Fernanda Ampuero
A continuación,
te presento un cuento breve de Fernanda Ampuero: La apuesta que también
puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.
El
cuento narra un encuentro casual durante un viaje en carretera, donde un hombre
corriente se cruza con un desconocido que le propone una apuesta aparentemente
trivial, pero que pronto se vuelve inquietante, transformando una charla
cualquiera en una experiencia imposible de olvidar; lo extraordinario irrumpe
en medio de la rutina, sin explicaciones claras, y deja al protagonista
atrapado en una duda persistente. El significado del relato apunta a que la
realidad no siempre es tan sólida como creemos: basta un hecho inexplicable
para resquebrajar nuestras certezas, recordándonos que el mundo aún guarda
zonas de misterio que la razón no puede dominar y que, a veces, una historia
mínima puede alterar para siempre nuestra manera de mirar lo cotidiano.
La apuesta
Cuento completo de Fernanda Ampuero
Es
tanta la gente que cuenta historias y son tan pocas las personas que las
escuchan, que lo lógico es que mu- chas acaben en el olvido. Los casuales
oyentes, quizá por indiferencia o por menosprecio al cotorreo, suponen que les
endilgan cualquier tontería. Y, bueno, probablemente no les falta razón. Sin
embargo, algo sucede en la memoria de uno que otro oyente —de un oyente
impresionable como yo, quiero decir—, donde el recuerdo de un detalle determina
que las historias mantengan su inexplicable frescura. No me refiero a todas,
desde luego; no soy Funes, el memorioso. Hablo sólo de esa clase de extrañas
historias que, en definitiva, perduran como una inquietud.
Voy
a referir ahora un cuento de mi amigo Enrique. De él suelo decir que es un
hombre sencillo y campechano, sin afanes de hacerse el interesante o de querer
perturbar a nadie; detesta llamar la atención. Pero esto último, para Enrique,
no resulta fácil: el mundo ordinario en el que se mueve se declara a veces en
rebeldía ante la normalidad. A mí, digamos, siempre me cuenta cosas raras y
locas; o, por decir lo menos, curiosas. De cualquier modo, lo suyo no aporta
grandes tragedias o catástrofes; nada de eso. Son más bien pequeñeces, cosas
irrelevantes. Como, por ejemplo, la historia de aquel pasajero de una
destartalada combi de provincia —uno de sus más antiguos cuentos—, a quien
conoció un día mientras viajaba de Trujillo a Lima.
Enrique
subió a esa combi porque el vehículo que conducía, su vieja ranchera pickup,
empezó a humear y se plantó por una avería en el radiador. Decidió entonces
empujarla hacia el carril auxiliar de la carretera y estacionarla; luego, en
pos de un taller mecánico, trepó a la combi que lo llevaría a Casma, cerca de
Huarmey.
El
trayecto, según le informó el chofer, tomaba unos cincuenta minutos. La combi
iba llena, pero encontró un sitio libre en la tercera fila, junto a un sujeto
de barba y expresión pacífica. Se sentó en el lado del pasillo y estuvo veinte
minutos en silencio, como la mayoría de pasajeros, dedicados a dormitar o
contemplar el desierto.
Enrique,
por contraste, lucía bastante despierto e inquieto. Fue en ese ánimo cuando su
vecino de asiento se volvió hacia él y le habló con un tono de voz apagado.
—Tengo
una pregunta que hacer —dijo—. ¿Cuánto tiempo cree usted que vive un pez fuera
del agua? Mi amigo se sorprendió, pero supo moderar su reacción con una amable
sonrisa.
—¡Qué
pregunta!
—Es
una pregunta simple —dijo el sujeto—. Todos los niños la formulan.
—No
lo dudo —comentó Enrique—. Los niños siempre están haciendo ese tipo de
preguntas.
—¡Y
otras más interesantes! Yo sospecho que la mayoría de filósofos de la
Antigüedad escuchaban con fervor las preguntas de los niños y, estimulados por
éstas, mientras las contestaban, fueron forjando sus ideas filosóficas. Los
niños son filósofos naturales… Pero, en fin, me gustaría que me responda…
—¿Qué?
—La
pregunta que le hice… ¿Cuánto tiempo cree usted que vive un pez fuera del agua?
Enrique soltó esta vez una risita.
—No
lo sé —replicó—. Me imagino que el mismo tiempo que podría resistir un hombre
dentro del agua…
Tres
minutos, cuatro minutos… Desconozco el récord humano bajo el agua.
—¿Ésa
es su respuesta?
—Sí
—titubeó Enrique.
—Mire,
le hago una apuesta… ¡Cinco soles! No es mucha plata, pero le pone emoción al
asunto. Si usted gana, se acordará de esto para siempre; y si pierde, también
se acordará. ¿Qué le parece?
Meneando
la cabeza, Enrique se animó:
—La
acepto —dijo—. Aunque no me imagino cómo podría probarlo en este momento.
—Podré
probarlo ahora mismo.
—¿Ah,
sí? A ver, diga: ¿cuánto tiempo vive un pez fuera del agua?
—Una
hora, más o menos.
—¡Imposible!
—gruñó Enrique sacudiendo la cabeza—. No le creo… Pero me intriga qué prueba va
a presentar…
—La
más convincente de las pruebas —enfatizó el sujeto—. Míreme bien.
—Lo
estoy viendo.
Con
estudiada parsimonia, el sujeto introdujo una mano en el bolsillo interior de
su casaca y la volvió a sacar aferrando un pez.
—Este
pez es la prueba… ¡Tóquelo!… ¡Sienta cómo se mueve!
Atónito,
observando al escamoso pez de ojos enormes que se movía en la mano de aquel
sujeto, Enrique no sabía qué pensar, pero balbuceó:
—¿Qué
es eso?
—¡Un
pez! ¡Un tramboyo! ¡Y está vivo!… ¡Vamos, tóquelo!
Mi
amigo lo tocó y, en efecto, sintió vida en ese contacto resbaladizo.
—¿Cuánto
tiempo llevamos de viaje? —acometió el sujeto—. ¡Casi media hora! No han sido
diez minutos o menos. Y cuando en la próxima media hora lleguemos al pueblo, lo
aseguro, este pez seguirá moviéndose.
Enrique
le pidió bruscamente al sujeto que se abriera la casaca y le mostrara el
bolsillo de donde había sacado al pez.
—¿Tiene
un frasco con agua en ese bolsillo?
—¡Claro
que no! Revise usted.
Tras
revisar el bolsillo, no encontró el pequeño depósito de agua que había
imaginado. Ni siquiera perci- bió algo húmedo.
—¿Satisfecho?
—se ufanó el sujeto. Enrique asintió—. Bueno, me debe cinco soles. Nos
tomaremos una cerveza en la próxima parada. Usted paga.
Mi
amigo nunca descubrió cuál era el truco.
Y
luego, sentándose a la mesa de un quiosco, se tomó una cerveza grande con el
sujeto. Mientras tanto, sobre la mesa, junto a la botella, el pez movía la
cola.
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