Silvina Ocampo
A continuación, te presento “El vestido de terciopelo” de Silvina Ocampo. Un cuento surrealista para adultos que narra la visita de una modista y una niña a la casa de una mujer adinerada para probarle un vestido de terciopelo negro muy elegante y sofisticado. A medida que la prueba avanza, el vestido comienza a sentirse pesado, incómodo y casi opresivo para la señora, mientras la narradora infantil observa todo con una mezcla de ingenuidad y fascinación, repitiendo constantemente “¡Qué risa!” incluso en momentos inquietantes.
El significado del cuento gira alrededor de la obsesión por la belleza, el lujo y las apariencias sociales, mostrando cómo aquello que parece refinado y deseable también puede convertirse en una prisión o en algo destructivo. El terciopelo simboliza esa atracción peligrosa por lo sofisticado: algo hermoso que seduce pero también asfixia, y la mirada inocente de la niña vuelve todavía más perturbadora la tragedia final.
Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
El vestido de terciopelo
Cuento completo
Sudando,
secándonos la frente con pañuelos, que humedecimos en la fuente de la Recoleta,
llegamos a esa casa, con jardín, de la calle Ayacucho. ¡Qué risa!
Subimos
en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quería salir,
pues mi vestido estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la
colcha de mi camita. Tocamos el timbre, nos abrieron la puerta y entramos.
Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista. Vivimos en
Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos
que ir al barrio norte, que queda tan a trasmano. De inmediato Casilda pidió un
vaso de agua a la sirvienta para tomar la aspirina que llevaba en el monedero.
La aspirina cayó al suelo con vaso y monedero. ¡Qué risa!
Subimos
una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sirvienta, que
nos hizo pasar al dormitorio de la señora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue
un martirio para mi memoria. El dormitorio era todo rojo, con cortinajes
blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un siglo esperamos que la
señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárgaras y discutir
con voces diferentes. Entró su perfume y después de unos instantes, ella con
otro perfume. Quejándose, nos saludó:
–¡Qué
suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no hay
hollín, por lo menos. Habrá perros rabiosos y quema de basuras... Miren la
colcha de mi cama. ¿Ustedes creen que es gris? No. Es blanca. Un campo de nieve
–me tomó del mentón y agregó–: No te preocupan estas cosas. ¡Qué edad feliz!
Ocho años tienes, ¿verdad? –y dirigiéndose a Casilda, agregó–: ¿Por qué no le
coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la edad de nuestros
hijos depende nuestra juventud.
Todo
el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá. ¡Qué risa!
–Señora,
¿quiere probarse? –dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba prendido con
alfileres. Me ordenó: –Alcanza de mi cartera los alfileres.
–¡Probarse!
¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería! Me
cansa tanto.
La
señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo.
–¿Para
cuándo el viaje, señora? –le dijo para distraerla.
La
señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo
detenía en el cuello. ¡Qué risa!
–El
terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de
talco.
–Sáquemelo,
que me asfixio –exclamó la señora.
Casilda
le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el sillón, a punto de
desvanecerse.
–¿Para
cuándo será el viaje, señora? –volvió a preguntar Casilda para distraerla.
–Me
iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere. El
vestido tendrá que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco,
limpio y brillante.
–Se
va a París, ¿no?
–Iré
también a Italia.
–¿Vuelve
a probarse el vestido, señora? En seguida terminamos.
La
señora asintió dando un suspiro.
–Levante
los dos brazos para que pasemos primero las dos mangas –dijo Casilda, tomando
el vestido y poniéndoselo de nuevo.
Durante
algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que
resbalara sobre las caderas de la señora. Yo la ayudaba lo mejor que podía.
Finalmente consiguió ponerle el vestido. Durante unos instantes la señora
descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para mirarse en el
espejo. ¡El vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas
negras brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda se arrodilló,
mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la falda. Luego se puso de
pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en el cuello, en
las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era áspero cuando pasaba la mano para un
lado y suave cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa hacía
rechinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y yo los
recogía religiosamente uno por uno. ¡Qué risa!
–¡Qué
vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires –dijo
Casilda, dejando caer un alfiler que tenía entre sus dientes–-. ¿No le agrada,
señora?
–Muchísimo.
El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores:
uno tiene sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.
–¿Le
gusta el nardo? Es tan triste –protestó Casilda.
–El
nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su olor
me descompongo. El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me
erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin embargo, para mí no hay en
el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi mano me atrae aunque
a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que aquella que se viste de
terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de
perlas; todo estaría de más. El terciopelo se basta a sí mismo. Es suntuoso y
es sobrio.
Cuando
terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón también.
Casilda tomó un diario que estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora
la detuvo, pidiéndole que no le echara aire, porque el aire le hacía mal. ¡Qué
risa!
En
la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutas,
helados, tal vez? El silbato del afilador y el tilín del barquillero recorrían
también la calle. No corrí a la ventana, para curiosear, como otras veces. No
me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de
lentejuelas. La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al
espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas también tambaleó. El vestido ya no
tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible frunce debajo de los dos
brazos. Casilda volvió a tomar los alfileres para colocarlos peligrosamente en
aquellas arrugas de género sobrenatural, que sobraban.
–Cuando
seas grande –me dijo la señora– te gustará llevar un vestido de terciopelo, ¿no
es cierto?
–Sí
–respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello
con manos enguantadas. ¡Qué risa!
–Ahora
me quitaré el vestido –dijo la señora.
Casilda
la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos.
Forcejeó inútilmente durante algunos segundos, hasta que volvió a acomodarle el
vestido.
–Tendré
que dormir con él –dijo la señora, frente al espejo, mirando su rostro pálido y
el dragón que temblaba sobre los latidos de su corazón–. Es maravilloso el
terciopelo, pero pesa –llevó la mano a la frente–. Es una cárcel. ¿Cómo salir?
Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el agua.
–Yo
le aconsejé la seda natural –protestó Casilda.
La
señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre su
cuerpo hasta que el dragón quedó inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que
parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente:
–Ha
muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto!
–¡Qué
risa!
(de La furia, 1959)
Fuente: Pagina 12
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