Juan Rulfo
A continuación,
te presento un relato para adultos de Juan Rulfo, que también puedes escuchar en
Youtube y Spotify.
Acuérdate de Juan Rulfo es un cuento narrado
en segunda persona, como si alguien le hablara a un interlocutor para que
recuerde a Urbano Gómez, un antiguo compañero de infancia en un pueblo rural. A
través de recuerdos fragmentados, se reconstruye su vida desde niño: su entorno
familiar marcado por la pobreza y los conflictos, sus travesuras y engaños en
la escuela, y su relación complicada con los demás habitantes del pueblo.
El
significado del cuento puede entenderse no solo como la transformación de un
individuo por su entorno, sino también como una denuncia de la forma en que la
violencia y la exclusión social se normalizan dentro del pueblo, ya que Urbano
no es solo producto de su ambiente, sino alguien también marcado y construido
por la memoria colectiva de la comunidad, que lo señala y lo juzga mostrando así que
la violencia no solo es únicamente individual, sino también depende de otros factores.
Acuérdate
Cuento completo de Juan Rulfo
Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano,
nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el
“rezonga ángel maldito” cuando la época de la influencia. De esto hace ya años,
quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo
por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy
juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la
Arremangada, y la otra que era retealta y que tenía los ojos zarcos y que hasta
se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate
del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la
Elevación soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo y
llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua con
azúcar y entonces se calmaba. Ésa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la
mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de
linaza de los Teódulos.
Acuérdate
que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de
cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó
en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre
les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y coros de
monaguillos que cantaban “hosannas” y “glorias” y la canción esa de “ahí te
mando, Señor, otro angelito”. De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro
cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio.
Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los
que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de
grande, pegada a los cincuenta años.
La
debes haber conocido, pues era realegadora y cada rato andaba en pleito con las
marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar muy caro los
jitomates, pegaba de gritos y decía que la estaban robando. Después, ya de
pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes
ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña “para que se les endulzara la
boca a sus hijos”. Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le
lograron. Después no se supo ya de ella.
Ese
Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy
bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía
clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a
cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba
en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a
dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y
media traía en la bolsa: canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates
verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen
muy lejos.
Nos
traficaba a todos, acuérdate.
Era
cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de casado
y que Natalia, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto de tepache
en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas
desafinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.
Y
nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache que
siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos
dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos, al verlo, le sacábamos
la vuelta para que no fuera a cobrarnos.
Quizá
entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo
expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su
prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos
en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la
risión de todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas
para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos a
todos con la mano y como diciendo: “Ya me las pagarán caro.”
Y
después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los
ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo
oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.
Sólo
que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen
que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco y lo
deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo
cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por aquí
convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una
banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No
hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él hacía el
desentendido como si no conociera a la gente.
Fue
entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió
ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando
todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los
gritos, y la gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la
carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la
mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír
lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano
que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la
carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín,
donde se estuvo tendido.
Allí
lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el
curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la
dio.
Lo
detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron
a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que
hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú
te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como
yo.
Fuente: Lecturia.org
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