El collar de Guy de Maupassant
A
continuación, te presento uno de los mejores cuentos de Guy de Maupassant: El
collar. Puedes escuchar este cuento en formato de audiocuento, tanto en
Spotify como en YouTube.
El collar”, de Guy de Maupassant, es un cuento que explora los deseos humanos, la vanidad y la insatisfacción personal. La protagonista, nacida en una familia modesta, anhela la riqueza, la elegancia y el reconocimiento social, lo que la hace sentir constantemente insatisfecha con su vida cotidiana. A través de la historia se refleja cómo la obsesión por la apariencia y el estatus puede influir en nuestras decisiones y afectar nuestra felicidad, mostrando también la fragilidad de la vida frente a las expectativas sociales y personales.
El collar
[Cuento completo]
Guy de Maupassant
Era
una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del
destino en una familia de empleados. Carecía de dote, y no tenía esperanzas de
cambiar de posición; no disponía de ningún medio para ser conocida,
comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y aceptó
entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.
No
pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por
la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las
mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les
sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia
y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a
las hijas del pueblo con las más grandes señoras.
Sufría
constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los
lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes,
sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales
ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la
llenaban de indignación.
La
vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella
pesares desolados y delirantes ensueños. Pensaba en las antecámaras mudas,
guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas lámparas de bronce y en
los dos pulcros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos sillones,
amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones
colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas
inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para
hablar cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y
agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.
Cuando,
a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda, cubierta por un
mantel de tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con
aire de satisfacción: “¡Ah! ¡Qué buen caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente
como esto!”, pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata
resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos
y aves extrañas dentro de un bosque fantástico; pensaba en los exquisitos y
selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanterías
murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la
sonrosada carne de una trucha o un alón de faisán.
No
poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y sólo aquello de que
carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles.
¡Cuánto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!
Tenía
una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver con
frecuencia, porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después
llorando de pena, de pesar, de desesperación.
Una
mañana el marido volvió a su casa con expresión triunfante y agitando en la
mano un ancho sobre.
-Mira,
mujer -dijo-, aquí tienes una cosa para ti.
Ella
rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía:
“El
ministro de Instrucción Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel
les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del
Ministerio.”
En
lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tiró la invitación
sobre la mesa, murmurando con desprecio:
-¿Qué
haré yo con eso?
-Creí,
mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacción. ¡Sales tan
poco, y es tan oportuna la ocasión que hoy se te presenta!… Te advierto que me
ha costado bastante trabajo obtener esa invitación. Todos las buscan, las
persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Verás
allí a todo el mundo oficial.
Clavando
en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:
-¿Qué
quieres que me ponga para ir allá?
No
se había preocupado él de semejante cosa, y balbució:
-Pues
el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito…
Se
calló, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas
se desprendían de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.
El
hombre murmuró:
-¿Qué
te sucede? Pero ¿qué te sucede?
Mas
ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondió
con tranquila voz, enjugando sus húmedas mejillas:
-Nada;
que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a cualquier colega
cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.
Él
estaba desolado, y dijo:
-Vamos
a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en
otras ocasiones, un traje sencillito?
Ella
meditó unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que
podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamación de asombro del
empleadillo.
Respondió,
al fin, titubeando:
-No
lo sé con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.
El
marido palideció, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una
escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos
amigos que salían a tirar a las alondras los domingos.
Dijo,
no obstante:
-Bien.
Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo más
posible, ya que hacemos el sacrificio.
El
día de la fiesta se acercaba y la señora de Loisel parecía triste, inquieta,
ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una
noche:
-¿Qué
te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días.
Y
ella respondió:
-Me
disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré, de
todos modos, una miserable. Casi, casi me gustaría más no ir a ese baile.
-Ponte
unas cuantas flores naturales -replicó él-. Eso es muy elegante, sobre todo en
este tiempo, y por diez francos encontrarás dos o tres rosas magníficas.
Ella
no quería convencerse.
-No
hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.
Pero
su marido exclamó:
-¡Qué
tonta eres! Anda a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y
ruégale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa
libertad.
La
mujer dejó escapar un grito de alegría.
-Tienes
razón, no había pensado en ello.
Al
siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro.
La
señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó,
lo abrió y dijo a la señora de Loisel:
-Escoge,
querida.
Primero
vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y
pedrería primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo,
vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin
cesar:
-¿No
tienes ninguna otra?
-Sí,
mujer. Dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría.
De
repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes,
y su corazón empezó a latir de un modo inmoderado.
Sus
manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con él su cuello, y permaneció
en éxtasis contemplando su imagen.
Luego
preguntó, vacilante, llena de angustia:
-¿Quieres
prestármelo? No quisiera llevar otra joya.
-Sí,
mujer.
Abrazó
y besó a su amiga con entusiasmo, y luego escapó con su tesoro.
Llegó
el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era más
bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría.
Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle
presentados. Todos los directores generales querían bailar con ella. El
ministro reparó en su hermosura.
Ella
bailaba con embriaguez, con pasión, inundada de alegría, no pensando ya en nada
más que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una
especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por todas las
admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y
tan dulce para un alma de mujer.
Se
fue hacia las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dormía en un
saloncito vacío, junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían
mucho.
Él
le echó sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto
abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con la
elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y quiso huir, para no ser vista
por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.
Loisel
la retuvo diciendo:
-Espera,
mujer, vas a resfriarte a la salida. Iré a buscar un coche.
Pero
ella no le oía, y bajó rápidamente la escalera.
Cuando
estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando
voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos.
Anduvieron
hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas
vetustas berlinas que sólo aparecen en las calles de París cuando la noche
cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día.
Los
llevó hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los Mártires, y
entraron tristemente en el portal. Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en que a
las diez había de ir a la oficina.
La
mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del
espejo, a fin de contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de
repente dejó escapar un grito.
Su
esposo, ya medio desnudo, le preguntó:
-¿Qué
tienes?
Ella
se volvió hacia él, acongojada.
-Tengo…,
tengo… -balbució – que no encuentro el collar de la señora de Forestier.
Él
se irguió, sobrecogido:
-¿Eh?…
¿cómo? ¡No es posible!
Y
buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los
bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.
Él
preguntaba:
-¿Estás
segura de que lo llevabas al salir del baile?
-Sí,
lo toqué al cruzar el vestíbulo del Ministerio.
-Pero
si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer.
-Debe
estar en el coche.
-Sí.
Es probable. ¿Te fijaste qué número tenía?
-No.
Y tú, ¿no lo miraste?
-No.
Se
contemplaron aterrados. Loisel se vistió por fin.
-Voy
-dijo- a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad
lo encuentro.
Y
salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama,
desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.
Su
marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.
Fue
a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los periódicos, para publicar
un anuncio ofreciendo una gratificación por el hallazgo; fue a las oficinas de
las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrecérsele alguna
esperanza.
Ella
le aguardó todo el día, con el mismo abatimiento desesperado ante aquel
horrible desastre.
Loisel
regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido; no había podido averiguar
nada.
-Es
menester -dijo- que escribas a tu amiga enterándola de que has roto el broche
de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.
Ella
escribió lo que su marido le decía.
Al
cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.
Y
Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado
encima cinco años, manifestó:
-Es
necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.
Al
día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se
leía en su interior.
El
comerciante, después de consultar sus libros, respondió:
-Señora,
no salió de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío para
complacer a un cliente.
Anduvieron
de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida,
recordándola, describiéndola, tristes y angustiosos.
Encontraron,
en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareció
idéntico al que buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regateándolo
consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.
Rogaron
al joyero que se los reservase por tres días, poniendo por condición que les
daría por él treinta y cuatro mil francos si se lo devolvían, porque el otro se
encontrara antes de fines de febrero.
Loisel
poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto.
Y,
efectivamente, tomó mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí,
tres allá. Hizo pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con
usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometió para toda la vida,
firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las
angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la
perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales,
fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante
treinta y seis mil francos.
Cuando
la señora de Loisel devolvió la joya a su amiga, ésta le dijo un tanto
displicente:
-Debiste
devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.
No
abrió siquiera el estuche, y eso lo juzgó la otra una suerte. Si notara la
sustitución, ¿qué supondría? ¿No era posible que imaginara que lo habían
cambiado de intento?
La
señora de Loisel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía
para adoptar una resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel
dinero que debían… Despidieron a la criada, buscaron una habitación más
económica, una buhardilla.
Conoció
los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los
platos, desgastando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el
fondo de las cacerolas. Enjabonó la ropa sucia, las camisas y los paños, que
ponía a secar en una cuerda; bajó a la calle todas las mañanas la basura y
subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida
como una pobre mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del
tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando,
teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía céntimo a
céntimo su dinero escasísimo.
Era
necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar otros, ganar tiempo.
El
marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un
comerciante, y a veces escribía a veinticinco céntimos la hoja.
Y
vivieron así diez años.
Al
cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses,
multiplicados por las renovaciones usurarias.
La
señora Loisel parecía entonces una vieja. Se había transformado en la mujer
fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas
torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua
fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto
a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde
lució tanto y donde fue tan festejada.
¿Cuál
sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar?
¡Quién sabe! ¡Quién sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué
poco hace falta para perderse o para salvarse!
Un
domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de
las fatigas de la semana, reparó de pronto en una señora que pasaba con un niño
cogido de la mano.
Era
su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre
seductora. La de Loisel sintió un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y
saludarla? ¿Por qué no? Habíéndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con
orgullo, su desdicha.
Se
puso frente a ella y dijo:
-Buenos
días, Juana.
La
otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por
aquella infeliz. Balbució:
-Pero…,
¡señora!.., no sé… Usted debe de confundirse…
-No.
Soy Matilde Loisel.
Su
amiga lanzó un grito de sorpresa.
-¡Oh!
¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás!…
-¡Sí;
muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes miserias… todo
por ti…
-¿Por
mí? ¿Cómo es eso?
-¿Recuerdas
aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?
-¡Sí,
pero…
-Pues
bien: lo perdí…
-¡Cómo!
¡Si me lo devolviste!
-Te
devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para
pagarlo. Comprenderás que representaba una fortuna para nosotros, que sólo
teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.
La
señora de Forestier se había detenido.
-¿Dices
que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?
-Sí.
No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.
Y
al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier,
sumamente impresionada, le cogió ambas manos:
-¡Oh!
¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!… ¡Valía quinientos francos a lo sumo!…
Fuente: Ciudad Seva
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