martes, 30 de septiembre de 2025

Cuento breve de José Emilio Pacheco

 

Cuento breve de José Emilio Pacheco

A continuación, te presento un cuento breve de José Emilio Pacheco: El viento distante. El cuento narra el recuerdo de una visita a una feria ambulante, donde una experiencia inesperada deja una profunda impresión en el narrador y en su acompañante. Lo que parecía un simple paseo se convierte en un momento de revelación sobre el dolor, la dignidad y la soledad humana. A través de esta escena, José Emilio Pacheco muestra cómo, en medio de lo cotidiano, se esconde el sufrimiento silencioso de otros, y cómo ciertos encuentros pueden marcar un antes y un después en la forma en que vemos la vida. 

Este cuento para adultos puedes escucharlo en mi canal de YouTube, Carla Narraciones. 

 

El viento distante

   La noche es densa. Sólo hay silencio en la feria ambulante. En un extremo de la barraca el hombre cubierto de sudor fuma, se mira al espejo, ve el humo al fondo del cristal. Se apaga la luz. El aire parece detenido. El hombre va hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja arder y mira la tortuga que yace bajo el agua. Piensa en el tiempo que los separa y en los días que se llevó un viento distante.

 

       Adriana y yo vagábamos por la aldea. En una plaza encontramos la feria. Subimos a la rueda de la fortuna, el látigo y las sillas voladoras. Abatí figuras de plomo, enlacé objetos de barro, resistí toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que predecía mi porvenir.

       Hallamos en esa tarde de domingo un espacio que permitía la dicha; es decir, el momentáneo olvido del pasado y el futuro. Me negué a internarme en la casa de los espejos. Adriana vio a orillas de la feria un barraca aislada y miserable. Cuando nos acercamos el hombre que estaba a las puertas recitó:

       —Pasen, señores. Conozcan a Madreselva, la infeliz nina que un castigo del cielo convirtió en tortuga por desobedecer a sus mayores y no asistir a misa los domingos. Vean a Madreselva. Escuchen en su boca la narración de su tragedia.

       Entramos. En un acuario iluminado estaba Madreselva con su cara de niña y su cuerpo de tortuga. Adriana y yo sentimos vergüenza de estar allí y disfrutar la humillación del hombre y de una niña que con toda probabilidad era su hija. Terminado el relato, Madreselva nos miró a través del acuario con la expresión del animal que se desangra bajo los pies del cazador.

 

       —Es horrible, es infame —dijo Adriana en cuanto salimos de la barraca.

       —Cada uno se gana la vida como puede. Hay cosas mucho más infames. Mira, el hombre es un ventrílocuo. La niña se coloca de rodillas en la parte posterior del acuario. La ilusión óptica te hace creer que en realidad tiene cuerpo de tortuga. Es simple como todos los trucos. Si no me crees, te invito a conocer el verdadero juego.

       Regresamos. Busqué una hendidura entre las tablas. Un minuto después Adriana me suplicó que la apartara. Al poco tiempo nos separamos. Después nos hemos visto algunas veces pero jamás hablamos del domingo en la feria.

 

       Hay lágrimas en los ojos de la tortuga. El hombre la saca del acuario y la deja en el piso. La tortuga se quita la cabeza de niña. Su verdadera boca dice oscuras palabras que no se escuchan fuera del agua. El hombre se arrodilla, la toma en sus brazos, la atrae a su pecho, la besa y llora sobre el caparazón húmedo y duro. Nadie entendería que la quiere ni la infinita soledad que comparten. Durante unos minutos permanecen unidos en silencio. Después le pone la cabeza de plástico, la deposita otra vez sobre el limo, ahoga los sollozos, regresa a la puerta y vende otras entradas. Se ilumina el acuario. Ascienden las burbujas. La tortuga comienza su relato.

 Fuente: Lecturia

Otros cuentos

Cuentos de Inés Arredondo

Si te gustan los cuentos, te recomiendo La señal de Inés Arredondo.

viernes, 26 de septiembre de 2025

Poemas inolvidables de Julia de Burgos

Julia de Burgos

A continuación, te comparto unos poemas inolvidables de Julia de Burgos, una activa promotora de la liberación de la mujer y considerada por muchos críticos como la más excelsa poetisa puertorriqueña, los cuales puedes escuchar en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

Además, me gustaría dejarte dos de los poemas que más me han impactado: "A Julia de Burgos" e "Íntima".

 

                                                     A Julia de Burgos

Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.

Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo; y el más
profundo abismo se tiende entre las dos.

Tú eres fria muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.

Tú, miel de cortesana hipocresías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el corazón.

Tú eres como tu mundo, egoísta;
yo no; que en todo me lo juego a ser lo que soy yo.

Tú eres sólo la grave señora señorona; yo no,
yo soy la vida, la fuerza, la mujer.

Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a todos, a
todos en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.

Tú te rizas el pelo y te pintas; yo no;
a mí me riza el viento, a mí me pinta el sol.

Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.

Tú en ti misma no mandas;
a ti todos te mandan; en ti mandan tu esposo, tus
padres, tus parientes, el cura, la modista,
el teatro, el casino, el auto,
las alhajas, el banquete, el champán, el cielo
y el infierno, y el que dirán social.

En mí no, que en mí manda mi solo corazón,
mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.

Tú, flor de aristocracia; y yo, la flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos se
lo debes, mientras que yo, mi nada a nadie se la debo.

Tú, clavada al estático dividendo ancestral,
y yo, un uno en la cifra del divisor
social somos el duelo a muerte que se acerca fatal.

Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticiasquemadas,
y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injustoy lo inhumano,
yo iré en medio deellas con la tea en la mano.

 

"A Julia de Burgos" es un poderoso poema de confrontación interna, donde la autora se desdobla para enfrentar su yo social (sumiso, superficial y condicionado por normas patriarcales) con su yo verdadero, libre, auténtico y rebelde. Con un tono desafiante, la poeta denuncia la hipocresía de los roles impuestos a la mujer y afirma su autonomía moral, intelectual y emocional. Es una declaración de identidad y libertad que trasciende lo personal y se convierte en un grito colectivo de justicia y emancipación.

 

                                                        Íntima

 

Se recogió la vida para verme pasar.
Me fui perdiendo átomo por átomo de mi carne
y fui resbalándome poco a poco al alma.

Peregrina en mí misma, me anduve un largo instante.
Me prolongué en el rumbo de aquel camino errante
que se abría en mi interior,
y me llegué hasta mí, íntima.

Conmigo cabalgando seguí por la sombra del tiempo
y me hice paisaje lejos de mi visión.

Me conocí mensaje lejos de la palabra.
Me sentí vida al reverso de una superficie de colores y formas.
Y me vi claridad ahuyentando la sombra vaciada en la tierra
desde el hombre.


Ha sonado un reloj la hora escogida de todos.
¿La hora? Cualquiera. Todas en una misma.
Las cosas circundantes reconquistan color y forma.
Los hombres se mueven ajenos a sí mismos
para agarrar ese minuto índice
que los conduce por varias direcciones estáticas.

Siempre la misma carne apretándose muda a lo ya hecho.
Me busco. Estoy aún en el paisaje lejos de mi visión.
Sigo siendo mensaje lejos de la palabra.

La forma que se aleja y que fue mía un instante
me ha dejado íntima.
Y me veo claridad ahuyentando la sombravaciada en la tierra
desde el hombre.

 

 

El poema Íntima de Julia de Burgos es una profunda exploración introspectiva, donde la autora se aleja del cuerpo y de lo superficial para adentrarse en su ser más esencial. A través de un lenguaje reflexivo y casi místico, se describe como peregrina de sí misma, reconociéndose más allá de la forma, la palabra o el tiempo. Es un viaje hacia lo espiritual y lo auténtico, donde se reafirma como una fuerza de luz que trasciende la oscuridad sembrada por el hombre.


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José Ángel Buesa

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domingo, 21 de septiembre de 2025

La señal, un cuento para adultos de Inés Arredondo.

 

Amor en la compasión y en la vulnerabilidad

Relato para adultos de Inés Arredondo

A continuación, te presento La señal, un cuento para adultos escrito por Inés Arredondo. Si prefieres escucharlo, te invito a visitar mi canal de YouTube: Carla Narraciones.

Este relato para adultos tiene una gran carga simbólica, ya que narra una escena en la que Pedro, un hombre atrapado en su vacío interior, recibe de un obrero el desconcertante gesto de besarle los pies, un acto que encarna, al mismo tiempo, humillación, amor, sacrificio y redención. Cabe destacar que el hecho de que sea un obrero quien se arrodilla y ejecuta este gesto invierte radicalmente tanto las jerarquías sociales como las espirituales, y sitúa a Pedro, el protagonista, en el lugar del 'elegido', no por mérito, sino por el misterio de un sufrimiento compartido.

Ambos sienten asco, pero también amor, que trasciende la carne y se inscribe en el ámbito de lo sagrado, como un acto de compasión radical que deja en Pedro una señal indeleble, una herida luminosa que ya no puede ocultar ni comprender del todo. A su vez, la desnudez de los pies representa un descenso a lo más elemental del ser, donde se revela la vulnerabilidad como condición necesaria para la compasión. El beso del obrero es, al mismo tiempo, humillación y consagración: Pedro se convierte en portador de una señal inexplicable que trastoca su identidad y lo marca para siempre, como si en ese instante se hubiera rozado el misterio del dolor humano y de una posible redención entre iguales. Así, el cuento interroga el sentido de la redención, el dolor, y la posibilidad del amor humano, de la compasión, como un gesto extremo de entrega y de fe, incluso entre hombres desconocidos, incluso en medio del absurdo.

 

 

La señal

El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre, pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.

Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.

Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.

Siempre había estado ahí, pero sólo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desagradable de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña —de ahí su aire de pinos—. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.

No había nadie, sólo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.

El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.

Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.

Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.

—¿Me permite besarle los pies?

Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo… Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Su ojos podían obligar a cualquier cosa, pero sólo pedían.

—Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.

Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre… Tuvo piedad de él.

—Está bien.

—¿Quiere descalzarse?

Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lúcido, tan lúcido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzó.

Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.

No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.

Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… Pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel… Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez… El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento… No, no, los dos sentían asco, sólo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan sólo una vez, en la crucifixión.

El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.

Pedro se quedó ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.

Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.

¿Por qué yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él sólo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.


Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.

 Fuente: Ciudad Seva

Cuentos para adultos

Si te gusta este género literario, te recomiendo El guante de Reynol Pérez.

 

viernes, 12 de septiembre de 2025

El guante, cuento para adultos de Reynol Pérez

 

Cuento para adultos

A continuación, te presento un cuento para adultos, El guante de Reynol Pérez. El cuento narra, desde la mirada de un niño, la estrecha relación entre su padre y su perro Guante, quien representa una fuente de afecto y alegría en medio de la vida dura del campo. La historia avanza entre la rutina familiar y el afecto silencioso, hasta que una amenaza pone en peligro ese vínculo. 

La frase “Desde algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo, porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros” resume el tono del cuento: una reflexión sobre cómo la felicidad, aunque pequeña y cotidiana, parece siempre vigilada por una fuerza invisible que la limita. Este cuento explora la fragilidad de la alegría, el dolor callado de los adultos, y la pérdida de la inocencia en el corazón de los niños.

 

El guante

En toda su vida mi padre había tenido pocos amigos. Los más cercanos eran nuestros padrinos de bautismo porque en aquellos años el padrino elegido asumía el compromiso de criar y proteger al ahijado si uno o los dos padres llegaba a faltar. Yo creo, sin embargo, que sus mejores amigos fueron los perros, compañía imprescindible después del fallecimiento de mi madre. Todos fueron amigos fieles, compañeros ideales; juguetones o apacibles, según lo exigiera la situación. El Guante, sin duda, ocupó siempre su corazón. Era un perro de raza indefinida, más corriente que común, como acostumbra decir la gente a manera de burla. De color negro con manchas blancas y cafés. Parecía que un dios sabio le hubiera pintado cada pata de color blanco, de tal manera que éstas parecían un guante. Por esa razón mi padre decidió darle aquel nombre. El Guante seguía a todos lados a mi padre: estaba siempre con él en los corrales cuando ordeñaba las vacas. Lo acompañaba también a ordeñar las cabras, y si alguna de éstas se hallaba de mal humor, lo alejaba con la amenaza de sus cuernos. Él se había acostumbrado a la conducta siempre caprichosa de las cabras y nunca respondía con gruñidos o ladridos. Si mi padre se quedaba a conversar con mi madre a la hora del desayuno, lo cual sucedía a diario, tenía prohibido arañar la puerta y lo aguardaba con paciencia. Cuando mi padre salía por fin para volver a los corrales, el Guante iba a su encuentro con tales brincos de alegría que parecía que no lo hubiera visto en meses.

Desde algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo, porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros. Así, una mañana, descubrimos a Guante detenido en mitad del patio, rascándose con insistencia una de sus orejas. Mi padre lo llamó para que lo acompañara a los corrales; sin embargo, el perro permaneció en su sitio, sin atender al llamado. Mi padre resolvió entonces dejarlo en su tarea y se encaminó a los corrales. Al día siguiente no vimos a Guante por ninguna parte y mi padre se alarmó. Le pidió a mi hermano Humberto que saliera a buscarlo por los alrededores. Tenía el temor de que lo hubiera atacado un coyote o que una víbora de cascabel lo hubiera mordido. No podría existir otra razón, ya que Guante jamás abandonaba el patio si no era para seguir a mi padre. Humberto no lo encontró por ningún lado y entonces comenzamos a buscarlo entre todos, incluida mi hermana Olivia. “¡Guante!”, “¡Guanteeee!”, “¡Guanteeeee!”, sembrábamos de gritos el aire. De pronto el perro reapareció por el lado del camino que conducía al caserío, del que nos separaban ocho kilómetros.

Se veía tan flaco que cualquiera habría pensado que no había comido en días. Tenía la cabeza gacha y parecía perdido; en algún momento alzó la cabeza y lanzó un largo aullido, tan largo que nos atravesó el corazón. Con mucho cuidado mi padre ató al perro con un lazo y a paso lento lo condujo a un corralito, donde a veces encerraban a los becerros. Nosotros de inmediato le llevamos algo de comer pero no dio muestras de apetito por más que intentamos hacerlo probar algún bocado. Al día siguiente mi padre revisó el oído de Guante y lo encontró peor. El sufrimiento del animal era tan evidente que, desesperado, mi padre ensilló su caballo y se encaminó al pueblo, sin siquiera probar bocado. Volvió por la tarde con algunos medicamentos que le habían recomendado en la farmacia porque el veterinario acudía al pueblo sólo dos veces al mes. Los primeros días Guante pareció mejorar pero una mañana empeoró. Los trabajadores de la lechería que venían a recoger los botes todas las mañanas revisaron también a Guante. “Hay que terminar con el sufrimiento de este animal. No queda de otra”, pronunció sacudiendo la cabeza el que parecía ser el mayor. Mi padre les dio las gracias. Cuando la camioneta se marchó, mi padre nos pidió a Saúl y a mí que lo dejáramos solo con Guante. Allí se estuvo con él, luego de que Humberto se llevó las cabras a pastar. Qué pensamientos habrán pasado por su cabeza, qué gritos habrá ahogado en su pecho, cuántas lágrimas habrá limpiado con sus manos callosas. “No molesten a su padre”, nos advirtió mi madre para quien aquello no era nada nuevo. ¡Cuántos animales del rancho no había intentado curar, ahora y cuando era niña! ¡Cuántos no habían muerto mientras pasaba sus manos por los cuerpos agotados que sólo deseaban entregarse al reposo de la muerte! Olivia lloró toda la mañana. Saúl y yo nos mordíamos los labios y no encontrábamos a quién gritar por qué le había hecho aquello a Guante, al perro más fiel y cariñoso que hasta ahora habíamos tenido. Allá, en lo alto, alguien había sepultado nuestra alegría en un nubarrón. Al atardecer mi padre salió de la cocina cargando su rifle. Mi madre se había quedado adentro, preparando algo para la cena. Nosotros estábamos junto a la cerca de leña. Mi padre salió rumbo a los corrales y volvió poco después con Guante que lo seguía, atado el cuello con un alambre.

“Papá”, susurré yo. “Papá, ¿adónde llevas a Guante?”, preguntó Saúl. Mi padre siguió de largo. De pronto, la voz dura de un desconocido resonó en la tarde quieta: “¡Ni se les ocurra seguirme!”.


Otros cuentos

Guadalupe Dueñas

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo La historia de Mariquita de Guadalupe Dueñas


domingo, 7 de septiembre de 2025

Historia de mariquita de Guadalupe Dueñas

 

Cuentos para reflexionar

Historia de mariquita de Guadalupe Dueñas es un cuento para adultos que mezcla lo cotidiano con lo inquietante a través de la voz de una narradora que recuerda su infancia en una familia marcada por un secreto inusual. Un cuento para reflexionar, con un tono entre tierno y sombrío. El relato aborda temas como el peso del pasado, el duelo, la memoria y la extrañeza dentro de lo familiar. Dueñas utiliza el humor negro y una narrativa íntima para explorar cómo ciertos vínculos y ausencias pueden acompañar toda una vida.

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Si prefieres escuchar este cuento para adultos, te invito a mi canal de YouTube: Carla Narraciones. ¡Suscríbete y acompáñame a revivir grandes historias contadas con el corazón!

 

Historia de mariquita

Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre, y exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas. Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí dormíamos siete.

Mi papá siempre fue un hombre práctico; había viajado mucho y conocía los camarotes. En ellos se inspiró para idear aquel sistema de literas que economizaba espacio y facilitaba que cada una durmiera en su cama.

Como explico, lo importante era descubrir el lugar de Mariquita. En ocasiones quedaba debajo de una cama, otras en un rincón estratégico; pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero.

Esta situación sólo nos interesaba a las dos mayores; las demás, aún pequeñas, no se preocupaban.

Para mí, disfrutar de su compañía me pareció muy divertido; pero mi hermana Carmelita vivió bajo el terror de esta existencia. Nunca entró sola a la pieza y estoy segura de que fue Mariquita quien la sostuvo tan amarilla; pues, aunque solamente la vio una ocasión, asegura que la perseguía por toda la casa.

Mariquita nació primero; fue nuestra hermana mayor. Yo la conocí cuando llevaba diez años en el agua y me dio mucho trabajo averiguar su historia.

Su pasado es corto, y muy triste: llegó una mañana con el pulso trémulo y antes de tiempo. Como nadie la esperaba, la cuna estaba fría y hubo que calentarla con botellas calientes; trajeron mantas y cuidaron que la pieza estuviera bien cerrada. Isabel, la que iba a ser su madrina en el bautizo, la vio como una almendra descolorida sobre el tul de sus almohadas. La sintió tan desvalida en aquel cañón de vidrios que sólo por ternura se la escondió en los brazos. Le pronosticó rizos rubios y ojos más azules que la flor del heliotropo. Pero la niña era tan sensible y delicada que empezó a morir.

Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba.

Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva —imagino sería aguardiente con sosa cáustica—. Este trabajo lo efectuaba emocionado y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo.

Claro está que el secreto lo guardábamos en familia. Fueron muy raras las personas que llegaron a descubrirlo y ninguna de éstas perduró en nuestra amistad. Al principio se llenaban de estupor, luego se movían llenas de recelo, por último desertaban haciendo comentarios poco agradables acerca de nuestras costumbres. La exclusión fue total cuando una de mis tías contó que mi papá tenía guardado en un estuche de seda el ombligo de una de sus hijas. Era cierto. Ahora yo lo conservo: es pequeño como un caballito de mar y no lo tiro porque a lo mejor me pertenece.

Pasó el tiempo, crecimos todas. Mis padres ya no estaban entre nosotras; pero seguíamos cambiándonos de casa, y empezó a agravarse el problema de la situación de Mariquita.

Alquilamos un señorial caserón en ruinas. Las grietas anunciaban la demolición. Para tapar las bocas que hacían gestos en los cuartos distribuimos pinturas y cuadros sin interesarnos las conveniencias estéticas. Cuando la rajadura era larga como un túnel la cubríamos con algún gobelino en donde las garzas, que nadaban en punto de cruz añil, hubieran podido excursionar por el hondo agujero. Si la grieta era como una cueva, le sobreponíamos un plato fino, un listón o dibujos de flores. Hubo problema con el socavón inferior de la sala; no decidíamos si cubrirlo con un jarrón Ming o decorarlo como oportuno nicho o plantarle un pirograbado japonés.

Un mustio corredor que se metía a los cuartos encuadraba la fuente de nuestro palacio. Con justo delirio de grandeza dimos una mano de polvo mármol al desahuciado cemento de la pila, que no quedó ni de pórfido ni de jaspe, sino de ruin y altisonante barro. En la parte de atrás, donde otros hubieran puesto gallinas, hicimos un jardín a la americana, con su pasto, su pérgola verde y gran variedad de enredaderas, rosales y cuanto nos permitiera desfogar nuestro complejo residencial.

La casa se veía muy alegre; pero así y todo había duendes. En los excepcionales minutos de silencio ocurrían derrumbes innecesarios, sorprendentes bailoteos de candiles y paredes o inocentes quebraderos de trastos y cristales. Las primeras veces revisábamos minuciosamente los cuartos, después nos fuimos acostumbrando y cuando se repetían estos dislates no hacíamos caso.

Las sirvientas inventaron que la culpable era la niña que escondíamos en el ropero: que en las noches su fantasma recorría el vecindario. Corría la voz y el compromiso de las explicaciones; como todas éramos solteras con bastante buena reputación se puso el caso muy difícil. Fueron tantas las habladurías que la única decente resultó ser la niña del bote a la que ni siquiera levantaron calumnias.

Para enterrarla se necesitaba un acta de defunción que ningún médico quiso extender. Mientras tanto la criatura, que llevaba tres años sin cambio de agua, se había sentado en el fondo del frasco definitivamente aburrida. El líquido amarillento le enturbiaba el paisaje.

Decidimos enterrarla en el jardín. Señalamos su tumba con una aureola de mastuerzos y una pequeña cruz como si se tratara de un canario.

Ahora hemos vuelto a mudarnos y no puedo olvidar el prado que encarcela su cuerpecito. Me preocupa saber si existe alguien que cuide el verde limbo donde habita y si en las tardes todavía la arrullan las palomas.

Cuando contemplo el entrañable estuche que la guardó veinte años, se me nubla el corazón de nostalgia como el de aquellos que conservan una jaula vacía; se me agolpan las tristezas que viví frente a su sueño; reconstruyo mi soledad y descubro que esta niña ligó mi infancia a su muda compañía.

Fuente: Lecturia 

 Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para reflexionar, te recomiendo Debo olvidar... de Elena Garro

 

viernes, 29 de agosto de 2025

Debo olvidar, cuento de Elena Garro

 

Descubre el cuento Debo olvidar de Elena Garro

A continuación, te presento Debo olvidar…cuento para adultos de Elena Garro. En este cuento, dos mujeres se hospedan en un hostal oscuro y amenazante, donde conviven con huéspedes extraños y viven bajo vigilancia, miedo y violencia. Intentan sobrevivir ocultando a sus gatos y trabajando, mientras el ambiente se vuelve cada vez más opresivo. El relato se presenta como un diario o testimonio hallado por un narrador masculino, convertido en un huésped del hostal y que descubre estas páginas olvidadas.

"Debo olvidar" es un cuento oscuro que simboliza la desprotección y la violencia sociopolítica que sufren las personas marginadas. A través de un lugar opresivo —el hostal—, Elena Garro expone el terror cotidiano de los exiliados y perseguidos, mientras reflexiona sobre la memoria como fuerza de resistencia y la palabra como campo de batalla emocional y político. Cabe destacar el título mismo —"Debo olvidar"—, que alude a la tensión entre la necesidad de borrar ese sufrimiento y la urgente vitalidad de recordarlo. La memoria de “los vencidos” desafía a los vencedores.

Espero que disfrutes este cuento que he escogido para ti. También puedes escuchar este relato para adultos en YouTube.


Cuento de Elena Garro

Debo olvidar…

 

Debo olvidar que encontré estas páginas escondidas entre las tablas sueltas del armario… después de todo la habitación es enorme y en los días que corren es un lujo gozar de espacio. No me molesta la suciedad de los muros, ni las duelas rotas. Tampoco me importan las manchas de humedad que hay en el techo, ni el agua de la lluvia que se cuela a raudales. Me gusta ver llover y las goteras perfuman de frescura el cuarto; quizás solo me asusta el silencio y el ruido de las persianas rotas a las que sacude el viento. Pienso que el viento se escucha demasiado cuando la soledad es absoluta… Será mejor no mirar por las ventanas que dan a la terraza, aunque a pesar mío, mis ojos no se apartan de ellas y trato de adivinar quién me observa desde las sombras a través de las persianas rotas… Sé que hay alguien y trato de leer estas páginas sin que ese alguien vea lo que leo. ¡Alguien!, la palabra me inquieta, sé que alguien tiene la vista fija en mis espaldas…

—Allí mismo en la esquina, hay una pensión. Los dueños son una pareja joven y estará usted muy feliz —me aconsejó la cigarrera.

La cigarrera se llama Carmenchu: es una mujer gorda, vivaz, cordial, que siempre me observó con simpatía o quizás con lástima.

—¡Eh!, no fume tanto, a su edad no conviene. ¿Tiene usted dificultades en la pensión? —agregó con voz bondadosa.

Afirmé con un gesto y su actitud amable me movió a confiarle mi secreto.

—Tengo un gato muy viejo, siempre lo escondo y el pobre ha sufrido mucho… la hostelera lo descubrió ¡y me ha echado!

—Vaya allí, estará como en su propia casa.

Carmenchu me regaló unas cerillas y sonrió. Nos enredamos en una larga charla y me dijo que ha viajado mucho, «tal vez por eso es más generosa», me dije mientras la escuchaba.

—Conozco el mundo y cuando la gente de arriba cae, se queda más sola que la soledad misma. Estoy segura de que usted no cuenta con ningún amigo y que si le sucediera algo nadie se preocuparía en preguntar por usted. Simplemente nadie notaría su ausencia, ¿o no es así? —me preguntó en tono confidencial.

—Así es… —respondí, pues la cigarrera había adivinado mi situación.

—Múdese con ese matrimonio, la gente sola siempre está en peligro —agregó.

Y antes de ayer por la mañana llegué a este hostal, del que nunca sospeché su existencia a pesar de pasar frente a él casi todos los días. Tal vez porque está situado en la última planta de un edificio de ocho pisos en el que únicamente hay comercios. En el portal de entrada hay escaparates con pelucas, muñecas y trajes festivos. No hay ningún anuncio, ningún signo que diga que el hostal está en el último piso. Me sobresalté al ver que la puerta de entrada al hostal carece de cerrojo y permanece abierta de día y de noche. Yo estoy en la primera habitación cuya puerta da a un pasillo que al fondo se bifurca en dos pasillos y sobre los cuales se abren puertas pintadas de color mostaza. Los cuartos de servicio están uno en un rincón del pasillo de la izquierda y el otro en el extremo del pasillo de la derecha. Allí termina o, más bien dicho, no termina el pasillo, pero se interrumpe el paso: unas cortinas sucias ocultan esa parte de la casa. No me he atrevido a ver lo que hay detrás de esos trapos viejos. Para llegar a los cuartos de servicio necesito caminar hasta la bifurcación, iluminada por un foquillo azul, que por las noches proyecta sombras grises e inquietantes. Los cuartos de servicio están bastante aseados, pero esto no impide que me sienta aterrado entre sus muros de mosaicos y la bañadera quizás demasiado honda… Cuando llego a la bifurcación debo escoger entre el baño de la izquierda o el de la derecha; siempre dudo, quizás me asusta el ruido de mis pasos sobre las duelas resecas que crujen con estruendo aunque avance de puntillas. He notado que al llegar al foquillo azul las voces que se escuchan detrás de las puertas pintadas de color mostaza ¡callan! y el silencio que produce mi presencia me acongoja. Ayer por la mañana observé a Jacinto, el dueño del hostal, mientras regaba sus tiestos viejos distribuidos malamente sobre la terraza de losetas rojas y partidas. Jacinto lleva flequillo, camina contoneándose y con esmero, tiende sobre las cuerdas verdes las sábanas lavadas. Se diría que sus labios están carcomidos, no sonríe nunca y su mirada furtiva abarca todo, hasta mis gestos detrás de las persianas rotas. Al verlo, salté a la terraza por la ventana, pero Jacinto huyó por una puertecilla de vidrios situada a la izquierda, junto a una ventana igual a las mías, pero cuyas persianas están intactas y herméticamente cerradas. Debe pertenecer a la habitación de otro huésped a quien nunca he visto. La puertecilla de vidrios comunica con el pasillo de la izquierda y está colocada en un rincón que forma un ángulo recto con el muro desteñido que cierra a la terraza. Sobre ese muro también hay una ventana con las maderas cerradas. Quizás ahí no vive nadie. Ignoro dónde viven los huéspedes que vi ayer por la mañana; todos eran jóvenes, salvo uno, pequeño, viejo y envuelto en un gabán raído. Los demás usan chaquetones verdes con capuchas ribeteadas de peluche gris. Todos llevan cabello largo, pisan fuerte y tienen miradas desafiantes y seguras. Tuve la impresión de que mi presencia les divertía.

—¡Hola, viejo!… ¿cómo va la vida? Por la mañana me pareció que usted solo era un bulto —me dijo un huésped al que encontré en el ascensor. Como tenía acento extranjero, le pregunté por cortesía:

—¿Le gusta Madrid?

—Pintoresco, pintoresco… ¡qué escándalo que arman por dos policías muertos! En mi país morían treinta o cuarenta al día… ¡Qué boludos que son estos gallegos! —contestó.

Su mirada era extraña, se diría que trataba de dormirme o de dormirse él, y el gesto de sus manos era blando, indolente como su voz. Me sentí aliviado cuando alcancé la calle y me separé del personaje de manos pálidas. Supe que su voz quedó vibrando dentro de las paredes del ascensor y en vano me pregunté el motivo de su ira también perezosa.

Conté las pesetas, me alcanzaba para comprar un bocadillo de carne y un café y me instalé en un bar vecino, para hacer tiempo. Siempre estoy haciendo tiempo… La carne era para mi gato, yo comería el pan y bebería el café caliente. Pensé en Miguelín, mi gato, al que dejé encerrado en el armario para que nadie descubriera su presencia en el hostal. Estaría muy calladito esperándome en la oscuridad de su calabozo. ¡Pobre Miguelín, siempre en el calabozo esperando mi regreso! «¿Cuántas palizas ha recibido?», me pregunté y no pude contarlas. Una vez lo encontré vomitando sangre, medio muerto. En otra ocasión lo quemaron con cigarrillos y en el último trataron de rebanarle un ojo, pero supo defenderse y el navajazo lo tenía de la sien a la oreja. Dicen que los animales se parecen a sus dueños. ¡Me parece injusto que Miguelín sufra mi suerte apaleada!

Volví tarde al hostal y encontré la puerta de hierro y de cristales cerrada. Eché mano a la llave que me dio Jacinto y me fui directamente al ascensor. De un recoveco salió el conserje:

—¿Adónde va usted? —me gritó el hombre.

—Al hostal…

—¡Su nombre! —pidió el conserje, mientras consultaba una lista escrita a máquina que mantenía en la mano. Le di mi nombre y el conserje no lo encontró entre la lista de nombres de los huéspedes.

—Al entrar entregué mi carnet… —dije.

El conserje se rascó la cabeza y pareció reflexionar.

—Mañana es sábado, mi día libre, pero trate de que su nombre figure en la lista —me ordenó.

Mientras hablábamos entró un hombre joven, de abrigo oscuro, tez muy pálida y mirada acuosa, que llamó al ascensor y esperó a que yo lo acompañara, pero lo dejé ir solo.

—¿Vive aquí? —le pregunté al conserje.

—Sí, desde hace tres o cuatro años. No es español, sale muy poco y se recoge temprano. ¡Cuidado con él! Es el que manda arriba, la Repa lo quiere demasiado. No entiendo cómo Jacinto lo consiente…

Me explicó que la Repa era la dueña del hostal: «¡Una loba! A usted no lo atacará porque ya es viejo… ella quiere chicos jóvenes. ¡Y él también! Mire, hay algo arriba que no me gusta y cuando cae alguien como usted se marcha en seguida ¡y no regresa nunca! Se ve que huyen asustados. No sé, no sé, además todos los que viven ahí son extranjeros. Ya sabe usted cómo está Madrid…».

Eso me dijo anoche el conserje nocturno; hoy no está, es sábado y en el edificio no hay nadie. Los comercios y los talleres están cerrados y en el hostal solo estoy yo y alguien que me mira… no se escucha ningún ruido, los huéspedes deben hallarse en los cafés, la puerta de entrada sigue abierta y yo encontré estas páginas manuscritas…

Diciembre 19. Alejandro me pagó siete mil quinientas pesetas por el trabajo. Pensábamos regresar a pie, pero llovía tanto y teníamos tanta hambre, que no resistimos la tentación de comer. ¡Qué locura hicimos! «A todo se acostumbra uno menos a no comer», decía alguien y nosotras casi nos hemos acostumbrado; eso sí, bebemos agua en abundancia. El gasto fue estúpido y ahora solo pagaremos la mitad del mes y no podremos marcharnos de este lugar tenebroso. Somos unas necias. Jacinto aceptó el pago de dos semanas atrasadas y sonrió con sus labios disecados. Se acercó Repa, pisando fuerte con sus zuecos: «¿No aceptas que te has bañado siete veces?», dijo arrebatándole la nota a su marido. «Sí, lo acepto…», dije y volvió a sorprenderme que llame baño a esas gotas de agua helada que caen de la ducha y nos dejan enjabonadas. La comida inesperada nos dejó soñolientas; además teníamos mucho frío. Queríamos dormir, pero antes les dimos de comer a los gatos que nos esperaban hambrientos dentro del armario. ¡Pobres de Petrouchka y de Lola, siempre en el calabozo oscuro, para que no los descubran! Han recibido ya tantas palizas… Nos dormimos. La comida da sueño y el hambre da debilidad y sueño… Alejandro nos prometió que no pasaríamos la Nochebuena en ayunas; dijo que llamáramos el jueves y que Felipe me pagaría el otro trabajo. El jueves es el día 21 y la vida nos sonríe: es la primera vez que tenemos trabajo. ¡Se acabaron las hambres! Lucía quedó en llamar a Flor, la sudamericana melancólica que nos observaba en el despacho de Alejandro. Me avergonzaba la suciedad de mi gabardina mojada por la lluvia. Alejandro, tan rubio e impecable en su tricot blanco, procuraba no mirarme; sabía que me sentía avergonzada. Creo que hicimos mal en prolongar la visita, pero su despacho estaba caldeado y en la calle la lluvia y el viento de la sierra nos helaban los huesos. Nos hemos convertido en dos sombras harapientas… ¡Y no hay esperanzas! Un tribunal invisible nos ha condenado…

Diciembre 20. En la taberna que está en la callejuela a espaldas del hostal cenamos patatas con ajo y un café. Continúa lloviendo. La terraza es siniestra, sus balaustradas sucias, sus tiestos con plantas viejas y las ropas tendidas le dan un aire de abandono total. Si no fuera por el débil reflejo de luz que pasa sobre el muro pequeño construido a la derecha para dividir a la terraza de la guarida de Jacinto y de Repa, se diría que nos hallamos en un paraje abandonado… En esa guarida hay siempre mucha fruta y Jacinto y Reparadora dan mordiscos a las manzanas cuando nos acercamos a pedir disculpas por nuestro retraso en el pago de la habitación. No me gusta esta pareja. Ella es enorme; da la impresión de ser capaz de una brutalidad excesiva; su piel cetrina cubierta de cicatrices y su cabello cortado casi al rape la convierten en un ser agresivo; he visto el placer morboso con que lava los calzoncillos manchados de sus huéspedes, y sus manos rojizas por el agua fría recuerdan crímenes… me digo que quizás solo imagino tonterías; sin embargo la agudez estentórea y descarada de su voz confirma el terror que inspira el paso de esta mujer por los pasillos. Jacinto es pequeño, redondo, lleva flequillo, calza zapatos blancos de tenista para evitar el ruido y sus labios y dientes parecen apolillados. No sé por qué nos vigilan y les disgusta que hablemos con los huéspedes. «¿Pero no lo sabés? Nos han dicho que la policía las vigila», nos dijo Mario la otra noche y luego guardó silencio. Mario es un huésped con el que hemos hecho amistad a espaldas de los propietarios del hostal. Lo encontramos en el ascensor, pues al principio creíamos que nosotras éramos las únicas clientes de la pareja, y nos invitó a tomar una bebida caliente en su habitación. Aceptamos y fuimos a su cuarto de puntillas; lo encontramos pulsando una guitarra.

—¿Te gusta la música?

Mario entrecerró los ojos y luego los abrió para contemplarse en el espejo de su armario. Al cabo de un rato de silencio contestó con voz suave:

—Soy compositor…

De una manera curiosa, Mario inspira confianza y le hicimos confidencias que él tomó con afecto. De pronto se cubrió el rostro con sus manos intensamente pálidas: «No puedo escuchar, esa gente es monstruosa…», dijo. Lo hemos visto en la calle, camina como un autómata, lleva la mirada vaga y se diría que de un momento al otro va a caer dormido. Cuando sabe que Lucía no ha comido nada le invita un bocadillo y esto siempre es un gran consuelo. La otra tarde apoyó los codos en la mesa del café y se cubrió el rostro con las manos: «Yo soy muy loco, muy loco… no quiero volver a golpear a nadie. Golpear me vuelve más loco», dijo con voz muy suave y tuve que mirar sus manos pálidas. Es imposible no vérselas, pues siempre está jugando con la enorme cadena de níquel de su reloj pulsera. A pesar de su extrañeza, nos consuela saber que vive aquí, que contamos con un aliado en esta ciudad en la que somos absolutamente nadie. «Pero ¿y no tiene un solo amigo?», pregunta Mario sorprendido y agrega: «Yo en su caso me hubiera vuelto ¡loco!».

El mismo día en que nos instalamos en la fonda, Repa llamó a Lucía a la terraza: «Mira, te voy a presentar a un caballero», le dijo, y llamó a Richti, un huésped al que tomamos por un visitante. Richti apareció metido en su gabán negro, que hace resaltar la palidez de su rostro y el brillo lívido de sus ojos claros bajo la maraña de sus cejas negras, y habló de música. También él es compositor, pero odia a los músicos. En la terraza declaró que Mozart era homosexual y que Beethoven odiaba a su sobrino porque el pobre chico se defendía cuando su tío trataba de violarlo. Lucía trató de protestar y Repa, que lavaba los calzoncillos sucios de sus huéspedes, intervenía en la conversación: «¡Como lo oyes, guapa!». La risa de Richti es teatral y mientras ríe nos observa con malicia. El pobre está amargado porque trabaja de relojero en vez de dirigir una sinfónica. A veces lo escuchamos dar algún do de pecho espectacular y luego calla. Siempre que salimos a la calle lo encontramos, va solo, y parece un desdichado.

Descubrimos a otro huésped: un peruano que lleva chaquetón verde, botas de tacón alto, cabello largo y que pasea por el pasillo siempre carraspeando. Al igual que Mario, posee una guitarra, pero el peruano no es compositor: es cantante a pesar de su voz afónica. El peruano está muy pálido, tiene ojeras y tirita. «¿De qué?», le dije. «¡De frío!», contestó con su voz rota y huyó de la terraza. Siempre nos evita.

A los demás huéspedes no los distingo o quizás no los he visto; salen de noche y vuelven al amanecer y al pasar frente a mi puerta, la primera del pasillo que conduce al interior del hostal, la empujan con fuerza, como si trataran de romper el frágil pestillo corredizo. Al oscurecer se escuchan guitarras eléctricas y Richti entona el principio de un aria; llama por teléfono y grita: «¡Palo a la gallegada!». Pasea por el hostal como si fuera el propietario, arma un bullicio teatral y luego cae el silencio. «Pero ¿no sabés que Richti es el amante de la Repa?… Pero si lo adora. ¡Pobre hombre!… ¡Y claro que no paga!», nos confió Mario. Al decir esto se estremeció de horror, como si algún día él estuviera destinado a ser el sustituto de Richti en la cama de Repa. Yo escucho y apenas entiendo a esta gente tan baja, que parecen caricaturas de seres humanos… Me pregunto: «¿Por qué serán músicos si ignoran hasta lo que significa la palabra ninfa?». «¿Ninfa? ¿Podés decirme su significado?», preguntó Mario con aire molesto.

Diciembre 21. Llamé a Alejandro. Me dijo que todavía no habla con Felipe para que me pague el trabajo. ¡Qué catástrofe! La Gloria está muy alta y los mortales nos morimos de hambre. Tenía razón Carmenchu, la cigarrera, cuando me recomendó este hostal: «Los que caen nunca se levantan. Están condenados a desaparecer y nadie preguntará por ellos». El pueblo es sabio; me pregunto de dónde sacan ese olfato que huele la derrota y nunca se equivoca. Nos quedan trescientas pesetas. ¿Pasaremos la Nochebuena sin cenar? Se acerca la fiesta y se aleja mi pasado poblado de pastorcillos, Belenes, esferas rojas y perfume a cera ardida mezclado con las ramas de un pino. Nos quedan algunos trozos de pollo para los gatos. El pobre Petrouchka parece que se ha vuelto loco: corre por la habitación y se esconde en los rincones más oscuros. Lola, como siempre, me mira con ojos resignados. Su piel está sucia; Lola envejece; he visto su cara arrugada por el sufrimiento y sus ojitos llenos de legañas…

Diciembre 22. Alejandro no estaba en su oficina. Se acerca Nochebuena… Scrooge is an old man; he lives in London… ¿Quién es Scrooge? Sea el que sea ya no cree en los fantasmas. Para olvidar el miedo nos fuimos a la iglesia. Consuela aquello de «los últimos en la tierra serán los primeros en el cielo». Además se reza por los hambrientos y por los que padecen frío… también por los extranjeros. ¿Cómo no agradecerle a Dios que nos abra las puertas azules de la otra Gloria? Allí encontraremos al Padre luminoso que nos hace tanta falta. Jacinto no nos permitió bañamos. En la iglesia encontramos a Mario, inclinado, rezando, a pesar de que pertenece a una hermandad yogui y de que ha aprendido a hipnotizarse frente al espejo, según nos dijo en el bar al que nos invitó después de la misa. Lo vimos colocarse frente al espejo y contemplarse con suma atención. Él va a cenar la Nochebuena con unos amigos. «¿Y ustedes?», preguntó. «En el hostal», contestamos a coro. La suciedad de mi gabardina me avergüenza; atrae las miradas; el abrigo alguna vez lujoso de Lucía está lleno de polvo y el zorro del cuello ¡grasiento! Ahora trato de ignorar la terraza sombría. En este cuarto no solo llueve agua, también polvo… Por el pasillo circulan pasos y voces extranjeras. Mario nos dijo que no conocía a Richti y en la calle los hemos visto juntos, leyendo el mismo diario… Debo reclamarle a Repa mi carnet; lo hago todos los días, pero la mujer lo olvida. «Un carnet o un pasaporte limpio vale varios miles de dólares…», nos dijo hoy Mario mientras se miraba en el espejo manchado del café…

—¿Limpio?… ¿Qué quieres decir? —le pregunté.

Mario jugueteó largo rato con la cadena de níquel de su reloj pulsera; sus ojos se dirigieron al espejo en busca de sí mismo.

—¡Limpio! Sin antecedentes… —aclaró.

Diciembre 23. Sábado. Es inútil llamar a Alejandro; ayunaremos la Nochebuena y la Navidad; quizás el martes Felipe me pague el trabajo. Compré dos bollos grandes de pan y un litro de leche para estos tres días… Lucía no quiso resignarse y llamó a la melancólica Flor, la chica sudamericana que estaba en el despacho de Alejandro. Tenía la esperanza de que la invitara a cenar mañana. «Es una noche familiar. Cenaré con mi esposo…», dijo Flor, y Lucía volvió desconsolada al cuarto. Las tiendas están rebosantes de turrones, vinos, mazapanes, nueces, avellanas, frutas cristalizadas y clientes atareados en llevarse las golosinas. En el hostal todos hablan a gritos de la cena de mañana, pero nosotras no podemos hablar con nadie; Repa y Jacinto nos echarían a la calle. José y Emanuel, los hijos de los hosteleros, gritan por el pasillo: «¿Y cuándo se degüella al maldito cerdo?… ¡Maldito! ¡Maldito, que sangre mucho!»… Es mejor no escucharlos y continuar en silencio encerradas en este cuarto sombrío… Es tarde; han salido todos; el conserje no viene hoy, pero no debemos tener miedo, aunque alguien fisgue a través de las persianas rotas. Jacinto me prohibió colgar las colchas para cubrir las ventanas: «¡Par de cínicas! ¿Por qué os escondéis?», me gritó la otra tarde y por la noche no colgué las colchas…

Diciembre 24. Si yo fuera niña estaría en mi casa oliendo las ramas perfumadas de un pino cubierto de esferas rojas y doradas… La mesa estaría puesta; de la cocina llegarían vapores de manjares; no habría miedo ni hambre. Merezco lo que me sucede por haber desobedecido a mis padres… Fuimos a la iglesia y encontramos a Mario. «Trajeron los restos mortales del terrorista; le hicieron honras fúnebres y los policías están rabiosos…», nos dijo. Nosotras no compramos los diarios ni vemos la televisión. «Gobierno de hipócritas, lo mató la policía», añadió Mario. Volvimos al hostal abandonado por todos. Estamos solas y trato de imaginar a mis amigos sentados alrededor de ricas mesas… «¡Qué raro que celebren la fiesta si detestan a Cristo!», pienso. Lola, Petrouchka y Lucía están inmóviles; tal vez el hambre los deja demasiado tristes. En el hostal crujen las maderas resecas; tenemos miedo; la puerta de entrada está abierta y cualquier cosa puede sucedernos. «Si desaparecen nadie preguntará por ustedes», nos dijo Mario a la salida de la iglesia… El silencio es aterrador. Ahora deben de ser las doce pasadas y alguien ríe a carcajadas en el pasillo de muros grises alumbrado por el foquillo azul… También alguien empuja la puerta del cuarto; trata de asustarnos y es más prudente no salir a ver la cara de ese «alguien». ¿Podremos dormir?… Si fuera niña estaría en mi casa… Nunca imaginé una Nochebuena como ésta ¡y en Madrid! Mi padre me diría indignado: «¡Chica, salte de ahí inmediatamente!», a pesar de que él era muy patriota; pero mi padre nunca sabrá cómo me tratan en su bien amado país; hace ya tiempo que está muerto… Asturias era verde, perfumada a manzana, cuando yo era niña… Ahora no existen los paisajes, solo los muros sucios de este cuarto…

Diciembre 25. Despertamos tarde y no sé para qué despertamos… No nos movimos del cuarto, bebimos unos tragos de leche y comimos unos trozos de pan. Al oscurecer despertaron los huéspedes; deben de ser muchos. Richti ensayó su voz. «¡Canta, canta, que todos vamos a salir y te quedas dueño del hostal!», gritó una voz desconocida. Casi todas las voces pertenecen a cuerpos «invisibles». ¿Quién se atreve a salir para verles la cara? Permanecimos en la cama para defendemos del frío. El viento sopla fuerte a estas alturas; barre la terraza oscura y las persianas rotas hacen ruido. Noche larga, muy larga; me parece que sufrí alucinaciones: mi familia entera se presentó en un luminoso cruce de caminos. «Vinimos a visitarte, no estás sola, dile a tu hija que no llore…». Vi sus cutis solares, sus perlas, sus ojos de gacela; sus miradas azules, sus jacquets, sus trajes escotados, las escalinatas de sus casas, las fuentes de sus patios. Mi prima Tina Sciandra se inclinó sobre mí y me ofreció con sus manos enguantadas Los tres mosqueteros. Tina, perfecta como una camelia, sonrió con sus labios delicados: «La bala de la calumnia…», dijo. Mi tía Dolores Carrión, con sus trenzas rubias, reía bajo el durazno perfumado de su jardín, y su padre, mi tío Juan, cruzó la Plaza España con sus guantes grises en la mano: «La suerte de la fea la bonita la desea», me repitió con sus ojos rubios. Mi tía Carmela, su hija, estaba en traje de gala color melocotón, tierno como su piel. Sentada cerca de una consola negra, bajo la luz de una lámpara, jugaba con sus perlas. Su hermana, mi tía Edelmira, salió de misa, se detuvo en el atrio de la iglesia a pleno sol, con la mantilla negra y los ojos de esmeralda: «No estés triste, todo pasa…». Celia, su hija, tan alta y tan delgada como las demás, columpió su melena negra, muy corta: «Come confites, confites, confites…», y me tendió dulces de color de rosa. Mi abuelo, sentado en una banca del jardín con el cabello y la barba blanquísima, sus ojos parecidos a hojas tiernas: «¡Abate Dios a los humildes!», comentó y continuó fumando su cigarrillo negro. Mi abuela Francisca, afilada como una joya en su mañanita de encajes, con su mirada trágica y sus párpados pesados: «Le avisaré a tu madre…» y cerró el libro de pastas rojas y letras de oro que guarda la Historia de Francia, y supe que todos estaban muertos, hasta Tina, a pesar de sus veinte años. Las lágrimas vertidas por ella formaron un puente pequeño y translúcido, tendido para nosotros, los cuatro olvidados del hostal de muros sucios y noche profundamente oscura. «¡Lucía, Lucia, mi familia me invita a pasar la Nochebuena!», grité… «Aquí están todos, debemos cruzar el puente…».

Diciembre 26. Lucía me escuchó hablar, no la consoló la invitación para cruzar el puente; está muy pálida, tiene hambre y llamó a Alejandro. No lo encontró. Nos quedan tres duros para utilizar el teléfono. El día es largo y la mirada de la Repa, aterradora. Por la noche Mario golpeó con los nudillos a la puerta, la señal convenida para ir a su cuarto. Dudamos; podía ser una trampa urdida por Jacinto y por la Repa para acusarnos de prostitutas. Al final decidimos acudir con la esperanza de alcanzar un bocado. Entramos de puntillas y sin hacer ningún ruido. Mario preparó en un infiernillo de alcohol una sopa Knorr. Habíamos dado unas cuantas cucharadas cuando golpearon a la puerta con furia. Mario perdió el color y abrió la puerta de un golpe. En el dintel apareció Jacinto, metido en un pijama sucio, con los ojos muertos invadidos de una cólera ciega:

—¿Has puesto una pensión para los huéspedes? ¡Te marchas esta misma noche!… En cuanto a vosotras, par de cínicas… —gritó mirándonos con un odio repentino.

Mario se precipitó al pasillo, cogió a Jacinto por un brazo y ambos se alejaron enredados en una discusión. Los escuchamos correr los cerrojos de la puerta situada junto a la puerta de entrada, y entrar a la guarida de la pareja. Lucía escondió el plato de plástico debajo de la cama:

—Esto va contra nosotras… —dijo, temblorosa. Esperamos un rato largo, mirándonos aterradas. Cuando Mario reapareció, se tomó la cabeza entre las manos:

—¡Pero si son más de las doce de la noche!… ¿Pero cómo nos escuchó Jacinto?… Yo no puedo vivir así. Le pregunté a Jacinto: ¿insinúas algo malo sobre las señoras? Les ofrecí una sopa caliente porque hace tres días que no prueban bocado…

Escuché a Mario y lo contemplé derrumbado sobre una silla.

—Me echarán a la calle. Esta gentuza mientras más caída te ve más te patea —le dije.

Me puse de pie; era necesario abandonar la habitación de Mario. Lucía me imitó y volvimos a tientas a nuestro cuarto. El terror de Mario era contagioso.

—Están preparando algo… algo… —repitió Lucía.

Diciembre 27. ¡Es miércoles! Lucía está postrada. Me parece que se muere; un paro cardiaco y todo ha terminado. Fui al bar de la callejuela a llamar a Alejandro: «Llama mañana, no he podido hablar con Felipe». ¡Mañana! ¿Aguantará Lucía a mañana? Volví al hostal. Repa me dio un empellón: «El que no come, cae…», dijo echándose a reír. Su risa forzada atraviesa los muros y rompe los oídos. Eran cerca de las dos de la tarde y recordé al misterioso Rafael. No sabemos quién es ni lo que piensa; lo encontramos una noche en la que mirábamos los libros de un escaparate.

—¿Lectoras?… ¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó colocándose cerca de Lucía.

A partir de ese momento entablamos una amistad con él, como todas las amistades que hemos hecho aquí: Rafael sabe quiénes somos y nosotras ignoramos quién es él. Nos invitó cafés algunas veces y en cierta ocasión nos trajo bolsas con comestibles que impidieron que falleciéramos de hambre. Una noche en la que soplaba un viento helado que atravesaba mi gabardina sucia, nos confesó que «sus amigos no le perdonaban que nos frecuentara». ¿Quiénes son sus amigos? Lo ignoramos. Esa misma noche me dijo: «Una mujer de tu edad solo puede aspirar a cuidar los excusados de Barajas». La solución para mi vida me pareció fantástica: «Sería como el descenso a los infiernos», dije. Unos días después, el mismo Rafael nos ofreció dos billetes de segunda clase para irnos a Portugal. Desde entonces no lo hemos visto. Hoy al ver a Lucía tendida en la cama y lívida como una muerta decidí llamarlo. No se sorprendió y nos citamos a las cinco de la tarde en el cafetín. Logré vestir a Lucía y puntuales llegamos al lugar de la cita. Encontramos a Rafael con su misma barba rubia y sus mejillas rosadas.

—Préstame mil pesetas… ¡hace cuatro días que no como! —le espetó Lucía.

Rafael sonrió, sacó su billetera y entregó un billete, mientras comentaba con voz satisfecha:

—Os encuentro mejor, muchísimo mejor; ya os dije que no teníais nada que hacer en España. Veo que empezáis a daros cuenta…

No pudimos decir nada, pues apareció Mario visiblemente agitado, apoyó las manos en la mesa, saludó y me dijo con familiaridad:

—Voy a salir, volveré temprano al hostal y llamaré en su cuarto.

Después se retiró con la misma velocidad con la que había aparecido. Su marcha dejó una estela de agua de colonia. Dos minutos después Rafael lo imitó y nosotras fuimos a una tienda de comestibles en donde Lucía devoró, temblorosa, algunos bocadillos. Aquel que no haya padecido hambre no podrá entenderla jamás… es una especie de vértigo. Volvimos al hostal a encerrarnos en el cuarto. Hacia las once de la noche escuchamos los pasos de Mario seguidos por los zuecos de la Repa. La mujer patrulló los pasillos oscuros del hostal hasta el amanecer. Estaba claro que no deseaba que habláramos con el muchacho. No dormimos.

—Preparan algo —repitió Lucía.

Diciembre 28. Viernes. Llamé a Alejandro y éste me anunció que Felipe nos recibirá en su despacho esta misma noche. «Felipe irá únicamente para verte», me dijo Alejandro con voz acusadora. Al oscurecer salimos a llamar por teléfono para estar seguras de la cita con Felipe y volvimos gozosas al hostal. Fue entonces cuando empezó el terror: el hostal estaba a oscuras y en silencio; un aire pesado lo envolvía; entramos al cuarto cuya puerta estaba abierta y encontramos el armario también con las puertas abiertas, nuestras cosas tiradas en el suelo y Petrouchka dando vueltas como un loco. Alguien había arrancado una manta de la cama: «¿Qué pasó, qué pasó?», dijimos en voz baja y salimos corriendo, no sin antes cerrar la puerta de nuestra habitación con llave. ¡No podíamos perder la cita con Felipe! En los pasillos no había nadie. Tampoco se escuchaban las guitarras de los músicos y la sombra helada del foquillo azul nos congeló la sangre.

—¡Os marcháis ahora mismo! ¡Par de mierdas! ¡Lo que habéis hecho! —nos dijo Jacinto surgiendo de las sombras de la puerta entreabierta de su guarida. Estaba lívido.

—Después, ahora no tengo tiempo —dije tratando de guardar la calma.

—Yo sí tengo tiempo para ahorcar a vuestros gatos —contestó Jacinto con el labio superior recogido sobre los dientes carcomidos.

—¡Cuidado! Lo llevaré a la policía —contesté.

Lucía huyó al ascensor. Miré al individuo con ira y agregué: «Vuelvo en seguida».

Corrimos por la avenida José Antonio. Era urgente alcanzar a Felipe, cobrar y echarse a buscar otro alojamiento. «Lola, Petrouchka… Petrouchka, Lola…», repetíamos…

El despacho de Felipe es acogedor, posee calefacción, sus muros están tapizados de libros. Es increíble que todavía existan lugares así y personas como Felipe. Bajo la benignidad de sus ojos claros Lucía se echó a llorar:

—Van a matar a mis gatos… —repitió sollozando.

Quizás el refinamiento del despacho y de su ocupante le facilitó las lágrimas. Habíamos olvidado que existía el azul purísimo, el aire perfumado, los libros y las voces mesuradas. «Cervantes era un genio», me dije convencida al recordar a la Repa y al ventero y traté de guardar la sangre fría en aquel santuario del que habíamos sido expulsadas hacía ya varios años. Quise hablar del pasado como si existiera todavía, pero un joven me llevó a otro despacho para firmar un recibo por siete mil setecientas pesetas. «Debo cuatro mil doscientas pesetas en el hostal…», me repetí desconsolada. Volví al despacho azul y vi que Lucía continuaba llorando. «¡Hace mal!… Muy mal. A nadie le importan sus lágrimas ni el asesinato de Lola y de Petrouchka», me dije contrariada. Lucía tenía el aire de una joven actriz derrotada: con los cabellos en desorden, el zorro grasiento y el paño del abrigo cubierto de polvo. El carmín de los labios brillaba esplendoroso sobre la palidez intensa de su piel.

—No llores, ya se producirá algún milagro —dije molesta.

—¡Eso, eso, un milagro! —exclamó Felipe con aire de animación.

Felipe tenía prisa. Todos tienen prisa, todos están muy ocupados, han perdido el lujo de gastar el tiempo charlando con mendigos ¡y molestamos! Era un lujo real que ya no se practica, aunque quizás el mendigo pueda ser Jesucristo, como aprendí en la escuela teresiana. Me puse de pie. Lucía continuó sentada; quería charlar un rato de lo que fuera; la belleza del despacho la inmovilizaba.

—Os haré un milagro, voy a concentrarme, volved al hostal y venid a visitarme cuando queráis, después del diez de enero, pues mañana me voy de vacaciones —nos dijo Felipe en la puerta.

Siete mil pesetas son un capital, pero son las fiestas y la ciudad está llena. Es imposible encontrar alojamiento. ¡Las fiestas convertidas en lágrimas y sombras! Las calles están llenas de gente ¡y nosotras debemos encontrar a alguien! Llamar a alguien para que nos ayude… Buscamos un teléfono, pero todos están rotos y en las cafeterías no permiten llamar si no hay consumición. Entramos a un cafetín lleno hasta los topes de clientes comiendo langostinos y tirando al suelo los restos. Conseguimos una mesa de peltre blanco y le permitieron a Lucía utilizar el teléfono. ¡Qué fatiga! Lucía volvió a la mesa:

—Dice que no puede echarnos, ni puede matar a los gatitos… —había envejecido veinte años.

Volvimos al hostal y en la puerta del ascensor nos esperaba Richti. En el pasillo Richti nos detuvo en una charla prolongada. De pie en la oscuridad, habló de Puccini, acusándolo de disoluto. La Repa pasó junto a nosotros varias veces atronando los muros con sus zuecos. Nos asustó su rabia. Richti sonrió y dijo en voz baja:

—Las españolas son brutales, digo sexualmente brutales —y miró hacia el rincón por el que había desaparecido la Repa. Luego se inclinó y dijo en voz aún más baja:

—El suicidio es una fuerza incontenible que viene desde muy adentro. ¡Es inevitable! Conocí a una chica joven venida a menos, como tú y como usted, y una noche se tiró por la ventana… Mirá, como esa terraza que resulta ideal para suicidarse… ¡El impulso es irresistible!… —y nos señaló con el dedo índice, plano como una espátula temible en las tinieblas del pasillo.

Lucía y yo guardamos silencio. ¿Qué quería decir aquel sudamericano de ojos claros, cejas enmarañadas, voz monótona y gabán oscuro? Sorprendidas, lo vimos soltar una carcajada tan falsa como la de un mal actor en un teatro pueblerino. Apareció la Repa.

—¡Te marchas de casa ahora mismo! —me gritó.

La vi acercarse como una fiera enorme, mientras que Richti huía por el pasillo hasta alcanzar su cuarto situado en el pasillo de la izquierda. Entonces apareció Jacinto metido en su pijama amarillento.

—¡Cínicas!… ¡Desvergonzadas!… ¡Fuera! ¡Fuera de mi casa!

—Son las fiestas, no hay habitaciones —contesté.

—¡Mario!… ¡Mario!… —gritó Jacinto.

Se abrió una puerta y por el pasillo oscuro vimos avanzar a Mario, con sus jeans lavados, el cabello esponjado y una sonrisa equívoca en los labios.

—Y… ¿qué sucede, Jacinto? —preguntó con voz suave.

—Dile a esta mierda lo que ha hecho —le ordenó el ventero.

—Y mirá, che, tú me llamaste y entramos a su cuarto, abrimos el armario y encontramos a su gato durmiendo sobre una manta. Y ¿qué querés, che?, la manta estaba llena de meados —dijo Mario y se recostó sobre el muro.

—¡Mierdera! —me espetó Jacinto.

—No entiendo… no entiendo… —me dijo Lucía en inglés.

—¡Mierdera! Sea un poco más educada y no hable en otro idioma —chilló Jacinto.

Nos dimos la vuelta.

—Mi mujer se encargará de vosotras. ¡Ya veréis la paliza que os da! —anunció el hombre contoneando las nalgas.

Entramos a la habitación; si Repa venía a golpearnos…

—¡Bravo! ¡Bravísimo! Jacinto, te felicito, estuviste ¡sublime! ¡Sublime! —gritó Richti hinchando la voz.

Escuchamos aplausos. Los huéspedes estaban excitados: las carcajadas rodaban por los pasillos, las puertas se abrían y se cerraban, escuchamos algunos acordes de guitarra, se diría que se preparaban a lincharnos. Apagamos la luz; era más prudente permanecer a oscuras; tal vez las sombras nos salvarían de la paliza. Después, todo volvió al silencio, tenso, prolongado… El miedo nos mantenía con los ojos abiertos y el oído alerta. La noche se convirtió en una lámina dura, quieta, inamovible y el frío entró por las persianas rotas. Tal vez serían las dos de la mañana cuando escuchamos… Me da miedo escribir lo que escuchamos, pero tengo la esperanza de que si algo sucede alguien lo encuentre… ¡Dios mío!… Dos hombres de pasos pesados arrastraban a un tercero que se resistía a avanzar por el pasillo. Su voz estaba rota; se diría que lo habían golpeado. La furia de sus compañeros hizo temblar las paredes. Lo llevaron al último cuarto del pasillo de la izquierda, cuya ventana de maderas cerradas da sobre el muro que cierra a la terraza. «¡No entran aquí! ¡No, no entran!», exclamó una voz y estalló una lucha sorda, terrible. Los muebles saltaban con estrepito mientras golpeaban a alguien y alguien se quejaba, se defendía de los golpes brutales, que se escuchaban sordos en el silencio del hostal oscuro y quieto. «Están matando a alguien», dije en voz muy baja, y Lucía y yo nos quedamos paralizadas de terror escuchando que las voces y los golpes continuaban.

—No es fácil matar a alguien… —dije en voz aún más baja.

—Siguen… siguen… —murmuró Lucía en un susurro.

Unos pasos pesados se acercaron por el pasillo y se dirigieron a la entrada del hostal; después hubo un silencio. A los pocos instantes los pasos regresaron a la habitación situada en el pasillo de la izquierda. Después salieron otros pasos y alguien cerró una puerta y volvió el silencio.

—¿Y la Repa y Jacinto no escuchan nada? —preguntó Lucía tiritando de miedo.

En ese momento, con mucho sigilo, se abrió la puerta blindada de la guarida de la pareja y ésta se deslizó, tal vez descalza a lo largo del pasillo oscuro. Ambos permanecieron un tiempo enorme en el cuarto donde se efectuó la lucha y luego volvieron a su guarida.

—Diremos que no escuchamos nada… si nos preguntan —le aconsejé a Lucía. ¡No es posible ser testigo de lo sucedido! Por las rendijas de la puerta entró un olor extraño. A las siete de la mañana y todavía noche cerrada se abrió sin ningún sigilo la puerta de la guarida de la pareja y salió Jacinto. Sus pisadas se apagan, pues lleva zapatos de tenista. Lo oímos trajinar, lavar, barrer, ayudado por uno de sus huéspedes. El silencio aumentaba el volumen del diálogo llevado en voz baja:

—Si vienen, tú estás limpio. No viste nada… —aseguró Jacinto.

—Bien, che, bien —contestó la voz de Mario, nuestro antiguo aliado.

Jacinto husmeó por la terraza y nosotras fingimos dormir. Hacia las nueve de la mañana Jacinto dio voces fingiendo sorpresa:

—¡Vaya curda que os habéis puesto! ¡Vaya curda! ¡Coño!… habéis roto una silla. Esto no puede seguir así… —y el hombre continuó chillando y fingiendo enfado.

Lucía temblaba como una hoja y me ordenó:

—¡Sal y ve quiénes están y en dónde fue el crimen!

Al abrir la puerta de mi habitación, ésta rechinó con furia, como de costumbre. «Sabemos cuando salen o entran porque su puerta es la única que rechina», nos había dicho Mario. Avancé fingiendo indiferencia hacia la bifurcación del pasillo y al llegar allí miré hacia la izquierda. Allí estaban Jacinto y Mario y otros a los que nunca había visto; al descubrirme trataron de ocultar con sus cuerpos una mesa de baquelita con las patas de níquel arrancadas, sillas rotas, cubos de plástico azul llenos de agua roja y trapos empapados en sangre… Torcí hacia la derecha para dirigirme al cuarto de servicio situado al fondo del pasillo, cerca de unas cortinas sucias, y quise imaginar que no había visto nada. Allí permanecí mucho tiempo, en espera de que me volviera el color. La sangre me produce vértigos… La imagen que me devolvió el espejo colocado sobre el lavabo era penosa y el brillo blanco de los mosaicos me daba reflejos lívidos alrededor de los labios, también terriblemente blancos. Me arrepentí de haber obedecido la orden de Lucía. No sé cuánto tiempo estuve en ese baño inhóspito… Al salir se me ocurrió mirar detrás de las cortinas sucias que cuelgan al final del pasillo y vi que éste continuaba y que sobre sus muros se abrían puertas condenadas. Quise refugiarme nuevamente en el baño pero lo juzgué imprudente y avancé hacia el lugar del crimen. Al llegar allí ya no estaban los huéspedes, ni los muebles rotos, ni los cubos con agua roja, ni los trapos mojados en sangre. Un hombre con el cabello casi al rape y una gran herida en la frente salió del cuarto de Richti. El hombre se cubría con una bata de baño roja iba descalzo y al verme empezó a dar pasos en redondo; le di los buenos días y torcí hacia el pasillo central, en el que hallé a un huésped que había abandonado el hostal para volver a su país, según nos dijo Mario, que apenas lo conocía. La Repa le había dicho lo del viaje de aquel hombre, que ahora estaba en el pasillo. El hombre me miró con frialdad y yo juzgué conveniente saludarlo con afabilidad:

—¿Qué haces? ¡Qué gusto verte! Pensé que te habías ido de España —le dije tendiéndole la mano.

—Alquilé un piso, che, así uno es más independiente… ¿sabés? —contestó escrutándome con sus ojos azules cubiertos por cejas rubias y espesas.

El hombre era altísimo, corpulento; se había afeitado la barba y solo se dejó el bigote, largo como el de un chino. Llevaba el mismo chaquetón verde, forrado de piel. El hombre pensó que debía explicar su temprana presencia en el hostal.

—Sabés, vine a buscar mi correo… —me dijo.

Mientras hablábamos se abrió una puerta y surgió Mario, que se acercó a nosotros con pasos lentos; el hombre, al verlo, le echó un brazo al cuello:

—¡Pibe!… Tenemos que hablar.

Mario permaneció mudo y juzgué conveniente esconderme en mi cuarto. Era mejor no ver nada… Encontré a Lucía aterrada y le expliqué lo que había visto y oído.

—Hoy es sábado… sábado…

Los sábados no viene el conserje y el edificio permanece vacío; si habían matado a alguien era la noche ideal para sacar el cuerpo… Permanecimos quietas mientras afuera Jacinto, Repa y sus huéspedes se afanaban en poner orden. Los escuchamos barrer, clavar, lavar…

—¡Qué trabajadores están!… ¿Saben que en Moscú hay cuarenta y cinco grados bajo cero? Nada, que si mean se quedan clavados al suelo —gritó una voz desconocida.

La Repa no contestó; estaba atareada en el cuarto del crimen. Al oscurecer, vimos que habían colocado una persiana verde sobre las maderas cerradas de la ventana que da a la terraza. Además colocaron una tabla para condenarla… Nadie podría ver lo que ocultaba aquella habitación. Si salíamos podían decir que íbamos a denunciarlos y el terror nos paralizó. «Iré a llamar a Tomás», anunció Lucía, y en vano traté de detenerla. Oscureció y al ver que no volvía salí a buscarla. La encontré en la avenida José Antonio charlando con un viejo parroquiano del cafetín que frecuentamos. El viejo iba acompañado de su amiga, una mujer siempre vestida de verde y provista de una sonrisa acogedora. Lucía les había confiado parte del secreto y ellos nos apuraron a llamar a la policía.

—¡Es un disparate! Fue solo una riña de homosexuales —dije para cubrir la indiscreción de Lucía.

—¡Eso, una riña de homosexuales! —contestó el viejo parroquiano.

Me asombró la facilidad dichosa con la que el viejo aceptó mi explicación. Pero ¿acaso no era amigo de los huéspedes del hostal? Lo encontré varias veces charlando con ellos, especialmente con un viejo pequeño, de gabán raído y tez pálida, que se hospeda aquí, aunque jamás lo he visto en el pasillo ni en el ascensor. El viejo tiene algo de «víctima». «No puede mudarse», me dijo en una ocasión el parroquiano, amigo de la mujer vestida de verde.

—¿Por qué? —pregunté aquella noche.

La mujer de verde cambió de conversación. Ahora, en José Antonio, me dio una palmada y me regaló una sonrisa:

—Regresad tranquilas. No mostréis miedo. ¡Ningún miedo! —nos dijo.

Volvimos asustadas al hostal… No me gustó esa pareja. Me pareció extraño que Lucía los hubiera encontrado ¡tan a punto! Y ¿para qué? Solo para escuchar lo que nos sucedía… Es la víspera de Noche Vieja y tenemos sábado y domingo sin conserje. La ciudad hierve de gente y es inútil buscar alojamiento en otro hostal. Además no tenemos dinero para mudarnos. ¡Si tuviéramos algún amigo! Pero no hay nadie, ¡absolutamente nadie! Caminamos entre una multitud inexistente preparándose para celebrar la fiesta. «¡Se nos fue el día!… ¡Se nos fue el día!». Pensamos en quedarnos en la calle, pero Lola y Petrouchka nos esperaban encerrados en el armario y tuvimos que volver. Tomamos el ascensor con la sensación extraña de entrar en una carroza fúnebre de tercera clase. El edificio está completamente quieto y la puerta del hostal abierta, como de costumbre. Entramos al pasillo de duelas astilladas; al final, brillaba demoniaco el foquillo azul que reparte sombras grises en los muros. La puerta blindada de la guarida de la Repa y Jacinto estaba cerrada. ¿Adónde se han ido todos? Quizás están atrincherados detrás de sus puertas. Al entrar a nuestra habitación tuvimos la certeza de que había sucedido algo y corrimos al armario para sacar a los gatos. Ambos aullaron de dolor. Casi no hay luz; la bujía eléctrica que cuelga del cordón es de muy baja potencia. Examinamos a Lola y encontramos que tiene la pancita cubierta de pinchazos ¡y quemada! Petrouchka no puede tenerse en pie, le quemaron las patas y tiene un ojo hinchado.

—Hay que irse ahora mismo, ahora mismo… —dijimos.

Los metimos en sus sacos de viaje desgarrados y buscamos alfileres de seguridad para cerrar los desgarrones. Lola y Petrouchka ya están en sus sacos. Voy a ver quién anda por la casa oscura… He vuelto, no encontré a nadie, la puerta de la Repa continúa cerrada y el teléfono tiene el candado puesto; imposible llamar para pedir auxilio. También fui al cuarto de servicio situado en el pasillo de la izquierda; frente a él está la puerta del cuarto del crimen herméticamente cerrada. Hay un silencio absoluto. ¡Todos han salido!… ¿O todos están escondidos?

—¡Vámonos!, deja el equipaje —ordené.

¿Y mi carnet?… ¿Cómo vamos a irnos sin los documentos de identidad? Nadie nos recibirá en ningún lugar. «Los carnets y los pasaportes valen muchos miles de dólares cuando están limpios», dijo Mario. Muchas veces se los pedí a la Repa: «No sé, no sé, ahí los tengo. ¡Por Dios qué prisa! ¿Podéis pagar?», contestaba la mujer alejándose y golpeando las duelas con sus zuecos.

—Nos iremos sin los carnets —dije.

Cogimos los sacos con los gatos y salimos al pasillo oscuro, cruzamos la puerta abierta y llegamos frente a los ascensores. Fue inútil llamarlos: no funcionan. Una flecha encendida indica que en algún piso han dejado abiertas las puertas. Bajar ocho pisos a pie es imposible; sabemos que alguien nos espera en las sombras de la escalera. «¡Se nos fue el día!»…

Volvimos a la habitación. Quisiera que Lucía no temblara tanto; me asusta verla ¡tan pálida! Es necesario salir de aquí, todo está demasiado quieto, ahora he visto claro: hay un pequeño muro en la terraza que separa a ésta de la guarida de la Repa y alguien acaba de saltar esa barda y avanza por la terraza… es Jacinto, es el homosexual… Sí, es él, veo sus zapatos blancos brillar en la oscuridad. Se desliza hacia acá para mirar por las persianas rotas. Esconderé estas notas… fingiré que busco algo en el armario; si logramos salir de aquí me las llevaré… si no…

He vuelto a releer estas páginas manuscritas. La escritura es irregular, están escritas de prisa sobre las hojas arrancadas de un cuaderno. Su lectura me ha asustado… no sé por qué las he leído. «Nadie preguntará por usted», me dijo la cigarrera y yo contesté: «¡Nadie!». Esa mujer es el cebo para atrapar a los derrotados. Si presentara estas hojas o contara lo que he visto nadie me creería; la gente solo le cree a los victoriosos: «¡Vaya viejo loco! ¡Mira, mira, qué historia ha inventado!», me dirían. Así que debo callar y ¡debo olvidar! La memoria de los vencidos es peligrosa para los vencedores… Sí, debo olvidar que leí estas páginas: «Esas mujeres nunca existieron», me dirían. ¿Nunca?… Yo sé que estuvieron aquí, en esta misma habitación, pero eso no le interesa a nadie… ¡Debo olvidar! Y cuando escape de aquí ¡debo callar! «La palabra es plata y el silencio es oro», eso lo aprendí de niño… Solo pueden hablar los vencedores, que nunca callan pues han ganado la palabra; yo soy un viejo cesante, nunca existí y debo olvidar hasta que ahora tengo miedo… Se me ocurre algo: ¿cuántos son los vencedores y cuántos somos los vencidos?… ¡Dios mío!… Hay alguien que me observa desde la terraza a través de las persianas rotas. Fingiré, le echaré un vistazo a Miguelín y guardaré las hojas donde las hallé. ¡No pude guardarlas! Miguelín está aterrado y nadie se mueve en el hostal… ¿Y mi carnet? ¡Mi carnet!, ésa es la única prueba de que existo, allí está mi número… digo, mi nombre, bueno, mi número es más importante porque nos cuentan… ese número prueba que existí… pero no estoy inscrito en el hostal, la policía ignora mi paradero, puedo desaparecer sin dejar ninguna huella… Meteré estas páginas con mucho disimulo en donde las hallé; si escapo me las llevo, si no escapo… Es Jacinto el que está detrás de las persianas, he visto sus zapatos blancos… Pero a nadie le importa lo que vea este viejo cesante. Silbo La violetera y me dirijo nuevamente al armario… ¡debo olvidar!… ¡debo olvidar que alguna vez existí!… porque en realidad no existí nunca…

Lléveme usted señorito
no vale más que un rea
lléveme usted señorito
lléveme usted señorito
pa’lucirme en el ojal…

 

Fuente: Ciudad Seva

 

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