viernes, 29 de agosto de 2025

Debo olvidar, cuento de Elena Garro

 

Descubre el cuento Debo olvidar de Elena Garro

A continuación, te presento Debo olvidar…cuento para adultos de Elena Garro. En este cuento, dos mujeres se hospedan en un hostal oscuro y amenazante, donde conviven con huéspedes extraños y viven bajo vigilancia, miedo y violencia. Intentan sobrevivir ocultando a sus gatos y trabajando, mientras el ambiente se vuelve cada vez más opresivo. El relato se presenta como un diario o testimonio hallado por un narrador masculino, convertido en un huésped del hostal y que descubre estas páginas olvidadas.

"Debo olvidar" es un cuento oscuro que simboliza la desprotección y la violencia sociopolítica que sufren las personas marginadas. A través de un lugar opresivo —el hostal—, Elena Garro expone el terror cotidiano de los exiliados y perseguidos, mientras reflexiona sobre la memoria como fuerza de resistencia y la palabra como campo de batalla emocional y político. Cabe destacar el título mismo —"Debo olvidar"—, que alude a la tensión entre la necesidad de borrar ese sufrimiento y la urgente vitalidad de recordarlo. La memoria de “los vencidos” desafía a los vencedores.

Espero que disfrutes este cuento que he escogido para ti. También puedes escuchar este relato para adultos en YouTube.


Cuento de Elena Garro

Debo olvidar…

 

Debo olvidar que encontré estas páginas escondidas entre las tablas sueltas del armario… después de todo la habitación es enorme y en los días que corren es un lujo gozar de espacio. No me molesta la suciedad de los muros, ni las duelas rotas. Tampoco me importan las manchas de humedad que hay en el techo, ni el agua de la lluvia que se cuela a raudales. Me gusta ver llover y las goteras perfuman de frescura el cuarto; quizás solo me asusta el silencio y el ruido de las persianas rotas a las que sacude el viento. Pienso que el viento se escucha demasiado cuando la soledad es absoluta… Será mejor no mirar por las ventanas que dan a la terraza, aunque a pesar mío, mis ojos no se apartan de ellas y trato de adivinar quién me observa desde las sombras a través de las persianas rotas… Sé que hay alguien y trato de leer estas páginas sin que ese alguien vea lo que leo. ¡Alguien!, la palabra me inquieta, sé que alguien tiene la vista fija en mis espaldas…

—Allí mismo en la esquina, hay una pensión. Los dueños son una pareja joven y estará usted muy feliz —me aconsejó la cigarrera.

La cigarrera se llama Carmenchu: es una mujer gorda, vivaz, cordial, que siempre me observó con simpatía o quizás con lástima.

—¡Eh!, no fume tanto, a su edad no conviene. ¿Tiene usted dificultades en la pensión? —agregó con voz bondadosa.

Afirmé con un gesto y su actitud amable me movió a confiarle mi secreto.

—Tengo un gato muy viejo, siempre lo escondo y el pobre ha sufrido mucho… la hostelera lo descubrió ¡y me ha echado!

—Vaya allí, estará como en su propia casa.

Carmenchu me regaló unas cerillas y sonrió. Nos enredamos en una larga charla y me dijo que ha viajado mucho, «tal vez por eso es más generosa», me dije mientras la escuchaba.

—Conozco el mundo y cuando la gente de arriba cae, se queda más sola que la soledad misma. Estoy segura de que usted no cuenta con ningún amigo y que si le sucediera algo nadie se preocuparía en preguntar por usted. Simplemente nadie notaría su ausencia, ¿o no es así? —me preguntó en tono confidencial.

—Así es… —respondí, pues la cigarrera había adivinado mi situación.

—Múdese con ese matrimonio, la gente sola siempre está en peligro —agregó.

Y antes de ayer por la mañana llegué a este hostal, del que nunca sospeché su existencia a pesar de pasar frente a él casi todos los días. Tal vez porque está situado en la última planta de un edificio de ocho pisos en el que únicamente hay comercios. En el portal de entrada hay escaparates con pelucas, muñecas y trajes festivos. No hay ningún anuncio, ningún signo que diga que el hostal está en el último piso. Me sobresalté al ver que la puerta de entrada al hostal carece de cerrojo y permanece abierta de día y de noche. Yo estoy en la primera habitación cuya puerta da a un pasillo que al fondo se bifurca en dos pasillos y sobre los cuales se abren puertas pintadas de color mostaza. Los cuartos de servicio están uno en un rincón del pasillo de la izquierda y el otro en el extremo del pasillo de la derecha. Allí termina o, más bien dicho, no termina el pasillo, pero se interrumpe el paso: unas cortinas sucias ocultan esa parte de la casa. No me he atrevido a ver lo que hay detrás de esos trapos viejos. Para llegar a los cuartos de servicio necesito caminar hasta la bifurcación, iluminada por un foquillo azul, que por las noches proyecta sombras grises e inquietantes. Los cuartos de servicio están bastante aseados, pero esto no impide que me sienta aterrado entre sus muros de mosaicos y la bañadera quizás demasiado honda… Cuando llego a la bifurcación debo escoger entre el baño de la izquierda o el de la derecha; siempre dudo, quizás me asusta el ruido de mis pasos sobre las duelas resecas que crujen con estruendo aunque avance de puntillas. He notado que al llegar al foquillo azul las voces que se escuchan detrás de las puertas pintadas de color mostaza ¡callan! y el silencio que produce mi presencia me acongoja. Ayer por la mañana observé a Jacinto, el dueño del hostal, mientras regaba sus tiestos viejos distribuidos malamente sobre la terraza de losetas rojas y partidas. Jacinto lleva flequillo, camina contoneándose y con esmero, tiende sobre las cuerdas verdes las sábanas lavadas. Se diría que sus labios están carcomidos, no sonríe nunca y su mirada furtiva abarca todo, hasta mis gestos detrás de las persianas rotas. Al verlo, salté a la terraza por la ventana, pero Jacinto huyó por una puertecilla de vidrios situada a la izquierda, junto a una ventana igual a las mías, pero cuyas persianas están intactas y herméticamente cerradas. Debe pertenecer a la habitación de otro huésped a quien nunca he visto. La puertecilla de vidrios comunica con el pasillo de la izquierda y está colocada en un rincón que forma un ángulo recto con el muro desteñido que cierra a la terraza. Sobre ese muro también hay una ventana con las maderas cerradas. Quizás ahí no vive nadie. Ignoro dónde viven los huéspedes que vi ayer por la mañana; todos eran jóvenes, salvo uno, pequeño, viejo y envuelto en un gabán raído. Los demás usan chaquetones verdes con capuchas ribeteadas de peluche gris. Todos llevan cabello largo, pisan fuerte y tienen miradas desafiantes y seguras. Tuve la impresión de que mi presencia les divertía.

—¡Hola, viejo!… ¿cómo va la vida? Por la mañana me pareció que usted solo era un bulto —me dijo un huésped al que encontré en el ascensor. Como tenía acento extranjero, le pregunté por cortesía:

—¿Le gusta Madrid?

—Pintoresco, pintoresco… ¡qué escándalo que arman por dos policías muertos! En mi país morían treinta o cuarenta al día… ¡Qué boludos que son estos gallegos! —contestó.

Su mirada era extraña, se diría que trataba de dormirme o de dormirse él, y el gesto de sus manos era blando, indolente como su voz. Me sentí aliviado cuando alcancé la calle y me separé del personaje de manos pálidas. Supe que su voz quedó vibrando dentro de las paredes del ascensor y en vano me pregunté el motivo de su ira también perezosa.

Conté las pesetas, me alcanzaba para comprar un bocadillo de carne y un café y me instalé en un bar vecino, para hacer tiempo. Siempre estoy haciendo tiempo… La carne era para mi gato, yo comería el pan y bebería el café caliente. Pensé en Miguelín, mi gato, al que dejé encerrado en el armario para que nadie descubriera su presencia en el hostal. Estaría muy calladito esperándome en la oscuridad de su calabozo. ¡Pobre Miguelín, siempre en el calabozo esperando mi regreso! «¿Cuántas palizas ha recibido?», me pregunté y no pude contarlas. Una vez lo encontré vomitando sangre, medio muerto. En otra ocasión lo quemaron con cigarrillos y en el último trataron de rebanarle un ojo, pero supo defenderse y el navajazo lo tenía de la sien a la oreja. Dicen que los animales se parecen a sus dueños. ¡Me parece injusto que Miguelín sufra mi suerte apaleada!

Volví tarde al hostal y encontré la puerta de hierro y de cristales cerrada. Eché mano a la llave que me dio Jacinto y me fui directamente al ascensor. De un recoveco salió el conserje:

—¿Adónde va usted? —me gritó el hombre.

—Al hostal…

—¡Su nombre! —pidió el conserje, mientras consultaba una lista escrita a máquina que mantenía en la mano. Le di mi nombre y el conserje no lo encontró entre la lista de nombres de los huéspedes.

—Al entrar entregué mi carnet… —dije.

El conserje se rascó la cabeza y pareció reflexionar.

—Mañana es sábado, mi día libre, pero trate de que su nombre figure en la lista —me ordenó.

Mientras hablábamos entró un hombre joven, de abrigo oscuro, tez muy pálida y mirada acuosa, que llamó al ascensor y esperó a que yo lo acompañara, pero lo dejé ir solo.

—¿Vive aquí? —le pregunté al conserje.

—Sí, desde hace tres o cuatro años. No es español, sale muy poco y se recoge temprano. ¡Cuidado con él! Es el que manda arriba, la Repa lo quiere demasiado. No entiendo cómo Jacinto lo consiente…

Me explicó que la Repa era la dueña del hostal: «¡Una loba! A usted no lo atacará porque ya es viejo… ella quiere chicos jóvenes. ¡Y él también! Mire, hay algo arriba que no me gusta y cuando cae alguien como usted se marcha en seguida ¡y no regresa nunca! Se ve que huyen asustados. No sé, no sé, además todos los que viven ahí son extranjeros. Ya sabe usted cómo está Madrid…».

Eso me dijo anoche el conserje nocturno; hoy no está, es sábado y en el edificio no hay nadie. Los comercios y los talleres están cerrados y en el hostal solo estoy yo y alguien que me mira… no se escucha ningún ruido, los huéspedes deben hallarse en los cafés, la puerta de entrada sigue abierta y yo encontré estas páginas manuscritas…

Diciembre 19. Alejandro me pagó siete mil quinientas pesetas por el trabajo. Pensábamos regresar a pie, pero llovía tanto y teníamos tanta hambre, que no resistimos la tentación de comer. ¡Qué locura hicimos! «A todo se acostumbra uno menos a no comer», decía alguien y nosotras casi nos hemos acostumbrado; eso sí, bebemos agua en abundancia. El gasto fue estúpido y ahora solo pagaremos la mitad del mes y no podremos marcharnos de este lugar tenebroso. Somos unas necias. Jacinto aceptó el pago de dos semanas atrasadas y sonrió con sus labios disecados. Se acercó Repa, pisando fuerte con sus zuecos: «¿No aceptas que te has bañado siete veces?», dijo arrebatándole la nota a su marido. «Sí, lo acepto…», dije y volvió a sorprenderme que llame baño a esas gotas de agua helada que caen de la ducha y nos dejan enjabonadas. La comida inesperada nos dejó soñolientas; además teníamos mucho frío. Queríamos dormir, pero antes les dimos de comer a los gatos que nos esperaban hambrientos dentro del armario. ¡Pobres de Petrouchka y de Lola, siempre en el calabozo oscuro, para que no los descubran! Han recibido ya tantas palizas… Nos dormimos. La comida da sueño y el hambre da debilidad y sueño… Alejandro nos prometió que no pasaríamos la Nochebuena en ayunas; dijo que llamáramos el jueves y que Felipe me pagaría el otro trabajo. El jueves es el día 21 y la vida nos sonríe: es la primera vez que tenemos trabajo. ¡Se acabaron las hambres! Lucía quedó en llamar a Flor, la sudamericana melancólica que nos observaba en el despacho de Alejandro. Me avergonzaba la suciedad de mi gabardina mojada por la lluvia. Alejandro, tan rubio e impecable en su tricot blanco, procuraba no mirarme; sabía que me sentía avergonzada. Creo que hicimos mal en prolongar la visita, pero su despacho estaba caldeado y en la calle la lluvia y el viento de la sierra nos helaban los huesos. Nos hemos convertido en dos sombras harapientas… ¡Y no hay esperanzas! Un tribunal invisible nos ha condenado…

Diciembre 20. En la taberna que está en la callejuela a espaldas del hostal cenamos patatas con ajo y un café. Continúa lloviendo. La terraza es siniestra, sus balaustradas sucias, sus tiestos con plantas viejas y las ropas tendidas le dan un aire de abandono total. Si no fuera por el débil reflejo de luz que pasa sobre el muro pequeño construido a la derecha para dividir a la terraza de la guarida de Jacinto y de Repa, se diría que nos hallamos en un paraje abandonado… En esa guarida hay siempre mucha fruta y Jacinto y Reparadora dan mordiscos a las manzanas cuando nos acercamos a pedir disculpas por nuestro retraso en el pago de la habitación. No me gusta esta pareja. Ella es enorme; da la impresión de ser capaz de una brutalidad excesiva; su piel cetrina cubierta de cicatrices y su cabello cortado casi al rape la convierten en un ser agresivo; he visto el placer morboso con que lava los calzoncillos manchados de sus huéspedes, y sus manos rojizas por el agua fría recuerdan crímenes… me digo que quizás solo imagino tonterías; sin embargo la agudez estentórea y descarada de su voz confirma el terror que inspira el paso de esta mujer por los pasillos. Jacinto es pequeño, redondo, lleva flequillo, calza zapatos blancos de tenista para evitar el ruido y sus labios y dientes parecen apolillados. No sé por qué nos vigilan y les disgusta que hablemos con los huéspedes. «¿Pero no lo sabés? Nos han dicho que la policía las vigila», nos dijo Mario la otra noche y luego guardó silencio. Mario es un huésped con el que hemos hecho amistad a espaldas de los propietarios del hostal. Lo encontramos en el ascensor, pues al principio creíamos que nosotras éramos las únicas clientes de la pareja, y nos invitó a tomar una bebida caliente en su habitación. Aceptamos y fuimos a su cuarto de puntillas; lo encontramos pulsando una guitarra.

—¿Te gusta la música?

Mario entrecerró los ojos y luego los abrió para contemplarse en el espejo de su armario. Al cabo de un rato de silencio contestó con voz suave:

—Soy compositor…

De una manera curiosa, Mario inspira confianza y le hicimos confidencias que él tomó con afecto. De pronto se cubrió el rostro con sus manos intensamente pálidas: «No puedo escuchar, esa gente es monstruosa…», dijo. Lo hemos visto en la calle, camina como un autómata, lleva la mirada vaga y se diría que de un momento al otro va a caer dormido. Cuando sabe que Lucía no ha comido nada le invita un bocadillo y esto siempre es un gran consuelo. La otra tarde apoyó los codos en la mesa del café y se cubrió el rostro con las manos: «Yo soy muy loco, muy loco… no quiero volver a golpear a nadie. Golpear me vuelve más loco», dijo con voz muy suave y tuve que mirar sus manos pálidas. Es imposible no vérselas, pues siempre está jugando con la enorme cadena de níquel de su reloj pulsera. A pesar de su extrañeza, nos consuela saber que vive aquí, que contamos con un aliado en esta ciudad en la que somos absolutamente nadie. «Pero ¿y no tiene un solo amigo?», pregunta Mario sorprendido y agrega: «Yo en su caso me hubiera vuelto ¡loco!».

El mismo día en que nos instalamos en la fonda, Repa llamó a Lucía a la terraza: «Mira, te voy a presentar a un caballero», le dijo, y llamó a Richti, un huésped al que tomamos por un visitante. Richti apareció metido en su gabán negro, que hace resaltar la palidez de su rostro y el brillo lívido de sus ojos claros bajo la maraña de sus cejas negras, y habló de música. También él es compositor, pero odia a los músicos. En la terraza declaró que Mozart era homosexual y que Beethoven odiaba a su sobrino porque el pobre chico se defendía cuando su tío trataba de violarlo. Lucía trató de protestar y Repa, que lavaba los calzoncillos sucios de sus huéspedes, intervenía en la conversación: «¡Como lo oyes, guapa!». La risa de Richti es teatral y mientras ríe nos observa con malicia. El pobre está amargado porque trabaja de relojero en vez de dirigir una sinfónica. A veces lo escuchamos dar algún do de pecho espectacular y luego calla. Siempre que salimos a la calle lo encontramos, va solo, y parece un desdichado.

Descubrimos a otro huésped: un peruano que lleva chaquetón verde, botas de tacón alto, cabello largo y que pasea por el pasillo siempre carraspeando. Al igual que Mario, posee una guitarra, pero el peruano no es compositor: es cantante a pesar de su voz afónica. El peruano está muy pálido, tiene ojeras y tirita. «¿De qué?», le dije. «¡De frío!», contestó con su voz rota y huyó de la terraza. Siempre nos evita.

A los demás huéspedes no los distingo o quizás no los he visto; salen de noche y vuelven al amanecer y al pasar frente a mi puerta, la primera del pasillo que conduce al interior del hostal, la empujan con fuerza, como si trataran de romper el frágil pestillo corredizo. Al oscurecer se escuchan guitarras eléctricas y Richti entona el principio de un aria; llama por teléfono y grita: «¡Palo a la gallegada!». Pasea por el hostal como si fuera el propietario, arma un bullicio teatral y luego cae el silencio. «Pero ¿no sabés que Richti es el amante de la Repa?… Pero si lo adora. ¡Pobre hombre!… ¡Y claro que no paga!», nos confió Mario. Al decir esto se estremeció de horror, como si algún día él estuviera destinado a ser el sustituto de Richti en la cama de Repa. Yo escucho y apenas entiendo a esta gente tan baja, que parecen caricaturas de seres humanos… Me pregunto: «¿Por qué serán músicos si ignoran hasta lo que significa la palabra ninfa?». «¿Ninfa? ¿Podés decirme su significado?», preguntó Mario con aire molesto.

Diciembre 21. Llamé a Alejandro. Me dijo que todavía no habla con Felipe para que me pague el trabajo. ¡Qué catástrofe! La Gloria está muy alta y los mortales nos morimos de hambre. Tenía razón Carmenchu, la cigarrera, cuando me recomendó este hostal: «Los que caen nunca se levantan. Están condenados a desaparecer y nadie preguntará por ellos». El pueblo es sabio; me pregunto de dónde sacan ese olfato que huele la derrota y nunca se equivoca. Nos quedan trescientas pesetas. ¿Pasaremos la Nochebuena sin cenar? Se acerca la fiesta y se aleja mi pasado poblado de pastorcillos, Belenes, esferas rojas y perfume a cera ardida mezclado con las ramas de un pino. Nos quedan algunos trozos de pollo para los gatos. El pobre Petrouchka parece que se ha vuelto loco: corre por la habitación y se esconde en los rincones más oscuros. Lola, como siempre, me mira con ojos resignados. Su piel está sucia; Lola envejece; he visto su cara arrugada por el sufrimiento y sus ojitos llenos de legañas…

Diciembre 22. Alejandro no estaba en su oficina. Se acerca Nochebuena… Scrooge is an old man; he lives in London… ¿Quién es Scrooge? Sea el que sea ya no cree en los fantasmas. Para olvidar el miedo nos fuimos a la iglesia. Consuela aquello de «los últimos en la tierra serán los primeros en el cielo». Además se reza por los hambrientos y por los que padecen frío… también por los extranjeros. ¿Cómo no agradecerle a Dios que nos abra las puertas azules de la otra Gloria? Allí encontraremos al Padre luminoso que nos hace tanta falta. Jacinto no nos permitió bañamos. En la iglesia encontramos a Mario, inclinado, rezando, a pesar de que pertenece a una hermandad yogui y de que ha aprendido a hipnotizarse frente al espejo, según nos dijo en el bar al que nos invitó después de la misa. Lo vimos colocarse frente al espejo y contemplarse con suma atención. Él va a cenar la Nochebuena con unos amigos. «¿Y ustedes?», preguntó. «En el hostal», contestamos a coro. La suciedad de mi gabardina me avergüenza; atrae las miradas; el abrigo alguna vez lujoso de Lucía está lleno de polvo y el zorro del cuello ¡grasiento! Ahora trato de ignorar la terraza sombría. En este cuarto no solo llueve agua, también polvo… Por el pasillo circulan pasos y voces extranjeras. Mario nos dijo que no conocía a Richti y en la calle los hemos visto juntos, leyendo el mismo diario… Debo reclamarle a Repa mi carnet; lo hago todos los días, pero la mujer lo olvida. «Un carnet o un pasaporte limpio vale varios miles de dólares…», nos dijo hoy Mario mientras se miraba en el espejo manchado del café…

—¿Limpio?… ¿Qué quieres decir? —le pregunté.

Mario jugueteó largo rato con la cadena de níquel de su reloj pulsera; sus ojos se dirigieron al espejo en busca de sí mismo.

—¡Limpio! Sin antecedentes… —aclaró.

Diciembre 23. Sábado. Es inútil llamar a Alejandro; ayunaremos la Nochebuena y la Navidad; quizás el martes Felipe me pague el trabajo. Compré dos bollos grandes de pan y un litro de leche para estos tres días… Lucía no quiso resignarse y llamó a la melancólica Flor, la chica sudamericana que estaba en el despacho de Alejandro. Tenía la esperanza de que la invitara a cenar mañana. «Es una noche familiar. Cenaré con mi esposo…», dijo Flor, y Lucía volvió desconsolada al cuarto. Las tiendas están rebosantes de turrones, vinos, mazapanes, nueces, avellanas, frutas cristalizadas y clientes atareados en llevarse las golosinas. En el hostal todos hablan a gritos de la cena de mañana, pero nosotras no podemos hablar con nadie; Repa y Jacinto nos echarían a la calle. José y Emanuel, los hijos de los hosteleros, gritan por el pasillo: «¿Y cuándo se degüella al maldito cerdo?… ¡Maldito! ¡Maldito, que sangre mucho!»… Es mejor no escucharlos y continuar en silencio encerradas en este cuarto sombrío… Es tarde; han salido todos; el conserje no viene hoy, pero no debemos tener miedo, aunque alguien fisgue a través de las persianas rotas. Jacinto me prohibió colgar las colchas para cubrir las ventanas: «¡Par de cínicas! ¿Por qué os escondéis?», me gritó la otra tarde y por la noche no colgué las colchas…

Diciembre 24. Si yo fuera niña estaría en mi casa oliendo las ramas perfumadas de un pino cubierto de esferas rojas y doradas… La mesa estaría puesta; de la cocina llegarían vapores de manjares; no habría miedo ni hambre. Merezco lo que me sucede por haber desobedecido a mis padres… Fuimos a la iglesia y encontramos a Mario. «Trajeron los restos mortales del terrorista; le hicieron honras fúnebres y los policías están rabiosos…», nos dijo. Nosotras no compramos los diarios ni vemos la televisión. «Gobierno de hipócritas, lo mató la policía», añadió Mario. Volvimos al hostal abandonado por todos. Estamos solas y trato de imaginar a mis amigos sentados alrededor de ricas mesas… «¡Qué raro que celebren la fiesta si detestan a Cristo!», pienso. Lola, Petrouchka y Lucía están inmóviles; tal vez el hambre los deja demasiado tristes. En el hostal crujen las maderas resecas; tenemos miedo; la puerta de entrada está abierta y cualquier cosa puede sucedernos. «Si desaparecen nadie preguntará por ustedes», nos dijo Mario a la salida de la iglesia… El silencio es aterrador. Ahora deben de ser las doce pasadas y alguien ríe a carcajadas en el pasillo de muros grises alumbrado por el foquillo azul… También alguien empuja la puerta del cuarto; trata de asustarnos y es más prudente no salir a ver la cara de ese «alguien». ¿Podremos dormir?… Si fuera niña estaría en mi casa… Nunca imaginé una Nochebuena como ésta ¡y en Madrid! Mi padre me diría indignado: «¡Chica, salte de ahí inmediatamente!», a pesar de que él era muy patriota; pero mi padre nunca sabrá cómo me tratan en su bien amado país; hace ya tiempo que está muerto… Asturias era verde, perfumada a manzana, cuando yo era niña… Ahora no existen los paisajes, solo los muros sucios de este cuarto…

Diciembre 25. Despertamos tarde y no sé para qué despertamos… No nos movimos del cuarto, bebimos unos tragos de leche y comimos unos trozos de pan. Al oscurecer despertaron los huéspedes; deben de ser muchos. Richti ensayó su voz. «¡Canta, canta, que todos vamos a salir y te quedas dueño del hostal!», gritó una voz desconocida. Casi todas las voces pertenecen a cuerpos «invisibles». ¿Quién se atreve a salir para verles la cara? Permanecimos en la cama para defendemos del frío. El viento sopla fuerte a estas alturas; barre la terraza oscura y las persianas rotas hacen ruido. Noche larga, muy larga; me parece que sufrí alucinaciones: mi familia entera se presentó en un luminoso cruce de caminos. «Vinimos a visitarte, no estás sola, dile a tu hija que no llore…». Vi sus cutis solares, sus perlas, sus ojos de gacela; sus miradas azules, sus jacquets, sus trajes escotados, las escalinatas de sus casas, las fuentes de sus patios. Mi prima Tina Sciandra se inclinó sobre mí y me ofreció con sus manos enguantadas Los tres mosqueteros. Tina, perfecta como una camelia, sonrió con sus labios delicados: «La bala de la calumnia…», dijo. Mi tía Dolores Carrión, con sus trenzas rubias, reía bajo el durazno perfumado de su jardín, y su padre, mi tío Juan, cruzó la Plaza España con sus guantes grises en la mano: «La suerte de la fea la bonita la desea», me repitió con sus ojos rubios. Mi tía Carmela, su hija, estaba en traje de gala color melocotón, tierno como su piel. Sentada cerca de una consola negra, bajo la luz de una lámpara, jugaba con sus perlas. Su hermana, mi tía Edelmira, salió de misa, se detuvo en el atrio de la iglesia a pleno sol, con la mantilla negra y los ojos de esmeralda: «No estés triste, todo pasa…». Celia, su hija, tan alta y tan delgada como las demás, columpió su melena negra, muy corta: «Come confites, confites, confites…», y me tendió dulces de color de rosa. Mi abuelo, sentado en una banca del jardín con el cabello y la barba blanquísima, sus ojos parecidos a hojas tiernas: «¡Abate Dios a los humildes!», comentó y continuó fumando su cigarrillo negro. Mi abuela Francisca, afilada como una joya en su mañanita de encajes, con su mirada trágica y sus párpados pesados: «Le avisaré a tu madre…» y cerró el libro de pastas rojas y letras de oro que guarda la Historia de Francia, y supe que todos estaban muertos, hasta Tina, a pesar de sus veinte años. Las lágrimas vertidas por ella formaron un puente pequeño y translúcido, tendido para nosotros, los cuatro olvidados del hostal de muros sucios y noche profundamente oscura. «¡Lucía, Lucia, mi familia me invita a pasar la Nochebuena!», grité… «Aquí están todos, debemos cruzar el puente…».

Diciembre 26. Lucía me escuchó hablar, no la consoló la invitación para cruzar el puente; está muy pálida, tiene hambre y llamó a Alejandro. No lo encontró. Nos quedan tres duros para utilizar el teléfono. El día es largo y la mirada de la Repa, aterradora. Por la noche Mario golpeó con los nudillos a la puerta, la señal convenida para ir a su cuarto. Dudamos; podía ser una trampa urdida por Jacinto y por la Repa para acusarnos de prostitutas. Al final decidimos acudir con la esperanza de alcanzar un bocado. Entramos de puntillas y sin hacer ningún ruido. Mario preparó en un infiernillo de alcohol una sopa Knorr. Habíamos dado unas cuantas cucharadas cuando golpearon a la puerta con furia. Mario perdió el color y abrió la puerta de un golpe. En el dintel apareció Jacinto, metido en un pijama sucio, con los ojos muertos invadidos de una cólera ciega:

—¿Has puesto una pensión para los huéspedes? ¡Te marchas esta misma noche!… En cuanto a vosotras, par de cínicas… —gritó mirándonos con un odio repentino.

Mario se precipitó al pasillo, cogió a Jacinto por un brazo y ambos se alejaron enredados en una discusión. Los escuchamos correr los cerrojos de la puerta situada junto a la puerta de entrada, y entrar a la guarida de la pareja. Lucía escondió el plato de plástico debajo de la cama:

—Esto va contra nosotras… —dijo, temblorosa. Esperamos un rato largo, mirándonos aterradas. Cuando Mario reapareció, se tomó la cabeza entre las manos:

—¡Pero si son más de las doce de la noche!… ¿Pero cómo nos escuchó Jacinto?… Yo no puedo vivir así. Le pregunté a Jacinto: ¿insinúas algo malo sobre las señoras? Les ofrecí una sopa caliente porque hace tres días que no prueban bocado…

Escuché a Mario y lo contemplé derrumbado sobre una silla.

—Me echarán a la calle. Esta gentuza mientras más caída te ve más te patea —le dije.

Me puse de pie; era necesario abandonar la habitación de Mario. Lucía me imitó y volvimos a tientas a nuestro cuarto. El terror de Mario era contagioso.

—Están preparando algo… algo… —repitió Lucía.

Diciembre 27. ¡Es miércoles! Lucía está postrada. Me parece que se muere; un paro cardiaco y todo ha terminado. Fui al bar de la callejuela a llamar a Alejandro: «Llama mañana, no he podido hablar con Felipe». ¡Mañana! ¿Aguantará Lucía a mañana? Volví al hostal. Repa me dio un empellón: «El que no come, cae…», dijo echándose a reír. Su risa forzada atraviesa los muros y rompe los oídos. Eran cerca de las dos de la tarde y recordé al misterioso Rafael. No sabemos quién es ni lo que piensa; lo encontramos una noche en la que mirábamos los libros de un escaparate.

—¿Lectoras?… ¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó colocándose cerca de Lucía.

A partir de ese momento entablamos una amistad con él, como todas las amistades que hemos hecho aquí: Rafael sabe quiénes somos y nosotras ignoramos quién es él. Nos invitó cafés algunas veces y en cierta ocasión nos trajo bolsas con comestibles que impidieron que falleciéramos de hambre. Una noche en la que soplaba un viento helado que atravesaba mi gabardina sucia, nos confesó que «sus amigos no le perdonaban que nos frecuentara». ¿Quiénes son sus amigos? Lo ignoramos. Esa misma noche me dijo: «Una mujer de tu edad solo puede aspirar a cuidar los excusados de Barajas». La solución para mi vida me pareció fantástica: «Sería como el descenso a los infiernos», dije. Unos días después, el mismo Rafael nos ofreció dos billetes de segunda clase para irnos a Portugal. Desde entonces no lo hemos visto. Hoy al ver a Lucía tendida en la cama y lívida como una muerta decidí llamarlo. No se sorprendió y nos citamos a las cinco de la tarde en el cafetín. Logré vestir a Lucía y puntuales llegamos al lugar de la cita. Encontramos a Rafael con su misma barba rubia y sus mejillas rosadas.

—Préstame mil pesetas… ¡hace cuatro días que no como! —le espetó Lucía.

Rafael sonrió, sacó su billetera y entregó un billete, mientras comentaba con voz satisfecha:

—Os encuentro mejor, muchísimo mejor; ya os dije que no teníais nada que hacer en España. Veo que empezáis a daros cuenta…

No pudimos decir nada, pues apareció Mario visiblemente agitado, apoyó las manos en la mesa, saludó y me dijo con familiaridad:

—Voy a salir, volveré temprano al hostal y llamaré en su cuarto.

Después se retiró con la misma velocidad con la que había aparecido. Su marcha dejó una estela de agua de colonia. Dos minutos después Rafael lo imitó y nosotras fuimos a una tienda de comestibles en donde Lucía devoró, temblorosa, algunos bocadillos. Aquel que no haya padecido hambre no podrá entenderla jamás… es una especie de vértigo. Volvimos al hostal a encerrarnos en el cuarto. Hacia las once de la noche escuchamos los pasos de Mario seguidos por los zuecos de la Repa. La mujer patrulló los pasillos oscuros del hostal hasta el amanecer. Estaba claro que no deseaba que habláramos con el muchacho. No dormimos.

—Preparan algo —repitió Lucía.

Diciembre 28. Viernes. Llamé a Alejandro y éste me anunció que Felipe nos recibirá en su despacho esta misma noche. «Felipe irá únicamente para verte», me dijo Alejandro con voz acusadora. Al oscurecer salimos a llamar por teléfono para estar seguras de la cita con Felipe y volvimos gozosas al hostal. Fue entonces cuando empezó el terror: el hostal estaba a oscuras y en silencio; un aire pesado lo envolvía; entramos al cuarto cuya puerta estaba abierta y encontramos el armario también con las puertas abiertas, nuestras cosas tiradas en el suelo y Petrouchka dando vueltas como un loco. Alguien había arrancado una manta de la cama: «¿Qué pasó, qué pasó?», dijimos en voz baja y salimos corriendo, no sin antes cerrar la puerta de nuestra habitación con llave. ¡No podíamos perder la cita con Felipe! En los pasillos no había nadie. Tampoco se escuchaban las guitarras de los músicos y la sombra helada del foquillo azul nos congeló la sangre.

—¡Os marcháis ahora mismo! ¡Par de mierdas! ¡Lo que habéis hecho! —nos dijo Jacinto surgiendo de las sombras de la puerta entreabierta de su guarida. Estaba lívido.

—Después, ahora no tengo tiempo —dije tratando de guardar la calma.

—Yo sí tengo tiempo para ahorcar a vuestros gatos —contestó Jacinto con el labio superior recogido sobre los dientes carcomidos.

—¡Cuidado! Lo llevaré a la policía —contesté.

Lucía huyó al ascensor. Miré al individuo con ira y agregué: «Vuelvo en seguida».

Corrimos por la avenida José Antonio. Era urgente alcanzar a Felipe, cobrar y echarse a buscar otro alojamiento. «Lola, Petrouchka… Petrouchka, Lola…», repetíamos…

El despacho de Felipe es acogedor, posee calefacción, sus muros están tapizados de libros. Es increíble que todavía existan lugares así y personas como Felipe. Bajo la benignidad de sus ojos claros Lucía se echó a llorar:

—Van a matar a mis gatos… —repitió sollozando.

Quizás el refinamiento del despacho y de su ocupante le facilitó las lágrimas. Habíamos olvidado que existía el azul purísimo, el aire perfumado, los libros y las voces mesuradas. «Cervantes era un genio», me dije convencida al recordar a la Repa y al ventero y traté de guardar la sangre fría en aquel santuario del que habíamos sido expulsadas hacía ya varios años. Quise hablar del pasado como si existiera todavía, pero un joven me llevó a otro despacho para firmar un recibo por siete mil setecientas pesetas. «Debo cuatro mil doscientas pesetas en el hostal…», me repetí desconsolada. Volví al despacho azul y vi que Lucía continuaba llorando. «¡Hace mal!… Muy mal. A nadie le importan sus lágrimas ni el asesinato de Lola y de Petrouchka», me dije contrariada. Lucía tenía el aire de una joven actriz derrotada: con los cabellos en desorden, el zorro grasiento y el paño del abrigo cubierto de polvo. El carmín de los labios brillaba esplendoroso sobre la palidez intensa de su piel.

—No llores, ya se producirá algún milagro —dije molesta.

—¡Eso, eso, un milagro! —exclamó Felipe con aire de animación.

Felipe tenía prisa. Todos tienen prisa, todos están muy ocupados, han perdido el lujo de gastar el tiempo charlando con mendigos ¡y molestamos! Era un lujo real que ya no se practica, aunque quizás el mendigo pueda ser Jesucristo, como aprendí en la escuela teresiana. Me puse de pie. Lucía continuó sentada; quería charlar un rato de lo que fuera; la belleza del despacho la inmovilizaba.

—Os haré un milagro, voy a concentrarme, volved al hostal y venid a visitarme cuando queráis, después del diez de enero, pues mañana me voy de vacaciones —nos dijo Felipe en la puerta.

Siete mil pesetas son un capital, pero son las fiestas y la ciudad está llena. Es imposible encontrar alojamiento. ¡Las fiestas convertidas en lágrimas y sombras! Las calles están llenas de gente ¡y nosotras debemos encontrar a alguien! Llamar a alguien para que nos ayude… Buscamos un teléfono, pero todos están rotos y en las cafeterías no permiten llamar si no hay consumición. Entramos a un cafetín lleno hasta los topes de clientes comiendo langostinos y tirando al suelo los restos. Conseguimos una mesa de peltre blanco y le permitieron a Lucía utilizar el teléfono. ¡Qué fatiga! Lucía volvió a la mesa:

—Dice que no puede echarnos, ni puede matar a los gatitos… —había envejecido veinte años.

Volvimos al hostal y en la puerta del ascensor nos esperaba Richti. En el pasillo Richti nos detuvo en una charla prolongada. De pie en la oscuridad, habló de Puccini, acusándolo de disoluto. La Repa pasó junto a nosotros varias veces atronando los muros con sus zuecos. Nos asustó su rabia. Richti sonrió y dijo en voz baja:

—Las españolas son brutales, digo sexualmente brutales —y miró hacia el rincón por el que había desaparecido la Repa. Luego se inclinó y dijo en voz aún más baja:

—El suicidio es una fuerza incontenible que viene desde muy adentro. ¡Es inevitable! Conocí a una chica joven venida a menos, como tú y como usted, y una noche se tiró por la ventana… Mirá, como esa terraza que resulta ideal para suicidarse… ¡El impulso es irresistible!… —y nos señaló con el dedo índice, plano como una espátula temible en las tinieblas del pasillo.

Lucía y yo guardamos silencio. ¿Qué quería decir aquel sudamericano de ojos claros, cejas enmarañadas, voz monótona y gabán oscuro? Sorprendidas, lo vimos soltar una carcajada tan falsa como la de un mal actor en un teatro pueblerino. Apareció la Repa.

—¡Te marchas de casa ahora mismo! —me gritó.

La vi acercarse como una fiera enorme, mientras que Richti huía por el pasillo hasta alcanzar su cuarto situado en el pasillo de la izquierda. Entonces apareció Jacinto metido en su pijama amarillento.

—¡Cínicas!… ¡Desvergonzadas!… ¡Fuera! ¡Fuera de mi casa!

—Son las fiestas, no hay habitaciones —contesté.

—¡Mario!… ¡Mario!… —gritó Jacinto.

Se abrió una puerta y por el pasillo oscuro vimos avanzar a Mario, con sus jeans lavados, el cabello esponjado y una sonrisa equívoca en los labios.

—Y… ¿qué sucede, Jacinto? —preguntó con voz suave.

—Dile a esta mierda lo que ha hecho —le ordenó el ventero.

—Y mirá, che, tú me llamaste y entramos a su cuarto, abrimos el armario y encontramos a su gato durmiendo sobre una manta. Y ¿qué querés, che?, la manta estaba llena de meados —dijo Mario y se recostó sobre el muro.

—¡Mierdera! —me espetó Jacinto.

—No entiendo… no entiendo… —me dijo Lucía en inglés.

—¡Mierdera! Sea un poco más educada y no hable en otro idioma —chilló Jacinto.

Nos dimos la vuelta.

—Mi mujer se encargará de vosotras. ¡Ya veréis la paliza que os da! —anunció el hombre contoneando las nalgas.

Entramos a la habitación; si Repa venía a golpearnos…

—¡Bravo! ¡Bravísimo! Jacinto, te felicito, estuviste ¡sublime! ¡Sublime! —gritó Richti hinchando la voz.

Escuchamos aplausos. Los huéspedes estaban excitados: las carcajadas rodaban por los pasillos, las puertas se abrían y se cerraban, escuchamos algunos acordes de guitarra, se diría que se preparaban a lincharnos. Apagamos la luz; era más prudente permanecer a oscuras; tal vez las sombras nos salvarían de la paliza. Después, todo volvió al silencio, tenso, prolongado… El miedo nos mantenía con los ojos abiertos y el oído alerta. La noche se convirtió en una lámina dura, quieta, inamovible y el frío entró por las persianas rotas. Tal vez serían las dos de la mañana cuando escuchamos… Me da miedo escribir lo que escuchamos, pero tengo la esperanza de que si algo sucede alguien lo encuentre… ¡Dios mío!… Dos hombres de pasos pesados arrastraban a un tercero que se resistía a avanzar por el pasillo. Su voz estaba rota; se diría que lo habían golpeado. La furia de sus compañeros hizo temblar las paredes. Lo llevaron al último cuarto del pasillo de la izquierda, cuya ventana de maderas cerradas da sobre el muro que cierra a la terraza. «¡No entran aquí! ¡No, no entran!», exclamó una voz y estalló una lucha sorda, terrible. Los muebles saltaban con estrepito mientras golpeaban a alguien y alguien se quejaba, se defendía de los golpes brutales, que se escuchaban sordos en el silencio del hostal oscuro y quieto. «Están matando a alguien», dije en voz muy baja, y Lucía y yo nos quedamos paralizadas de terror escuchando que las voces y los golpes continuaban.

—No es fácil matar a alguien… —dije en voz aún más baja.

—Siguen… siguen… —murmuró Lucía en un susurro.

Unos pasos pesados se acercaron por el pasillo y se dirigieron a la entrada del hostal; después hubo un silencio. A los pocos instantes los pasos regresaron a la habitación situada en el pasillo de la izquierda. Después salieron otros pasos y alguien cerró una puerta y volvió el silencio.

—¿Y la Repa y Jacinto no escuchan nada? —preguntó Lucía tiritando de miedo.

En ese momento, con mucho sigilo, se abrió la puerta blindada de la guarida de la pareja y ésta se deslizó, tal vez descalza a lo largo del pasillo oscuro. Ambos permanecieron un tiempo enorme en el cuarto donde se efectuó la lucha y luego volvieron a su guarida.

—Diremos que no escuchamos nada… si nos preguntan —le aconsejé a Lucía. ¡No es posible ser testigo de lo sucedido! Por las rendijas de la puerta entró un olor extraño. A las siete de la mañana y todavía noche cerrada se abrió sin ningún sigilo la puerta de la guarida de la pareja y salió Jacinto. Sus pisadas se apagan, pues lleva zapatos de tenista. Lo oímos trajinar, lavar, barrer, ayudado por uno de sus huéspedes. El silencio aumentaba el volumen del diálogo llevado en voz baja:

—Si vienen, tú estás limpio. No viste nada… —aseguró Jacinto.

—Bien, che, bien —contestó la voz de Mario, nuestro antiguo aliado.

Jacinto husmeó por la terraza y nosotras fingimos dormir. Hacia las nueve de la mañana Jacinto dio voces fingiendo sorpresa:

—¡Vaya curda que os habéis puesto! ¡Vaya curda! ¡Coño!… habéis roto una silla. Esto no puede seguir así… —y el hombre continuó chillando y fingiendo enfado.

Lucía temblaba como una hoja y me ordenó:

—¡Sal y ve quiénes están y en dónde fue el crimen!

Al abrir la puerta de mi habitación, ésta rechinó con furia, como de costumbre. «Sabemos cuando salen o entran porque su puerta es la única que rechina», nos había dicho Mario. Avancé fingiendo indiferencia hacia la bifurcación del pasillo y al llegar allí miré hacia la izquierda. Allí estaban Jacinto y Mario y otros a los que nunca había visto; al descubrirme trataron de ocultar con sus cuerpos una mesa de baquelita con las patas de níquel arrancadas, sillas rotas, cubos de plástico azul llenos de agua roja y trapos empapados en sangre… Torcí hacia la derecha para dirigirme al cuarto de servicio situado al fondo del pasillo, cerca de unas cortinas sucias, y quise imaginar que no había visto nada. Allí permanecí mucho tiempo, en espera de que me volviera el color. La sangre me produce vértigos… La imagen que me devolvió el espejo colocado sobre el lavabo era penosa y el brillo blanco de los mosaicos me daba reflejos lívidos alrededor de los labios, también terriblemente blancos. Me arrepentí de haber obedecido la orden de Lucía. No sé cuánto tiempo estuve en ese baño inhóspito… Al salir se me ocurrió mirar detrás de las cortinas sucias que cuelgan al final del pasillo y vi que éste continuaba y que sobre sus muros se abrían puertas condenadas. Quise refugiarme nuevamente en el baño pero lo juzgué imprudente y avancé hacia el lugar del crimen. Al llegar allí ya no estaban los huéspedes, ni los muebles rotos, ni los cubos con agua roja, ni los trapos mojados en sangre. Un hombre con el cabello casi al rape y una gran herida en la frente salió del cuarto de Richti. El hombre se cubría con una bata de baño roja iba descalzo y al verme empezó a dar pasos en redondo; le di los buenos días y torcí hacia el pasillo central, en el que hallé a un huésped que había abandonado el hostal para volver a su país, según nos dijo Mario, que apenas lo conocía. La Repa le había dicho lo del viaje de aquel hombre, que ahora estaba en el pasillo. El hombre me miró con frialdad y yo juzgué conveniente saludarlo con afabilidad:

—¿Qué haces? ¡Qué gusto verte! Pensé que te habías ido de España —le dije tendiéndole la mano.

—Alquilé un piso, che, así uno es más independiente… ¿sabés? —contestó escrutándome con sus ojos azules cubiertos por cejas rubias y espesas.

El hombre era altísimo, corpulento; se había afeitado la barba y solo se dejó el bigote, largo como el de un chino. Llevaba el mismo chaquetón verde, forrado de piel. El hombre pensó que debía explicar su temprana presencia en el hostal.

—Sabés, vine a buscar mi correo… —me dijo.

Mientras hablábamos se abrió una puerta y surgió Mario, que se acercó a nosotros con pasos lentos; el hombre, al verlo, le echó un brazo al cuello:

—¡Pibe!… Tenemos que hablar.

Mario permaneció mudo y juzgué conveniente esconderme en mi cuarto. Era mejor no ver nada… Encontré a Lucía aterrada y le expliqué lo que había visto y oído.

—Hoy es sábado… sábado…

Los sábados no viene el conserje y el edificio permanece vacío; si habían matado a alguien era la noche ideal para sacar el cuerpo… Permanecimos quietas mientras afuera Jacinto, Repa y sus huéspedes se afanaban en poner orden. Los escuchamos barrer, clavar, lavar…

—¡Qué trabajadores están!… ¿Saben que en Moscú hay cuarenta y cinco grados bajo cero? Nada, que si mean se quedan clavados al suelo —gritó una voz desconocida.

La Repa no contestó; estaba atareada en el cuarto del crimen. Al oscurecer, vimos que habían colocado una persiana verde sobre las maderas cerradas de la ventana que da a la terraza. Además colocaron una tabla para condenarla… Nadie podría ver lo que ocultaba aquella habitación. Si salíamos podían decir que íbamos a denunciarlos y el terror nos paralizó. «Iré a llamar a Tomás», anunció Lucía, y en vano traté de detenerla. Oscureció y al ver que no volvía salí a buscarla. La encontré en la avenida José Antonio charlando con un viejo parroquiano del cafetín que frecuentamos. El viejo iba acompañado de su amiga, una mujer siempre vestida de verde y provista de una sonrisa acogedora. Lucía les había confiado parte del secreto y ellos nos apuraron a llamar a la policía.

—¡Es un disparate! Fue solo una riña de homosexuales —dije para cubrir la indiscreción de Lucía.

—¡Eso, una riña de homosexuales! —contestó el viejo parroquiano.

Me asombró la facilidad dichosa con la que el viejo aceptó mi explicación. Pero ¿acaso no era amigo de los huéspedes del hostal? Lo encontré varias veces charlando con ellos, especialmente con un viejo pequeño, de gabán raído y tez pálida, que se hospeda aquí, aunque jamás lo he visto en el pasillo ni en el ascensor. El viejo tiene algo de «víctima». «No puede mudarse», me dijo en una ocasión el parroquiano, amigo de la mujer vestida de verde.

—¿Por qué? —pregunté aquella noche.

La mujer de verde cambió de conversación. Ahora, en José Antonio, me dio una palmada y me regaló una sonrisa:

—Regresad tranquilas. No mostréis miedo. ¡Ningún miedo! —nos dijo.

Volvimos asustadas al hostal… No me gustó esa pareja. Me pareció extraño que Lucía los hubiera encontrado ¡tan a punto! Y ¿para qué? Solo para escuchar lo que nos sucedía… Es la víspera de Noche Vieja y tenemos sábado y domingo sin conserje. La ciudad hierve de gente y es inútil buscar alojamiento en otro hostal. Además no tenemos dinero para mudarnos. ¡Si tuviéramos algún amigo! Pero no hay nadie, ¡absolutamente nadie! Caminamos entre una multitud inexistente preparándose para celebrar la fiesta. «¡Se nos fue el día!… ¡Se nos fue el día!». Pensamos en quedarnos en la calle, pero Lola y Petrouchka nos esperaban encerrados en el armario y tuvimos que volver. Tomamos el ascensor con la sensación extraña de entrar en una carroza fúnebre de tercera clase. El edificio está completamente quieto y la puerta del hostal abierta, como de costumbre. Entramos al pasillo de duelas astilladas; al final, brillaba demoniaco el foquillo azul que reparte sombras grises en los muros. La puerta blindada de la guarida de la Repa y Jacinto estaba cerrada. ¿Adónde se han ido todos? Quizás están atrincherados detrás de sus puertas. Al entrar a nuestra habitación tuvimos la certeza de que había sucedido algo y corrimos al armario para sacar a los gatos. Ambos aullaron de dolor. Casi no hay luz; la bujía eléctrica que cuelga del cordón es de muy baja potencia. Examinamos a Lola y encontramos que tiene la pancita cubierta de pinchazos ¡y quemada! Petrouchka no puede tenerse en pie, le quemaron las patas y tiene un ojo hinchado.

—Hay que irse ahora mismo, ahora mismo… —dijimos.

Los metimos en sus sacos de viaje desgarrados y buscamos alfileres de seguridad para cerrar los desgarrones. Lola y Petrouchka ya están en sus sacos. Voy a ver quién anda por la casa oscura… He vuelto, no encontré a nadie, la puerta de la Repa continúa cerrada y el teléfono tiene el candado puesto; imposible llamar para pedir auxilio. También fui al cuarto de servicio situado en el pasillo de la izquierda; frente a él está la puerta del cuarto del crimen herméticamente cerrada. Hay un silencio absoluto. ¡Todos han salido!… ¿O todos están escondidos?

—¡Vámonos!, deja el equipaje —ordené.

¿Y mi carnet?… ¿Cómo vamos a irnos sin los documentos de identidad? Nadie nos recibirá en ningún lugar. «Los carnets y los pasaportes valen muchos miles de dólares cuando están limpios», dijo Mario. Muchas veces se los pedí a la Repa: «No sé, no sé, ahí los tengo. ¡Por Dios qué prisa! ¿Podéis pagar?», contestaba la mujer alejándose y golpeando las duelas con sus zuecos.

—Nos iremos sin los carnets —dije.

Cogimos los sacos con los gatos y salimos al pasillo oscuro, cruzamos la puerta abierta y llegamos frente a los ascensores. Fue inútil llamarlos: no funcionan. Una flecha encendida indica que en algún piso han dejado abiertas las puertas. Bajar ocho pisos a pie es imposible; sabemos que alguien nos espera en las sombras de la escalera. «¡Se nos fue el día!»…

Volvimos a la habitación. Quisiera que Lucía no temblara tanto; me asusta verla ¡tan pálida! Es necesario salir de aquí, todo está demasiado quieto, ahora he visto claro: hay un pequeño muro en la terraza que separa a ésta de la guarida de la Repa y alguien acaba de saltar esa barda y avanza por la terraza… es Jacinto, es el homosexual… Sí, es él, veo sus zapatos blancos brillar en la oscuridad. Se desliza hacia acá para mirar por las persianas rotas. Esconderé estas notas… fingiré que busco algo en el armario; si logramos salir de aquí me las llevaré… si no…

He vuelto a releer estas páginas manuscritas. La escritura es irregular, están escritas de prisa sobre las hojas arrancadas de un cuaderno. Su lectura me ha asustado… no sé por qué las he leído. «Nadie preguntará por usted», me dijo la cigarrera y yo contesté: «¡Nadie!». Esa mujer es el cebo para atrapar a los derrotados. Si presentara estas hojas o contara lo que he visto nadie me creería; la gente solo le cree a los victoriosos: «¡Vaya viejo loco! ¡Mira, mira, qué historia ha inventado!», me dirían. Así que debo callar y ¡debo olvidar! La memoria de los vencidos es peligrosa para los vencedores… Sí, debo olvidar que leí estas páginas: «Esas mujeres nunca existieron», me dirían. ¿Nunca?… Yo sé que estuvieron aquí, en esta misma habitación, pero eso no le interesa a nadie… ¡Debo olvidar! Y cuando escape de aquí ¡debo callar! «La palabra es plata y el silencio es oro», eso lo aprendí de niño… Solo pueden hablar los vencedores, que nunca callan pues han ganado la palabra; yo soy un viejo cesante, nunca existí y debo olvidar hasta que ahora tengo miedo… Se me ocurre algo: ¿cuántos son los vencedores y cuántos somos los vencidos?… ¡Dios mío!… Hay alguien que me observa desde la terraza a través de las persianas rotas. Fingiré, le echaré un vistazo a Miguelín y guardaré las hojas donde las hallé. ¡No pude guardarlas! Miguelín está aterrado y nadie se mueve en el hostal… ¿Y mi carnet? ¡Mi carnet!, ésa es la única prueba de que existo, allí está mi número… digo, mi nombre, bueno, mi número es más importante porque nos cuentan… ese número prueba que existí… pero no estoy inscrito en el hostal, la policía ignora mi paradero, puedo desaparecer sin dejar ninguna huella… Meteré estas páginas con mucho disimulo en donde las hallé; si escapo me las llevo, si no escapo… Es Jacinto el que está detrás de las persianas, he visto sus zapatos blancos… Pero a nadie le importa lo que vea este viejo cesante. Silbo La violetera y me dirijo nuevamente al armario… ¡debo olvidar!… ¡debo olvidar que alguna vez existí!… porque en realidad no existí nunca…

Lléveme usted señorito
no vale más que un rea
lléveme usted señorito
lléveme usted señorito
pa’lucirme en el ojal…

 

Fuente: Ciudad Seva

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo Yo vendí mi nombre de Guadalupe Dueñas.

 

martes, 19 de agosto de 2025

Cuento de Guadalupe Dueñas

 

Cuento de Guadalupe Dueñas

A continuación, te presento Yo vendí mi nombre, un cuento de Guadalupe Dueñas, destacada cuentista y ensayista mexicana del siglo XX (puedes consultarsu biografía aquí), acompañado de un resumen y una reflexión sobre su significado.

Resumen y reflexión del cuento

En este cuento, una voz en primera persona relata cómo vendió su nombre, el cual en otro tiempo tuvo gran prestigio. Con el paso del tiempo, ese nombre comenzó a desvanecerse poco a poco —letra por letra— hasta casi desaparecer por completo. La narradora vive con profunda angustia este proceso de olvido progresivo, sintiendo que, a medida que su nombre se borra del mundo, también se borra su propia existencia. El relato convierte el olvido externo en una forma de muerte simbólica.

El cuento plantea el drama de una persona que construyó su ego sobre el prestigio y la validación social: su valor estaba en su nombre y en cómo los demás lo admiraban. Cuando ese reconocimiento desaparece, también lo hace su sentido de identidad. Esto revela la fragilidad de vivir para el aplauso externo.

Pero entre líneas, el texto sugiere una verdad más profunda: quien no se ha encontrado consigo mismo, se pierde cuando los demás dejan de mirarlo. La historia invita a reflexionar sobre la necesidad de construir una identidad interna, independiente del éxito o la fama. Solo al encontrarse con uno mismo —más allá del nombre, la imagen o el reconocimiento— se puede sostener el sentido de la existencia, incluso en el silencio o el olvido.

 

Yo vendí mi nombre

Como algunos venden su alma y otros venden su cuerpo y otros más su sombra y hay quienes venden pájaros, yo vendí mi nombre. Consta de cinco letras. Es un nombre pequeño y un apellido muy largo, que en tiempo no remoto alcanzó fama y pudo cotizarse como alta moneda. Apareció junto a plumas reconocidas y estuvo precedido por títulos de sabios y prohombres. El misterio de su ampulosidad no viene a cuento. Baste saber que conservo en oro sus iniciales y que existen aulas y bibliotecas señaladas con mi nombre. Grabado estuve en universidades y no faltaron editores que lo adoptaron por bandera izándola en las cúpulas. Otros muchos lo esculpieron en muros y portadas. Entretejían las mayúsculas con hilos de plata y sombreaban las vocales con acerinas y esmalte. Convirtiose en símbolo, en aleluya, en buen agüero, en triunfo y en sonido glorioso. Periódicos y revistas nacionales y extranjeros lucharon por consignarlo, por encabezar sus columnas con los augustos rasgos bautismales. Los lectores saltaban de emoción al hallarlo en enciclopedias, en semblanzas, en biografías y volúmenes antológicos destinados a la posteridad y hasta en reseñas de modas. El mundo lo alquilaba sin reparar en el precio. Avanzó en popularidad como los mitos que la credulidad agranda. Adorno fue de la palabra. Labios encumbrados lo envidiaban; hasta que un día, un desdichado día, empezó a apagarse con prisa de luciérnaga y dejó sin sombra el paraje de la noche más oscura.

Restos de su gloria quedaron atrapados en artículos de segunda. Revistas no informadas retuvieron los jirones alfabéticos, los caracteres degradados, las letras que al envejecer perdían equilibrio como epitafios de tumbas olvidadas por los deudos. Las vocales disparándose a manera de luces pirotécnicas.

Fue el comienzo de tortura mortal. La mengua reducía el nombre cada vez más y más. Aparecía distorsionado con letrilla microscópica del todo indistinguible. Nadie exigía las bélicas mayúsculas de trazo gótico; nadie extrañaba las alas de cuervo que rubricaron el nombre caído en desgracia, sucio de polvo como corcel abatido y sin dueño.

La adversidad propició el desacato de escribir las iniciales como cuando se habla de la ONU. Sí, los letreros fueron empalideciendo. Las publicaciones que ostentaron escandalosos ribetes con gualdas, suprimieron las gárgolas y los arabescos hasta que las consonantes danzaron derrengadas y sonámbulas. Con frecuencia faltaban letras o aparecían tan borrosas como si un designio infernal se anticipará a su cancelación.

El calvario se agrava. Ahora, antes de que amanezca, me dirijo anhelante al primer puesto, al vendedor más cercano; al gacetillero, al pepenador, para revisar meticulosamente cada publicación y comprobar si aún figura mi nombre, aunque sea en el directorio. Con mano temblorosa y ávida, abro las páginas; los dedos se me hacen huéspedes. Con esfuerzo olvido el llanto que me cause ver en algún rincón mi nombre de pila o la inicial pérdida del apelativo que ya nadie reconoce.

Confidencias afanosas o malignas me hacen saber que las Directivas tratan el conflicto de suprimir el nombre que se les ha quedado fijo como una alcayata. Sé que quienes votan por el aniquilamiento encuentran tibia resistencia en románticos añorantes de la firma que no tiene valor para desterrarla de su paginario.

Un sudor no exento de amargura me hace cavilar en la manera de liberarlos a todos de la pesantez de mi nombre, cuyas letras cadavéricas encenizan sus revistas. He llegado a sentir agradecimiento cuando alguien lo suprime sin ceremonias. Insoportable es irse muriendo a pedazos, mejor dicho a letras; un puntillo hoy y un acento mañana; ahora el rasgo de la T no aparece; más adelante la diéresis y luego la r y la m y aun la Y, que es tan poco socorrida en nuestro idioma. ¡Lo capto todo! La fisura de mis tímpanos recoge las murmuraciones y a pesar de núbiles cataratas que entresolan mis pupilas, adivino el desdén y las muecas de repudio. Con las yemas de mis dedos palpo negativas y razones. En la rajadura de mis labios y en mi lengua reseca, sopla el aire salado que dispersa mi nombre. Padezco comentarios y juicios sin poder darme a la fuga: «Dicen que está ciega». «Bueno… estar ciega es estar muerto».

A veces rampo, me agazapo, ruego hasta redacciones donde otrora pidieron de rodillas mi colaboración eterna y, disimulan mi presencia.

Un terror supersticioso me invade, un terror ajeno a vanidades y esperanzas: la certidumbre de que en cuanto la última letra se esfume y el punto final se diluya sobre el papel como una lágrima, mi vida, mi frágil e inútil vida, será un renglón en blanco.

Fuente: https://www.isliada.org/relatos/yo-vendi-mi-nombre/

 

Cuentos para adultos

Si te gusta este genero literario, te recomiendo La ventana de enfrente  de Kristin Dimitrova.

 

 

 

miércoles, 6 de agosto de 2025

Cuento para adultos de Kristín Dimitrova

 

Audiocuento para adultos

En esta ocasión, puedes escuchar en mi canal de YouTube La ventana de enfrente, un cuento para adultos de Kristín Dimitrova traducido por Reynol Pérez VázquezKristín Dimitrova es narradora, traductora, escritora y una de las voces más destacadas de la poesía búlgara contemporánea. 

Resumen y análisis 

Este cuento de misterio narra la experiencia de una mujer que, tras mudarse a un nuevo departamento, comienza a observar con curiosidad la vida de sus vecinos del edificio de enfrente. Sin embargo, un suceso inquietante la confronta con los límites de la realidad y con su propia identidad.

El cuento puede interpretarse como una metáfora de la evasión ante un pasado doloroso. La protagonista, al intentar enterrar y ocultar un recuerdo traumático, termina distorsionando su percepción del presente. Al negar ese pasado, no solo afecta su conciencia, sino que también se ve arrastrada a una pérdida progresiva del sentido de su identidad.

La historia sugiere que un trauma no resuelto puede desdibujar los límites entre lo real y lo imaginario. En ese contexto, la protagonista afirma que “nada es casualidad”, una idea que resulta clave para comprender que lo que solemos percibir como casualidad no es más que una manifestación de nuestra falta de conciencia. Desarrollar esa conciencia no solo amplía nuestra comprensión de la realidad, sino que también nos permite vislumbrar el orden subyacente que antes permanecía oculto tras el velo de lo fortuito. 

Espero que te guste este audiocuento

Otros cuentos

Alice Munro

Si te gusta este género literario, te recomiendo Dimensiones de Alice Munro


domingo, 20 de julio de 2025

Dimensiones, cuento de Alice Munro

 

Alice Munro y sus cuentos

A continuación, te presento el cuento Dimensiones de Alice Munro. Alice Ann Laidlaw, conocida como Alice Munro, fue una cuentista canadiense considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas en lengua inglesa, apodada la «Chéjov canadiense». En 2013 recibió el Premio Nobel de Literatura.

En Lecturia puedes leer otros cuentos de esta gran autora, así como el resumen y análisis de este relato para adultos. Si prefieres no leer el cuento, te recomiendo escuchar el audiocuento en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.


Dimensiones

Doree tenía que coger tres autobuses, uno hasta Kincardine, donde esperaba el de London, donde volvía a esperar el autobús urbano que la llevaba a las instalaciones. Empezaba la excursión el domingo a las nueve de la mañana. Debido a los ratos de espera entre un autobús y otro eran casi las dos de la tarde cuando había recorrido los ciento sesenta y pocos kilómetros. Sentarse en los autobuses o en las terminales no le importaba. Su trabajo cotidiano no era de los de estar sentada.

Era camarera del Blue Spruce Inn. Fregaba baños, hacía y deshacía camas, pasaba la aspiradora por las alfombras y limpiaba espejos. Le gustaba el trabajo, le mantenía la cabeza ocupada hasta cierto punto y acababa tan agotada que por la noche podía dormir. Rara vez se encontraba con un auténtico desastre, aunque algunas de las mujeres con las que trabajaba contaban historias de las que ponen los pelos de punta. Esas mujeres eran mayores que ella y pensaban que Doree debía intentar mejorar un poco. Le decían que debía prepararse para un trabajo cara al público mientras fuera joven y tuviera buena presencia. Pero ella se conformaba con lo que hacía. No quería tener que hablar con la gente.

Ninguna de las personas con las que trabajaba sabía qué había pasado. O, si lo sabían, no lo daban a entender. Su fotografía había aparecido en los periódicos, la foto que él había hecho, con ella y los tres niños: el recién nacido, Dimitri, en sus brazos, y Barbara Ann y Sasha a cada lado, mirándolo. Entonces tenía el pelo largo, castaño y ondulado, con rizo y color naturales, como le gustaba a él, y la cara con expresión dulce y tímida, que reflejaba menos cómo era ella que cómo quería verla él.

Desde entonces llevaba el pelo muy corto, teñido y alisado, y había adelgazado mucho. Y ahora la llamaban por su segundo nombre, Fleur. Además, el trabajo que le habían encontrado estaba en un pueblo bastante alejado de donde vivía antes.

Era la tercera vez que hacía la excursión. Las dos primeras, él se había negado a verla. Si se negaba otra vez, ella dejaría de intentarlo. Aunque aceptara verla, a lo mejor no volvería durante una temporada. No quería pasarse. En realidad, no sabía qué haría.

En el primer autobús no estaba muy preocupada; se limitaba a mirar el paisaje. Se había criado en la costa, donde existía lo que llamaban primavera, pero aquí el invierno daba paso casi sin solución de continuidad al verano. Un mes antes había nieve, y de repente hacía calor como para ir en manga corta. En el campo había charcos deslumbrantes, y la luz del sol se derramaba entre las ramas desnudas.

En el segundo autobús empezó a ponerse un poco nerviosa, y le dio por intentar adivinar qué mujeres se dirigían al mismo sitio. Eran mujeres solas, por lo general vestidas con cierto esmero, quizá para aparentar que iban a la iglesia. Las mayores tenían aspecto de asistir a iglesias estrictas, anticuadas, donde había que llevar falda, medias y sombrero o algo en la cabeza, mientras que las más jóvenes podrían haber formado parte de una hermandad más animada, que permitía los trajes pantalón, los pañuelos de vivos colores, los pendientes y los cardados.

Doree no encajaba en ninguna de las dos categorías. Durante el año y medio que llevaba trabajando no se había comprado ropa. En el trabajo llevaba el uniforme, y en los demás sitios, vaqueros. Había dejado de maquillarse porque él no se lo consentía, y ahora, aunque podría hacerlo, no lo hacía. El pelo de punta de color maíz no pegaba con su cara lavada y huesuda, pero no importaba.

En el tercer autobús encontró un asiento junto a la ventanilla e intentó mantener la calma leyendo los rótulos, los de los anuncios y los de las calles. Tenía un truco para mantener la cabeza ocupada. Cogía las letras de cualquier palabra en la que se fijara e intentaba ver cuántas palabras nuevas podía formar con ellas. De «cafetería», por ejemplo, le salían «te», «té», «fea», «cara», «cafre», «rifa», «cate» y…, un momento…, «aire». Las palabras no escaseaban a la salida de la ciudad, pues el autobús pasaba por delante de vallas publicitarias, tiendas gigantescas, aparcamientos e incluso globos amarrados a los tejados con anuncios de rebajas.


Doree no le había hablado a la señora Sands de sus dos últimas tentativas y probablemente tampoco le hablaría de esta. Según la señora Sands, a quien veía los lunes por la tarde, había que seguir adelante, aunque llevara tiempo, sin forzar las cosas. Ella decía que lo estaba haciendo bien, que estaba descubriendo poco a poco su propia fortaleza.

—Ya sé que te dan ganas de matar a quien te dice esas palabras, pero es verdad —dijo.

Se sonrojó al oírse decir aquello, «matar», pero no quiso empeorarlo disculpándose.


Cuando Doree tenía dieciséis años —de eso hacía siete— iba a ver a su madre al hospital todos los días al salir del colegio. Su madre se recuperaba de una operación en la espalda, que al parecer era grave pero no peligrosa. Lloyd era celador. Tenía algo en común con la madre de Doree: los dos habían sido hippies, aunque Lloyd era unos años más joven. Siempre que tenía tiempo Lloyd entraba a charlar con ella sobre los conciertos y las manifestaciones de protesta a los que habían asistido, la gente estrambótica que habían conocido, los viajes y colocones que los habían dejado hechos polvo y cosas así.

Lloyd caía bien a los pacientes, por sus bromas y porque transmitía seguridad y fuerza. Era fornido, de hombros anchos, y lo suficientemente serio para que a veces lo tomaran por médico. (No le hacía ninguna gracia; opinaba que gran parte de la medicina era una mentira y que muchos médicos eran unos gilipollas.) Tenía la piel rojiza y sensible, el pelo claro y la mirada insolente.

Un día besó a Doree en el ascensor y le dijo que era una flor en el desierto. Después se rió de lo que había dicho y añadió:

—¿Has visto lo original que puede llegar a ser uno?

—Es que eres poeta, pero no lo sabes —dijo Doree, por cortesía.

La madre de Doree murió una noche, de repente, de una embolia. Tenía muchas amigas, que habrían recogido a Doree —de hecho, se quedó con una de ellas una temporada—, pero ella prefería a su nuevo amigo, Lloyd. Antes de su siguiente cumpleaños estaba embarazada, y poco después casada. Lloyd no se había casado nunca, aunque tenía al menos dos hijos, de cuyo paradero no sabía gran cosa. De todos modos, ya serían mayores. Con la edad, Lloyd había adoptado otra filosofía de vida: creía en el matrimonio y en la fidelidad, pero no en el control de la natalidad. Y le pareció que la península de Sechelt, donde vivían Doree y él, estaba en aquella época demasiado llena de gente: viejos amigos, viejas maneras de vivir, antiguas amantes. Al poco Doree y él se trasladaron a la otra punta del país, a un pueblo que eligieron por el nombre mirando un mapa: Mildmay. No se instalaron en el pueblo; alquilaron una casa en el campo. Lloyd encontró trabajo en una fábrica de helados. Plantaron un jardín. Lloyd sabía mucho de jardinería; también de carpintería, y de cómo encender una estufa de leña y mantener bien un coche viejo.

Nació Sasha.


—Es muy natural —comentó la señora Sands.

—¿Sí? —dijo Doree.

Doree siempre se sentaba en una silla de respaldo recto ante una mesa, no en el sofá, con tapicería de flores y cojines. La señora Sands movió su silla hacia un lado de la mesa, para poder hablar sin ninguna barrera entre las dos.

—Casi me lo esperaba —dijo—. Creo que yo a lo mejor habría hecho lo mismo en tu lugar.

La señora Sands no habría dicho eso al principio. Hace un año, sin ir más lejos, habría sido más prudente, consciente de que Doree se habría sublevado ante la idea de que alguien, algún ser viviente, pudiera ponerse en su lugar. Ahora sabía que Doree se lo tomaría como una manera, una manera humilde incluso, de intentar comprender.

La señora Sands no era como algunas de las demás. No era dinámica, ni delgada, ni guapa. Ni tampoco demasiado mayor. Tenía más o menos la edad que tendría la madre de Doree, pero no el aspecto de una antigua hippy. Llevaba el pelo entrecano muy corto y tenía una verruga en lo alto de un pómulo. Vestía zapatos planos, pantalones holgados y blusas de flores. Aunque fueran de color frambuesa o turquesa, las blusas no transmitían una verdadera preocupación por la ropa; más bien parecía que alguien le había dicho que tenía que arreglarse un poco y ella, obediente, había ido a comprarse algo que pensaba que podía servirle. La amable, impersonal y sincera sobriedad de la señora Sands despojaba aquellas prendas de todo entusiasmo agresivo, de toda ofensa.

—Pues las dos primeras veces ni lo vi —dijo Doree—. No quiso salir.

—¿Y esta vez sí? ¿Salió?

—Sí, pero apenas lo reconocí.

—¿Había envejecido?

—Supongo. Supongo que ha adelgazado un poco. Y esa ropa. De uniforme. Nunca lo había visto así.

—¿Te pareció una persona diferente?

—No.

Doree se mordió el labio superior, intentando pensar cuál era la diferencia. Estaba tan quieto… Doree nunca lo había visto tan quieto. Ni siquiera pareció darse cuenta de que tenía que sentarse enfrente de ella. Lo primero que le dijo Doree fue: «¿No te vas a sentar?».

Y él contestó: «¿Estará bien?».

—Parecía ausente —dijo Doree—. ¿Lo tendrán drogado?

—Quizá le dan algo para mantenerlo estable. Pero la verdad, no lo sé. ¿Entablasteis una conversación?

Doree pensó si de verdad había sido una conversación. Le había hecho unas cuantas preguntas, normales, absurdas. ¿Qué tal estaba? (Bien.) ¿Le daban suficiente de comer? (Él creía que sí.) ¿Había algún sitio donde pudiera ir a pasear si le apetecía? (Con vigilancia, sí. Él suponía que podía decirse que era un sitio. Suponía que podía decirse que era pasear.)

—Tienes que tomar el aire —le dijo Doree.

—Es verdad —le dijo Lloyd.

Doree estuvo a punto de preguntarle si tenía amigos. Como le preguntas a tu hijo por el colegio. Como se lo preguntarías a tus hijos, si fueran al colegio.

—Sí, sí —dijo la señora Sands, empujando suavemente la oportuna caja de kleenex.

A Doree no le hacía falta, tenía los ojos secos. El problema estaba en la boca del estómago. Las náuseas.

La señora Sands se limitó a esperar. Era lo bastante lista para no meterse en más honduras.

Y, como si hubiese adivinado lo que Doree estaba a punto de decir, Lloyd le había contado que había un psiquiatra que iba a verlo para hablar con él cada dos por tres.

—Yo le digo que está perdiendo el tiempo —añadió Lloyd—. Yo sé tanto como él.

Fue el único momento en que a Doree le pareció que volvía a ser el de antes. Durante toda la visita el corazón le latió con fuerza. Pensó que igual se desmayaba o se moría. Le cuesta tanto trabajo mirarlo, encajar en su campo de visión a aquel hombre delgado y canoso, inseguro pero frío, que se mueve mecánicamente pero sin coordinación…

No le había contado nada de eso a la señora Sands. La señora Sands podría haber preguntado —con mucho tacto— de quién tenía miedo. ¿De él o de sí misma?

Pero Doree no tenía miedo.


Cuando Sasha tenía un año y medio nació Barbara Ann, y cuando Barbara Ann tenía dos años, tuvieron a Dimitri. Habían elegido el nombre de Sasha entre los dos, y después hicieron un pacto: él elegiría los nombres de los niños y ella los de las niñas.

Dimitri fue el primero con cólicos. Doree pensó que a lo mejor no tenía suficiente leche, o que su leche no era lo bastante nutritiva. ¿O era demasiado nutritiva? Lloyd llevó a una señora de la Liga de La Leche para que hablara con Doree. Pase lo que pase, no le dé ningún biberón complementario, dijo la señora. Eso sería el principio del fin, porque dentro de poco el niño rechazaría el pecho.

No sabía la señora que Doree ya le estaba dando biberones complementarios. Y parecía verdad que el niño los prefería; cada día estaba más tiquismiquis con el pecho. Al cabo de tres meses solo tomaba biberón, y entonces ya no hubo forma de ocultárselo a Lloyd. Doree le dijo que se había quedado sin leche y que había tenido que empezar a darle el complemento. Lloyd le apretujó un pecho y después el otro con frenética determinación, y logró sacarle unas tristes gotitas de leche. La llamó mentirosa. Se pelearon. Él le dijo que era una puta, como su madre. Dijo que las hippies esas eran todas unas putas.

Pronto hicieron las paces. Pero siempre que Dimitri se quejaba de algo, o estaba resfriado, o le daba miedo el conejito que tenía algún niño por mascota, o cuando seguía agarrándose a las sillas a la edad en que su hermano y su hermana ya andaban solos, salía a relucir el fracaso en lo de darle de mamar.


La primera vez que Doree fue al despacho de la señora Sands, una de las otras mujeres le dio un folleto. En la cubierta había una cruz dorada y varias palabras en morado y oro. «Cuando tu pérdida parece insufrible…» Dentro había una imagen de Jesucristo en colores pálidos y unos caracteres más menudos que Doree no llegó a leer.

Sentada ante la mesa, aferrando el folleto, Doree se echó a temblar. La señora Sands se lo tuvo que arrancar de la mano.

—¿Te lo ha dado alguien? —preguntó la señora Sands.

Doree dijo:

—Esa. —Y señaló con la cabeza la puerta cerrada.

—¿No te interesa?

—Cuando estás fatal es cuando intentan pillarte —dijo Doree, y entonces cayó en la cuenta de que era algo que había dicho su madre cuando fueron a verla al hospital unas señoras con un mensaje parecido—. Se creen que vas a ponerte de rodillas y que todo irá estupendamente.

La señora Sands suspiró.

—Bueno, en realidad no es tan sencillo —dijo.

—Ni siquiera posible —añadió Doree.

—Quizá no.

Nunca hablaban de Lloyd en aquellos días. Doree nunca pensaba en él, si podía evitarlo, y si no podía pensaba en él como si fuera un terrible accidente de la naturaleza.

—Aunque creyera en esas cosas —dijo, refiriéndose a lo que había en el folleto—, solo sería para…

Lo que quería decir era que creer en eso le resultaría muy práctico, pues así podría imaginarse a Lloyd ardiendo en el infierno o algo por el estilo, pero fue incapaz de continuar, porque le parecía una estupidez hablar de algo así. Y porque se lo impedía algo ya muy conocido, una especie de martilleo en la tripa.


Lloyd era partidario de que sus hijos estudiaran en casa. No por razones religiosas —como no creer en los dinosaurios, los hombres de las cavernas, los monos y todas esas cosas—, sino porque quería que estuvieran junto a sus padres y que se adentrasen en el mundo poco a poco y con cuidado, no que los lanzaran a él de golpe. «Es que da la casualidad de que pienso que son mi hijos —decía—. O sea, nuestros hijos, no los hijos del Departamento de Educación.»

Doree no estaba muy segura de poder manejar aquello, pero resulta que el Departamento de Educación tenía sus directrices y sus planes de estudios, que podían encontrarse en la escuela del pueblo. Sasha era un chico inteligente que prácticamente aprendió a leer solo, y los otros dos eran demasiado pequeños para aprender gran cosa. Por las noches y los fines de semana Lloyd le enseñaba a Sasha geografía, el sistema solar, la hibernación de los animales y cómo funciona un coche, tratando cada tema a medida que surgían las preguntas. Sasha enseguida se adelantó a los planes de estudios de la escuela, pero Doree iba a recogerlos de todos modos y lo ponía a hacer los ejercicios a tiempo para cumplir con la ley.

Había otra madre del barrio que también educaba a los niños en casa. Se llamaba Maggie y tenía una furgoneta pequeña. Lloyd necesitaba el coche para ir a trabajar y Doree, que no había aprendido a conducir, se alegró cuando Maggie se ofreció a llevarla una vez a la semana para entregar los ejercicios terminados y recoger los nuevos. Naturalmente, se llevaban a todos los niños. Maggie tenía dos chicos. El mayor sufría tantas alergias que la madre tenía que vigilar estrechamente todo lo que comía; por eso le daba clase en casa. Y después Maggie pensó que el pequeño también podía quedarse allí. El niño quería estar con su hermano, y además tenía problemas de asma.

Qué agradecida se sintió Doree, al compararlos con los tres suyos, tan sanos. Lloyd decía que era porque los había tenido de joven, mientras que Maggie había esperado hasta llegar casi a la menopausia. Lloyd exageraba la edad de Maggie, pero era cierto que había esperado. Maggie era optometrista. Su marido y ella habían sido compañeros de trabajo y no tuvieron familia hasta que ella pudo dejar la consulta y encontraron una casa en el campo.

Maggie tenía el pelo entrecano, muy corto y pegado al cráneo. Era alta, de pecho plano, jovial y de ideas fijas. Lloyd la llamaba la Lesbi. Solo a sus espaldas, claro. Bromeaba con ella por teléfono pero a Doree le decía, solo moviendo los labios: «Es la Lesbi». A Doree no le importaba mucho, Lloyd llamaba lesbis a muchas mujeres, pero le daba miedo que a Maggie las bromas le parecieran demasiado amistosas, inoportunas o al menos una pérdida de tiempo.

—¿Quieres hablar con mi señora? Sí. Aquí la tengo, dándole a la tabla de lavar. Sí, soy un auténtico negrero. ¿No te lo ha contado?


Doree y Maggie adquirieron la costumbre de ir juntas a la compra después de recoger los papeles en el colegio. Luego a veces se llevaban unos cafés de Tim Hortons e iban con los niños al Riverside Park. Se sentaban en un banco mientras Sasha y los hijos de Maggie echaban carreras o se subían a los aparatos, Barbara Ann se columpiaba enérgicamente y Dimitri jugaba en el cajón de arena. O se sentaban en la furgoneta, si hacía frío. Hablaban sobre todo de los niños y de lo que cocinaban, pero de algún modo Doree averiguó que Maggie se había pateado media Europa antes de estudiar optometría, y Maggie se enteró de lo joven que era Doree cuando se casó. También de la facilidad con la que se había quedado embarazada al principio, de que ya no le resultaba tan fácil, y de que eso despertaba las sospechas de Lloyd, que registraba los cajones del tocador de Doree en busca de píldoras anticonceptivas, pensando que debía de estar tomándolas a escondidas.

—¿Y lo haces?

Doree se quedó horrorizada. Dijo que ni se le ocurriría.

—O sea, me parecería una cosa terrible, sin decírselo a él. Es una especie de broma lo que hace cuando las busca.

—Ah —dijo Maggie.

Y en una ocasión Maggie preguntó:

—¿Te va todo bien? O sea, en tu matrimonio. ¿Eres feliz?

Doree dijo que sí, sin dudarlo. Después empezó a tener más cuidado con lo que contaba. Comprendió que había ciertas cosas a las que ella estaba acostumbrada que otra persona quizá no entendería. Lloyd veía las cosas de una manera especial; era su forma de ser. Ya era así cuando lo conoció en el hospital. La enfermera jefe era muy estirada, y él la llamaba señora Malbicho en lugar de por su apellido, Mitchell. Lo decía tan deprisa que costaba trabajo darse cuenta. Pensaba que tenía sus favoritos y que él no era uno de ellos. Ahora, en la fábrica de helados, detestaba a una persona a quien llamaba Louie Chupapalos. Doree no sabía cómo se llamaba en realidad aquel hombre, pero al menos eso demostraba que no eran solo las mujeres quienes lo irritaban.

Doree estaba segura de que esa gente no era tan mala como creía Lloyd, pero de nada valía contradecirlo. Quizá los hombres necesitaban tener enemigos, como necesitan gastar sus bromitas. Y a veces Lloyd hacía broma de sus enemigos, como si se riera de sí mismo. Incluso le permitía a Doree reírse también, siempre y cuando no fuera ella quien empezara.

Doree esperaba que Lloyd no se pusiera en ese plan con Maggie. A veces tenía miedo de que la mujer se viera venir algo así. Si él no la dejara ir en el coche al colegio y a la compra con Maggie sería un fastidio, y grande. Pero peor sería la vergüenza. Tendría que inventarse alguna mentira absurda para explicarlo. Pero Maggie se daría cuenta; como mínimo se daría cuenta de que Doree mentía y lo interpretaría como que estaba peor de lo que realmente estaba.

Y Doree se preguntó por qué tenía que importarle lo que Maggie pensara. Maggie era una extraña, ni siquiera se sentía a gusto con ella. Fue Lloyd quien lo dijo, y tenía razón. La verdad de las cosas entre ellos, su vínculo, no era algo que pudiera entender nadie y no era asunto de nadie. Si Doree podía mantener su lealtad, todo iría bien.


Todo empeoró, poco a poco. Ninguna prohibición directa, pero sí más críticas. Lloyd dejaba caer la teoría de que las alergias y el asma de los hijos de Maggie podían ser culpa de la madre. Muchas veces el motivo es la madre, decía. Lo había visto en el hospital. Una madre demasiado dominante, normalmente demasiado culta.

—Algunos niños simplemente nacen con algo —dijo Doree, imprudente—. No puedes decir que siempre es la madre.

—Ah. ¿Y por qué no puedo?

—No quiero decir tú. No quiero decir que no puedes. O sea, ¿no pueden nacer con cosas?

—¿Desde cuándo eres una eminencia médica?

—Yo no he dicho que lo sea.

—No. Es que no lo eres.

De mal en peor. Lloyd quería saber de qué hablaban, Maggie y ella.

—No sé. De nada en particular.

—Qué curioso. Dos mujeres en un coche. La primera vez que lo oigo, que dos mujeres no hablen de nada. Lo que quiere es separarnos.

—¿Quién? ¿Maggie?

—Conozco a esa clase de mujeres.

—¿Qué clase?

—Su clase.

—No seas tonto.

—Cuidadito. No me llames tonto.

—¿Para qué querría hacer algo así?

—¿Y yo cómo lo voy a saber? Solo quiere hacerlo. Espera y verás. Irás a su casa llorando a mares por lo hijo de puta que soy. Un día de estos.


Y así ocurrió, tal y como él había dicho. Al menos eso debió de parecerle a Lloyd. Doree se vio una noche en la cocina de la casa de Maggie, alrededor de las diez, sonándose y tomando una infusión. El marido de Maggie dijo: «¿Qué demonios…?» cuando llamó a la casa; Doree lo oyó desde detrás de la puerta. Él no sabía quién era Doree. Ella dijo: «Siento muchísimo molestar…» mientras él se quedaba mirándola, con las cejas enarcadas y los labios apretados. Y entonces apareció Maggie.

Doree había ido hasta allí andando en la oscuridad, primero por la pista de gravilla junto a su casa, después por la carretera. Cada vez que se acercaba un coche se apartaba hasta la cuneta, y eso la retrasó considerablemente. Echaba un vistazo a los coches que pasaban, pensando que en uno de ellos podía ir Lloyd. No quería que la encontrase, todavía no, no hasta que se hubiera asustado de su propia locura. Otras veces ella había sido capaz de atemorizarlo, llorando, dando alaridos, incluso golpeándose la cabeza contra el suelo mientras salmodiaba: «No es verdad, no es verdad, no es verdad». Al final él se echaba atrás. Decía: «Vale, vale. Te creo. Tranquila, cariño. Piensa en los niños. Te creo, en serio. Déjalo ya».

Pero esa noche Doree se había plantado aun antes de empezar el número. Se puso el abrigo y salió por la puerta mientras él gritaba: «¡No lo hagas! ¡Te lo advierto!».

El marido de Maggie, que no parecía muy contento con la situación, se había ido a la cama mientras Doree no paraba de decir: «Lo siento. Lo siento mucho, presentarme así en tu casa a estas horas de la noche».

—Venga, cállate —dijo Maggie, en tono serio pero amable—. ¿Quieres una copa de vino?

—Yo no bebo.

—Entonces mejor que no empieces ahora. Voy a prepararte una infusión. Te relajará. Manzanilla y frambuesa. No es por los niños, ¿verdad?

—No.

Maggie le quitó el abrigo y le dio un montón de kleenex para la nariz y los ojos.

—No me cuentes nada todavía. Enseguida te tranquilizarás.

Ni siquiera cuando se calmó un poco Doree quiso soltar toda la verdad y dejar que Maggie se enterase de que ella era el meollo del problema. Además, no quería tener que explicar nada de Lloyd. Por muy agotada que la dejara, él seguía siendo la persona a quien estaba más unida en el mundo y Doree tenía la sensación de que todo se vendría abajo si se atreviese a contarle a alguien cómo era él exactamente, si le fuera tan desleal.

Dijo que Lloyd y ella habían retomado una antigua discusión y que estaba tan harta de todo que lo único que quería era salir de allí. Pero ya se le pasaría, dijo. A los dos.

—A todas las parejas les ocurre alguna vez —dijo Maggie.

Entonces sonó el teléfono y Maggie contestó.

—Sí. Está bien. Solo quería dar un paseo para desahogarse un poco. Muy bien. Vale. La llevaré a casa por la mañana. Ningún problema. Vale. Buenas noches.

—Era él —dijo—. Supongo que lo has oído.

—¿Cómo hablaba? ¿Parecía normal?

Maggie se echó a reír.

—Bueno, yo no sé cómo habla cuando está normal, ¿no? Pero no parecía borracho.

—Él tampoco bebe. En casa no tenemos ni café.

—¿Quieres una tostada?


Maggie la llevó a casa por la mañana temprano. El marido de Maggie todavía no se había ido a trabajar y se quedó con los niños.

Como Maggie tenía prisa por volver, se limitó a decir: «Adiós. Llámame si necesitas hablar», mientras daba la vuelta con la furgoneta en el jardín.

Era una mañana fría de principios de primavera, aún había nieve en el suelo, pero Lloyd estaba sentado en las escaleras, sin chaqueta.

—Buenos días —dijo en voz alta, en tono sarcástico y cortés—.

Y Doree le dio los buenos días, fingiendo que no había notado su retintín.

Él no se apartó para dejarla pasar.

—No puedes entrar.

Doree decidió no tomárselo en serio.

—¿Ni siquiera si lo pido por favor? Por favor.

Lloyd la miró pero no contestó. Sonrió con los labios apretados.

—Lloyd —dijo Doree—. ¡Lloyd!

—Será mejor que no entres.

—No le he contado nada, Lloyd. Siento haberme marchado. Supongo que necesitaba respirar un poco.

—Mejor que no entres.

—¿Qué te pasa? ¿Dónde están los niños?

Lloyd movió la cabeza, como cuando Doree decía algo que no le gustaba, una pequeña ordinariez, por ejemplo «me cago en…».

—Lloyd. ¿Dónde están los niños?

Lloyd se apartó un poco, justo para que Doree pudiera pasar si quería.

Dimitri todavía en la cuna, tumbado de costado. Barbara Ann en el suelo, al lado de su cama, como si se hubiera caído o la hubieran sacado a empujones. Sasha junto a la puerta de la cocina; había intentado escapar. Era el único con moretones en el cuello. La almohada se había encargado de los otros dos.

—Cuando llamé por teléfono anoche, ¿sabes? —dijo Lloyd—, cuando llamé ya había ocurrido. Tú te lo buscaste.


Lo declararon demente y no pudieron juzgarlo. Era un delincuente psicótico, había que llevarlo a una institución segura.

Doree había salido corriendo de la casa e iba dando traspiés por el jardín, apretándose el estómago con los brazos como si la hubieran abierto de un tajo e intentara que no se le salieran las tripas. Esa fue la escena que vio Maggie cuando regresó. Había tenido un presentimiento y al llegar a la carretera dio la vuelta. Lo primero que pensó es que a Doree su marido le había dado un puñetazo o una patada en el estómago. No supo interpretar los gemidos de Doree. Pero Lloyd, que seguía sentado en las escaleras, se apartó cortésmente para dejarla pasar, sin pronunciar palabra, y ella entró en la casa y se encontró con lo que ya esperaba encontrarse. Llamó a la policía.

Doree se pasó un buen rato metiéndose en la boca cuanto tenía a mano. Después de la tierra y la hierba, sábanas, toallas y su propia ropa. Como si intentara ahogar no solo los alaridos, sino la escena que veía en su cabeza. Le pusieron una inyección de algo, cada cierto tiempo, para calmarla, y funcionó. Lo cierto es que se quedó muy tranquila, aunque no catatónica. Dijeron que se mantenía estable. Cuando salió del hospital y la trabajadora social la llevó a otro sitio, la señora Sands se hizo cargo de ella, le encontró una casa donde vivir y un trabajo, e impuso la rutina de hablar con ella una vez a la semana. Maggie habría ido a verla, pero era la única persona a la que Doree no soportaba ver. La señora Sands aseguraba que ese sentimiento era natural, que era la asociación. También decía que Maggie lo comprendería.


La señora Sands dijo que si Doree quería seguir visitando a Lloyd era cosa suya.

—Yo no estoy aquí para autorizar o desautorizar. ¿Te sentiste bien al verlo? ¿O mal?

—No lo sé.

Doree no era capaz de explicar que en realidad tenía la sensación de que no lo veía a él. Era casi como ver un fantasma. Tan pálido. Con ropa holgada de colores claros, zapatos que no hacían ruido, probablemente zapatillas. Le daba la impresión de que se le había caído un poco de pelo, su pelo abundante, ondulado, del color de la miel. Parecía haber perdido la anchura de los hombros, el hueco de la clavícula donde ella apoyaba la cabeza.

Lo que Lloyd dijo después a la policía —y apareció textualmente en los periódicos— fue lo siguiente: «Lo hice para evitarles el sufrimiento».

¿Qué sufrimiento?

«El sufrimiento de saber que su madre los había abandonado.»

A Doree esas palabras se le habían quedado grabadas en el cerebro, y quizá cuando decidió intentar verlo fue con la idea de obligarlo a retirarlas. Hacerle ver, y reconocer, qué había ocurrido en realidad.

«Me dijiste que o dejaba de contradecirte o me marchaba de casa. Así que me marché. Solo pasé una noche en casa de Maggie. Tenía intención de volver. No había abandonado a nadie.»

Doree recordaba perfectamente cómo había empezado la discusión. Había comprado una lata de espaguetis con una ligera abolladura. Por eso estaba de oferta, y Doree se puso muy contenta de haber ahorrado. Pensó que era muy lista. Sin embargo, no se lo dijo a Lloyd cuando empezó a interrogarla. Por alguna razón pensó que era mejor fingir que no se había dado cuenta.

Cualquiera se habría dado cuenta, dijo él. Podríamos habernos intoxicado todos. Pero ¿qué le pasaba? ¿O era eso lo que tenía en mente? ¿Quería probarlo con los niños o con él?

Doree le dijo que si se había vuelto loco.

Lloyd dijo que no era él quien estaba loco ¿Quién sino una mujer loca compraría veneno para su familia?

Los niños se quedaron observando desde la puerta del salón. Esa fue la última vez que Doree los vio con vida.


De modo que ¿eso era lo que Doree estaba pensando, que al final podría hacerle comprender quién de los dos estaba loco?

Cuando se dio cuenta de lo que le pasaba por la cabeza, Doree debería haberse bajado del autobús. Podría haberse bajado incluso ante la verja, con las pocas mujeres que subían lentamente por el camino. Podría haber cruzado la carretera y esperar el autobús para volver a la ciudad. Probablemente había gente que lo hacía. Iban allí de visita y de repente decidían que no. La gente seguramente lo hacía a menudo.

Pero quizá había sido mejor seguir adelante y verlo tan raro y destrozado. No era ya una persona a la que merece la pena culpar de algo. Ni siquiera una persona. Era como un personaje de un sueño.

Doree tenía sueños. En uno de los sueños huía de la casa después de haberlos encontrado y Lloyd se echaba a reír como antes, con su risa fácil. Después oía a Sasha riéndose detrás de ella y entonces caía en la cuenta, encantada, de que todos estaban gastándole una broma.


—¿Me preguntó usted que si me había sentido bien o mal al verlo? ¿La última vez que me lo preguntó?

—Sí —dijo la señora Sands.

—Tuve que pensármelo.

—Sí.

—Llegué a la conclusión de que me sentí mal. Así que no he vuelto.

Con la señora Sands nunca se sabía, pero que asintiera con la cabeza dio a entender cierta satisfacción o aprobación.

Así que cuando Doree decidió volver a pesar de todo, pensó que sería mejor no hablar del asunto. Y como resultaba difícil no hablar de cualquier cosa que le ocurriera —porque la mayoría de las veces era tan poco—, llamó y canceló la cita. Dijo que se iba de vacaciones. Empezaba el verano y las vacaciones eran lo normal. Con una amiga, dijo.


—No llevas la misma chaqueta que la semana pasada.

—No fue la semana pasada.

—¿No?

—Fue hace tres semanas. Ahora hace calor. Esta es más fina, pero la verdad es que no la necesito. No hace falta chaqueta.

Él le preguntó por el viaje, qué autobuses tenía que coger desde Mildmay.

Ella le contó que ya no vivía allí. Le dijo dónde vivía y lo de los tres autobuses.

—Es un buen trecho. ¿Te gusta vivir en un sitio más grande?

—Allí es más fácil encontrar trabajo.

—¿Así que trabajas?

La última vez le había contado dónde vivía, lo de los autobuses, dónde trabajaba.

—Trabajo en un motel, limpiando habitaciones —dijo Doree—. Te lo conté.

—Ah, sí. Se me había olvidado. Perdona. ¿Has pensado en volver a la escuela? ¿A la escuela nocturna?

Doree dijo que sí lo pensaba pero que nunca lo bastante en serio para hacer nada. También que no le importaba trabajar de limpiadora.

Y después se quedaron como si no se les ocurriera nada más que decir.

Lloyd suspiró.

—Perdona —dijo—. Perdona. Supongo que no estoy acostumbrado a una conversación.

—¿Y cómo pasas el tiempo?

—Pues leo. Medito. De todo un poco.

—Ah.

—Te agradezco que vengas. Significa mucho para mí. Pero no pienses que tienes que seguir. O sea, hazlo cuando quieras. Si pasa algo, y si te apetece… Lo que quiero decir es que el solo hecho de que quizá vengas, aunque vinieras una sola vez, es mucho para mí. ¿Me entiendes?

Doree dijo que sí, que eso creía.

Él dijo que no quería entrometerse en su vida.

—No lo haces —contestó ella.

—¿Era eso lo que ibas a decir? Pensaba que ibas a decir otra cosa.

En realidad, Doree había estado a punto de decir: ¿qué vida?

No, en serio, nada más, dijo Doree.

—Bien.


Tres semanas más tarde la llamaron por teléfono. Era la señora Sands, no una de las mujeres de la oficina.

—Ah, Doree. Pensaba que a lo mejor no habías vuelto. De las vacaciones. ¿Así que ya has vuelto?

—Sí —dijo Doree, intentando pensar dónde diría que había estado.

—Pero aún no te ha dado tiempo de concertar otra cita, ¿no?

—No. Todavía no.

—No importa. Solo quería estar segura. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien.

—Estupendo. Ya sabes dónde estoy si me necesitas. Si quieres charlar un rato.

—Sí.

—Bueno, cuídate.

No mencionó a Lloyd, no preguntó si habían continuado las visitas. Bueno, por supuesto, Doree dijo que no habían seguido, pero a la señora Sands normalmente se le daba muy bien percatarse de lo que pasaba. Y también se le daba muy bien callarse cuando comprendía que con preguntar no llegaría a ninguna parte. Doree no sabía qué habría contestado si le hubiera preguntado, si habría dado marcha atrás y habría contado una mentira o si habría soltado la verdad. Lo cierto era que había vuelto el domingo siguiente de que él le dijera, más o menos, que no importaba que fuera a verlo o no.

Lloyd estaba resfriado. No sabía cómo lo había pillado.

A lo mejor ya lo tenía la última vez que la vio y por eso había estado tan taciturno, dijo.

«Taciturno.» Ahora Doree casi nunca se relacionaba con gente que empleara una palabra así, y le pareció raro. Pero Lloyd siempre había tenido la costumbre de utilizar palabras como esa, y por supuesto antes a Doree no le impresionaban tanto como ahora.

—¿Te parezco una persona distinta? —preguntó Lloyd.

—Bueno, eres distinto —dijo Doree con prudencia—. ¿Yo no?

—Tú estás preciosa —dijo él con tristeza.

Doree se ablandó un poco, pero se resistió.

—¿Te sientes distinta? —preguntó Lloyd—. ¿Te sientes una persona distinta?

Ella dijo que no lo sabía.

—¿Y tú?

—Totalmente —dijo él.


Días más tarde, esa misma semana, a Doree le dieron un sobre en el trabajo. Llevaba la dirección del motel e iba dirigido a su atención. Dentro había varias hojas, escritas por las dos caras. Al principio no pensó que fuera de Lloyd; tenía la idea de que en la cárcel no se permitía escribir cartas. Pero claro, él era otra clase de preso. No era un delincuente, era un delincuente psicótico.

En el escrito no había fecha, ni siquiera un «Querida Doree». Empezaba hablándole de tal manera que Doree pensó que sería una especie de invitación religiosa.

La gente anda buscando la solución. Tienen la mente irritada (de tanto buscar). Hay tantas cosas que los zarandean, que les hacen daño… En sus caras se ven todos sus dolores y sus heridas. Están preocupados. Van de un sitio a otro. Tienen que ir de compras y a la lavandería y a cortarse el pelo y ganarse la vida o recoger el cheque del paro. Los pobres tiene que hacer eso y los ricos tienen que buscar con todas sus fuerzas la mejor manera de gastarse el dinero. Eso también es trabajo. Tienen que construir las mejores casas con grifos de oro para el agua caliente y la fría. Y sus Audi y los cepillos de dientes mágicos y todos los artilugios imaginables y las alarmas antirrobo para protegerse de las matanzas y ni (ve) viejos ni jóvenes, pobres o ricos, tienen paz de espíritu. Iba a escribir «vecinos» en lugar de viejos, ¿por qué sería? Aquí no tengo vecinos. Donde estoy al menos la gente ha superado mucha confusión. Saben lo que poseen y siempre poseerán y ni siquiera tienen que comprar la comida ni cocinar. Ni elegirla. Toda posibilidad de elección queda eliminada.

Lo único que podemos conseguir los que estamos aquí es lo que saquemos de nuestra mente.

Al principio en la cabeza solo tenía perturvación (¿se escribe así?). Era una continua tormenta y me daba golpes contra el cementó con la esperanza de librarme de ella. Parar mi sufrimiento y mi vida. Y me impusieron castigos. Me redujeron con una manguera, me ataron y me introdujeron drogas en el torrente sanguíneo. No es que me queje, porque tenía que aprender que de eso no se saca ningún provecho. Ni tampoco hay diferencia con el llamado mundo real, donde la gente bebe, monta escándalos y comete crímenes para eliminar los pensamientos dolorosos. Y muchas veces se los llevan y los encarcelan pero no es suficiente para que salgan al otro lado. ¿Y qué es eso? Es la demencia absoluta o la paz.

La paz. Yo he alcanzado la paz y sigo cuerdo. Supongo que al leer esto pensarás que voy a decir algo de Jesucristo o quizá de Buda como si me hubiera convertido a alguna religión. No. No cierro los ojos y me siento elevado por ningún Poder Superior concreto. La verdad es que no sé qué quieren decir con todo eso. Lo que hago es Conocerme a Mí Mismo. Conócete a Ti Mismo es una especie de Mandamiento de algún sitio, probablemente de la Biblia, así que al menos he seguido el Cristianismo. También Sé Fiel a Ti Mismo, eso lo he intentado si es lo que también está en la Biblia. No dice a qué partes, las buenas o las malas, ser fiel, o sea, que no se trata de una guía de moralidad. Tampoco Conócete a Ti Mismo tiene relación con la moralidad como la entendemos en Conducta. Pero la Conducta en realidad no me preocupa porque me han juzgado correctamente como persona en la que no se puede confiar para que juzgue cómo debería comportarse y esa es la razón por la que estoy aquí.

Volvamos a la parte del Conocer del Conócete a Ti Mismo. Puedo decir con toda seriedad que me conozco a mí mismo y sé lo peor de lo que soy capaz y sé que lo he hecho. El Mundo me considera un Monstruo y no tengo nada en contra de eso, aunque de paso podría decir que a los que sueltan bombas o queman ciudades o matan de hambre o asesinan a cientos de miles de personas normalmente no se los considera Monstruos sino que les llueven medallas y honores, pues solo los actos contra pocas personas se consideran malos y terribles. Lo cual no es una excusa sino una simple observación.

Lo que Conozco de Mí Mismo es mi propia Maldad. Ese es el secreto de mi consuelo. Quiero decir que conozco lo Peor de mí. Puede que sea peor que lo peor de otras personas, pero la verdad es que no tengo que pensar ni preocuparme por eso. No hay excusas. Estoy en paz. ¿Soy un Monstruo? El Mundo dice que sí y si lo dice yo estoy de acuerdo. No obstante, también digo que el Mundo no tiene ningún significado real para mí. Yo soy Yo y no tengo posibilidades de ser otro Yo. Podría decir que entonces estaba loco, pero ¿qué significa eso? Loco. Cuerdo. Yo soy Yo. No podía cambiar mi yo entonces y no puedo cambiarlo ahora.

Doree, si has seguido leyendo hasta aquí, hay algo especial que quiero contarte pero que no puedo escribir. Si tienes pensado volver aquí alguna vez, a lo mejor lo haré. No pienses que soy cruel. No es que no quisiera cambiar las cosas si pudiera, es que no puedo.

Voy a enviarte esto a tu trabajo, pues lo recuerdo y recuerdo el nombre del pueblo, así que mi cerebro funciona bien en algunos aspectos.


Ella pensó que tendrían que hablar de esa carta la próxima vez que se vieran y la leyó varias veces, pero no se le ocurrió nada que decir. De lo que realmente quería hablar era de lo que él decía que no podía poner por escrito. Pero cuando volvió a verlo, él actuó como si no le hubiera escrito nada. Ella, por sacar un tema de conversación, le contó que un cantante de folk, famoso en su momento, se había alojado en el motel. Le sorprendió que él supiera más cosas que ella sobre la trayectoria del cantante. Resulta que tenía televisión, o que al menos podía verla, y solía ver algunos programas y, por supuesto, las noticias. Eso les dio algo más de lo que hablar, hasta que Doree ya no pudo reprimirse más.

—¿Qué es eso que solo puedes contarme personalmente?

Lloyd dijo que ojalá no se lo hubiera preguntado. No sabía si estaban preparados para hablar de ello.

Y entonces a Doree le dio miedo de que fuera algo que no pudiera controlar, algo insufrible, como que él seguía amándola. No soportaba oír la palabra «amor».

—Vale —dijo—. Quizá no lo estamos. —Y añadió—: De todos modos, será mejor que me lo cuentes. Si al salir de aquí me atropellara un coche nunca lo sabría, y tú ya no tendrías otra oportunidad de contármelo.

—Es verdad —dijo él.

—Bueno, ¿qué es?

—El próximo día. El próximo día. A veces no puedo hablar. Quiero hablar, pero me quedo en blanco.

Doree, he estado pensando en tí desde que te marchaste y lamento haberte decepcionado. Cuando estás sentada enfrente de mí me emociono más de lo que quizá demuestro. No tengo derecho a emocionarme delante de ti, puesto que tú tienes más derecho que yo y tú siempre te controlas. Así que voy a invertir lo que dije porque he llegado a la conclusión de que en realidad me cuesta menos escribirte que hablarte.

A ver por dónde empiezo.

El Cielo existe.

Esa es una forma, pero no está bien porque yo nunca he creído en el Cielo y el Infierno, etc. Para mí todo eso eran gilipolleces, así que debe de parecer muy raro que saque a relucir el tema.

De modo que lo único que voy a decir es que he visto a los niños.

Los he visto y he hablado con ellos.

Ya está. ¿Qué piensas en este momento? Estarás pensando: bueno, este está como una auténtica cabra. O: es un sueño y no sabe distinguir un sueño, no entiende la diferencia entre estar dormido y estar despierto. Pero quiero decirte que entiendo la diferencia y que sé que existen. Digo que existen, no que están vivos, porque vivos significa en nuestra misma Dimensión, y no estoy diciendo que estén aquí. La verdad es que creo que no. Aunque existen y debe de ser que hay otra Dimensión o a lo mejor innumerables Dimensiones, pero lo que sé es que yo he llegado a la que están ellos. Posiblemente lo he conseguido porque paso tanto tiempo solo y tengo que pensar y pensar y porque tengo tanto en que pensar. Así que después de este sufrimiento y soledad hay una Gracia que ha visto la manera de darme una recompensa. A mí, precisamente el que menos la merece según el modo de pensar del mundo.

Bueno, si has seguido leyendo hasta aquí y no has roto esto en mil pedazos, querrás saber algo. Cómo están, por ejemplo.

Están bien. Son muy felices y muy listos. No parecen tener ningún recuerdo de nada malo. A lo mejor están un poco mayores que antes pero es difícil saberlo. Parecen comprender a diferentes niveles. Sí. A Dimitri le notas que ha aprendido a hablar, cosa que antes no podía hacer. Están en una habitación que reconozco en parte. Es como nuestra casa pero más espaciosa y bonita. Les pregunté qué tal los cuidaban y se rieron y dijeron algo como que podían cuidarse solos. Creo que fue Sasha quien lo dijo. A veces no hablan por separado, al menos yo no puedo distinguir sus voces, pero sus personalidades son muy claras y debo decir que muy alegres.

Por favor, no llegues a la conclusión de que estoy loco. Ese es el miedo que me impidió contártelo antes. Estuve loco una época pero créeme que me he librado de mi antigua locura como el oso muda el pelaje. O quizá debería decir como la serpiente muda la piel. Sé que si no lo hubiera hecho no se me habría concedido esta capacidad para reconectar con Sasha, Barbara Ann y Dimitri. Ojalá también te la dieran a ti, porque, si es una cuestión de méritos, tú me sacas ventaja. Puede que a ti te cueste más trabajo porque vives mucho más en el mundo que yo, pero al menos puedo darte esta información, la Verdad, y al decirte que los he visto espero que te animes.


Doree se preguntó qué diría o pensaría la señora Sands si le leía esta carta. Naturalmente, la señora Sands tendría cuidado. Procuraría no emitir un veredicto rotundo de locura, sino que encauzaría con cautela y delicadeza a Doree en esa dirección.

O quizá se podría decir que no la encauzaría, sino que despejaría la confusión para que Doree tuviera que enfrentarse con una conclusión a la que parecería haber llegado ella sola. Tendría que quitarse de la cabeza esos disparates peligrosos (así hablaría la señora Sands).

Por eso Doree no quería ni verla.

Doree tenía la certeza de que Lloyd estaba loco. Y en lo que había escrito había indicios de su antigua chulería. Ella no le contestó. Pasaron los días, las semanas. No cambió de opinión, pero siguió guardando en secreto sus escritos. Y de vez en cuando, mientras estaba pulverizando el líquido limpiador en el espejo de un cuarto de baño o estirando una sábana, la embargaba una emoción. Durante casi dos años no se había fijado en las cosas que solían alegrar a la gente, como el buen tiempo o las flores o el olor de una panadería. Aún no experimentaba esa sensación espontánea de felicidad, no la sentía, pero sí había algo que le recordaba cómo era. No tenía nada que ver con el tiempo que hiciera ni con las flores. Era la idea de que los niños estaban en lo que él llamaba su Dimensión lo que se adentraba furtivamente en ella y por primera vez le proporcionaba una sensación de tranquilidad, no de dolor.

Desde que pasó lo que pasó siempre había tenido que librarse de cualquier pensamiento relacionado con los niños, sacárselo inmediatamente de la cabeza como un cuchillo clavado en el cuello. No podía pensar en sus nombres, y si oía un nombre parecido a los de sus hijos, también tenía que arrancárselo. Incluso tenía que echar las voces de los niños, sus chillidos y el chapoteo de sus pies cuando entraban y salían de la piscina del motel por una especie de puerta que ella era capaz de cerrar de golpe para dejar de oír. En cambio ahora tenía un refugio al que podía acudir en cuanto la acechaban esos peligros.

¿Y quién se lo había proporcionado? Desde luego, no la señora Sands, con tantas horas que había pasado ante la mesa con los kleenex discretamente a mano.

Se lo había proporcionado Lloyd. Lloyd, esa persona terrible, esa persona aislada y demente.

Demente, por llamarle de alguna manera. Pero ¿no cabía la posibilidad de que lo que decía fuera verdad, de que hubiera salido al otro lado? ¿Y quién podía asegurar que las visiones de una persona que había hecho tal cosa y tal viaje no significaran algo?

Esa idea se coló en su cerebro y allí se quedó.

Junto al pensamiento de que quizá Lloyd fuera la única persona con quien debería estar. ¿Para qué otra cosa serviría ella en el mundo —le parecía estar diciéndoselo a otra persona, probablemente a la señora Sands—, para qué estaba allí si no era al menos para escucharlo?

No he dicho «perdonar», le contó mentalmente a la señora Sands. Jamás lo diría. Jamás lo haría.

Pero a ver. ¿No me rechazan a mí tanto como a él por lo que pasó? Nadie que lo supiera me querría a su lado. Lo único que hago es recordarle a la gente lo que nadie puede soportar que le recuerden.

Era imposible disfrazarse, francamente. Esa corona de pinchos amarillos daba lástima.


Y un día se vio otra vez en el autobús, por la carretera. Recordó aquellas noches después de la muerte de su madre, cuando se escapaba para ver a Lloyd, mintiéndole a la amiga de su madre, la mujer con quien vivía, sobre adónde iba. Recordaba el nombre de la amiga, el nombre de la amiga de la madre. Laurie.

¿Quién sino Lloyd recordaría ahora los nombres de los niños, o el color de sus ojos? Cuando tenía que hablar de ellos la señora Sands los llamaba «tu familia» y los metía a todos en el mismo saco.

En aquella época, cuando iba a ver a Lloyd, cuando mentía a Laurie, no se sentía culpable; solo tenía una sensación de fatalidad, de sumisión. Tenía la impresión de que la habían puesto en la tierra únicamente para que estuviera con él e intentara comprenderlo.

Pues ya no era así. Ya no era lo mismo.

Iba sentada en el asiento delantero, al otro lado del conductor. Tenía una buena vista por la ventana. Y por eso fue la única pasajera del autobús, la única persona aparte del conductor, que vio una camioneta saliendo de una carretera lateral sin siquiera disminuir la velocidad, que la vio enfrente de ellos al otro lado de la carretera, vacía aquel domingo por la mañana, dar sacudidas y caer en la cuneta. Y la única que vio algo aún más extraño: al conductor de la camioneta volando por los aires de una manera que pareció al mismo tiempo rápida y lenta, absurda y digna. Aterrizó en la grava, junto a la acera.

Los demás pasajeros no sabían por qué el conductor había frenado y había parado de forma tan brusca y desabrida. Al principio lo único que pensó Doree fue: ¿cómo ha salido? El joven o el chaval, que debía de haberse quedado dormido al volante. ¿Cómo había salido volando de la camioneta y se había lanzado con tanta elegancia al aire?

—Ese tipo se nos ha puesto delante —les dijo el conductor a los pasajeros. Intentaba hablar alto, con calma, pero su voz temblaba de asombro, entre el respeto y el temor—. Se ha estrellado contra la cuneta. Continuaremos en cuanto podamos, pero mientras tanto, por favor, no bajen del autobús.

Como si no lo hubiera oído, o como si tuviera un derecho especial a ser útil, Doree bajó detrás del conductor. Él no la reprendió.

—Si será gilipollas… —dijo el conductor mientras cruzaban la carretera. En su voz solo había rabia e indignación—. Gilipollas de chaval. Pero ¿usted ha visto?

El chico estaba tumbado de espaldas, con las piernas y los brazos extendidos, como si hiciera el ángel en la nieve. Sin embargo, a su alrededor había grava, no nieve. No tenía los ojos completamente cerrados. Era muy joven, un niño que había dado el estirón antes de empezar a afeitarse. Posiblemente sin carné de conducir.

El conductor hablaba por teléfono.

—Como a kilómetro y medio de Bayfteld, en la Veintiuno, el lado este de la carretera.

Un hilillo de espuma rosa salía por debajo de la cabeza del chico, junto a la oreja. No parecía sangre, sino la espuma que se retira de las fresas cuando se hace mermelada.

Doree se agachó junto a él. Le puso una mano en el pecho. No se movía. Doree acercó una oreja. Le habían planchado la camisa hacía poco; desprendía ese olor.

No respiraba.

Pero los dedos de Doree encontraron pulso en el cuello terso del chico.

Recordó algo que le habían contado. Se lo había contado Lloyd, por si uno de los niños tenía un accidente y él no estaba. La lengua. La lengua puede impedir la respiración si se ha desplazado al fondo de la garganta. Puso los dedos de una mano sobre la frente del chico y dos dedos de la otra mano bajo la barbilla. Apretar la frente, presionar la barbilla hacia arriba, para despejar la laringe. Una inclinación leve pero firme.

Si seguía sin respirar, Doree tendría que insuflarle aire.

Le pellizca las aletas de la nariz, aspira una bocanada de aire, sella la boca del chico con sus labios y espira. Espirar dos veces y comprobar. Espirar dos veces y comprobar.

Otra voz masculina, no la del conductor. Debía de haberse parado un automovilista. «¿Le pongo esta manta debajo de la cabeza?» Doree negó con un leve movimiento de cabeza. Acababa de recordar otra cosa, que no hay que mover a la víctima para no lesionar la médula espinal. Cubrió la boca del chico. Apretó su piel cálida, lozana. Espiró y esperó. Espiró y volvió a esperar. Y le pareció que una ligera humedad le ascendía a la cara.

El conductor dijo algo pero Doree no podía levantar la vista. Entonces lo notó, sin lugar a dudas: de la boca del chico salía aliento. Extendió una mano sobre la piel del pecho y al principio no sabía si subía o bajaba porque ella estaba temblando.

Sí, sí.

Era aliento de verdad. La laringe estaba abierta. Respiraba él solo. Estaba respirando.

—Póngasela encima —le dijo Doree al hombre de la manta—. Para que no se enfríe.

—¿Está vivo? —preguntó el conductor, inclinándose sobre ella.

Doree asintió. Sus dedos volvieron a encontrar el pulso. La espantosa sustancia rosa había dejado de manar. A lo mejor no era nada importante, no salía del cerebro.

—No puedo retener el autobús para esperarla —dijo el conductor—. Ya vamos con retraso.

El automovilista dijo:

—Está bien. Ya me encargo yo.

Callaos, callaos, habría querido decirles Doree. Le parecía que era necesario que hubiese silencio, que el mundo entero tenía que concentrarse alrededor del cuerpo del chico, ayudarlo a no perder de vista su obligación de respirar.

Tímidos soplidos, pero regulares, una mansa obediencia bajo el pecho. Sigue, sigue.

—¿Lo ha oído? Este hombre dice que se queda a vigilarlo —insistió el conductor—. Los de la ambulancia van a venir lo más rápidamente posible.

—Usted siga —dijo Doree—. Iré con ellos al pueblo y lo alcanzaré a usted cuando vuelva esta noche.

El conductor tuvo que inclinarse para oírla. Doree había hablado con desdén, sin levantar la cabeza, como si su respiración fuera la que estuviera en juego.

—¿Seguro? —dijo el conductor.

Seguro.

—¿No tiene que ir a London?

No.

Fuente: Lecturia

 

 

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