viernes, 6 de febrero de 2026

Cuento breve de Ricardo Güiraldes

 

Ricardo Güiraldes

A continuación, te presento uno de los mejores cuentos cortos para adultos de Ricardo Güiraldes, destacado escritor y poeta argentino. Este cuento breve para adultos también puedes escucharlo en formato audiocuento en Spotify y en video en YouTube.

En “Trenzador”, Ricardo Güiraldes narra la vida de Núñez, un artesano excepcional que consagra su existencia al arte de trenzar cuero con una dedicación casi sagrada. Desde sus aprendizajes humildes hasta alcanzar una maestría admirada por todos, su talento lo lleva a la fama y al reconocimiento, pero también lo aparta silenciosamente de algo más íntimo y personal. Sin revelar el desenlace, el cuento explora la figura del artista que vive para su obra y cuya identidad se confunde con su oficio. Su significado apunta a la tensión entre el éxito exterior y la fidelidad a la creación más profunda: el arte como destino absoluto, como pasión que da sentido a la vida pero que también la consume, y como misterio final que ni la gloria ni el tiempo logran descifrar del todo.

 

Trenzador 

[Cuento - Texto completo.] 

Núñez trenzó, como hizo música Bach, pintura Goya, versos el Dante. Su organización de genio le encauzó en senda fija y vivió con la única preocupación de su arte. Sufrió la eterna tragedia del grande. Engendró y parió en el dolor según la orden divina. Dejó a sus discípulos, con el ejemplo, mil modos de realizarse, y se fue, atesorando un secreto que sus más instruídos profetas no han sabido aclarar. Fueron para el comienzo los botones tiocos del viejo Nicasio, que escupía los tientos hasta hacerlos escurridizos. Luego otras, las enseñanzas de saber más complejo. Núñez miraba, sin una pregunta, asimilando con facilidad voraz los diferentes modos, mientras la Babel del innovador trepaba sobre sí misma, independientemente de lo enseñable. Una vez adquirida la técnica necesaria, quiso hacer materia de su sueño. Para eso se encerró en los momentos ociosos y en el secreto del cuarto, mientras los otros sesteaban, comenzó un trabajo complicado de trenzas y botones que vencía con simplicidad. Era un bozal a su manera, dificultoso en su diafanidad de ñandutí. A los motivos habituales de decoración, uniría inspiraciones personales de árboles y animales varios. Iba despacio, debido al tiempo que requería la preparación de los tientos, finos como cerda, a la escasez de los ratos libres, a las pullas de los compañeros, que trataba de eludir como espuela enconosa, llevadera a malos desenlaces. ¿Qué haría Núñez, tan a menudo encerrado en su cuarto? Esa curiosidad del peonaje llegó al patrón, que quiso saber. Entró de sorpresa, encontrando a Núñez tan absorbido en un entrevero de lonjas, que pudo retirarse sin ser sentido. Al concluir la siesta, mandole llamar, encargándole, irónicamente, compusiera unas riendas en las cuales tenía que echar cuatro botones, sobre el modelo inimitable de un trenzador muerto. Al día siguiente estaba la orden cumplida. La obra antigua parecía de aprendiz. Fue un advenimiento. Así como un pedazo de grasa se extiende sobre la sartén caldeada, corrió la fama de Núñez. Los encargos se amontonaron. El hombre tuvo que dejar su labor para atender pedidos. Todos sus días, a partir de entonces, fueron atosigados de trabajo, no teniendo un momento para mirar hacia atrás y arrepentirse o alegrarse del cambio impuesto. Meses más tarde, para responder a las exigencias de su clientela, mudose al pueblo, donde mantuvo una casa suficiente a sus necesidades de obrero. Perfeccionábase, malgrado lo cual una sombra de tristeza parecía empañar su gloria. Nunca fue nadie más admirado. Decíanlo capaz de trenzar un poncho tan fino, tan flexible y sobado como la más preciada vicuña. Remataba botones con perfección que hacía temer brujería; ingería costuras invisibles; le nombraban como rebenquero. La maceta de sobar era parte de su puño; el cuchillo, prolongación de sus dedos hábiles. Entre el filo y el pulgar salían los tientos, que se enrulaban al separarse de la hoja. Aleznas de diferentes tamaños y formas asentaban sus cabos en el hueco de la mano como en nicho habitual. Humedecía los tientos, haciéndolos patinar entre sus labios; después corríalos contra el lomo del cuchillo, hasta dejarlos dúctiles e inquebrables. Corre también que poseyó una curiosa yegua tobiana. Cada año le daba un potrillo obscuro y otro palomo. Núñez los degollaba a los tres meses para lonjearlos, combinando luego blancos y negros en sabias e inconcluibles variaciones nunca repetidas. Durante cuarenta años, puso el suficiente talento para concluir lo acordado con el cliente. Hizo plata, mucha plata; lo mimaron los ricachos del partido, pero hubo siempre una cerrazón en su mirada. Viejo ya, la vista le flaqueaba a ratos, y no alcanzó a trabajar más de cuatro horas al día. Cuando insistía sobre el cansancio, las trenzas salían desparejas. Entonces fue cuando Núñez dejó el oficio. El pobre, casi decrépito, pudo al fin disponer libremente de su vida. No quería para nada tocar una lonja, y evitaba las conversaciones sobre su oficio, hasta que, de pronto, pareció recaer en niñez. Le tomó ese mal un día que, por acomodar un ropero, dio con el bozal que empezara en sus mocedades. El viejo, desde ese momento, perdió la cabeza; abrazó las guascas enmohecidas, y olvidando su promesa de no trenzar más, recomenzó la obra abandonada cincuenta años antes, sin dejarla un minuto, en detrimento de sus ojos gastados y de su cuerpo, cuya postura encorvada le acalambraba. Cada vez más doblado, en la atención fatal de aquel trabajo, murió don Crisanto Núñez. Cuando lo encontraron duro y amontonado sobre sí mismo, como peludo, fue imposible arrancarle el bozal que atenazaba contra el pecho con garras de hueso. Con él tuvieron que acostarlo en el lecho de muerte. Los amigos, la familia, los admiradores, cayeron al velorio, y se comentó aquella actitud desesperada con que oprimía el trabajo inconcluso. Alguien, asegurando era su mejor obra, propuso cortarle al viejo los dedos para no enterrarle con aquella maravilla. Todos le miraron con enojo: ¡cortar los dedos a Núñez, los divinos dedos de Núñez! Un recuerdo curioso e indescifrable queda del gesto de zozobra con que el viejo oprimía lo que fue su primera y última obra. ¿Era por no dejar algo que consideraba malo? ¿Era por cariño? ¿O simplemente por un pudor de artista, que entierra con él la más personal de sus creaciones?

Fuente: Ciudad Seva

 

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Si te gustan los cuentos breves, te recomiendo El fin de Borges.

martes, 3 de febrero de 2026

El fin, un cuento breve para adultos de Borges

 

El fin de Borges

A continuación, te presento: El fin, un cuento breve para adultos de Borges, que también puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en Youtube.

En “El fin”, Borges sitúa la acción en una pulpería perdida en la llanura, donde un hombre paralizado presencia la llegada de un forastero que viene a encontrarse con otro, unidos por un pasado que pesa más que sus palabras. El relato avanza con sobriedad, en diálogos breves y tensos, mientras el paisaje abierto y casi abstracto amplifica la sensación de fatalidad. Sin revelar el desenlace, el cuento sugiere que los personajes no actúan con plena libertad, sino que obedecen a una lógica anterior a ellos, como si repitieran un gesto ya inscrito en la historia. Su significado apunta a la idea borgiana del destino y de la identidad como algo que se cumple más que se elige: el verdadero “fin” no es solo el cierre de un duelo, sino la consumación de un papel que parecía inevitable.

 

El fin

(Cuento completo de Jorge Luis Borges)

         Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…

         Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.

         Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.

         La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.

         Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:

         —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.

         El otro, con voz áspera, replicó:

         —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.

         Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:

         —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.

         El otro explicó sin apuro:

         —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.

         Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.

         —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.

         El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.

         —Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.

         Un lento acorde precedió la respuesta de negro:

         —Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.

         —Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.

         El negro, como si no lo oyera, observó:

         —Con el otoño se van acortando los días.

         —Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.

         Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:

         —Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.

         Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:

         —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.

         El otro contestó con seriedad:

         —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.

         Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:

         —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.

         Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.

         Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

 

Fuente: Literatura.us

 

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Si te gustan los cuentos breves para adultos, te recomiendo un cuento de AmadoNervo.

sábado, 31 de enero de 2026

Cuento breve de Amado Nervo

 

Amado Nervo

A continuación, te presento “La gota de agua que no quería perder su «individualidad»”, de Amado Nervo, que también puedes escuchar en formato de audiocuento en Spotify o ver en video en YouTube.

 

En este cuento, una gota de agua que ha pasado la noche sobre el pétalo de una rosa disfruta de su belleza y de cómo refleja la luz y los colores del mundo, sintiéndose única y valiosa en su pequeña existencia. Cuando el sol comienza a calentarla, la gota percibe que está a punto de evaporarse y suplica no desaparecer, pues teme perder su “individualidad”, es decir, su identidad como gota concreta y distinta. Sin revelar el desenlace, el relato utiliza esta escena sencilla y poética para reflexionar sobre el miedo al cambio y a la disolución del yo, mostrando cómo la resistencia a formar parte de algo más grande —el ciclo natural— simboliza el temor humano a dejar de ser lo que creemos que somos.


La gota de agua que no quería perder su «individualidad»

Cuento completo de Amado Nervo

Por la noche, en el verano, a partir de las doce pueden regarse los tiestos. Se supone que a las doce —y se supone mal— nadie pasará ya bajo los balcones enmacetados de Madrid; pero si pasa, y es abrupto en riego helado cae sobre su cabeza, ni tiene derecho a quejarse, ni vale la pena, porque el agua, aun así, es bienvenida en pleno agosto. Las flores, “por su parte”, es indecible lo que gozan con ese riego nocturno, cuya frescura se perpetúa, sobre todo en los balcones de Luis, que miran al Poniente, hasta bien entrada la mañana. El otro día, a las doce, sobre el pétalo aterciopelado de una rosa, como sobre la tela de un estuche, radiaba aún una gruesa gota de agua. Había pasado allí buena parte de la noche, fresca por excepción, dejándose penetrar por la luna. Un viento suave la balanceaba en su hamaca olorosa de seda. Pero avanzaba la mañana. El dios trasponía ya el meridiano, y una saeta de oro del arquero divino hirió en pleno corazón a la gota, tocándola en chispa maravillosa. Luis, que de antaño comprende el lenguaje del agua, como el sultán Mahmoud comprendía a los pájaros, oyó quejarse a la gota, la cual decía entre suaves quejumbres: —Tengo miedo, ¡ay!, tengo miedo. Siento que empiezo a evaporarme... ¡Oh sol, no me beses, por Dios! Tus besos hacen un espantoso daño. Me penetran toda, me abrasan, me disgregan... Yo no quiero deshacerme, no quiero volatilizarme... ¡No quiero perder mi individualidad!... ¿Entiendes, oh sol? No quiero perder mi individualidad. «Yo reflejo e mi modo la naturaleza. Soy un pequeño ojo cristalino, muy abierto, que la ve, que la admira desde este nido de terciopelo, desde esta cuna suave y bienoliente. Llevo ya muchas horas divinas de vida harmoniosa. Durante buena parte de la noche he reflejado la luna. He sido, ya una perla, un zafiro místico, ya una turquesa celeste. Después, la bóveda se ha pintado de un amarillo suave, y yo me he vuelto topacio. A poco el cielo se tiñó de rosa, y he sido rubí. Ahora soy diamante. Y cuando las hojas del rosal se miran en mi espejo para contemplar su traje nuevo, recién cortado en punta, me convierto en esmeralda

»No me beses, ¡oh sol! No sabes besar: haces mucho daño. No eres como la luna. Ella sí que sabía besar blandamente: al fin, mujer. Tú te pareces a un hombre sanguíneo, tosco y premioso. »¡Ay!, siento que me deshago, que me desvanezco, que me pierdo... »Sí, comprendo que eso de la transparencia absoluta es una cosa muy buena; que ser parte de la atmósfera húmeda es cosa muy conveniente; que flotar, volar, es cosa muy apetecible. Comprendo también que un poco de frío puede condensar mi humedad, y entonces ser yo parte mínima de una nube de esas que he visto pasar por la mañana y que parecen cuentos y milagros... Todo eso, sin duda, es bueno. Pero yo dejaría de ser gota, de ser gotita diáfana y temblorosa que soy: esta gotita acurrucada en el pétalo de una rosa, ¡y no quiero perder mi individualidad! »¡Ay! ¡Ay!, que daño me haces..., ¡oh sol! Ya no me beses, ya no me be...ses. Yo soy u...na gotita... de agua..., una lu...mi...no...sa go...tita de agua... sobre un rosa..., sobre una ro...» Estas fueron las últimas palabras de la gotita trémula que brillaba sobre el pétalo de una rosa en el balcón de Luis. El sol, brutal y sordo como la muerte, había hecho su obra.

 

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jueves, 29 de enero de 2026

Cuente breve de Fernanda Ampuero

 

Fernanda Ampuero

A continuación, te presento un cuento breve de Fernanda Ampuero: La apuesta que también puedes escuchar en formato audiocuento en Spotify o ver el video en YouTube.

El cuento narra un encuentro casual durante un viaje en carretera, donde un hombre corriente se cruza con un desconocido que le propone una apuesta aparentemente trivial, pero que pronto se vuelve inquietante, transformando una charla cualquiera en una experiencia imposible de olvidar; lo extraordinario irrumpe en medio de la rutina, sin explicaciones claras, y deja al protagonista atrapado en una duda persistente. El significado del relato apunta a que la realidad no siempre es tan sólida como creemos: basta un hecho inexplicable para resquebrajar nuestras certezas, recordándonos que el mundo aún guarda zonas de misterio que la razón no puede dominar y que, a veces, una historia mínima puede alterar para siempre nuestra manera de mirar lo cotidiano.

La apuesta

Cuento completo de Fernanda Ampuero

Es tanta la gente que cuenta historias y son tan pocas las personas que las escuchan, que lo lógico es que mu- chas acaben en el olvido. Los casuales oyentes, quizá por indiferencia o por menosprecio al cotorreo, suponen que les endilgan cualquier tontería. Y, bueno, probablemente no les falta razón. Sin embargo, algo sucede en la memoria de uno que otro oyente —de un oyente impresionable como yo, quiero decir—, donde el recuerdo de un detalle determina que las historias mantengan su inexplicable frescura. No me refiero a todas, desde luego; no soy Funes, el memorioso. Hablo sólo de esa clase de extrañas historias que, en definitiva, perduran como una inquietud.

Voy a referir ahora un cuento de mi amigo Enrique. De él suelo decir que es un hombre sencillo y campechano, sin afanes de hacerse el interesante o de querer perturbar a nadie; detesta llamar la atención. Pero esto último, para Enrique, no resulta fácil: el mundo ordinario en el que se mueve se declara a veces en rebeldía ante la normalidad. A mí, digamos, siempre me cuenta cosas raras y locas; o, por decir lo menos, curiosas. De cualquier modo, lo suyo no aporta grandes tragedias o catástrofes; nada de eso. Son más bien pequeñeces, cosas irrelevantes. Como, por ejemplo, la historia de aquel pasajero de una destartalada combi de provincia —uno de sus más antiguos cuentos—, a quien conoció un día mientras viajaba de Trujillo a Lima.

Enrique subió a esa combi porque el vehículo que conducía, su vieja ranchera pickup, empezó a humear y se plantó por una avería en el radiador. Decidió entonces empujarla hacia el carril auxiliar de la carretera y estacionarla; luego, en pos de un taller mecánico, trepó a la combi que lo llevaría a Casma, cerca de Huarmey.

El trayecto, según le informó el chofer, tomaba unos cincuenta minutos. La combi iba llena, pero encontró un sitio libre en la tercera fila, junto a un sujeto de barba y expresión pacífica. Se sentó en el lado del pasillo y estuvo veinte minutos en silencio, como la mayoría de pasajeros, dedicados a dormitar o contemplar el desierto.

Enrique, por contraste, lucía bastante despierto e inquieto. Fue en ese ánimo cuando su vecino de asiento se volvió hacia él y le habló con un tono de voz apagado.

—Tengo una pregunta que hacer —dijo—. ¿Cuánto tiempo cree usted que vive un pez fuera del agua? Mi amigo se sorprendió, pero supo moderar su reacción con una amable sonrisa.

—¡Qué pregunta!

—Es una pregunta simple —dijo el sujeto—. Todos los niños la formulan.

—No lo dudo —comentó Enrique—. Los niños siempre están haciendo ese tipo de preguntas.

—¡Y otras más interesantes! Yo sospecho que la mayoría de filósofos de la Antigüedad escuchaban con fervor las preguntas de los niños y, estimulados por éstas, mientras las contestaban, fueron forjando sus ideas filosóficas. Los niños son filósofos naturales… Pero, en fin, me gustaría que me responda…

—¿Qué?

—La pregunta que le hice… ¿Cuánto tiempo cree usted que vive un pez fuera del agua? Enrique soltó esta vez una risita.

—No lo sé —replicó—. Me imagino que el mismo tiempo que podría resistir un hombre dentro del agua…

Tres minutos, cuatro minutos… Desconozco el récord humano bajo el agua.

—¿Ésa es su respuesta?

—Sí —titubeó Enrique.

—Mire, le hago una apuesta… ¡Cinco soles! No es mucha plata, pero le pone emoción al asunto. Si usted gana, se acordará de esto para siempre; y si pierde, también se acordará. ¿Qué le parece?

Meneando la cabeza, Enrique se animó:

—La acepto —dijo—. Aunque no me imagino cómo podría probarlo en este momento.

—Podré probarlo ahora mismo.

—¿Ah, sí? A ver, diga: ¿cuánto tiempo vive un pez fuera del agua?

—Una hora, más o menos.

—¡Imposible! —gruñó Enrique sacudiendo la cabeza—. No le creo… Pero me intriga qué prueba va a presentar…

—La más convincente de las pruebas —enfatizó el sujeto—. Míreme bien.

—Lo estoy viendo.

Con estudiada parsimonia, el sujeto introdujo una mano en el bolsillo interior de su casaca y la volvió a sacar aferrando un pez.

—Este pez es la prueba… ¡Tóquelo!… ¡Sienta cómo se mueve!

Atónito, observando al escamoso pez de ojos enormes que se movía en la mano de aquel sujeto, Enrique no sabía qué pensar, pero balbuceó:

—¿Qué es eso?

—¡Un pez! ¡Un tramboyo! ¡Y está vivo!… ¡Vamos, tóquelo!

Mi amigo lo tocó y, en efecto, sintió vida en ese contacto resbaladizo.

—¿Cuánto tiempo llevamos de viaje? —acometió el sujeto—. ¡Casi media hora! No han sido diez minutos o menos. Y cuando en la próxima media hora lleguemos al pueblo, lo aseguro, este pez seguirá moviéndose.

Enrique le pidió bruscamente al sujeto que se abriera la casaca y le mostrara el bolsillo de donde había sacado al pez.

—¿Tiene un frasco con agua en ese bolsillo?

—¡Claro que no! Revise usted.

Tras revisar el bolsillo, no encontró el pequeño depósito de agua que había imaginado. Ni siquiera perci- bió algo húmedo.

—¿Satisfecho? —se ufanó el sujeto. Enrique asintió—. Bueno, me debe cinco soles. Nos tomaremos una cerveza en la próxima parada. Usted paga.

Mi amigo nunca descubrió cuál era el truco.

Y luego, sentándose a la mesa de un quiosco, se tomó una cerveza grande con el sujeto. Mientras tanto, sobre la mesa, junto a la botella, el pez movía la cola.

 

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Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo un cuento para adultos de Edgar Allan Poe. 


lunes, 26 de enero de 2026

El corazón delator de Edgar Allan Poe

 

Literatura gótica

A continuación te presento El corazón delator, de Edgar Allan Poe, una joya del terror psicológico y de la literatura gótica. Este relato nos sumerge en la voz de un narrador inquieto, atrapado por una obsesión que crece en silencio y lo conduce a un territorio donde la razón y el delirio se confunden. Se puede interpretar como una metáfora del enfrentamiento con la autoridad o la figura paterna, el cuento también habla de la vigilancia interior: esa conciencia que observa, juzga y no permite huir de uno mismo. El verdadero horror no proviene de fuerzas externas, sino de una mente que se convierte en su propio carcelero, en un panóptico invisible donde cada pensamiento queda expuesto. Puedes escucharlo en formato de audiocuento en Spotify y YouTube.

 

El corazón delator

[Cuento completo] Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia. Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre. Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía. Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente. Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando: -¿Quién está ahí? Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte. Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación. Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna. Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre. Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito. ¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado. Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme. Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas. Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja! Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora? Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar. Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima. Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos. Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte! -¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

Fuente: Ciudad Seva


Otros relatos para adultos

Si te gusta este género literario, te recomiendo: De puro distraido de Benedetti. 

viernes, 23 de enero de 2026

Escalones y otros poemas de Hermann Hesse

Hermann Hesse

A continuación, te presento a uno de mis escritores preferidos, Hermann Hesse, entre cuyas obras se encuentra Escalones, uno de sus poemas más conocidos, que puedes escuchar en formato de video en YouTube y en audio en Spotify

 

El poema “Escalones” (Stufen) de Hermann Hesse es una meditación profunda sobre el cambio y el sentido del crecimiento humano. En él, Hesse propone que la vida no es algo fijo ni un lugar al que se llega, sino una sucesión de etapas que debemos atravesar con valentía: cada “escalón” representa una fase —una relación, una identidad, una forma de ver el mundo— que en algún momento deja de servirnos. Aferrarse a un escalón viejo, por cómodo que sea, significa estancarse espiritualmente.

El mensaje central del poema es que toda despedida es necesaria, aunque duela. Hesse no ve el cambio como una pérdida, sino como una condición para seguir vivos por dentro. Cuando una etapa termina, no es un fracaso: es una invitación a transformarnos. Por eso el poema insiste en la idea de partir, de soltar, de no convertir ninguna forma de vida en una prisión.

También hay una dimensión existencial muy fuerte: cada escalón que subimos nos acerca a lo desconocido. No sabemos qué viene después, y sin embargo debemos avanzar. Hesse sugiere que la madurez consiste justamente en aceptar la incertidumbre y confiar en que el movimiento mismo es lo que nos mantiene íntegros. Vivir bien no es permanecer seguros, sino estar dispuestos a cambiar.

En ese sentido, Escalones es un poema sobre el coraje de ser uno mismo una y otra vez, reinventándose. Nos recuerda que la vida pide despedidas constantes —de personas, de ideas, de versiones de nosotros— y que solo quien se atreve a subir el siguiente escalón puede realmente crecer.

 

Escalones

[Poema completo]

Hermann Hesse

 

Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad,
así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;
a su tiempo flora toda sabiduría, toda virtud,
mas no les es dado durar eternamente.
Es menester que el corazón, a cada llamamiento,
esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos,
a nuevas y distintas ataduras.
En el fondo de cada comienzo hay un hechizo
que nos protege y nos ayuda a vivir.
Debemos ir serenos y alegres por la Tierra,
atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno, cual si fuera una patria;
el espíritu universal no quiere encadenarnos:
quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos
escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad
en un morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer:
sólo quien está pronto a partir y peregrinar
podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.
Aun la hora de la muerte acaso nos coloque
frente a nuevos espacios que debamos andar:
las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros…
¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete estás curado!

 

Otros poemas

Si te gusta la poesía, te recomiendo: Poemas más motivadores de la historia.

miércoles, 21 de enero de 2026

Cuento para adultos de Benedetti

 

De puro distraído

A continuación, un cuento para adultos de Benedetti: De puro distraído, que puedes escuchar en Spotify o ver en YouTube.

El cuento narra la vida errante de un hombre que recorre países y ciudades sin rumbo fijo, movido por una mezcla de incomodidad con su país de origen y una vocación casi natural por el vagabundeo, la libertad y la distracción, viviendo al margen de los centros de poder y de las certezas, guiado más por impulsos que por mapas; a través de este personaje, Benedetti construye una metáfora del exilio y de la fragilidad humana frente a los sistemas políticos y sociales, mostrando cómo alguien puede huir sin declararse perseguido, no por ideología explícita sino por una sensibilidad que no soporta la injusticia, la hipocresía y la violencia, y sugiere que, en contextos de represión, incluso la distracción y la inocencia pueden volverse una forma de resistencia… pero también una peligrosa vulnerabilidad.

 

Cuento de Mario Benedetti: De puro distraído

(Cuento completo)

Nunca se consideró un exiliado político. Había abandonado su tierra por un extraño impulso que se fraguó en tres etapas. La primera, cuando lo abordaron sucesivamente cuatro mendigos en la Avenida. La segunda, cuando un ministro usó la palabra Paz en la televisión e inmediatamente comenzó a temblarle el párpado derecho. La tercera, cuando entró a la iglesia de su barrio y vio que un Cristo (no el más rezado y colmado de cirios sino otro alicaído, de una nave lateral) lloraba como un bendito. 

Quizá pensó que si se quedaba en su país se iba a desesperar a corto plazo y él bien sabía que no estaba hecho para la desesperación sino para el vagabundeo, la independencia, el modestísimo disfrute. Le gustaba la gente pero no se encadenaba. Se entretenía con el paisaje pero al final se empalagaba de tanto verde y añoraba el hollín de las ciudades. Saboreaba las tensiones metropolitanas pero llegaba un día en que se sentía cercado por los imponentes bloques de cemento.

Así como había vagado por las calles y los caminos de su tierra, empezó a vagar por los países, las fronteras y los mares. Era terriblemente distraído. A menudo no sabía en qué ciudad se encontraba, pero no por eso se decidía a preguntar. Simplemente seguía caminando y, en todo caso, si se equivocaba, no le importaba salir del error. Si precisaba algo, ya fuera para comer o para dormir, disponía de cuatro idiomas para buscarlo y siempre había alguien que lo comprendía. En el peor de los casos, le quedaba el esperanto de los gestos.

Viajaba en ferrocarril o en autobús, pero normalmente lograba que lo recogieran en algún auto o camión. Inspiraba confianza. La gente le creía las cosas más absurdas, y no se equivocaba, porque todo en él era un poco absurdo. Por lo común andaba solo, y era lógico, ya que ningún hombre ni, menos aún, ninguna mujer, habría sido capaz de soportar tanta incuria y tanto desorden.

Cuando pasaba por una frontera, mostraba el pasaporte con un gesto displicente o mecánico, pero inmediatamente se olvidaba de qué frontera se trataba. Permanecía poco tiempo en el centro de las ciudades. Prefería los barrios marginales, donde se llevaba bien con los niños y los perros.

A veces surgía algún detalle que le servía de orientación. Pero no siempre. Una mañana se halló junto a un canal y creyó que estaba en Venecia, pero era Brujas. Confundir el Sena con el Rhin, y viceversa, le ocurrió por lo menos en tres ocasiones. No llevaba brújula sino que se orientaba por el sol, pero cuando le tocaban días tormentosos, de cielo oscuro, no tenía la menor idea de dónde quedaba el norte. Y eso tampoco lo afectaba, ya que no tenía preferencia por ninguno de los puntos cardinales.

Cierto mediodía se enteró de que caminaba por Helsinki porque vio una cabina telefónica que decía Puhelin. Era uno de sus escasos datos sobre Finlandia. Otro día sintió un alarmante tirón de hambre en el estómago y extrajo de su morral un poco de queso; cuando masticaba con fruición advirtió que se había recostado a una columna que le trajo el recuerdo de las de mármol pentélico que había visto en alguna foto del Partenón, y claro, a partir de esa asociación se dio cuenta de que efectivamente estaba en la Acrópolis. Sí, era terriblemente distraído. En otra ocasión nevaba y para protegerse del frío se metió en las galerías comerciales del moderno subsuelo de Les Halles. Cuando, un semestre después, emergió de otras galerías subterráneas en pleno centro de Estocolmo, se alegró sinceramente de que ya no nevara.

De vez en cuando iba a los aeropuertos, pero casi nunca viajaba en avión, entre otras cosas porque después de presentarse en el mostrador correspondiente y despachar su liviano equipaje, se iba a la terraza a ver cómo despegaban y aterrizaban las grandes aeronaves y no prestaba la menor atención a los altavoces, que repetían su nombre con insistencia.

En cierta ocasión, sin embargo, y vaya a saber por qué extraño mecanismo, permaneció junto a la puerta de embarque y subió confiadamente al avión con los demás pasajeros. Cuando llegó a destino y mostró su pasaporte, tan displicentemente como de costumbre, un funcionario de emigración lo miró con atención y le dijo: «Venga conmigo.» Él lo siguió mansamente por un corredor desierto. Cuando llegaron a una puerta con un letrero Prohibido el paso, el funcionario la abrió y lo conminó a entrar. Así lo hizo, desprevenido. Pensó acercarse a una mesa que había en el centro de la habitación, pero de improviso no vio nada. Alguien, desde atrás, le había colocado una capucha. Sólo entonces comprendió que, de puro distraído, se encontraba de nuevo en su patria.

Fuente: Narrativa breve

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos, te recomiendo: Los censores de Luisa Valenzuela

 

 

 

domingo, 18 de enero de 2026

Los censores de Luisa Valenzuela

 

Panóptico de Foucault

A continuación, te presento un cuento para adultos de Luisa Valenzuela que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y Spotify. Los censores de Luisa Valenzuela es sobre un hombre que, por amor y miedo, se introduce en un sistema de vigilancia que controla cada palabra escrita, creyendo que desde dentro podrá proteger a quien ama. Lo que el cuento revela es un mecanismo muy cercano al panóptico de Foucault: un poder que no necesita vigilar todo el tiempo porque ha logrado algo más eficaz —que las personas se vigilen a sí mismas. A medida que Juan avanza en la burocracia de la censura, interioriza la mirada del poder y empieza a pensar, sospechar y juzgar como el sistema mismo. Así, el relato muestra cómo los regímenes autoritarios no sólo reprimen desde afuera, sino que producen sujetos que colaboran activamente con su propia dominación, hasta perder de vista dónde termina el control y dónde empieza su propia voluntad.

 

Los censores

Cuento completo de Luisa Valenzuela

¡Pobre Juan! Aquel día lo agarraron con la guardia baja y no pudo darse cuenta de que lo que él creyó ser un guiño de la suerte era en cambio, un maldito llamado de la fatalidad. Esas cosas pasan en cuanto uno se descuida, y así como me oyen uno se descuida tan pero tan a menudo. Juancito dejó que se le viera encima la alegría —sentimiento por demás perturbador— cuando por un conducto inconfesable le llegó la nueva dirección de Mariana, ahora en París, y pudo creer así que ella no lo había olvidado. Entonces se sentó ante la mesa sin pensarlo dos veces y escribió una carta. La carta. Esa misma que ahora le impide concentrarse en su trabajo durante el día y no lo deja dormir cuando llega la noche (¿qué habrá puesto en esa carta, ¿qué habrá quedado adherido a esa hoja de papel que le envió a Mariana?)

Juan sabe que no va a haber problema con el texto, que el texto es irreprochable, inocuo. Pero ¿y lo otro? Sabe también que a las cartas las auscultan, las huelen, las palpan, las leen entre líneas y en sus menores signos de puntuación, hasta en las manchitas involuntarias. Sabe que las cartas pasan de mano en mano por las vastas oficinas de censura, que son sometidas a todo tipo de pruebas y pocas son por fin las que pasan los exámenes y pueden continuar camino. Es por lo general cuestión de meses, de años si la cosa se complica, largo tiempo durante el cual está en suspenso la libertad y hasta quizá la vida no sólo del remitente sino también del destinatario. Y eso es lo que lo tiene sumido a nuestro Juan en la más profunda de las desolaciones: la idea de que a Mariana, en París, llegue a sucederle algo por culpa de él. Nada menos que a Mariana que debe de sentirse tan segura, tan tranquila allí donde siempre soñó vivir. Pero él sabe que los Comandos Secretos de Censura actúan en todas partes del mundo y gozan de un importante descuento en el transporte aéreo; por lo tanto nada les impide llegarse hasta el oscuro barrio de París, secuestrar a Mariana y volver a casita convencidos de su noble misión en esta tierra.

Entonces hay que ganarles de mano, entonces hay que hacer lo que hacen todos: tratar de sabotear el mecanismo, de ponerle en los engranajes unos granos de arena, es decir ir a las fuentes del problema para tratar de contenerlo.

Fue con ese sano propósito con que Juan, como tantos, se postuló para censor. No por vocación como unos pocos ni por carencia de trabajo como otros, no. Se postuló simplemente para tratar de interceptar su propia carta, idea para nada novedosa pero consoladora. Y lo incorporaron de inmediato porque cada día hacen falta más censores y no es cuestión de andarse con melindres pidiendo antecedentes.

En los altos mandos de la Censura no podían ignorar el motivo secreto que tendría más de uno para querer ingresar a la repartición, pero tampoco estaban en condiciones de ponerse demasiado estrictos y total ¿para qué? Sabían lo difícil que les iba a resultar a esos pobres incautos detectar la carta que buscaban y, en el supuesto caso de lograrlo, ¿qué importancia podían tener una o dos cartas que pasan la barrera frente a todas las otras que el nuevo censor frenaría en pleno vuelo? Fue así como no sin ciertas esperanzas nuestro Juan pudo ingresar en el Departamento de Censura del Ministerio de Comunicaciones.

El edificio, visto desde fuera, tenía un aire festivo a causa de los vidrios ahumados que reflejaban el cielo, aire en total discordancia con el ambiente austero que imperaba dentro. Y poco a poco Juan fue habituándose al clima de concentración que el nuevo trabajo requería, y el saber que estaba haciendo todo lo posible por su carta —es decir por Mariana— le evitaba ansiedades. Ni siquiera se preocupó cuando, el primer mes, lo destinaron a la sección K, donde con infinitas precauciones se abren los sobres para comprobar que no encierran explosivo alguno.

Cierto es que a un compañero, al tercer día, una Carta le voló la mano derecha y le desfiguró la cara, pero el jefe de sección alegó que había sido mera imprudencia por parte del damnificado y Juan y los demás empleados pudieron seguir trabajando como antes aunque bastante más inquietos. Otro compañero intentó a la hora de salida organizar una huelga para pedir aumento de sueldo por trabajo insalubre pero Juan no se adhirió y después de pensar un rato fue a denunciarlo ante la autoridad para intentar así ganarse un ascenso.

Una vez no crea hábito, se dijo al salir del despacho del jefe, y cuando lo pasaron a la sección J donde se despliegan las cartas con infinitas precauciones para comprobar si encierran polvillos venenosos, sintió que había escalado un peldaño y que por lo tanto podía volver a su sana costumbre de no inmiscuirse en asuntos ajenos.

De la J, gracias a sus méritos, escaló rápidamente posiciones hasta la sección E donde ya el trabajo se hacía más interesante pues se iniciaba la lectura y el análisis del contenido de las cartas. En dicha sección hasta podía abrigar esperanzas de echarle mano a su propia misiva dirigida a Mariana que, a juzgar por el tiempo transcurrido, debería de andar más o menos a esta altura después de una larguísima procesión por otras dependencias.

Poco a poco empezaron a llegar días cuando su trabajo se fue tornando de tal modo absorbente que por momentos se le borraba la noble misión que lo había llevado hasta las oficinas. Días de pasarle tinta roja a largos párrafos, de echar sin piedad muchas cartas al canasto de las condenadas. Días de horror ante las formas sutiles y sibilinas que encontraba la gente para transmitirse mensajes subversivos, días de una intuición tan aguzada que tras un simple «el tiempo se ha vuelto inestable» o «los precios siguen por las nubes» detectaba la mano algo vacilante de aquel cuya intención secreta era derrocar al Gobierno.

Tanto celo de su parte le valió un rápido ascenso. No sabemos si lo hizo muy feliz. En la sección B la cantidad de cartas que le llegaba a diario era mínima —muy contadas franqueaban las anteriores barreras— pero en compensación había que leerlas tantas veces, pasarlas bajo la lupa, buscar micropuntos con el microscopio electrónico y afinar tanto el olfato que al volver a su casa por las noches se sentía agotado. Sólo atinaba a recalentarse una sopita, comer alguna fruta y ya se echaba a dormir con la satisfacción del deber cumplido. La que se inquietaba, eso sí, era su santa madre que trataba sin éxito de reencauzarlo por el buen camino. Le decía, aunque no fuera necesariamente cierto: Te llamó Lola, dice que está con las chicas en el bar, que te extrañan, que te esperan. Pero Juan no quería saber nada de excesos: todas las distracciones podían hacerle perder la acuidad de sus sentidos y él los necesitaba alertas, agudos, atentos, afinados, para ser perfecto censor y detectar el engaño. La suya era una verdadera labor patria. Abnegada y sublime.

Su canasto de cartas condenadas pronto pasó a ser el más nutrido pero también el más sutil de todo el Departamento de Censura. Estaba a punto ya de sentirse orgulloso de sí mismo, estaba a punto de saber que por fin había encontrado su verdadera senda, cuando llegó a sus manos su propia carta dirigida a Mariana. Como es natural, la condenó sin asco. Como también es natural, no pudo impedir que lo fusilaran al alba, una víctima más de su devoción por el trabajo.

Fuente: Lecturia

Otros cuentos para adultos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo Alicia, al alba es un intenso relato para adultos de Carlos Ruiz Zafón, uno de los autores españoles más leídos del mundo y creador de La sombra del viento.

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Alicia, al alba un relato para adultos de Carlos Ruiz Zafón

 

Carlos Ruiz Zafón

Alicia, al alba es un intenso relato para adultos de Carlos Ruiz Zafón, uno de los autores españoles más leídos del mundo y creador de La sombra del viento. Una historia de amor, culpa y memoria ambientada en la Barcelona de la Guerra Civil. Disfrútalo también en formato audiocuento en Spotify o  ver el video en Youtube

En Alicia, al alba, Carlos Ruiz Zafón convierte una noche de Navidad en un rito de paso marcado por la guerra y la miseria. El encuentro entre el narrador y Alicia representa la irrupción de la compasión y el deseo de pertenencia en un mundo devastado, donde la inocencia se pierde no por maldad, sino por necesidad. El cuento sugiere que ciertos actos, nacidos de la supervivencia, dejan una huella moral imborrable, y que la memoria —como la ciudad misma— guarda para siempre aquello que no pudo ser salvado.

Análisis del cuento

Este cuento es una alegoría sobre la pérdida de la inocencia en un mundo destruido por la guerra. Alicia simboliza la encarnación de la belleza, la ternura y fragilidad que aún sobrevive entre las ruinas. Asimismo, aparece como una figura casi irreal, vestida de blanco, rodeada de objetos rotos, fotos de ausentes y una casa que ya es un mausoleo. Todo en ella pertenece más a unos recuerdos del pasado que a un presente, como si su vida dependiera de aquello que fue o dejó de ser.

El muchacho representa a una infancia forzada a madurar en un entorno hostil. Su tentación de robar el collar no nace de la maldad, sino del hambre, del abandono y de haber crecido entre miseria y violencia. Cuando huye con la joya y luego regresa arrepentido, se muestra el choque entre dos mundos: el de la supervivencia y el de la humanidad. El remordimiento del chico pesa más que el valor de la joya, ya que Alicia le dio algo que nadie más le había dado: calor, cuidado y una ilusión de hogar.

Cuando el chico le devuelve la joya y la posa en su pecho muerto, está intentando salvar lo único que queda intacto: su propia conciencia. La muerte de Alicia no es solo física: simboliza una pureza que, en la guerra, no tiene cabida. Ella muere de frío, de abandono, de un mundo que ya no protege la vulnerabilidad, puesto que se considera debilidad.

En definitiva, el cuento dice que, en tiempos de horror, o de incertidumbre, un solo gesto de amor puede enriquecer una vida… y una pérdida puede destruirla por completo. Alicia es la última luz antes de comenzar una noche oscura y definitiva.


Alicia, al alba

de Carlos Ruiz Zafon

La casa donde la vi por última vez ya no existe. En su lugar se alza ahora uno de esos edificios que resbalan a la vista y adoquinan el cielo de sombra. Y sin embargo, aún hoy, cada vez que paso por allí recuerdo aquellos días malditos de la Navidad de 1938 en que la calle Muntaner trazaba una pendiente de tranvías y caserones palaciegos. Por entonces yo apenas levantaba trece años y unos céntimos a la semana como mozo de los recados en una tienda de empeños de la calle Elisabets. El propietario, don Odón Llofriu, ciento quince kilogramos de mezquindad y recelo, presidía su bazar de quincallería quejándose hasta del aire que respiraba aquel huérfano de mierda, uno entre los miles que escupía la guerra, a quien nunca llamaba por su nombre. —Chaval, rediós, apaga esa bombilla, que no están los tiempos para dispendios. El mocho lo pasas a vela, que estimula la retina. Así discurrían nuestros días, entre turbias noticias del frente nacional que avanzaba hacia Barcelona, rumores de tiroteos y asesinatos en las calles del Raval y las sirenas alertando de los bombardeos aéreos. Fue uno de aquellos días de diciembre del 38, las calles salpicadas de nieve y ceniza, cuando la vi. Vestía de blanco y su figura parecía haberse materializado de la bruma que barría las calles. Entró en la tienda y se detuvo en el leve rectángulo de claridad que serraba la penumbra desde el escaparate. Sostenía en las manos un pliego de terciopelo negro que procedió a abrir sobre el mostrador sin mediar palabra. Una guirnalda de perlas y zafiros relució en la sombra. Don Odón se calzó la lupa y examinó la pieza. Yo seguía la escena desde el resquicio de la puerta de la trastienda. —La pieza no está mal, pero los tiempos no están para dispendios, señorita. Le doy cincuenta duros, y pierdo dinero, pero esta noche es Nochebuena y uno no es de piedra. La muchacha plegó de nuevo el paño de terciopelo y se encaminó hacia la salida sin pestañear. —¡Chaval! —bramó don Odón—. Síguela. —Ese collar cuesta por lo menos mil duros —apunté. —Dos mil —corrigió don Odón—. Así que no vamos a dejar que se nos escape. Tú síguela hasta su casa y asegúrate de que no le dan un porrazo y la despluman. Ésa volverá, como todos. El rastro de la muchacha se fundía ya en el manto blanco cuando salí a la calle. La seguí por el laberinto de callejas y edificios desventrados por las bombas y la miseria hasta emerger en la plaza del Peso de la

Paja, donde apenas tuve tiempo de verla abordar un tranvía que ya partía calle Muntaner arriba. Corrí tras el tranvía y salté al estribo posterior. Ascendimos así, abriendo raíles de negro sobre el lienzo de nieve que tendía la ventisca mientras empezaba a atardecer y el cielo se teñía de sangre. Al llegar al cruce con Travesera de Gracia me dolían los huesos de frío. Estaba por abandonar mi misión y urdir alguna mentira para satisfacer a don Odón cuando la vi bajar y encaminarse hacia el portón del gran caserón. Salté del tranvía y corrí a ocultarme al filo de la esquina. La muchacha se coló por la verja del jardín. Me asomé a los barrotes y la vi ascender por la arboleda que rodeaba la casa. Se detuvo al pie de la escalinata y se volvió. Quise echar a correr, pero el viento helado me había ya robado las ganas. La muchacha me observó con una sonrisa leve y me tendió una mano. Comprendí que me había tomado por un mendigo. —Ven —dijo. Anochecía ya cuando la seguí a través del caserón en tinieblas. Un tenue halo lamía los contornos. Libros caídos y cortinas raídas puntuaban un rastro de muebles quebrados, de cuadros acuchillados y manchas oscuras que se derramaban por los muros como impactos de bala. Llegamos a un gran salón que albergaba un mausoleo de viejas fotografías que apestaban a ausencia. La muchacha se arrodilló en un rincón junto a un hogar y prendió el fuego con hojas de periódico y los restos de una silla. Me acerqué a las llamas y acepté el tazón de vino tibio que me tendía. Se arrodilló a mi lado, su mirada perdida en el fuego. Me dijo que se llamaba Alicia. Tenía la piel de diecisiete años, pero le traicionaba esa mirada grave y sin fondo de los que ya no tienen edad, y cuando inquirí si aquellas fotografías eran de su familia no dijo nada. Me pregunté cuánto tiempo llevaba viviendo allí, sola, escondida en aquel caserón con un vestido blanco que se deshacía por las costuras, malvendiendo joyas para sobrevivir. Había dejado el paño de terciopelo negro sobre la repisa del hogar. Cada vez que ella se inclinaba a atizar el fuego la mirada se me escapaba e imaginaba el collar en su interior. Horas más tarde escuchamos las campanadas de medianoche abrazados junto al fuego, en silencio, y me dije que así me habría abrazado mi madre si la recordase. Cuando las llamas empezaron a flaquear quise lanzar un libro a las brasas, pero Alicia me lo arrebató y empezó a leer en voz alta de sus páginas hasta que nos venció el sueño. Partí poco antes del alba, desprendiéndome de sus brazos y corriendo en la oscuridad hacia la verja con el collar en mis manos y el corazón latiéndome con rabia. Pasé las primeras horas de aquel día de Navidad con dos mil duros de perlas y zafiros en el bolsillo, maldiciendo aquellas calles anegadas de nieve y de furia, maldiciendo a aquellos que me habían abandonado entre llamas, hasta que un sol mortecino ensartó una lanza de luz en las nubes y rehice mis pasos hasta el caserón, arrastrando aquel collar que pesaba ya como una losa y que me asfixiaba, deseando tan sólo encontrarla todavía dormida, dormida para siempre, para dejar de nuevo el collar sobre la repisa del hogar y poder huir sin tener que recordar nunca más su mirada ni su voz cálida, el único tacto puro que había conocido. La puerta estaba abierta y una luz perlada goteaba de las grietas del techo. La encontré tendida en el suelo, sosteniendo todavía el libro entre las manos, con los labios envenenados de escarcha y la mirada abierta sobre el rostro blanco de hielo, una lágrima roja detenida sobre la mejilla y el viento que soplaba desde aquel ventanal abierto de par en par enterrándola en polvo de nieve. Dejé el collar sobre su pecho y hui de vuelta a la calle, a confundirme con los muros de la ciudad y a esconderme en sus silencios, rehuyendo mi reflejo en los escaparates por temor a encontrarme con un extraño. Poco después, acallando las campanas de Navidad, se escucharon de nuevo las sirenas y un enjambre de ángeles negros se extendió sobre el cielo escarlata de Barcelona, desplomando columnas de bombas que nunca se verían tocar el suelo.

Fuente: Planeta

 

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Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo los cuentos de Yasunari Kawabata, el primer escritor asiático en ganar el Premio Nobel de Literatura.

viernes, 9 de enero de 2026

Dos cuentos breves de Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata

A continuación, te presento dos cuentos breves de Yasunari Kawabata, el primer escritor japonés en recibir el Premio Nobel de Literatura, que puedes leer o escuchar en formato audiocuento en Spotify y YouTube.

Lugar soleado de Yasunari Kawabata narra el inicio de un amor marcado por la timidez y la introspección, cuando el narrador recuerda, a partir de una escena luminosa en la playa, el origen de su inquietante costumbre de observar los rostros ajenos. Ese recuerdo lo conduce a su infancia junto a un abuelo ciego que parecía orientarse instintivamente hacia la luz, experiencia que explica su necesidad de mirar como una forma de búsqueda afectiva y de comprensión del otro. El cuento sugiere que los hábitos íntimos nacen de pérdidas tempranas y de silencios familiares, y que la luz —el “lugar soleado”— simboliza la memoria, la revelación interior y la posibilidad de reconciliar el pasado con el presente. Así, Kawabata muestra cómo el amor y el recuerdo permiten aceptar la propia vulnerabilidad y transformar una herida antigua en un gesto de conexión humana.

 

En La frágil vasija, Yasunari Kawabata presenta un sueño inquietante en el que una estatua de Kannon, símbolo de compasión y delicadeza, cae y se rompe en innumerables fragmentos, escena que despierta en el narrador una reflexión íntima sobre el amor y la fragilidad femenina. La aparición de una muchacha que recoge apresuradamente los restos de la estatua conduce a una interpretación simbólica: amar implica una caída, una ruptura interior que expone la vulnerabilidad más profunda. Al vincular la imagen de la cerámica rota con la cita bíblica de la “vasija frágil”, Kawabata sugiere que la mujer, como el amor mismo, exige cuidado, respeto y comprensión, y que muchas veces es ella quien debe recomponerse tras el impacto emocional. El cuento revela así una visión poética y melancólica del amor como experiencia tan sagrada como quebradiza, donde la belleza y el dolor coexisten en un equilibrio precario.


Lugar soleado

En el otoño de mis veinticuatro años, conocí a una muchacha en una posada a orillas del mar.

Fue el comienzo del amor.

De repente la joven irguió la cabeza y se tapó la cara con la manga de su kimono. Ante su gesto, me dije: la he disgustado con mi mal hábito. Me avergoncé y mi pesadumbre se hizo evidente.

—Fijé la vista en ti, ¿no?

—Sí, pero no es para tanto.

Su voz sonaba gentil y sus palabras, cálidas. Me sentí aliviado.

—¿Te molesta, no es cierto?

—No, de verdad, está bien.

Bajó el brazo. En su expresión se notaba el esfuerzo que hacía para aceptar mi mirada. Miré hacia otro lado, y fijé la vista en el océano.

Desde hacía mucho tenía ese hábito de fijar la vista en quien estuviera a mi lado, para su disgusto. Muchas veces me había propuesto corregirme, pero sufría si no observaba los rostros de quienes estaban cerca. Me aborrecía al darme cuenta de que lo estaba haciendo. Tal vez el hábito venía de haber pasado mucho tiempo interpretando los rostros ajenos, luego de perder a mis padres y mi hogar cuando era un niño, y verme obligado a vivir con otros. Tal vez por eso me volví así, pensaba.

En cierto momento, con desesperación traté de definir si había desarrollado esta costumbre después de haber sido adoptado o si ya existía antes, cuando tenía mi hogar. Pero no encontraba recuerdos que pudieran aclarármelo.

Fue entonces, al apartar los ojos de la muchacha, que vi un lugar en la playa bañado por el sol del otoño. Y ese lugar soleado despertó un recuerdo por largo tiempo enterrado.

Tras la muerte de mis padres, viví solo con mi abuelo durante casi diez años en una casa en el campo. Mi abuelo era ciego. Años y años se sentó en la misma habitación ante un brasero de carbón, en el mismo rincón, vuelto hacia el este. Cada tanto volvía la cabeza hacia el sur, pero nunca al norte. Una vez que me di cuenta de este hábito suyo de volver la cara sólo en una dirección, me sentí tremendamente perturbado. A veces me sentaba durante un rato largo frente a él observando su rostro, preguntándome si se volvería hacia el norte al menos una vez. Pero mi abuelo volvía la cabeza hacia la derecha cada cinco minutos como una muñeca mecánica, fijando la vista sólo en el sur. Eso me provocaba malestar. Me parecía misterioso. Al sur había lugares soleados, y me pregunté si, aun siendo ciego, podría percibir esa dirección como algo un poco más luminoso.

Ahora, mirando la playa, recordaba ese otro lugar soleado que tenía olvidado.

Por aquellos días, fijaba la mirada en mi abuelo esperando que se volviera hacia el norte. Como era ciego, podía observarlo fijamente. Y me daba cuenta ahora de que así se había desarrollado mi costumbre de estudiar los rostros. Y que este hábito ya existía en mi vida de hogar, y que no era un vestigio de servilismo. Ya podía tranquilizarme en mi autocompasión por esta costumbre. Aclarar la cuestión me provocó el deseo de saltar de alegría, tanto más porque mi corazón estaba colmado por la aspiración de purificarme en honor de la muchacha.

La joven volvió a hablar.

—Me voy acostumbrando, aunque todavía me intimida un poco.

Esto significaba que podía volver a mirarla. Seguramente había juzgado rudo mi comportamiento. La observé con expresión radiante. Se sonrojó y me lanzó una mirada disimulada.

—Mi cara dejará de ser interesante con el paso de los días y las noches. Pero no me preocupa.

Hablaba como una criatura. Me sonreí. Me pareció que repentinamente nuestra relación había adquirido otra intimidad. Y quise llegar hasta ese lugar soleado de la playa, con ella y con el recuerdo de mi abuelo.

1923

Fuente: Lecturia

 

 La frágil vasija

En una esquina de la ciudad había un local de objetos de arte. Y entre la calle y el frente del local una estatua de cerámica de la deidad budista Kannon, con la altura de una niña de doce años. Cuando el tren pasaba, el gélido cutis de Kannon se estremecía, al igual que el vidrio de la puerta del negocio. Cada vez que yo pasaba por allí, temía que la estatua se cayera. Éste es el sueño que tuve: El cuerpo de Kannon caía directamente sobre mí. De pronto Kannon estiraba sus largos y blancos brazos, que hasta entonces pendían a lo largo de su cuerpo, y me envolvía el cuello con ellos. Yo saltaba hacia atrás con desagrado por lo sobrenatural de sus brazos inanimados cobrando vida y por el frío toque de su piel de cerámica. Sin un ruido, Kannon se rompía en miles de fragmentos al costado de la calle. Una muchacha recogía algunos de los pedazos. Se detenía un instante, pero rápidamente volvía a juntar los pedazos diseminados, los fragmentos de cerámica reluciente. Su irrupción me tomaba por sorpresa. Y cuando estaba por abrir la boca para ofrecer alguna disculpa, me desperté. Parecía que todo hubiera sucedido en el preciso instante posterior a la caída de Kannon. Intenté una interpretación del sueño. «Honra a la mujer tanto como a la más frágil vasija.» Desde entonces recuerdo este versículo de la Biblia con frecuencia. Siempre establecí una asociación entre una «frágil vasija» y una vasija de porcelana. Y más tarde, entre ambas y la muchacha del sueño. Nada tan frágil como una joven. En cierto sentido, el hecho de amar representa la caída de una muchacha. Es lo que yo pienso. Y así, en mi sueño, ¿no estaría la joven recogiendo apresuradamente los fragmentos de su propia caída?

1924

Fuente: Lecturia

 

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