Amor en la compasión y en la vulnerabilidad
Relato para adultos de Inés Arredondo
A
continuación, te presento La señal, un cuento para adultos escrito por
Inés Arredondo. Si prefieres escucharlo, te invito a visitar mi canal de
YouTube: Carla Narraciones.
Este
relato para adultos tiene una gran carga simbólica, ya que narra una escena en
la que Pedro, un hombre atrapado en su vacío interior, recibe de un obrero el
desconcertante gesto de besarle los pies, un acto que encarna, al mismo tiempo,
humillación, amor, sacrificio y redención. Cabe destacar que el hecho de que
sea un obrero quien se arrodilla y ejecuta este gesto invierte radicalmente
tanto las jerarquías sociales como las espirituales, y sitúa a Pedro, el
protagonista, en el lugar del 'elegido', no por mérito, sino por el misterio de
un sufrimiento compartido.
Ambos
sienten asco, pero también amor, que trasciende la carne y se inscribe en el
ámbito de lo sagrado, como un acto de compasión radical que deja en Pedro una
señal indeleble, una herida luminosa que ya no puede ocultar ni comprender del
todo. A su vez, la desnudez de los pies representa un descenso a lo más
elemental del ser, donde se revela la vulnerabilidad como condición necesaria
para la compasión. El beso del obrero es, al mismo tiempo, humillación y
consagración: Pedro se convierte en portador de una señal inexplicable que
trastoca su identidad y lo marca para siempre, como si en ese instante se
hubiera rozado el misterio del dolor humano y de una posible redención entre iguales.
Así, el cuento interroga el sentido de la redención, el dolor, y la posibilidad
del amor humano, de la compasión, como un gesto extremo de entrega y de fe,
incluso entre hombres desconocidos, incluso en medio del absurdo.
La señal
El
sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su
crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre,
pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.
Pedro,
aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su
sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin
verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba
siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero
también un refugio, una especie de venganza contra él.
Llegó
a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía
un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un
brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se
levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.
Siempre
había estado ahí, pero sólo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima
fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de
adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desagradable de
su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde
niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres
naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza
inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña —de
ahí su aire de pinos—. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una
iglesia.
No
había nadie, sólo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del
presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente,
mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que
haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un
instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo
suficiente para vivir.
El
sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco.
Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la
esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al
sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.
Entonces
oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni
cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta
que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.
Al
principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba
tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la
boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había
visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones:
curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi
transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva,
desnuda.
—¿Me
permite besarle los pies?
Lo
repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión;
había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin
explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era
todo tan inesperado, tan absurdo… Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el
sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para
excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Su ojos podían obligar a cualquier cosa,
pero sólo pedían.
—Perdóneme
usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.
Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba
a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que
otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el
alma de un hombre… Tuvo piedad de él.
—Está
bien.
—¿Quiere
descalzarse?
Era
demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lúcido,
tan lúcido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y
después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se
descalzó.
Estar
descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación
para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia,
algo eternamente cruel.
No
miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los
hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar
que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen
de algo más sagrado.
Un
escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… Pero los labios calientes lo tocaron,
se pegaron a su piel… Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a
hombre, pero que tal vez… El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque
en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había
pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más
tormento… No, no, los dos sentían asco, sólo que por encima de él estaba el
amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan sólo una vez, en
la crucifixión.
El
hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.
Pedro
se quedó ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies
con estigma.
Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado
o la de una desolada redención.
¿Por
qué yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el
mundo, pero estaban llagados y él sólo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que
ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su
mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo
merezco, no soy digno. Estaba llorando.
Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría
cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que
tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba
todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida,
pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.
Cuentos para adultos
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