Hermann Hesse
A
continuación, te presento La Leyenda del Rey Indio de Hermann Hesse. En este
cuento para adultos, se narra la historia de un joven rey en la antigua India
que, guiado por sabios brahmanes, intenta alcanzar la verdad última del
universo mediante el estudio de los textos sagrados, la disciplina, el ayuno y
la participación en debates filosóficos sobre la naturaleza de los dioses, el
alma y la unidad del Todo. Aunque progresa en autocontrol y conocimiento
intelectual, se siente cada vez más frustrado porque ninguna explicación ni
discusión logra darle una certeza definitiva, ya que todo parece quedarse en
palabras y teorías.
El
significado del relato es que la verdad esencial no se alcanza a través del
pensamiento racional ni de las disputas intelectuales, sino mediante una
experiencia interior de recogimiento profundo, en la que la mente se aquieta y
se percibe una unidad total de la existencia. En ese estado, el individuo
trasciende las explicaciones y las emociones ordinarias, y accede a una
comprensión silenciosa e intuitiva donde desaparecen las separaciones entre el
yo y el mundo. El cuento plantea así una visión mística: la verdad no se
demuestra, sino que se vive desde dentro.
Este
cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
La Leyenda del Rey Indio
(Cuento completo)
En
la antigua India de los dioses, muchos siglos antes del advenimiento de Gotama
Buda el excelso, sucedió que los brahmanes ungieron a un nuevo rey. Este joven
monarca gozó de la confianza y las enseñanzas de dos sabios varones que le
enseñaron a purificarse mediante el ayuno, a someter a la voluntad los impulsos
tormentosos de su sangre y a preparar su mente para el entendimiento del Todo y
Uno.
En
efecto, por esta época habían estallado entre los brahmanes ardorosas polémicas
sobre los atributos de los dioses, sobre las relaciones de unas divinidades con
otras y sobre las de éstas con el Todo y Uno. Algunos pensadores empezaban a
negar la existencia de múltiples divinidades, y postulaban que los nombres de
éstas no eran más que denominaciones de los aspectos sensibles del Uno
invisible. Otros negaban con apasionamiento estas doctrinas y se aferraban a
las viejas divinidades, sus nombres y sus imágenes; ellos precisamente no
creían que el Todo y Uno fuese un ser concreto, sino sólo un nombre aplicado al
conjunto de todas las divinidades. De manera similar, para unos las palabras
sagradas de los himnos eran creaciones temporales, y por consiguiente mudables,
mientras otros las tenían por primigenias y la única cosa auténticamente
inmutable. En estos aspectos del conocimiento de lo sagrado, lo mismo que en
los de… se manifestaba el afán de llegar a conocer las verdades últimas, y por
eso dudaban y discutían sin descanso de qué fuese el Espíritu mismo, o sólo su
nombre, otros rechazaban esta distinción entre el Espíritu y la palabra,
considerando que el ser y su imagen eran entidades inseparables. Casi dos mil
años más tarde los mejores ingenios de la Edad Media occidental discutirían
casi exactamente los mismos puntos. Y aquende como allende hubo pensadores
serios y luchadores desinteresados, pero también hubo prebendados desprovistos
de espíritu y de caridad a quienes preocupaba únicamente que tales discusiones
no redundasen en el desprestigio del culto o del templo, ni que la libertad de
pensamiento o de discusión sobre la naturaleza de las divinidades fuese a
mermar, por ventura, el poderío ni las rentas de la casta sacerdotal. Lo que
ellos querían era seguir viviendo como parásitos del pueblo; cuando el hijo o
la vaca de alguno caían enfermos, los sacerdotes se le metían en casa durante
semanas y le chupaban toda la hacienda en forma de ofrendas y de sacrificios.
Y
también aquellos dos brahmanes de cuyas enseñanzas disfrutaba el rey, siempre
ávido de saber, estaban reñidos en cuanto a las verdades últimas. Pero como
ambos tenían fama de gran sabiduría, el rey, entristecido por tal desavenencia,
solía decirse: «Si ni siquiera estos dos sabios consiguen ponerse de acuerdo en
cuando a la verdad, ¿cómo podré conocerla nunca yo, con mi flaco entendimiento?
No dudo de que debe existir una verdad única e indivisible, pero me temo que ni
siquiera los brahmanes puedan llegar a conocerla con seguridad».
Cuando
los interrogaba al respecto, sus dos preceptores contestaban:
-Muchos
son los caminos, pero el destino es único. Ayuna, mortifica las pasiones de tu
corazón, recita las estrofas sagradas y medita acerca de ellas.
El
rey hizo de buena gana lo que le aconsejaban, y realizó grandes progresos en la
sabiduría, pero sin alcanzar nunca su meta de poder contemplar la verdad
última. Cierto que logró superar las pasiones de la sangre, así como aborrecer
los deseos y los placeres animales. E incluso para comer y beber tomaba
solamente lo indispensable (un plátano al día y unos granos de arroz). Así se
purificaba de cuerpo y espíritu, y enfocaba al objetivo definitivo todas sus
fuerzas e impulsos de su alma. Las palabras sagradas, cuyas sílabas antes le
parecían monótonas y vacías, desplegaban ahora para él todos los encantos de su
magia y le dispensaban consuelo íntimo. En estos torneos y ejercicios de la
razón iba conquistando premio tras premio. Pero siguió sin hallar la clave del
secreto final y de todos los misterios del ser, y eso lo tenía triste y
cariacontecido.
Entonces
decidió disciplinarse por medio de una gran penitencia. Para lo cual se encerró
durante cuarenta días en la más apartada de sus estancias sin probar bocado y
durmiendo en el suelo, sin manta ni almohada. Su cuerpo enflaquecido exhalaba
un aroma de pureza, su rostro delgado relucía de un brillo interior y su mirada
avergonzaba a los brahmanes por la ecuanimidad purísima que traslucía. Superada
esta prueba de cuarenta días, convocó a todos los brahmanes en el atrio del
templo para que ejercitasen su ingenio en la resolución de las cuestiones más
difíciles. Y mandó traer vacas blancas con las frentes adornadas de cadenas de
oro, como premio para los vencedores del concurso.
Los
sacerdotes y los sabios acudieron, tomaron asiento y se enzarzaron sin demora
en la batalla de las ideas y de las palabras. Paso a paso demostraron la exacta
correspondencia entre los dos mundos, el sensible y el del espíritu, afilaron
sus inteligencias en la interpretación de los versículos sagrados y disertaron
sobre el Brahma y el Atman. El ser elemental de cien brazos fue comparado con
el viento, con el fuego, con el agua, con la sal disuelta en el agua, con la
unión del hombre y la mujer. También idearon parábolas e imágenes para
describir el Brahma creador de dioses que son más grandes que el mismo Brahma,
y distinguieron entre el Brahma creador y el que encierra en sí lo creado, de
manera que procuraban compararlo consigo mismo. Y argumentaron brillantemente
sobre si el Atman es anterior a su nombre, o si su nombre es idéntico a su
esencia o sólo una creación de ésta.
Una
y otra vez intervino el rey proponiendo temas para nuevos interrogantes. Sin
embargo, cuanto más prodigaban los brahmanes sus respuestas y sus
explicaciones, más solo y abandonado se hallaba entre ellos el rey. Cuando más
preguntaba y asentía al escuchar las respuestas, y mandaban que fuesen
premiadas las más ingeniosas, más ardía en su anterior el anhelo de la verdad
misma. Pues bien se daba cuenta de que todos aquellos discursos y análisis no
servían sino para dar vueltas alrededor de ella, pero sin tocarla nunca. Nadie
lograba entrar en el círculo interior. De manera que, conforme iba proponiendo
preguntas y repartía honores, se veía a sí mismo como un niño dedicado junto
con otros niños a una especie de juego. Hermoso, sí, pero de los que provocan sonrisas
indulgentes por parte de los hombres adultos.
Por
eso el rey fue ensimismándose cada vez más, pese a hallarse en medio de la gran
asamblea. Cerró todos los sentidos y dirigió su voluntad ardiente a ese foco,
la verdad, pues sabía que todos los seres participan de ella y duerme en el
interior de cada uno, también en el de los reyes. Y como era un ser puro, en
cuyo interior no subsistía ninguna escoria, fue encontrando suficiencia y
claridad dentro de sí mismo. Cuanto más se sumía en sí, mayor era la luz que
percibía, como el que camina dentro de una caverna y cada paso le lleva más y
más cerca del resplandor de la salida.
Mientras
tanto, los brahmanes continuaron largo rato hablando y discutiendo, sin darse
cuenta de que el rey estaba como sordo y mudo. Se exaltaban, alzaban las voces
cada vez más, y no pocos manifestaban así la envidia por las vacas que habían
correspondido a otros.
Hasta
que, por fin, uno de ellos reparó en la distracción del monarca. Interrumpiendo
su discurso, levantó la mano y lo señaló con el dedo, y su interlocutor calló e
hizo lo mismo, y el vecino de éste también. Al fondo del atrio algunos grupos
alborotaban y charlaban todavía, pero la mayoría guardaba un silencio
sepulcral. Hasta que callaron todos, sentados sin decir nada y mirando al rey,
que se mantenía erguido, el semblante impasible, la vista dirigida al infinito.
Y su rostro irradiaba una luz fría y clara como la de una estrella. Entonces
todos los brahmanes se inclinaron ante su éxtasis y comprendieron que cuanto
estaban haciendo era sólo un juego de niños, mientras que el personaje real
estaba habitado por Dios mismo, el epítome de todos los dioses.
Pero
el rey, cuyos sentidos estaban fundidos en la unidad y vueltos hacia lo
interior, seguía contemplando la verdad misma, indivisible, en forma de luz
pura que infundía en su interior una certeza dulcísima, a la manera en que un
rayo de sol cuando atraviesa una piedra preciosa la convierte en luz y sol, con
lo que criatura y creador se hacen uno.
Luego
volvió en sí, y cuando miró a su alrededor, sus ojos reían y su frente brillaba
como un lucero. Despojándose de sus ropas, salió del templo, salió de la ciudad
y del reino, y se adentró desnudo en la selva, donde desapareció para siempre.
Fuente: La cuentoneta
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