De puro distraído
A
continuación, un cuento para adultos de Benedetti: De puro distraído,
que puedes escuchar en Spotify o ver en YouTube.
El
cuento narra la vida errante de un hombre que recorre países y ciudades sin
rumbo fijo, movido por una mezcla de incomodidad con su país de origen y una
vocación casi natural por el vagabundeo, la libertad y la distracción, viviendo
al margen de los centros de poder y de las certezas, guiado más por impulsos
que por mapas; a través de este personaje, Benedetti construye una metáfora del
exilio y de la fragilidad humana frente a los sistemas políticos y sociales,
mostrando cómo alguien puede huir sin declararse perseguido, no por ideología
explícita sino por una sensibilidad que no soporta la injusticia, la hipocresía
y la violencia, y sugiere que, en contextos de represión, incluso la
distracción y la inocencia pueden volverse una forma de resistencia… pero
también una peligrosa vulnerabilidad.
Cuento de Mario Benedetti: De puro distraído
(Cuento completo)
Nunca
se consideró un exiliado político. Había abandonado su tierra por un extraño
impulso que se fraguó en tres etapas. La primera, cuando lo abordaron
sucesivamente cuatro mendigos en la Avenida. La segunda, cuando un ministro usó
la palabra Paz en la televisión e inmediatamente comenzó a temblarle el párpado
derecho. La tercera, cuando entró a la iglesia de su barrio y vio que un Cristo
(no el más rezado y colmado de cirios sino otro alicaído, de una nave lateral)
lloraba como un bendito.
Quizá
pensó que si se quedaba en su país se iba a desesperar a corto plazo y él bien
sabía que no estaba hecho para la desesperación sino para el vagabundeo, la
independencia, el modestísimo disfrute. Le gustaba la gente pero no se
encadenaba. Se entretenía con el paisaje pero al final se empalagaba de tanto
verde y añoraba el hollín de las ciudades. Saboreaba las tensiones
metropolitanas pero llegaba un día en que se sentía cercado por los imponentes
bloques de cemento.
Así
como había vagado por las calles y los caminos de su tierra, empezó a vagar por
los países, las fronteras y los mares. Era terriblemente distraído. A menudo no
sabía en qué ciudad se encontraba, pero no por eso se decidía a preguntar.
Simplemente seguía caminando y, en todo caso, si se equivocaba, no le importaba
salir del error. Si precisaba algo, ya fuera para comer o para dormir, disponía
de cuatro idiomas para buscarlo y siempre había alguien que lo comprendía. En
el peor de los casos, le quedaba el esperanto de los gestos.
Viajaba
en ferrocarril o en autobús, pero normalmente lograba que lo recogieran en
algún auto o camión. Inspiraba confianza. La gente le creía las cosas más
absurdas, y no se equivocaba, porque todo en él era un poco absurdo. Por lo
común andaba solo, y era lógico, ya que ningún hombre ni, menos aún, ninguna
mujer, habría sido capaz de soportar tanta incuria y tanto desorden.
Cuando
pasaba por una frontera, mostraba el pasaporte con un gesto displicente o
mecánico, pero inmediatamente se olvidaba de qué frontera se trataba.
Permanecía poco tiempo en el centro de las ciudades. Prefería los barrios
marginales, donde se llevaba bien con los niños y los perros.
A
veces surgía algún detalle que le servía de orientación. Pero no siempre. Una
mañana se halló junto a un canal y creyó que estaba en Venecia, pero era
Brujas. Confundir el Sena con el Rhin, y viceversa, le ocurrió por lo menos en
tres ocasiones. No llevaba brújula sino que se orientaba por el sol, pero
cuando le tocaban días tormentosos, de cielo oscuro, no tenía la menor idea de
dónde quedaba el norte. Y eso tampoco lo afectaba, ya que no tenía preferencia
por ninguno de los puntos cardinales.
Cierto
mediodía se enteró de que caminaba por Helsinki porque vio una cabina
telefónica que decía Puhelin. Era uno de sus escasos datos sobre Finlandia.
Otro día sintió un alarmante tirón de hambre en el estómago y extrajo de su
morral un poco de queso; cuando masticaba con fruición advirtió que se había
recostado a una columna que le trajo el recuerdo de las de mármol pentélico que
había visto en alguna foto del Partenón, y claro, a partir de esa asociación se
dio cuenta de que efectivamente estaba en la Acrópolis. Sí, era terriblemente
distraído. En otra ocasión nevaba y para protegerse del frío se metió en las
galerías comerciales del moderno subsuelo de Les Halles. Cuando, un semestre
después, emergió de otras galerías subterráneas en pleno centro de Estocolmo,
se alegró sinceramente de que ya no nevara.
De
vez en cuando iba a los aeropuertos, pero casi nunca viajaba en avión, entre
otras cosas porque después de presentarse en el mostrador correspondiente y
despachar su liviano equipaje, se iba a la terraza a ver cómo despegaban y
aterrizaban las grandes aeronaves y no prestaba la menor atención a los
altavoces, que repetían su nombre con insistencia.
En
cierta ocasión, sin embargo, y vaya a saber por qué extraño mecanismo,
permaneció junto a la puerta de embarque y subió confiadamente al avión con los
demás pasajeros. Cuando llegó a destino y mostró su pasaporte, tan
displicentemente como de costumbre, un funcionario de emigración lo miró con
atención y le dijo: «Venga conmigo.» Él lo siguió mansamente por un corredor
desierto. Cuando llegaron a una puerta con un letrero Prohibido el paso, el
funcionario la abrió y lo conminó a entrar. Así lo hizo, desprevenido. Pensó
acercarse a una mesa que había en el centro de la habitación, pero de improviso
no vio nada. Alguien, desde atrás, le había colocado una capucha. Sólo entonces
comprendió que, de puro distraído, se encontraba de nuevo en su patria.
Fuente:
Narrativa breve
Otros cuentos
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te gustan los cuentos, te recomiendo: Los censores de Luisa Valenzuela
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