sábado, 13 de diciembre de 2025

Estas navidades siniestras de Gabriel García Márquez

Reflexiones de Gabriel García Márquez

A continuación, te presento Estas navidades siniestras, un texto periodístico en el que Gabo reflexiona sobre una fiesta cada vez más desgastada por el capitalismo. Se trata de una de las columnas de opinión más críticas y sombrías del Nobel colombiano sobre la Navidad. Publicada en El País de España el 24 de diciembre de 1980, víspera de la celebración.

García Márquez examina con ironía y desencanto cómo la Navidad en América Latina ha perdido su sentido original y se ha convertido en una celebración ruidosa, consumista y ajena a las tradiciones propias. Contrasta los antiguos pesebres improvisados y llenos de imaginación con la invasión cultural del Santa Claus anglosajón, los adornos importados y las obligaciones sociales que vuelven la fecha una fiesta forzada y vacía. A través de recuerdos personales y observaciones críticas, el autor muestra cómo la inocencia se pierde y la autenticidad se diluye bajo la presión comercial y social, hasta el punto de distorsionar incluso la visión infantil de la Navidad. Por lo tanto, aquí tienes la ocasión de leer el texto o escucharlo en mi canal: Carla Narraciones.

 

Estas navidades siniestras

Gabriel García Márquez

Ya nadie se acuerda de Dios en navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.

Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos –como sucede en España con toda razón–, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día –como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria– perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la navidad, y mucho menos con la nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. Y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron a América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños –viendo tantas cosas atroces– terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

 

Relatos fascinantes

Me gustaría recomendarte un cuento fascinante de Eva García Sáenz de Urturi, Editorial Algoritmo, autora de El silencio de la ciudad blanca, la obra que la catapultó a la fama nacional e internacional.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Relato para adultos de Eva García Sáenz de Urturi, autora de El silencio de la ciudad blanca

Relato para adultos de Eva García Sáenz de Urturi

A continuación, te presento un relato para adultos de Eva García Sáenz de Urturi, autora de El silencio de la ciudad blanca, la obra que la catapultó a la fama nacional e internacional. La saga se convirtió en un fenómeno de ventas, fue traducida a numerosos idiomas y su primer volumen fue adaptado al cine, consolidando definitivamente su éxito.

Resumen y significado del relato

El relato para adultos que os traigo hoy, Editorial Algoritmo, es un relato que presenta un futuro cercano donde la hiperautomatización y las inteligencias artificiales han sustituido casi por completo el contacto humano, los empleos tradicionales y la creación literaria, mientras un joven ingeniero y escritor aficionado lucha por mantener viva su identidad en un mundo donde la autenticidad parece obsoleta. A través de una reunión con viejos amigos, la pérdida del trabajo y un inesperado encuentro con la editorial dominante, la historia explora la nostalgia por lo humano, el valor de las emociones reales y la resistencia silenciosa de quienes aún creen en la creatividad y en la experiencia vivida. El significado profundo del relato gira en torno a la reivindicación de la literatura escrita por personas, la importancia de lo que no puede imitarse con algoritmos y la idea de que, incluso en un mundo dominado por la IA, la verdad emocional sigue siendo insustituible.

 

Editorial Algoritmo

Dos años sin ver a tus mejores amigos parece un tiempo prolongado, pero estamos en 2030 y los encuentros presenciales requieren mucha planificación para poner a todas las partes y sus parejas IA —Inteligencia Artificial— de acuerdo y el único nostálgico de la cuadrilla era yo. Pese a que todos vivimos en el mismo barrio y algunos de nosotros en el mismo edificio, la pereza de quedar en una cafetería a pie de calle dificultaba el encuentro.

Enzo había engordado, todos sospechábamos que abusaba del filtro adelgazante de Teams. Era el más reacio al café presencial, tal vez esa era la causa. Se presentó con Alexia, su mujer IA, la había adquirido por diez mil euros, con la configuración pro a la medida de sus gustos y su carácter. A mí me parecía que era una réplica de Alicia, su primera novia, la que conoció en primero de la ESO, antes de la pandemia de 2020, cuando tenía trece años.

Éramos seis, los seis que estudiamos y pasamos la EBAU juntos. Estudiamos ADE porque era lo que se hacía y luego nos estrellamos cuando ninguno encontró trabajo y nos reciclamos una y mil veces en másteres que se llevaron lo que ganamos sirviendo copas en Malasaña.

—Oliver, tú eres el único que no miente en Teams. ¡Estás igual que la última vez que nos vimos! —me saludó mi amigo.

—¡Qué vintage eres! —se burló Niko. Era coach de adolescentes—. Por cierto, ¿es verdad que aquí hay que llamar al camarero y pedir la bebida? ¿No tienen app?

—Han abierto varios locales en el barrio, yo no creo que funcione esto de tomar cafés presenciales —dijo Paula—. Hace tiempo que no me ponía ropa de calle y me queda pequeña.

—Siento lo de tu abuelo —intervine—. ¿Cómo lo llevas?

Paula se encogió en el sofá.

—Fue un palo, no nos lo esperábamos. Solo tenía 106 años, estaba muy bien, al menos eso decía el informe de la residencia. Quería hablaros de eso, es por si lo veis cuando hagamos un Teams, no os asustéis.

—¿Lo has hecho? ¿Tan pronto? ¿Lo has encargado? —pregunté, preocupado.

—Sí, ¿para qué pasar el luto? Es una start-up especializada en IAs geriátricos. Te envía réplicas exactas de tus abuelos, pero con el carácter mejorado si contratas una permanencia anual. Yo lo he pedido menos hablador y la textura de la piel es la misma que la del abuelo, aunque puedo cambiarle la temperatura.

—¿Y de verdad que no notas la diferencia? —insistí, incrédulo.

—Es un IA, claro que no lo notas. Es mi abuelo, salvo que si me cansa tanta conversación lo desconecto y lo meto en un armario. Sé que era más realista comprarle una cama, pero en mi piso de treinta metros cuadrados no me cabe.

Yo alargué la mano, Paula dio un respingo.

—Perdona… es por si necesitabas un abrazo —me disculpé.

—No pasa nada —contestó, incómoda.

Hacía tiempo que yo no tocaba a nadie y hacía más que nadie tocaba a Paula. A mí me hubiese gustado que alguien me abrazase cuando ocurrió lo de mi hermana, la verdad.

Gracias a dios mi smartphone vino a salvar el momento.

—Lo siento, es mi jefe —dije extrañado, después de leer su mensaje—. Quiere una reunión en veinte minutos.

—Será para ofrecerte otro proyecto —dijo Enzo.

—Lo sé, lo sé.

Me iba muy bien encadenando proyectos de minería de datos. Dos años y cuatro meses seguidos, un récord en mi sector.

Aunque tenía un segundo oficio, uno secreto que no compartía con nadie. Algo tan vintage que todos se habrían apartado de mí: tenía un blog. Un blog literario. Escribía una novela por entregas, como Dickens y su Grandes esperanzas. Y tenía, según las estadísticas, un pico de ocho lectores. Ocho lectores.

Haciendo honor a la verdad, solo tenía tres lectores constantes. Mi madre, sin duda alguna, y algún par de añorantes del pasado como yo.

Los escritores habían dejado de publicar o más bien, las editoriales habían dejado de publicar a los escritores. La gente se volvió loca con las primeras novelas de la Editorial Algoritmo, fascinados al descubrir que la IA acertaba con sus gustos lectores.

Primero fueron las series de Netflix, el algoritmo elegía nuestros gustos y los clavaba. Después, un emprendedor pensó que el éxito podía expandirse a otras ficciones, creó sus IAs escritoras y comenzó a publicar: novelas que analizaban los gustos de lectura de cada uno en la plataforma, los autores favoritos, las tramas y los finales con más éxito. La IA escribía la historia, que estaba disponible con las voces narrativas a la carta: un irónico Wilde, un florido García Márquez, un sobrio Murakami.

En un par de años todas las novelas de la Editorial Algoritmo ya copaban las listas de los más vendidos. Simplemente, cambió el paradigma y los hábitos de consumo de los lectores. Los anticipos a los escritores de carne y hueso menguaron hasta que uno a uno fueron buscando otro trabajo alimenticio que pagara el alquiler y la residencia de sus padres. Nadie quería arriesgarse a comprar novelas escritas por personas: preferían asegurar la compra y las horas de lecturas con novelas escritas por la infalible IA. El algoritmo nunca fallaba y todas sus novelas puntuaban sistemáticamente cinco estrellas.

En poco tiempo escribir novelas se consideraba de perdedores, tanto como empeñarse en ser campanero o afilador. Era un oficio del pasado que ni siquiera había pasado el cribado de la nostalgia. Aún no se echaba de menos.

Sé que los incomodé cuando repartí besos y abrazos, salvo la IA de Enzo, que sonrió retadora, como a él le hubiera gustado que sonriera Alicia. Tal vez la última actualización sí le funcionaba.

Subí a mi piso, me puse el pantalón del pijama y me dejé la camiseta. Mi jefe era un nómada digital que trabajaba en espacios coworking en playas del sudeste asiático, la formalidad estética no era lo suyo.

Entré en el enlace de la reunión.

—Seré breve —me dijo con una sonrisa. Pensé que vendrían las buenas noticias—. Ya sabes mi máxima: contrata despacio y despide deprisa.

—Lo sé —asentí, relajado—, ¿vas a contratarme a un asistente?

—En realidad estamos haciendo cambios y hemos contratado a una IA que os va a reemplazar a todos, en Madrid, en Tokio y en Nueva York. De entrada es una inversión considerable, pero en tres años estará amortizado y tú no vas a seguir tres años a pleno rendimiento. No es humano.

Lo miré, sin creerlo demasiado. Tal vez a él ya lo habían reemplazado, tal vez tenía delante a una IA idéntica al que ya no era mi jefe. No pude averiguarlo, para cuando pude hilar algunas palabras congruentes él se despedía con una sonrisa mientras un dron a sus espaldas surcaba el cielo con un paquete de Amazon.

Me quedé mirando un buen rato la pantalla de palmeras que dejó a su paso. Creo que pasé varias horas embobado, o más bien paralizado. Después, deprimido, entré en el blog. Cuando la vida se ponía cabrona solo me consolaba escribir. Otro capítulo. De acuerdo. «Úsala», pensé. «Usa tu rabia, así se escriben las novelas inolvidables».

Y en aquel espacio perdido de la red, más allá de la sorpresa, me encontré con lo impensable: un comentario. Un comentario a la espera de ser aprobado. Debía de ser un error. Los comentarios en un blog de ocho —de tres— lectores son estadísticamente improbables, por no descartar directamente lo imposible. Simplemente no sucede. Pero había un comentario.

«Buenos días, mi nombre es Telmo Durán, soy el CEO de la Editorial Algoritmo. Soy además un lector habitual de tu blog. Me gustaría que nos viésemos en persona.»

«En persona», pese a mis reticencias, solo aquel «en persona» me ganó.

Un día después un Cabify me llevaba a su chalet en una urbanización privada a las afueras de Madrid. Me esperaba un espigado CEO con jersey negro y cuello de cisne, pero resultó ser un tipo bajito, calvo y afable.

—Seré breve —comenzó, a modo de saludo—. Pasa y te explico.

Yo me persigné. Dos «seré breve» en veinticuatro horas eran más de lo que me temía soportar.

—Me gustaría contratarte para la editorial.

Era eso.

—Mire, soy ingeniero de minería de datos, es cierto, pero estoy centrado en banca, no en el sector editorial. Creo que hay cientos de ingen…

—Qué mal te vendes, hijo. Eso es muy propio de escritores. Creo que no me has entendido. Llevo años leyendo lo que escribes. Te necesito como escritor, como blanco literario para la editorial.

No pasé de la puerta, Telmo sonrió.

—¿Blanco literario? Pensé que era una leyenda urbana.

Se decía que los blancos literarios eran escritores de carne y hueso que escribían las novelas que después se publicaban como concebidas por el algoritmo. Era una idea estúpida y nadie le daba la mínima credibilidad.

—Voy a mostrarte las tripas de la editorial. Pero antes necesito que firmes este contrato de confidencialidad —dijo, mientras me enviaba un enlace—. Si rechazas mi propuesta, no podrás hablar de ella a nadie.

—Estoy sospechando que nadie me creería.

—Aprendes rápido, eso está bien. Baja conmigo —dijo, señalando unas escaleras.

En el sótano de su inmenso chalet había una oficina. Una oficina de las que se veían en las series, muy años ochenta del siglo XX. Una veintena de personas tecleaban concentradas sobre sus portátiles. Solo veía sus espaldas.

Al final de la sala había un reloj que marcaba las tres en punto. Entonces la luz LED se iluminó y todos se levantaron, hicieron varios estiramientos, cada uno a su modo, y comenzaron a recoger entre risas y palmadas en la espalda.

Yo los observaba atónito desde lo alto de las escaleras.

—¿No teletrabajan? —pregunté, emocionado.

—No, es la única manera de que sean escritores productivos y cumplan con los plazos de entrega. Vienen todos los días de nueve a tres y me entregan un capítulo.

Miró su smartphone de rutenio, se escucharon, una tras otra, una veintena de notificaciones.

—Siempre cumplen, no hay bloqueos —comentó satisfecho.

—Creo que ya lo estoy entendiendo: está preparando una nueva línea editorial. Va a lanzar una línea vintage de novelas escritas por personas. Lo siento, es usted más idealista que yo: no va a funcionar.

—Por supuesto que no va a funcionar, los lectores de hoy rechazan las novelas escritas por personas. La gente quiere novelas rápidas, buenas, documentadas y que no les defrauden.

—¿Entonces?

El editor me miró con una sonrisa traviesa, se estaba divirtiendo.

—Te voy a dejar con ello. Algunos se quedan por la tarde por gusto y se traen su táper. Puedes seguirlos a la sala de los cafés.

—¿Su táper? Mi madre se llevaba un táper a su trabajo, según me contaba —recordé emocionado—. ¿Todavía se venden?

—En todocolección quedan algunos. Te dejo, no se te vayan a escapar. Baja y habla con ellos.

Entré en la sala donde algunos comían. Otros esperaban a que su ensalada se imprimiese en la impresora 3D. Varias mujeres y hombres, todos ellos…

Todos ellos eran mis héroes de la infancia, mis referentes. Se sentaron juntos en una mesa, pero yo me acerqué a la mujer que se preparaba una infusión en un cacharro desvencijado.

—Perdone, ¿usted es Alejandra Zambrano? Yo la he leído a usted de adolescente. Incluso iba a sus firmas en el Retiro.

La mujer sonrió como si guardara un dulce secreto.

—El Retiro… qué pena que ya no se hagan más firmas.

—Es lo que tienen las IA escritoras, que no pueden firmar.

—Esto es mejor, chico.

—Oliver, Oliver Laforet. ¿Por qué dice que esto es mejor?

Ella me miró como si mi nombre le dijera algo. Algo agradable.

—Porque tenemos lo bueno de escribir sin las servidumbres de la promoción y sin el aislamiento de la fase creativa. Yo nunca había sido tan feliz escribiendo como ahora.

—Pero… usted se retiró hace años, su última novela fue La quimera.

—Qué va, mi última novela está número uno en el top de ventas.

—No… no puede ser —dije —. El último cisne negro es pura IA.

Zambrano sonrió.

—¿Pura IA? ¿Eso crees? ¿La has leído? —preguntó mientras me ofrecía un té.

—Lo leo todo, sí. Prefiero novela humana, pero me gusta estar al día en los Teams.

—¿Y tú crees que una IA podría haber descrito ese parto? ¿Crees que un algoritmo pudo estar en ese quirófano, temblando cuando su hija no respiró, cuando se la llevaron? que crees que una fría IA pudo estar allí. No, hijo. Fui yo, yo parí esa escena.

Y me di cuenta de una verdad que me avergonzó: no la había reconocido. Había leído a mi autora favorita y mis prejuicios lectores no me dejaron ver lo que una voz me susurraba a gritos: que era ella, que El último cisne negro me había conmovido y yo, culpable, había maldecido al algoritmo por hacerme sentir.

—Por cierto —dijo, mientras daba un sorbo a su té—. Muy bueno el capítulo, cuando pierdes a tu hermana. Eso tampoco se finge.

—¿Usted… usted me lee?

La taza con el té hirviendo se me derramó un poco sobre la mano. No me importó. Ni me enteré.

Porque entonces comprendí: Alejandra Zambrano, mi escritora favorita, era la tercera lectora de mi blog.

Ese día me convertí en un blanco literario.

Ese día me uní a mis maestros para derrocar al algoritmo.

Fuente: Zendalibros


Otros relatos para adultos

Si te gustan los relatos, te recomiendo también dos textos de Andrés Caicedo, escritor colombiano de culto conocido por su estilo visceral, su mirada crítica sobre la juventud y la vida urbana, y por una obra breve pero intensa marcada por su muerte temprana a los 25 años.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Poemas más motivadores de la historia escritos por grandes poetas

Poemas más motivadores de la historia

A continuación, deseo presentarte algunos de los poemas más motivadores de la historia. Este video nace como un pequeño regalo. Se acercan las fiestas de Navidad, y sé que en este tiempo aparentemente luminoso, también pueden esconderse sombras, nostalgias o silencios que pesan. Por eso, estos poemas son para vosotros: para que en ellos encontréis refugio, compañía y un consuelo suave que alivie un corazón cansado. 

Puedes escucharlos en mi canal de YouTube,

Comparto aquí algunos de los poemas que he recogido en este blog y que, por su belleza, me han tocado especialmente.


Vida - Alfonsina Storni

Mis nervios están locos, en las venas
la sangre hierve, líquido de fuego
salta a mis labios donde finge luego
la alegría de todas las verbenas.

Tengo deseos de reír; las penas
que de donar a voluntad no alego,
hoy conmigo no juegan y yo juego
con la tristeza azul de que están llenas.

El mundo late; toda su armonía
la siento tan vibrante que hago mía
cuando escancio en su trova de hechicera.

Es que abrí la ventana hace un momento
y en las alas finísimas del viento
me ha traído su sol la primavera.

 

La palabra infinito - Ida Vitale

La palabra infinito es infinita,
la palabra misterio es misteriosa.
Ambas son infinitas, misteriosas.
Sílaba a sílaba intentas convocarlas
sin que una luz anuncie su dominio,
una sombra señale a qué distancia de ellas
está la opacidad en que te mueves.
Van a algún punto del resplandor y anidan,
cuando las dejas libres en el aire,
esperando que un ala inexplicable
te lleve hasta su vuelo.

La vida - Augusto Branco

Ya perdoné errores casi imperdonables.
intenté sustituir a personas insustituibles,
y olvidar personas inolvidables.

Ya hice cosas por impulso,
ya me decepcioné de personas que pensé que nunca me decepcionarían,
pero también yo decepcioné a alguien.

Ya abracé para proteger,
ya reí cuando no podía,
ya hice amigos eternos,
y amigos que nunca volví a ver.

Ya amé y fui amado,
pero también, ya fui rechazado.
Ya fui amado y no supe amar.

Ya grité y salté de tanta felicidad,
ya viví de amor e hice juramentos eternos,
pero también fallé muchas veces...

Ya lloré escuchando música y viendo fotos,
ya llamé sólo para escuchar una voz,
ya me enamoré por una sonrisa.

Ya pensé que me moriría de tanta tristeza
y tuve miedo de perder a alguien especial
(y terminé perdiéndolo).
¡Pero sobreviví!
¡Y todavía vivo!

No paso simplemente por la vida...
Y tú tampoco deberías simplemente pasar…
¡Vive!

Es bueno es ir a la lucha con determinación,
abrazar la vida y vivir con pasión,
perder con clase y vencer con osadía,
porque el mundo pertenece a quien se atreve,
y la vida es demasiado preciosa
como para considerarla insignificante.

 

 Monólogo de Segismundo - Pedro Calderón de la Barca

Es verdad. Pues reprimamos
esta fiera condicion,
esta furia, esta ambición,
por si alguna ve soñamos:
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta dispertar.
Sueña el Rey que es rey
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que á medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me ví.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Viajando conmigo - Oscar Hahn

A donde quiera que vaya
a donde quiera que me mueva
nada va a pasar
nada va a cambiar
porque me llevo a mí conmigo
No me quedo allá atrás
no me alejo de mí:
me traigo a cuestas
Otra casa otro cielo otro tiempo
darán lo mismo: son lo mismo
La vida no está en otra parte
la vida está donde uno está

Cargar conmigo por el mundo
no es cosa fácil
Tampoco deshacerme de mí
o dejarme tirado en algún sitio
Yo no soy el bañista de Heráclito
Yo me baño siempre en el mismo río
Y si ese río va a dar a la mar
que es el morir
allá me voy con él
Porque yo soy el río
pero también el mar

A la brevedad de la vida - Francisco de Quevedo

¡Cómo de entre mis manos te resbalas!
¡Oh cómo te deslizas, vida mía!
¡Qué mudos pasos tras la muerte fría
con pisar vanidad, soberbia y galas!

Ya cuelga de mi muro sus escalas,
y es su fuerza mayor mi cobardía:
Por vida nuevo tengo cada día,
que el tiempo cano nace entre las alas.

¡Oh mortal condición! ¡Oh dura suerte!
¡Que no puedo querer ver el mañana
sin temor de si quiero ver mi muerte!

Cualquier instante de esta vida humana
es un nuevo argumento que me advierte
cuán frágil es, cuán mísera y cuán vana.

cada momento.

 

Los días van tan rápidos - Gonzalo Rojas

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación,
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.

Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.

Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora.

Oda a la vida - Pablo Neruda

La noche entera
con un hacha
me ha golpeado el dolor,
pero el sueño
pasó lavando como un agua oscura
piedras ensangrentadas.
Hoy de nuevo estoy vivo.
De nuevo
te levanto,
vida,
sobre mis hombros.

Oh vida, copa clara,
de pronto
te llenas
de agua sucia,
de vino muerto,
de agonía, de pérdidas,
de sobrecogedoras telarañas,
y muchos creen
que ese color de infierno
guardarás para siempre.

No es cierto.

Pasa una noche lenta,
pasa un solo minuto
y todo cambia.
Se llena
de transparencia
la copa de la vida.
El trabajo espacioso
nos espera.
De un solo golpe nacen las palomas.
Se establece la luz sobre la tierra.

Vida, los pobres
poetas
te creyeron amarga,
no salieron contigo
de la cama
con el viento del mundo.

Recibieron los golpes
sin buscarte,
se barrenaron
un agujero negro
y fueron sumergiéndose
en el luto
de un pozo solitario.

No es verdad, vida,
eres
bella
como la que yo amo
y entre los senos tienes
olor a menta.

Vida,
eres
una máquina plena,
felicidad, sonido
de tormenta, ternura
de aceite delicado.

Vida,
eres como una viña:
atesoras la luz y la repartes
transformada en racimo.

el que de ti reniega
que espere
un minuto, una noche,
un año corto o largo,
que salga
de su soledad mentirosa,
que indague y luche, junte
sus manos a otras manos,
que no adopte ni halague
a la desdicha,
que la rechace dándole
forma de muro,
como a la piedra los picapedreros,
que corte la desdicha
y se haga con ella
pantalones.
La vida nos espera
a todos
los que amamos
el salvaje
olor a mar y menta
que tiene entre los senos.

Vida, mi vida - Alejandra Pizarnik

Vida, mi vida,
déjate caer, déjate doler, mi vida,
déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo,
de piedras verdes en la casa de la noche,
déjate caer y doler, mi vida.

Mi vida huele a flor - Elvira Sastre

He redondeado esquinas
para no encontrar monstruos a la vuelta
y me han atacado por la espalda.
He lamido mi cara cuando lloraba
para recordar el sabor del mar
y solo he sentido escozor en los ojos.
He esperado de brazos cruzados
para abrazarme
y me he dado de bruces contra mi propio cuerpo.
He mentido tanto
que cuando he dicho la verdad
no
me
he
creído.

He huido
con los ojos abiertos
y el pasado me ha alcanzado.
He aceptado
con los ojos cerrados
cofres vacíos
y se me han ensuciado las manos.
He escrito mi vida
y no me he reconocido.

He querido tanto
que me he olvidado.
He olvidado tanto
que me he dejado de querer.

Pero
he muerto tantas veces
que ahora sé resucitar
—la vida es
quien tiene la última palabra—.
He llorado tanto
que se me han hecho los ojos agua
cuando he reído,
y me he besado.
He fallado tantas veces
que ahora sé cómo discernir los aciertos de lo inevitable.
He sido derrotada por mí misma
con dolor y consciencia,
pero la vuelta a casa ha sido tan dulce
que me he dejado ganar
—prefiero mi consuelo
que el aplauso—.

He perdido el rumbo
pero he conocido la vida en el camino.
He caído
pero he visto estrellas en mi descenso
y el desplome ha sido un sueño.

He sangrado,
pero
todas mis espinas
han evolucionado a rosa.

Y ahora
mi vida
huele a flor.

Oda a la vida retirada - Fray Luis de León

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.

Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserablemente
se están los otros abrazando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.


Otros poemas

Julia de Burgos

Si te gustan los poemas, te recomiendo Poemas de Julia de Burgosuna activa promotora de la liberación de la mujer y considerada por muchos críticos como la más excelsa poetisa puertorriqueña.

 

 

 


sábado, 29 de noviembre de 2025

Mi cuerpo es una celda y Vacío: audiolibro de Andrés Caicedo

 

Andrés Caicedo

A continuación, te presento dos cuentos maravillosos de Andrés Caicedo (Cali, Colombia, 1951–1977), considerado uno de los escritores más originales de la literatura colombiana: “Mi cuerpo es una celda” y “Vacío”. También presento sus resúmenes y significados, y si quieres escucharlos en formato audiolibro, puedes hacerlo en mi canal de YouTube.

La vida de Andrés Caicedo fue un destello breve, pero encendido con una intensidad que pocos pueden sostener. Él mismo decidió detener su camino, quizá para poner fin a un sufrimiento que le ardía por dentro. 

Es que, a veces, quienes cargan dolores que desbordan el alma son también quienes dejan las páginas más luminosas, aquellas que revelan una sensibilidad fuera del tiempo y ajena al ruido del mundo. Hoy me gustaría compartir contigo la carta que Caicedo escribió a su madre antes de despedirse.

Mamacita: Cali, 1975.

Un día tú me prometiste que cualquier cosa que yo hiciera, tú la comprenderías y me darías la razón. Por favor, trata de entender mi muerte. Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste, y estoy seguro de que cada día que pase, cada una de estas sensaciones o sentimientos me irán matando lentamente. Entonces prefiero acabar de una vez.

De ti no guardo más que cariño y dulzura. Has sido la mejor madre del mundo y yo soy el que te pierdo, pero mi acto no es derrota. Tengo todas las de ganar, porque estoy convencido de que no me queda otra salida. Nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo.

…Acuérdate solamente de mí. Yo muero porque ya para cumplir 24 años soy un anacronismo y un sinsentido, y porque desde que cumplí 21 vengo sin entender el mundo. Soy incapaz ante las relaciones de dinero y las relaciones de influencias, y no puedo resistir el amor: es algo mucho más fuerte que todas mis fuerzas, y me las ha desbaratado.

Resumen y significado de los dos cuentos de Andrés Caicedo

 En Mi cuerpo es una celda, Andrés Caicedo nos muestra a un joven lejos de su hogar, atrapado en la nostalgia y el desarraigo. Al despertar en Los Ángeles, descubre que la distancia y el éxito profesional no pueden llenar la carencia afectiva de un amor infantil perdido: el cuidado y la seguridad que solo su madre pudo darle cuando era niño. Desde una perspectiva psicológica, el cuento revela cómo la tensión entre el niño interior que aún necesita protección y el adulto que debe enfrentar la vida convierte al narrador en prisionero de sus propios deseos y carencias. Caicedo captura con intensidad la lucha interna de quienes cargan heridas de apego, mostrando cómo la independencia y los logros no borran el vacío emocional que persiste frente a la ausencia de afecto profundo.

En Vacío, Andrés Caicedo expone la conciencia torturada de un narrador atrapado entre el sentimiento de fracaso personal y la imposibilidad de encajar en los mundos que lo rodean: la familia que lo percibe como un hijo inútil, la ciudad que se le presenta hostil y deshabitada, y su propia mente, que lo golpea con una violencia implacable. A lo largo del relato, el personaje se examina con brutal honestidad: sus obras tempranas, su dificultad para comunicarse, sus vergüenzas amorosas; y comprende que su dolor no surge solo de fracasos concretos, sino de una fractura más profunda: la imposibilidad de crecer sin perder la ternura que alguna vez recibió y la voz que anhela tener. Su paseo nocturno por una Cali vacía refleja su mundo interior: incluso el encuentro con Angelita, cargado de deseo y esperanza, no logra disipar la sensación de desamparo. Así, el texto revela que el verdadero vacío no está en la ciudad ni en las circunstancias externas, sino en un yo que busca desesperadamente un espacio donde no sentirse perdido, una conciencia que late entre nostalgia, impotencia y deseo de pertenencia.

 

Mi cuerpo es una celda

La despertada es la peor hora para la nostalgia. En esta semana me he acostado a dormir agradeciendo que tengo un cuarto y una buena cama, pero en las últimas dos noches me duermo con un poco de miedo de lo que voy a sentir al otro día, cuando me despierte, y vea que no estoy en casa y que a lo que he venido aquí a esta tierra, a Los Ángeles, a vender un guión, tal vez no sea posible realizarlo.... Este sábado había planeado escribir la sinopsis de ambos guiones y llevárselas a mostrar al cubano. Me eché en el sofá y dormí unas dos horas, inquieto. Mejor no lo hubiera hecho, porque me desperté en medio de un infierno. ¿Por qué es este sufrimiento? ¿Por qué esta falta que me hace mi madre si sé que cuando regrese a Cali y la vea, igual voy a seguir con la misma ausencia? Entonces es sencillamente una organización de datos para elaborar el sufrimiento, porque lo que pretendo, no es una madre que vive en Cali, Colombia, a una inmensa distancia de aquí, sino una madre que no tendré nunca, una madre que sólo pudo trabajar bien en su cuidado y su ternura cuando yo era un niño y aún no tenía razones para oponerme, cuando no era sino debilidad y necesidad y una cosa chiquita. Ahora no soy más un niño. Soy una cosa grande con la misma necesidad y peor debilidad.... Pero ya no tendré más el cuidado de mi madre, ya una parte de mí, mi razón, mi cordura, se opone a ella. Por eso es que me ataca esta nostalgia de un estado imposible: desear no haber crecido nunca y haberla seguido viendo sólo como la persona que me cuidaba y me daba la única compañía que me servía. He crecido tan duro y tan malo y con tantas cucarachas en la cabeza. Y no se pudo poner a una distancia correcta con mi crecimiento, ¿por qué si me cuidaba cuando chiquito, por qué no quiso cuidarme mi pensamiento modificando su mismo pensamiento?  ¿Por qué no saber que mi pensamiento no está a gusto con el de los demás, con la gente fuera de su dominio, que no estaría a gusto con ella? ¿Qué es lo que yo necesito entonces? ¿Qué es lo que tengo que hacer?



Vacío

Me desperté esta tarde sintiéndome nada más que una cosa sufriente y dolorosa y echando gotas. Es la conciencia del fracaso la que no me deja en paz. Digo, ¿considero un fracaso haber venido acá y no haber vendido nada? ¿Considero un fracaso no poder regresar ya, ahora, cuando quiero estar allá y pienso en lo que podré hacer allá, y resuelvo: me encerraría en un cuarto, y esperar la hora de cada comida y ser servido por la sirvienta, a la que detesto por servirme y por gustarle servir, y conversar en la mesa con mis padres o si no oírlos conversar de lo que para mí no tiene ningún sentido, nosotros tres, los dos viejos y el hijo hombre que nunca creció, nunca consiguió mujer y envejeció antes de cumplir los 20 años. El hijo que escribió el grueso de su producción cuando aún su mente no estaba formada, ni tenía suficientes referencias para que pudiera escribir lo que se dice buena literatura. El grueso de su producción fue compuesta entre los 15 y los 17 años. Dirigió cinco obras de teatro, escribió seis. Trató de actuar y nunca pudo porque hablar no puede, no sabe hablar, es mudo como un niño. Ahora, buscando una nueva posición para acomodar mejor su angustia, trató de sacar la misma frase que venía pensando, a martillazos, hasta que ya lo estaba enloqueciendo, era la misma frase hace por lo menos diez minutos de pena doliente, y sintiendo adentro un punzar y una quebrazón de espejos exclamó: ¿qué es lo que ha sido mi vida? Y se avergonzó ante lo ridículas que le habían salido las palabras, como si alguien hubiera estado presente para sentir incomodidad por ellas, para censurarlo. Como aquella vez en la que tirado en una mesa de arquitectura, inventé una historia llena de verde, de campos verdes, delante de Luz Ángela, que escuchaba, y hablando, como lo hice arriba, en tercera persona, dije: “Por qué Andrés siempre está tan solo?”. Lo dije para conmoverla y ella no dijo nada, jamás dijo nunca nada. Ese hecho ha pasado a ser uno de los que engrosa la bolsa negra, la bolsa de alquitrán en donde guardo los sucesos insoportables de mi vergüenza. Fue como si ella me estuviera escuchando, sí, y yo cambié de posición, había dicho aquella frase tirado en la alfombra y más bien me paré y me acurruqué en el sofá pensando en mi regreso a Cali, como digo, podría encerrarme en el cuarto y matar de la pena a mi madre. Para que me digan, como me dijeron: «Tienes que pensar en que nosotros ya estamos viejos». Es decir, ya no tenemos por qué presenciar las locuras de niño, anda y te buscas una vida, sé como tus hermanas, cásate, procrea, sé útil a la sociedad. Ellos nunca me han tomado en serio una vez que fui creciendo y fui descubriendo los motivos por los cuales tenía que rechazar su cuidado, ese que ahora no digamos necesito, ese que ahora añoro porque en él está la clave de cómo comencé a perderme; nunca han tomado en serio mis escritos.

 

 A lo mejor no he debido estarme tanto tiempo en la casa de Angelita porque cuando Salí todo estaba vacío. Casi que me vuelvo para atrás. Voltié la cara y ella me estaba diciendo adiós desde la ventana. Por primera vez estuvimos juntos más de una hora. Nos amamos por primera vez.  Ella me dijo adiós desde la ventana. Yo no podía regresar. Yo tenía que irme. Le sonreí a su cara que salía por la ventana y empecé a caminar toc toc toc  por el pavimento resquebrajado. Me había metido las manos a los bolsillos. Recorrí muy despacio su calle. Los sauces que crecen a lada y lado y la iluminación de mercurio. Todo eso vacío. No podía regresar. Sus papás no demoraban en llegar y quien sabe si con un hermano. Yo no quiero morir  tan joven. Vacía la esquina de la casa de Angelita Y la luna llena. Esa luna llena que se está llenando desde hace cuatro días y hoy es cuando está más llena.  Hoy es la noche del peligro mano.

 

Vacío Sears cuando pasé por allí. No estaban ni siquiera los vigilantes que cargan escopeta y que le tiran de una al primero que venga a robarle algo a lo que los gringos tienen en Sears. Vacía toda la Avenida Estación pero yo cerré bien los puños dentro de los bolsillos y caminé por la mitad de la calle. Echando ojo a cada sombra a cada casa a cada raya. Cuando paso por aquí  de día y todo eso. Siempre pienso en Angelita. Desde la Avenida Estación se ve su casa. La parte de atrás de su casa. Y cuando paso por aquí de día y hay sol y todo eso y la gente que pulula. Pienso por qué no ir donde Angelita. Tocar a la puerta. Preguntar por ella. Por qué no. Qué tiene eso de malo. Pase por detrás de su casa Y pensé en ella. Me la imagine ya casi dormida, abrazando una de las almohadas pensando En mí, Pensando en mañana  cuando se levantara y me llamara por teléfono y yo le contestara, todo eso,  contarle que cuando Salí de su casa la calle estaba vacía y que me había dado miedo al principio pero después no, por algo es uno alumno de sexto del colegio san Juan Berchmans. Desde donde yo estaba mirando se veían la ventana de sus papás y la del cuarto de las mantecas y las cortinas de la sala. Me hubiera gustado treparme al techo, Caminar hasta su cuarto y despertarla de un beso en mejilla juntarle mi cara, respirarle en las orejas, preguntarle por mi, que si me ha pensado mucho, me hubiera gustado eso, Tal vez si no hubiera salido tan tarde de su casa, no me hubiera encontrado esta calle tan vacía, caminé despacio hasta  Deiri Frost.  Vacío Deiri Frost allí donde uno se aparece cualquier día y se encuentra con los muchachos. Con Pedro Y con pablo y chucho y Jacinto y José, toda la gente, y eso es que le preguntan a uno que para dónde va y uno contesta para ver a donde es que lo invitan, y allí de una le plantean onda,  con cualquier par de hembras, cosas así, cualquier día, pero de día, ahora el Deiri Frost. Estaba vacío, me arrimé bien a los vidrios para ver si veía al gringo que prepara los helados pero nada, todo vacío, si me encontrara con alguien, por qué n, con tantos amigos que tiene uno en Cali, Por qué no, me senté un rato en el muro del Deiri Frost esperando a que pasara alguien conocido, Han debido pasar como veinte minutos y no pasó nadie, Ni siquiera Un taxi, Nada y esa luna llena… me paré del muro y caminé hacia arriba, por la Avenida sexta hasta que llegue a mi casa. Vacía la fuente, vacía la bomba, vacío Oasis, allí donde yo conocí a Angelita,

 

Otro cuento emblemático

Si te gustan los cuentos, te recomiendo La luz es como el agua de Gabriel García Márquez.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Un cuento maravilloso de Gabriel García Márquez.

Un cuento de Gabriel García Márquez

A continuación, te presento un cuento para adultos de Gabriel García Márquez, La luz es como el agua. Gabriel García Márquez fue un escritor y periodista colombiano, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, reconocido por su estilo de realismo mágico y por obras emblemáticas como Cien años de soledad. 

“La luz es como el agua” pertenece al libro Doce cuentos peregrinos (1992) de Gabriel García Márquez, una colección de relatos en los que el autor mezcla lo real y lo fantástico con su característico estilo del realismo mágico. Si deseas escuchar este cuento puedes hacerlo en el audiolibro narrado por Carla Narraciones.

Resumen y significado del cuento

“La luz es como el agua” de Gabriel García Márquez es un cuento en el que dos niños, movidos por la imaginación y el deseo de aventura, convierten lo cotidiano en algo mágico dentro de su hogar. A través de un simple acto simbólico —abrir el “grifo” de la luz—, transforman su realidad urbana en un mundo marino donde todo es posible. La historia, narrada con el característico realismo mágico de García Márquez, reflexiona sobre el poder de la fantasía infantil, la inocencia que desafía los límites de lo real y la ceguera de los adultos ante la creatividad de los niños. En el fondo, el cuento sugiere que la luz representa la imaginación: una fuerza vital que, si se desborda, puede iluminar o consumir por completo la realidad.

En este cuento para adultos existe un trasfondo simbólico: la confrontación entre la fantasía y la realidad, y la forma en que los sueños humanos —ya sean infantiles o adultos— revelan la belleza y la fragilidad de nuestra condición.

 

La luz es como el agua

[Cuento completo]

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

 

Fuente: Ciudad Seva

 

 Otros cuentos clásicos en español

Si te gusta este género literario, te recomiendo “El sur”, de Jorge Luis Borges, un relato que, al igual que los cuentos de Gabriel García Márquez, combina lo real con lo simbólico. En él, Borges explora temas como el destino, la identidad y la delgada frontera entre la realidad y la imaginación, a través de la historia de un hombre que enfrenta su propio destino en un ambiente cargado de misterio y significado.

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

El sur, relato breve de Jorge Luis Borges

 

Narrativa latinoamericana del siglo XX

A continuación, te presento El Sur, un relato breve de Jorge Luis Borges, considerado un clásico de la narrativa latinoamericana del siglo XX. Borges (1899–1986) fue un destacado escritor, poeta y ensayista argentino, reconocido como una de las figuras más importantes de la literatura universal. Su obra se caracteriza por el uso de símbolos, laberintos, espejos y reflexiones filosóficas sobre el tiempo, la identidad y la realidad.

Este cuento también puedes escucharlo como audiocuento en YouTube.

 

Resumen y significado de “El Sur”


El relato cuenta la historia de Juan Dahlmann, un hombre que trabaja en una biblioteca de Buenos Aires y que vive dividido entre su ascendencia europea y su identidad argentina. Tras un accidente que lo deja gravemente herido, pasa un tiempo internado en un sanatorio. Al recuperarse, decide viajar hacia el Sur, un lugar cargado de recuerdos familiares y simbólicos, donde espera reencontrarse con su origen y su verdadero yo. Durante el viaje, el paisaje y las experiencias que vive lo conectan profundamente con la esencia del país y con una dimensión más intensa de la vida.


El cuento “El Sur” de Borges representa el enfrentamiento entre dos formas de vida y dos destinos. A través de él, se abordan temas como la identidad, la herencia argentina (encarnada en el Sur) y la frontera entre la realidad y la fantasía. El protagonista, Juan Dahlmann, se encuentra dividido entre su existencia cotidiana en la ciudad y su deseo idealizado de una muerte heroica en el campo sureño, que podría ser producto de un sueño o una alucinación para huir de la muerte real en un sanatorio. En el relato, destacan la dualidad entre lo real y lo imaginario y la búsqueda de una muerte digna, que constituyen sus ejes temáticos principales.

 

El Sur

Jorge Luis Borges

(Artificios, 1944; Ficciones, 1944)

 El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.

          Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las 1001 Noches de Weil, ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las 1001 Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y  con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

          A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

          Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de 1a puerta, el zaguán, el íntimo patio.

          En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

          A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las 1001 .Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

          A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio dc la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

          El almuerzo (un el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

          Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

          Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo dc los hechos no le importaba.)

          Et tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

          Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

          El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados dcl sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

          En una mesa comían v bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

          Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes dc hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba cl áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

          Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhmann. perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noche, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

          —Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

          Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

          El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan  Dahlmann, lo injurió a gritos. como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla— Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

          Desde un rincón. el viejo gaucho extático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo macaran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

—Vamos saliendo —dijo el otro.

         Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.


Fuente: Literatura.us 


Otro relato breve indispensable

Si te gustan los relatos breves, te recomiendo otro cuento indispensable de Rosario Ferré, La muñeca menor. Ferré (1938–2016) fue una destacada escritora, ensayista y editora puertorriqueña, reconocida por su exploración de temas como el feminismo, la identidad, el poder y la crítica social. Su estilo combina lo real y lo fantástico para cuestionar las estructuras patriarcales y dar voz a las mujeres dentro de una sociedad tradicional.

 

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