Cuento breve de Gabriel García Márquez
A continuación, te
presento el cuento breve Un día de estos, de Gabriel
García Márquez, el cual también puedes disfrutar en formato de audiocuento
tanto en Spotify como en YouTube.
Un día de estos narra un encuentro tenso y cotidiano entre un dentista humilde y una
autoridad local que llega a su consultorio en medio del dolor y la amenaza,
situación que revela una relación marcada por el miedo, el poder y viejas
deudas morales. A través de acciones mínimas y un diálogo seco, el cuento
expone cómo la violencia política y la impunidad se infiltran en la vida
privada, y cómo la ética personal puede convertirse en una forma silenciosa de
justicia. El significado central apunta a la inversión momentánea de los roles
de poder: el dolor iguala a los hombres y obliga a enfrentar responsabilidades
colectivas, mostrando que la autoridad sin moral es frágil y que la dignidad
individual puede resistir incluso en contextos de opresión.
Un día de estos
Cuento completo
El lunes amaneció
tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador,
abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada
aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó
de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin
cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con
cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces
correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las
cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se
sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero
trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía
de ella.
Después de las ocho
hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos
pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió
trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz
destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
-Papá
-Qué
-Dice el alcalde
que si le sacas una muela.
-Dile que no estoy
aquí.
Estaba puliendo un
diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a
medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
-Dice que sí estás
porque te está oyendo.
El dentista siguió
examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos
terminados, dijo:
-Mejor.
Volvió a operar la
fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un
puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
-Papá.
-Qué.
Aún no había
cambiado de expresión.
-Dice que si no le
sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse,
con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la
retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí
estaba el revólver.
-Bueno -dijo-. Dile
que venga a pegármelo.
Hizo girar el
sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la
gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla
izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días.
El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la
gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
-Siéntese.
-Buenos días -dijo
el alcalde.
-Buenos -dijo el
dentista.
Mientras hervían
los instrumentales, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se
sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla
de madera, la fresa de pedal y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla,
una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió
que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca. Don
Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela
dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
-Tiene que ser sin
anestesia – dijo.
-¿Por qué?
-Porque tiene un
absceso.
El alcalde lo miró
en los ojos.
-Está bien -dijo, y
trató de sonreír.
El dentista no le
correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos
hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse.
Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en
el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de
vista.
Era un cordal
inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo
caliente.
El alcalde se
agarró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió
un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo
movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:
-Aquí nos paga
veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió
un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero no suspiró
hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas.
Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco
noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se
desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del
pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
-Séquese las
lágrimas -dijo.
El alcalde lo hizo.
Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso
desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos.
El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua
de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo
militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la
guerrera.
-Me pasa la cuenta
-dijo.
-¿A usted o al
municipio?
El alcalde no lo
miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:
-Es la misma vaina.
Fuente: Narrativa breve
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