domingo, 18 de enero de 2026

Los censores de Luisa Valenzuela

 

Panóptico de Foucault

A continuación, te presento un cuento para adultos de Luisa Valenzuela que también puedes escuchar en formato audiocuento en YouTube y Spotify. Los censores de Luisa Valenzuela es sobre un hombre que, por amor y miedo, se introduce en un sistema de vigilancia que controla cada palabra escrita, creyendo que desde dentro podrá proteger a quien ama. Lo que el cuento revela es un mecanismo muy cercano al panóptico de Foucault: un poder que no necesita vigilar todo el tiempo porque ha logrado algo más eficaz —que las personas se vigilen a sí mismas. A medida que Juan avanza en la burocracia de la censura, interioriza la mirada del poder y empieza a pensar, sospechar y juzgar como el sistema mismo. Así, el relato muestra cómo los regímenes autoritarios no sólo reprimen desde afuera, sino que producen sujetos que colaboran activamente con su propia dominación, hasta perder de vista dónde termina el control y dónde empieza su propia voluntad.

 

Los censores

Cuento completo de Luisa Valenzuela

¡Pobre Juan! Aquel día lo agarraron con la guardia baja y no pudo darse cuenta de que lo que él creyó ser un guiño de la suerte era en cambio, un maldito llamado de la fatalidad. Esas cosas pasan en cuanto uno se descuida, y así como me oyen uno se descuida tan pero tan a menudo. Juancito dejó que se le viera encima la alegría —sentimiento por demás perturbador— cuando por un conducto inconfesable le llegó la nueva dirección de Mariana, ahora en París, y pudo creer así que ella no lo había olvidado. Entonces se sentó ante la mesa sin pensarlo dos veces y escribió una carta. La carta. Esa misma que ahora le impide concentrarse en su trabajo durante el día y no lo deja dormir cuando llega la noche (¿qué habrá puesto en esa carta, ¿qué habrá quedado adherido a esa hoja de papel que le envió a Mariana?)

Juan sabe que no va a haber problema con el texto, que el texto es irreprochable, inocuo. Pero ¿y lo otro? Sabe también que a las cartas las auscultan, las huelen, las palpan, las leen entre líneas y en sus menores signos de puntuación, hasta en las manchitas involuntarias. Sabe que las cartas pasan de mano en mano por las vastas oficinas de censura, que son sometidas a todo tipo de pruebas y pocas son por fin las que pasan los exámenes y pueden continuar camino. Es por lo general cuestión de meses, de años si la cosa se complica, largo tiempo durante el cual está en suspenso la libertad y hasta quizá la vida no sólo del remitente sino también del destinatario. Y eso es lo que lo tiene sumido a nuestro Juan en la más profunda de las desolaciones: la idea de que a Mariana, en París, llegue a sucederle algo por culpa de él. Nada menos que a Mariana que debe de sentirse tan segura, tan tranquila allí donde siempre soñó vivir. Pero él sabe que los Comandos Secretos de Censura actúan en todas partes del mundo y gozan de un importante descuento en el transporte aéreo; por lo tanto nada les impide llegarse hasta el oscuro barrio de París, secuestrar a Mariana y volver a casita convencidos de su noble misión en esta tierra.

Entonces hay que ganarles de mano, entonces hay que hacer lo que hacen todos: tratar de sabotear el mecanismo, de ponerle en los engranajes unos granos de arena, es decir ir a las fuentes del problema para tratar de contenerlo.

Fue con ese sano propósito con que Juan, como tantos, se postuló para censor. No por vocación como unos pocos ni por carencia de trabajo como otros, no. Se postuló simplemente para tratar de interceptar su propia carta, idea para nada novedosa pero consoladora. Y lo incorporaron de inmediato porque cada día hacen falta más censores y no es cuestión de andarse con melindres pidiendo antecedentes.

En los altos mandos de la Censura no podían ignorar el motivo secreto que tendría más de uno para querer ingresar a la repartición, pero tampoco estaban en condiciones de ponerse demasiado estrictos y total ¿para qué? Sabían lo difícil que les iba a resultar a esos pobres incautos detectar la carta que buscaban y, en el supuesto caso de lograrlo, ¿qué importancia podían tener una o dos cartas que pasan la barrera frente a todas las otras que el nuevo censor frenaría en pleno vuelo? Fue así como no sin ciertas esperanzas nuestro Juan pudo ingresar en el Departamento de Censura del Ministerio de Comunicaciones.

El edificio, visto desde fuera, tenía un aire festivo a causa de los vidrios ahumados que reflejaban el cielo, aire en total discordancia con el ambiente austero que imperaba dentro. Y poco a poco Juan fue habituándose al clima de concentración que el nuevo trabajo requería, y el saber que estaba haciendo todo lo posible por su carta —es decir por Mariana— le evitaba ansiedades. Ni siquiera se preocupó cuando, el primer mes, lo destinaron a la sección K, donde con infinitas precauciones se abren los sobres para comprobar que no encierran explosivo alguno.

Cierto es que a un compañero, al tercer día, una Carta le voló la mano derecha y le desfiguró la cara, pero el jefe de sección alegó que había sido mera imprudencia por parte del damnificado y Juan y los demás empleados pudieron seguir trabajando como antes aunque bastante más inquietos. Otro compañero intentó a la hora de salida organizar una huelga para pedir aumento de sueldo por trabajo insalubre pero Juan no se adhirió y después de pensar un rato fue a denunciarlo ante la autoridad para intentar así ganarse un ascenso.

Una vez no crea hábito, se dijo al salir del despacho del jefe, y cuando lo pasaron a la sección J donde se despliegan las cartas con infinitas precauciones para comprobar si encierran polvillos venenosos, sintió que había escalado un peldaño y que por lo tanto podía volver a su sana costumbre de no inmiscuirse en asuntos ajenos.

De la J, gracias a sus méritos, escaló rápidamente posiciones hasta la sección E donde ya el trabajo se hacía más interesante pues se iniciaba la lectura y el análisis del contenido de las cartas. En dicha sección hasta podía abrigar esperanzas de echarle mano a su propia misiva dirigida a Mariana que, a juzgar por el tiempo transcurrido, debería de andar más o menos a esta altura después de una larguísima procesión por otras dependencias.

Poco a poco empezaron a llegar días cuando su trabajo se fue tornando de tal modo absorbente que por momentos se le borraba la noble misión que lo había llevado hasta las oficinas. Días de pasarle tinta roja a largos párrafos, de echar sin piedad muchas cartas al canasto de las condenadas. Días de horror ante las formas sutiles y sibilinas que encontraba la gente para transmitirse mensajes subversivos, días de una intuición tan aguzada que tras un simple «el tiempo se ha vuelto inestable» o «los precios siguen por las nubes» detectaba la mano algo vacilante de aquel cuya intención secreta era derrocar al Gobierno.

Tanto celo de su parte le valió un rápido ascenso. No sabemos si lo hizo muy feliz. En la sección B la cantidad de cartas que le llegaba a diario era mínima —muy contadas franqueaban las anteriores barreras— pero en compensación había que leerlas tantas veces, pasarlas bajo la lupa, buscar micropuntos con el microscopio electrónico y afinar tanto el olfato que al volver a su casa por las noches se sentía agotado. Sólo atinaba a recalentarse una sopita, comer alguna fruta y ya se echaba a dormir con la satisfacción del deber cumplido. La que se inquietaba, eso sí, era su santa madre que trataba sin éxito de reencauzarlo por el buen camino. Le decía, aunque no fuera necesariamente cierto: Te llamó Lola, dice que está con las chicas en el bar, que te extrañan, que te esperan. Pero Juan no quería saber nada de excesos: todas las distracciones podían hacerle perder la acuidad de sus sentidos y él los necesitaba alertas, agudos, atentos, afinados, para ser perfecto censor y detectar el engaño. La suya era una verdadera labor patria. Abnegada y sublime.

Su canasto de cartas condenadas pronto pasó a ser el más nutrido pero también el más sutil de todo el Departamento de Censura. Estaba a punto ya de sentirse orgulloso de sí mismo, estaba a punto de saber que por fin había encontrado su verdadera senda, cuando llegó a sus manos su propia carta dirigida a Mariana. Como es natural, la condenó sin asco. Como también es natural, no pudo impedir que lo fusilaran al alba, una víctima más de su devoción por el trabajo.

Fuente: Lecturia

Otros cuentos para adultos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo Alicia, al alba es un intenso relato para adultos de Carlos Ruiz Zafón, uno de los autores españoles más leídos del mundo y creador de La sombra del viento.

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Alicia, al alba un relato para adultos de Carlos Ruiz Zafón

 

Carlos Ruiz Zafón

Alicia, al alba es un intenso relato para adultos de Carlos Ruiz Zafón, uno de los autores españoles más leídos del mundo y creador de La sombra del viento. Una historia de amor, culpa y memoria ambientada en la Barcelona de la Guerra Civil. Disfrútalo también en formato audiocuento en Spotify o  ver el video en Youtube

En Alicia, al alba, Carlos Ruiz Zafón convierte una noche de Navidad en un rito de paso marcado por la guerra y la miseria. El encuentro entre el narrador y Alicia representa la irrupción de la compasión y el deseo de pertenencia en un mundo devastado, donde la inocencia se pierde no por maldad, sino por necesidad. El cuento sugiere que ciertos actos, nacidos de la supervivencia, dejan una huella moral imborrable, y que la memoria —como la ciudad misma— guarda para siempre aquello que no pudo ser salvado.

Análisis del cuento

Este cuento es una alegoría sobre la pérdida de la inocencia en un mundo destruido por la guerra. Alicia simboliza la encarnación de la belleza, la ternura y fragilidad que aún sobrevive entre las ruinas. Asimismo, aparece como una figura casi irreal, vestida de blanco, rodeada de objetos rotos, fotos de ausentes y una casa que ya es un mausoleo. Todo en ella pertenece más a unos recuerdos del pasado que a un presente, como si su vida dependiera de aquello que fue o dejó de ser.

El muchacho representa a una infancia forzada a madurar en un entorno hostil. Su tentación de robar el collar no nace de la maldad, sino del hambre, del abandono y de haber crecido entre miseria y violencia. Cuando huye con la joya y luego regresa arrepentido, se muestra el choque entre dos mundos: el de la supervivencia y el de la humanidad. El remordimiento del chico pesa más que el valor de la joya, ya que Alicia le dio algo que nadie más le había dado: calor, cuidado y una ilusión de hogar.

Cuando el chico le devuelve la joya y la posa en su pecho muerto, está intentando salvar lo único que queda intacto: su propia conciencia. La muerte de Alicia no es solo física: simboliza una pureza que, en la guerra, no tiene cabida. Ella muere de frío, de abandono, de un mundo que ya no protege la vulnerabilidad, puesto que se considera debilidad.

En definitiva, el cuento dice que, en tiempos de horror, o de incertidumbre, un solo gesto de amor puede enriquecer una vida… y una pérdida puede destruirla por completo. Alicia es la última luz antes de comenzar una noche oscura y definitiva.


Alicia, al alba

de Carlos Ruiz Zafon

La casa donde la vi por última vez ya no existe. En su lugar se alza ahora uno de esos edificios que resbalan a la vista y adoquinan el cielo de sombra. Y sin embargo, aún hoy, cada vez que paso por allí recuerdo aquellos días malditos de la Navidad de 1938 en que la calle Muntaner trazaba una pendiente de tranvías y caserones palaciegos. Por entonces yo apenas levantaba trece años y unos céntimos a la semana como mozo de los recados en una tienda de empeños de la calle Elisabets. El propietario, don Odón Llofriu, ciento quince kilogramos de mezquindad y recelo, presidía su bazar de quincallería quejándose hasta del aire que respiraba aquel huérfano de mierda, uno entre los miles que escupía la guerra, a quien nunca llamaba por su nombre. —Chaval, rediós, apaga esa bombilla, que no están los tiempos para dispendios. El mocho lo pasas a vela, que estimula la retina. Así discurrían nuestros días, entre turbias noticias del frente nacional que avanzaba hacia Barcelona, rumores de tiroteos y asesinatos en las calles del Raval y las sirenas alertando de los bombardeos aéreos. Fue uno de aquellos días de diciembre del 38, las calles salpicadas de nieve y ceniza, cuando la vi. Vestía de blanco y su figura parecía haberse materializado de la bruma que barría las calles. Entró en la tienda y se detuvo en el leve rectángulo de claridad que serraba la penumbra desde el escaparate. Sostenía en las manos un pliego de terciopelo negro que procedió a abrir sobre el mostrador sin mediar palabra. Una guirnalda de perlas y zafiros relució en la sombra. Don Odón se calzó la lupa y examinó la pieza. Yo seguía la escena desde el resquicio de la puerta de la trastienda. —La pieza no está mal, pero los tiempos no están para dispendios, señorita. Le doy cincuenta duros, y pierdo dinero, pero esta noche es Nochebuena y uno no es de piedra. La muchacha plegó de nuevo el paño de terciopelo y se encaminó hacia la salida sin pestañear. —¡Chaval! —bramó don Odón—. Síguela. —Ese collar cuesta por lo menos mil duros —apunté. —Dos mil —corrigió don Odón—. Así que no vamos a dejar que se nos escape. Tú síguela hasta su casa y asegúrate de que no le dan un porrazo y la despluman. Ésa volverá, como todos. El rastro de la muchacha se fundía ya en el manto blanco cuando salí a la calle. La seguí por el laberinto de callejas y edificios desventrados por las bombas y la miseria hasta emerger en la plaza del Peso de la

Paja, donde apenas tuve tiempo de verla abordar un tranvía que ya partía calle Muntaner arriba. Corrí tras el tranvía y salté al estribo posterior. Ascendimos así, abriendo raíles de negro sobre el lienzo de nieve que tendía la ventisca mientras empezaba a atardecer y el cielo se teñía de sangre. Al llegar al cruce con Travesera de Gracia me dolían los huesos de frío. Estaba por abandonar mi misión y urdir alguna mentira para satisfacer a don Odón cuando la vi bajar y encaminarse hacia el portón del gran caserón. Salté del tranvía y corrí a ocultarme al filo de la esquina. La muchacha se coló por la verja del jardín. Me asomé a los barrotes y la vi ascender por la arboleda que rodeaba la casa. Se detuvo al pie de la escalinata y se volvió. Quise echar a correr, pero el viento helado me había ya robado las ganas. La muchacha me observó con una sonrisa leve y me tendió una mano. Comprendí que me había tomado por un mendigo. —Ven —dijo. Anochecía ya cuando la seguí a través del caserón en tinieblas. Un tenue halo lamía los contornos. Libros caídos y cortinas raídas puntuaban un rastro de muebles quebrados, de cuadros acuchillados y manchas oscuras que se derramaban por los muros como impactos de bala. Llegamos a un gran salón que albergaba un mausoleo de viejas fotografías que apestaban a ausencia. La muchacha se arrodilló en un rincón junto a un hogar y prendió el fuego con hojas de periódico y los restos de una silla. Me acerqué a las llamas y acepté el tazón de vino tibio que me tendía. Se arrodilló a mi lado, su mirada perdida en el fuego. Me dijo que se llamaba Alicia. Tenía la piel de diecisiete años, pero le traicionaba esa mirada grave y sin fondo de los que ya no tienen edad, y cuando inquirí si aquellas fotografías eran de su familia no dijo nada. Me pregunté cuánto tiempo llevaba viviendo allí, sola, escondida en aquel caserón con un vestido blanco que se deshacía por las costuras, malvendiendo joyas para sobrevivir. Había dejado el paño de terciopelo negro sobre la repisa del hogar. Cada vez que ella se inclinaba a atizar el fuego la mirada se me escapaba e imaginaba el collar en su interior. Horas más tarde escuchamos las campanadas de medianoche abrazados junto al fuego, en silencio, y me dije que así me habría abrazado mi madre si la recordase. Cuando las llamas empezaron a flaquear quise lanzar un libro a las brasas, pero Alicia me lo arrebató y empezó a leer en voz alta de sus páginas hasta que nos venció el sueño. Partí poco antes del alba, desprendiéndome de sus brazos y corriendo en la oscuridad hacia la verja con el collar en mis manos y el corazón latiéndome con rabia. Pasé las primeras horas de aquel día de Navidad con dos mil duros de perlas y zafiros en el bolsillo, maldiciendo aquellas calles anegadas de nieve y de furia, maldiciendo a aquellos que me habían abandonado entre llamas, hasta que un sol mortecino ensartó una lanza de luz en las nubes y rehice mis pasos hasta el caserón, arrastrando aquel collar que pesaba ya como una losa y que me asfixiaba, deseando tan sólo encontrarla todavía dormida, dormida para siempre, para dejar de nuevo el collar sobre la repisa del hogar y poder huir sin tener que recordar nunca más su mirada ni su voz cálida, el único tacto puro que había conocido. La puerta estaba abierta y una luz perlada goteaba de las grietas del techo. La encontré tendida en el suelo, sosteniendo todavía el libro entre las manos, con los labios envenenados de escarcha y la mirada abierta sobre el rostro blanco de hielo, una lágrima roja detenida sobre la mejilla y el viento que soplaba desde aquel ventanal abierto de par en par enterrándola en polvo de nieve. Dejé el collar sobre su pecho y hui de vuelta a la calle, a confundirme con los muros de la ciudad y a esconderme en sus silencios, rehuyendo mi reflejo en los escaparates por temor a encontrarme con un extraño. Poco después, acallando las campanas de Navidad, se escucharon de nuevo las sirenas y un enjambre de ángeles negros se extendió sobre el cielo escarlata de Barcelona, desplomando columnas de bombas que nunca se verían tocar el suelo.

Fuente: Planeta

 

Otros relatos para adultos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo los cuentos de Yasunari Kawabata, el primer escritor asiático en ganar el Premio Nobel de Literatura.

viernes, 9 de enero de 2026

Dos cuentos breves de Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata

A continuación, te presento dos cuentos breves de Yasunari Kawabata, el primer escritor japonés en recibir el Premio Nobel de Literatura, que puedes leer o escuchar en formato audiocuento en Spotify y YouTube.

Lugar soleado de Yasunari Kawabata narra el inicio de un amor marcado por la timidez y la introspección, cuando el narrador recuerda, a partir de una escena luminosa en la playa, el origen de su inquietante costumbre de observar los rostros ajenos. Ese recuerdo lo conduce a su infancia junto a un abuelo ciego que parecía orientarse instintivamente hacia la luz, experiencia que explica su necesidad de mirar como una forma de búsqueda afectiva y de comprensión del otro. El cuento sugiere que los hábitos íntimos nacen de pérdidas tempranas y de silencios familiares, y que la luz —el “lugar soleado”— simboliza la memoria, la revelación interior y la posibilidad de reconciliar el pasado con el presente. Así, Kawabata muestra cómo el amor y el recuerdo permiten aceptar la propia vulnerabilidad y transformar una herida antigua en un gesto de conexión humana.

 

En La frágil vasija, Yasunari Kawabata presenta un sueño inquietante en el que una estatua de Kannon, símbolo de compasión y delicadeza, cae y se rompe en innumerables fragmentos, escena que despierta en el narrador una reflexión íntima sobre el amor y la fragilidad femenina. La aparición de una muchacha que recoge apresuradamente los restos de la estatua conduce a una interpretación simbólica: amar implica una caída, una ruptura interior que expone la vulnerabilidad más profunda. Al vincular la imagen de la cerámica rota con la cita bíblica de la “vasija frágil”, Kawabata sugiere que la mujer, como el amor mismo, exige cuidado, respeto y comprensión, y que muchas veces es ella quien debe recomponerse tras el impacto emocional. El cuento revela así una visión poética y melancólica del amor como experiencia tan sagrada como quebradiza, donde la belleza y el dolor coexisten en un equilibrio precario.


Lugar soleado

En el otoño de mis veinticuatro años, conocí a una muchacha en una posada a orillas del mar.

Fue el comienzo del amor.

De repente la joven irguió la cabeza y se tapó la cara con la manga de su kimono. Ante su gesto, me dije: la he disgustado con mi mal hábito. Me avergoncé y mi pesadumbre se hizo evidente.

—Fijé la vista en ti, ¿no?

—Sí, pero no es para tanto.

Su voz sonaba gentil y sus palabras, cálidas. Me sentí aliviado.

—¿Te molesta, no es cierto?

—No, de verdad, está bien.

Bajó el brazo. En su expresión se notaba el esfuerzo que hacía para aceptar mi mirada. Miré hacia otro lado, y fijé la vista en el océano.

Desde hacía mucho tenía ese hábito de fijar la vista en quien estuviera a mi lado, para su disgusto. Muchas veces me había propuesto corregirme, pero sufría si no observaba los rostros de quienes estaban cerca. Me aborrecía al darme cuenta de que lo estaba haciendo. Tal vez el hábito venía de haber pasado mucho tiempo interpretando los rostros ajenos, luego de perder a mis padres y mi hogar cuando era un niño, y verme obligado a vivir con otros. Tal vez por eso me volví así, pensaba.

En cierto momento, con desesperación traté de definir si había desarrollado esta costumbre después de haber sido adoptado o si ya existía antes, cuando tenía mi hogar. Pero no encontraba recuerdos que pudieran aclarármelo.

Fue entonces, al apartar los ojos de la muchacha, que vi un lugar en la playa bañado por el sol del otoño. Y ese lugar soleado despertó un recuerdo por largo tiempo enterrado.

Tras la muerte de mis padres, viví solo con mi abuelo durante casi diez años en una casa en el campo. Mi abuelo era ciego. Años y años se sentó en la misma habitación ante un brasero de carbón, en el mismo rincón, vuelto hacia el este. Cada tanto volvía la cabeza hacia el sur, pero nunca al norte. Una vez que me di cuenta de este hábito suyo de volver la cara sólo en una dirección, me sentí tremendamente perturbado. A veces me sentaba durante un rato largo frente a él observando su rostro, preguntándome si se volvería hacia el norte al menos una vez. Pero mi abuelo volvía la cabeza hacia la derecha cada cinco minutos como una muñeca mecánica, fijando la vista sólo en el sur. Eso me provocaba malestar. Me parecía misterioso. Al sur había lugares soleados, y me pregunté si, aun siendo ciego, podría percibir esa dirección como algo un poco más luminoso.

Ahora, mirando la playa, recordaba ese otro lugar soleado que tenía olvidado.

Por aquellos días, fijaba la mirada en mi abuelo esperando que se volviera hacia el norte. Como era ciego, podía observarlo fijamente. Y me daba cuenta ahora de que así se había desarrollado mi costumbre de estudiar los rostros. Y que este hábito ya existía en mi vida de hogar, y que no era un vestigio de servilismo. Ya podía tranquilizarme en mi autocompasión por esta costumbre. Aclarar la cuestión me provocó el deseo de saltar de alegría, tanto más porque mi corazón estaba colmado por la aspiración de purificarme en honor de la muchacha.

La joven volvió a hablar.

—Me voy acostumbrando, aunque todavía me intimida un poco.

Esto significaba que podía volver a mirarla. Seguramente había juzgado rudo mi comportamiento. La observé con expresión radiante. Se sonrojó y me lanzó una mirada disimulada.

—Mi cara dejará de ser interesante con el paso de los días y las noches. Pero no me preocupa.

Hablaba como una criatura. Me sonreí. Me pareció que repentinamente nuestra relación había adquirido otra intimidad. Y quise llegar hasta ese lugar soleado de la playa, con ella y con el recuerdo de mi abuelo.

1923

Fuente: Lecturia

 

 La frágil vasija

En una esquina de la ciudad había un local de objetos de arte. Y entre la calle y el frente del local una estatua de cerámica de la deidad budista Kannon, con la altura de una niña de doce años. Cuando el tren pasaba, el gélido cutis de Kannon se estremecía, al igual que el vidrio de la puerta del negocio. Cada vez que yo pasaba por allí, temía que la estatua se cayera. Éste es el sueño que tuve: El cuerpo de Kannon caía directamente sobre mí. De pronto Kannon estiraba sus largos y blancos brazos, que hasta entonces pendían a lo largo de su cuerpo, y me envolvía el cuello con ellos. Yo saltaba hacia atrás con desagrado por lo sobrenatural de sus brazos inanimados cobrando vida y por el frío toque de su piel de cerámica. Sin un ruido, Kannon se rompía en miles de fragmentos al costado de la calle. Una muchacha recogía algunos de los pedazos. Se detenía un instante, pero rápidamente volvía a juntar los pedazos diseminados, los fragmentos de cerámica reluciente. Su irrupción me tomaba por sorpresa. Y cuando estaba por abrir la boca para ofrecer alguna disculpa, me desperté. Parecía que todo hubiera sucedido en el preciso instante posterior a la caída de Kannon. Intenté una interpretación del sueño. «Honra a la mujer tanto como a la más frágil vasija.» Desde entonces recuerdo este versículo de la Biblia con frecuencia. Siempre establecí una asociación entre una «frágil vasija» y una vasija de porcelana. Y más tarde, entre ambas y la muchacha del sueño. Nada tan frágil como una joven. En cierto sentido, el hecho de amar representa la caída de una muchacha. Es lo que yo pienso. Y así, en mi sueño, ¿no estaría la joven recogiendo apresuradamente los fragmentos de su propia caída?

1924

Fuente: Lecturia

 

 Otros cuentos

Gabriel García Márquez

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo Un día de estos de Gabriel García Márquez.

miércoles, 7 de enero de 2026

Un cuento breve de Gabriel García Márquez

 

Cuento breve de Gabriel García Márquez

A continuación, te presento el cuento breve Un día de estos, de Gabriel García Márquez, el cual también puedes disfrutar en formato de audiocuento tanto en Spotify como en YouTube.

Un día de estos narra un encuentro tenso y cotidiano entre un dentista humilde y una autoridad local que llega a su consultorio en medio del dolor y la amenaza, situación que revela una relación marcada por el miedo, el poder y viejas deudas morales. A través de acciones mínimas y un diálogo seco, el cuento expone cómo la violencia política y la impunidad se infiltran en la vida privada, y cómo la ética personal puede convertirse en una forma silenciosa de justicia. El significado central apunta a la inversión momentánea de los roles de poder: el dolor iguala a los hombres y obliga a enfrentar responsabilidades colectivas, mostrando que la autoridad sin moral es frágil y que la dignidad individual puede resistir incluso en contextos de opresión.

 

Un día de estos

Cuento completo

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

-Papá

-Qué

-Dice el alcalde que si le sacas una muela.

-Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

-Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

-Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

-Papá.

-Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

-Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

-Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

-Siéntese.

-Buenos días -dijo el alcalde.

-Buenos -dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentales, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca. Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.

-Tiene que ser sin anestesia – dijo.

-¿Por qué?

-Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró en los ojos.

-Está bien -dijo, y trató de sonreír.

El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

Era un cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente.

El alcalde se agarró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

-Séquese las lágrimas -dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

-Me pasa la cuenta -dijo.

-¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:

-Es la misma vaina.

 

Fuente: Narrativa breve

 

Otros cuentos

Si te gusta este género literario, te recomiendo: El collar, uno de los mejores cuentos de Guy de Maupassant.

sábado, 3 de enero de 2026

El collar, uno de los mejores cuentos de Guy de Maupassant

El collar de Guy de Maupassant  

A continuación, te presento uno de los mejores cuentos de Guy de Maupassant: El collar. Puedes escuchar este cuento en formato de audiocuento, tanto en Spotify como en YouTube.

El collar”, de Guy de Maupassant, es un cuento que explora los deseos humanos, la vanidad y la insatisfacción personal. La protagonista, nacida en una familia modesta, anhela la riqueza, la elegancia y el reconocimiento social, lo que la hace sentir constantemente insatisfecha con su vida cotidiana. A través de la historia se refleja cómo la obsesión por la apariencia y el estatus puede influir en nuestras decisiones y afectar nuestra felicidad, mostrando también la fragilidad de la vida frente a las expectativas sociales y personales.

 

El collar

[Cuento completo]
Guy de Maupassant


Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia de empleados. Carecía de dote, y no tenía esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y aceptó entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.

No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las más grandes señoras.

Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignación.

La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes ensueños. Pensaba en las antecámaras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas lámparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.

Cuando, a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda, cubierta por un mantel de tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacción: “¡Ah! ¡Qué buen caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente como esto!”, pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos y aves extrañas dentro de un bosque fantástico; pensaba en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha o un alón de faisán.

No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y sólo aquello de que carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles. ¡Cuánto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!

Tenía una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia, porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después llorando de pena, de pesar, de desesperación.

Una mañana el marido volvió a su casa con expresión triunfante y agitando en la mano un ancho sobre.

-Mira, mujer -dijo-, aquí tienes una cosa para ti.

Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía:

“El ministro de Instrucción Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio.”

En lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tiró la invitación sobre la mesa, murmurando con desprecio:

-¿Qué haré yo con eso?

-Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacción. ¡Sales tan poco, y es tan oportuna la ocasión que hoy se te presenta!… Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitación. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Verás allí a todo el mundo oficial.

Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:

-¿Qué quieres que me ponga para ir allá?

No se había preocupado él de semejante cosa, y balbució:

-Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito…

Se calló, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas se desprendían de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.

El hombre murmuró:

-¿Qué te sucede? Pero ¿qué te sucede?

Mas ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondió con tranquila voz, enjugando sus húmedas mejillas:

-Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.

Él estaba desolado, y dijo:

-Vamos a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras ocasiones, un traje sencillito?

Ella meditó unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamación de asombro del empleadillo.

Respondió, al fin, titubeando:

-No lo sé con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.

El marido palideció, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que salían a tirar a las alondras los domingos.

Dijo, no obstante:

-Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo más posible, ya que hacemos el sacrificio.

El día de la fiesta se acercaba y la señora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche:

-¿Qué te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días.

Y ella respondió:

-Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré, de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustaría más no ir a ese baile.

-Ponte unas cuantas flores naturales -replicó él-. Eso es muy elegante, sobre todo en este tiempo, y por diez francos encontrarás dos o tres rosas magníficas.

Ella no quería convencerse.

-No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.

Pero su marido exclamó:

-¡Qué tonta eres! Anda a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y ruégale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.

La mujer dejó escapar un grito de alegría.

-Tienes razón, no había pensado en ello.

Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro.

La señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó, lo abrió y dijo a la señora de Loisel:

-Escoge, querida.

Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y pedrería primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:

-¿No tienes ninguna otra?

-Sí, mujer. Dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría.

De repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su corazón empezó a latir de un modo inmoderado.

Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con él su cuello, y permaneció en éxtasis contemplando su imagen.

Luego preguntó, vacilante, llena de angustia:

-¿Quieres prestármelo? No quisiera llevar otra joya.

-Sí, mujer.

Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo, y luego escapó con su tesoro.

Llegó el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era más bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían bailar con ella. El ministro reparó en su hermosura.

Ella bailaba con embriaguez, con pasión, inundada de alegría, no pensando ya en nada más que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por todas las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y tan dulce para un alma de mujer.

Se fue hacia las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito vacío, junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían mucho.

Él le echó sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con la elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.

Loisel la retuvo diciendo:

-Espera, mujer, vas a resfriarte a la salida. Iré a buscar un coche.

Pero ella no le oía, y bajó rápidamente la escalera.

Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos.

Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas berlinas que sólo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día.

Los llevó hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los Mártires, y entraron tristemente en el portal. Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en que a las diez había de ir a la oficina.

La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de repente dejó escapar un grito.

Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó:

-¿Qué tienes?

Ella se volvió hacia él, acongojada.

-Tengo…, tengo… -balbució – que no encuentro el collar de la señora de Forestier.

Él se irguió, sobrecogido:

-¿Eh?… ¿cómo? ¡No es posible!

Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.

Él preguntaba:

-¿Estás segura de que lo llevabas al salir del baile?

-Sí, lo toqué al cruzar el vestíbulo del Ministerio.

-Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer.

-Debe estar en el coche.

-Sí. Es probable. ¿Te fijaste qué número tenía?

-No. Y tú, ¿no lo miraste?

-No.

Se contemplaron aterrados. Loisel se vistió por fin.

-Voy -dijo- a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.

Y salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.

Su marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.

Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los periódicos, para publicar un anuncio ofreciendo una gratificación por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrecérsele alguna esperanza.

Ella le aguardó todo el día, con el mismo abatimiento desesperado ante aquel horrible desastre.

Loisel regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido; no había podido averiguar nada.

-Es menester -dijo- que escribas a tu amiga enterándola de que has roto el broche de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.

Ella escribió lo que su marido le decía.

Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.

Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima cinco años, manifestó:

-Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.

Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se leía en su interior.

El comerciante, después de consultar sus libros, respondió:

-Señora, no salió de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío para complacer a un cliente.

Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida, recordándola, describiéndola, tristes y angustiosos.

Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareció idéntico al que buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regateándolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.

Rogaron al joyero que se los reservase por tres días, poniendo por condición que les daría por él treinta y cuatro mil francos si se lo devolvían, porque el otro se encontrara antes de fines de febrero.

Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto.

Y, efectivamente, tomó mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí, tres allá. Hizo pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometió para toda la vida, firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.

Cuando la señora de Loisel devolvió la joya a su amiga, ésta le dijo un tanto displicente:

-Debiste devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.

No abrió siquiera el estuche, y eso lo juzgó la otra una suerte. Si notara la sustitución, ¿qué supondría? ¿No era posible que imaginara que lo habían cambiado de intento?

La señora de Loisel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar una resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían… Despidieron a la criada, buscaron una habitación más económica, una buhardilla.

Conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los platos, desgastando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabonó la ropa sucia, las camisas y los paños, que ponía a secar en una cuerda; bajó a la calle todas las mañanas la basura y subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida como una pobre mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía céntimo a céntimo su dinero escasísimo.

Era necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar otros, ganar tiempo.

El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces escribía a veinticinco céntimos la hoja.

Y vivieron así diez años.

Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las renovaciones usurarias.

La señora Loisel parecía entonces una vieja. Se había transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució tanto y donde fue tan festejada.

¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué poco hace falta para perderse o para salvarse!

Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de las fatigas de la semana, reparó de pronto en una señora que pasaba con un niño cogido de la mano.

Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Loisel sintió un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qué no? Habíéndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha.

Se puso frente a ella y dijo:

-Buenos días, Juana.

La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbució:

-Pero…, ¡señora!.., no sé… Usted debe de confundirse…

-No. Soy Matilde Loisel.

Su amiga lanzó un grito de sorpresa.

-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás!…

-¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes miserias… todo por ti…

-¿Por mí? ¿Cómo es eso?

-¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?

-¡Sí, pero…

-Pues bien: lo perdí…

-¡Cómo! ¡Si me lo devolviste!

-Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para pagarlo. Comprenderás que representaba una fortuna para nosotros, que sólo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.

La señora de Forestier se había detenido.

-¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?

-Sí. No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.

Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier, sumamente impresionada, le cogió ambas manos:

-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!… ¡Valía quinientos francos a lo sumo!…

Fuente: Ciudad Seva

 

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Si te gusta este género literario, te recomiendo El otro de Rubem Fonseca. 

martes, 30 de diciembre de 2025

El otro, cuento breve para adultos de Rubem Fonseca

 El otro de Rubem Fonseca

A continuación, te presento un cuento breve para adultos de Rubem Fonseca. Rubem Fonseca (Brasil, 1925–2020) fue uno de los escritores más influyentes de la literatura brasileña contemporánea, reconocido por su estilo directo y urbano y por abordar temas como la violencia, la desigualdad social y los conflictos morales. Además, puedes escucharlo en formato de audiocuento en YouTube y Spotify, donde existen distintas versiones narradas.

 

“El otro” de Rubem Fonseca presenta la rutina de un ejecutivo dominado por el trabajo y el estrés, cuya vida comienza a desestabilizarse por la presencia insistente de un mendigo durante sus caminatas diarias. Más allá del conflicto social, el cuento puede leerse de forma simbólica: el mendigo funciona como la encarnación de un pasado que el protagonista intenta negar, ligado a la pobreza o a la infancia. La revelación final de que no es un adulto sino un niño refuerza la idea de que ese “otro” es una parte vulnerable de sí mismo que vuelve para reclamar atención y reconocimiento. El relato sugiere que el pasado no puede silenciarse y que, tarde o temprano, es necesario afrontarlo y asumirlo como parte de la propia identidad.

 

 El otro

[Cuento completo]
Rubem Fonseca

Llegaba todos los días a la oficina a las ocho treinta de la mañana. El carro paraba a la puerta del edificio y yo bajaba, andaba diez o quince metros y entraba.

Como todo ejecutivo, pasaba las mañanas llamando por teléfono, leyendo memorandos, dictando cartas a mi secretaria y exasperándome con problemas. Cuando llegaba la hora del almuerzo, había trabajado duramente. Pero siempre tenía la impresión de que no había hecho nada útil.

Almorzaba en una hora, a veces en hora y media, en uno de los restaurantes de las proximidades y volvía al despacho. Había días que hablaba más de cincuenta veces por teléfono. Las cartas eran tantas que mi secretaria, o uno de los asistentes, firmaba por mí. Y siempre, al final del día, tenía la impresión de que no había hecho nada de lo que necesitaba haber hecho. Iba contra reloj. Cuando había una fiesta, a mitad de la semana, me irritaba, pues era menos tiempo el que tenía. Llevaba diariamente trabajo para casa, allí podía traducir mejor, no me llamaban tanto por teléfono.

Un día comencé a sentir una fuerte taquicardia. Además, ese mismo día, al llegar por la mañana al despacho, surgió a mi lado, en la acera, un sujeto que me acompañó hasta la puerta diciendo, “doctor, doctor, ¿podría usted ayudarme?” Le di unas monedas y entré. Poco después, cuando estaba hablando por teléfono con São Paulo, mi corazón se disparó. Durante algunos minutos latió con un ritmo fortísimo, dejándome extenuado. Tuve que tumbarme en el sofá, hasta que pasó. Estaba atontado, sudaba mucho, casi me desmayé.

Esa misma tarde fui al cardiólogo. Me hizo un examen minucioso, inclusive un electrocardiograma de esfuerzo y, al final, dijo que necesitaba bajar de peso y cambiar de vida. Me hizo gracia. Entonces me recomendó que dejara de trabajar algún tiempo, pero le dije que eso, también, era imposible. Finalmente, me prescribió un régimen alimenticio y me mandó que caminara por lo menos dos veces al día.

Al día siguiente, a la hora del almuerzo, cuando fui a dar la caminata recetada por el médico, el mismo sujeto de la víspera me detuvo pidiéndome dinero. Era un hombre blanco, fuerte, de pelo castaño largo. Le di algún dinero y proseguí.

El médico había dicho, con franqueza, que si no tenía cuidado, en cualquier momento podría tener un infarto. Tomé dos tranquilizantes aquel día, pero eso no fue suficiente para dejarme totalmente libre de tensión. Por la noche no llevé trabajo para casa. Pero el tiempo no pasaba. Intenté leer un libro, pero mi atención estaba en otra parte, en la oficina. Encendí la televisión, pero no logré aguantar más de diez minutos. Volví a mi caminata, después de la cena, y me quedé impaciente sentado en un sillón, leyendo los diarios, irritado.

A la hora del almuerzo el mismo sujeto se emparejó conmigo, pidiendo dinero: “¿Pero, todos los días?”, pregunté. “Doctor”, respondió, “mi madre está muriendo, necesita medicinas, no conozco a nadie bueno en el mundo, solo a usted.” Le di cien cruceiros.

Durante algunos días el sujeto desapareció. Un día, a la hora del almuerzo, estaba caminando cuando apareció súbitamente a mi lado: “Doctor, mi madre murió.” Sin parar y apresurando el paso, respondí, “lo siento mucho.” Alargó su zancada, manteniéndose a mi lado, y dijo “murió.” Intenté desembarazarme de él y comencé a andar rápidamente, casi corriendo. Pero él corrió detrás de mí, diciendo “murió, murió, murió”, extendiendo los dos brazos contraídos en una expectativa de esfuerzo, como si fueran a colocar el ataúd de la madre sobre las palmas de sus manos. Por fin, paré jadeante, “¿cuánto es?” Con cinco mil cruceiros él enterraba a su madre. No sé por qué, saqué un talonario de cheques del bolsillo e hice allí, de pie en la calle, un cheque por aquella cantidad. Mis manos temblaban. “Ahora basta”, dije.

Al día siguiente no salí a dar mi vuelta, almorcé en la oficina. Fue un día terrible en que todo salía al revés: algunos papeles no fueron encontrados en los archivos; una importante competencia se perdió por una diferencia mínima; un error en la planeación financiera exigió que nuevos y complejos cálculos presupuestarios tuvieran que ser elaborados en régimen de urgencia. Por la noche, incluso con los tranquilizantes, mal conseguí dormir.

Por la mañana fui a la oficina y, en cierta manera, las cosas mejoraron un poco. Al mediodía salí a dar mi vuelta.

Vi que el sujeto que me pedía dinero estaba en pie, medio escondido en la esquina, acechándome, esperando que pasara. Di la vuelta y caminé en sentido contrario. Poco después oí el ruido de tacones de zapatos golpeando en la acera como si alguien estuviera corriendo detrás de mí. Apreté el paso, sintiendo un ahogo en el corazón, era como si estuviera siendo perseguido por alguien, un sentimiento infantil de miedo contra el cual intenté luchar, pero en ese instante él llegó a mi lado, diciendo “doctor, doctor.” Sin parar, pregunté, “¿ahora qué?” Manteniéndose a mi lado, dijo “doctor, tiene usted que ayudarme, no tengo a nadie en el mundo.” Respondí con toda la autoridad que pude poner en la voz, “busca un empleo.” Dijo “no sé hacer nada, usted tiene que ayudarme.” Corríamos por la calle. Tenía la impresión de que la gente nos observaba con extrañeza. “No tengo que ayudarlo, de ninguna manera”, respondí. “Tiene que hacerlo, si no, usted sabe lo que puede ocurrir”, y me agarró del brazo y me miró, y por primera vez vi cómo era su rostro, cínico, vengativo. Mi corazón latía de nervios y de cansancio. “Es la última vez”, dije, parando y dándole dinero, no sé cuánto.

Pero no fue la última vez. Todos los días aparecía, repentinamente, suplicante y amenazador, caminando a mi lado, arruinando mi salud, diciendo es la última vez, doctor, pero nunca era. Mi presión subió más aún, mi corazón estallaba solo de pensar en él. No quería ver más a aquel sujeto, ¿qué culpa tenía yo de que él fuera pobre?

Resolví dejar de trabajar un tiempo. Hablé con mis colegas de la dirección que estuvieron de acuerdo con mi ausencia por dos meses.

La primera semana fue difícil. No es sencillo parar de repente de trabajar. Me sentía perdido, sin saber qué hacer. Poco a poco me fui acostumbrando. Mi apetito aumentó. Empecé a dormir mejor y a fumar menos. Veía televisión, leía, dormía después del almuerzo y andaba el doble de lo que andaba antes, sintiéndome óptimo. Estaba volviéndome un hombre tranquilo y pensando seriamente cambiar de vida, dejar de trabajar tanto.

Un día salí para mi paseo habitual cuando él, el mendigo, apareció inesperadamente. Diablos, ¿cómo descubrió mi dirección? “¡Doctor, no me abandone!” Su voz era de pena y resentimiento. “Solo lo tengo a usted en el mundo, no vuelva a hacerme eso, estoy necesitando algo de dinero, esta es la última vez, lo juro”, y arrimó su cuerpo muy cerca al mío, mientras caminábamos, y yo podía sentir su aliento ácido y podrido de hambriento. Era más alto que yo, fuerte y amenazador.

Fui en dirección de mi casa, él acompañándome, el rostro fijo vuelto hacia mí, vigilándome curioso, desconfiado, implacable, hasta que llegamos a mi casa. Le dije, “espera aquí.”

Cerré la puerta, fui a mi cuarto. Volví, abrí la puerta y al verme dijo “no haga eso, doctor, solo lo tengo a usted en el mundo.” No acabó de hablar, o si acabó no lo oí, con el ruido del tiro. Cayó al suelo, entonces vi que era un niño delgado, con espinillas en el rostro y de una palidez tan grande que ni la sangre, que fue cubriendo su faz, conseguía esconder.

Fuente: Ciudad Seva

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo un cuento breve de Teresa Wilms Montt.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Cuento para adultos de Teresa Wilms Montt

 

¿Quién eres?

A continuación, te presento un cuento para adultos de Teresa Wilms Montt: “¿Quién eres? En este cuento, se presenta a una narradora que se retira  al campo buscando descanso y comunión con la naturaleza, y desde ese estado de quietud y apertura interior escucha una voz que le transmite una confesión cargada de misticismo.

En este cuento se explora la búsqueda de la identidad, la rebeldía contra las normas sociales y la libertad de ser uno mismo, reflejando su propia vida tumultuosa como escritora feminista adelantada a su época, que luchó contra la represión y el encierro, dejando un legado de pasión, dolor y resistencia en la literatura. 

También, puedes escucharlo en formato audiocuento en mi canal de Spotify o en YouTube


¿Quién eres?

[Cuento completo]

 

Una noche de esas noches cálidas de verano, en que todo el cuerpo se vuelve pulmón para respirar, buscando fresco, con la dificultad del que busca oro, me dirigí con paso lento a las afueras de la ciudad.

 

Después de mucho caminar y maldecí la temperatura, di con un rincón a mi gusto. Era éste una hondonada en medio de un rústico jardín. Verde abajo, blando musgo, azul arriba, incendio de astros, y como orquesta, una fuente deslizante entre las piedras.

 

Libre de inquietudes, suspirando de bienestar, despojeme de mis atavios, –ridículos atavíos de moderno peregrino— y tendida de cara a los espacios, me dispuse a soñar, dormir o espantar los mosquitos, que es la diversión obligada de todo paseo campestre.

 

No lejos ranas, sapos, y otros molestos animaluchos, oficiaban sabatinas en el saxófono de sus gargantas, cobijados bajo la espesura de las plantas enanas. Pardos murciélagos dibujaban misteriosos círculos en el aire, y las luciérnagas chisporroteaban en la sombra, zafiros y esmeraldas.

 

Desnuda, la noche abanicábase en la corona de los árboles, lanzando a los cielos su respiración agitada. A sus pies, las rosas exhalaban el perfume de la tierra fecunda.

 

¡Qué beatitud seráfica dentro de mi ser! ¡Ah! ¡si llegué a creer que había muerto!

 

Adoro la noche que nos hace sentir la placidez del alma naturaleza; la santidad de tanto ser que vive más allá del pensamiento; y, como os decía, tal era mi paz interior, que imaginé había muerto.

 

Profundo fue mi letargo. No supe darme cuenta de si aquella voz que hablara a mi oído, era voz humana o voz de presentimiento. Comenzó así:

 

—Vengo desde muy lejos a reposarme y encuentro que has usurpado mi sitio. Pero no importa, quédate; desahogaré contigo, criatura mortal, el secreto amargo que traigo de mis andanzas por esos mundos de seres intangibles.

 

Presta atención —susurró la extraña voz.— Los hombres del siglo pasado me llamaron genio; si te acercas a mi fosa, verás sobre ella, la insignia del búho sapiente. No desdeñaron elogios; también leerás en las preliminares páginas de mis obras la palabra inmortal. —Sentí que la voz se hacía irónica, despedazada.— Engreído en mis saberes todo penetré: ciencia, liturgia, magia, química, física, poesía, filosofía. ¡Oh loco delirio de soberbia! creí que en mi cabeza la verdad encendía su tea. Me proclamaron apóstol, quemando ante mí ¡humano Icono! los inciensos y mirras destinados a los dioses paganos. Bajo el sayal de humildad, rebelde a la modestia, pavoneábase erguido mi espíritu fatuo. Infeliz de mí. Hueca estaba mi mente como espiga sin grano.

 

En el apogeo de este nefasto esplendor, llegó la inevitable. Irritada sin duda de tanta falsedad, de un solo tirón, despojome de la mísera vestidura que ahora pudre entre laureles, allá en el rincón del campo santo.

 

Separado bruscamente del mundo de los hombres, contempleme desnudo ante los implacables ojos de mi conciencia. En un instante, la muerte habiame transformado en juez de mi propia causa. Tuve horror de ver tanta bajeza reunida; enrojecí, vergüenza sentí de mezclarme con las otras almas errantes del espacio, y huí del fulgor de los astros hasta perderme en la nebulosa.

 

Interesadas mis compañeras en el fallo de mi conciencia, único arbitro de ambos mundos, siguieren mi vuelo. Yo me esforzaba por aventajarlas. Una de ellas, la más frágil de todas, comprendiendo la tristeza que me embargaba, me siguió llena de solicitud.

 

Al oír junto a mí el ruido de sus alas, apresuré la fuga, y de un solo envión me hundí en las frías sombras.

 

“Detente hermana, gritaba mi perseguidora, detente, alma temeraria. Esa región del Saos donde te lleva tu fatal vuelo, está inexplorada. Grave peligro te amenaza. Por Dios, retrocede, Te lo suplico”.

 

Como hacía poco había perdido mi humana envoltura, aun perduraba en mi los instintos, y movido de curiosidad le interrogué.

 

Afable, plena de gracia, respondiome:

 

“Vas hacia lo ignoto, hermana. Desde hace muchos siglos nadie ha penetrado el paraje donde diriges el vuelo. Hay en él algo inexplicable, en vano yo y mis compañeras hemos tratado de indagarlo; tal vez ocultó allí el creador el arcano que rige los mundos; tal vez sea la nada… No sé, no sé, pero no intentes penetrar la nebulosa …”

 

Yo escuchaba y en mi espíritu nacía una esperanza. Quizá encontraría en aquel sitio la expiación de mis pasadas flaquezas, ¡qué grande alivio! Sin pensarlo más, seguí avanzando en las tinieblas .

 

¿Cuánto tiempo estuve allí?, lo ignoro. El silencio me envolvía en fajas de hielo, iba petrificándome como pedazo desprendido de planeta muerto.

 

Desesperadamente trataba de luchar contra el sopor que embargaba mis alas, creí sucumbir. Jamás olvidaré aunque atraviese los siglos, jamás, la dulce sensación que experimenté cuando una mano de mujer, mano blanda cual las blandas manos de las madres humanas, tomándome como un pajarillo entre sus dedos cobijome en el tibio hueco de las palmas.

 

Luego, con una voz que no escuché tan armoniosa en los tiempos de mi juventud, me habló de esta manera:

 

“Paz, hijo mío, paz. Muy osado debiste ser en el mundo, cuando en esta región para ti desconocida te aventuras a tan arriesgadas empresas. ¿Qué te ha traído hasta mi solitario albergue? Después de Cristo no ha venido alma alguna a golpear mi puerta. Habla hijo mío, acaso seas el mensajero del mundo que ha tanto tiempo aguardo”.

 

Nada respondí, inmenso dolor hizo inclinar mi frente.

 

“Ven apóyate en mi corazón, hijo de la tierra amada, yo calmaré la angustia que leo en tus ojos, te daré serenidad”.

 

—Oh mortal, si tuvieses la inefable dicha de escuchar la delicia de esa voz, pasarías los tiempos de rodillas, sumido en éxtasis. Pero esa voz se escucha más allá de la muerte, y es sólo para aquellos que saben encontrarla.

 

No continuaré hablándote de esa noble mujer ella es modesta, las alabanzas hieren su oído.

 

Confiada, llena de fervor pasé entre sus manos los umbrales de una mansión incomparable. No creas que en ella había fastuosidad, tono aperlado velaba las cosas, que eran pocas. Había allí flores, las más humildes que nacen en la praderas, pájaros de todos los climas; libros, todas las obras modestas que en el mundo desdeñamos, y sobre una piedra de granito, abiertos los viejos brazos, un volumen donde resaltaba profundamente grabado en letras de oro este nombre. Salomón.

 

Observando ella que fijaba mi atención en esa páginas cuya escritura y lenguaje no conocía, díjome:

 

“Este libro y todos los que ves en esta estancia, son de mi hermana menor que alberga conmigo”.

 

—Ya puedes imaginar tú que me oyes; mi extrañeza al encontrar tan lejos de la tierra a esa criatura rodeada de cosas familiares, extrañeza que aumentaba al darme cuenta del interés no disimulado, que sentía por los habitantes del pequeño planeta.

 

Me interrogó sobre los asilos de menesterosos, de huérfanos, de idiotas; preguntome por las ambiciones y afanes del siglo; pero, llegó al coludo mi estupor, cuando la vi entristecerse y dejar caer sobre su pecho la cabeza orlada de albos cabellos.

 

“Tengo muchos enemigos en tu planeta –díjome, suspirando. A los hombres les debo mis cabellos nevados.

 

—¿Cómo, interrumpí yo; cómo tu que vives tan lejos del mundo, puedes ser maltratada allí?

 

“Así es, —dijo ella, inclinando la frente.— No puedo explicarte, hijo mío; es demasiado doloroso, pero es así”.

 

—Dime, te lo suplico ¿quién eres, misteriosa señora, que tan afable acogida me has hecho? ¿Por qué vives tan sola y retirada con tu hermana?

 

“Ella y yo estamos desterrados desde hace veinte siglos. Cuando se consumó la tragedia del Gólgota, escarnecidas por los hombres, huimos de esa inhospitalaria tierra”.

 

“Pero —agregó, reprimiéndose,— no seas curioso, hijo mío. Harto has penado purgando tus vanidades, no quiero que sufras por las miserias de los que aún vagan engañados en el mundo”.

 

—Gentil señora; dulce amiga, te estoy agradecido. Quiero saber a quién debo la paz.

 

“Sea como gustes, díjome severamente triste. Y plegando los labios en una sonrisa que dibujó un tenue refleja de ironía, me susurró quedamente: Mi hermana es la Sabiduría y yo soy la Bondad”.

 

Terminando su relato, sollozó la extraña voz de la aparición, y sin decirme adiós, se alejó pausadamente de mi oído.

 

Me levanté de un salto; esas revelaciones hundiéronse perforando agudamente mi cerebro.

 

Cogí con precipitación mis atavíos de moderno peregrino, y, sin mirar, salí al camino.

 

Interrogué a la noche en un afán incontenible de persuadirme que había soñado: ¿Es cierto que la bondad no existe?

 

Y llegó hasta mi la silenciosa respuesta, en la palidez de las estrellas, en el llorar infantil de la fuente, en el chillar siniestro de las aves nocturnas.

 

Cuál reina empuñando su cetro, apareció tras la montaña, la luna, torvo el ceño, roja de ira, castigando al mundo en un azote de sangre.

 

Fuente: Ciudad Seva

 


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