Cuento para adultos
A continuación, te presento un cuento para adultos, El guante de Reynol Pérez. El cuento narra, desde la mirada de un niño, la estrecha relación entre su padre y su perro Guante, quien representa una fuente de afecto y alegría en medio de la vida dura del campo. La historia avanza entre la rutina familiar y el afecto silencioso, hasta que una amenaza pone en peligro ese vínculo.
La frase “Desde
algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a
los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo,
porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros” resume el tono del
cuento: una reflexión sobre cómo la felicidad, aunque pequeña y cotidiana,
parece siempre vigilada por una fuerza invisible que la limita. Este cuento explora
la fragilidad de la alegría, el dolor callado de los adultos, y la pérdida de
la inocencia en el corazón de los niños.
El guante
En
toda su vida mi padre había tenido pocos amigos. Los más cercanos eran nuestros
padrinos de bautismo porque en aquellos años el padrino elegido asumía el
compromiso de criar y proteger al ahijado si uno o los dos padres llegaba a
faltar. Yo creo, sin embargo, que sus mejores amigos fueron los perros,
compañía imprescindible después del fallecimiento de mi madre. Todos fueron
amigos fieles, compañeros ideales; juguetones o apacibles, según lo exigiera la
situación. El Guante, sin duda, ocupó siempre su corazón. Era un perro de raza
indefinida, más corriente que común, como acostumbra decir la gente a manera de
burla. De color negro con manchas blancas y cafés. Parecía que un dios sabio le
hubiera pintado cada pata de color blanco, de tal manera que éstas parecían un
guante. Por esa razón mi padre decidió darle aquel nombre. El Guante seguía a
todos lados a mi padre: estaba siempre con él en los corrales cuando ordeñaba
las vacas. Lo acompañaba también a ordeñar las cabras, y si alguna de éstas se
hallaba de mal humor, lo alejaba con la amenaza de sus cuernos. Él se había
acostumbrado a la conducta siempre caprichosa de las cabras y nunca respondía
con gruñidos o ladridos. Si mi padre se quedaba a conversar con mi madre a la
hora del desayuno, lo cual sucedía a diario, tenía prohibido arañar la puerta y
lo aguardaba con paciencia. Cuando mi padre salía por fin para volver a los
corrales, el Guante iba a su encuentro con tales brincos de alegría que parecía
que no lo hubiera visto en meses.
Desde
algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a
los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo,
porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros. Así, una mañana,
descubrimos a Guante detenido en mitad del patio, rascándose con insistencia
una de sus orejas. Mi padre lo llamó para que lo acompañara a los corrales; sin
embargo, el perro permaneció en su sitio, sin atender al llamado. Mi padre
resolvió entonces dejarlo en su tarea y se encaminó a los corrales. Al día
siguiente no vimos a Guante por ninguna parte y mi padre se alarmó. Le pidió a
mi hermano Humberto que saliera a buscarlo por los alrededores. Tenía el temor
de que lo hubiera atacado un coyote o que una víbora de cascabel lo hubiera
mordido. No podría existir otra razón, ya que Guante jamás abandonaba el patio
si no era para seguir a mi padre. Humberto no lo encontró por ningún lado y
entonces comenzamos a buscarlo entre todos, incluida mi hermana Olivia.
“¡Guante!”, “¡Guanteeee!”, “¡Guanteeeee!”, sembrábamos de gritos el aire. De
pronto el perro reapareció por el lado del camino que conducía al caserío, del
que nos separaban ocho kilómetros.
Se
veía tan flaco que cualquiera habría pensado que no había comido en días. Tenía
la cabeza gacha y parecía perdido; en algún momento alzó la cabeza y lanzó un
largo aullido, tan largo que nos atravesó el corazón. Con mucho cuidado mi
padre ató al perro con un lazo y a paso lento lo condujo a un corralito, donde
a veces encerraban a los becerros. Nosotros de inmediato le llevamos algo de
comer pero no dio muestras de apetito por más que intentamos hacerlo probar
algún bocado. Al día siguiente mi padre revisó el oído de Guante y lo encontró
peor. El sufrimiento del animal era tan evidente que, desesperado, mi padre
ensilló su caballo y se encaminó al pueblo, sin siquiera probar bocado. Volvió
por la tarde con algunos medicamentos que le habían recomendado en la farmacia
porque el veterinario acudía al pueblo sólo dos veces al mes. Los primeros días
Guante pareció mejorar pero una mañana empeoró. Los trabajadores de la lechería
que venían a recoger los botes todas las mañanas revisaron también a Guante. “Hay
que terminar con el sufrimiento de este animal. No queda de otra”, pronunció
sacudiendo la cabeza el que parecía ser el mayor. Mi padre les dio las gracias.
Cuando la camioneta se marchó, mi padre nos pidió a Saúl y a mí que lo
dejáramos solo con Guante. Allí se estuvo con él, luego de que Humberto se
llevó las cabras a pastar. Qué pensamientos habrán pasado por su cabeza, qué
gritos habrá ahogado en su pecho, cuántas lágrimas habrá limpiado con sus manos
callosas. “No molesten a su padre”, nos advirtió mi madre para quien aquello no
era nada nuevo. ¡Cuántos animales del rancho no había intentado curar, ahora y
cuando era niña! ¡Cuántos no habían muerto mientras pasaba sus manos por los
cuerpos agotados que sólo deseaban entregarse al reposo de la muerte! Olivia
lloró toda la mañana. Saúl y yo nos mordíamos los labios y no encontrábamos a
quién gritar por qué le había hecho aquello a Guante, al perro más fiel y
cariñoso que hasta ahora habíamos tenido. Allá, en lo alto, alguien había
sepultado nuestra alegría en un nubarrón. Al atardecer mi padre salió de la
cocina cargando su rifle. Mi madre se había quedado adentro, preparando algo
para la cena. Nosotros estábamos junto a la cerca de leña. Mi padre salió rumbo
a los corrales y volvió poco después con Guante que lo seguía, atado el cuello
con un alambre.
“Papá”,
susurré yo. “Papá, ¿adónde llevas a Guante?”, preguntó Saúl. Mi padre siguió de
largo. De pronto, la voz dura de un desconocido resonó en la tarde quieta: “¡Ni
se les ocurra seguirme!”.
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