jueves, 29 de enero de 2026

Cuente breve de Fernanda Ampuero

 

Fernanda Ampuero

A continuación, te presento un cuento breve de Fernanda Ampuero: La apuesta que también puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.

El cuento narra un encuentro casual durante un viaje en carretera, donde un hombre corriente se cruza con un desconocido que le propone una apuesta aparentemente trivial, pero que pronto se vuelve inquietante, transformando una charla cualquiera en una experiencia imposible de olvidar; lo extraordinario irrumpe en medio de la rutina, sin explicaciones claras, y deja al protagonista atrapado en una duda persistente. El significado del relato apunta a que la realidad no siempre es tan sólida como creemos: basta un hecho inexplicable para resquebrajar nuestras certezas, recordándonos que el mundo aún guarda zonas de misterio que la razón no puede dominar y que, a veces, una historia mínima puede alterar para siempre nuestra manera de mirar lo cotidiano.

La apuesta

Cuento completo de Fernanda Ampuero

Es tanta la gente que cuenta historias y son tan pocas las personas que las escuchan, que lo lógico es que mu- chas acaben en el olvido. Los casuales oyentes, quizá por indiferencia o por menosprecio al cotorreo, suponen que les endilgan cualquier tontería. Y, bueno, probablemente no les falta razón. Sin embargo, algo sucede en la memoria de uno que otro oyente —de un oyente impresionable como yo, quiero decir—, donde el recuerdo de un detalle determina que las historias mantengan su inexplicable frescura. No me refiero a todas, desde luego; no soy Funes, el memorioso. Hablo sólo de esa clase de extrañas historias que, en definitiva, perduran como una inquietud.

Voy a referir ahora un cuento de mi amigo Enrique. De él suelo decir que es un hombre sencillo y campechano, sin afanes de hacerse el interesante o de querer perturbar a nadie; detesta llamar la atención. Pero esto último, para Enrique, no resulta fácil: el mundo ordinario en el que se mueve se declara a veces en rebeldía ante la normalidad. A mí, digamos, siempre me cuenta cosas raras y locas; o, por decir lo menos, curiosas. De cualquier modo, lo suyo no aporta grandes tragedias o catástrofes; nada de eso. Son más bien pequeñeces, cosas irrelevantes. Como, por ejemplo, la historia de aquel pasajero de una destartalada combi de provincia —uno de sus más antiguos cuentos—, a quien conoció un día mientras viajaba de Trujillo a Lima.

Enrique subió a esa combi porque el vehículo que conducía, su vieja ranchera pickup, empezó a humear y se plantó por una avería en el radiador. Decidió entonces empujarla hacia el carril auxiliar de la carretera y estacionarla; luego, en pos de un taller mecánico, trepó a la combi que lo llevaría a Casma, cerca de Huarmey.

El trayecto, según le informó el chofer, tomaba unos cincuenta minutos. La combi iba llena, pero encontró un sitio libre en la tercera fila, junto a un sujeto de barba y expresión pacífica. Se sentó en el lado del pasillo y estuvo veinte minutos en silencio, como la mayoría de pasajeros, dedicados a dormitar o contemplar el desierto.

Enrique, por contraste, lucía bastante despierto e inquieto. Fue en ese ánimo cuando su vecino de asiento se volvió hacia él y le habló con un tono de voz apagado.

—Tengo una pregunta que hacer —dijo—. ¿Cuánto tiempo cree usted que vive un pez fuera del agua? Mi amigo se sorprendió, pero supo moderar su reacción con una amable sonrisa.

—¡Qué pregunta!

—Es una pregunta simple —dijo el sujeto—. Todos los niños la formulan.

—No lo dudo —comentó Enrique—. Los niños siempre están haciendo ese tipo de preguntas.

—¡Y otras más interesantes! Yo sospecho que la mayoría de filósofos de la Antigüedad escuchaban con fervor las preguntas de los niños y, estimulados por éstas, mientras las contestaban, fueron forjando sus ideas filosóficas. Los niños son filósofos naturales… Pero, en fin, me gustaría que me responda…

—¿Qué?

—La pregunta que le hice… ¿Cuánto tiempo cree usted que vive un pez fuera del agua? Enrique soltó esta vez una risita.

—No lo sé —replicó—. Me imagino que el mismo tiempo que podría resistir un hombre dentro del agua…

Tres minutos, cuatro minutos… Desconozco el récord humano bajo el agua.

—¿Ésa es su respuesta?

—Sí —titubeó Enrique.

—Mire, le hago una apuesta… ¡Cinco soles! No es mucha plata, pero le pone emoción al asunto. Si usted gana, se acordará de esto para siempre; y si pierde, también se acordará. ¿Qué le parece?

Meneando la cabeza, Enrique se animó:

—La acepto —dijo—. Aunque no me imagino cómo podría probarlo en este momento.

—Podré probarlo ahora mismo.

—¿Ah, sí? A ver, diga: ¿cuánto tiempo vive un pez fuera del agua?

—Una hora, más o menos.

—¡Imposible! —gruñó Enrique sacudiendo la cabeza—. No le creo… Pero me intriga qué prueba va a presentar…

—La más convincente de las pruebas —enfatizó el sujeto—. Míreme bien.

—Lo estoy viendo.

Con estudiada parsimonia, el sujeto introdujo una mano en el bolsillo interior de su casaca y la volvió a sacar aferrando un pez.

—Este pez es la prueba… ¡Tóquelo!… ¡Sienta cómo se mueve!

Atónito, observando al escamoso pez de ojos enormes que se movía en la mano de aquel sujeto, Enrique no sabía qué pensar, pero balbuceó:

—¿Qué es eso?

—¡Un pez! ¡Un tramboyo! ¡Y está vivo!… ¡Vamos, tóquelo!

Mi amigo lo tocó y, en efecto, sintió vida en ese contacto resbaladizo.

—¿Cuánto tiempo llevamos de viaje? —acometió el sujeto—. ¡Casi media hora! No han sido diez minutos o menos. Y cuando en la próxima media hora lleguemos al pueblo, lo aseguro, este pez seguirá moviéndose.

Enrique le pidió bruscamente al sujeto que se abriera la casaca y le mostrara el bolsillo de donde había sacado al pez.

—¿Tiene un frasco con agua en ese bolsillo?

—¡Claro que no! Revise usted.

Tras revisar el bolsillo, no encontró el pequeño depósito de agua que había imaginado. Ni siquiera perci- bió algo húmedo.

—¿Satisfecho? —se ufanó el sujeto. Enrique asintió—. Bueno, me debe cinco soles. Nos tomaremos una cerveza en la próxima parada. Usted paga.

Mi amigo nunca descubrió cuál era el truco.

Y luego, sentándose a la mesa de un quiosco, se tomó una cerveza grande con el sujeto. Mientras tanto, sobre la mesa, junto a la botella, el pez movía la cola.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo un cuento para adultos de Edgar Allan Poe. 


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