martes, 9 de junio de 2026

La dama oval de Leonora Carrington

 

Leonora Carrington

A continuación, te presento La dama oval de Leonora Carrington. En este cuento para adultos se presenta a Lucrecia, una joven extraña y melancólica que vive encerrada en una mansión elegante y opresiva bajo la autoridad cruel de su padre. La narradora descubre un mundo surrealista donde los juguetes parecen vivos, una urraca habla y Lucrecia imagina convertirse en caballo para escapar de la realidad y conservar su libertad infantil. Sin embargo, su padre le prohíbe ese juego y finalmente destruye a “Tártaro”, el caballo que simboliza su imaginación y su independencia. El significado del cuento gira alrededor de la represión de la fantasía, el control autoritario y el paso traumático de la infancia a la edad adulta: Lucrecia representa el deseo de libertad y creatividad, mientras que el padre encarna las normas rígidas y el poder que destruye la inocencia y obliga a abandonar el mundo mágico interior.

Tengo la impresión de que en este relato se esconde una especie de biografía emocional de la autora. Aunque la historia está construida desde lo fantástico y lo surrealista, muchos de los elementos parecen reflejar conflictos profundamente humanos; principalmente, la necesidad de escapar a través de la imaginación. En muchos casos, el dolor emocional provocado por traumas infantiles genera la necesidad de transformarlo en arte o en escritura, como si narrarlo fuera una forma de comprenderlo o sobrevivirlo.

Además, creo que la autora utiliza lo surrealista no para escapar de la realidad, sino para expresar emociones que resultarían difíciles de explicar de manera directa.

Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.

 

La dama oval

(Cuento completo)

Había una dama muy alta y delgada de pie junto a la ventana. La ventana era muy alta y delgada también. La dama tenía el rostro pálido y triste. Estaba inmóvil, y nada se movía en la ventana salvo la pluma de faisán que ella llevaba en el pelo. Esta pluma temblona atrajo mi mirada: ¡tanto se agitaba en esta ventana donde nada se movía!

Era la séptima vez que pasaba por delante de la ventana. La dama triste no se había movido; a pesar del frío de esa tarde, me detuve. Quizá los muebles eran tan altos y delgados como la ventana y la dama. Quizá el gato, si es que había un gato, se conformaba también a sus elegantes proporciones. Quería saberlo, me devoraba la curiosidad; un deseo irresistible de entrar en la casa, sólo para comprobarlo, se apoderó de mí.

Antes de saber exactamente lo que hacía, me hallaba en el vestíbulo. La puerta se cerró en silencio tras de mí, y por primera vez en mi vida me encontré en una morada suntuosa. Para empezar, reinaba un silencio tan distinguido que apenas me atrevía a respirar. Luego estaba la extrema elegancia de los muebles y los bibelots. Cada silla era lo que menos el doble de alta que una silla normal, y mucho más estrecha. Entre estos aristócratas, hasta los platos eran ovalados, no redondos como los de las personas corrientes. El salón, donde seguía la dama triste, estaba decorado con una chimenea; y había una mesa puesta con tazas de té y pastas. Cerca del fuego esperaba apaciblemente una tetera a que sirviesen su contenido.

Vista de espaldas, la dama parecía más alta aún. Lo menos medía tres metros. Yo no sabía cómo hacer para dirigirle la palabra. ¿Empezar comentando el tiempo, y decirle lo malo que hacía? Demasiado banal. ¿Hablarle de poesía? Pero ¿de qué poesía?

-Señora, ¿le gusta la poesía?

-No; odio la poesía –respondió con voz ahogada de aburrimiento, sin volverse hacia mí.

-Tome una taza de té, le sentara bien.

-Yo no bebo; yo no como. En protesta contra mi padre, el muy hijo de perra.

Tras un cuarto de hora de silencio, se volvió; y me dejó asombrada su juventud. Tendría quizá dieciséis años.

-Es muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años no era ni la mitad de alta que usted.

-Me da igual. Bueno, sírveme un poco de té, pero no lo digas a nadie. Tal vez me tome también una pasta de ésas; pero hagas lo que hagas, recuerda no decir nada.

Comió con un apetito absolutamente asombroso. Cuando iba por la pasta número veinte dijo:

-Aunque me muera de hambre, no se saldrá con la suya. Ya veo el cortejo fúnebre, con cuatro grandes caballos negros y relucientes. Van despacio, con mi pequeño ataúd blanco entre un montón de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…

Se echó a llorar.

-Mira el pequeño cadáver de la hermosa Lucrecia. Y ¿sabes una cosa?: una vez que estás muerta no hay mucho que hacer. Me gustaría morir de hambre, sólo para fastidiarle. ¡El cerdo!

Tras estas palabras, abandono lentamente la habitación. La seguí.

Cuando llegamos a la tercera planta, entramos en un inmenso cuarto de niños donde había centenares de juguetes rotos y destrozados, diseminados pro todas partes. Lucrecia se acercó a un caballo de madera. Pese a lo antiguo que era –no tendría menos de cien años-, estaba congelado en pleno galope.

-“Tártaro” es mi favorito –dijo, acariciando el hocico del caballo-. Detesta a mi padre.

“Tártaro” se meció graciosamente sobre sus balancines; y yo pregunté cómo podía moverse por sí solo. Lucrecia lo miró pensativa, juntando las manos.

-Irá lejísimos, así –dijo-. Y cuando vuelva, me contará cosas interesantes.

Al asomarme al exterior vi que estaba nevando. Hacía mucho frío, pero Lucrecia no lo notaba. Un leve ruido en la ventana atrajo mi atención.

-Es Matilde –dijo-. Debía haberle dejado la ventana abierta. Por otra parte, se sofoca una aquí –tras lo cual rompió los cristales, y entró la nieve junto con una urraca que dio tres vueltas volando a la habitación.

“Matilde habla como nosotros. Hace diez años que le partí la lengua en dos. ¡Qué hermosa criatura!

-Herrrmosa crrriatura –graznó Matilde con voz brujeril-. HHerrmosa crrriatura.

Matilde fue a posarse sobre la cabeza de “Tártaro”. El caballo seguía galopando suavemente. Estaba cubierto de nieve.

-¿Has venido a jugar con nosotras? –preguntó Lucrecia-. Me alegro, porque me aburro muchísimo aquí. Hagamos como que éramos caballos. Voy a convertirme en caballo con un poco de nieve, resultará más convincente. Tú serás caballo también, Matilde.

-Caballo, caballo, caballo –chilló Matilde, danzando histéricamente sobre la cabeza de “Tártaro”.

Lucrecia se arrojó a la nieve, que era ya espesa, y rodó por ella gritando:

-¡Todos somos caballos!

Cuando se levantó, el efecto fue extraordinario. Si no hubiera sabido que era Lucrecia, habría jurado que se trataba de un caballo. Era hermoso, de un blanco cegador y con sus cuatro patas finas como agujas y una crin que le caía como agua alrededor de su larga cara. Se echó a reír de alegría y se puso a bailar locamente en la nieve.

-Galopa, galopa, “Tártaro”; pero yo iré más deprisa que tú.

“Tártaro” no modificó su marcha, pero sus ojos centellearon. No se le veían más que los ojos, dado que estaba cubierto de nieve. Matilde graznaba y se daba cabezazos contra las paredes. En cuanto a mí, bailaba una especie de polca para no perecer de frío.

De repente, observé que la puerta estaba abierta y que había una vieja enmarcada en el vano. Llevaba allí mucho rato, quizá, sin que yo me hubiese percatado. Observaba a Lucrecia con expresión de desagrado.

-Pare ahora mismo –gritó, temblando súbitamente de furor-. ¿Qué es todo esto? ¿Eh, señoritas? Lucrecia, ¿no sabe usted que su padre le tiene rigurosamente prohibido este juego? ¡Es un juego ridículo! Ya no es usted una niña.

Lucrecia seguía bailando, largando sus cuatro patas peligrosamente cerca de la vieja; su risa era estridente.

¡Pare, Lucrecia!

La voz de Lucrecia se volvía cada vez más aguda; se desternillaba de risa.

-Muy bien –dijo la vieja-; con que no me quiere obedecer. ¿eh? Muy bien, pues lo lamentará. Voy a llevarla a su padre.

Tenía una de sus manos escondida detrás de la espalda; pero con una rapidez asombrosa en una persona tan vieja, saltó sobre el lomo de Lucrecia y le metió a la fuerza el freno entre los dientes. Lucrecia saltó en el aire relinchando de rabia, pero la vieja se sujetó a ella. Después nos agarró a cada una de nosotras, a mi por el pelo y a Matilde por la cabeza, e iniciamos las cuatro una danza frenética. En el corredor Lucrecia daba coces en todas direcciones, destrozando cuadros y sillas y piezas de porcelana. La vieja se sujetaba a su lomo como una lapa a la roca. Yo estaba cubierta de heridas y magulladuras, y pensaba que Matilde había muerto, porque la mano de la vieja la agitaba lastimosamente como un trapo.

Llegamos al comedor en una auténtica orgía de alboroto. Sentado a la cabecera de una mesa larga, un señor anciano, con la figura más geométrica del mundo, acababa de comer. De repente, se hizo un completo silencio en la habitación. Lucrecia miró a su padre con gesto arrogante.

-Así que vuelves a las andadas –dijo él, cascando una avellana-. Ha hecho bien señorita De la Rochefroide en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres días que te prohibí que jugaras a los caballos. Es la séptima vez que tengo que castigarte, y sin duda sabes que en nuestra familia, el siete es el último número. Me temo, mi querida Lucrecia, que esta vez te tengo que castigar con bastante severidad.

La joven, que había adoptado aspecto de caballo, no se movió; pero le temblaban los ollares.

-Lo que voy a ha hacer es sólo por tu bien, cariño –su voz era muy suave-. Eres demasiado mayor para jugar con “Tártaro”. “Tártaro” es para los niños. Así que voy a quemarlo, hasta que no quede nada de él.

Lucrecia profirió un alarido terrible y cayó de rodillas.

-Eso no, papá; eso no.

El anciano sonrió con gran suavidad y cascó otra avellana.

-Es la séptima vez, cariño.

De los grandes ojos del caballo brotaron lágrimas que excavaron dos surcos en sus mejillas de nieve. Lucrecia se volvió tan deslumbrantemente blanca que brillaba como una estrella.

-Piedad, papá, piedad. No quemes a “Tártaro”.

Su voz se fue volviendo más débil cada vez, y no tardó en encontrarse de rodillas en un charco de agua; yo tenía miedo de que fuera a derretirse del todo.

-Mademoiselle De la Rochefroide, llévese a la señorita Lucrecia –dijo el padre, y la vieja hizo salir a la temblorosa criatura, que había vuelto delgadísima, de la habitación.

Creo que no notó mi presencia. Me escondí detrás de la puerta y oí subir al anciano al cuarto de los niños. Poco después me taponé los oídos con los dedos; porque arriba se oían los relinchos más espantosos, como si un animal estuviese sufriendo torturas extremas.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo unos Fragmentos de El tesoro de la sombra de Alejandro Jodorowsky.

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