenta de que yo vengo de ahí?
Piensa
Ottone en algo que no explica, y cuando ve a la señora Fritchs, corriendo,
lejos, de un pasillo a otro, propone a Messina ir a buscar a esta señora. Abre
grandes los ojos Messina y se acerca a Ottone como quien va a contar un
secreto. Ottone escucha:
—¿No
se da cuenta de que ella sabe?
—¿Que
sabe qué cosa?
—¿Por
qué cree usted que corre así la señora?
Amaga
Ottone un nuevo crujimiento de sus dedos, pero Messina reacciona rápido, toma
fuerte su muñeca, y dice:
—¿No
se dio cuenta?
—¿De
qué?
—¿No
se dio cuenta de lo que pasó la última vez que usted crujió sus dedos?
—¿Estuvimos
ahí?
—¿En
un agujero negro?
—¿Sí?
—¿Hace
falta que le responda?
Interrumpe
la conversación el sonido de las llaves de la puerta, colgadas del dedo de
Sánchez a la altura de la frente de ambos médicos. Sánchez:
—Las
llaves, yo me voy. Propone Messina a Sánchez:
—¿Por
qué antes de irse no nos va a buscar a la señora? A lo que asiente Ottone,
contento, y agrega:
—Sí,
traiga a la señora y le aceptamos las llaves.
Messina
le señala a Sánchez los pasillos por donde, salteadamente, cruza la señora
Fritchs, a veces caminando preocupada, a veces con paso presuroso. Da Messina
unas palmaditas en la espalda de este Sánchez a quien Ottone sonríe y dice
alegre:
—Vaya,
Sánchez, vaya y traiga a la señora.
Mira
Sánchez hacia los pasillos y luego a los doctores. Deja las llaves sobre la
mesada del hall y dice:
—Veo
que tienen algunos problemas. Pero yo soy el portero, y mi turno terminó a las
diez. —Y se retira.
Messina
mira las llaves que han quedado al lado de la estatuilla y luego,
desesperanzado, mira a Ottone, doctor que a la vez mira a Messina, aunque sus
percepciones tienen que ver ahora con otras cosas, cosas como Sánchez bajando
las escaleras, Sánchez sintiendo el aire frío de la calle en la cara, Sánchez
pensando en que siempre está más desabrigado de lo que debería, y que todo es
culpa de su madre que, a diferencia de otras madres, nunca le recuerda las
cosas. Piensa entonces Messina en Sánchez subiendo al colectivo ciento treinta
y cuatro, ramal dos, o tres, los dos van, y cuando está a punto de pensar en
Sánchez abriendo la puerta de su casa, casa lógicamente de este mismo Sánchez,
lo que ve es a la señora Fritchs, o mejor dicho, no la ve, o más bien la ve
desaparecer ante sus ojos. Entonces dice Messina al doctor Ottone:
—¿Vio
eso, Ottone?
—¿Ver
qué?
—¿No
vio eso?
Ottone
está a punto de responder, y este inminente momento se deduce por su dedo
índice que, lentamente, comienza a ascender hacia la altura de su cabeza, pero
cuando lo hace, cuando este dedo llega a la altura citada y Ottone enuncia sus
primeras palabras, entonces este doctor, el doctor Ottone, se encuentra no con
el doctor Messina, sino con Clara, es decir su esposa, en su casa, los dos en
pijama.
En
un pasillo del hospital, ahora aún más lejos de su consultorio, Messina se
pregunta, una vez más, qué hace ahí a esas horas de la noche, a medio vestir, o
desvestir, con una estatuilla en la mano y, cuando va a preguntarse eso pero en
voz alta, lo que queda ahora es, simplemente, el pasillo del hospital, vacío.
Fuente: Cósmica calavera
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