Guadalupe Dueñas
A
continuación, te presento los resúmenes y análisis de dos cuentos de Guadalupe
Dueñas: No moriré del todo y Tiene la noche un árbol, que también
puedes escuchar en YouTube y Spotify. En
esta ocasión, os puedo compartir solamente el cuento No moriré del todo,
puesto que el otro cuento no lo he encontrado digitalmente
Estos
cuentos para adultos están relacionados con la muerte, pero desde dos visiones
distintas. En el cuento No moriré del todo, una mujer llamada Beatriz decide
morir en un accidente de avión para que su familia cobre un seguro; sin
embargo, durante el vuelo siente miedo y, al final, lucha por sobrevivir. Su
significado muestra de forma irónica cómo el deseo de morir puede desaparecer
cuando se enfrenta a la muerte real, revelando que incluso una vida triste
tiene valor y que el instinto de vivir es más fuerte que cualquier cálculo o
sacrificio.
Por otro lado, aunque también está relacionado con la muerte, el cuento Tiene la noche un árbol la presenta desde la visión de un niño. En este relato, un niño observa la muerte de su maestra Silvia y la extraña conducta de un hombre desconocido frente a su casa, creando una atmósfera inquietante donde no todo se explica. Su significado radica en mostrar cómo la infancia percibe la muerte y el misterio, mezclando realidad e imaginación y dejando una sensación de duda, tristeza y extrañeza.
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No moriré del todo
(Cuento completo de Guadalupe Dueñas)
Beatriz
decidió morir. Compraría –eran sus últimos trescientos pesos- un boleto de
avión y la póliza contra riesgos de viaje. Imaginó con halago la satisfacción
de sus deudos: dos sobrinos y una prima lejanísima.
Lo corriente es que un cadáver solo pese y mortifique; pero esta vez, fallecer
significaría una fortuna. Beatriz se felicitó de poseer un cuerpo: ¡qué
desperdicio si hubiera nacido camaleón o golondrina! Meditó en la torpeza de
consumirse entre las sábanas y en el egoísmo con que se escamotea una justa
ganancia.
Los sobrinos besaron conmovidos a la tía cuando discutió con ellos el plan. La
prima derramó una lágrima y todos muy cariñosos infundiéronle ánimo, explicando
que ese tipo de muerte es rápido y sin molestias. Por lo general, estallan los
motores en pleno vuelo. Si el aparato se estrella, el choque es tan eficaz que
el aturdimiento impide apreciar las consecuencias; pero de cualquier manera, el
mal rato no pasa de milésimos de segundo. Además, le hicieron reflexionar sobre
otros puntos: que oficialmente cumplía los cincuenta; que la remotísima
esperanza de matrimonio había desaparecido con el hundimiento del Doria, al
poner fin a las débiles promesas del maquinista Krautzer; que padecía de un
reumatismo progresivo y el negocio de botones estaba ya liquidado; que
resultaría inútil el cariño frente a la importancia de los estudios de la prima
y de los muchachos. Por otra parte la inversión no corría riesgo, ya que las
informaciones obtenidas acerca del promedio de accidentes en la Compañía Maglioli
podían considerarse exactas; en los últimos tres meses, las estadísticas
arrojaban seis bajas por cada diez vuelos.
Tía, prima y sobrinos se hicieron mutuas recomendaciones en la tierna
despedida. Rara vez triunfa un gesto de abnegación y un pariente recibe adioses
tan calurosos.
Cuatro vuelos —sin contratiempo— esperaron los jóvenes, hasta que al fin
subieron a la dama en el avión falible.
Tímida, Beatriz ocupó el tercer lugar junto a la ventanilla. El letrero
luminoso le fascinó enseguida como un ojo de culebra. ¨Sujétese el cinturón¨.
Ella cumplió la orden, invadida por un sentimiento de culpa. ¿Con qué derecho
se ponía a salvo? ¨No fumar. Apriétese el cinturón: esta vez lo estrechó hasta
ponerse anaranjada. La aeromoza acudió en su auxilio.
Un ruido de motores la hizo saltar. No, no habían despegado. Alguien colocó en
sus rodillas una mesita con té y bocadillos exquisitos, para disimular el
retraso diario, siempre imprevisto. La trataban igual que una visita. Estaba
emocionada.
Las aspas sonaron a terremoto. El aparato se deslizó en la pista con lentitud
de automóvil descompuesto. Por la ventanilla, la tía alcanzó a distinguir las
manitas de sus familiares y los amorosos ojos bañados en lágrimas. Con la boca
llena de pan de ciruela hizo una mueca de adiós.
El monstruo movióse velozmente hasta el final del campo. Era como si resoplaran
cien hipopótamos. La señorita renovó las provisiones; ahora unos emparedados de
gruyére derretido que infamemente le hacían ¨coger¨ amor a la vida.
Casi sin sentir, el avión se elevó. El último bocado de queso descendió como el
de azogue en un termómetro, desde la garganta de Beatriz a los dedos del pie.
Apagaron el letrero. Los viajeros respiraron cómodos, pero ella no se atrevió a
desatar el famoso cinturón que la apretaba como el de castidad.
Flotaban en un país de azúcar. ¡Maravilloso! La incansable proveedora repartía,
esta vez, vinillo espléndido. La atención en la aeronave era celeste,
incomparable, angélica. A nuestra heroína, con el oporto le entró una vitalidad
y alegría nuevas. Le pareció haber alcanzado aquella ¨gracia¨ de que tanto
hablan en Cuaresma. Se sentía pura, ingrávida… Por el cristal apareció el
paisaje nacarado, las grutas marinas, las carreteras de nieve, los árboles
incandescentes como el fuego de San Telmo.
Empero, un calofrío llegó a su corazón. ¡Tenía que morir! No podía fallarles.
Volaban sobre el mar, sobre un desierto azul, infinito, repentinamente
oscurecido.
El aparato, al principio tan manso, dio una sacudida desconsiderada y ensayó un
trote infernal. El letrero parpadeaba: ¨No fumar. Sujétese el cinturón¨. Y
después el micrófono: ¨Conserven la calma. Regresamos a base¨.
Muy pálida, la aeromoza repartía chicles y bolsas de papel. ¨¿Para tronar?¨,
pensó Beatriz. Eran misteriosas, sin nada adentro. Cuando la empleada pasó
junto a su lugar, ella interrogó con ojos despavoridos.
—No se apure, señora, son bolsas de aire.
—¿Cuáles, éstas o las de afuera?
El micrófono enloquecedor continuaba su charla: ¨Tormenta. Aterrizaremos en una
hora¨. Y luego: ¨Gasolina para cuarenta minutos ¨.
—¡Glorifica mi alma al Señor!, bramó una turista inglesa en el mejor
castellano.
—Ya nos llevó la… (Eso lo dijo uno de aquí).
Beatriz comprendió que el único idioma adecuado para rezar era el español.
Intentó el Viacrucis, siguió con la Salve y luego el Bendito. ¡Imposible! Se
armó un lío cercano a la herejía. ¡Ay! Ninguna jaculatoria vino en su ayuda.
Pies para arriba arrancó el pájaro de hierro. Debería haber enloquecido el
piloto, porque igual iban en picada como se elevaba. ¡Cien veces maldito!,
exclamó Beatriz. Y olvidó su generosa promesa: hizo acopio de fuerza y, sobre
bases de voluntad, comenzó a enderezar el aparato. Cuando parecía desplomarse,
ella con su propio estómago lo levantaba; con los hombros lo ponía derecho; a
puro soplido retiraba los rayos. En el balanceo capoteaba el movimiento con
estrategia de experto. Otro desplome que casi tocaba el lomerío y: ¡para
arriba, para arriba!, ¡mmk, mmk! ...Todos los músculos al servicio de los
motores. Sudaba de pies a cabeza. La inflamación le llegaba hasta el ojo. El
pasaje tendría que agradecérselo. Sola contra los elementos, devorando dulces,
galletas, fruta, como cuando tenía siete años, ¡lista al menor desnivel del
monstruo! Se tragó la bolsa de papel y ni siquiera tuvo conatos. Podía ver el
fogonazo del motor; sin embargo, se desentendía, valiente. Ya en el cine había
pasado los mismos trabajos: dirigía las prácticas de los aviones
norteamericanos, siempre victoriosos. ¡Qué satisfacción haber manejado con
tanta pericia! Llevaba más horas de vuelo que las que pudieran pagar todos los
pasajeros.
De pronto, el silencio. Los motores enmudecen. El aeroplano es una cáscara. El
ojo de víbora avisa que planean. Debía ser broma, porque la máquina es un
papalote: tiembla como impermeable de celofán. El letrero incandescente se
funde. Bajan sin fuerzas. Pero nuevamente se apodera de ella tenaz determinación.
Salva escollos, árboles, cerros, piedras, hasta llegar con la dulzura de una
sandalia a la pista de regreso. Los pasajeros lloran, se besan. De improviso,
la conciencia le estruja la razón a Beatriz: ¡Está viva! ¡Traición! Ha hecho
víctima de su estúpida maniobra a tres seres que confiaban en ella. Está de
regreso con su vida inútil, incolora, simple, solitaria, inservible, sin
pasado, asquerosamente buena… Una indemnización desperdiciada, nula. Todo por
la absurda euforia que le hizo sentir amor por la vida. En el aire los
conceptos son distintos. Desde lo alto el hombre es bueno, amable, indefenso.
La tierra firme e amarga. Los seres son lobos llenos de mentira. Hay que dar a
esos tigres tajadas si descanso, tiras de corazón, de salud, de vida…
Al abandonar el aparato, Beatriz advierte que no tiene a dónde ir. Mira
rencorosa a los aviones. Se encamina a la sala de espera y en un rincón se le
da la tarea de repasar su infortunio. Se ahoga de pena; no se atreve con la
carga de su vida. Avergonzada de que su imprudencia haya frustrado las
codiciadas ventajas, piensa en que tal vez consiga otro boleto; que quizás lo
sobrinos puedan ayudarla y le den otra oportunidad y perdonen su regreso. Pero
no, no puede enfrentarse a la desilusión de que su presencia ha de causar a
esas sensibles criaturas. Y solloza con desconsuelo, mientras palpa su
inflamación.
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