Narrativa latinoamericana del siglo XX
A
continuación, te presento El Sur, un relato breve de Jorge Luis
Borges, considerado un clásico de la narrativa latinoamericana del siglo
XX. Borges (1899–1986) fue un destacado escritor, poeta y ensayista
argentino, reconocido como una de las figuras más importantes de la literatura
universal. Su obra se caracteriza por el uso de símbolos, laberintos, espejos y
reflexiones filosóficas sobre el tiempo, la identidad y la realidad.
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cuento también puedes escucharlo como audiocuento en YouTube.
Resumen y significado de “El Sur”
El relato cuenta la historia de Juan Dahlmann, un hombre que trabaja en una biblioteca de Buenos Aires y que vive dividido entre su ascendencia europea y su identidad argentina. Tras un accidente que lo deja gravemente herido, pasa un tiempo internado en un sanatorio. Al recuperarse, decide viajar hacia el Sur, un lugar cargado de recuerdos familiares y simbólicos, donde espera reencontrarse con su origen y su verdadero yo. Durante el viaje, el paisaje y las experiencias que vive lo conectan profundamente con la esencia del país y con una dimensión más intensa de la vida.
El cuento “El Sur” de Borges representa el enfrentamiento entre dos formas de vida y dos destinos. A través de él, se abordan temas como la identidad, la herencia argentina (encarnada en el Sur) y la frontera entre la realidad y la fantasía. El protagonista, Juan Dahlmann, se encuentra dividido entre su existencia cotidiana en la ciudad y su deseo idealizado de una muerte heroica en el campo sureño, que podría ser producto de un sueño o una alucinación para huir de la muerte real en un sanatorio. En el relato, destacan la dualidad entre lo real y lo imaginario y la búsqueda de una muerte digna, que constituyen sus ejes temáticos principales.
El Sur
Jorge Luis Borges
(Artificios,
1944; Ficciones, 1944)
Ciego a las culpas, el destino puede
ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa
tarde, un ejemplar descabalado de Las 1001 Noches de Weil, ávido de examinar
ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras;
algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara
de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó
por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que
alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir,
pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las
cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las 1001 Noches
sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo
hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le
maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como
ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo
condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle
una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una
habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y
conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo
sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el
vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo.
Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los
días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había
estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su
boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se
odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba
que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy
dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de
una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las
miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían
dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le
dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la
estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.
A la realidad le gustan las simetrías
y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de
plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura
del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su
destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la
mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las
calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía
con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las
registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas
diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas
regresaban a él.
Nadie ignora que el Sur empieza del
otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y
que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde
el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador,
el arco de 1a puerta, el zaguán, el íntimo patio.
En el hall de la estación advirtió
que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle
Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se
dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba
el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese
placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro
pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal,
porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la
actualidad, en la eternidad del instante.
A lo largo del penúltimo andén el
tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó
en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna
vacilación, el primer tomo de Las 1001 .Noches. Viajar con este libro, tan
vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha
había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del
mal.
A los lados del tren, la ciudad se
desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron
el principio dc la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de
piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo
niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La
felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann
cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.
El almuerzo (un el caldo servido en
boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue
otro goce tranquilo y agradecido.
Mañana me despertaré en la estancia,
pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el
día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un
sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar,
esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los
terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas
que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura.
También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar,
porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su
conocimiento nostálgico y literario.
Alguna vez durmió y en sus sueños
estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era
el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el
coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la
llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil
sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra
elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo
tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces
no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y
Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa
conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le
advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un
poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación
que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo dc
los hechos no le importaba.)
Et tren laboriosamente se detuvo,
casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era
poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe
opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas
diez, doce, cuadras.
Dahlmann aceptó la caminata como una
pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba
la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no
fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio,
aspirando con grave felicidad el olor del trébol.
El almacén, alguna vez, había sido
punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en
su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja
edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam,
adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su
parecido con uno de los empleados dcl sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo
que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para
llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.
En una mesa comían v bebían
ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó.
En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un
hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a
una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico
y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró
con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de
potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del
Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.
Dahlmann se acomodó junto a la
ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores
aún le llegaban entre los barrotes dc hierro. El patrón le trajo sardinas y
después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso,
paladeaba cl áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco
soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los
parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de
rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto,
sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre
una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero
alguien se la había tirado.
Los de la otra mesa parecían ajenos a
él. Dalhmann. perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de
Las Mil y Una Noche, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los
pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba
asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara
arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de
pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
—Señor Dahlmann, no les haga caso a
esos mozos, que están medio alegres.
Dahlmann no se extrañó de que el
otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras
agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a
una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo
sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los
peones y les preguntó qué andaban buscando.
El compadrito de la cara achinada se
paró, tambaleándose. A un paso de Juan
Dahlmann, lo injurió a gritos. como si estuviera muy lejos. Jugaba a
exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla— Entre
malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con
los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula
voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.
Desde un rincón. el viejo gaucho
extático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le
tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera
resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga
y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a
pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo,
sino para justificar que lo macaran. Alguna vez había jugado con un puñal, como
todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes
deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el
sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.
—Vamos saliendo —dijo el otro.
Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.
Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.
Fuente: Literatura.us
Otro relato breve indispensable
Si
te gustan los relatos breves, te recomiendo otro cuento indispensable de Rosario
Ferré, La muñeca menor. Ferré (1938–2016) fue una destacada
escritora, ensayista y editora puertorriqueña, reconocida por su exploración de
temas como el feminismo, la identidad, el poder y la crítica social. Su
estilo combina lo real y lo fantástico para cuestionar las estructuras
patriarcales y dar voz a las mujeres dentro de una sociedad tradicional.
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