Amado Nervo
A continuación, te
presento “La gota de agua que no quería perder su «individualidad»”, de
Amado Nervo, que también puedes escuchar en formato de audiocuento en Spotify o
ver en video en YouTube.
En este cuento, una
gota de agua que ha pasado la noche sobre el pétalo de una rosa disfruta de su
belleza y de cómo refleja la luz y los colores del mundo, sintiéndose única y
valiosa en su pequeña existencia. Cuando el sol comienza a calentarla, la gota
percibe que está a punto de evaporarse y suplica no desaparecer, pues teme
perder su “individualidad”, es decir, su identidad como gota concreta y
distinta. Sin revelar el desenlace, el relato utiliza esta escena sencilla y
poética para reflexionar sobre el miedo al cambio y a la disolución del yo,
mostrando cómo la resistencia a formar parte de algo más grande —el ciclo
natural— simboliza el temor humano a dejar de ser lo que creemos que somos.
La gota de agua que no quería perder su «individualidad»
Cuento completo de Amado Nervo
Por la noche, en el
verano, a partir de las doce pueden regarse los tiestos. Se supone que a las
doce —y se supone mal— nadie pasará ya bajo los balcones enmacetados de Madrid;
pero si pasa, y es abrupto en riego helado cae sobre su cabeza, ni tiene derecho
a quejarse, ni vale la pena, porque el agua, aun así, es bienvenida en pleno
agosto. Las flores, “por su parte”, es indecible lo que gozan con ese riego
nocturno, cuya frescura se perpetúa, sobre todo en los balcones de Luis, que
miran al Poniente, hasta bien entrada la mañana. El otro día, a las doce, sobre
el pétalo aterciopelado de una rosa, como sobre la tela de un estuche, radiaba
aún una gruesa gota de agua. Había pasado allí buena parte de la noche, fresca
por excepción, dejándose penetrar por la luna. Un viento suave la balanceaba en
su hamaca olorosa de seda. Pero avanzaba la mañana. El dios trasponía ya el
meridiano, y una saeta de oro del arquero divino hirió en pleno corazón a la
gota, tocándola en chispa maravillosa. Luis, que de antaño comprende el
lenguaje del agua, como el sultán Mahmoud comprendía a los pájaros, oyó
quejarse a la gota, la cual decía entre suaves quejumbres: —Tengo miedo, ¡ay!,
tengo miedo. Siento que empiezo a evaporarme... ¡Oh sol, no me beses, por Dios!
Tus besos hacen un espantoso daño. Me penetran toda, me abrasan, me
disgregan... Yo no quiero deshacerme, no quiero volatilizarme... ¡No quiero
perder mi individualidad!... ¿Entiendes, oh sol? No quiero perder mi
individualidad. «Yo reflejo e mi modo la naturaleza. Soy un pequeño ojo
cristalino, muy abierto, que la ve, que la admira desde este nido de
terciopelo, desde esta cuna suave y bienoliente. Llevo ya muchas horas divinas
de vida harmoniosa. Durante buena parte de la noche he reflejado la luna. He
sido, ya una perla, un zafiro místico, ya una turquesa celeste. Después, la
bóveda se ha pintado de un amarillo suave, y yo me he vuelto topacio. A poco el
cielo se tiñó de rosa, y he sido rubí. Ahora soy diamante. Y cuando las hojas
del rosal se miran en mi espejo para contemplar su traje nuevo, recién cortado
en punta, me convierto en esmeralda
»No me beses, ¡oh
sol! No sabes besar: haces mucho daño. No eres como la luna. Ella sí que sabía
besar blandamente: al fin, mujer. Tú te pareces a un hombre sanguíneo, tosco y
premioso. »¡Ay!, siento que me deshago, que me desvanezco, que me pierdo... »Sí,
comprendo que eso de la transparencia absoluta es una cosa muy buena; que ser
parte de la atmósfera húmeda es cosa muy conveniente; que flotar, volar, es
cosa muy apetecible. Comprendo también que un poco de frío puede condensar mi
humedad, y entonces ser yo parte mínima de una nube de esas que he visto pasar
por la mañana y que parecen cuentos y milagros... Todo eso, sin duda, es bueno.
Pero yo dejaría de ser gota, de ser gotita diáfana y temblorosa que soy: esta
gotita acurrucada en el pétalo de una rosa, ¡y no quiero perder mi
individualidad! »¡Ay! ¡Ay!, que daño me haces..., ¡oh sol! Ya no me beses, ya
no me be...ses. Yo soy u...na gotita... de agua..., una lu...mi...no...sa
go...tita de agua... sobre un rosa..., sobre una ro...» Estas fueron las últimas
palabras de la gotita trémula que brillaba sobre el pétalo de una rosa en el
balcón de Luis. El sol, brutal y sordo como la muerte, había hecho su obra.
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