lunes, 23 de marzo de 2026

Bajo el agua negra, cuento de Mariana Enriquez

 

Mariana Enriquez

A continuación, te presento un cuento de Mariana Enriquez, una escritora que ha transformado la literatura y forma parte de la llamada nueva narrativa argentina escrita por mujeres. 

Bajo el agua negra, una fiscal investiga la muerte de dos adolescentes en un barrio marginal atravesado por un río contaminado, en un caso que revela violencia policial, pobreza estructural y abandono estatal. Sin embargo, a medida que avanza en la búsqueda de la verdad, la realidad comienza a volverse inquietante y opresiva, como si el entorno mismo ocultara algo más profundo y perturbador.


En este cuento para adultos, se combina denuncia social y terror para mostrar que la corrupción, la desigualdad y el daño ambiental generan “monstruos” tanto reales como simbólicos. El río contaminado funciona como metáfora de una sociedad que esconde su violencia bajo la superficie, mientras que lo sobrenatural representa aquello reprimido que tarde o temprano emerge. La historia sugiere que cuando una comunidad vive sumergida en la injusticia y el olvido, la realidad puede volverse tan oscura y asfixiante como una pesadilla colectiva.

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Bajo el agua negra

Cuento completo

El policía entró con la mirada alta y arrogante, las muñecas sin esposar, la sonrisa irónica que ella conocía tan bien: toda la actitud de la impunidad y el desprecio. Había visto a muchos así. Había logrado que condenaran a demasiado pocos.

—Siéntese, oficial —le dijo.

La oficina de la fiscal quedaba en un primer piso y la ventana daba a la nada, a un hueco entre edificios. Hacía mucho que pedía un cambio de oficina y de jurisdicción. Odiaba la oscuridad de ese edificio centenario y odiaba todavía más que le tocaran los casos de los empobrecidos barrios del sur, casos donde el crimen siempre estaba mezclado con la desdicha.

El policía se sentó y ella, a disgusto, pidió café para los dos.

—Ya sabe por qué está acá. También sabe que no está obligado a decirme nada. ¿Por qué no vino con su abogado?

—Yo sé defenderme solo y, además, soy inocente.

La fiscal suspiró y jugó con su anillo. ¿Cuántas veces había presenciado la misma escena? ¿Cuántas veces un policía le negaba, en su cara y frente a toda la evidencia, que había asesinado a un adolescente pobre? Porque eso hacían los policías del sur, mucho más que proteger a las personas: matar adolescentes, a veces por brutalidad, otras porque los chicos se negaban a «trabajar» para ellos —a robar para ellos o a vender la droga que la policía incautaba—. O por traicionarlos. Había muchos y muy ruines motivos para matar a adolescentes pobres.

—Oficial, está su voz grabada. ¿Quiere escuchar la grabación?

—No digo nada ahí.

—No dice nada. La escuchamos, entonces.

Tenía el archivo de audio en la computadora y lo abrió. Por los parlantes se escuchó la voz del policía: «Asunto solucionado, aprendieron a nadar.»

—¿Y eso qué demuestra? —preguntó el policía, después de un breve resoplido.

—Por la hora y el contenido, demuestra que usted al menos sabía que dos jóvenes habían sido arrojados al Riachuelo.

La fiscal Pinat llevaba dos meses investigando el caso. Después de haber sobornado a policías para que hablaran, después de amenazas y tardes de furia provocadas por la incompetencia del juez y de los fiscales anteriores, había llegado a una versión de los hechos en la que coincidían las pocas declaraciones final y formalmente obtenidas: Emanuel López y Yamil Corvalán, los dos de quince años, volvían de bailar en Constitución a sus casas en la Villa Moreno, a orillas del Riachuelo. Volvían caminando porque no tenían dinero para el colectivo. Los interceptaron dos agentes de la comisaría 34 y los acusaron de intentar robar un quiosco: Yamil llevaba encima un cuchillo, pero nunca se comprobó ese intento de asalto, no había ninguna denuncia. Los policías estaban borrachos. Golpearon a los adolescentes a orillas del Riachuelo hasta dejarlos casi inconscientes. Después, los subieron a patadas por las escaleras de cemento hasta el mirador del puente que cruzaba el Riachuelo y los empujaron al agua. «Asunto solucionado, aprendieron a nadar», había dicho por la radio el oficial Cuesta, uno de los dos acusados, el que ahora estaba en su oficina. El imbécil no había ordenado borrar la conversación: a eso también estaba acostumbrada por todos sus años de fiscal, a la combinación imposible de brutalidad y estupidez de la policía.

El cuerpo de Yamil Corvalán apareció a un kilómetro del puente. A esa altura, el Riachuelo no tiene casi corriente, está quieto y muerto, con su aceite y sus restos de plástico y químicos pesados, el gran tacho de basura de la ciudad. La autopsia estableció que el chico había intentado nadar entre la grasa negra. Había muerto ahogado cuando los brazos no soportaron más el esfuerzo. La policía había intentado sostener durante meses la tesis de la muerte accidental del adolescente, pero una mujer había escuchado los gritos esa noche: «Me tiraron, ayuda, me muero», gritaba el chico mientras se ahogaba. La mujer no había intentado ayudarlo. Sabía que era imposible sacarlo del agua, salvo con un bote, y ella no tenía bote, ninguno de sus vecinos tenía.

El cuerpo de Emanuel no había aparecido. Pero sus padres aseguraban que esa noche había salido con Yamil. Y en la orilla sí habían aparecido sus zapatillas, inconfundibles porque eran un modelo caro, de importación, que seguramente había robado poco antes; zapatillas que esa noche se había puesto para impresionar a las chicas en el boliche bailable. Su madre las había reconocido de inmediato. Su madre también había dicho que los oficiales Cuesta y Suárez andaban persiguiendo a su hijo, aunque ella no sabía por qué. La fiscal la había interrogado en esa misma oficina la semana de la desaparición del adolescente. La mujer había llorado, lloraba y decía que su hijo era un buen chico, aunque sí, a veces robaba y de vez en cuando se drogaba, pero era porque el padre se había ido y eran muy pobres y el chico quería cosas, zapatillas y un iPhone y todo lo que veía en la televisión. Y que no se merecía morir así, ahogado, porque unos policías se querían reír de él, reírse mientras él intentaba nadar en el agua contaminada.

No, claro que no se lo merecía, le dijo ella.

—Yo no tiré a nadie al agua, señora fiscal. Y no le voy a decir más nada.

—Como usted quiera. Ésta era su oportunidad de llegar a algún tipo de arreglo que, eventualmente, podría disminuir su condena. Necesitamos saber dónde está ese cuerpo, y si nos diera esa información, a lo mejor podría, no sé, ir a una cárcel pequeña o al pabellón de los evangelistas. Usted sabe que no es lo mismo estar encerrado con los evangelistas que con la población común.

El policía se rió; se reía de ella, se reía de los chicos muertos.

—¿Usted se piensa que me van a dar mucho tiempo por esto?

—Yo voy a intentar que no salga más.

La fiscal estaba a punto de perder la calma. Apretaba los puños. Por un momento, miró a los ojos al policía y él le dijo, muy claro, con una voz distinta, más seria, sin un jirón de ironía:

—Ojalá toda esa villa se prenda fuego. O se ahoguen todos. Ustedes no tienen idea de lo que pasa ahí adentro. Ni idea tienen.

Ella alguna idea tenía. Hacía ocho años que Marina Pinat era fiscal. Había visitado la villa varias veces aunque su trabajo no lo requería —podía investigar desde su escritorio, como hacían todos sus colegas, pero ella prefería conocer a la gente sobre la que leía en los expedientes—. Menos de un año atrás, su investigación había ayudado a que un grupo de familias que vivía cerca de una curtiembre le ganara un juicio a la fábrica de cuero que echaba cromo y otros desechos tóxicos al agua. Había sido un extenso y complejo juicio penal por daños: los hijos de las familias que vivían cerca de esa agua, que la tomaban, aunque sus madres intentaran quitarle el veneno hirviéndola, se enfermaban, morían de cáncer en tres meses, horribles erupciones en la piel les destrozaban brazos y piernas. Y algunos, los más chicos, habían empezado a nacer con malformaciones. Brazos de más (a veces hasta cuatro), las narices anchas como las de felinos, los ojos ciegos y cerca de las sienes. No recordaba el nombre que los médicos, algo confundidos, le habían dado a ese defecto de nacimiento. Recordaba que uno de ellos lo había llamado «mutaciones».

Durante esa investigación había conocido al cura de la villa, el padre Francisco, un joven párroco que no usaba siquiera el cuello identificatorio. Nadie iba a la iglesia, le había contado. Él tenía un comedor para los chicos de familias demasiado pobres y ayudaba en lo que podía, pero había renunciado a cualquier trabajo pastoral. Quedaban pocos fieles, algunas mujeres viejas. La mayoría de los habitantes de la villa eran devotas de cultos afrobrasileños o tenían sus propias devociones, santos personales, San Jorge o San Expedito, y les levantaban pequeños altares en las esquinas. No está mal, decía él, pero ya no daba más misa, salvo para ese puñado de mujeres viejas que a veces se lo pedían. A Marina le había parecido que, detrás de la sonrisa, la barba, el pelo largo, el aspecto de militante revolucionario de los años setenta, el cura joven y bienintencionado estaba cansado, cargado de una oscura desesperanza.

Cuando el policía salió dando un portazo, el secretario de la fiscal tardó unos minutos en golpear la puerta para anunciar que tenía a alguien más esperando.

—Hoy no, querido —dijo la fiscal. Había quedado agotada y furiosa, como siempre que tenía que hablar con policías.

El secretario dijo que no con la cabeza e imploró con los ojos.

—Por favor, atendela, Marina. No sabés…

—Pero que sea la última.

El secretario asintió y agradeció con la mirada. Marina ya estaba pensando en qué comprar para cocinar esa noche o en si iba a tener ganas de salir a comer a un restaurante. Su auto estaba en el mecánico, pero podía usar la bicicleta; las noches eran frescas y hermosas en esa época del año: quería salir de la oficina, quería llamar a algún amigo para invitarle una cerveza, quería que se terminara ese día y esa investigación y que apareciera el cuerpo del chico de una buena vez.

Mientras guardaba las llaves, los cigarrillos y algunos papeles en la cartera para salir rápido, entró en el despacho una adolescente embarazada, horriblemente flaca, que no quiso decirle su nombre. Marina sacó una Coca-Cola de la pequeña heladera que tenía bajo el escritorio y le dijo: «Te escucho.»

—El Emanuel está en la villa —dijo la chica mientras tomaba la gaseosa a sorbos largos.

—¿De cuánto estás? —quiso saber Marina, y señaló con el dedo el vientre de la chica. .

—No sé.

Claro que no sabía. Le calculó unos seis meses de embarazo. La chica tenía las puntas de los dedos quemadas, manchadas con el amarillo químico de la pipa de paco. El bebé, si nacía vivo, iba a nacer enfermo, deforme o adicto.

—¿De dónde lo conocés a Emanuel?

—Lo conocemos todos, la familia es conocida en la Moreno. Yo fui al entierro y el Emanuel fue medio novio de mi hermana.

—¿Y tu hermana dónde está, ella también lo reconoció?

—No, mi hermana no vive más allá.

—Bueno. ¿Y entonces?

—Algunos dicen que salió del agua el Emanuel.

—¿Salió la noche que lo tiraron?

—No, por eso vine. Salió hace un par de semanas. Volvió hace repoco.

Marina sintió un escalofrío. La chica tenía las pupilas dilatadas de los adictos y los ojos, en la media luz de la oficina, parecían completamente negros, como los de un insecto carroñero.

—¿Cómo que volvió? ¿Se había ido a algún lado?

La chica la miró como si ella fuera estúpida y la voz se le puso más gruesa, conteniendo la risa.

—¡No! A ningún lado se fue. Volvió del agua. Siempre estuvo en el agua.

—Me estás mintiendo.

—No. Le vengo a contar porque tiene que saber. El Emanuel la quiere conocer.

Trató de no pensar en cómo movía la chica los dedos manchados por la pipa tóxica, los cruzaba como si no tuvieran articulaciones, como si fueran extraordinariamente blandos. ¿Sería ella una de las chicas de formes, defectuosas de nacimiento por culpa del agua contaminada? Era demasiado grande de edad. ¿La deformidad venía ocurriendo desde cuándo, entonces? Todo era posible.

—¿Y ahora dónde está Emanuel?

—Se metió en una de las casas de la parte de atrás de las vías y vive ahí, con sus amigos. ¿Ahora me va a dar plata? Me dijeron que me iba a dar plata.

La tuvo un rato más en la oficina, pero no pudo sacarle mucho. Emanuel López había emergido del Riachuelo, decía, la gente lo había visto caminar por los pasillos laberínticos de la villa, y algunos habían corrido muertos de miedo cuando se lo cruzaron. Decían que caminaba lento y que apestaba. La madre no había querido recibirlo. Eso sorprendió a Marina. Y se había metido en una de las casas abandonadas del fondo de la villa, las que estaban detrás de las vías del tren abandonadas. La chica le arrancó el billete de las manos cuando Marina le pagó por el testimonio. La avidez había tranquilizado a la fiscal. Creía que la chica mentía. Seguramente la había enviado algún policía amigo de los asesinos —o ellos mismos, que de todos modos tenían prisión domiciliaria, que no cumplían—. Si uno de los dos chicos resultaba estar vivo, la causa podía derrumbarse. Los policías acusados habían contado a muchos de sus compañeros cómo torturaban a jóvenes ladrones haciéndolos «nadar» en el Riachuelo. Algunos de esos compañeros habían relatado esas conversaciones, esos alardeos, después de meses de negociaciones y grandes cantidades de dinero para pagar la información. El crimen estaba comprobado, pero un muerto que resultaba estar vivo era un crimen menos y una sombra de duda sobre toda la investigación.

Esa noche, Marina volvió a su departamento inquieta después de una cena rápida y nada estimulante en un restaurante nuevo que tenía buena prensa pero pésimo servicio. La razón le decía que la chica embarazada sólo estaba buscando dinero, pero había algo en la historia que sonaba extrañamente real, como una pesadilla vívida. Durmió mal, pensando en la mano del chico muerto pero vivo tocando la orilla, en el nadador fantasma que volvía meses después de ser asesinado. Soñó que de esa mano se caían los dedos cuando el chico se sacudía la mugre después de emerger y se despertó con la nariz chorreando olor a carne muerta y un miedo horrible a encontrar esos dedos hinchados e infecciosos entre las sábanas.

Esperó la madrugada para intentar comunicarse con alguien de la villa: la madre de Emanuel, el cura Francisco. Nadie le atendía el teléfono. No era raro: los celulares funcionaban mal en la ciudad y peor todavía en la villa. Se alarmó porque nadie atendía en el comedor del cura ni en la sala de primeros auxilios. Eso sí era más extraño: esos lugares tenían línea fija. ¿Se habrían cortado después de la última tormenta?

Continuó tratando de comunicarse todo el día. No lo logró. Esa noche, después de una tarde de cancelaciones —le había dicho a su secretario que le dolía la cabeza, que iba a dedicarse a leer expedientes, y él, siempre obediente, había suspendido todas las reuniones y audiencias—, decidió, mientras cocinaba espaguetis, que al día siguiente iba a ir a la villa.

Nada había cambiado desde su última vez en ese sur de la ciudad, en la avenida desolada que desembocaba en el Puente Moreno. Buenos Aires se iba deshaciendo en comercios abandonados, ventanas tapiadas con ladrillos para evitar que las casas fueran tomadas, carteles oxidados que coronaban edificios de los años setenta. Todavía quedaban tiendas de ropa, carnicerías sospechosas y la iglesia, que ella recordaba cerrada y que ahora, cuando la veía desde el taxi, seguía cerrada, pero con un candado adicional para mayor seguridad. La avenida, lo sabía, era la zona muerta, el lugar más vacío del barrio. Detrás de esas fachadas, que eran mascarones, vivían los pobres de la ciudad. Y en las dos orillas del Riachuelo miles de personas habían construido sus casas en los terrenos vacíos, desde precarios ranchos de chapa hasta muy decentes departamentos de cemento y ladrillos. Desde el puente se podía ver la extensión del caserío: rodeaba el río negro y quieto, lo bordeaba y se perdía de vista donde el agua formaba un codo y se iba en la distancia, junto a las chimeneas de fábricas abandonadas. Hacía años, también, que se hablaba de limpiar el Riachuelo, ese brazo del Río de la Plata que se metía en la ciudad y luego se alejaba hacia el sur, elegido durante un siglo para arrojar desechos de todo tipo, pero, sobre todo, de vacas. Cada vez que se acercaba al Riachuelo, la fiscal recordaba las historias que contaba su padre, trabajador durante un tiempo muy corto de los frigoríficos orilleros: cómo tiraban al agua los restos de carne y huesos y la mugre que traía el animal desde el campo, la mierda, el pasto pegoteado. «El agua se ponía roja», decía. «A la gente le daba miedo.»

También le explicaba que ese olor del Riachuelo, profundo y podrido, que con cierto viento y la humedad constante de la ciudad podía flotar en el aire durante días, lo causaba la falta de oxígeno del agua. La anoxia, le decía él. La materia orgánica se come el oxígeno de los líquidos, decía con su gesto pomposo de profesor de química. Ella nunca había entendido las fórmulas, que a su padre le parecían sencillas y apasionantes, pero no podía olvidarse de que el río negro que bordeaba la ciudad básicamente estaba muerto, en descomposición: no podía respirar. Era el río más contaminado del mundo, aseguraban los expertos. Quizá hubiese alguno en China con el mismo grado de toxicidad: el único lugar del mundo comparable. Pero China era el país más industrializado del mundo: Argentina había contaminado ese río que rodeaba la capital, que hubiese podido ser un paseo hermoso, casi sin necesidad, casi por gusto.

Que a sus orillas se hubiese construido ese caserío, la Villa Moreno, deprimía a Marina. Sólo gente muy desesperada se iba a vivir ahí, al lado de esa fetidez peligrosa y deliberada.

—Hasta acá llego, señora.

La voz del chofer del taxi la sorprendió.

—Faltan trescientos metros hasta donde me tiene que llevar —le contestó, distante, seca, con la impostación de voz que usaba para dirigirse a abogados y policías.

El hombre dijo que no con la cabeza y apagó el motor del coche.

—No me puede obligar a entrar en la villa. Le pido que se baje acá. ¿Usted va a entrar sola?

El chofer sonaba asustado, sinceramente asustado. Sí, le dijo ella. Había intentado, era cierto, convencer al abogado de los chicos muertos de que la acompañase, pero él tenía compromisos impostergables. «Sos loca, Marina», le había dicho. «Te acompaño mañana, hoy no puedo.» Y ella se había ofuscado, ¿de qué tenía miedo, después de todo? Había ido varias veces a la villa. Era pleno día. Mucha gente la conocía: no iban a tocarla.

Amenazó al chofer con denunciar su comportamiento a los dueños de la empresa de taxis, el escándalo que suponía dejar a pie y en esa zona a una funcionaria del Poder Judicial. Al hombre no se le movió un pelo y ella esperaba esa falta de reacción. Nadie se acercaba a la villa del Puente Moreno a menos que fuese necesario. Era un lugar peligroso. Ella misma había abandonado los trajecitos sastre que llevaba siempre en la oficina y el juzgado y había elegido jeans, una remera oscura y nada en los bolsillos, salvo el dinero para volver y el teléfono, tanto para comunicarse con sus contactos en el interior de la villa como para tener algo valioso que entregar en caso de que la asaltaran. Y el arma, claro, que tenía licencia para usar, bajo la remera, discretamente oculta, pero no tanto como para que no se reconociera la silueta de la culata y el cañón recortada en su espalda.

Podía entrar en la villa bajando el terraplén a la izquierda del puente, al lado de un edificio abandonado que, raro, nadie había decidido ocupar y se pudría carcomido de humedad, con sus viejos carteles que anunciaban masajes, tarot, contadores, préstamos. Pero antes decidió subir al puente: quería ver y tocar el último lugar que habían visto Emanuel y Yamil, los chicos asesinados por la policía.

Las escaleras de cemento estaban sucias, apestaban a orín y a comida abandonada, pero ella las subió casi corriendo. A los cuarenta años, Marina Pinat estaba bien entrenada, trotaba todas las mañanas, los empleados de tribunales decían, en voz baja, que para su edad estaba «bien conservada». Ella detestaba esos murmullos, no la halagaban, la ofendían: no quería ser bella; quería ser fuerte, acerada.

Llegó a la plataforma desde la que habían sido arrojados los chicos. Miró el río negro aturdida y no pudo imaginarse caer desde ahí arriba hacia el agua quieta ni por qué los automovilistas que pasaban a sus espaldas en ráfagas no habían visto nada.

Bajó y volvió a la villa por el terraplén del edificio abandonado. Ni bien pisó la calle de entrada, la desconcertó la quietud. La villa estaba terriblemente silenciosa. Ese silencio era imposible. La villa, cualquier villa, incluso ésta, a la que apenas se le atrevían los asistentes sociales más idealistas —o más ingenuos—, esta villa abandonada por el Estado y favorita de delincuentes que necesitaban esconderse, incluso este lugar peligroso y evitado, tenía muchos y agradables sonidos. Siempre era así. Las diferentes músicas confundidas: la lenta y sensual cumbia villera, esa mezcla chillona de reggae con ritmo caribeño; la siempre presente cumbia santafesina, con sus letras románticas y a veces violentas; las motos con los caños de escape cortados para que produjeran rugidos al arrancar; la gente que venía y compraba y caminaba y hablaba. Las infaltables parrillas con sus chorizos, anticuchos, pollos a las brasas. Las villas hormigueaban de gente, de chicos corriendo, de jóvenes con sus gorritas que tomaban cerveza, de perros.

La villa del Puente Moreno, sin embargo, ahora estaba tan muerta como el agua del Riachuelo.

Marina sacó el teléfono del bolsillo de atrás y tuvo la sensación de que la observaban desde los pasillos oscurecidos por los cables de luz y la ropa colgada. Todas las persianas estaban bajas, al menos en esa calle al borde del agua. Había llovido y trató de no pisar los charcos para no embarrarse mientras caminaba; nunca podía quedarse quieta cuando hablaba por teléfono.

El padre Francisco no le contestó. Tampoco la madre de Emanuel. Creía poder llegar hasta la pequeña iglesia sin guía, recordaba el camino. Estaba cerca de la entrada, como la mayoría de las parroquias. En el corto camino también le extrañó la total falta de los santos populares, los Gauchito Gil, las Iemanjá, incluso algunas vírgenes que solían tener pequeños altares.

Reconoció la casita pintada de amarillo que quedaba en la esquina de la villa, y saber que no estaba perdida la tranquilizó. Pero, antes de doblar por esa esquina, escuchó pasos débiles que chapoteaban, alguien que corría detrás de ella. Se dio vuelta. Era uno de los chicos deformes. Lo reconoció de inmediato, cómo no distinguirlos. Con el tiempo, esa cara que de bebés había sido fea se había vuelto todavía más horrible: la nariz muy ancha, como la de un felino, y los ojos muy separados, cerca de las sienes. El chico abrió la boca, para llamarla quizá: no tenía dientes.

Tenía un cuerpo de ocho o diez años y ni un solo diente.

El chico se le acercó y, cuando estuvo a su lado, ella pudo ver cómo se habían desarrollado los demás defectos: los dedos tenían ventosas y eran delgados como colas de calamar (¿o eran patas? Siempre dudaba de cómo llamarlas). El chico no se detuvo a su lado. Siguió caminando hasta la parroquia, como si la guiara.

La parroquia parecía abandonada. Siempre había sido una casa modesta, pintada de blanco, y la única indicación de que se trataba de una iglesia era la cruz de metal sobre el techo, que seguía ahí, aunque ahora estaba pintada de amarillo y alguien la había decorado con una corona de flores amarillas y blancas; de lejos parecían margaritas. Pero las paredes de la iglesia ya no estaban limpias. Estaban cubiertas de grafitis. De cerca, Marina pudo ver que eran letras, pero sin sentido, no formaban palabras: YAINGNGAHYOGSOTHOTHHEELGEBFAITHRODOG . La secuencia de letras, notó, siempre era la misma, pero seguía sin tener sentido para ella. El chico deforme abrió la puerta de la iglesia y Marina acomodó el arma para que le quedara al costado del cuerpo y entró.

El edificio ya no era una iglesia. Nunca había tenido bancos de madera ni un altar formal, apenas sillas y una mesa desde donde el cura Francisco daba las esporádicas misas. Pero ahora estaba completamente vacío, con las paredes sucias de grafitis que replicaban las letras del exterior: YAINGNGAHYOGSOTHOTHHEELGEBFAITHRODOG . El crucifijo había desaparecido, lo mismo que las imágenes del sagrado corazón de Jesús y la Virgen de Luján.

En el lugar del altar había un palo, clavado en una modesta maceta de metal. Y, clavada en el palo, una cabeza de vaca. El ídolo —porque eso era, se dio cuenta Marina— debía ser reciente, porque no había olor a carne podrida en la iglesia. Esa cabeza estaba fresca.

—No tendrías que haber venido. —Escuchó la voz del cura. Había entrado detrás de ella. Verlo le confirmó que algo andaba horriblemente mal. El cura estaba demacrado y sucio, con la barba demasiado crecida y el pelo tan grasoso que parecía mojado, pero lo más impactante era que estaba borracho y el olor a alcohol le salía por los poros; cuando entró en la iglesia fue como si derramara una botella de whisky sobre el suelo mugriento.

—No tendrías que haber venido —repitió, y se resbaló. Marina distinguió entonces las gotas de sangre fresca que iban desde la puerta hasta la cabeza de la vaca.

—¿Qué es esto, Francisco?

El cura tardó en contestarle. Pero el chico deforme, que se había quedado en un rincón de lo que había sido la iglesia, dijo:

—En su casa el muerto espera soñando.

—¡Es todo lo que dicen estos retrasados! —gritó el cura, y Marina, que le había extendido el brazo para ayudarlo a levantarse del suelo, retrocedió—. ¡Inmundos retrasados infectos! ¿Te mandaron a la puta embarazada de ellos y fue suficiente para convencerte de que vinieras? No te creía tan estúpida.

Lejos, Marina escuchó tambores. La murga, pensó aliviada. Era febrero. Claro. Eso pasaba. La gente se había ido a practicar para la murga de carnaval, o a lo mejor estaba ya festejando los carnavales en la cancha de fútbol que quedaba cerca de las vías.

(Se metió en una de las casas de la parte de atrás de las vías y vive ahí, con sus amigos. ¿Y cómo sabía el cura sobre la chica embarazada?)

Era la murga, estaba segura. La villa tenía una murga tradicional y siempre festejaban el carnaval. Era un poco temprano, pero era posible. Y la cabeza de vaca sería el regalo intimidante de alguno de los traficantes de la villa, que odiaban al cura Francisco porque él solía denunciarlos o intentaba recuperar a los chicos adictos, lo que significaba quitarles clientes y empleados.

—Tenés que salir de acá, Francisco —le dijo.

El cura se rió.

—Lo intenté, ¡lo intenté! Pero no se puede salir. Vos no vas a salir tampoco. Ese chico despertó lo que dormía debajo del agua. ¿No los escuchás? ¿No escuchás los tambores de ese culto de muertos?

—Es la murga.

—¿La murga? ¿Te suena a murga?

—Estás borracho. ¿Cómo sabías de la chica embarazada?

—Eso no es ninguna murga.

El cura se paró e intentó encender un cigarrillo.

—Durante años pensé que este río podrido era parte de nuestra idiosincrasia, ¿entendés? Nunca pensar en el futuro, bah, tiremos toda la mugre acá, ¡se la va a llevar el río! Nunca pensar en las consecuencias, mejor dicho. Un país de irresponsables. Pero ahora pienso diferente, Marina. Fueron muy responsables todos los que contaminaron este río. Estaban tapando algo, ¡no querían dejarlo salir y lo cubrieron de capas de aceite y barro! ¡Hasta llenaron el río de barcos! ¡Los dejaron estancados ahí! .

—De qué estás hablando.

—No te hagas la estúpida. Nunca fuiste estúpida. Los policías empezaron a tirar gente al agua porque ellos sí son estúpidos. Y la mayoría de los que tiraron se murieron, pero varios lo encontraron. ¿Sabés qué viene acá? La mierda de las casas, toda la mugre de los desagües, ¡todo! Capas y capas de mugre para mantenerlo muerto o dormido: es lo mismo, creo que es lo mismo el sueño y la muerte. Y funcionaba hasta que empezaron a hacer lo impensable: nadar bajo el agua negra. Y lo despertaron. ¿Sabés qué quiere decir «Emanuel»? Quiere decir «Dios está con nosotros». De qué Dios estamos hablando es el problema.

—De qué estás hablando vos es el problema. Vamos, te voy a sacar de acá.

El cura se empezó a restregar los ojos con tanta fuerza que Marina tuvo miedo de que se reventara las córneas. El chico deforme, ciego, se había dado vuelta y ahora estaba de espaldas, la frente contra la pared.

—Me lo pusieron como vigilante. Es hijo de ellos.

Marina intentó comprender lo que sucedía en realidad: el cura, acosado por quienes lo odiaban en la villa, había perdido la cabeza. El chico deforme, seguramente abandonado por su familia, lo seguía a todos lados porque no tenía a nadie más. La gente de la villa había llevado su música y sus parrillas a los festejos de carnaval. Todo era espantoso, pero no era imposible. No había ningún chico muerto que vivía, no había ningún culto de muertos.

(Y por qué no había imágenes religiosas y por qué el cura había hablado de Emanuel sin que ella siquiera se lo preguntara.).

No importa. Nos vamos, pensó Marina, y agarró al cura del brazo, lo obligó a apoyarse en ella para que pudiera caminar; estaba demasiado borracho para salir solo. Fue un error. No tuvo tiempo de darse cuenta: el cura estaba borracho, pero el movimiento para robarle el arma fue sorpresivamente rápido y preciso. Ella no pudo ni forcejear, tampoco alcanzó a ver que el chico deforme se había dado vuelta y gritaba mudo, abría la boca y gritaba sin sonido.

El cura le apuntaba. Ella miró alrededor, el corazón destrozándole las costillas, la boca seca. No podía escapar; él estaba borracho, podía errar, pero no en un espacio tan chico. Empezó a rogar, él la interrumpió.

—No quiero matarte. Quiero darte las gracias.

Y entonces dejó de apuntarle, bajó el arma y con un movimiento enérgico volvió a subirla, se la metió en la boca y disparó.

El ruido dejó sorda a Marina; el cerebro del cura ahora cubría parte de las letras sin sentido y el chico repetía «en su casa el muerto espera soñando», aunque no podía pronunciar las erres y decía «muelto» y «espela». Marina no intentó ayudar al cura: no había ninguna posibilidad de que sobreviviera a ese disparo. Le sacó el arma de la mano y no pudo evitar pensar que tenía sus huellas por todos lados, podían acusarla de haberlo matado. Cura de mierda, villa de mierda, ¿por qué estaba ahí? ¿Para demostrar qué, a quién? El arma le temblaba en la mano, que ahora estaba manchada de sangre. No sabía cómo iba a volver a su casa con las manos ensangrentadas. Tenía que buscar agua limpia.

Cuando salió de la iglesia, se dio cuenta de que estaba llorando y de que la villa ya no estaba vacía. La sordera posterior al disparo la había hecho creer que los tambores seguían lejos, pero estaba equivocada. La murga pasaba frente a la parroquia. Ahora estaba claro que no era una murga. Era una procesión. Una fila de gente que tocaba los tambores murgueros, con sus redoblantes tan ruidosos, encabezada por los chicos deformes con sus brazos delgados y los dedos de molusco, seguida por las mujeres, la mayoría gordas, con el cuerpo desfigurado de los alimentados casi únicamente a base de carbohidratos. Había algunos hombres, pocos, y Marina distinguió entre ellos a algunos policías que conocía: hasta creyó ver a Suárez, con su pelo oscuro engominado y el uniforme puesto, escapado de su arresto domiciliario.

Detrás de ellos iba el ídolo que cargaban sobre una cama. Era eso, una cama, con su colchón. Marina no alcanzaba a distinguirlo: estaba recostado. Tenía tamaño humano. Había visto alguna vez algo parecido en procesiones de semana santa, efigies de Jesús recién bajado de la cruz, ensangrentado sobre lienzos blancos, mezcla de cama y ataúd.

Se acercó a la procesión aunque todo le decía que debía correr para el lado contrario de donde ellos fueran: pero quería ver al que yacía en la cama.

El muerto espera soñando .

Entre la gente, que iba silenciosa, el único sonido eran los tambores. Intentó acercarse al ídolo, estiró el cuello, pero la cama estaba muy alta, inexplicablemente alta. Una mujer la empujó cuando intentó llegar demasiado cerca y Marina la reconoció: era la madre de Emanuel. Trató de retenerla pero la mujer murmuró algo sobre los barcos y el fondo oscuro del río, donde estaba la casa, y se sacó de encima a Marina de un cabezazo justo cuando los procesantes empezaron a gritar «yo, yo, yo» y lo que llevaban sobre la cama se movió un poco, suficiente para que uno de sus brazos grises cayera al costado de la cama, como el brazo de alguien muy enfermo, y Marina recordó los dedos de su sueño que se caían de la mano podrida y recién entonces corrió, con el arma entre las manos, corrió rezando en voz baja como no hacía desde la infancia, corrió entre las casas precarias, por los pasillos laberínticos, buscando el terraplén, la orilla, tratando de ignorar que el agua negra parecía agitada, porque no podía estar agitada, porque esa agua no respiraba, el agua estaba muerta, no podía besar las orillas con olas, no podía agitarse con el viento, no podía tener esos remolinos ni la corriente ni la crecida, cómo era posible una crecida si el agua estaba estancada. Marina corrió hacia el puente y no miró atrás y se tapó los oídos con las manos ensangrentadas para bloquear el ruido de los tambores.

Fuente: Revista Orsai


Otros cuentos

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domingo, 22 de marzo de 2026

Dos cuentos breves de Sara Gallardo

 

Sara Gallardo

A continuación, te presento dos cuentos de Sara Gallardo considerada como autora de culto: El hombre en la araucaria y Reflejo sobre el agua. También puedes escucharlo en formato audiocuento en Youtube y Spotify.

En El hombre en la araucaria y Reflejo sobre el agua, de Sara Gallardo, los personajes viven experiencias que los separan del mundo cotidiano, pero no por la simple búsqueda de un ideal, sino por una relación profunda y conflictiva con la realidad. Mientras en el primer relato el protagonista persigue un impulso que lo lleva a desafiar los límites de lo posible, en Reflejo sobre el agua Elvira Cabrini atraviesa una pérdida más íntima y espiritual: deja de percibir el resplandor del mundo y queda atrapada en una existencia vacía de sentido. Ambos cuentos exploran la fragilidad de la experiencia humana y la necesidad de encontrar una forma de trascendencia, mostrando que el asombro, la emoción y la esperanza son los que otorgan significado a la vida, incluso frente al dolor, el paso del tiempo y la cercanía de la muerte.

Cuentos completos de Sara Gallardo

El hombre en la araucaria 

Un hombre pasó veinte años haciéndose un par de alas. En 1924 las estrenó, de madrugada. Su temor principal era la policía. Anduvieron, con un vaivén bastante lento. No lo subían más de doce metros, la altura de una araucaria de la plaza San Martín. El hombre abandonó a su mujer y sus hijos para pasar más horas sobre el árbol. Era empleado en una compañía de seguros. Se instaló en una pensión. Cada medianoche ponía aceite para máquinas de coser en las alas, y marchaba a la plaza. Las llevaba en un estuche de violoncello. Bastante cómodo, tenía un nido sobre el árbol. Hasta con almohadones. De noche la vida en la plaza es extraordinariamente compleja, pero él nunca se molestó en enterarse. Le bastaban los follajes, las casas oscuras, y sobre todo las estrellas. Las noches de luna eran las mejores. Nuestro mal es no aceptar el límite. Se le puso pasar un día entero en el nido. Fue en un feriado de la compañía. Salió el sol. Nada como el amanecer entre las copas de los árboles. Muy alta, una banda de pájaros pasó dejando la ciudad a sus pies. Los contempló con una especie de mareo, con lágrimas. Eso había soñado los veinte años que puso en fabricar sus alas. No en una araucaria. Los bendijo. Se le fue el corazón tras ellos. Una sirvienta abrió los postigos en casa de una vieja insomne. Vio al hombre en su nido. La vieja llamó a la policía y a los bomberos. Con altavoces, con escaleras, lo rodearon. Tardó en notarlo, se calzó las alas, se puso de pie.

Los autos frenaron. La gente se juntó. Se abrieron las ventanas. Vio a sus hijos, con delantales de colegio. A su mujer, con la bolsa del mercado. A la sirvienta y a la vieja abrazadas. Las alas funcionaron, despacio. Rozó ramas. Pero perdió altura. Bajó hasta el monumento. Saltó. Se enhorquetó en ancas del caballo. Tomó de la cintura al general San Martín. Sonreía. Un policía disparó un tiro. Quedó sobre el caballo un zapato enganchado. Pero pudo volar. Lento, avanzó, apenas más alto que las cabezas de los que estaban en la plaza, y nadie respiró observándolo. Llegó a la torre de los ingleses, el viento lo ayudó hacia el sur. Vive entre las chimeneas de una fábrica. Es viejo y come chocolate

 

Reflejo Sobre el Agua

Elvira Cabrino, cabellera blanca. Ochenta años. El mundo era para ella como un paisaje que se refleja sobre un agua de oro. Cada cosa temblaba en la gloria del reflejo.

Es verdad, cuando perdió a su único hijo fue quemada por la desesperación. Pero la sostuvo el esplendor del mundo. Y recibiendo los besos del que fue su último amante había dicho: "Señora Tristeza, nunca te conocí. Conozco a tu hermano más noble, el Dolor".

Mas toda palabra va a algún oído.

Un día se despertó, y el reflejo no estaba. Solo quedaban las cosas. Desde ese día debió atravsar ese panorama.

Le llegaban las palabras de las flores. Las comprendía prque en otro tiempo las había comprendido. Como las palabras del amor, antaño. Pero no le decían nada. Mudas.

Recordó un atardecer. Estaba frente a la laguna. Desde el celaje, desde las garzas que empezaban a dormir, desde los vuelos de patos silvestres, una mancha, un pequeño flamear avanzó a través del agua. No podía dejar de mirarla. Como un fuego fatuo, pero negro. Se agrandaba acercándose. Era un bote, y en el bote venía de pie una figura de vestido ondulante. Los perros no habían ladrado. El vestido se henchía. Elvira, que era como una reina, se puso de pie. Llegó la señora con un sombrero grande.

Sentada a su lado en uno de los sillones de mimbre del corredor quiso escrutar su cara, no la vio.

Cuando se levantó para partir, Elvira no pudo levantarse. Ni un perro se movió. Se fue en su bote en un ondear de vestido negro, a través de la laguna, hacia los celajes, y una voz de nutria que llegaba de los juncos.

Después Elvira entró en la casa. No vio los polluelos salidos del ropaje de la visitante, que entraron por las rejas de las ventanas, se dispersaron por los cuartos, pasaron sobre los perros, picotearon los corazones. Negros, picos de diamante.

Hacía años de esto.

Hoy, arrodillada, pidió así:

—Una vez, antes de morir, dame de nuevo la alegría.

Era una noche temprana. Sopló la lámpara, quiso dormir. Pero la vehemencia del pedido seguía, como una máquina que se traba. Tarde en la noche volvió a encender la lámpara. Se sentó junto a la ventana.

Al amanecer oyó el motor de un automóvil. Los perros ladraron.

Elvira Cabrini vio en el patio a un joven con un casco en la mano. Vio un auto de carrera salpicado de barro.

Por tercera vez aquel joven había podido ser, y no fue, campeón del mundo. Aquella tarde, por tercera vez. Se ha dicho que el cora[1]zón es como un vaso. Cuando lo llena la amargura rebalsa en un llanto. Dejó la ciudad atrás. Corrió por caminos de tierra, por char[1]cos de barro. Los faros iluminaban los ojos de una vaca, una lie[1]bre, una lechuza. Frenó lejos de todo, en medio de la noche.

A esa hora vio encenderse una luz. Lejos. Era la luz de Elvira.

Acudió. Llegó al amanecer.

Elvira Cabrini lo vio entrar. Vio al más bello de los dioses comiendo pan con manteca ante sus ojos. Un hombre que le dijo quién era, un niño que le contó su dolor. El pelo rubio se le pega[1]ba a las sienes. El casco estaba en una silla.

El amor ardió de nuevo en ella.

Mientras él tomó un baño, ella salió a pasear. Vio las nubes bajas igual que vientres de aves maravillosas empollando el huevo de la laguna.

El mundo se mostraba de nuevo.

Él se fue a dormir la siesta al cuarto de los huéspedes. Ella se coronó de flores frente al espejo de su dormitorio. Se vio rubia como en su juventud.

Murió, rosada, sonriendo en esa siesta.

 

Otros cuentos

Si te gusta este género literario, te recomiendo: El poder de las palabras de Carla Narraciones. 

 

jueves, 19 de marzo de 2026

El poder de las palabras


 El poder de las palabras

A continuación, te presento dos cuentos breves escritos por mí: Ateo a las palabras y Cazapalabras, que puedes escuchar en Youtube y Spotify.  

En estos dos relatos, las palabras se convierten en el eje que define la vivencia de los personajes y la forma en que perciben su mundo interior. Dedico estos relatos a mi familia que, pacientemente, soporta mis ideas más rocambolescas y acompaña siempre mis locuras creativas❤️😊

Ateo a las palabras 

Ateo a las palabras nació de una experiencia personal durante un viaje largo en autobús. Dos personas hablaban sin pausa y aquella situación, aparentemente cotidiana, terminó generándome una sensación profunda de saturación. Esa incomodidad constante fue el impulso que me llevó a escribir el relato durante el trayecto, transformando una vivencia real en una historia sobre el peso del lenguaje cuando invade nuestro espacio.

Cazapalabras

Cazapalabras, en cambio, surge tras una vivencia muy distinta y más íntima: las actitudes experimentadas dentro del sistema sanitario. Una etapa donde la incertidumbre, largas esperas y varias decepciones, me hicieron reflexionar sobre las emociones contenidas y la forma en que intentamos comprenderlas. De esa experiencia nace un relato más introspectivo, donde las palabras se convierten en una forma de explorar y aceptar sentimientos complejos en momentos difíciles.

 

Resumen y significado de los relatos

En Ateo a las palabras, el protagonista vive una situación inquietante en la que el sonido y la presencia constante del lenguaje se convierten en una carga insoportable, alterando su percepción del mundo y llevándolo a cuestionar su relación con la realidad. Las palabras, que normalmente nos conectan con los demás, aparecen aquí como una invasión que desborda la mente y evidencia la fragilidad del equilibrio interior. 

Por otro lado, Cazapalabras ofrece una mirada más reflexiva y simbólica: a través de preguntas e imágenes sugerentes, el relato explora cómo los sentimientos complejos pueden comprenderse mediante el lenguaje, aceptando que cada experiencia tiene un lugar natural en la vida. 

En conjunto, ambos cuentos presentan dos caras de una misma idea: el inmenso poder de las palabras. Pueden herir, saturar, desestabilizar, pero también enriquecer, ya que permiten comprendernos mejor, dar sentido a lo que sentimos y reconciliarnos con nuestras propias emociones. 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo El otro hombre de Miguel Delibes

martes, 17 de marzo de 2026

Relato para adultos de Miguel Delibes

 

Miguel Delibes

El otro hombre, un relato para adultos de Miguel Delibes considerado uno de los principales referentes de la literatura en lengua española. También puedes escuchar este cuento para adultos en Spotify y YouTube.

En este relato de Miguel Delibes, una mujer comienza a percibir de forma inquietante a su esposo como si fuera un extraño después de un pequeño accidente cotidiano. Lo que parece un detalle sin importancia provoca un profundo conflicto interior que altera su forma de verlo y de sentir su relación. El relato explora cómo la percepción puede transformar la realidad emocional, mostrando la fragilidad de la identidad, el peso de la costumbre en el amor y cómo hechos mínimos pueden desencadenar crisis íntimas que cambian la vida.

 

El otro hombre

[Cuento completo]

Miguel Delibes

Si nevaba en la ciudad, se originaba, en cada esquina, un próximo riesgo de romperse la crisma. La nieve caída y pisoteada se endurecía con la helada nocturna y las calles se transformaban en unas pistas relucientes y vítreas, más apropiadas para patinar que para transitar por ellas. Para los chicos, el acontecimiento era tan tentador que bastaba, incluso, para justificar sus ausencias de la escuela.

Y en estas cosas menores, en que caiga la nieve y la helada la endurezca, en un resbalón y una caída aparatosa, están escondidos muchas veces el destino de los hombres y los grandes cambios de los hombres; a veces su felicidad, a veces su infortunio. Tal le aconteció a Juan Gómez, de veintisiete años, recién casado, usuario de una vivienda protegida de fuera del puente. Hasta aquel día ella no se había dado cuenta de nada. De que le amaba, no le cabía la menor duda. Y, sin embargo, si era así, nada justificaba aquel extraño retorcimiento, algo blando como un asco, que aquella mañana constataba en el fondo de sus entrañas. Que a Juan le faltasen las gafas no justificaba en apariencia nada trascendental, ni había tampoco nada de trascendental en la forma de producirse la rotura, al caer en la nieve la tarde anterior de regreso de la oficina. Y no obstante, al verle desayunar ahora ante ella, indefenso, con el largo pescuezo emergiendo de un cuello desproporcionado y con el borde sucio, mirándola fijamente con aquellas pupilas mates y como cocidas, sintió una sacudida horrible.

-¿Te ocurre algo? ¿Tienes frío? -dijo él.

La interrogaba solícito, suavemente afectuoso, como tantas otras veces, mas hoy a ella le lastimaba el tonillo melifluo que empleaba, su conato de blanda protección.

-¡Qué tontería! ¿Por qué habría de ocurrirme nada? -dijo ella, y pensó para sí: “¿Será un hijo? ¿Será un hijo este asco insufrible que noto hoy dentro de mí?”.

Se removía inquieta en la silla como si algo urgente la apremiase y unas manos invisibles la aplastasen implacables contra el asiento. Detrás de los cristales volvía a nevar. Y a ella debería servirle ver caer la nieve tras la ventana, como tantas veces, para apreciar la confortabilidad del hogar, su vida íntima bien asentada, caliente y apetecible. Pero no. Hoy estaba él allí. Juan migaba el pan en el café y mascaba las sopas resultantes con ruidosa voracidad. De repente alzó la cabeza. Dijo:

-Dejaré las gafas en el óptico antes de ir a la oficina. No en Pérez Fernández. Ya estoy escarmentado. Ese lo hace todo caro y mal. Se las dejaré a este de la esquina. Me ha dicho Marcelino que trabaja bien y rápido. Me corren prisa.

Ella no respondió. No tenía nada que decir; por primera vez en diez años le faltaban palabras para dirigirse a Juan Gómez. Sí, no tenía ninguna palabra a punto disponible. Estaba vacía como un tambor. Acumuló sus últimas fuerzas para mirar los ojos romos de él, desguarnecidos, y, por primera vez en la vida, los vio tal cual eran, directamente, sin ser velados por el brillante artificio del cristal. Experimentó un escalofrío. Aquellos ojos evidentemente no eran los de Juan. A ella siempre le gustaron los hombres con lentes; las gafas prestaban al hombre un aire adorable de intelectualidad, de ser superior, cerebral y diligente. Y los de Juan, amparados por los cristales, eran, además, unos ojos fulgurantes, descarados, audaces. Por eso se enamoró de él, por aquellos ojos tan despiadados que para contenerles era necesario preservarles con una valla de cristal. “Estoy pensando tonterías”, se dijo. “Lo más seguro es que esto sea un niño. Todas dicen que cuando va una a tener un niño se notan cosas raras y ascos y aversiones sin fundamento.” La voz de él frente a ella la asustó.

-¿Qué piensas, querida, si puede saberse?

El tono de voz de Juan era ahora irritado, suspicaz.

Ella sacudió la cabeza con violencia, y sintió una extraña rigidez en los miembros, algo así como una contenida rebelión. Dijo:

-No sé, no sé lo que pienso. Tengo muchas cosas en la cabeza.

No podía decirle que pensaba en sus ojos, que pensaba algo así como que él no era él: que su personalidad era tan menguada e inestable que desaparecía con las gafas rotas para transmudarle en un pelele. De repente ella se avergonzó de estar conviviendo tranquilamente con aquel hombre. ¿Qué diría Juan, su Juan, cuando regresase del óptico con las gafas arregladas y su mirada fulgurante, descarada y audaz? Volvía él a escrutarla maritalmente, con sus ojos insípidos, mientras sus dientes trituraban ferozmente el panecillo empapado en café con leche. Ella sintió que las pupilas de un extraño buceaban descaradamente bajo sus ropas, tratando de adivinar su escueta desnudez. “Este hombre no tiene ningún derecho a interpretarme así”, pensó. “Esto es un atrevimiento desvergonzado. Lo denunciaré, lo denunciaré por allanamiento de persona”, se dijo en un vuelo fantástico de la imaginación. Pensó en todo el horror y vergüenza de un adulterio y se puso de pie con violencia. Sin decir palabra dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, pero él se incorporó de un salto y la tomó por la cintura:

-Ven, criatura, dame un beso; me marcho ya.

Ella veía los dos ojos inexpresivos a un palmo de los suyos, dos ojos fofos, como empañados de un vaho indefinible. Y un surco pronunciado, seco como un hachazo, en la parte más alta de la nariz. Cerró los ojos al notar el cuerpo de él junto al suyo, tratando de serenarse. Luego los volvió a abrir. No, decididamente, aquél no era Juan, su Juan, Juan Gómez, de veintisiete años, con sus gafas siempre limpias, impolutas, y un destello vivaz en las pupilas. Era otro hombre; un hombre extraño, que se aprovechaba de la nieve endurecida sobre el pavimento, y de la caída, y de la rotura del cristal. Sintió un vértigo y gritó fuerte. Pero su resistencia avivaba en Juan Gómez una glotona sensualidad. Y Juan Gómez, al besar los labios de su mujer, se dio cuenta de que ella pendía inerte de sus brazos, de que se había desvanecido. Pero no se le ocurrió pensar en estas cosas menores: en que caiga la nieve y la helada la endurezca, en un resbalón y una caída aparatosa, se esconden muchas veces el destino y los grandes cambios de los hombres.

Fuente: Ciudad Seva


Otros relatos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo: La espera de Borges.

 

jueves, 12 de marzo de 2026

Bondad oculta, un relato para adultos de Pío Baroja

 

A continuación, te presento un relato para adultos de Pio Baroja, que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y en Spotify.

Resumen y significado del relato

En Bondad oculta, de Pío Baroja, se retrata la dura vida en una explotación minera marcada por la miseria, la injusticia social y la explotación de los trabajadores. En ese ambiente hostil vive una mujer de mala reputación que aparenta frialdad e indiferencia hacia el sufrimiento ajeno, pero un acontecimiento inesperado despierta en ella una profunda compasión que transforma su manera de actuar. El cuento muestra cómo incluso en las personas juzgadas con mayor dureza puede existir una capacidad sincera de bondad y sacrificio. Su significado gira en torno a la redención moral, la crítica a la desigualdad social y la idea de que la verdadera nobleza nace de los actos y no de las apariencias ni del pasado.

 

Bondad oculta de Pio Baroja

(Relato completo)


El monte estaba lleno de altas escombreras negruzcas, agujereado en todas partes por bocas de galerías obstruidas y cortado en muchos sitios por profundas trincheras. Los mineros talaron el monte; las aguas, cargadas de mineral de plomo, destruyeron toda vegetación, y de aquellos lugares, antes frondosos, poblados de encinas y de robles, no quedaban más que eriales llenos de pedruscos: un paisaje de una amarga y desoladora tristeza.

Ni un helecho ni una humilde aliaga crecía entre los escombros; en vez de árboles, salían del suelo los soportes de los cables, rígidos y severos, con sus brazos de espectros.

En la cumbre del monte había una ancha meseta, lisa como la palma de la mano, y en ella se asentaba la casa de la Mina, una antigua casa fuerte, de piedra-sillería, con aspilleras y ventanas enrejadas, que le daban aspecto de cárcel.

Frente a la casa de la Mina se veían las de los obreros, hechas de adobe; viviendas de aspecto sórdido y miserable, de piso bajo sólo, en las cuales parecía haberse economizado hasta el aire al construirlas: tan pequeños eran los agujeros de sus ventanas.

En la casa de la Mina vivía el representante de la Sociedad minera La Previsión; todo un caballero de industria, del cual nadie conocía su pasado; hombre viejo, presuntuoso, con el bigote y el pelo teñidos, tipo clavado de rufián. Su gran vanidad era creerse un seductor terrible, y para adquirir y sostener esa reputación llevaba a vivir en su compañía alguna moza del partido, recogida en cualquier rincón de la ciudad, a la cual, con su fantasía andaluza, transformaba en una niña de alta posición, enamorada perdidamente de él, hasta el extremo de seguirle, abandonando su familia.

Aquel hombre vanidoso era, a pesar de sus fatuidades, de una dureza de roca; sabía hacer trabajar de firme al rebaño de obreros que estaban bajo sus órdenes; sabía extraer de sus fibras musculares, aún no atrofiadas por los vapores de plomo, energías para arrancar y triturar el mineral.

Presenciaba los dos relevos, a las seis de la mañana y a la misma hora de la tarde, por si alguien faltaba al trabajo. Se daba la señal con un toque de bocina, e iban saliendo de las galerías hombres lívidos, macilentos, algunos temblorosos, todos con las espaldas torcidas y las cabezas bajas. Subían en grupos por un antiguo plano inclinado a la meseta del monte, y entraban en sus casuchas a comer y descansar; poco después salían otros grupos de obreros para desaparecer en el fondo de las minas.

Los muchachos trabajaban llevando el mineral en cestos sobre la cabeza; las mujeres se pasaban el día trayendo haces de leña de un monte lejano; los chiquillos, sucios, haraposos, medio desnudos, jugaban bulliciosamente a las puertas de sus casas. Y en medio de aquel ambiente de miserias, ella, la señorita Julia, la buscona de la capital, convertida en señora por el capricho de un hombre, paseaba con languidez, acompañada de su criada, por delante de la casa de la Mina, luciendo sus trajes vaporosos, saludando desdeñosamente a los mineros, como una reina a sus vasallos.

No los miraba, no quería conocerlos siquiera. Bastante la habían pisoteado a ella los hombres; ahora le tocaba a ella pisotearlos.

Julia tenía mala fama entre la gente. «Hay perdidas — decía su criada — que tienen buenas entrañas; pero ésta…, ésta es la mujer más perra del mundo.» Y todos decían lo mismo: era una mala hembra, una mujer sin corazón…

Durante la primavera de aquel año se presentaron en el pueblo próximo algunos casos de viruela; un barrenero llevó la enfermedad a su casa, y la infección se extendió rápidamente, sobre todo en los niños, que casi todos cayeron enfermos. Ya no se veía aquel enjambre de chiquillos, sucios y haraposos, jugando a las puertas de sus casas.

Julia se enteró de lo que sucedía porque una comisión de obreros fue a visitarla, pidiéndole que escribiese al representante, que estaba fuera, para ver si les podía adelantar una quincena de jornales y hacer frente con aquel dinero a los gastos ocasionados por la epidemia. Ella se negó en redondo. No la engañaban a la hija de su madre con aquellos pretextos. ¡Valientes granujas! Siempre querían los cuartos para emborracharse. Tanto les daba a ellos por sus hijos como si fueran perros.

En un día murieron dos niños; a la mañana siguiente, el médico del pueblo inmediato se presentó sin que nadie le avisara. Julia le vio venir desde la ventana; montaba un caballejo tordo; era un hombre pequeño, moreno, de barba negra cerrada, de movimientos muy vivos. Ató el caballo en una de las rejas de la casa de la Mina y fue corriendo a visitar a los enfermos. Julia, por curiosidad, descendió al piso bajo, abrió la ventana y se puso tras la reja, sin que pudiera ser vista. Al cabo de media hora oyó la voz del médico, enérgica y dura, y la del capataz, que le respondía tras de largos intervalos.

—Aquello era un abandono incalificable — decía el médico —; allá iban a morirse los niños como chinches. Estaban en malísimas condiciones, revolcándose en porquería, dos y tres en una misma cama.

El capataz contestaba por lo bajo, diciendo que el representante estaba fuera; se había escrito a la Sociedad, y ésta no hacía caso.

—Pero ¿no hay aquí nadie a quien se pueda acudir?—replicaba el médico—. ¿No vive en esta casa la mujer o la querida de ese hombre?

—Sí—decía el capataz—; pero es una mala hembra, de la que no se puede esperar nada.

Julia no quiso oír más; se marchó a su habitación, enfurecida, rabiosa; fraguó mil proyectos para despedir al capataz; descargó su furia contra los muebles, y luego empezó a llorar desconsolada, y así pasó todo el día, llorando con amargura, preocupada por la opinión que iba a tener de ella aquel médico desconocido.

A la mañana siguiente, vestida con uno de sus trajes menos llamativos, empezó Julia a visitar las viviendas de los obreros. Las mujeres, asombradas de verla, le hacían pasar a cuartos estrechos, sin luz, sin ventilación, llenos de un aire caliente, cargado de olores nauseabundos, de miseria, entre los cuales se destacaba un olor punzante de pan tostado que exhalaban los cuerpos de los variolosos. Allá, en los sucios camastros, se veían los niños enfermos mezclados con los convalecientes y los sanos; los padres, acostados, sin desnudarse, en el suelo, roncaban con la boca abierta, con un bestial ronquido.

En una casa, una chiquilla rubia, muy mona, con la cara llena de costras, tendió sus bracitos delgados al ver a Julia; ella la tomó en sus brazos, la meció en su falda, y en la frente rojiza, llena de pústulas, depositó un beso, sin miedo a contagiarse, beso místico que repercutió en su corazón, como aquellos que transformaban en santos a los pecadores.

Y al terminar su visita encontró su espíritu lleno de piedad para todo y para todos. Pensó en recoger y cuidar a los niños enfermos en la casa de la Mina, y así lo hizo, y durante semanas enteras los cuidó, los limpió; pasó por ellos las noches en claro, sacrificada en ansia inagotable de hacer el bien, en un inmenso anhelo de maternidad, por todos los que sufrían y temblaban por el dolor.

Cuando llegó el amo, hubo entre los dos un terrible altercado; el hombre, en el colmo de la indignación, mandó que inmediatamente echaran a todos aquellos chiquillos fuera de casa; ella se opuso con una enérgica mansedumbre; él levantó la mano, y algo vio en aquellos ojos negros, algo extraño que le hizo contenerse. No dijo nada; no volvió a hablar del asunto, y los niños siguieron en la casa de la Mina hasta su completa curación.

Julia siguió visitando a los obreros; cada miseria que veía trataba de remediarla; obligó a su hombre a subir los jornales, a abaratar los géneros que se vendían, malos y caros, en el almacén,

—Pero, hija —decía él—, la Compañía se va a disgustar si hago esto.

—¿No es lo justo?—replicaba ella.

Y él cedía; cedía ante las palabras apasionadas de la muchacha, a pesar de comprender claramente los peligros a que en su situación se iba exponiendo.

Así pasaron meses enteros, llevados por un afán de mejorar la vida de los trabajadores; a él ya no se le importaba manifestar su vejez; dejó de teñirse, y su cabello blanco daba cierta serenidad y placidez a su cara.

Pronto los obreros comenzaron a abusar; el representante no tenía energía para contener sus ademanes; se susurraba que la Sociedad estaba muy descontenta de su gestión, y él, que había perdido su instinto de hombre práctico en aquella corriente de piedad que le arrastraba, seguía su obra, viendo cada vez más próxima su caída.

Una tarde, al anochecer, sin previo aviso, a consecuencia de una medida absurda por su generosidad, tomada por el representante, el director de la Compañía le comunicó que, habiendo encontrado otra persona para aquel cargo, cesara en su destino y desalojase la casa.

No le asombró aquello, ni a Julia tampoco. Los dos. al anochecer, abandonaron la casa de la Mina; agarrados de la mano, bajaron el monte hasta la carretera, quizá confiando en la Providencia, y la perdida y el viejo aventurero, regenerados ambos por la piedad, siguieron andando en busca de lo desconocido, ante el campo oscuro, silencioso y triste, bajo el cielo negro y tachonado de estrellas.

Fuente: Lecturia


Otros relatos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo Réquiem  con tostadas de Benedetti.

La espera, un relato para adultos de Borges

 

Relato para adultos de Borges

A continuación, te presento La espera, un relato para adultos de Jorge Luis Borges, que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube o Spotify.

En este cuento para adultos, un hombre que vive oculto bajo una identidad falsa lleva una existencia solitaria y rutinaria, marcada por el miedo constante y la sensación de que su pasado todavía lo persigue. Mientras intenta diluirse en la monotonía del presente, su vida se convierte en una espera silenciosa e inevitable cuyo desenlace parece escrito de antemano. El cuento reflexiona sobre la culpa, el destino y la imposibilidad de escapar de uno mismo, mostrando cómo el temor y la conciencia del pasado pueden convertirse en una prisión más poderosa que cualquier encierro físico.

 

La espera

[Cuento completo de Jorge Luis Borges]

El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana; el hombre notó con aprobación los manchados plátanos, el cuadrado de tierra al pie de cada uno, las decentes casas de balconcito, la farmacia contigua, los desvaídos rombos de la pinturería y ferretería. Un largo y ciego paredón de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol reverberaba, más lejos, en unos invernáculos. El hombre pensó que esas cosas (ahora arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños) serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se leía en letras de loza: Breslauer, los judíos estaban desplazando a los italianos, que habían desplazado a los criollos. Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre.

El cochero le ayudó a bajar el baúl; una mujer de aire distraído o cansado abrió por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le devolvió una de las monedas, un vintén oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el hotel de Melo. El hombre le entregó cuarenta centavos, y en el acto sintió: “Tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me importa esa equivocación”.

Precedido por la mujer, atravesó el zaguán y el primer patio. La pieza que le habían reservado daba, felizmente, al segundo. La cama era de hierro, que el artífice había deformado en curvas fantásticas, figurando ramas y pámpanos; había, asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras del suelo, dos sillas desparejas y un lavatorio con su palangana, su jarra, su jabonera y un botellón de vidrio turbio. Un mapa de la provincia de Buenos Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el papel era carmesí, con grandes pavos reales repetidos, de cola desplegada. La única puerta daba al patio. Fue necesario variar la colocación de las sillas para dar cabida al baúl. Todo lo aprobó el inquilino; cuando la mujer le preguntó cómo se llamaba, dijo Villari, no como un desafío secreto, no para mitigar una humillación que, en verdad, no sentía, sino porque ese nombre lo trabajaba, porque le fue imposible pensar en otro. No lo sedujo, ciertamente, el error literario de imaginar que asumir el nombre del enemigo podía ser una astucia.

El señor Villari, al principio, no dejaba la casa; cumplidas unas cuantas semanas, dio en salir, un rato, al oscurecer. Alguna noche entró en el cinematógrafo que había a las tres cuadras. No pasó nunca de la última fila; siempre se levantaba un poco antes del fin de la función. Vio trágicas historias del hampa; éstas, sin duda, incluían errores, éstas, sin duda, incluían imágenes que también lo eran de su vida anterior; Villari no las advirtió porque la idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él. Dócilmente trataba de que le gustaran las cosas; quería adelantarse a la intención con que se las mostraban. A diferencia de quienes han leído novelas, no se veía nunca a sí mismo como un personaje del arte.

No le llegó jamás una carta, ni siquiera una circular, pero leía con borrosa esperanza una de las secciones del diario. De tarde, arrimaba a la puerta una de las sillas y mateaba con seriedad, puestos los ojos en la enredadera del muro de la inmediata casa de altos. Años de soledad le habían enseñado que los días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que no sea al trasluz una red de mínimas sorpresas. En otras reclusiones había cedido a la tentación de contar los días y las horas, pero esta reclusión era distinta, porque no tenía término —salvo que el diario, una mañana, trajera la noticia de la muerte de Alejandro Villari. También era posible que Villari ya hubiera muerto y entonces esta vida era un sueño. Esa posibilidad lo inquietaba, porque no acabó de entender si se parecía al alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la rechazó. En días lejanos, menos lejanos por el curso del tiempo que por dos o tres hechos irrevocables, había deseado muchas cosas, con amor sin escrúpulo; esa voluntad poderosa, que había movido el odio de los hombres y el amor de alguna mujer; ya no quería cosas particulares: solo quería perdurar, no concluir. El sabor de la yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de sombra que iba ganando el patio, eran suficientes estímulos.

Había en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amistó con él. Le hablaba en español, en italiano y en las pocas palabras que le quedaban del rústico dialecto de su niñez. Villari trataba de vivir en el mero presente, sin recuerdos ni previsiones; los primeros le importaban menos que las últimas. Oscuramente creyó intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho; por ello es que éste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algún día, se pareció a la felicidad; en momentos así, no era mucho más complejo que el perro.

Una noche lo dejó asombrado y temblando una íntima descarga de dolor en el fondo de la boca. Ese horrible milagro recurrió a los pocos minutos y otra vez hacia el alba. Villari, al día siguiente, mandó buscar un coche que lo dejó en un consultorio dental del barrio del Once. Ahí le arrancaron la muela. En ese trance no estuvo más cobarde ni más tranquilo que otras personas.

Otra noche, al volver del cinematógrafo, sintió que lo empujaban. Con ira, con indignación, con secreto alivio, se encaró con el insolente. Le escupió una injuria soez; el otro, atónito, balbuceó una disculpa. Era un hombre alto, joven, de pelo oscuro, y lo acompañaba una mujer de tipo alemán; Villari, esa noche, se repitió que no los conocía. Sin embargo, cuatro o cinco días pasaron antes que saliera a la calle.

Entre los libros del estante había una Divina Comedia, con el viejo comentario de Andreoli. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento de deber, Villari acometió la lectura de esa obra capital; antes de comer, 1eía un canto, y luego, en orden riguroso, las notas. No juzgó inverosímiles o excesivas las penas infernales y no pensó que Dante lo hubiera condenado al último círculo donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri.

Los pavos reales del papel carmesí parecían destinados a alimentar pesadillas tenaces, pero el señor Villari no soñó nunca con una glorieta monstruosa hecha de inextricable: pájaros vivos. En los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual y de circunstancias variables. Dos hombres y Villar entraban con revólveres en la pieza y lo agredían al salir del cinematógrafo o eran, los tres a un tiempo, el desconocido que lo había empujado, o lo esperaban tristemente en el patio y parecían no conocerlo. A1 fin del sueño, él sacaba el revólver del cajón de la inmediata mesa de luz (y es verdad que en ese cajón guardaba un revólver) y lo descargaba contra lo hombres. El estruendo del arma lo despertaba, pero siempre era un sueño y en otro sueño tenía que volver a matarlos.

Una turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los sueños de temor habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los encorvara Alejandro Villari y un desconocido lo habían alcanzado, por fin. Con una seña les pidió que esperaran y se dio vuelta contra la pared, como si retomara el sueño. ¿Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo aguardarlo sin fin, o —y esto es quizá lo más verosímil— para que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?

En esa magia estaba cuando lo borró la descarga.

Fuente: Ciudad Seva

 

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