Panóptico de Foucault
A continuación,
te presento un cuento para adultos de Luisa Valenzuela que también puedes escuchar
en formato audiocuento en YouTube y Spotify. Los censores de Luisa
Valenzuela es sobre un hombre que, por amor y miedo, se introduce en un sistema
de vigilancia que controla cada palabra escrita, creyendo que desde dentro
podrá proteger a quien ama. Lo que el cuento revela es un mecanismo muy cercano
al panóptico de Foucault: un poder que no necesita vigilar todo el
tiempo porque ha logrado algo más eficaz —que las personas se vigilen a sí
mismas. A medida que Juan avanza en la burocracia de la censura, interioriza la
mirada del poder y empieza a pensar, sospechar y juzgar como el sistema mismo.
Así, el relato muestra cómo los regímenes autoritarios no sólo reprimen desde
afuera, sino que producen sujetos que colaboran activamente con su propia
dominación, hasta perder de vista dónde termina el control y dónde empieza su propia
voluntad.
Los censores
Cuento completo de Luisa Valenzuela
¡Pobre
Juan! Aquel día lo agarraron con la guardia baja y no pudo darse cuenta de que
lo que él creyó ser un guiño de la suerte era en cambio, un maldito llamado de
la fatalidad. Esas cosas pasan en cuanto uno se descuida, y así como me oyen
uno se descuida tan pero tan a menudo. Juancito dejó que se le viera encima la
alegría —sentimiento por demás perturbador— cuando por un conducto inconfesable
le llegó la nueva dirección de Mariana, ahora en París, y pudo creer así que
ella no lo había olvidado. Entonces se sentó ante la mesa sin pensarlo dos
veces y escribió una carta. La carta. Esa misma que ahora le
impide concentrarse en su trabajo durante el día y no lo deja dormir cuando
llega la noche (¿qué habrá puesto en esa carta, ¿qué habrá quedado adherido a
esa hoja de papel que le envió a Mariana?)
Juan
sabe que no va a haber problema con el texto, que el texto es irreprochable,
inocuo. Pero ¿y lo otro? Sabe también que a las cartas las auscultan, las
huelen, las palpan, las leen entre líneas y en sus menores signos de
puntuación, hasta en las manchitas involuntarias. Sabe que las cartas pasan de
mano en mano por las vastas oficinas de censura, que son sometidas a todo tipo
de pruebas y pocas son por fin las que pasan los exámenes y pueden continuar
camino. Es por lo general cuestión de meses, de años si la cosa se complica,
largo tiempo durante el cual está en suspenso la libertad y hasta quizá la vida
no sólo del remitente sino también del destinatario. Y eso es lo que lo tiene
sumido a nuestro Juan en la más profunda de las desolaciones: la idea de que a
Mariana, en París, llegue a sucederle algo por culpa de él. Nada menos que a
Mariana que debe de sentirse tan segura, tan tranquila allí donde siempre soñó
vivir. Pero él sabe que los Comandos Secretos de Censura actúan en todas partes
del mundo y gozan de un importante descuento en el transporte aéreo; por lo
tanto nada les impide llegarse hasta el oscuro barrio de París, secuestrar a
Mariana y volver a casita convencidos de su noble misión en esta tierra.
Entonces
hay que ganarles de mano, entonces hay que hacer lo que hacen todos: tratar de
sabotear el mecanismo, de ponerle en los engranajes unos granos de arena, es
decir ir a las fuentes del problema para tratar de contenerlo.
Fue
con ese sano propósito con que Juan, como tantos, se postuló para censor. No
por vocación como unos pocos ni por carencia de trabajo como otros, no. Se
postuló simplemente para tratar de interceptar su propia carta, idea para nada
novedosa pero consoladora. Y lo incorporaron de inmediato porque cada día hacen
falta más censores y no es cuestión de andarse con melindres pidiendo
antecedentes.
En
los altos mandos de la Censura no podían ignorar el motivo secreto que tendría
más de uno para querer ingresar a la repartición, pero tampoco estaban en
condiciones de ponerse demasiado estrictos y total ¿para qué? Sabían lo difícil
que les iba a resultar a esos pobres incautos detectar la carta que buscaban y,
en el supuesto caso de lograrlo, ¿qué importancia podían tener una o dos cartas
que pasan la barrera frente a todas las otras que el nuevo censor frenaría en
pleno vuelo? Fue así como no sin ciertas esperanzas nuestro Juan pudo ingresar
en el Departamento de Censura del Ministerio de Comunicaciones.
El
edificio, visto desde fuera, tenía un aire festivo a causa de los vidrios
ahumados que reflejaban el cielo, aire en total discordancia con el ambiente
austero que imperaba dentro. Y poco a poco Juan fue habituándose al clima de
concentración que el nuevo trabajo requería, y el saber que estaba haciendo
todo lo posible por su carta —es decir por Mariana— le evitaba ansiedades. Ni
siquiera se preocupó cuando, el primer mes, lo destinaron a la sección K, donde
con infinitas precauciones se abren los sobres para comprobar que no encierran
explosivo alguno.
Cierto
es que a un compañero, al tercer día, una Carta le voló la mano derecha y le
desfiguró la cara, pero el jefe de sección alegó que había sido mera
imprudencia por parte del damnificado y Juan y los demás empleados pudieron
seguir trabajando como antes aunque bastante más inquietos. Otro compañero
intentó a la hora de salida organizar una huelga para pedir aumento de sueldo
por trabajo insalubre pero Juan no se adhirió y después de pensar un rato fue a
denunciarlo ante la autoridad para intentar así ganarse un ascenso.
Una
vez no crea hábito, se dijo al salir del despacho del jefe, y cuando lo pasaron
a la sección J donde se despliegan las cartas con infinitas precauciones para
comprobar si encierran polvillos venenosos, sintió que había escalado un
peldaño y que por lo tanto podía volver a su sana costumbre de no inmiscuirse
en asuntos ajenos.
De
la J, gracias a sus méritos, escaló rápidamente posiciones hasta la sección E
donde ya el trabajo se hacía más interesante pues se iniciaba la lectura y el
análisis del contenido de las cartas. En dicha sección hasta podía abrigar
esperanzas de echarle mano a su propia misiva dirigida a Mariana que, a juzgar
por el tiempo transcurrido, debería de andar más o menos a esta altura después
de una larguísima procesión por otras dependencias.
Poco
a poco empezaron a llegar días cuando su trabajo se fue tornando de tal modo
absorbente que por momentos se le borraba la noble misión que lo había llevado
hasta las oficinas. Días de pasarle tinta roja a largos párrafos, de echar sin
piedad muchas cartas al canasto de las condenadas. Días de horror ante las
formas sutiles y sibilinas que encontraba la gente para transmitirse mensajes
subversivos, días de una intuición tan aguzada que tras un simple «el tiempo se
ha vuelto inestable» o «los precios siguen por las nubes» detectaba la mano
algo vacilante de aquel cuya intención secreta era derrocar al Gobierno.
Tanto
celo de su parte le valió un rápido ascenso. No sabemos si lo hizo muy feliz.
En la sección B la cantidad de cartas que le llegaba a diario era mínima —muy
contadas franqueaban las anteriores barreras— pero en compensación había que
leerlas tantas veces, pasarlas bajo la lupa, buscar micropuntos con el
microscopio electrónico y afinar tanto el olfato que al volver a su casa por
las noches se sentía agotado. Sólo atinaba a recalentarse una sopita, comer
alguna fruta y ya se echaba a dormir con la satisfacción del deber cumplido. La
que se inquietaba, eso sí, era su santa madre que trataba sin éxito de
reencauzarlo por el buen camino. Le decía, aunque no fuera necesariamente
cierto: Te llamó Lola, dice que está con las chicas en el bar, que te extrañan,
que te esperan. Pero Juan no quería saber nada de excesos: todas las
distracciones podían hacerle perder la acuidad de sus sentidos y él los
necesitaba alertas, agudos, atentos, afinados, para ser perfecto censor y
detectar el engaño. La suya era una verdadera labor patria. Abnegada y sublime.
Su
canasto de cartas condenadas pronto pasó a ser el más nutrido pero también el
más sutil de todo el Departamento de Censura. Estaba a punto ya de sentirse
orgulloso de sí mismo, estaba a punto de saber que por fin había encontrado su
verdadera senda, cuando llegó a sus manos su propia carta dirigida a Mariana.
Como es natural, la condenó sin asco. Como también es natural, no pudo impedir
que lo fusilaran al alba, una víctima más de su devoción por el trabajo.
Fuente:
Lecturia
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