viernes, 12 de septiembre de 2025

El guante, cuento para adultos de Reynol Pérez

 

Cuento para adultos

A continuación, te presento un cuento para adultos, El guante de Reynol Pérez. El cuento narra, desde la mirada de un niño, la estrecha relación entre su padre y su perro Guante, quien representa una fuente de afecto y alegría en medio de la vida dura del campo. La historia avanza entre la rutina familiar y el afecto silencioso, hasta que una amenaza pone en peligro ese vínculo. 

La frase “Desde algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo, porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros” resume el tono del cuento: una reflexión sobre cómo la felicidad, aunque pequeña y cotidiana, parece siempre vigilada por una fuerza invisible que la limita. Este cuento explora la fragilidad de la alegría, el dolor callado de los adultos, y la pérdida de la inocencia en el corazón de los niños.

 

El guante

En toda su vida mi padre había tenido pocos amigos. Los más cercanos eran nuestros padrinos de bautismo porque en aquellos años el padrino elegido asumía el compromiso de criar y proteger al ahijado si uno o los dos padres llegaba a faltar. Yo creo, sin embargo, que sus mejores amigos fueron los perros, compañía imprescindible después del fallecimiento de mi madre. Todos fueron amigos fieles, compañeros ideales; juguetones o apacibles, según lo exigiera la situación. El Guante, sin duda, ocupó siempre su corazón. Era un perro de raza indefinida, más corriente que común, como acostumbra decir la gente a manera de burla. De color negro con manchas blancas y cafés. Parecía que un dios sabio le hubiera pintado cada pata de color blanco, de tal manera que éstas parecían un guante. Por esa razón mi padre decidió darle aquel nombre. El Guante seguía a todos lados a mi padre: estaba siempre con él en los corrales cuando ordeñaba las vacas. Lo acompañaba también a ordeñar las cabras, y si alguna de éstas se hallaba de mal humor, lo alejaba con la amenaza de sus cuernos. Él se había acostumbrado a la conducta siempre caprichosa de las cabras y nunca respondía con gruñidos o ladridos. Si mi padre se quedaba a conversar con mi madre a la hora del desayuno, lo cual sucedía a diario, tenía prohibido arañar la puerta y lo aguardaba con paciencia. Cuando mi padre salía por fin para volver a los corrales, el Guante iba a su encuentro con tales brincos de alegría que parecía que no lo hubiera visto en meses.

Desde algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo, porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros. Así, una mañana, descubrimos a Guante detenido en mitad del patio, rascándose con insistencia una de sus orejas. Mi padre lo llamó para que lo acompañara a los corrales; sin embargo, el perro permaneció en su sitio, sin atender al llamado. Mi padre resolvió entonces dejarlo en su tarea y se encaminó a los corrales. Al día siguiente no vimos a Guante por ninguna parte y mi padre se alarmó. Le pidió a mi hermano Humberto que saliera a buscarlo por los alrededores. Tenía el temor de que lo hubiera atacado un coyote o que una víbora de cascabel lo hubiera mordido. No podría existir otra razón, ya que Guante jamás abandonaba el patio si no era para seguir a mi padre. Humberto no lo encontró por ningún lado y entonces comenzamos a buscarlo entre todos, incluida mi hermana Olivia. “¡Guante!”, “¡Guanteeee!”, “¡Guanteeeee!”, sembrábamos de gritos el aire. De pronto el perro reapareció por el lado del camino que conducía al caserío, del que nos separaban ocho kilómetros.

Se veía tan flaco que cualquiera habría pensado que no había comido en días. Tenía la cabeza gacha y parecía perdido; en algún momento alzó la cabeza y lanzó un largo aullido, tan largo que nos atravesó el corazón. Con mucho cuidado mi padre ató al perro con un lazo y a paso lento lo condujo a un corralito, donde a veces encerraban a los becerros. Nosotros de inmediato le llevamos algo de comer pero no dio muestras de apetito por más que intentamos hacerlo probar algún bocado. Al día siguiente mi padre revisó el oído de Guante y lo encontró peor. El sufrimiento del animal era tan evidente que, desesperado, mi padre ensilló su caballo y se encaminó al pueblo, sin siquiera probar bocado. Volvió por la tarde con algunos medicamentos que le habían recomendado en la farmacia porque el veterinario acudía al pueblo sólo dos veces al mes. Los primeros días Guante pareció mejorar pero una mañana empeoró. Los trabajadores de la lechería que venían a recoger los botes todas las mañanas revisaron también a Guante. “Hay que terminar con el sufrimiento de este animal. No queda de otra”, pronunció sacudiendo la cabeza el que parecía ser el mayor. Mi padre les dio las gracias. Cuando la camioneta se marchó, mi padre nos pidió a Saúl y a mí que lo dejáramos solo con Guante. Allí se estuvo con él, luego de que Humberto se llevó las cabras a pastar. Qué pensamientos habrán pasado por su cabeza, qué gritos habrá ahogado en su pecho, cuántas lágrimas habrá limpiado con sus manos callosas. “No molesten a su padre”, nos advirtió mi madre para quien aquello no era nada nuevo. ¡Cuántos animales del rancho no había intentado curar, ahora y cuando era niña! ¡Cuántos no habían muerto mientras pasaba sus manos por los cuerpos agotados que sólo deseaban entregarse al reposo de la muerte! Olivia lloró toda la mañana. Saúl y yo nos mordíamos los labios y no encontrábamos a quién gritar por qué le había hecho aquello a Guante, al perro más fiel y cariñoso que hasta ahora habíamos tenido. Allá, en lo alto, alguien había sepultado nuestra alegría en un nubarrón. Al atardecer mi padre salió de la cocina cargando su rifle. Mi madre se había quedado adentro, preparando algo para la cena. Nosotros estábamos junto a la cerca de leña. Mi padre salió rumbo a los corrales y volvió poco después con Guante que lo seguía, atado el cuello con un alambre.

“Papá”, susurré yo. “Papá, ¿adónde llevas a Guante?”, preguntó Saúl. Mi padre siguió de largo. De pronto, la voz dura de un desconocido resonó en la tarde quieta: “¡Ni se les ocurra seguirme!”.


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