László Krasznahorkai
A continuación, te presento un relato para adultos que también puedes escuchar como audiocuento en YouTube. Este relato forma parte del libro Relaciones misericordiosas, del escritor húngaro László Krasznahorkai, cuentista, novelista y ensayista de mirada poética, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2025.
El último barco es un relato alegórico que narra la partida de un grupo de personas desde una ciudad devastada, en busca de una salida incierta. A través de un tono sombrío y reflexivo, explora temas como el abandono, la pérdida de sentido, la memoria y la decadencia de una sociedad. El viaje se convierte en una metáfora del colapso histórico y existencial, donde lo esencial ya no es lo útil, sino lo simbólico.
Como se puede observar en este relato, carece de puntos y apartes. No es un error de edición, sino una característica de la escritura del húngaro galardonado.
El último barco
A la memoria de
Mihály Vörösmarty.
Todavía estaba
oscuro cuando partimos y, aunque sabíamos que ya no había ninguna razón para
estúpidas expectativas, pues daba igual si era la mañana o la noche, pensábamos
que ese día también amanecería, saldría el sol, se extendería la luz, es decir,
clarearía y nos veríamos los unos a los otros, los rostros arrugados, las
bolsas de los ojos sanguinolentos o la piel rugosa detrás en la nuca,
veríamos a nuestras espaldas la estela que pronto se alisaría en el agua, los
edificios abandonados del muelle, las calles vacías e intactas que se
introducían entre ellos y después, más allá de la ciudad, la orilla ligeramente
elevada en toda su amplitud, esperando el momento del derrumbe. Partimos en la
oscuridad y, si bien pocas veces ocurría que una persona se dirigiera a otra
(si es que coincidíamos en el camino al puerto del Danubio, si daba la
casualidad de que uno pasaba por el lado de otro o varios pasaban junto a uno),
necesitábamos, sin embargo, esas siluetas borrosas, apenas perceptibles, pues
sólo gracias a ellas podíamos determinar nuestra posición momentánea y la
dirección correcta, ya que los faros de los todoterrenos de las unidades del
eva que pasaban por aquí y por allá a una velocidad vertiginosa, más que
ayudarnos, nos desorientaban y, por otra parte, no podíamos fiarnos de la
rutina en ese momento en que todo resultaba arriesgado. Tras semanas de angustiosa
espera, ilusionados por la noticia de la hora exacta de la salida anunciada al
amanecer por megáfono y en carteles escritos a mano, sin siquiera esperar a que
comenzase la ceremonia del alba, absurda y últimamente renqueante hasta
la desesperación, partimos desde diferentes puntos—lejanos y cercanos—de la
capital y en el fondo, sin embargo, todos del mismo lugar, de debajo de la
tierra, como las ratas, que por su extraordinaria capacidad de supervivencia se
habían convertido en los últimos meses casi en una suerte de animales sagrados
y, por tanto, en objeto exclusivo de nuestra atención: de sótanos, de
madrigueras, de oquedades que antaño habían servido como despensas, de
pozos de decantación y de refugios provisionales, y quienes no habían
considerado tranquilizadoras esas soluciones emergían de los túneles del metro
y del tren de cercanías, desde el fondo de los baños turcos y de los talleres
de reparación subterráneos o del laberinto de las cloacas, considerado
el lugar más seguro, y emprendían el camino, corto o largo, con el equipaje
preparado desde bastante tiempo o sin él. Sería, no obstante, una exageración
afirmar que "entonces se poblaron las calles", porque—como se supo
después—, apenas quedábamos sesenta en la ciudad, o sea, que el eva tenía razón
al juzgar que un barco fluvial de tamaño medio se ajustaría perfectamente a las
necesidades, y fue eso, la dimensión, lo que nos extrañó a algunos—sólo hasta
el momento de la partida, por supuesto—, ya que ante la imposibilidad de
aprovechar las vías terrestres y aéreas todos teníamos claro que la única
solución era el agua. La mayor preocupación para llegar al puerto la suponía el
sentido—o el sinsentido—del equipaje, consistente en gran parte en maletas más
o menos grandes, bolsos de viaje, sacos y cajas de cartón, pues el espíritu de
la situación hizo que cada vez más objetos personales empezaran a sustituir los
objetos útiles que se habían ido acumulando como consecuencia de un
inicialmente involuntario sentido práctico hasta que al final no quedó nada
práctico: en vez de la ropa interior de abrigo se incluyó el reloj de cuco
roto; en vez de la harina y del chocolate en polvo, la colección de etiquetas
de cajas de cerillas, y en los días previos a la partida ya daba la impresión
de que una boquilla barata tenía más importancia que el infiernillo y unas
conchas de mar más que los analgésicos para el dolor de muelas y de cabeza.
Soportábamos de maneras diversas la conciencia de que ambas soluciones carecían
de sentido: algunos se arrastraron por la ciudad con todos sus bártulos y
llegaron al barco extenuados, jadeando, con los miembros entumecidos; otros, en
cambio, llegaron con las manos vacías, mientras que los puños cerrados de
algunos daban a entender que no habían sido capaces de desprenderse de algo en
el camino. Llegamos uno a uno al "muelle provisional" y,
como estábamos convencidos de que los sesenta sólo desempeñábamos el
papel de avanzadilla, la mayor sorpresa nos la causó el barco que aguardaba
en silencio en la oscuridad. No logró disiparla el efímero alivio que nos
significó comprobar, al llegar de las calles aledañas a ese punto del muelle,
que no habíamos cometido ningún error y que, en efecto, algo flotaba allí en el
agua. El "barco danubiano de tamaño medio" nos recordaba a todos
a un navío de desguace sombrío e inútil que la oficina de
turismo quizá había considerado en su día adecuado para sustituir con su
parsimonioso balanceo una excursión en barco cuando se trataba de grupos
escolares, aunque desde entonces había pasado sin duda mucho tiempo, ya que el
medio de transporte acuático destinado a nosotros se había hundido tanto que
una que otra ola más o menos grande le barría la cubierta y tres o cuatro
personas en condiciones habrían bastado para sumergirlo del todo y para
siempre. Nuestros malos presentimientos aumentaron cuando no
vimos ningún movimiento encima, no aparecía ningún marinero ni ningún oficial
del eva, la cabina de mando estaba oscura y desierto estaba también el muelle,
por mucho que miráramos hacia un lado y hacia el otro. Y—mientras esperábamos
cada vez más impacientes la llegada de alguien al puente de mando o de algún
todoterreno del eva para comenzar el control de la documentación—nuestra
preocupación en lo que respectaba al barco no disminuía, sino que más bien
crecía, pues viéndolo más de cerca descubríamos cada vez más fallos tanto en el
casco como en la cubierta. Unos palmos por debajo del morro había un agujero de
forma circular, como si una bala de cañón hubiera alcanzado la
embarcación, en la cubierta de popa faltaban unos cuantos tablones,
el costado de la cabina de mando carecía de cristales en las ventanas y así
sucesivamente, por no hablar de las amarras que ya se habían podrido del todo;
además, uno de los bolardos se había desprendido en parte del hormigón del
muelle como si lo hubiese atacado un alevoso animal subterráneo. Aguardamos
zarandeados por un viento cortante, gruñendo, y cuando comprendimos que una
inspección más minuciosa podía convertir el asombro inicial en una cólera de
resultado incierto y bastante arriesgada, comenzamos—en vez de pasar a la
acción—a fustigar el navío con palabras cada vez más burlonas, lo cual nos
aseguraba cierta protección y por otra parte nos proporcionaba un sentimiento
de liberación alegre y al mismo tiempo carente de todo riesgo. Llevábamos tanto
tiempo sin conocer una sensación así que incluso intervinieron de vez en
cuando, añadiendo aquí y allá algún comentario, algunos que parecían los más
taciturnos, de manera que tras interjecciones tales como "¡Vaya
barco de mierda!" o "¡Vaya galera abollada!" o "¡Vaya
trasto asqueroso!" notamos cierta sensación de alegría y
comenzamos a ver también con cierta ternura esa embarcación que crujía y
rechinaba mientras se mecía allá abajo y con un sentimiento de pertenencia
entre nosotros como el que nos suele vincular, por ejemplo, con alguna bagatela
que llevamos en el bolsillo. Y cuando de dos calles que discurrían paralelas en
dirección a "nuestro muelle" llegaron casi al unísono y frenaron
chirriando junto a nuestro grupo un tanto disperso dos todoterrenos del eva, ya
estábamos seguros de que "ese barco nuestro no nos dejará en la
estacada"… La llegada súbita e inesperada de los hombres del eva no nos
alteró particularmente, sino que nos provocó más bien algo así como una
satisfacción rabiosa, y sólo formamos la obligatoria fila de dos a los gritos
del subcomandante encargado de la unidad. Unos años antes, claro está, la
presencia de algún uniforme blanco o de un todoterreno ya habría sido
suficiente para que nos arrimáramos a la pared con el corazón en un puño,
sudando por el miedo, pero desde que se marcharan no sólo gran parte de las
tropas sino también el estado mayor y sólo quedara ese comando especial—que de
especial tenía poco—para gestionar el traslado de los rezagados, el
orden se vino abajo, se impuso el caos, unos chavales se pusieron los
otrora temidos uniformes y ya ni siquiera iban acompañados de intérpretes, ya
que para el saqueo no se necesitaban palabras, de manera que de la
anterior crueldad sólo quedaban esos gritos y chillidos, de las anteriores
características externas, tan precisas, de las típicas operaciones sólo las
acciones "fulminantes", vacuas, desesperadas, ridículas y carentes de
rumbo. Sin embargo, aunque por nuestras experiencias sabíamos que la actual maquinaria
sólo era un pálido reflejo de la antigua, la cual había funcionado en su día
como una seda, pensamos que incluso así recapacitarían y resolverían
rápidamente las formalidades que quedaban y que, por otra parte, tampoco eran
ya necesarias. No obstante, durante largo tiempo no ocurrió nada. De uno de los
todoterrenos hicieron bajar a cuatro o cinco civiles, que pasaron junto a
nosotros con la cabeza gacha y pasos inseguros sin alzar una sola vez la vista,
y los acompañaron al barco. Después examinaron con detalle nuestros bártulos y
como no encontraron nada de su gusto, arrojaron, enfurecidos, unas maletas y
unos bolsos al agua. A continuación, se situaron varias veces detrás de uno o
de otro, pero ni siquiera fueron capaces de castigar a los murmuradores, y lo cierto
es que tampoco podían acusar a nadie de un delito más grave. Su
impotencia nos entristecía porque nos dábamos cuenta de que no podían
comprender que nuestra tenaz resistencia anterior se había convertido con el
tiempo en una decisiva disposición a colaborar, la cual, sin duda, había de
resultarle paralizante a un organismo para cuyo funcionamiento era más
importante la existencia de una continua oposición que la victoria. Cuando la
situación ya les resultó fastidiosa, no les quedó más remedio que comenzar a
exigirnos la documentación; tuvimos que volver a ponernos en fila,
ahora uno detrás de otro, frente a la pasarela, y entonces no les molestó
ya que nuestra columna se disolviera al cabo de escasos minutos y diera la
impresión de un rebaño cansado y adormilado más que de un grupo disciplinado.
La identificación sólo les suscitaba problemas a ellos, pues a nosotros nos
daba lo mismo qué documento aceptaban: ni nuestra identidad ni nuestras
personas tenían ya particular importancia. Nuestros documentos no
decían nada, ya que ni siquiera nosotros podíamos determinar en realidad cuál
era el verdadero y cuál el falso; considerábamos que cualquier nombre,
cualquier dato podía referirse también a nosotros, y como nos resultaba difícil
decidir "qué nos convenía ser" optamos por conservar todos los
papeles que con el tiempo se habían acumulado, y eran muchos. El barco, al que
nos hicieron subir uno por uno, no daba señales de zarpar pronto; si bien en el
puente de mando había ya una luz encendida, observamos desanimados a los dos
civiles que se movían inseguros ahí dentro y que, según todas las apariencias,
daban vueltas completamente desconcertados, pulsaban los botones y accionaban
las palancas a la buena de Dios, confiando en el azar, en la buena suerte para
dar con la maniobra adecuada; en cuanto a los otros dos o tres civiles, éstos
habían desaparecido hacía tiempo en la quilla del barco, adonde los habían
enviado sin duda a reparar los evidentes fallos de las máquinas, aunque
estábamos casi seguros de ganar si apostábamos a que lo primero que hicieran
allí esos holgazanes fuese buscar un sitio apropiado para dormir durante todo
el viaje (y así ocurrió, en efecto). En esa situación sin esperanzas nos supuso
una auténtica sorpresa percibir al cabo de media hora más o menos una ligera
vibración bajo los pies y oír a continuación, sin que nos cupiera la menor
duda, el esforzado rumor de los motores; los dos civiles en el puente de mando
se miraron y asintieron contentos con la cabeza y también nosotros
sentimos cierto alivio al verlos, pues nos repugnaba la idea de tener que
seguir quizá en el lugar una vez que no nos quedaba más remedio que marcharnos.
Curiosamente, como ya no parecían existir obstáculos serios para nuestro viaje
y era seguro que nuestro navío al menos podía funcionar, de pronto perdimos la
paciencia y nos pareció de enorme importancia no esperar ni un minuto más y
zarpar enseguida, y esos minutos resultaron tanto más insoportables cuanto que
estábamos convencidos, además, de que la mayoría de la gente estaba aún por llegar,
de modo que nos aguardaban todavía unas cuantas horas. Las apariencias también
reforzaban nuestro error: los hombres del eva permanecían indiferentes,
tranquilos, mudos en torno a los todoterrenos en el muelle, alguno se encendía
un cigarrillo, de manera que bien podíamos creer que igualmente ellos se
preparaban para horas de espera, aunque en realidad sólo se trataba de una
medida de seguridad. A nosotros ni siquiera se nos ocurrió tal
posibilidad; nerviosos, tensos, fijábamos la vista en las dos calles
que desembocaban en el muelle y pensábamos llenos de odio en los
hombres y las mujeres a los que se les habían pegado las sábanas y quién sabía
cuándo se presentarían por fin en el embarcadero. Estábamos allí como mirando
las bocas oscuras de unos túneles de los cuales al final habrían de emerger
esas personas. Con el tiempo ya nos habríamos contentado con una sola, y
nuestro odio pronto se convirtió en preocupación y la idea de una capital tal
vez completamente desierta y abandonada se tornó angustiante; algunos se
apretujaron contra la barandilla, los ojos nos hacían chiribitas de tanto
mirar, aunque todo en vano, porque no llegaba nadie. Luego, cuando el
subcomandante del eva hizo una señal burlona a los dos civiles (los otros
habían sido engullidos por las entrañas del barco) y los dos soltaron entonces
las amarras y levaron las anclas, estábamos todos en la cubierta, con la mirada
clavada en las calles que desembocaban en el muelle, y ni siquiera se nos
ocurrió pensar que zarpábamos, pues necesitamos tiempo para sustituir el absurdo
de que hubiera gente que permaneciera definitivamente en la ciudad por otro
absurdo, la locura vacua de una urbe desierta. Algunos de nosotros respiramos
aliviados cuando por fin perdimos de vista los todoterrenos y la apática unidad
e incluso procuramos expresarlo de alguna manera, pero la mayoría sólo cobró
conciencia de lo que ocurría cuando de repente—"casi al mismo
tiempo"—nos dimos cuenta de que clareaba. Poco a poco nos instalamos en la
cubierta de popa y en torno al puente de mando, procuramos encontrar la
posición más cómoda y algunos incluso tratamos de entablar, con escaso éxito,
eso sí, una conversación con los civiles para al menos tener una mínima idea de
cuanto nos esperaba próximamente, de si nos pararíamos antes de llegar a la
frontera o quizá después, de si nos convenía concebir la esperanza de
lograr alguna ventaja en nuestro barco, el cual, según todos los indicios,
seguía bajo la autoridad del eva, pero sin su presencia real. No nos sorprendió
que nuestros intentos resultaran inútiles y, de hecho, no sabíamos si no era
mejor no entender nada de nada. Quien tenía algo para comer comió algún bocado,
algunos hasta durmieron un rato, pero luego todos nos quedamos mirando el
paisaje que iba pasando poco a poco, la línea irregular y serpenteante de los
puestos de vigía, las formas de mariposa de las bases de defensa que se alzaban
a lo lejos, las suaves ondulaciones de las antiguas pistas de aterrizaje
cuarteadas por la sequía, los recuerdos de los abetales calcinados en las cada
vez más frecuentes colinas, escuchábamos el ulular del viento y el zumbido
uniforme de los motores, el murmullo del Danubio en torno al casco
abollado del barco, y el silencio que se posó sobre nosotros sólo se vio
perturbado de vez en cuando por los fugaces malos augurios de algunos de
nuestros agotados compañeros. Nuestro barco progresaba con esa misma calma río
arriba, y como el destino era el mismo, aunque la dirección la contraria,
nuestra atención se fue fijando en los objetos que veíamos pasar: lavabos
baratos y oxidados encallados en las orillas, neveras y estufas de gasoil
destripadas retenidas por las piedras, restos de árboles, neumáticos y sillas que
discurrían flotando, barriles de hojalata y juguetes de plástico, cadáveres de
corzos, perros y caballos, de manera que cualquier cosa que aparecía cerca de
nosotros enseguida merecía nuestra atención cada vez más intensa, eso sí, hasta
que nos dimos cuenta de que nuestra curiosidad, muestro interés, es más, a
veces también nuestra compasión se debían exclusivamente al rumbo que tomaban.
El sueño no tardó en vencernos; quien pudo se cubrió con algo; quien no,
intentó buscarse en la cubierta un rincón a resguardo del viento y acurrucarse
todo lo posible con las manos en los bolsillos; sólo quedaban despiertos los
dos civiles en el puente de mando iluminado y observaban satisfechos la
superficie lisa del agua que se extendía ante nosotros, cortada por la proa. A
la caída de una nueva noche, todavía yacíamos aturdidos por el cansancio, y
sólo se produjo un sordo murmullo cuando uno de nosotros alzó de pronto la
cabeza, se incorporó, se dirigió a la popa y, señalando el paisaje que
desaparecía ya para siempre sumido en una densa oscuridad, exclamó con un
alivio teñido de amargura: "Mirad, aquello era Hungría"
Fuente: El Confidencial
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