viernes, 9 de enero de 2026

Dos cuentos breves de Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata

A continuación, te presento dos cuentos breves de Yasunari Kawabata, el primer escritor japonés en recibir el Premio Nobel de Literatura, que puedes leer o escuchar en formato audiocuento en Spotify y YouTube.

Lugar soleado de Yasunari Kawabata narra el inicio de un amor marcado por la timidez y la introspección, cuando el narrador recuerda, a partir de una escena luminosa en la playa, el origen de su inquietante costumbre de observar los rostros ajenos. Ese recuerdo lo conduce a su infancia junto a un abuelo ciego que parecía orientarse instintivamente hacia la luz, experiencia que explica su necesidad de mirar como una forma de búsqueda afectiva y de comprensión del otro. El cuento sugiere que los hábitos íntimos nacen de pérdidas tempranas y de silencios familiares, y que la luz —el “lugar soleado”— simboliza la memoria, la revelación interior y la posibilidad de reconciliar el pasado con el presente. Así, Kawabata muestra cómo el amor y el recuerdo permiten aceptar la propia vulnerabilidad y transformar una herida antigua en un gesto de conexión humana.

 

En La frágil vasija, Yasunari Kawabata presenta un sueño inquietante en el que una estatua de Kannon, símbolo de compasión y delicadeza, cae y se rompe en innumerables fragmentos, escena que despierta en el narrador una reflexión íntima sobre el amor y la fragilidad femenina. La aparición de una muchacha que recoge apresuradamente los restos de la estatua conduce a una interpretación simbólica: amar implica una caída, una ruptura interior que expone la vulnerabilidad más profunda. Al vincular la imagen de la cerámica rota con la cita bíblica de la “vasija frágil”, Kawabata sugiere que la mujer, como el amor mismo, exige cuidado, respeto y comprensión, y que muchas veces es ella quien debe recomponerse tras el impacto emocional. El cuento revela así una visión poética y melancólica del amor como experiencia tan sagrada como quebradiza, donde la belleza y el dolor coexisten en un equilibrio precario.


Lugar soleado

En el otoño de mis veinticuatro años, conocí a una muchacha en una posada a orillas del mar.

Fue el comienzo del amor.

De repente la joven irguió la cabeza y se tapó la cara con la manga de su kimono. Ante su gesto, me dije: la he disgustado con mi mal hábito. Me avergoncé y mi pesadumbre se hizo evidente.

—Fijé la vista en ti, ¿no?

—Sí, pero no es para tanto.

Su voz sonaba gentil y sus palabras, cálidas. Me sentí aliviado.

—¿Te molesta, no es cierto?

—No, de verdad, está bien.

Bajó el brazo. En su expresión se notaba el esfuerzo que hacía para aceptar mi mirada. Miré hacia otro lado, y fijé la vista en el océano.

Desde hacía mucho tenía ese hábito de fijar la vista en quien estuviera a mi lado, para su disgusto. Muchas veces me había propuesto corregirme, pero sufría si no observaba los rostros de quienes estaban cerca. Me aborrecía al darme cuenta de que lo estaba haciendo. Tal vez el hábito venía de haber pasado mucho tiempo interpretando los rostros ajenos, luego de perder a mis padres y mi hogar cuando era un niño, y verme obligado a vivir con otros. Tal vez por eso me volví así, pensaba.

En cierto momento, con desesperación traté de definir si había desarrollado esta costumbre después de haber sido adoptado o si ya existía antes, cuando tenía mi hogar. Pero no encontraba recuerdos que pudieran aclarármelo.

Fue entonces, al apartar los ojos de la muchacha, que vi un lugar en la playa bañado por el sol del otoño. Y ese lugar soleado despertó un recuerdo por largo tiempo enterrado.

Tras la muerte de mis padres, viví solo con mi abuelo durante casi diez años en una casa en el campo. Mi abuelo era ciego. Años y años se sentó en la misma habitación ante un brasero de carbón, en el mismo rincón, vuelto hacia el este. Cada tanto volvía la cabeza hacia el sur, pero nunca al norte. Una vez que me di cuenta de este hábito suyo de volver la cara sólo en una dirección, me sentí tremendamente perturbado. A veces me sentaba durante un rato largo frente a él observando su rostro, preguntándome si se volvería hacia el norte al menos una vez. Pero mi abuelo volvía la cabeza hacia la derecha cada cinco minutos como una muñeca mecánica, fijando la vista sólo en el sur. Eso me provocaba malestar. Me parecía misterioso. Al sur había lugares soleados, y me pregunté si, aun siendo ciego, podría percibir esa dirección como algo un poco más luminoso.

Ahora, mirando la playa, recordaba ese otro lugar soleado que tenía olvidado.

Por aquellos días, fijaba la mirada en mi abuelo esperando que se volviera hacia el norte. Como era ciego, podía observarlo fijamente. Y me daba cuenta ahora de que así se había desarrollado mi costumbre de estudiar los rostros. Y que este hábito ya existía en mi vida de hogar, y que no era un vestigio de servilismo. Ya podía tranquilizarme en mi autocompasión por esta costumbre. Aclarar la cuestión me provocó el deseo de saltar de alegría, tanto más porque mi corazón estaba colmado por la aspiración de purificarme en honor de la muchacha.

La joven volvió a hablar.

—Me voy acostumbrando, aunque todavía me intimida un poco.

Esto significaba que podía volver a mirarla. Seguramente había juzgado rudo mi comportamiento. La observé con expresión radiante. Se sonrojó y me lanzó una mirada disimulada.

—Mi cara dejará de ser interesante con el paso de los días y las noches. Pero no me preocupa.

Hablaba como una criatura. Me sonreí. Me pareció que repentinamente nuestra relación había adquirido otra intimidad. Y quise llegar hasta ese lugar soleado de la playa, con ella y con el recuerdo de mi abuelo.

1923

Fuente: Lecturia

 

 La frágil vasija

En una esquina de la ciudad había un local de objetos de arte. Y entre la calle y el frente del local una estatua de cerámica de la deidad budista Kannon, con la altura de una niña de doce años. Cuando el tren pasaba, el gélido cutis de Kannon se estremecía, al igual que el vidrio de la puerta del negocio. Cada vez que yo pasaba por allí, temía que la estatua se cayera. Éste es el sueño que tuve: El cuerpo de Kannon caía directamente sobre mí. De pronto Kannon estiraba sus largos y blancos brazos, que hasta entonces pendían a lo largo de su cuerpo, y me envolvía el cuello con ellos. Yo saltaba hacia atrás con desagrado por lo sobrenatural de sus brazos inanimados cobrando vida y por el frío toque de su piel de cerámica. Sin un ruido, Kannon se rompía en miles de fragmentos al costado de la calle. Una muchacha recogía algunos de los pedazos. Se detenía un instante, pero rápidamente volvía a juntar los pedazos diseminados, los fragmentos de cerámica reluciente. Su irrupción me tomaba por sorpresa. Y cuando estaba por abrir la boca para ofrecer alguna disculpa, me desperté. Parecía que todo hubiera sucedido en el preciso instante posterior a la caída de Kannon. Intenté una interpretación del sueño. «Honra a la mujer tanto como a la más frágil vasija.» Desde entonces recuerdo este versículo de la Biblia con frecuencia. Siempre establecí una asociación entre una «frágil vasija» y una vasija de porcelana. Y más tarde, entre ambas y la muchacha del sueño. Nada tan frágil como una joven. En cierto sentido, el hecho de amar representa la caída de una muchacha. Es lo que yo pienso. Y así, en mi sueño, ¿no estaría la joven recogiendo apresuradamente los fragmentos de su propia caída?

1924

Fuente: Lecturia

 

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