domingo, 20 de julio de 2025

Dimensiones, cuento de Alice Munro

 

Alice Munro y sus cuentos

A continuación, te presento el cuento Dimensiones de Alice Munro. Alice Ann Laidlaw, conocida como Alice Munro, fue una cuentista canadiense considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas en lengua inglesa, apodada la «Chéjov canadiense». En 2013 recibió el Premio Nobel de Literatura.

En Lecturia puedes leer otros cuentos de esta gran autora, así como el resumen y análisis de este relato para adultos. Si prefieres no leer el cuento, te recomiendo escuchar el audiocuento en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.


Dimensiones

Doree tenía que coger tres autobuses, uno hasta Kincardine, donde esperaba el de London, donde volvía a esperar el autobús urbano que la llevaba a las instalaciones. Empezaba la excursión el domingo a las nueve de la mañana. Debido a los ratos de espera entre un autobús y otro eran casi las dos de la tarde cuando había recorrido los ciento sesenta y pocos kilómetros. Sentarse en los autobuses o en las terminales no le importaba. Su trabajo cotidiano no era de los de estar sentada.

Era camarera del Blue Spruce Inn. Fregaba baños, hacía y deshacía camas, pasaba la aspiradora por las alfombras y limpiaba espejos. Le gustaba el trabajo, le mantenía la cabeza ocupada hasta cierto punto y acababa tan agotada que por la noche podía dormir. Rara vez se encontraba con un auténtico desastre, aunque algunas de las mujeres con las que trabajaba contaban historias de las que ponen los pelos de punta. Esas mujeres eran mayores que ella y pensaban que Doree debía intentar mejorar un poco. Le decían que debía prepararse para un trabajo cara al público mientras fuera joven y tuviera buena presencia. Pero ella se conformaba con lo que hacía. No quería tener que hablar con la gente.

Ninguna de las personas con las que trabajaba sabía qué había pasado. O, si lo sabían, no lo daban a entender. Su fotografía había aparecido en los periódicos, la foto que él había hecho, con ella y los tres niños: el recién nacido, Dimitri, en sus brazos, y Barbara Ann y Sasha a cada lado, mirándolo. Entonces tenía el pelo largo, castaño y ondulado, con rizo y color naturales, como le gustaba a él, y la cara con expresión dulce y tímida, que reflejaba menos cómo era ella que cómo quería verla él.

Desde entonces llevaba el pelo muy corto, teñido y alisado, y había adelgazado mucho. Y ahora la llamaban por su segundo nombre, Fleur. Además, el trabajo que le habían encontrado estaba en un pueblo bastante alejado de donde vivía antes.

Era la tercera vez que hacía la excursión. Las dos primeras, él se había negado a verla. Si se negaba otra vez, ella dejaría de intentarlo. Aunque aceptara verla, a lo mejor no volvería durante una temporada. No quería pasarse. En realidad, no sabía qué haría.

En el primer autobús no estaba muy preocupada; se limitaba a mirar el paisaje. Se había criado en la costa, donde existía lo que llamaban primavera, pero aquí el invierno daba paso casi sin solución de continuidad al verano. Un mes antes había nieve, y de repente hacía calor como para ir en manga corta. En el campo había charcos deslumbrantes, y la luz del sol se derramaba entre las ramas desnudas.

En el segundo autobús empezó a ponerse un poco nerviosa, y le dio por intentar adivinar qué mujeres se dirigían al mismo sitio. Eran mujeres solas, por lo general vestidas con cierto esmero, quizá para aparentar que iban a la iglesia. Las mayores tenían aspecto de asistir a iglesias estrictas, anticuadas, donde había que llevar falda, medias y sombrero o algo en la cabeza, mientras que las más jóvenes podrían haber formado parte de una hermandad más animada, que permitía los trajes pantalón, los pañuelos de vivos colores, los pendientes y los cardados.

Doree no encajaba en ninguna de las dos categorías. Durante el año y medio que llevaba trabajando no se había comprado ropa. En el trabajo llevaba el uniforme, y en los demás sitios, vaqueros. Había dejado de maquillarse porque él no se lo consentía, y ahora, aunque podría hacerlo, no lo hacía. El pelo de punta de color maíz no pegaba con su cara lavada y huesuda, pero no importaba.

En el tercer autobús encontró un asiento junto a la ventanilla e intentó mantener la calma leyendo los rótulos, los de los anuncios y los de las calles. Tenía un truco para mantener la cabeza ocupada. Cogía las letras de cualquier palabra en la que se fijara e intentaba ver cuántas palabras nuevas podía formar con ellas. De «cafetería», por ejemplo, le salían «te», «té», «fea», «cara», «cafre», «rifa», «cate» y…, un momento…, «aire». Las palabras no escaseaban a la salida de la ciudad, pues el autobús pasaba por delante de vallas publicitarias, tiendas gigantescas, aparcamientos e incluso globos amarrados a los tejados con anuncios de rebajas.


Doree no le había hablado a la señora Sands de sus dos últimas tentativas y probablemente tampoco le hablaría de esta. Según la señora Sands, a quien veía los lunes por la tarde, había que seguir adelante, aunque llevara tiempo, sin forzar las cosas. Ella decía que lo estaba haciendo bien, que estaba descubriendo poco a poco su propia fortaleza.

—Ya sé que te dan ganas de matar a quien te dice esas palabras, pero es verdad —dijo.

Se sonrojó al oírse decir aquello, «matar», pero no quiso empeorarlo disculpándose.


Cuando Doree tenía dieciséis años —de eso hacía siete— iba a ver a su madre al hospital todos los días al salir del colegio. Su madre se recuperaba de una operación en la espalda, que al parecer era grave pero no peligrosa. Lloyd era celador. Tenía algo en común con la madre de Doree: los dos habían sido hippies, aunque Lloyd era unos años más joven. Siempre que tenía tiempo Lloyd entraba a charlar con ella sobre los conciertos y las manifestaciones de protesta a los que habían asistido, la gente estrambótica que habían conocido, los viajes y colocones que los habían dejado hechos polvo y cosas así.

Lloyd caía bien a los pacientes, por sus bromas y porque transmitía seguridad y fuerza. Era fornido, de hombros anchos, y lo suficientemente serio para que a veces lo tomaran por médico. (No le hacía ninguna gracia; opinaba que gran parte de la medicina era una mentira y que muchos médicos eran unos gilipollas.) Tenía la piel rojiza y sensible, el pelo claro y la mirada insolente.

Un día besó a Doree en el ascensor y le dijo que era una flor en el desierto. Después se rió de lo que había dicho y añadió:

—¿Has visto lo original que puede llegar a ser uno?

—Es que eres poeta, pero no lo sabes —dijo Doree, por cortesía.

La madre de Doree murió una noche, de repente, de una embolia. Tenía muchas amigas, que habrían recogido a Doree —de hecho, se quedó con una de ellas una temporada—, pero ella prefería a su nuevo amigo, Lloyd. Antes de su siguiente cumpleaños estaba embarazada, y poco después casada. Lloyd no se había casado nunca, aunque tenía al menos dos hijos, de cuyo paradero no sabía gran cosa. De todos modos, ya serían mayores. Con la edad, Lloyd había adoptado otra filosofía de vida: creía en el matrimonio y en la fidelidad, pero no en el control de la natalidad. Y le pareció que la península de Sechelt, donde vivían Doree y él, estaba en aquella época demasiado llena de gente: viejos amigos, viejas maneras de vivir, antiguas amantes. Al poco Doree y él se trasladaron a la otra punta del país, a un pueblo que eligieron por el nombre mirando un mapa: Mildmay. No se instalaron en el pueblo; alquilaron una casa en el campo. Lloyd encontró trabajo en una fábrica de helados. Plantaron un jardín. Lloyd sabía mucho de jardinería; también de carpintería, y de cómo encender una estufa de leña y mantener bien un coche viejo.

Nació Sasha.


—Es muy natural —comentó la señora Sands.

—¿Sí? —dijo Doree.

Doree siempre se sentaba en una silla de respaldo recto ante una mesa, no en el sofá, con tapicería de flores y cojines. La señora Sands movió su silla hacia un lado de la mesa, para poder hablar sin ninguna barrera entre las dos.

—Casi me lo esperaba —dijo—. Creo que yo a lo mejor habría hecho lo mismo en tu lugar.

La señora Sands no habría dicho eso al principio. Hace un año, sin ir más lejos, habría sido más prudente, consciente de que Doree se habría sublevado ante la idea de que alguien, algún ser viviente, pudiera ponerse en su lugar. Ahora sabía que Doree se lo tomaría como una manera, una manera humilde incluso, de intentar comprender.

La señora Sands no era como algunas de las demás. No era dinámica, ni delgada, ni guapa. Ni tampoco demasiado mayor. Tenía más o menos la edad que tendría la madre de Doree, pero no el aspecto de una antigua hippy. Llevaba el pelo entrecano muy corto y tenía una verruga en lo alto de un pómulo. Vestía zapatos planos, pantalones holgados y blusas de flores. Aunque fueran de color frambuesa o turquesa, las blusas no transmitían una verdadera preocupación por la ropa; más bien parecía que alguien le había dicho que tenía que arreglarse un poco y ella, obediente, había ido a comprarse algo que pensaba que podía servirle. La amable, impersonal y sincera sobriedad de la señora Sands despojaba aquellas prendas de todo entusiasmo agresivo, de toda ofensa.

—Pues las dos primeras veces ni lo vi —dijo Doree—. No quiso salir.

—¿Y esta vez sí? ¿Salió?

—Sí, pero apenas lo reconocí.

—¿Había envejecido?

—Supongo. Supongo que ha adelgazado un poco. Y esa ropa. De uniforme. Nunca lo había visto así.

—¿Te pareció una persona diferente?

—No.

Doree se mordió el labio superior, intentando pensar cuál era la diferencia. Estaba tan quieto… Doree nunca lo había visto tan quieto. Ni siquiera pareció darse cuenta de que tenía que sentarse enfrente de ella. Lo primero que le dijo Doree fue: «¿No te vas a sentar?».

Y él contestó: «¿Estará bien?».

—Parecía ausente —dijo Doree—. ¿Lo tendrán drogado?

—Quizá le dan algo para mantenerlo estable. Pero la verdad, no lo sé. ¿Entablasteis una conversación?

Doree pensó si de verdad había sido una conversación. Le había hecho unas cuantas preguntas, normales, absurdas. ¿Qué tal estaba? (Bien.) ¿Le daban suficiente de comer? (Él creía que sí.) ¿Había algún sitio donde pudiera ir a pasear si le apetecía? (Con vigilancia, sí. Él suponía que podía decirse que era un sitio. Suponía que podía decirse que era pasear.)

—Tienes que tomar el aire —le dijo Doree.

—Es verdad —le dijo Lloyd.

Doree estuvo a punto de preguntarle si tenía amigos. Como le preguntas a tu hijo por el colegio. Como se lo preguntarías a tus hijos, si fueran al colegio.

—Sí, sí —dijo la señora Sands, empujando suavemente la oportuna caja de kleenex.

A Doree no le hacía falta, tenía los ojos secos. El problema estaba en la boca del estómago. Las náuseas.

La señora Sands se limitó a esperar. Era lo bastante lista para no meterse en más honduras.

Y, como si hubiese adivinado lo que Doree estaba a punto de decir, Lloyd le había contado que había un psiquiatra que iba a verlo para hablar con él cada dos por tres.

—Yo le digo que está perdiendo el tiempo —añadió Lloyd—. Yo sé tanto como él.

Fue el único momento en que a Doree le pareció que volvía a ser el de antes. Durante toda la visita el corazón le latió con fuerza. Pensó que igual se desmayaba o se moría. Le cuesta tanto trabajo mirarlo, encajar en su campo de visión a aquel hombre delgado y canoso, inseguro pero frío, que se mueve mecánicamente pero sin coordinación…

No le había contado nada de eso a la señora Sands. La señora Sands podría haber preguntado —con mucho tacto— de quién tenía miedo. ¿De él o de sí misma?

Pero Doree no tenía miedo.


Cuando Sasha tenía un año y medio nació Barbara Ann, y cuando Barbara Ann tenía dos años, tuvieron a Dimitri. Habían elegido el nombre de Sasha entre los dos, y después hicieron un pacto: él elegiría los nombres de los niños y ella los de las niñas.

Dimitri fue el primero con cólicos. Doree pensó que a lo mejor no tenía suficiente leche, o que su leche no era lo bastante nutritiva. ¿O era demasiado nutritiva? Lloyd llevó a una señora de la Liga de La Leche para que hablara con Doree. Pase lo que pase, no le dé ningún biberón complementario, dijo la señora. Eso sería el principio del fin, porque dentro de poco el niño rechazaría el pecho.

No sabía la señora que Doree ya le estaba dando biberones complementarios. Y parecía verdad que el niño los prefería; cada día estaba más tiquismiquis con el pecho. Al cabo de tres meses solo tomaba biberón, y entonces ya no hubo forma de ocultárselo a Lloyd. Doree le dijo que se había quedado sin leche y que había tenido que empezar a darle el complemento. Lloyd le apretujó un pecho y después el otro con frenética determinación, y logró sacarle unas tristes gotitas de leche. La llamó mentirosa. Se pelearon. Él le dijo que era una puta, como su madre. Dijo que las hippies esas eran todas unas putas.

Pronto hicieron las paces. Pero siempre que Dimitri se quejaba de algo, o estaba resfriado, o le daba miedo el conejito que tenía algún niño por mascota, o cuando seguía agarrándose a las sillas a la edad en que su hermano y su hermana ya andaban solos, salía a relucir el fracaso en lo de darle de mamar.


La primera vez que Doree fue al despacho de la señora Sands, una de las otras mujeres le dio un folleto. En la cubierta había una cruz dorada y varias palabras en morado y oro. «Cuando tu pérdida parece insufrible…» Dentro había una imagen de Jesucristo en colores pálidos y unos caracteres más menudos que Doree no llegó a leer.

Sentada ante la mesa, aferrando el folleto, Doree se echó a temblar. La señora Sands se lo tuvo que arrancar de la mano.

—¿Te lo ha dado alguien? —preguntó la señora Sands.

Doree dijo:

—Esa. —Y señaló con la cabeza la puerta cerrada.

—¿No te interesa?

—Cuando estás fatal es cuando intentan pillarte —dijo Doree, y entonces cayó en la cuenta de que era algo que había dicho su madre cuando fueron a verla al hospital unas señoras con un mensaje parecido—. Se creen que vas a ponerte de rodillas y que todo irá estupendamente.

La señora Sands suspiró.

—Bueno, en realidad no es tan sencillo —dijo.

—Ni siquiera posible —añadió Doree.

—Quizá no.

Nunca hablaban de Lloyd en aquellos días. Doree nunca pensaba en él, si podía evitarlo, y si no podía pensaba en él como si fuera un terrible accidente de la naturaleza.

—Aunque creyera en esas cosas —dijo, refiriéndose a lo que había en el folleto—, solo sería para…

Lo que quería decir era que creer en eso le resultaría muy práctico, pues así podría imaginarse a Lloyd ardiendo en el infierno o algo por el estilo, pero fue incapaz de continuar, porque le parecía una estupidez hablar de algo así. Y porque se lo impedía algo ya muy conocido, una especie de martilleo en la tripa.


Lloyd era partidario de que sus hijos estudiaran en casa. No por razones religiosas —como no creer en los dinosaurios, los hombres de las cavernas, los monos y todas esas cosas—, sino porque quería que estuvieran junto a sus padres y que se adentrasen en el mundo poco a poco y con cuidado, no que los lanzaran a él de golpe. «Es que da la casualidad de que pienso que son mi hijos —decía—. O sea, nuestros hijos, no los hijos del Departamento de Educación.»

Doree no estaba muy segura de poder manejar aquello, pero resulta que el Departamento de Educación tenía sus directrices y sus planes de estudios, que podían encontrarse en la escuela del pueblo. Sasha era un chico inteligente que prácticamente aprendió a leer solo, y los otros dos eran demasiado pequeños para aprender gran cosa. Por las noches y los fines de semana Lloyd le enseñaba a Sasha geografía, el sistema solar, la hibernación de los animales y cómo funciona un coche, tratando cada tema a medida que surgían las preguntas. Sasha enseguida se adelantó a los planes de estudios de la escuela, pero Doree iba a recogerlos de todos modos y lo ponía a hacer los ejercicios a tiempo para cumplir con la ley.

Había otra madre del barrio que también educaba a los niños en casa. Se llamaba Maggie y tenía una furgoneta pequeña. Lloyd necesitaba el coche para ir a trabajar y Doree, que no había aprendido a conducir, se alegró cuando Maggie se ofreció a llevarla una vez a la semana para entregar los ejercicios terminados y recoger los nuevos. Naturalmente, se llevaban a todos los niños. Maggie tenía dos chicos. El mayor sufría tantas alergias que la madre tenía que vigilar estrechamente todo lo que comía; por eso le daba clase en casa. Y después Maggie pensó que el pequeño también podía quedarse allí. El niño quería estar con su hermano, y además tenía problemas de asma.

Qué agradecida se sintió Doree, al compararlos con los tres suyos, tan sanos. Lloyd decía que era porque los había tenido de joven, mientras que Maggie había esperado hasta llegar casi a la menopausia. Lloyd exageraba la edad de Maggie, pero era cierto que había esperado. Maggie era optometrista. Su marido y ella habían sido compañeros de trabajo y no tuvieron familia hasta que ella pudo dejar la consulta y encontraron una casa en el campo.

Maggie tenía el pelo entrecano, muy corto y pegado al cráneo. Era alta, de pecho plano, jovial y de ideas fijas. Lloyd la llamaba la Lesbi. Solo a sus espaldas, claro. Bromeaba con ella por teléfono pero a Doree le decía, solo moviendo los labios: «Es la Lesbi». A Doree no le importaba mucho, Lloyd llamaba lesbis a muchas mujeres, pero le daba miedo que a Maggie las bromas le parecieran demasiado amistosas, inoportunas o al menos una pérdida de tiempo.

—¿Quieres hablar con mi señora? Sí. Aquí la tengo, dándole a la tabla de lavar. Sí, soy un auténtico negrero. ¿No te lo ha contado?


Doree y Maggie adquirieron la costumbre de ir juntas a la compra después de recoger los papeles en el colegio. Luego a veces se llevaban unos cafés de Tim Hortons e iban con los niños al Riverside Park. Se sentaban en un banco mientras Sasha y los hijos de Maggie echaban carreras o se subían a los aparatos, Barbara Ann se columpiaba enérgicamente y Dimitri jugaba en el cajón de arena. O se sentaban en la furgoneta, si hacía frío. Hablaban sobre todo de los niños y de lo que cocinaban, pero de algún modo Doree averiguó que Maggie se había pateado media Europa antes de estudiar optometría, y Maggie se enteró de lo joven que era Doree cuando se casó. También de la facilidad con la que se había quedado embarazada al principio, de que ya no le resultaba tan fácil, y de que eso despertaba las sospechas de Lloyd, que registraba los cajones del tocador de Doree en busca de píldoras anticonceptivas, pensando que debía de estar tomándolas a escondidas.

—¿Y lo haces?

Doree se quedó horrorizada. Dijo que ni se le ocurriría.

—O sea, me parecería una cosa terrible, sin decírselo a él. Es una especie de broma lo que hace cuando las busca.

—Ah —dijo Maggie.

Y en una ocasión Maggie preguntó:

—¿Te va todo bien? O sea, en tu matrimonio. ¿Eres feliz?

Doree dijo que sí, sin dudarlo. Después empezó a tener más cuidado con lo que contaba. Comprendió que había ciertas cosas a las que ella estaba acostumbrada que otra persona quizá no entendería. Lloyd veía las cosas de una manera especial; era su forma de ser. Ya era así cuando lo conoció en el hospital. La enfermera jefe era muy estirada, y él la llamaba señora Malbicho en lugar de por su apellido, Mitchell. Lo decía tan deprisa que costaba trabajo darse cuenta. Pensaba que tenía sus favoritos y que él no era uno de ellos. Ahora, en la fábrica de helados, detestaba a una persona a quien llamaba Louie Chupapalos. Doree no sabía cómo se llamaba en realidad aquel hombre, pero al menos eso demostraba que no eran solo las mujeres quienes lo irritaban.

Doree estaba segura de que esa gente no era tan mala como creía Lloyd, pero de nada valía contradecirlo. Quizá los hombres necesitaban tener enemigos, como necesitan gastar sus bromitas. Y a veces Lloyd hacía broma de sus enemigos, como si se riera de sí mismo. Incluso le permitía a Doree reírse también, siempre y cuando no fuera ella quien empezara.

Doree esperaba que Lloyd no se pusiera en ese plan con Maggie. A veces tenía miedo de que la mujer se viera venir algo así. Si él no la dejara ir en el coche al colegio y a la compra con Maggie sería un fastidio, y grande. Pero peor sería la vergüenza. Tendría que inventarse alguna mentira absurda para explicarlo. Pero Maggie se daría cuenta; como mínimo se daría cuenta de que Doree mentía y lo interpretaría como que estaba peor de lo que realmente estaba.

Y Doree se preguntó por qué tenía que importarle lo que Maggie pensara. Maggie era una extraña, ni siquiera se sentía a gusto con ella. Fue Lloyd quien lo dijo, y tenía razón. La verdad de las cosas entre ellos, su vínculo, no era algo que pudiera entender nadie y no era asunto de nadie. Si Doree podía mantener su lealtad, todo iría bien.


Todo empeoró, poco a poco. Ninguna prohibición directa, pero sí más críticas. Lloyd dejaba caer la teoría de que las alergias y el asma de los hijos de Maggie podían ser culpa de la madre. Muchas veces el motivo es la madre, decía. Lo había visto en el hospital. Una madre demasiado dominante, normalmente demasiado culta.

—Algunos niños simplemente nacen con algo —dijo Doree, imprudente—. No puedes decir que siempre es la madre.

—Ah. ¿Y por qué no puedo?

—No quiero decir tú. No quiero decir que no puedes. O sea, ¿no pueden nacer con cosas?

—¿Desde cuándo eres una eminencia médica?

—Yo no he dicho que lo sea.

—No. Es que no lo eres.

De mal en peor. Lloyd quería saber de qué hablaban, Maggie y ella.

—No sé. De nada en particular.

—Qué curioso. Dos mujeres en un coche. La primera vez que lo oigo, que dos mujeres no hablen de nada. Lo que quiere es separarnos.

—¿Quién? ¿Maggie?

—Conozco a esa clase de mujeres.

—¿Qué clase?

—Su clase.

—No seas tonto.

—Cuidadito. No me llames tonto.

—¿Para qué querría hacer algo así?

—¿Y yo cómo lo voy a saber? Solo quiere hacerlo. Espera y verás. Irás a su casa llorando a mares por lo hijo de puta que soy. Un día de estos.


Y así ocurrió, tal y como él había dicho. Al menos eso debió de parecerle a Lloyd. Doree se vio una noche en la cocina de la casa de Maggie, alrededor de las diez, sonándose y tomando una infusión. El marido de Maggie dijo: «¿Qué demonios…?» cuando llamó a la casa; Doree lo oyó desde detrás de la puerta. Él no sabía quién era Doree. Ella dijo: «Siento muchísimo molestar…» mientras él se quedaba mirándola, con las cejas enarcadas y los labios apretados. Y entonces apareció Maggie.

Doree había ido hasta allí andando en la oscuridad, primero por la pista de gravilla junto a su casa, después por la carretera. Cada vez que se acercaba un coche se apartaba hasta la cuneta, y eso la retrasó considerablemente. Echaba un vistazo a los coches que pasaban, pensando que en uno de ellos podía ir Lloyd. No quería que la encontrase, todavía no, no hasta que se hubiera asustado de su propia locura. Otras veces ella había sido capaz de atemorizarlo, llorando, dando alaridos, incluso golpeándose la cabeza contra el suelo mientras salmodiaba: «No es verdad, no es verdad, no es verdad». Al final él se echaba atrás. Decía: «Vale, vale. Te creo. Tranquila, cariño. Piensa en los niños. Te creo, en serio. Déjalo ya».

Pero esa noche Doree se había plantado aun antes de empezar el número. Se puso el abrigo y salió por la puerta mientras él gritaba: «¡No lo hagas! ¡Te lo advierto!».

El marido de Maggie, que no parecía muy contento con la situación, se había ido a la cama mientras Doree no paraba de decir: «Lo siento. Lo siento mucho, presentarme así en tu casa a estas horas de la noche».

—Venga, cállate —dijo Maggie, en tono serio pero amable—. ¿Quieres una copa de vino?

—Yo no bebo.

—Entonces mejor que no empieces ahora. Voy a prepararte una infusión. Te relajará. Manzanilla y frambuesa. No es por los niños, ¿verdad?

—No.

Maggie le quitó el abrigo y le dio un montón de kleenex para la nariz y los ojos.

—No me cuentes nada todavía. Enseguida te tranquilizarás.

Ni siquiera cuando se calmó un poco Doree quiso soltar toda la verdad y dejar que Maggie se enterase de que ella era el meollo del problema. Además, no quería tener que explicar nada de Lloyd. Por muy agotada que la dejara, él seguía siendo la persona a quien estaba más unida en el mundo y Doree tenía la sensación de que todo se vendría abajo si se atreviese a contarle a alguien cómo era él exactamente, si le fuera tan desleal.

Dijo que Lloyd y ella habían retomado una antigua discusión y que estaba tan harta de todo que lo único que quería era salir de allí. Pero ya se le pasaría, dijo. A los dos.

—A todas las parejas les ocurre alguna vez —dijo Maggie.

Entonces sonó el teléfono y Maggie contestó.

—Sí. Está bien. Solo quería dar un paseo para desahogarse un poco. Muy bien. Vale. La llevaré a casa por la mañana. Ningún problema. Vale. Buenas noches.

—Era él —dijo—. Supongo que lo has oído.

—¿Cómo hablaba? ¿Parecía normal?

Maggie se echó a reír.

—Bueno, yo no sé cómo habla cuando está normal, ¿no? Pero no parecía borracho.

—Él tampoco bebe. En casa no tenemos ni café.

—¿Quieres una tostada?


Maggie la llevó a casa por la mañana temprano. El marido de Maggie todavía no se había ido a trabajar y se quedó con los niños.

Como Maggie tenía prisa por volver, se limitó a decir: «Adiós. Llámame si necesitas hablar», mientras daba la vuelta con la furgoneta en el jardín.

Era una mañana fría de principios de primavera, aún había nieve en el suelo, pero Lloyd estaba sentado en las escaleras, sin chaqueta.

—Buenos días —dijo en voz alta, en tono sarcástico y cortés—.

Y Doree le dio los buenos días, fingiendo que no había notado su retintín.

Él no se apartó para dejarla pasar.

—No puedes entrar.

Doree decidió no tomárselo en serio.

—¿Ni siquiera si lo pido por favor? Por favor.

Lloyd la miró pero no contestó. Sonrió con los labios apretados.

—Lloyd —dijo Doree—. ¡Lloyd!

—Será mejor que no entres.

—No le he contado nada, Lloyd. Siento haberme marchado. Supongo que necesitaba respirar un poco.

—Mejor que no entres.

—¿Qué te pasa? ¿Dónde están los niños?

Lloyd movió la cabeza, como cuando Doree decía algo que no le gustaba, una pequeña ordinariez, por ejemplo «me cago en…».

—Lloyd. ¿Dónde están los niños?

Lloyd se apartó un poco, justo para que Doree pudiera pasar si quería.

Dimitri todavía en la cuna, tumbado de costado. Barbara Ann en el suelo, al lado de su cama, como si se hubiera caído o la hubieran sacado a empujones. Sasha junto a la puerta de la cocina; había intentado escapar. Era el único con moretones en el cuello. La almohada se había encargado de los otros dos.

—Cuando llamé por teléfono anoche, ¿sabes? —dijo Lloyd—, cuando llamé ya había ocurrido. Tú te lo buscaste.


Lo declararon demente y no pudieron juzgarlo. Era un delincuente psicótico, había que llevarlo a una institución segura.

Doree había salido corriendo de la casa e iba dando traspiés por el jardín, apretándose el estómago con los brazos como si la hubieran abierto de un tajo e intentara que no se le salieran las tripas. Esa fue la escena que vio Maggie cuando regresó. Había tenido un presentimiento y al llegar a la carretera dio la vuelta. Lo primero que pensó es que a Doree su marido le había dado un puñetazo o una patada en el estómago. No supo interpretar los gemidos de Doree. Pero Lloyd, que seguía sentado en las escaleras, se apartó cortésmente para dejarla pasar, sin pronunciar palabra, y ella entró en la casa y se encontró con lo que ya esperaba encontrarse. Llamó a la policía.

Doree se pasó un buen rato metiéndose en la boca cuanto tenía a mano. Después de la tierra y la hierba, sábanas, toallas y su propia ropa. Como si intentara ahogar no solo los alaridos, sino la escena que veía en su cabeza. Le pusieron una inyección de algo, cada cierto tiempo, para calmarla, y funcionó. Lo cierto es que se quedó muy tranquila, aunque no catatónica. Dijeron que se mantenía estable. Cuando salió del hospital y la trabajadora social la llevó a otro sitio, la señora Sands se hizo cargo de ella, le encontró una casa donde vivir y un trabajo, e impuso la rutina de hablar con ella una vez a la semana. Maggie habría ido a verla, pero era la única persona a la que Doree no soportaba ver. La señora Sands aseguraba que ese sentimiento era natural, que era la asociación. También decía que Maggie lo comprendería.


La señora Sands dijo que si Doree quería seguir visitando a Lloyd era cosa suya.

—Yo no estoy aquí para autorizar o desautorizar. ¿Te sentiste bien al verlo? ¿O mal?

—No lo sé.

Doree no era capaz de explicar que en realidad tenía la sensación de que no lo veía a él. Era casi como ver un fantasma. Tan pálido. Con ropa holgada de colores claros, zapatos que no hacían ruido, probablemente zapatillas. Le daba la impresión de que se le había caído un poco de pelo, su pelo abundante, ondulado, del color de la miel. Parecía haber perdido la anchura de los hombros, el hueco de la clavícula donde ella apoyaba la cabeza.

Lo que Lloyd dijo después a la policía —y apareció textualmente en los periódicos— fue lo siguiente: «Lo hice para evitarles el sufrimiento».

¿Qué sufrimiento?

«El sufrimiento de saber que su madre los había abandonado.»

A Doree esas palabras se le habían quedado grabadas en el cerebro, y quizá cuando decidió intentar verlo fue con la idea de obligarlo a retirarlas. Hacerle ver, y reconocer, qué había ocurrido en realidad.

«Me dijiste que o dejaba de contradecirte o me marchaba de casa. Así que me marché. Solo pasé una noche en casa de Maggie. Tenía intención de volver. No había abandonado a nadie.»

Doree recordaba perfectamente cómo había empezado la discusión. Había comprado una lata de espaguetis con una ligera abolladura. Por eso estaba de oferta, y Doree se puso muy contenta de haber ahorrado. Pensó que era muy lista. Sin embargo, no se lo dijo a Lloyd cuando empezó a interrogarla. Por alguna razón pensó que era mejor fingir que no se había dado cuenta.

Cualquiera se habría dado cuenta, dijo él. Podríamos habernos intoxicado todos. Pero ¿qué le pasaba? ¿O era eso lo que tenía en mente? ¿Quería probarlo con los niños o con él?

Doree le dijo que si se había vuelto loco.

Lloyd dijo que no era él quien estaba loco ¿Quién sino una mujer loca compraría veneno para su familia?

Los niños se quedaron observando desde la puerta del salón. Esa fue la última vez que Doree los vio con vida.


De modo que ¿eso era lo que Doree estaba pensando, que al final podría hacerle comprender quién de los dos estaba loco?

Cuando se dio cuenta de lo que le pasaba por la cabeza, Doree debería haberse bajado del autobús. Podría haberse bajado incluso ante la verja, con las pocas mujeres que subían lentamente por el camino. Podría haber cruzado la carretera y esperar el autobús para volver a la ciudad. Probablemente había gente que lo hacía. Iban allí de visita y de repente decidían que no. La gente seguramente lo hacía a menudo.

Pero quizá había sido mejor seguir adelante y verlo tan raro y destrozado. No era ya una persona a la que merece la pena culpar de algo. Ni siquiera una persona. Era como un personaje de un sueño.

Doree tenía sueños. En uno de los sueños huía de la casa después de haberlos encontrado y Lloyd se echaba a reír como antes, con su risa fácil. Después oía a Sasha riéndose detrás de ella y entonces caía en la cuenta, encantada, de que todos estaban gastándole una broma.


—¿Me preguntó usted que si me había sentido bien o mal al verlo? ¿La última vez que me lo preguntó?

—Sí —dijo la señora Sands.

—Tuve que pensármelo.

—Sí.

—Llegué a la conclusión de que me sentí mal. Así que no he vuelto.

Con la señora Sands nunca se sabía, pero que asintiera con la cabeza dio a entender cierta satisfacción o aprobación.

Así que cuando Doree decidió volver a pesar de todo, pensó que sería mejor no hablar del asunto. Y como resultaba difícil no hablar de cualquier cosa que le ocurriera —porque la mayoría de las veces era tan poco—, llamó y canceló la cita. Dijo que se iba de vacaciones. Empezaba el verano y las vacaciones eran lo normal. Con una amiga, dijo.


—No llevas la misma chaqueta que la semana pasada.

—No fue la semana pasada.

—¿No?

—Fue hace tres semanas. Ahora hace calor. Esta es más fina, pero la verdad es que no la necesito. No hace falta chaqueta.

Él le preguntó por el viaje, qué autobuses tenía que coger desde Mildmay.

Ella le contó que ya no vivía allí. Le dijo dónde vivía y lo de los tres autobuses.

—Es un buen trecho. ¿Te gusta vivir en un sitio más grande?

—Allí es más fácil encontrar trabajo.

—¿Así que trabajas?

La última vez le había contado dónde vivía, lo de los autobuses, dónde trabajaba.

—Trabajo en un motel, limpiando habitaciones —dijo Doree—. Te lo conté.

—Ah, sí. Se me había olvidado. Perdona. ¿Has pensado en volver a la escuela? ¿A la escuela nocturna?

Doree dijo que sí lo pensaba pero que nunca lo bastante en serio para hacer nada. También que no le importaba trabajar de limpiadora.

Y después se quedaron como si no se les ocurriera nada más que decir.

Lloyd suspiró.

—Perdona —dijo—. Perdona. Supongo que no estoy acostumbrado a una conversación.

—¿Y cómo pasas el tiempo?

—Pues leo. Medito. De todo un poco.

—Ah.

—Te agradezco que vengas. Significa mucho para mí. Pero no pienses que tienes que seguir. O sea, hazlo cuando quieras. Si pasa algo, y si te apetece… Lo que quiero decir es que el solo hecho de que quizá vengas, aunque vinieras una sola vez, es mucho para mí. ¿Me entiendes?

Doree dijo que sí, que eso creía.

Él dijo que no quería entrometerse en su vida.

—No lo haces —contestó ella.

—¿Era eso lo que ibas a decir? Pensaba que ibas a decir otra cosa.

En realidad, Doree había estado a punto de decir: ¿qué vida?

No, en serio, nada más, dijo Doree.

—Bien.


Tres semanas más tarde la llamaron por teléfono. Era la señora Sands, no una de las mujeres de la oficina.

—Ah, Doree. Pensaba que a lo mejor no habías vuelto. De las vacaciones. ¿Así que ya has vuelto?

—Sí —dijo Doree, intentando pensar dónde diría que había estado.

—Pero aún no te ha dado tiempo de concertar otra cita, ¿no?

—No. Todavía no.

—No importa. Solo quería estar segura. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien.

—Estupendo. Ya sabes dónde estoy si me necesitas. Si quieres charlar un rato.

—Sí.

—Bueno, cuídate.

No mencionó a Lloyd, no preguntó si habían continuado las visitas. Bueno, por supuesto, Doree dijo que no habían seguido, pero a la señora Sands normalmente se le daba muy bien percatarse de lo que pasaba. Y también se le daba muy bien callarse cuando comprendía que con preguntar no llegaría a ninguna parte. Doree no sabía qué habría contestado si le hubiera preguntado, si habría dado marcha atrás y habría contado una mentira o si habría soltado la verdad. Lo cierto era que había vuelto el domingo siguiente de que él le dijera, más o menos, que no importaba que fuera a verlo o no.

Lloyd estaba resfriado. No sabía cómo lo había pillado.

A lo mejor ya lo tenía la última vez que la vio y por eso había estado tan taciturno, dijo.

«Taciturno.» Ahora Doree casi nunca se relacionaba con gente que empleara una palabra así, y le pareció raro. Pero Lloyd siempre había tenido la costumbre de utilizar palabras como esa, y por supuesto antes a Doree no le impresionaban tanto como ahora.

—¿Te parezco una persona distinta? —preguntó Lloyd.

—Bueno, eres distinto —dijo Doree con prudencia—. ¿Yo no?

—Tú estás preciosa —dijo él con tristeza.

Doree se ablandó un poco, pero se resistió.

—¿Te sientes distinta? —preguntó Lloyd—. ¿Te sientes una persona distinta?

Ella dijo que no lo sabía.

—¿Y tú?

—Totalmente —dijo él.


Días más tarde, esa misma semana, a Doree le dieron un sobre en el trabajo. Llevaba la dirección del motel e iba dirigido a su atención. Dentro había varias hojas, escritas por las dos caras. Al principio no pensó que fuera de Lloyd; tenía la idea de que en la cárcel no se permitía escribir cartas. Pero claro, él era otra clase de preso. No era un delincuente, era un delincuente psicótico.

En el escrito no había fecha, ni siquiera un «Querida Doree». Empezaba hablándole de tal manera que Doree pensó que sería una especie de invitación religiosa.

La gente anda buscando la solución. Tienen la mente irritada (de tanto buscar). Hay tantas cosas que los zarandean, que les hacen daño… En sus caras se ven todos sus dolores y sus heridas. Están preocupados. Van de un sitio a otro. Tienen que ir de compras y a la lavandería y a cortarse el pelo y ganarse la vida o recoger el cheque del paro. Los pobres tiene que hacer eso y los ricos tienen que buscar con todas sus fuerzas la mejor manera de gastarse el dinero. Eso también es trabajo. Tienen que construir las mejores casas con grifos de oro para el agua caliente y la fría. Y sus Audi y los cepillos de dientes mágicos y todos los artilugios imaginables y las alarmas antirrobo para protegerse de las matanzas y ni (ve) viejos ni jóvenes, pobres o ricos, tienen paz de espíritu. Iba a escribir «vecinos» en lugar de viejos, ¿por qué sería? Aquí no tengo vecinos. Donde estoy al menos la gente ha superado mucha confusión. Saben lo que poseen y siempre poseerán y ni siquiera tienen que comprar la comida ni cocinar. Ni elegirla. Toda posibilidad de elección queda eliminada.

Lo único que podemos conseguir los que estamos aquí es lo que saquemos de nuestra mente.

Al principio en la cabeza solo tenía perturvación (¿se escribe así?). Era una continua tormenta y me daba golpes contra el cementó con la esperanza de librarme de ella. Parar mi sufrimiento y mi vida. Y me impusieron castigos. Me redujeron con una manguera, me ataron y me introdujeron drogas en el torrente sanguíneo. No es que me queje, porque tenía que aprender que de eso no se saca ningún provecho. Ni tampoco hay diferencia con el llamado mundo real, donde la gente bebe, monta escándalos y comete crímenes para eliminar los pensamientos dolorosos. Y muchas veces se los llevan y los encarcelan pero no es suficiente para que salgan al otro lado. ¿Y qué es eso? Es la demencia absoluta o la paz.

La paz. Yo he alcanzado la paz y sigo cuerdo. Supongo que al leer esto pensarás que voy a decir algo de Jesucristo o quizá de Buda como si me hubiera convertido a alguna religión. No. No cierro los ojos y me siento elevado por ningún Poder Superior concreto. La verdad es que no sé qué quieren decir con todo eso. Lo que hago es Conocerme a Mí Mismo. Conócete a Ti Mismo es una especie de Mandamiento de algún sitio, probablemente de la Biblia, así que al menos he seguido el Cristianismo. También Sé Fiel a Ti Mismo, eso lo he intentado si es lo que también está en la Biblia. No dice a qué partes, las buenas o las malas, ser fiel, o sea, que no se trata de una guía de moralidad. Tampoco Conócete a Ti Mismo tiene relación con la moralidad como la entendemos en Conducta. Pero la Conducta en realidad no me preocupa porque me han juzgado correctamente como persona en la que no se puede confiar para que juzgue cómo debería comportarse y esa es la razón por la que estoy aquí.

Volvamos a la parte del Conocer del Conócete a Ti Mismo. Puedo decir con toda seriedad que me conozco a mí mismo y sé lo peor de lo que soy capaz y sé que lo he hecho. El Mundo me considera un Monstruo y no tengo nada en contra de eso, aunque de paso podría decir que a los que sueltan bombas o queman ciudades o matan de hambre o asesinan a cientos de miles de personas normalmente no se los considera Monstruos sino que les llueven medallas y honores, pues solo los actos contra pocas personas se consideran malos y terribles. Lo cual no es una excusa sino una simple observación.

Lo que Conozco de Mí Mismo es mi propia Maldad. Ese es el secreto de mi consuelo. Quiero decir que conozco lo Peor de mí. Puede que sea peor que lo peor de otras personas, pero la verdad es que no tengo que pensar ni preocuparme por eso. No hay excusas. Estoy en paz. ¿Soy un Monstruo? El Mundo dice que sí y si lo dice yo estoy de acuerdo. No obstante, también digo que el Mundo no tiene ningún significado real para mí. Yo soy Yo y no tengo posibilidades de ser otro Yo. Podría decir que entonces estaba loco, pero ¿qué significa eso? Loco. Cuerdo. Yo soy Yo. No podía cambiar mi yo entonces y no puedo cambiarlo ahora.

Doree, si has seguido leyendo hasta aquí, hay algo especial que quiero contarte pero que no puedo escribir. Si tienes pensado volver aquí alguna vez, a lo mejor lo haré. No pienses que soy cruel. No es que no quisiera cambiar las cosas si pudiera, es que no puedo.

Voy a enviarte esto a tu trabajo, pues lo recuerdo y recuerdo el nombre del pueblo, así que mi cerebro funciona bien en algunos aspectos.


Ella pensó que tendrían que hablar de esa carta la próxima vez que se vieran y la leyó varias veces, pero no se le ocurrió nada que decir. De lo que realmente quería hablar era de lo que él decía que no podía poner por escrito. Pero cuando volvió a verlo, él actuó como si no le hubiera escrito nada. Ella, por sacar un tema de conversación, le contó que un cantante de folk, famoso en su momento, se había alojado en el motel. Le sorprendió que él supiera más cosas que ella sobre la trayectoria del cantante. Resulta que tenía televisión, o que al menos podía verla, y solía ver algunos programas y, por supuesto, las noticias. Eso les dio algo más de lo que hablar, hasta que Doree ya no pudo reprimirse más.

—¿Qué es eso que solo puedes contarme personalmente?

Lloyd dijo que ojalá no se lo hubiera preguntado. No sabía si estaban preparados para hablar de ello.

Y entonces a Doree le dio miedo de que fuera algo que no pudiera controlar, algo insufrible, como que él seguía amándola. No soportaba oír la palabra «amor».

—Vale —dijo—. Quizá no lo estamos. —Y añadió—: De todos modos, será mejor que me lo cuentes. Si al salir de aquí me atropellara un coche nunca lo sabría, y tú ya no tendrías otra oportunidad de contármelo.

—Es verdad —dijo él.

—Bueno, ¿qué es?

—El próximo día. El próximo día. A veces no puedo hablar. Quiero hablar, pero me quedo en blanco.

Doree, he estado pensando en tí desde que te marchaste y lamento haberte decepcionado. Cuando estás sentada enfrente de mí me emociono más de lo que quizá demuestro. No tengo derecho a emocionarme delante de ti, puesto que tú tienes más derecho que yo y tú siempre te controlas. Así que voy a invertir lo que dije porque he llegado a la conclusión de que en realidad me cuesta menos escribirte que hablarte.

A ver por dónde empiezo.

El Cielo existe.

Esa es una forma, pero no está bien porque yo nunca he creído en el Cielo y el Infierno, etc. Para mí todo eso eran gilipolleces, así que debe de parecer muy raro que saque a relucir el tema.

De modo que lo único que voy a decir es que he visto a los niños.

Los he visto y he hablado con ellos.

Ya está. ¿Qué piensas en este momento? Estarás pensando: bueno, este está como una auténtica cabra. O: es un sueño y no sabe distinguir un sueño, no entiende la diferencia entre estar dormido y estar despierto. Pero quiero decirte que entiendo la diferencia y que sé que existen. Digo que existen, no que están vivos, porque vivos significa en nuestra misma Dimensión, y no estoy diciendo que estén aquí. La verdad es que creo que no. Aunque existen y debe de ser que hay otra Dimensión o a lo mejor innumerables Dimensiones, pero lo que sé es que yo he llegado a la que están ellos. Posiblemente lo he conseguido porque paso tanto tiempo solo y tengo que pensar y pensar y porque tengo tanto en que pensar. Así que después de este sufrimiento y soledad hay una Gracia que ha visto la manera de darme una recompensa. A mí, precisamente el que menos la merece según el modo de pensar del mundo.

Bueno, si has seguido leyendo hasta aquí y no has roto esto en mil pedazos, querrás saber algo. Cómo están, por ejemplo.

Están bien. Son muy felices y muy listos. No parecen tener ningún recuerdo de nada malo. A lo mejor están un poco mayores que antes pero es difícil saberlo. Parecen comprender a diferentes niveles. Sí. A Dimitri le notas que ha aprendido a hablar, cosa que antes no podía hacer. Están en una habitación que reconozco en parte. Es como nuestra casa pero más espaciosa y bonita. Les pregunté qué tal los cuidaban y se rieron y dijeron algo como que podían cuidarse solos. Creo que fue Sasha quien lo dijo. A veces no hablan por separado, al menos yo no puedo distinguir sus voces, pero sus personalidades son muy claras y debo decir que muy alegres.

Por favor, no llegues a la conclusión de que estoy loco. Ese es el miedo que me impidió contártelo antes. Estuve loco una época pero créeme que me he librado de mi antigua locura como el oso muda el pelaje. O quizá debería decir como la serpiente muda la piel. Sé que si no lo hubiera hecho no se me habría concedido esta capacidad para reconectar con Sasha, Barbara Ann y Dimitri. Ojalá también te la dieran a ti, porque, si es una cuestión de méritos, tú me sacas ventaja. Puede que a ti te cueste más trabajo porque vives mucho más en el mundo que yo, pero al menos puedo darte esta información, la Verdad, y al decirte que los he visto espero que te animes.


Doree se preguntó qué diría o pensaría la señora Sands si le leía esta carta. Naturalmente, la señora Sands tendría cuidado. Procuraría no emitir un veredicto rotundo de locura, sino que encauzaría con cautela y delicadeza a Doree en esa dirección.

O quizá se podría decir que no la encauzaría, sino que despejaría la confusión para que Doree tuviera que enfrentarse con una conclusión a la que parecería haber llegado ella sola. Tendría que quitarse de la cabeza esos disparates peligrosos (así hablaría la señora Sands).

Por eso Doree no quería ni verla.

Doree tenía la certeza de que Lloyd estaba loco. Y en lo que había escrito había indicios de su antigua chulería. Ella no le contestó. Pasaron los días, las semanas. No cambió de opinión, pero siguió guardando en secreto sus escritos. Y de vez en cuando, mientras estaba pulverizando el líquido limpiador en el espejo de un cuarto de baño o estirando una sábana, la embargaba una emoción. Durante casi dos años no se había fijado en las cosas que solían alegrar a la gente, como el buen tiempo o las flores o el olor de una panadería. Aún no experimentaba esa sensación espontánea de felicidad, no la sentía, pero sí había algo que le recordaba cómo era. No tenía nada que ver con el tiempo que hiciera ni con las flores. Era la idea de que los niños estaban en lo que él llamaba su Dimensión lo que se adentraba furtivamente en ella y por primera vez le proporcionaba una sensación de tranquilidad, no de dolor.

Desde que pasó lo que pasó siempre había tenido que librarse de cualquier pensamiento relacionado con los niños, sacárselo inmediatamente de la cabeza como un cuchillo clavado en el cuello. No podía pensar en sus nombres, y si oía un nombre parecido a los de sus hijos, también tenía que arrancárselo. Incluso tenía que echar las voces de los niños, sus chillidos y el chapoteo de sus pies cuando entraban y salían de la piscina del motel por una especie de puerta que ella era capaz de cerrar de golpe para dejar de oír. En cambio ahora tenía un refugio al que podía acudir en cuanto la acechaban esos peligros.

¿Y quién se lo había proporcionado? Desde luego, no la señora Sands, con tantas horas que había pasado ante la mesa con los kleenex discretamente a mano.

Se lo había proporcionado Lloyd. Lloyd, esa persona terrible, esa persona aislada y demente.

Demente, por llamarle de alguna manera. Pero ¿no cabía la posibilidad de que lo que decía fuera verdad, de que hubiera salido al otro lado? ¿Y quién podía asegurar que las visiones de una persona que había hecho tal cosa y tal viaje no significaran algo?

Esa idea se coló en su cerebro y allí se quedó.

Junto al pensamiento de que quizá Lloyd fuera la única persona con quien debería estar. ¿Para qué otra cosa serviría ella en el mundo —le parecía estar diciéndoselo a otra persona, probablemente a la señora Sands—, para qué estaba allí si no era al menos para escucharlo?

No he dicho «perdonar», le contó mentalmente a la señora Sands. Jamás lo diría. Jamás lo haría.

Pero a ver. ¿No me rechazan a mí tanto como a él por lo que pasó? Nadie que lo supiera me querría a su lado. Lo único que hago es recordarle a la gente lo que nadie puede soportar que le recuerden.

Era imposible disfrazarse, francamente. Esa corona de pinchos amarillos daba lástima.


Y un día se vio otra vez en el autobús, por la carretera. Recordó aquellas noches después de la muerte de su madre, cuando se escapaba para ver a Lloyd, mintiéndole a la amiga de su madre, la mujer con quien vivía, sobre adónde iba. Recordaba el nombre de la amiga, el nombre de la amiga de la madre. Laurie.

¿Quién sino Lloyd recordaría ahora los nombres de los niños, o el color de sus ojos? Cuando tenía que hablar de ellos la señora Sands los llamaba «tu familia» y los metía a todos en el mismo saco.

En aquella época, cuando iba a ver a Lloyd, cuando mentía a Laurie, no se sentía culpable; solo tenía una sensación de fatalidad, de sumisión. Tenía la impresión de que la habían puesto en la tierra únicamente para que estuviera con él e intentara comprenderlo.

Pues ya no era así. Ya no era lo mismo.

Iba sentada en el asiento delantero, al otro lado del conductor. Tenía una buena vista por la ventana. Y por eso fue la única pasajera del autobús, la única persona aparte del conductor, que vio una camioneta saliendo de una carretera lateral sin siquiera disminuir la velocidad, que la vio enfrente de ellos al otro lado de la carretera, vacía aquel domingo por la mañana, dar sacudidas y caer en la cuneta. Y la única que vio algo aún más extraño: al conductor de la camioneta volando por los aires de una manera que pareció al mismo tiempo rápida y lenta, absurda y digna. Aterrizó en la grava, junto a la acera.

Los demás pasajeros no sabían por qué el conductor había frenado y había parado de forma tan brusca y desabrida. Al principio lo único que pensó Doree fue: ¿cómo ha salido? El joven o el chaval, que debía de haberse quedado dormido al volante. ¿Cómo había salido volando de la camioneta y se había lanzado con tanta elegancia al aire?

—Ese tipo se nos ha puesto delante —les dijo el conductor a los pasajeros. Intentaba hablar alto, con calma, pero su voz temblaba de asombro, entre el respeto y el temor—. Se ha estrellado contra la cuneta. Continuaremos en cuanto podamos, pero mientras tanto, por favor, no bajen del autobús.

Como si no lo hubiera oído, o como si tuviera un derecho especial a ser útil, Doree bajó detrás del conductor. Él no la reprendió.

—Si será gilipollas… —dijo el conductor mientras cruzaban la carretera. En su voz solo había rabia e indignación—. Gilipollas de chaval. Pero ¿usted ha visto?

El chico estaba tumbado de espaldas, con las piernas y los brazos extendidos, como si hiciera el ángel en la nieve. Sin embargo, a su alrededor había grava, no nieve. No tenía los ojos completamente cerrados. Era muy joven, un niño que había dado el estirón antes de empezar a afeitarse. Posiblemente sin carné de conducir.

El conductor hablaba por teléfono.

—Como a kilómetro y medio de Bayfteld, en la Veintiuno, el lado este de la carretera.

Un hilillo de espuma rosa salía por debajo de la cabeza del chico, junto a la oreja. No parecía sangre, sino la espuma que se retira de las fresas cuando se hace mermelada.

Doree se agachó junto a él. Le puso una mano en el pecho. No se movía. Doree acercó una oreja. Le habían planchado la camisa hacía poco; desprendía ese olor.

No respiraba.

Pero los dedos de Doree encontraron pulso en el cuello terso del chico.

Recordó algo que le habían contado. Se lo había contado Lloyd, por si uno de los niños tenía un accidente y él no estaba. La lengua. La lengua puede impedir la respiración si se ha desplazado al fondo de la garganta. Puso los dedos de una mano sobre la frente del chico y dos dedos de la otra mano bajo la barbilla. Apretar la frente, presionar la barbilla hacia arriba, para despejar la laringe. Una inclinación leve pero firme.

Si seguía sin respirar, Doree tendría que insuflarle aire.

Le pellizca las aletas de la nariz, aspira una bocanada de aire, sella la boca del chico con sus labios y espira. Espirar dos veces y comprobar. Espirar dos veces y comprobar.

Otra voz masculina, no la del conductor. Debía de haberse parado un automovilista. «¿Le pongo esta manta debajo de la cabeza?» Doree negó con un leve movimiento de cabeza. Acababa de recordar otra cosa, que no hay que mover a la víctima para no lesionar la médula espinal. Cubrió la boca del chico. Apretó su piel cálida, lozana. Espiró y esperó. Espiró y volvió a esperar. Y le pareció que una ligera humedad le ascendía a la cara.

El conductor dijo algo pero Doree no podía levantar la vista. Entonces lo notó, sin lugar a dudas: de la boca del chico salía aliento. Extendió una mano sobre la piel del pecho y al principio no sabía si subía o bajaba porque ella estaba temblando.

Sí, sí.

Era aliento de verdad. La laringe estaba abierta. Respiraba él solo. Estaba respirando.

—Póngasela encima —le dijo Doree al hombre de la manta—. Para que no se enfríe.

—¿Está vivo? —preguntó el conductor, inclinándose sobre ella.

Doree asintió. Sus dedos volvieron a encontrar el pulso. La espantosa sustancia rosa había dejado de manar. A lo mejor no era nada importante, no salía del cerebro.

—No puedo retener el autobús para esperarla —dijo el conductor—. Ya vamos con retraso.

El automovilista dijo:

—Está bien. Ya me encargo yo.

Callaos, callaos, habría querido decirles Doree. Le parecía que era necesario que hubiese silencio, que el mundo entero tenía que concentrarse alrededor del cuerpo del chico, ayudarlo a no perder de vista su obligación de respirar.

Tímidos soplidos, pero regulares, una mansa obediencia bajo el pecho. Sigue, sigue.

—¿Lo ha oído? Este hombre dice que se queda a vigilarlo —insistió el conductor—. Los de la ambulancia van a venir lo más rápidamente posible.

—Usted siga —dijo Doree—. Iré con ellos al pueblo y lo alcanzaré a usted cuando vuelva esta noche.

El conductor tuvo que inclinarse para oírla. Doree había hablado con desdén, sin levantar la cabeza, como si su respiración fuera la que estuviera en juego.

—¿Seguro? —dijo el conductor.

Seguro.

—¿No tiene que ir a London?

No.

Fuente: Lecturia

 

 

Otros cuentos

Vera Giaconi

Si te gusta este género literario, te recomiendo Otro fantasma de Vera Giaconi.

 

martes, 8 de julio de 2025

Otro fantasma, relato de Vera Giaconi

 

Vera Giaconi

A continuación, te presento un cuento para adultos de Vera Giaconi, escritora y editora uruguaya-argentina.​​ Su primer libro de cuentos, Carne viva, fue publicado en 2011 en la Argentina y en 2013 fue traducido al hebreo. Seres queridos, su segundo libro de cuentos, fue uno de los cinco finalistas del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero 2015 y en 2017 yfue publicado por Editorial Anagrama. También puedes escuchar este cuento en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

 

Resumen y análisis del cuento

“Otro fantasma” de Vera Giaconi narra la historia de Paula y Vicky, dos amigas unidas por su fascinación por lo paranormal, que intentan invocar el espíritu de Luciana, una compañera de clase que ha desaparecido misteriosamente. El cuento explora la amistad infantil, la imaginación, el miedo y la ambigüedad entre lo real y lo sobrenatural.

 

El significado de este cuento para adultos gira en torno a cómo los niños procesan lo inexplicable y doloroso a través de la imaginación. La desaparición de Luciana y su misteriosa reaparición representan no solo el trauma que los adultos no saben o no quieren explicar, sino también cómo las niñas, desde su mundo simbólico, intentan dar sentido a lo que las desborda. Este relato sugiere que la infancia no está exenta de oscuridad y que, a veces, lo más aterrador no son los fantasmas que se inventan los niños,  sino las medias verdades que los adultos les explican. 


Otro fantasma

El primer secreto que Vicky le había contado a Paula fue que había visto el espíritu de su abuela flotando sobre el ataúd cuando la velaron.

–Yo nunca vi a un fantasma de verdad –le confesó ese día, con vergüenza, Paula.

Vicky la miró por unos segundos. Los ojos de Paula eran verdes y brillantes, hacían pensar en un alma inquieta y en un gato.

–Creer sin pruebas vale doble –dijo Vicky, que hablaba bajito y tenía la voz ronca.

Esa noche, la primera en que Vicky se quedó a dormir en casa de Paula, se volvieron mejores amigas.

A Vicky le gustaba dormir en casa de Paula. Le gustaba que la llamaran a cenar antes de que le diera hambre. El olor de las sábanas limpias. Que el padre de Paula volviera siempre a la misma hora de trabajar y que las saludara siempre de la misma manera. Le gustaba que hubiera dos baños y que todas las toallas fueran iguales. Paula, en cambio, prefería quedarse en casa de Vicky, porque ahí podían ver la tele hasta quedarse dormidas y la mamá de Vicky no entraba a vigilarlas mientras estaban jugando al juego de la copa o a invocar al diablo en el espejo. Y además las dejaba usar fósforos. En una casa o en la otra, cuando ya estaban acostadas y habían apagado la luz, los temas de conversación eran siempre más o menos los mismos y les habían permitido elaborar un sistema compartido de creencias, que con el tiempo seguían ajustando.

 

Paula y Vicky creían en que daba mala suerte darle la espalda a un pelirrojo, en que las palomas están podridas por dentro, en que se puede adivinar si una persona va a vivir mucho o poco por la cantidad de lunares que tiene en la cara. Creían en la magia pero no en los magos. Y en que siempre hay que estrenar ropa el día del cumpleaños. Creían en los extraterrestres pero no en los vampiros; creían en los zombis pero no en los hombres lobo; creían en las brujas y en los médiums pero no en el horóscopo; y en especial creían en fantasmas.

En agosto de 1985, Paula y Vicky ya eran inseparables. Una de sus compañeras de clase, Luciana, llevaba dos meses desaparecida. Luciana nunca había besado a un chico, ni era más linda que la mayoría ni la más fea de todas, no era graciosa, ni demasiado inteligente y Paula y Vicky podían pasar semanas sin pensar ni una sola vez en ella. Pero desaparecer así, sin dejar ni un rastro, la había convertido en alguien especial. Lo habían discutido mucho, pero todavía no habían decidido si incluir o no a Luciana en su lista de fantasmas. Todavía no se habían puesto de acuerdo en si Luciana estaba muerta. Lo habían preguntado varias veces, pero los adultos seguían respondiendo que no con cara de sí y eso las dejaba todavía más confundidas.

El 4 de junio, muy tarde a la noche, la mamá de Luciana llamó a lo de Paula, a lo de Vicky, y al resto de las chicas y chicos del grado para preguntar si Luciana estaba con alguno de ellos. No, respondieron todos. Después de cortar, la mamá de Paula quiso saber cuál era Luciana. Paula intentó describírsela, pero su madre se la confundió una y otra vez con alguna otra de las chicas con las que ella tampoco se juntaba mucho. Al final, la madre secansó de intentarlo y se fue de la habitación murmurando “Pobre mujer”. En su casa, Vicky atendió ella misma el teléfono (esa noche su madre estaba de guardia en el hospital).

Al día siguiente Luciana no fue a la escuela. Ni al otro. El tercer día aparecieron los padres. Parecían muy cansados y hambrientos. La mamá no sacaba las manos de los bolsillos y rascaba el piso con una punta del zapato como si quisiera sacarle brillo. El papá decía “perdón” a cada rato porque se le mezclaban las palabras. Los acompañaban dos mujeres policía, con uniforme, que se instalaron en dos mesitas del salón de actos y, uno por uno, hablaron con los chicos de su grado, con las maestras, el director y la vicedirectora, el personal de cocina, el de limpieza y administrativos. Las dos policías estuvieron todo el día en la escuela, y fueron el gran tema de conversación durante los recreos.

Cuando los de la tele se instalaron frente a la escuela, les prohibieron hablar con ellos. Tampoco podían salir solos. Los padres tenían que ir a buscarlos y debían esquivar a camarógrafos, periodistas, cables y micrófonos caminando rápido y sin levantar la vista. En el revuelo, lo que más se repetía era el nombre Luciana.

De tanto escucharlo, y de tanto decirlo, en la cabeza de Paula ese nombre empezó a deshacerse, a perder sentido o a convertirse en algo gracioso. Luciana. Lu-ci-a-na. Lucia-anana. An-lu-ci-na. Ana-ciu-la. Cia-nu-la. Cuando se lo contó a Vicky, ella le dijo que en los últimos días había tenido pesadillas con Luciana, que en sus sueños se llamaba Anaciula. Y las dos supieron que esa coincidencia significaba algo, que tenían que aprovecharla. Entonces Vicky propuso que escribieran todos los nuevos nombres de Luciana en un papelito, que doblaran el papelito cinco veces sobre sí mismo y lo llevaran siempre guardado en algún bolsillo. Paula pensó que era una idea excelente porque eso podría empezar a conectarlas con el espíritu de Luciana de una manera positiva.

Las semanas posteriores a la desaparición de Luciana, la madre de Paula le prohibió ver los noticieros de la noche. Todo lo que supo fue gracias a Vicky. Le contó que en la tele usaban la foto de Luciana que les habían sacado en la escuela el año anterior, que los del canal nueve habían entrevistado a su maestra, la señorita María Elena, y a la de música, que se había puesto nerviosa y un par de veces en lugar de decir Luciana dijo Lucila. Lucia–ni–la. Lu–li–la. La–ciu–ni–la, pensó Paula. Vicky sumó el nombre Lucila a los otros del papelito. 

En octubre, cuando la foto de Luciana ya no aparecía ni en la tele ni en los diarios y hacía varias semanas que las cámaras de televisión se habían ido, los padres de Luciana volvieron a la escuela. La madre tenía la ropa arrugada y estaba demasiado abrigada para una mañana de primavera con sol. El papá esperó a su mujer en el pasillo, de espaldas a la puerta del salón.

La mamá de Luciana agarraba con fuerza un papel y miraba fijo el pupitre que había sido de su hija y que nadie más había querido ocupar. Paula empezó a sentir curiosidad por ese papel. En cambio, Vicky no podía mirar a la mujer y hubiera preferido esperar afuera, al lado del padre, en silencio. La mamá de Luciana extendió el papel y se lo dio a Claudia, primer pupitre de la izquierda, para que lo viera y luego se lo pasara al de al lado. Lo único que la mujer dijo fue:

–¿Alguien vio alguna vez a este hombre?

El papelito tenía un dibujo en blanco y negro de la cara de un hombre. Era igual a casi cualquier hombre de unos cuarenta años, con el pelo oscuro y un bigote ancho y prolijo. Se parecía al papá de Paula, al profesor de gimnasia, al doctor que dos años antes había operado a Vicky y le había sacado las amígdalas. Y al mismo tiempo no era igual a nadie.

El dibujo había llegado a Rodrigo, octavo banco a la derecha, cuando sonó tres veces el timbre de la escuela. Esa era la señal de alarma, un aviso de que debían evacuar la escuela por amenaza de bomba.

Ya sabían lo que tenían que hacer. Guardaron rápido las cosas en las mochilas, buscaron a su compañero asignado y, tomados de las manos en parejas, hicieron una fila frente a la puerta abierta del aula, esperando su turno para desfilar por los pasillos, sin correr, hasta llegar a la calle.

Los chicos estaban tranquilos. Habían hecho varios simulacros, habían tenido que evacuar la escuela en serio muchas veces, y nunca pasaba nada grave. Al contrario: se salvaban de unas cuantas horas de clase y paseaban todos juntos por el barrio a un horario en que nunca estaban del lado de afuera de las rejas. La mamá de Luciana, en cambio, reaccionó como si el dibujo, la desaparición de su hija y la alarma estuvieran relacionados de alguna forma.

–El papelito, ¿dónde está el papelito? –preguntó casi gritando. 

Rodrigo dio un paso fuera de la fila y dejó el papelito, que sin querer había hecho un bollo, en la mano de la mujer.

–Perdón –dijo.

La mamá de Luciana le sonrió con una mueca horrible y, a un delicado pedido de la señorita María Elena, se corrió a un costado para que el grupo pudiera salir del aula.

 

 

 

Esos días, cuando había amenaza de bomba (y a veces había hasta dos por semana), cada grado salía en fila del colegio y caminaba seis cuadras hasta un rincón del parque donde pasaban el rato jugando y comiendo los sándwiches que llevaban las cocineras para ganar al menos la hora del almuerzo. De vuelta en la escuela, tenían el ánimo agitado por la emoción de haber alterado la rutina y las mejillas coloradas por el sol y las corridas. Todo eso no tenía la menor gravedad para los chicos, y los adultos que los acompañaban tampoco parecían muy preocupados. 

Solo aquella vez las cosas fueron distintas. Dejaron atrás a la madre de Luciana y su extraño dibujo, caminaron hasta el parque y, después de un par de horas, una de las maestras de séptimo llamó a todos los chicos al sector de la fuente y les comunicó que no podían volver a la escuela.

Tuvieron dos días de asueto.

Durante esos dos días en que no pudieron volver a la escuela, Paula y Vicky

estuvieron siempre juntas y aprovecharon para terminar de preparar todo para su gran plan: invocar el fantasma de Luciana.

Habían intentado varias veces invocar a algún fantasma, especialmente de los conocidos. También lo habían intentado con fantasmas de famosos. Siempre sin éxito. Para los distintos fracasos habían ido encontrando diferentes excusas. Que se había muerto en otro país, que cuando murió ya era sordo, que los perros no tienen alma, y así. Pero el fantasma de Luciana las hacía sentirse confiadas. De alguna forma habían llegado a la conclusión de que lo mejor era hablar con espíritus de la misma edad.

La noche del segundo día, mientras la madre de Vicky miraba la tele, ellas se encerraron en la habitación.

Dibujaron una estrella de tiza roja en el centro del cuarto y dentro pusieron tres espejitos de mano, la foto de Luciana, un frasco donde habían juntado pedacitos de uñas de las dos y una gota de sangre de cada una, un vaso con agua y sal, tres cintas azules, un cuaderno en blanco, unas barritas de azufre, otro frasco con dos grillos muertos, encendieron tres velas blancas que colocaron fuera del círculo y prendieron el grabador. Vicky y Paula, una vez cada una, habían grabado un lado completo de un cassette con todos los nombres de Luciana. Entonces se soltaron el pelo, dieron un paso dentro del círculo y se sentaron en el piso, enfrentadas, con las bocas bien cerradas para que no pudiera metérseles ningún espíritu y las manos y los ojos bien abiertos para ser más receptivas.

Era una noche oscura y silenciosa y no se oía nada más que sus propias voces metálicas repitiendo una y otra vez los mismos nombres. La grabación duraba treinta minutos. Cuando un viento fuerte agitó las cortinas y tiró una caja de chinches que había sobre el escritorio, el ruido las sobresaltó, pero se miraron fijamente para transmitirse calma y confianza. Sin embargo, Vicky bajó la vista y descubrió que tres chinches habían rodado hasta caer dentro del círculo de tiza. Y en ese momento las velas, que estaban titilando y se habían derretido hasta que las llamas quedaron peligrosamente cerca del piso, se apagaron.

En la oscuridad absoluta del cuarto, todo lo que acababan de hacer parecía más real, más peligroso. Sin consultarlo con su amiga, Vicky gateó hasta salir del círculo y alcanzar el velador. Cuando prendió la luz, vio que Paula seguía sentada en medio de las cosas que habían preparado para invocar el fantasma de Luciana, mirándola desconcertada.

–¿Qué hacés? –dijo Paula–. No lo cerramos…

Vicky iba a señalarle las chinches y explicarle lo que había pasado, pero justo entonces sonó el teléfono y las chicas saltaron del susto. Una vez repuestas, corrieron a entornar la puerta del cuarto para escuchar la conversación.

En realidad, no pudieron enterarse de nada, porque la madre de Vicky, a quien fuera que estuviera del otro lado, solo le dijo “ajá”, “ajá”, y “sí, yo hablo con ellas”. 

Tenían que juntar todo antes de que las descubrieran. Se apuraron para levantar la cera que se había pegado al piso, limpiaron la tiza y guardaron todo en una caja que volvieron a meter en el rincón del placard de Vicky. Pero la madre de Vicky no fue a buscarlas. Ni siquiera se asomó para decirles buenas noches. Vicky y Paula no pudieron dormir. Tampoco conversaron de lo que acababan de hacer. 

A la mañana siguiente, la madre de Vicky las estaba esperando en la cocina. Había servido tres vasos de leche y estaba preparando unas tostadas.

–Tengo que contarles algo –dijo la mamá de Vicky extendiendo un vaso de leche a cada una–. Anoche llamó tu mamá –y miró a Paula– y me dijo que la habían llamado para avisarle que encontraron a Luciana. No queríamos que se enteren en la escuela, porque seguro que hoy dan la noticia en todos lados, por eso se las estoy contando ahora, por si tienen alguna pregunta.

–¿Dónde estaba? –preguntó Vicky.

–Un hombre se la robó y la tuvo este tiempo con él. Pero ella está bien. Quizá

tarde un tiempo en volver a la escuela, pero está bien.

–¿Qué hombre? –preguntó Vicky.

–No sé. Un hombre malo. No importa.

–¿Y cómo la encontraron? –preguntó entonces Paula.

–Un vecino de este hombre reconoció a Luciana por las fotos que habían salido en la tele y llamó a la policía.

–¿Por qué no la encontraron antes? Si la foto la mostraron en la tele hace mil años. –Paula escuchó a su amiga asintiendo con la cabeza, esa era la misma pregunta que hubiera hecho ella.

–No sé, chicas, se acordó recién ahora, o volvió a ver la foto en algún lado… –la madre de Vicky hizo silencio. Estaba buscando las palabras–. Es más complicado. Pero lo importante es que Luciana apareció, que está bien y que está con sus padres. Esa es la buena noticia.

Algo en el gesto de la madre de Vicky, en la forma en que retorcía el repasador entre las manos mientras hablaba, en el hecho de que estaba evitando mirarlas a los ojos, hizo que las chicas dudaran de que la aparición de Luciana fuera una buena noticia, no al menos una de esas buenas noticias que no tienen discusión, ni dobleces, ni varias interpretaciones. Como cuando les decían que Luciana no estaba muerta, aunque en toda la cara se les notaba que creían que sí.

–Y ahora se visten que tu papá las va a venir a buscar para llevarlas a la escuela.

El padre de Paula llegó media hora después y durante todo el viaje no prendió

la radio del auto, como solía hacer, y no dijo nada sobre Luciana ni sobre nada. La puerta de la escuela estaba otra vez invadida por cámaras de televisión y periodistas. El padre de Paula dijo que lo esperaran y salió del auto, dio la vuelta y agarró a cada una de la mano para hacerlas atravesar la nube de micrófonos y flashes casi sin tocar el piso. Solo las soltó cuando llegaron a la puerta de su salón y Paula dijo:

–Duele, pa.

Vicky no se había animado a decírselo, pero también a ella la había agarrado demasiado fuerte y ahora sentía un cosquilleo en la mano y el brazo.

El padre de Paula se disculpó, le dio un beso idéntico a cada una y, encorvado dentro de su gabardina beige, se perdió por el pasillo entre la maraña de otros padres y madres rumbo a la salida.

El revuelo entre los chicos de su grado era mucho mayor que en cualquiera de los demás grados; a fin de cuentas, era a su grupo al que todo ese tiempo le había faltado una pieza.

Cuando la señorita María Elena finalmente se paró frente a la clase, era evidente que tenía un discurso preparado, pero le costó un buen rato tranquilizar los ánimos.

Una vez que todos estuvieron sentados en su lugar y en silencio, empezó a hablar. Justo unos segundos antes, Vicky le había pasado un papelito a Paula donde había escrito: “va a decir lo mismo que mi mamá”. Y así fue. Hasta usó las mismas palabras. Y el remate fue igual de contradictorio: ella dijo “son excelentes noticias” y en su cara no había ni el intento de una sonrisa. 

En el primer recreo, Vicky y Paula no salieron al patio, se quedaron en el aula intercambiando zapatillas. Todos los jueves se cambiaban zapatillas y usaban las de la otra hasta el día siguiente. Sus madres nunca se habían dado cuenta.

–Lo que está ahí afuera no es Luciana –dijo Vicky.

–Más o menos –dijo Paula.

–¿La hicimos volver nosotras?

–Creo que sí, sí, no sé –respondió Vicky.

–¿Estará enojada? –preguntó Paula, y el miedo se le desbordó en una pequeña lágrima que enseguida secó con la manga del guardapolvo.

–Con el hombre, seguro; con nosotras, no sé.

–Yo quiero ser su amiga igual –dijo al fin Paula.

–Yo también, va a necesitar amigas –respondió Vicky y las dos respiraron hondo y soltaron un largo suspiro lleno de futuro.

 

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Si te gusta este género literario, te recomiendo La grieta de Cristina Peri Rossi.

 

 

 

jueves, 12 de junio de 2025

La grieta, relato para adultos de Cristina Peri Rossi

 

El simbolismo de la duda en La grieta de Cristina Peri Rossi

A continuación, te presento La grieta, un cuento para adultos de Cristina Peri Rossi, destacada poeta y narradora que, a lo largo de su obra, ha abordado con fuerza la denuncia política. Este relato es profundamente simbólico. En él, un hombre vacila un instante al subir o bajar una escalera en una estación subterránea, y esa pequeña indecisión desencadena un caos desproporcionado entre la multitud que lo rodea, con consecuencias absurdas y trágicas. Al ser interrogado por las autoridades, el hombre comienza a cuestionarse la naturaleza del tiempo, la realidad, la percepción y la certeza. El hecho de detenerse a pensar interrumpe el orden establecido y abre la posibilidad de que otros también lo hagan.

La "grieta" en la pared —que crece lentamente— simboliza la fisura en la lógica cotidiana, en la linealidad del pensamiento y en la aparente estabilidad del orden social. El relato, con un tono kafkiano y existencial, muestra cómo una mínima duda puede fracturar la normalidad y revelar la fragilidad del mundo estructurado que habitamos. Asimismo, la grieta representa el cambio: la posibilidad de cuestionar la realidad y dar lugar al pensamiento crítico, como una forma de resquebrajar definitivamente todo lo impuesto por la sociedad.

 

Este relato, La grieta, de Cristina Peri Rossi, no solo puede leerse, sino que también está disponible en formato audio en YouTube, donde es posible escucharlo narrado, lo que permite una experiencia diferente y enriquecedora de la historia.

 

La grieta 

Cristina Peri Rossi

El hombre vaciló al subir la escalera que conducía de un andén a otro, y al producirse esta pequeña indecisión de su parte (no sabía si seguir o quedarse, si avanzar o retroceder, en realidad tuvo la duda de si se encontraba bajando o subiendo) graves trastornos ocurrieron alrededor. La compacta muchedumbre que le seguía rompió el denso entramado -sin embargo, casual- de tiempo y espacio, desperdigándose, como una estrella que al explotar provoca diáspora de luces y algún eclipse. Hombres perplejos resbalaron, mujeres gritaron, niños fueron aplastados, un anciano perdió su peluca, una dama su dentadura postiza, se desparramaron los abalorios de un vendedor ambulante, alguien aprovechó la ocasión para robar revistas del quiosco, hubo un intento de violación, saltó un reloj de una mano al aire y varias mujeres intercambiaron sin querer sus bolsos.

 

El hombre fue detenido, posteriormente, y acusado de perturbar el orden público. Él mismo había sufrido las consecuencias de su imprudencia, ya que, en el tumulto, se le quebró un diente. Se pudo determinar que, en el momento del incidente, el hombre que vaciló en la escalera que conducía de un andén a otro (a veinticinco metros de profundidad y con luz artificial de día y de noche) era el hombre que estaba en el tercer lugar de la fila número quince, siempre y cuando se hubieran establecido lugares y filas para el ascenso y descenso de la escalera.

 

El interrogatorio se desarrolló una tarde fría y húmeda del mes de noviembre. El hombre solicitó que se le aclarara en que equinoccio se encontraba, ya que a raíz de la vacilación que había provocado el accidente, sus ideas acerca del mundo estaban en un período de incertidumbre.

 

-Estamos, por supuesto, en invierno- afirmó con notable desprecio el funcionario encargado de interrogarle.

 

-No quise ofenderlo- contestó el hombre, con humildad-. No sabe hasta qué punto le agradezco su gentil información- agregó.

 

-Con independencia del invierno- contemporizó el funcionario-, ¿quiere explicarme usted qué fue lo que provocó este desagradable accidente?

 

El hombre miró hacia un lado y otro de las verdes paredes. Al entrar al edificio, le había parecido que eran grises; pero como tantas otras cosas, se trataba de una falsa apariencia, salvo que efectivamente, en cualquier momento, volvieran a ser grises. ¿Quién podría adivinar lo que el instante futuro nos depararía?

 

-Verá usted- se aclaró la garganta. No vio un vaso con agua por ningún lado, y le pareció imprudente pedirlo. Quizás fuera conveniente no solicitar nada. Ni siquiera comprensión. Paredes desnudas, sin ventanas. Habitaciones rectangulares, pero estrechas.

 

El funcionario parecía levemente irritado. Parecía. Nunca había conocido a un funcionario que no lo pareciera. Como una deformación profesional, o un mal hábito de la convivencia.

 

-De pronto- dijo el hombre-, no supe si continuar o si quedarme. Sé perfectamente que es insólito. Es insólito tener un pensamiento de esa naturaleza al subir o bajar la escalera. O quizás, en cualquier otra actividad.

 

-¿En qué escalón se encontraba? -interrogó el funcionario, con frialdad profesional.

 

-No puedo asegurarlo -contestó el hombre, sinceramente. Quería subsanar el error-. Estoy seguro de que alguien debe saberlo. Hay gente que siempre cuenta los escalones, en uno u otro sentido. Vayan o vengan.

 

-Usted, ¿iba o venía?

 

-Fue una vacilación. Una pequeña vacilación, ¿entiende?

 

De pronto, al deslizar los ojos, otra vez, por la superficie verde de la pared, había descubierto un diminuto agujero, una grieta casi insignificante. No podía decir si estaba antes, la primera o la segunda vez que miró la pared, o si se había formado en ese mismo momento. Porque con seguridad hubo una época en que fue una pared completamente lisa, gris o verde, pero sin ranuras. ¿Y cómo iba a saber él cuando había ocurrido esta pequeña hendidura? De todos modos, era muy incómodo ignorar si se trataba de una grieta antigua o moderna.

 

La miró fijamente, intentando descubrirlo.

 

-Repito la pregunta -insistió el funcionario, con indolente severidad.

 

Había que proceder como si se tratara de niños, sin perder la paciencia. Eso decían los instructores. Era un sistema antiguo, pero eficaz.

 

Las repeticiones conducen al éxito, por deterioro. Repetir es destruir-. ¿En qué escalón se encontraba usted?

 

Al hombre le pareció que ahora la grieta era un poco más grande, pero no sabía si se trataba de un efecto óptico o de un crecimiento real.

 

De todos modos- se dijo-, en algún momento crece se trata de estar atentos, o quizás, de no estarlo.

 

-No puedo asegurarlo - afirmó el hombre-. ¿existen defectos ópticos en esta habitación?

 

El funcionario no pareció sorprendido. En realidad, los funcionarios casi nunca parecen sorprenderse de algo y en eso consiste parte de su función.

 

-No -dijo con voz neutra-. Usted, ¿iba o venía?

 

-Alguien debe saberlo -respondió el hombre, mirando fijamente la pared.

 

Entonces era posible que la grieta hubiera aumentado en ese mismo momento.

 

Estaría creciendo sordamente, en la oscuridad del verde, como una célula maligna, cuya intención difiere de las demás.

 

-¿Por qué no usted? -volvió a preguntar el funcionario.

 

-Ocurrió en un instante -dijo el hombre, en voz alta, sin dirigirse expresamente a él. Trataba de describir el fenómeno con precisión.

 

Ahora el agujero en la pared parecía inofensivo, pero con seguridad era sólo un simulacro.

 

-Supongo que bajaba, o subía, lo mismo da. Había escalones por delante, escalones por detrás. No los veía hasta llegar al borde mismo de ellos, debido a la multitud. Éramos muchos. Vaga conciencia de formar parte de una muchedumbre, Repetía los movimientos automáticamente, como todos los días.

 

-¿Subía o bajaba? -repitió el funcionario, con paciencia convencional. Él sintió que se trataba de una deferencia impersonal, un deber del funcionario. No era una paciencia que le estuviera especialmente dirigida; era un hábito de la profesión y ni siquiera podía decirse que se tratara exactamente de un buen hábito.

 

-Se trataba de una sola escalera -dijo el hombre- que sube y baja al mismo tiempo. Todo depende de la decisión que se haya tomado previamente. Los peldaños son iguales, de cemento, color gris, a la misma distancia, unos de otros. Sufrí una pequeña vacilación. Allí, en mitad de la escalera, con toda aquella multitud por delante y por detrás, no supe si en realidad subía o bajaba, No sé, señor, si usted puede comprender lo que significa esa pequeñísima duda. Una especie de turbación. Yo subía o bajaba . en eso consistía, en parte, la vacilación -y de pronto no supe qué hacer. Mi pie derecho quedó suspendido un momento en el aire. Comprendí- con terrible lucidez- la importancia de ese gesto. No podía apoyarlo sin saber antes en qué sentido lo dirigía. Era, pues, pertinente, resolver la incertidumbre.

 

La grieta, en la pared, tenía el tamaño de una moneda pequeña. Pero antes, parecía la cabeza de un alfiler. ¿O era que antes no había apreciado su dimensión verdadera? La dificultad en aprehender la realidad radica en la noción de tiempo, pensó. Si no hay continuidad, equivale a afirmar que no existe ninguna realidad, salvo el momento. El momento. El preciso momento en que no supo si subía o bajaba y no era posible, entonces, apoyar el pie. Por encima de la grieta ahora divisaba una línea ondulada, una delgada línea ascendía -si miraba desde abajo- o descendía -si miraba desde arriba-. La altura en que estuviera colocado el ojo decidía, en este caso, la dirección.

 

-En el momento inmediatamente anterior a los hechos que usted narra -concedió el funcionario, casi con delicadeza-, ¿recuerda usted si acaso subía o bajaba la escalera?

 

-Es curioso que el mismo instrumento sirva tanto para subir como para bajar, siendo en el fondo, acciones opuestas -reflexionó el hombre, en voz alta-. Los peldaños están más gastados hacía el centro, allí donde apoyamos el pie, tanto para lo uno como para lo otro. Pensé que si me afirmaba allí iba a aumentar la estría. Un minuto antes de la vacilación -continuó-, la memoria hizo una laguna. La memoria navega, hace agua. No sirvió; quedó atrapada en el subterráneo.

 

-Según sus antecedentes -interrumpió, enérgico, el funcionario- jamás había padecido amnesia.

 

-No -afirmó el hombre-. Es un recurso literario. Fue una grieta inesperada.

 

Ascendiendo, la línea se dirigía hacía el techo. Podía seguirla con esfuerzo, ya que no veía bien a esa distancia. Sólo una abstracción nos permitía saber, cuando nos sumergimos, si la corriente nos desliza hacia el origen o hacia la desembocadura del río, si empieza o termina.

 

-Un momento antes del accidente -recapituló el funcionario-, usted, ¿subía o bajaba?

 

-Fue sólo una pequeña vacilación. ¿Hacia arriba? ¿Hacia abajo? En el pie suspendido en el aire, a punto de apoyarlo, y de pronto, no saber.

 

No hay ningún dramatismo en ello, sino una especie de turbación. Apoyarlo, se convertía en un acto decisivo. Lo sostuve en el aire unos minutos. Era una posición incómoda pero menos comprometida.

 

-¿Qué clase de vacilación? -preguntó de pronto el funcionario, iracundo.

 

Estaba fastidiado, o había cambiado de táctica. La grieta tenía ramificaciones. Nadie es perfecto. No se sabía si esas ramificaciones conducían a alguna parte.

 

-Por las dudas, no actué -confesó el hombre-. Me pareció oportuno esperar.

 

Esperar a que el pie pudiera volver a desempeñarse sin turbaciones, a que la pierna no hiciera preguntas inconfesables.

 

-¿Qué clase de vacilación? -volvió a preguntar el funcionario, con irritación.

 

-De la deritativas. Clase G. Configuradas como peligrosas. No es necesario consultar el catálogo, señor -respondió, vencido, el hombre-.

 

Una vacilación con ramificaciones. De las que vienen con familia. A partir de la cual, ya no se trataba de saber si se baja o sube la escalera: eso no importa, carece de cualquier sentido. Entonces, los hombres que vienen detrás -se suba o se baje siempre hay una multitud anterior o posterior- se golpean entre sí, involuntariamente, hay gente que grita, todos preguntan qué pasa, aúllan las sirenas, las paredes vibran y se agrietan, niños lloran, damas pierden los botones y paraguas, los inspectores se reúnen y los funcionarios investigan la irregularidad-. La mancha se estiraba como un pez.

 

-¿Puede darme un cigarrillo?


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Si te gustan los relatos, te recomiendo No hay sombra en el espejo de Benedetti. 

 

 

lunes, 2 de junio de 2025

No hay sombra en el espejo, cuento breve para adultos escrito por Benedetti

 

La identidad fragmentada y la sombra de Jung 

A continuación, te presento un cuento breve para adultos de Benedetti: No hay sombra en el espejo. Este relato puedes escucharlo en mi canal de YouTube, CarlaNarraciones.

Renato Valenzuela, un hombre marcado por la pérdida y el paso del tiempo, se enfrenta cada mañana al espejo, donde ya no se reconoce. A través de un monólogo introspectivo, rememora su infancia, sus deseos, el amor perdido de Irene y la ternura hacia su hijo Braulio. El espejo, símbolo de su identidad rota, le devuelve una imagen vacía, sin sombra ni esencia. Al final, logra silenciarlo, en un gesto de liberación, como si por primera vez dejara de ser juzgado por su reflejo y comenzara a reconciliarse consigo mismo.

Este relato de Benedetti puede ser interpretado desde la perspectiva de la psicología analítica de Carl Gustav Jung, particularmente a través del concepto de la sombra. En “No hay sombra en el espejo”, el espejo actúa como símbolo del yo consciente, la imagen socialmente aceptada y reconocible, pero que, al carecer de sombra, revela la represión o negación del inconsciente. La sombra “junguiana” —aquello que el individuo no quiere o no puede reconocer como propio— se manifiesta aquí como una ruptura interna: el protagonista no se identifica con su reflejo, al que percibe como ajeno, desgastado y vacío de autenticidad. Esta escisión entre el yo visible y el yo profundo encarna una identidad fracturada, marcada por la culpa, el deseo reprimido, la pérdida y el trauma. Solo al final, cuando logra silenciar al espejo y dejarlo mudo, el protagonista experimenta un instante de extraña paz, una suerte de reconciliación con aquello que ha proyectado, lo que sugiere el inicio de un posible proceso de integración de la sombra y, con ello, de restauración de su identidad.

 

No hay sombra en el espejo

de Mario Benedetti

No es la primera vez que escribo mi nombre, Renato Valenzuela, y lo veo como si fuera de otro, alguien lejano con el que hace tiempo perdí contacto. En otras ocasiones, frente al espejo, cuando termino de afeitarme, veo un rostro que apenas reconozco, como si fuera un borrador o una caricatura de otro rostro, al que estoy más o menos habituado. Entonces pienso que esa mirada no es la mía, que esas pupilas de rencor no me conciernen, que esas arrugas pertenecen a otra máscara, que esos fiordos de calvicie no se corresponden con mi geografía capilar. Es cierto que tales dispersiones suelen ser momentáneas, metamorfosis que duran lo que un suspiro, pero siempre me dejan inestable, desasosegado, indefenso. Es por eso, Renato Valenzuela, que tal vez haya llegado el momento de ajustar nuestras cuentas. Con el tiempo, con el pasado, con las heridas, con las promesas, contigo / conmigo. Todas.

 

No caigamos en la vulgaridad de achacarle todo lo ignominioso a la borrosa infancia. Allá quedó, detrás de la neblina. Mis recuerdos se dejan ver a través de un vidrio esmerilado llamado memoria. Te veo desnudo en el campo, bajo una lluvia que no discriminaba, los flacos brazos en alto, gozando de esa felicidad inaugural, que por cierto no volvería a repetirse, al menos con esa intensidad.

 

Te veo niño, asombrado ante el raro espectáculo del peoncito que fornicaba (vos creías que jugaba) con alguna oveja, pasiva e inerte, por supuesto ausente de aquella violación antirreglamentaria. Tu adolescencia fue un sueño. Soñabas incansablemente y cuando por fin yo despertaba vos seguías soñando. Con bosques, con olas, con pechos, con soles, con hambres, con manos, con muslos. Tus sueños eran de deseo y mis vigilias eran de censura.

 

A menudo surge algún sabio de pacotilla, capaz de asegurar que el espejo siempre es honesto. Mierda de honesto. El espejo es un farsante, un traidor, un ladino. Ese Renato Valenzuela que está ahí, mirándome socarrón, pálido de tanto insomnio, es un remedo frágil de mí mismo, un facsímil sin sangre, una cosa. ¿Dónde está, por ejemplo, el latido de mis sienes, el corazón rebosante de logros y fracasos, las manos que no son garras sino proveedoras de caricias?

 

La estampa del espejo es lo que no quise ser: un fantoche gastado que convoca a la muerte. Por esos falsos ojos circulan escombros de deseos, que ya ni siquiera puedo vislumbrar y menos aún rememorar. Ese Renato Valenzuela es un epílogo del Renato Valenzuela que digo ser. Que soy. ¿O no? ¿O será acaso, este yo de carne y hueso, el pobre duplicado del que se mueve en esa luna? Dijo el poeta: «El mar como un vasto cristal azogado / refleja la lámina de un cielo de zinc». Ese Renato de cristal azogado ¿reflejará la nada de mi cielo de zinc? ¿O acaso estará más cerca de lo que dice en la estrofa siguiente: «El sol como un vidrio redondo y opaco / con paso de enfermo camina al cenit»?

 

¿Dónde está, en esa copia servil que es el espejo, el veinteañero aquel que sedujo a Irene, o sea el seducido por Irene, el que tembló como una vara cuando ella lo enlazó con sus brazos de enigma? ¿Dónde quedó el que besó y besó aquel cuerpo indescriptible, se sumergió cándido en él, feliz sin asumirse, volado en el amor?

 

No hay sombra en el espejo. La sombra es de los cuerpos, no de las imágenes. Mi hijo Braulio tiene seis años de sombra. Nunca lo pongo frente al espejo, para que no la pierda. Irene, en cambio, ya no tiene imagen. Ni sombra. Se la llevó el espanto. Hay finales de paz, de dolor, de inercia, también de espanto. El suyo fue de espanto. Sin embargo, en los ojos del espejo no está su muerte. En los ojos de mí mismo sí lo está. Es imposible desalojarla, omitirla, extraviarla.

 

Mi hijo me mira con los ojos de Irene. Un río de tristeza circula por mis venas, pero me he olvidado de llorar. Con mis ojos y con los del espejo. A Braulio no lo traigo al espejo para que no se gaste, para que no empiece, tan niño, a envejecer, para que siga mirando con los ojos de Irene.

 

Aclaro que todo esto es de un pasado. Reciente, pero pasado. Reconozco que hoy tuve una sorpresa. Como todas las mañanas me enfrenté al espejo y le hablé. Le hablé y le hablé. Creo que hasta le grité. De pronto advertí que la boca del espejo permanecía cerrada. Volví a hablar, lo insulté. Y nada. Sus labios no se movieron. Curiosamente, su mirada era de retroceso.

 

Entonces sentí que me inundaba un extraño regocijo, un esbozo de felicidad.

 

Y no era para menos. Por vez primera lo había dejado mudo. Por vez primera lo había derrotado. Inapelablemente.

 

Fuente: Circulo de lectores

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