Cuento breve de José Emilio Pacheco
A continuación,
te presento un cuento breve de José Emilio Pacheco: El viento distante. El
cuento narra el recuerdo de una visita a una feria ambulante, donde una
experiencia inesperada deja una profunda impresión en el narrador y en su
acompañante. Lo que parecía un simple paseo se convierte en un momento de
revelación sobre el dolor, la dignidad y la soledad humana. A través de esta
escena, José Emilio Pacheco muestra cómo, en medio de lo cotidiano, se esconde
el sufrimiento silencioso de otros, y cómo ciertos encuentros pueden marcar un
antes y un después en la forma en que vemos la vida.
Este cuento para adultos puedes escucharlo en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.
El viento distante
La noche es densa. Sólo hay silencio en la
feria ambulante. En un extremo de la barraca el hombre cubierto de sudor fuma,
se mira al espejo, ve el humo al fondo del cristal. Se apaga la luz. El aire
parece detenido. El hombre va hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja
arder y mira la tortuga que yace bajo el agua. Piensa en el tiempo que los
separa y en los días que se llevó un viento distante.
Adriana y yo vagábamos por la aldea. En
una plaza encontramos la feria. Subimos a la rueda de la fortuna, el látigo y
las sillas voladoras. Abatí figuras de plomo, enlacé objetos de barro, resistí
toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que predecía
mi porvenir.
Hallamos en esa tarde de domingo un
espacio que permitía la dicha; es decir, el momentáneo olvido del pasado y el
futuro. Me negué a internarme en la casa de los espejos. Adriana vio a orillas
de la feria un barraca aislada y miserable. Cuando nos acercamos el hombre que
estaba a las puertas recitó:
—Pasen, señores. Conozcan a Madreselva,
la infeliz nina que un castigo del cielo convirtió en tortuga por desobedecer a
sus mayores y no asistir a misa los domingos. Vean a Madreselva. Escuchen en su
boca la narración de su tragedia.
Entramos. En un acuario iluminado estaba
Madreselva con su cara de niña y su cuerpo de tortuga. Adriana y yo sentimos
vergüenza de estar allí y disfrutar la humillación del hombre y de una niña que
con toda probabilidad era su hija. Terminado el relato, Madreselva nos miró a
través del acuario con la expresión del animal que se desangra bajo los pies
del cazador.
—Es horrible, es infame —dijo Adriana en
cuanto salimos de la barraca.
—Cada uno se gana la vida como puede.
Hay cosas mucho más infames. Mira, el hombre es un ventrílocuo. La niña se
coloca de rodillas en la parte posterior del acuario. La ilusión óptica te hace
creer que en realidad tiene cuerpo de tortuga. Es simple como todos los trucos.
Si no me crees, te invito a conocer el verdadero juego.
Regresamos. Busqué una hendidura entre
las tablas. Un minuto después Adriana me suplicó que la apartara. Al poco
tiempo nos separamos. Después nos hemos visto algunas veces pero jamás hablamos
del domingo en la feria.
Hay lágrimas en los ojos de la tortuga.
El hombre la saca del acuario y la deja en el piso. La tortuga se quita la
cabeza de niña. Su verdadera boca dice oscuras palabras que no se escuchan
fuera del agua. El hombre se arrodilla, la toma en sus brazos, la atrae a su
pecho, la besa y llora sobre el caparazón húmedo y duro. Nadie entendería que
la quiere ni la infinita soledad que comparten. Durante unos minutos permanecen
unidos en silencio. Después le pone la cabeza de plástico, la deposita otra vez
sobre el limo, ahoga los sollozos, regresa a la puerta y vende otras entradas.
Se ilumina el acuario. Ascienden las burbujas. La tortuga comienza su relato.
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