martes, 30 de septiembre de 2025

Cuento breve de José Emilio Pacheco

 

Cuento breve de José Emilio Pacheco

A continuación, te presento un cuento breve de José Emilio Pacheco: El viento distante. El cuento narra el recuerdo de una visita a una feria ambulante, donde una experiencia inesperada deja una profunda impresión en el narrador y en su acompañante. Lo que parecía un simple paseo se convierte en un momento de revelación sobre el dolor, la dignidad y la soledad humana. A través de esta escena, José Emilio Pacheco muestra cómo, en medio de lo cotidiano, se esconde el sufrimiento silencioso de otros, y cómo ciertos encuentros pueden marcar un antes y un después en la forma en que vemos la vida. 

Este cuento para adultos puedes escucharlo en mi canal de YouTube, Carla Narraciones. 

 

El viento distante

   La noche es densa. Sólo hay silencio en la feria ambulante. En un extremo de la barraca el hombre cubierto de sudor fuma, se mira al espejo, ve el humo al fondo del cristal. Se apaga la luz. El aire parece detenido. El hombre va hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja arder y mira la tortuga que yace bajo el agua. Piensa en el tiempo que los separa y en los días que se llevó un viento distante.

 

       Adriana y yo vagábamos por la aldea. En una plaza encontramos la feria. Subimos a la rueda de la fortuna, el látigo y las sillas voladoras. Abatí figuras de plomo, enlacé objetos de barro, resistí toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que predecía mi porvenir.

       Hallamos en esa tarde de domingo un espacio que permitía la dicha; es decir, el momentáneo olvido del pasado y el futuro. Me negué a internarme en la casa de los espejos. Adriana vio a orillas de la feria un barraca aislada y miserable. Cuando nos acercamos el hombre que estaba a las puertas recitó:

       —Pasen, señores. Conozcan a Madreselva, la infeliz nina que un castigo del cielo convirtió en tortuga por desobedecer a sus mayores y no asistir a misa los domingos. Vean a Madreselva. Escuchen en su boca la narración de su tragedia.

       Entramos. En un acuario iluminado estaba Madreselva con su cara de niña y su cuerpo de tortuga. Adriana y yo sentimos vergüenza de estar allí y disfrutar la humillación del hombre y de una niña que con toda probabilidad era su hija. Terminado el relato, Madreselva nos miró a través del acuario con la expresión del animal que se desangra bajo los pies del cazador.

 

       —Es horrible, es infame —dijo Adriana en cuanto salimos de la barraca.

       —Cada uno se gana la vida como puede. Hay cosas mucho más infames. Mira, el hombre es un ventrílocuo. La niña se coloca de rodillas en la parte posterior del acuario. La ilusión óptica te hace creer que en realidad tiene cuerpo de tortuga. Es simple como todos los trucos. Si no me crees, te invito a conocer el verdadero juego.

       Regresamos. Busqué una hendidura entre las tablas. Un minuto después Adriana me suplicó que la apartara. Al poco tiempo nos separamos. Después nos hemos visto algunas veces pero jamás hablamos del domingo en la feria.

 

       Hay lágrimas en los ojos de la tortuga. El hombre la saca del acuario y la deja en el piso. La tortuga se quita la cabeza de niña. Su verdadera boca dice oscuras palabras que no se escuchan fuera del agua. El hombre se arrodilla, la toma en sus brazos, la atrae a su pecho, la besa y llora sobre el caparazón húmedo y duro. Nadie entendería que la quiere ni la infinita soledad que comparten. Durante unos minutos permanecen unidos en silencio. Después le pone la cabeza de plástico, la deposita otra vez sobre el limo, ahoga los sollozos, regresa a la puerta y vende otras entradas. Se ilumina el acuario. Ascienden las burbujas. La tortuga comienza su relato.

 Fuente: Lecturia

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Cuentos de Inés Arredondo

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viernes, 26 de septiembre de 2025

Poemas inolvidables de Julia de Burgos

Julia de Burgos

A continuación, te comparto unos poemas inolvidables de Julia de Burgos, una activa promotora de la liberación de la mujer y considerada por muchos críticos como la más excelsa poetisa puertorriqueña, los cuales puedes escuchar en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

Además, me gustaría dejarte dos de los poemas que más me han impactado: "A Julia de Burgos" e "Íntima".

 

                                                     A Julia de Burgos

Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.

Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo; y el más
profundo abismo se tiende entre las dos.

Tú eres fria muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.

Tú, miel de cortesana hipocresías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el corazón.

Tú eres como tu mundo, egoísta;
yo no; que en todo me lo juego a ser lo que soy yo.

Tú eres sólo la grave señora señorona; yo no,
yo soy la vida, la fuerza, la mujer.

Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a todos, a
todos en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.

Tú te rizas el pelo y te pintas; yo no;
a mí me riza el viento, a mí me pinta el sol.

Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.

Tú en ti misma no mandas;
a ti todos te mandan; en ti mandan tu esposo, tus
padres, tus parientes, el cura, la modista,
el teatro, el casino, el auto,
las alhajas, el banquete, el champán, el cielo
y el infierno, y el que dirán social.

En mí no, que en mí manda mi solo corazón,
mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.

Tú, flor de aristocracia; y yo, la flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos se
lo debes, mientras que yo, mi nada a nadie se la debo.

Tú, clavada al estático dividendo ancestral,
y yo, un uno en la cifra del divisor
social somos el duelo a muerte que se acerca fatal.

Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticiasquemadas,
y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injustoy lo inhumano,
yo iré en medio deellas con la tea en la mano.

 

"A Julia de Burgos" es un poderoso poema de confrontación interna, donde la autora se desdobla para enfrentar su yo social (sumiso, superficial y condicionado por normas patriarcales) con su yo verdadero, libre, auténtico y rebelde. Con un tono desafiante, la poeta denuncia la hipocresía de los roles impuestos a la mujer y afirma su autonomía moral, intelectual y emocional. Es una declaración de identidad y libertad que trasciende lo personal y se convierte en un grito colectivo de justicia y emancipación.

 

                                                        Íntima

 

Se recogió la vida para verme pasar.
Me fui perdiendo átomo por átomo de mi carne
y fui resbalándome poco a poco al alma.

Peregrina en mí misma, me anduve un largo instante.
Me prolongué en el rumbo de aquel camino errante
que se abría en mi interior,
y me llegué hasta mí, íntima.

Conmigo cabalgando seguí por la sombra del tiempo
y me hice paisaje lejos de mi visión.

Me conocí mensaje lejos de la palabra.
Me sentí vida al reverso de una superficie de colores y formas.
Y me vi claridad ahuyentando la sombra vaciada en la tierra
desde el hombre.


Ha sonado un reloj la hora escogida de todos.
¿La hora? Cualquiera. Todas en una misma.
Las cosas circundantes reconquistan color y forma.
Los hombres se mueven ajenos a sí mismos
para agarrar ese minuto índice
que los conduce por varias direcciones estáticas.

Siempre la misma carne apretándose muda a lo ya hecho.
Me busco. Estoy aún en el paisaje lejos de mi visión.
Sigo siendo mensaje lejos de la palabra.

La forma que se aleja y que fue mía un instante
me ha dejado íntima.
Y me veo claridad ahuyentando la sombravaciada en la tierra
desde el hombre.

 

 

El poema Íntima de Julia de Burgos es una profunda exploración introspectiva, donde la autora se aleja del cuerpo y de lo superficial para adentrarse en su ser más esencial. A través de un lenguaje reflexivo y casi místico, se describe como peregrina de sí misma, reconociéndose más allá de la forma, la palabra o el tiempo. Es un viaje hacia lo espiritual y lo auténtico, donde se reafirma como una fuerza de luz que trasciende la oscuridad sembrada por el hombre.


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José Ángel Buesa

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domingo, 21 de septiembre de 2025

La señal, un cuento para adultos de Inés Arredondo.

 

Amor en la compasión y en la vulnerabilidad

Relato para adultos de Inés Arredondo

A continuación, te presento La señal, un cuento para adultos escrito por Inés Arredondo. Si prefieres escucharlo, te invito a visitar mi canal de YouTube: Carla Narraciones.

Este relato para adultos tiene una gran carga simbólica, ya que narra una escena en la que Pedro, un hombre atrapado en su vacío interior, recibe de un obrero el desconcertante gesto de besarle los pies, un acto que encarna, al mismo tiempo, humillación, amor, sacrificio y redención. Cabe destacar que el hecho de que sea un obrero quien se arrodilla y ejecuta este gesto invierte radicalmente tanto las jerarquías sociales como las espirituales, y sitúa a Pedro, el protagonista, en el lugar del 'elegido', no por mérito, sino por el misterio de un sufrimiento compartido.

Ambos sienten asco, pero también amor, que trasciende la carne y se inscribe en el ámbito de lo sagrado, como un acto de compasión radical que deja en Pedro una señal indeleble, una herida luminosa que ya no puede ocultar ni comprender del todo. A su vez, la desnudez de los pies representa un descenso a lo más elemental del ser, donde se revela la vulnerabilidad como condición necesaria para la compasión. El beso del obrero es, al mismo tiempo, humillación y consagración: Pedro se convierte en portador de una señal inexplicable que trastoca su identidad y lo marca para siempre, como si en ese instante se hubiera rozado el misterio del dolor humano y de una posible redención entre iguales. Así, el cuento interroga el sentido de la redención, el dolor, y la posibilidad del amor humano, de la compasión, como un gesto extremo de entrega y de fe, incluso entre hombres desconocidos, incluso en medio del absurdo.

 

 

La señal

El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre, pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.

Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.

Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.

Siempre había estado ahí, pero sólo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desagradable de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña —de ahí su aire de pinos—. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.

No había nadie, sólo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.

El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.

Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.

Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.

—¿Me permite besarle los pies?

Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo… Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Su ojos podían obligar a cualquier cosa, pero sólo pedían.

—Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.

Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre… Tuvo piedad de él.

—Está bien.

—¿Quiere descalzarse?

Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lúcido, tan lúcido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzó.

Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.

No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.

Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… Pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel… Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez… El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento… No, no, los dos sentían asco, sólo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan sólo una vez, en la crucifixión.

El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.

Pedro se quedó ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.

Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.

¿Por qué yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él sólo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.


Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.

 Fuente: Ciudad Seva

Cuentos para adultos

Si te gusta este género literario, te recomiendo El guante de Reynol Pérez.

 

viernes, 12 de septiembre de 2025

El guante, cuento para adultos de Reynol Pérez

 

Cuento para adultos

A continuación, te presento un cuento para adultos, El guante de Reynol Pérez. El cuento narra, desde la mirada de un niño, la estrecha relación entre su padre y su perro Guante, quien representa una fuente de afecto y alegría en medio de la vida dura del campo. La historia avanza entre la rutina familiar y el afecto silencioso, hasta que una amenaza pone en peligro ese vínculo. 

La frase “Desde algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo, porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros” resume el tono del cuento: una reflexión sobre cómo la felicidad, aunque pequeña y cotidiana, parece siempre vigilada por una fuerza invisible que la limita. Este cuento explora la fragilidad de la alegría, el dolor callado de los adultos, y la pérdida de la inocencia en el corazón de los niños.

 

El guante

En toda su vida mi padre había tenido pocos amigos. Los más cercanos eran nuestros padrinos de bautismo porque en aquellos años el padrino elegido asumía el compromiso de criar y proteger al ahijado si uno o los dos padres llegaba a faltar. Yo creo, sin embargo, que sus mejores amigos fueron los perros, compañía imprescindible después del fallecimiento de mi madre. Todos fueron amigos fieles, compañeros ideales; juguetones o apacibles, según lo exigiera la situación. El Guante, sin duda, ocupó siempre su corazón. Era un perro de raza indefinida, más corriente que común, como acostumbra decir la gente a manera de burla. De color negro con manchas blancas y cafés. Parecía que un dios sabio le hubiera pintado cada pata de color blanco, de tal manera que éstas parecían un guante. Por esa razón mi padre decidió darle aquel nombre. El Guante seguía a todos lados a mi padre: estaba siempre con él en los corrales cuando ordeñaba las vacas. Lo acompañaba también a ordeñar las cabras, y si alguna de éstas se hallaba de mal humor, lo alejaba con la amenaza de sus cuernos. Él se había acostumbrado a la conducta siempre caprichosa de las cabras y nunca respondía con gruñidos o ladridos. Si mi padre se quedaba a conversar con mi madre a la hora del desayuno, lo cual sucedía a diario, tenía prohibido arañar la puerta y lo aguardaba con paciencia. Cuando mi padre salía por fin para volver a los corrales, el Guante iba a su encuentro con tales brincos de alegría que parecía que no lo hubiera visto en meses.

Desde algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo, porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros. Así, una mañana, descubrimos a Guante detenido en mitad del patio, rascándose con insistencia una de sus orejas. Mi padre lo llamó para que lo acompañara a los corrales; sin embargo, el perro permaneció en su sitio, sin atender al llamado. Mi padre resolvió entonces dejarlo en su tarea y se encaminó a los corrales. Al día siguiente no vimos a Guante por ninguna parte y mi padre se alarmó. Le pidió a mi hermano Humberto que saliera a buscarlo por los alrededores. Tenía el temor de que lo hubiera atacado un coyote o que una víbora de cascabel lo hubiera mordido. No podría existir otra razón, ya que Guante jamás abandonaba el patio si no era para seguir a mi padre. Humberto no lo encontró por ningún lado y entonces comenzamos a buscarlo entre todos, incluida mi hermana Olivia. “¡Guante!”, “¡Guanteeee!”, “¡Guanteeeee!”, sembrábamos de gritos el aire. De pronto el perro reapareció por el lado del camino que conducía al caserío, del que nos separaban ocho kilómetros.

Se veía tan flaco que cualquiera habría pensado que no había comido en días. Tenía la cabeza gacha y parecía perdido; en algún momento alzó la cabeza y lanzó un largo aullido, tan largo que nos atravesó el corazón. Con mucho cuidado mi padre ató al perro con un lazo y a paso lento lo condujo a un corralito, donde a veces encerraban a los becerros. Nosotros de inmediato le llevamos algo de comer pero no dio muestras de apetito por más que intentamos hacerlo probar algún bocado. Al día siguiente mi padre revisó el oído de Guante y lo encontró peor. El sufrimiento del animal era tan evidente que, desesperado, mi padre ensilló su caballo y se encaminó al pueblo, sin siquiera probar bocado. Volvió por la tarde con algunos medicamentos que le habían recomendado en la farmacia porque el veterinario acudía al pueblo sólo dos veces al mes. Los primeros días Guante pareció mejorar pero una mañana empeoró. Los trabajadores de la lechería que venían a recoger los botes todas las mañanas revisaron también a Guante. “Hay que terminar con el sufrimiento de este animal. No queda de otra”, pronunció sacudiendo la cabeza el que parecía ser el mayor. Mi padre les dio las gracias. Cuando la camioneta se marchó, mi padre nos pidió a Saúl y a mí que lo dejáramos solo con Guante. Allí se estuvo con él, luego de que Humberto se llevó las cabras a pastar. Qué pensamientos habrán pasado por su cabeza, qué gritos habrá ahogado en su pecho, cuántas lágrimas habrá limpiado con sus manos callosas. “No molesten a su padre”, nos advirtió mi madre para quien aquello no era nada nuevo. ¡Cuántos animales del rancho no había intentado curar, ahora y cuando era niña! ¡Cuántos no habían muerto mientras pasaba sus manos por los cuerpos agotados que sólo deseaban entregarse al reposo de la muerte! Olivia lloró toda la mañana. Saúl y yo nos mordíamos los labios y no encontrábamos a quién gritar por qué le había hecho aquello a Guante, al perro más fiel y cariñoso que hasta ahora habíamos tenido. Allá, en lo alto, alguien había sepultado nuestra alegría en un nubarrón. Al atardecer mi padre salió de la cocina cargando su rifle. Mi madre se había quedado adentro, preparando algo para la cena. Nosotros estábamos junto a la cerca de leña. Mi padre salió rumbo a los corrales y volvió poco después con Guante que lo seguía, atado el cuello con un alambre.

“Papá”, susurré yo. “Papá, ¿adónde llevas a Guante?”, preguntó Saúl. Mi padre siguió de largo. De pronto, la voz dura de un desconocido resonó en la tarde quieta: “¡Ni se les ocurra seguirme!”.


Otros cuentos

Guadalupe Dueñas

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo La historia de Mariquita de Guadalupe Dueñas


domingo, 7 de septiembre de 2025

Historia de mariquita de Guadalupe Dueñas

 

Cuentos para reflexionar

Historia de mariquita de Guadalupe Dueñas es un cuento para adultos que mezcla lo cotidiano con lo inquietante a través de la voz de una narradora que recuerda su infancia en una familia marcada por un secreto inusual. Un cuento para reflexionar, con un tono entre tierno y sombrío. El relato aborda temas como el peso del pasado, el duelo, la memoria y la extrañeza dentro de lo familiar. Dueñas utiliza el humor negro y una narrativa íntima para explorar cómo ciertos vínculos y ausencias pueden acompañar toda una vida.

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Historia de mariquita

Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre, y exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas. Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí dormíamos siete.

Mi papá siempre fue un hombre práctico; había viajado mucho y conocía los camarotes. En ellos se inspiró para idear aquel sistema de literas que economizaba espacio y facilitaba que cada una durmiera en su cama.

Como explico, lo importante era descubrir el lugar de Mariquita. En ocasiones quedaba debajo de una cama, otras en un rincón estratégico; pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero.

Esta situación sólo nos interesaba a las dos mayores; las demás, aún pequeñas, no se preocupaban.

Para mí, disfrutar de su compañía me pareció muy divertido; pero mi hermana Carmelita vivió bajo el terror de esta existencia. Nunca entró sola a la pieza y estoy segura de que fue Mariquita quien la sostuvo tan amarilla; pues, aunque solamente la vio una ocasión, asegura que la perseguía por toda la casa.

Mariquita nació primero; fue nuestra hermana mayor. Yo la conocí cuando llevaba diez años en el agua y me dio mucho trabajo averiguar su historia.

Su pasado es corto, y muy triste: llegó una mañana con el pulso trémulo y antes de tiempo. Como nadie la esperaba, la cuna estaba fría y hubo que calentarla con botellas calientes; trajeron mantas y cuidaron que la pieza estuviera bien cerrada. Isabel, la que iba a ser su madrina en el bautizo, la vio como una almendra descolorida sobre el tul de sus almohadas. La sintió tan desvalida en aquel cañón de vidrios que sólo por ternura se la escondió en los brazos. Le pronosticó rizos rubios y ojos más azules que la flor del heliotropo. Pero la niña era tan sensible y delicada que empezó a morir.

Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba.

Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva —imagino sería aguardiente con sosa cáustica—. Este trabajo lo efectuaba emocionado y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo.

Claro está que el secreto lo guardábamos en familia. Fueron muy raras las personas que llegaron a descubrirlo y ninguna de éstas perduró en nuestra amistad. Al principio se llenaban de estupor, luego se movían llenas de recelo, por último desertaban haciendo comentarios poco agradables acerca de nuestras costumbres. La exclusión fue total cuando una de mis tías contó que mi papá tenía guardado en un estuche de seda el ombligo de una de sus hijas. Era cierto. Ahora yo lo conservo: es pequeño como un caballito de mar y no lo tiro porque a lo mejor me pertenece.

Pasó el tiempo, crecimos todas. Mis padres ya no estaban entre nosotras; pero seguíamos cambiándonos de casa, y empezó a agravarse el problema de la situación de Mariquita.

Alquilamos un señorial caserón en ruinas. Las grietas anunciaban la demolición. Para tapar las bocas que hacían gestos en los cuartos distribuimos pinturas y cuadros sin interesarnos las conveniencias estéticas. Cuando la rajadura era larga como un túnel la cubríamos con algún gobelino en donde las garzas, que nadaban en punto de cruz añil, hubieran podido excursionar por el hondo agujero. Si la grieta era como una cueva, le sobreponíamos un plato fino, un listón o dibujos de flores. Hubo problema con el socavón inferior de la sala; no decidíamos si cubrirlo con un jarrón Ming o decorarlo como oportuno nicho o plantarle un pirograbado japonés.

Un mustio corredor que se metía a los cuartos encuadraba la fuente de nuestro palacio. Con justo delirio de grandeza dimos una mano de polvo mármol al desahuciado cemento de la pila, que no quedó ni de pórfido ni de jaspe, sino de ruin y altisonante barro. En la parte de atrás, donde otros hubieran puesto gallinas, hicimos un jardín a la americana, con su pasto, su pérgola verde y gran variedad de enredaderas, rosales y cuanto nos permitiera desfogar nuestro complejo residencial.

La casa se veía muy alegre; pero así y todo había duendes. En los excepcionales minutos de silencio ocurrían derrumbes innecesarios, sorprendentes bailoteos de candiles y paredes o inocentes quebraderos de trastos y cristales. Las primeras veces revisábamos minuciosamente los cuartos, después nos fuimos acostumbrando y cuando se repetían estos dislates no hacíamos caso.

Las sirvientas inventaron que la culpable era la niña que escondíamos en el ropero: que en las noches su fantasma recorría el vecindario. Corría la voz y el compromiso de las explicaciones; como todas éramos solteras con bastante buena reputación se puso el caso muy difícil. Fueron tantas las habladurías que la única decente resultó ser la niña del bote a la que ni siquiera levantaron calumnias.

Para enterrarla se necesitaba un acta de defunción que ningún médico quiso extender. Mientras tanto la criatura, que llevaba tres años sin cambio de agua, se había sentado en el fondo del frasco definitivamente aburrida. El líquido amarillento le enturbiaba el paisaje.

Decidimos enterrarla en el jardín. Señalamos su tumba con una aureola de mastuerzos y una pequeña cruz como si se tratara de un canario.

Ahora hemos vuelto a mudarnos y no puedo olvidar el prado que encarcela su cuerpecito. Me preocupa saber si existe alguien que cuide el verde limbo donde habita y si en las tardes todavía la arrullan las palomas.

Cuando contemplo el entrañable estuche que la guardó veinte años, se me nubla el corazón de nostalgia como el de aquellos que conservan una jaula vacía; se me agolpan las tristezas que viví frente a su sueño; reconstruyo mi soledad y descubro que esta niña ligó mi infancia a su muda compañía.

Fuente: Lecturia 

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