Reflexiones de Gabriel García Márquez
A continuación,
te presento Estas navidades siniestras, un texto periodístico en el que
Gabo reflexiona sobre una fiesta cada vez más desgastada por el capitalismo. Se trata de una de las columnas de opinión más críticas y
sombrías del Nobel colombiano sobre la Navidad. Publicada en El País de
España el 24 de diciembre de 1980, víspera de la celebración.
García
Márquez examina con ironía y desencanto cómo la Navidad en América Latina ha
perdido su sentido original y se ha convertido en una celebración ruidosa,
consumista y ajena a las tradiciones propias. Contrasta los antiguos pesebres
improvisados y llenos de imaginación con la invasión cultural del Santa Claus
anglosajón, los adornos importados y las obligaciones sociales que vuelven la
fecha una fiesta forzada y vacía. A través de recuerdos personales y
observaciones críticas, el autor muestra cómo la inocencia se pierde y la
autenticidad se diluye bajo la presión comercial y social, hasta el punto de
distorsionar incluso la visión infantil de la Navidad. Por lo tanto, aquí
tienes la ocasión de leer el texto o escucharlo en mi canal: Carla
Narraciones.
Estas navidades siniestras
Gabriel García MárquezYa
nadie se acuerda de Dios en navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos
de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes
degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros
recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para
darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un
niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia
de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de
cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como
si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han
creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían
dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo.
Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su
alma que la navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a
decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.
Lo
más grave de todo es el desastre cultural que estas navidades pervertidas están
causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de
España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño
Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran
más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de
Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande
que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que
dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se
ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de
seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación.
El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era
mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.
La
mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los
Reyes Magos –como sucede en España con toda razón–, sino el niño Dios. Los
niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y
éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no
tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de
revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que
era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido
seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que
también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para
entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día –como decían los
maestros jesuitas en la escuela primaria– perdía la inocencia, pues descubrí
que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que
todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la
píldora.
Todo
aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de
proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión
cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y
los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos
conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el
abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad,
este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un
santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene
nada que ver con la navidad, y mucho menos con la nochebuena tropical de la
América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a
varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le
proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre
y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del
Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. Y hace poco
más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y
éstos nos lo mandaron a América Latina, con toda una cultura de contrabando: la
nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince
días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con
todo, tal vez lo más siniestro de estas navidades de consumo sea la estética
miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras
de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas
en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos
traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni
siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.
Todo
eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los
niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de
puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso
tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche
de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que
no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos
aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la
prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que
nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el
momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en
público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban
todo lo que sobró de la navidad anterior: la crema de menta, el licor de
chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta
termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños –viendo tantas cosas atroces–
terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en
Estados Unidos.
Relatos fascinantes
Me
gustaría recomendarte un cuento fascinante de Eva García Sáenz de Urturi, Editorial
Algoritmo, autora de El silencio de la ciudad blanca, la obra que la
catapultó a la fama nacional e internacional.
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