viernes, 26 de diciembre de 2025

2 cuentos de Silvina Ocampo

 

Dos relatos breves para adultos 

de Silvina Ocampo

Te presento dos relatos breves para adultos de Silvina OcampoEl retrato mal hecho y El vendedor de estatuasTambién puedes escucharlos en Spotify o en Youtube. 

En “El retrato mal hecho”, Silvina Ocampo presenta la vida rígida y opresiva de una mujer atrapada en la inmovilidad emocional, el tedio doméstico y las apariencias sociales, donde la maternidad, el servicio y el orden cotidiano conviven con una tensión silenciosa y perturbadora. En este relato se explora la obsesión por la apariencia, la belleza artificial y la decadencia de la burguesía, donde un retrato distorsionado revela una verdad perturbadora sobre la familia y el rol de la sirvienta, a menudo implicando lo fantástico, la crueldad y lo siniestro en lo cotidiano, subvirtiendo expectativas y mostrando cómo la realidad puede ser más extraña que la ficción, a través de la mirada crítica hacia la sociedad argentina.

En “El vendedor de estatuas”, la autora narra la convivencia inquietante entre un hombre obsesionado con el control, la quietud y lo inanimado, y la presencia insistente de un niño que encarna lo imprevisible y lo vital; en este relato se explora la angustia existencial, el miedo a la infancia y la persecución del inconsciente, simbolizados en la figura de Octaviano Crivellini, el vendedor que se siente acosado por el niño Tirso, representando una amenaza a su mundo de estatuas frías y a su propia identidad, culminando en una fuga desesperada hacia el olvido y la nada, un tema recurrente en la obra de Ocampo sobre la melancolía y la imposibilidad de escapar del pasado

 

El retrato mal hecho

[Cuento - Texto completo.]

 A los chicos les debía de gustar sentarse sobre las amplias faldas de Eponina porque tenía vestidos como sillones de brazos redondos. Pero Eponina, encerrada en las aguas negras de su vestido de moiré, era lejana y misteriosa; una mitad del rostro se le había borrado pero conservaba movimientos sobrios de estatua en miniatura. Raras veces los chicos se le habían sentado sobre las faldas, por culpa de la desaparición de las rodillas y de los brazos que con frecuencia involuntaria dejaba caer.

Detestaba los chicos, había detestado a sus hijos uno por uno a medida que iban naciendo, como ladrones de su adolescencia que nadie lleva presos, a no ser los brazos que los hacen dormir. Los brazos de Ana, la sirvienta, eran como cunas para sus hijos traviesos.

La vida era un larguísimo cansancio de descansar demasiado; la vida era muchas señoras que conversan sin oírse en las salas de las casas donde de tarde en tarde se espera una fiesta como un alivio. Y así, a fuerza de vivir en postura de retrato mal hecho, la impaciencia de Eponina se volvió paciente y comprimida, e idéntica a las rosas de papel que crecen debajo de los fanales.

La mucama la distraía con sus cantos por la mañana, cuando arreglaba los dormitorios. Ana tenía los ojos estirados y dormidos sobre un cuerpo muy despierto, y mantenía una inmovilidad extática de rueditas dentro de su actividad. Era incansablemente la primera que se levantaba y la última que se acostaba. Era ella quien repartía por toda la casa los desayunos y la ropa limpia, la que distribuía las compotas, la que hacía y deshacía las camas, la que servía la mesa.

Fue el 5 de abril de 1890, a la hora del almuerzo; los chicos jugaban en el fondo del jardín; Eponina leía en La Moda Elegante: “Se borda esta tira sobre pana de color bronce obscuro” o bien: “Traje de visita para señora joven, vestido verde mirto”, o bien: “punto de cadeneta, punto de espiga, punto anudado, punto lanzado y pasado”. Los chicos gritaban en el fondo del jardín. Eponina seguía leyendo: “Las hojas se hacen con seda color de aceituna” o bien: “los enrejados son de color de rosa y azules”, o bien: “la flor grande es de color encarnado”, o bien: “las venas y los tallos color albaricoque”.

Ana no llegaba para servir la mesa; toda la familia, compuesta de tías, maridos, primas en abundancia, la buscaba por todos los rincones de la casa. No quedaba más que el altillo por explorar. Eponina dejó el periódico sobre la mesa, no sabía lo que quería decir albaricoque: “Las venas y los tallos color albaricoque”. Subió al altillo y empujó la puerta hasta que cayó el mueble que la atrancaba. Un vuelo de murciélagos ciegos envolvía el techo roto. Entre un amontonamiento de sillas desvencijadas y palanganas viejas, Ana estaba con la cintura suelta de náufraga, sentada sobre el baúl; su delantal, siempre limpio, ahora estaba manchado de sangre. Eponina le tomó la mano, la levantó. Ana, indicando el baúl, contestó al silencio: “Lo he matado”.

Eponina abrió el baúl y vio a su hijo muerto, al que más había ambicionado subir sobre sus faldas: ahora estaba dormido sobre el pecho de uno de sus vestidos más viejos, en busca de su corazón.

La familia enmudecida de horror en el umbral de la puerta, se desgarraba con gritos intermitentes clamando por la policía. Habían oído todo, habían visto todo; los que no se desmayaban, estaban arrebatados de odio y de horror.

Eponina se abrazó largamente a Ana con un gesto inusitado de ternura. Los labios de Eponina se movían en una lenta ebullición: “Niño de cuatro años vestido de raso de algodón color encarnado. Esclavina cubierta de un plegado que figura como olas ribeteadas con un encaje blanco. Las venas y los tallos son de color marrón dorados, verde mirto o carmín”.

 

El vendedor de estatuas

[Cuento - Texto completo.] 

Para llegar hasta el comedor, había que atravesar hileras de puertas que daban sobre un corredor estrechísimo y frío, con paredes recubiertas de algunas plantas verdes que encuadraban la puerta del excusado.

En el comedor había manteles muy manchados y sillas de Viena donde se habían sentado muchas mujeres y profesores gordos.

Mme. Renard, la dueña de la pensión, recorría el corredor golpeando las manos y contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Había un profesor de griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de la mesa; había un jugador de ajedrez; un ciclista; había también un vendedor de estatuas y una comisionista de puntillas, acariciando siempre con manos de ciega las puntas del mantel. Un chico de siete años corría de mesa en mesa, hasta que se detuvo en la del vendedor de estatuas. No era un chico travieso, y sin embargo una secreta enemistad los unía. Para el vendedor de estatuas aun el beso de un chico era una travesura peligrosa; les tenía el mismo miedo que se les tiene a los payasos y a las mascaritas.

En un corralón de al lado el vendedor de estatuas tenía su taller. Grandes letras anunciaban sobre la puerta de entrada: “Octaviano Crivellini. Copias de estatuas de jardines europeos, de cementerios y de salones”; y ahí estaba un batallón de estatuas temibles para los compradores que no sabían elegir. Había mandado construir una pequeña habitación para poder vivir confortablemente. Mientras tanto vivía en la casa de pensión de al lado y antes de dormirse les decía disimuladamente buenas noches a las estatuas.

Sentado en la mesa del comedor Octaviano Crivellini era un hombre devorado de angustias. Estaba delante de los fiambres desganado y triste, repitiendo: “No tengo que preocuparme por estas cosas”, “No tengo que preocuparme por estas cosas”.

El chico de siete años se alojaba detrás de la silla y con perversidad malabarista le daba pequeñas patadas invisibles, y esta escena se repetía diariamente; pero eso no era todo. Las patadas invisibles a la hora de las comidas, las hubiera podido soportar como picaduras de mosquitos de otoño, terribles y tolerables porque existe el descanso del mosquitero por la noche, las piezas sin luz y el alambre tejido en las ventanas, pero las diversas molestias que ocasionaba Tirso, el chico de siete años, eran constantes y sin descanso. No había adónde acudir para librarse de él. Debía de tener una madre anónima, un padre aterrorizado que nadie se atrevía a interpelar.

Hacía ya una semana de aquella noche en que se había escapado de la casa detrás de él. Sin duda lo había visto repartir besos con un movimiento habitual de limpieza sobre las cabezas de yeso que se movían en la noche con frialdad de estrella. Tirso se rió destempladamente y cabalgó sobre un león con melena suelta y abultada. La luna hacía de la tierra un lago relleno de sombras donde lloraban ángeles de cementerio, alguna Venus de ojos vacíos, alguna Diana Cazadora corriendo contra el viento, algún busto de Sócrates. Octaviano, al ver a Tirso cabalgando sobre uno de sus leones preferidos, abrevió rápidamente su despedida nocturna y se fue abrumado de vergüenza y terror.

Tirso, creyendo que el vendedor inmóvil de estatuas no lo había visto, sintió que tenía un poder prodigioso de invisibilidad, y volvió a acostarse en puntas de pie con la sensación de haber presenciado un milagro. Desde ese día todas las noches lo había seguido hasta el corralón, se había familiarizado con las estatuas, con las manos y los pies de yeso guardados en los armarios, con los perros blancos. Octaviano en cambio se había distanciado de sus estatuas, las limpiaba ahora con escasas caricias delante del chico.

Tirso empezó a cansarse de ese don de invisibilidad del que gozaba desde hacía poco tiempo. El jugador de ajedrez le había hablado dos o tres veces. El ciclista le había dado un caramelo. La comisionista le había probado un cuello de puntillas, confundiéndolo con una chica, un día que llevaba un delantal, pero el vendedor de estatuas no le hablaba.

Cuando terminaron de comer, Octaviano se levantó como un chico en penitencia, sin postre -él, que hubiera deseado que Tirso se quedara sin postre.

Se ató un pañuelo alrededor del pescuezo y salió como de costumbre. Tirso lo siguió. Empezaba a grabar su nombre con tiza colorada en las estatuas y Octaviano creía enloquecer de pena. Tirso lo desalojaba, le robaba su tranquilidad, lo asesinaba subterráneamente, y Tirso era inconmovible e independiente como lo son raras veces los grandes criminales. Cuando volvió a acostarse, al querer cerrar la puerta de su cuarto sintió una fuerza gigante que la retenía; hizo tentativas inútiles por cerrarla, hasta que de pronto, inesperadamente, se le vino encima, aplastándole casi el brazo. Pocos minutos después la puerta volvió a abrirse. No era necesario ver quién abría la puerta con esa fuerza, no podía ser sino Tirso; y esta escena, como las otras, se repitió todas las noches.

Las primeras veces trató de juntar toda su fuerza en los ojos al clavarlos sobre Tirso, pero los ojos de Tirso eran duros como paredes metálicas. Tenía unos ojos que nunca debían de haber llorado, y solamente matándolo se lo podía quizás lastimar un poco.

En el fondo del corralón había un gran armario donde el hombre desesperado se refugió una noche. Tirso, al ver que no estaba allí el vendedor de estatuas, se fue decepcionado. Pero persistió en sus cabalgatas nocturnas. Empezó a notar que sus actos eran tan invisibles como su cuerpo: los nombres que había grabado en las estatuas, no los encontraba nunca la noche siguiente; por eso sacó su cortaplumas para grabarlos, como en los árboles, de una manera más segura.

Una noche llena de perros que ladraban a la luna, el vendedor de estatuas se retiró más temprano que de costumbre en el refugio del armario. Tirso no se resolvía a bajarse de encima del león, pero al fin empezó a trotar en círculos y semicírculos enloquecidos, arrastrando un ruido de fierros oxidados por el suelo. El vendedor de estatuas después de un rato no oyó más nada; el silencio y el bienestar habían entrado de nuevo en la noche circundante. Iba a salirse del armario cuando oyó dar a la llave dos vueltas que lo encerraban.

Quedaba poco aire respirable, quizás alcanzaría para unas horas de vida; sintió desfilar todas las estatuas que había vendido y que no había vendido a lo largo de su existencia. Un ángel de cementerio estaba cerca de él y le indicaba el camino al cielo. Llevaba un nombre grabado sobre la frente. Tuvo miedo: sacó el pañuelo y borró largamente el nombre en la obscuridad del armario donde se acababan las últimas gotas de aire y de luz que todavía le permitían vivir.

 

Otros cuentos

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo otros cuento de esta escritora: La red.  

 

 

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Cuento de Navidad lleno de valores y sabiduría de Hans Christian Andersen

 Cuento de Navidad

Te presento a continuación El abeto, un cuento de Navidad lleno de valores y sabiduría de Hans Christian Andersen, que también puedes escuchar en formato audiocuento en mi canal de YouTube.

El abeto de Hans Christian Andersen es un cuento simbólico sobre un árbol joven que vive mirando hacia el futuro con impaciencia, deseando ser distinto y alcanzar una grandeza que imagina mejor que su presente. A través de su experiencia, el relato transmite valores profundos como la humildad, la paciencia y la importancia de vivir cada etapa de la vida con conciencia. El cuento enseña, con sensibilidad y sabiduría, que la felicidad no depende solo de llegar a un destino soñado, sino de comprender el sentido de cada momento vivido y de aprender a valorar la vida mientras se está desarrollando, antes de que el tiempo siga su curso.

El abeto

[Cuento completo]

Hans Christian Andersen

Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.

Pero el pequeño abeto sólo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorran el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.

Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.

“¡Ay!, ¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás?” -suspiraba el arbolillo-. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros.

Le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo.

Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.

En otoño se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.

¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?

En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:

-¿No saben adónde los llevaron ¿No los han visto en alguna parte?

Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:

-Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!

-¡Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero, ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?

-¡Sería muy largo de contar! -exclamó la cigüeña, y se alejó.

-Alégrate de ser joven -decían los rayos del sol-; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.

Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.

Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos -y eran siempre los más hermosos- conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.

«¿Adónde irán éstos? –se preguntaba el abeto-. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?».

-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! -piaron los gorriones-. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas doradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.

-¿Y después? -preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas-. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?

-Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.

-¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? -exclamó gozoso el abeto-. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero, ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.

-¡Gózate con nosotros! -le decían el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto.

Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: -¡Hermoso árbol!-. Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.

El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:

-¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.

Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?

Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes -nunca había visto el árbol cosa semejante- flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.

-Esta noche -decían todos-, esta noche sí que brillará.

«¡Oh! -pensaba el árbol-, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?».

Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.

Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!

-¡Dios nos ampare! -exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.

«¿Qué hacen? -pensaba el abeto-. ¿Qué ocurrirá ahora?».

Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.

Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.

-¡Un cuento, un cuento! – gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.

El hombre se sentó debajo de la copa.

-Pues así estamos en el bosque -dijo-, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.

-¡Ivede-Avede! -pidieron unos, mientras los otros gritaban-: ¡Klumpe-Dumpe!

¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.

El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando: -¡Otro, otro!-. Y querían oír también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual. «Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo» -pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable-. «¿Quién sabe? Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.

«Mañana no voy a temblar -pensó-. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de KlumpeDumpe, y quizá, también la de Ivede-Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.

Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.

«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.

«¿Qué significa esto? –se preguntó el árbol-. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?

«Ahora es invierno allá fuera -pensó-. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».

«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.

-¡Hace un frío de espanto! -dijeron-. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?

-¡Yo no soy viejo! -protestó el árbol-. Hay otros que son mucho más viejos que yo.

-¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? -preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos-. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?

-No lo conozco -respondió el árbol-; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros -. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: – ¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!

-¿Yo? -replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles-. Sí; en el fondo, aquéllos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.

-¡Oh! -repitieron los ratones-, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!

-¡Digo que no soy viejo! -repitió el árbol-. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, sólo que he dado un gran estirón.

-¡Y qué bien sabes contar! -prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquéllos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.

-¿Quién es Klumpe-Dumpe? -preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a éstas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.

-¿Y no sabe usted más que un cuento? -inquirieron las ratas.

-Sólo sé éste -respondió el árbol-. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.

-Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?

-No -confesó el árbol.

-Entonces, muchas gracias -replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.

Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».

Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.

«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.

«¡Ahora a vivir!», pensó éste alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.

En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.

-¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! -exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas.

El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.

«¡Todo pasó, todo pasó! -dijo el pobre abeto-. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».

Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en KlumpeDumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.

Y así hasta que estuvo del todo consumido.

Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.

 

Fuente: Ciudad Seva

 

Navidad

También te invito a leer y escuchar Estas navidades siniestras de Gabriel García Márquez.

 

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Estas navidades siniestras de Gabriel García Márquez

Reflexiones de Gabriel García Márquez

A continuación, te presento Estas navidades siniestras, un texto periodístico en el que Gabo reflexiona sobre una fiesta cada vez más desgastada por el capitalismo. Se trata de una de las columnas de opinión más críticas y sombrías del Nobel colombiano sobre la Navidad. Publicada en El País de España el 24 de diciembre de 1980, víspera de la celebración.

García Márquez examina con ironía y desencanto cómo la Navidad en América Latina ha perdido su sentido original y se ha convertido en una celebración ruidosa, consumista y ajena a las tradiciones propias. Contrasta los antiguos pesebres improvisados y llenos de imaginación con la invasión cultural del Santa Claus anglosajón, los adornos importados y las obligaciones sociales que vuelven la fecha una fiesta forzada y vacía. A través de recuerdos personales y observaciones críticas, el autor muestra cómo la inocencia se pierde y la autenticidad se diluye bajo la presión comercial y social, hasta el punto de distorsionar incluso la visión infantil de la Navidad. Por lo tanto, aquí tienes la ocasión de leer el texto o escucharlo en mi canal: Carla Narraciones.

 

Estas navidades siniestras

Gabriel García Márquez

Ya nadie se acuerda de Dios en navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.

Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos –como sucede en España con toda razón–, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día –como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria– perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la navidad, y mucho menos con la nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. Y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron a América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños –viendo tantas cosas atroces– terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

 

Relatos fascinantes

Me gustaría recomendarte un cuento fascinante de Eva García Sáenz de Urturi, Editorial Algoritmo, autora de El silencio de la ciudad blanca, la obra que la catapultó a la fama nacional e internacional.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Relato para adultos de Eva García Sáenz de Urturi, autora de El silencio de la ciudad blanca

Relato para adultos de Eva García Sáenz de Urturi

A continuación, te presento un relato para adultos de Eva García Sáenz de Urturi, autora de El silencio de la ciudad blanca, la obra que la catapultó a la fama nacional e internacional. La saga se convirtió en un fenómeno de ventas, fue traducida a numerosos idiomas y su primer volumen fue adaptado al cine, consolidando definitivamente su éxito.

Resumen y significado del relato

El relato para adultos que os traigo hoy, Editorial Algoritmo, es un relato que presenta un futuro cercano donde la hiperautomatización y las inteligencias artificiales han sustituido casi por completo el contacto humano, los empleos tradicionales y la creación literaria, mientras un joven ingeniero y escritor aficionado lucha por mantener viva su identidad en un mundo donde la autenticidad parece obsoleta. A través de una reunión con viejos amigos, la pérdida del trabajo y un inesperado encuentro con la editorial dominante, la historia explora la nostalgia por lo humano, el valor de las emociones reales y la resistencia silenciosa de quienes aún creen en la creatividad y en la experiencia vivida. El significado profundo del relato gira en torno a la reivindicación de la literatura escrita por personas, la importancia de lo que no puede imitarse con algoritmos y la idea de que, incluso en un mundo dominado por la IA, la verdad emocional sigue siendo insustituible.

 

Editorial Algoritmo

Dos años sin ver a tus mejores amigos parece un tiempo prolongado, pero estamos en 2030 y los encuentros presenciales requieren mucha planificación para poner a todas las partes y sus parejas IA —Inteligencia Artificial— de acuerdo y el único nostálgico de la cuadrilla era yo. Pese a que todos vivimos en el mismo barrio y algunos de nosotros en el mismo edificio, la pereza de quedar en una cafetería a pie de calle dificultaba el encuentro.

Enzo había engordado, todos sospechábamos que abusaba del filtro adelgazante de Teams. Era el más reacio al café presencial, tal vez esa era la causa. Se presentó con Alexia, su mujer IA, la había adquirido por diez mil euros, con la configuración pro a la medida de sus gustos y su carácter. A mí me parecía que era una réplica de Alicia, su primera novia, la que conoció en primero de la ESO, antes de la pandemia de 2020, cuando tenía trece años.

Éramos seis, los seis que estudiamos y pasamos la EBAU juntos. Estudiamos ADE porque era lo que se hacía y luego nos estrellamos cuando ninguno encontró trabajo y nos reciclamos una y mil veces en másteres que se llevaron lo que ganamos sirviendo copas en Malasaña.

—Oliver, tú eres el único que no miente en Teams. ¡Estás igual que la última vez que nos vimos! —me saludó mi amigo.

—¡Qué vintage eres! —se burló Niko. Era coach de adolescentes—. Por cierto, ¿es verdad que aquí hay que llamar al camarero y pedir la bebida? ¿No tienen app?

—Han abierto varios locales en el barrio, yo no creo que funcione esto de tomar cafés presenciales —dijo Paula—. Hace tiempo que no me ponía ropa de calle y me queda pequeña.

—Siento lo de tu abuelo —intervine—. ¿Cómo lo llevas?

Paula se encogió en el sofá.

—Fue un palo, no nos lo esperábamos. Solo tenía 106 años, estaba muy bien, al menos eso decía el informe de la residencia. Quería hablaros de eso, es por si lo veis cuando hagamos un Teams, no os asustéis.

—¿Lo has hecho? ¿Tan pronto? ¿Lo has encargado? —pregunté, preocupado.

—Sí, ¿para qué pasar el luto? Es una start-up especializada en IAs geriátricos. Te envía réplicas exactas de tus abuelos, pero con el carácter mejorado si contratas una permanencia anual. Yo lo he pedido menos hablador y la textura de la piel es la misma que la del abuelo, aunque puedo cambiarle la temperatura.

—¿Y de verdad que no notas la diferencia? —insistí, incrédulo.

—Es un IA, claro que no lo notas. Es mi abuelo, salvo que si me cansa tanta conversación lo desconecto y lo meto en un armario. Sé que era más realista comprarle una cama, pero en mi piso de treinta metros cuadrados no me cabe.

Yo alargué la mano, Paula dio un respingo.

—Perdona… es por si necesitabas un abrazo —me disculpé.

—No pasa nada —contestó, incómoda.

Hacía tiempo que yo no tocaba a nadie y hacía más que nadie tocaba a Paula. A mí me hubiese gustado que alguien me abrazase cuando ocurrió lo de mi hermana, la verdad.

Gracias a dios mi smartphone vino a salvar el momento.

—Lo siento, es mi jefe —dije extrañado, después de leer su mensaje—. Quiere una reunión en veinte minutos.

—Será para ofrecerte otro proyecto —dijo Enzo.

—Lo sé, lo sé.

Me iba muy bien encadenando proyectos de minería de datos. Dos años y cuatro meses seguidos, un récord en mi sector.

Aunque tenía un segundo oficio, uno secreto que no compartía con nadie. Algo tan vintage que todos se habrían apartado de mí: tenía un blog. Un blog literario. Escribía una novela por entregas, como Dickens y su Grandes esperanzas. Y tenía, según las estadísticas, un pico de ocho lectores. Ocho lectores.

Haciendo honor a la verdad, solo tenía tres lectores constantes. Mi madre, sin duda alguna, y algún par de añorantes del pasado como yo.

Los escritores habían dejado de publicar o más bien, las editoriales habían dejado de publicar a los escritores. La gente se volvió loca con las primeras novelas de la Editorial Algoritmo, fascinados al descubrir que la IA acertaba con sus gustos lectores.

Primero fueron las series de Netflix, el algoritmo elegía nuestros gustos y los clavaba. Después, un emprendedor pensó que el éxito podía expandirse a otras ficciones, creó sus IAs escritoras y comenzó a publicar: novelas que analizaban los gustos de lectura de cada uno en la plataforma, los autores favoritos, las tramas y los finales con más éxito. La IA escribía la historia, que estaba disponible con las voces narrativas a la carta: un irónico Wilde, un florido García Márquez, un sobrio Murakami.

En un par de años todas las novelas de la Editorial Algoritmo ya copaban las listas de los más vendidos. Simplemente, cambió el paradigma y los hábitos de consumo de los lectores. Los anticipos a los escritores de carne y hueso menguaron hasta que uno a uno fueron buscando otro trabajo alimenticio que pagara el alquiler y la residencia de sus padres. Nadie quería arriesgarse a comprar novelas escritas por personas: preferían asegurar la compra y las horas de lecturas con novelas escritas por la infalible IA. El algoritmo nunca fallaba y todas sus novelas puntuaban sistemáticamente cinco estrellas.

En poco tiempo escribir novelas se consideraba de perdedores, tanto como empeñarse en ser campanero o afilador. Era un oficio del pasado que ni siquiera había pasado el cribado de la nostalgia. Aún no se echaba de menos.

Sé que los incomodé cuando repartí besos y abrazos, salvo la IA de Enzo, que sonrió retadora, como a él le hubiera gustado que sonriera Alicia. Tal vez la última actualización sí le funcionaba.

Subí a mi piso, me puse el pantalón del pijama y me dejé la camiseta. Mi jefe era un nómada digital que trabajaba en espacios coworking en playas del sudeste asiático, la formalidad estética no era lo suyo.

Entré en el enlace de la reunión.

—Seré breve —me dijo con una sonrisa. Pensé que vendrían las buenas noticias—. Ya sabes mi máxima: contrata despacio y despide deprisa.

—Lo sé —asentí, relajado—, ¿vas a contratarme a un asistente?

—En realidad estamos haciendo cambios y hemos contratado a una IA que os va a reemplazar a todos, en Madrid, en Tokio y en Nueva York. De entrada es una inversión considerable, pero en tres años estará amortizado y tú no vas a seguir tres años a pleno rendimiento. No es humano.

Lo miré, sin creerlo demasiado. Tal vez a él ya lo habían reemplazado, tal vez tenía delante a una IA idéntica al que ya no era mi jefe. No pude averiguarlo, para cuando pude hilar algunas palabras congruentes él se despedía con una sonrisa mientras un dron a sus espaldas surcaba el cielo con un paquete de Amazon.

Me quedé mirando un buen rato la pantalla de palmeras que dejó a su paso. Creo que pasé varias horas embobado, o más bien paralizado. Después, deprimido, entré en el blog. Cuando la vida se ponía cabrona solo me consolaba escribir. Otro capítulo. De acuerdo. «Úsala», pensé. «Usa tu rabia, así se escriben las novelas inolvidables».

Y en aquel espacio perdido de la red, más allá de la sorpresa, me encontré con lo impensable: un comentario. Un comentario a la espera de ser aprobado. Debía de ser un error. Los comentarios en un blog de ocho —de tres— lectores son estadísticamente improbables, por no descartar directamente lo imposible. Simplemente no sucede. Pero había un comentario.

«Buenos días, mi nombre es Telmo Durán, soy el CEO de la Editorial Algoritmo. Soy además un lector habitual de tu blog. Me gustaría que nos viésemos en persona.»

«En persona», pese a mis reticencias, solo aquel «en persona» me ganó.

Un día después un Cabify me llevaba a su chalet en una urbanización privada a las afueras de Madrid. Me esperaba un espigado CEO con jersey negro y cuello de cisne, pero resultó ser un tipo bajito, calvo y afable.

—Seré breve —comenzó, a modo de saludo—. Pasa y te explico.

Yo me persigné. Dos «seré breve» en veinticuatro horas eran más de lo que me temía soportar.

—Me gustaría contratarte para la editorial.

Era eso.

—Mire, soy ingeniero de minería de datos, es cierto, pero estoy centrado en banca, no en el sector editorial. Creo que hay cientos de ingen…

—Qué mal te vendes, hijo. Eso es muy propio de escritores. Creo que no me has entendido. Llevo años leyendo lo que escribes. Te necesito como escritor, como blanco literario para la editorial.

No pasé de la puerta, Telmo sonrió.

—¿Blanco literario? Pensé que era una leyenda urbana.

Se decía que los blancos literarios eran escritores de carne y hueso que escribían las novelas que después se publicaban como concebidas por el algoritmo. Era una idea estúpida y nadie le daba la mínima credibilidad.

—Voy a mostrarte las tripas de la editorial. Pero antes necesito que firmes este contrato de confidencialidad —dijo, mientras me enviaba un enlace—. Si rechazas mi propuesta, no podrás hablar de ella a nadie.

—Estoy sospechando que nadie me creería.

—Aprendes rápido, eso está bien. Baja conmigo —dijo, señalando unas escaleras.

En el sótano de su inmenso chalet había una oficina. Una oficina de las que se veían en las series, muy años ochenta del siglo XX. Una veintena de personas tecleaban concentradas sobre sus portátiles. Solo veía sus espaldas.

Al final de la sala había un reloj que marcaba las tres en punto. Entonces la luz LED se iluminó y todos se levantaron, hicieron varios estiramientos, cada uno a su modo, y comenzaron a recoger entre risas y palmadas en la espalda.

Yo los observaba atónito desde lo alto de las escaleras.

—¿No teletrabajan? —pregunté, emocionado.

—No, es la única manera de que sean escritores productivos y cumplan con los plazos de entrega. Vienen todos los días de nueve a tres y me entregan un capítulo.

Miró su smartphone de rutenio, se escucharon, una tras otra, una veintena de notificaciones.

—Siempre cumplen, no hay bloqueos —comentó satisfecho.

—Creo que ya lo estoy entendiendo: está preparando una nueva línea editorial. Va a lanzar una línea vintage de novelas escritas por personas. Lo siento, es usted más idealista que yo: no va a funcionar.

—Por supuesto que no va a funcionar, los lectores de hoy rechazan las novelas escritas por personas. La gente quiere novelas rápidas, buenas, documentadas y que no les defrauden.

—¿Entonces?

El editor me miró con una sonrisa traviesa, se estaba divirtiendo.

—Te voy a dejar con ello. Algunos se quedan por la tarde por gusto y se traen su táper. Puedes seguirlos a la sala de los cafés.

—¿Su táper? Mi madre se llevaba un táper a su trabajo, según me contaba —recordé emocionado—. ¿Todavía se venden?

—En todocolección quedan algunos. Te dejo, no se te vayan a escapar. Baja y habla con ellos.

Entré en la sala donde algunos comían. Otros esperaban a que su ensalada se imprimiese en la impresora 3D. Varias mujeres y hombres, todos ellos…

Todos ellos eran mis héroes de la infancia, mis referentes. Se sentaron juntos en una mesa, pero yo me acerqué a la mujer que se preparaba una infusión en un cacharro desvencijado.

—Perdone, ¿usted es Alejandra Zambrano? Yo la he leído a usted de adolescente. Incluso iba a sus firmas en el Retiro.

La mujer sonrió como si guardara un dulce secreto.

—El Retiro… qué pena que ya no se hagan más firmas.

—Es lo que tienen las IA escritoras, que no pueden firmar.

—Esto es mejor, chico.

—Oliver, Oliver Laforet. ¿Por qué dice que esto es mejor?

Ella me miró como si mi nombre le dijera algo. Algo agradable.

—Porque tenemos lo bueno de escribir sin las servidumbres de la promoción y sin el aislamiento de la fase creativa. Yo nunca había sido tan feliz escribiendo como ahora.

—Pero… usted se retiró hace años, su última novela fue La quimera.

—Qué va, mi última novela está número uno en el top de ventas.

—No… no puede ser —dije —. El último cisne negro es pura IA.

Zambrano sonrió.

—¿Pura IA? ¿Eso crees? ¿La has leído? —preguntó mientras me ofrecía un té.

—Lo leo todo, sí. Prefiero novela humana, pero me gusta estar al día en los Teams.

—¿Y tú crees que una IA podría haber descrito ese parto? ¿Crees que un algoritmo pudo estar en ese quirófano, temblando cuando su hija no respiró, cuando se la llevaron? que crees que una fría IA pudo estar allí. No, hijo. Fui yo, yo parí esa escena.

Y me di cuenta de una verdad que me avergonzó: no la había reconocido. Había leído a mi autora favorita y mis prejuicios lectores no me dejaron ver lo que una voz me susurraba a gritos: que era ella, que El último cisne negro me había conmovido y yo, culpable, había maldecido al algoritmo por hacerme sentir.

—Por cierto —dijo, mientras daba un sorbo a su té—. Muy bueno el capítulo, cuando pierdes a tu hermana. Eso tampoco se finge.

—¿Usted… usted me lee?

La taza con el té hirviendo se me derramó un poco sobre la mano. No me importó. Ni me enteré.

Porque entonces comprendí: Alejandra Zambrano, mi escritora favorita, era la tercera lectora de mi blog.

Ese día me convertí en un blanco literario.

Ese día me uní a mis maestros para derrocar al algoritmo.

Fuente: Zendalibros


Otros relatos para adultos

Si te gustan los relatos, te recomiendo también dos textos de Andrés Caicedo, escritor colombiano de culto conocido por su estilo visceral, su mirada crítica sobre la juventud y la vida urbana, y por una obra breve pero intensa marcada por su muerte temprana a los 25 años.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Poemas más motivadores de la historia escritos por grandes poetas

Poemas más motivadores de la historia

A continuación, deseo presentarte algunos de los poemas más motivadores de la historia. Este video nace como un pequeño regalo. Se acercan las fiestas de Navidad, y sé que en este tiempo aparentemente luminoso, también pueden esconderse sombras, nostalgias o silencios que pesan. Por eso, estos poemas son para vosotros: para que en ellos encontréis refugio, compañía y un consuelo suave que alivie un corazón cansado. 

Puedes escucharlos en mi canal de YouTube,

Comparto aquí algunos de los poemas que he recogido en este blog y que, por su belleza, me han tocado especialmente.


Vida - Alfonsina Storni

Mis nervios están locos, en las venas
la sangre hierve, líquido de fuego
salta a mis labios donde finge luego
la alegría de todas las verbenas.

Tengo deseos de reír; las penas
que de donar a voluntad no alego,
hoy conmigo no juegan y yo juego
con la tristeza azul de que están llenas.

El mundo late; toda su armonía
la siento tan vibrante que hago mía
cuando escancio en su trova de hechicera.

Es que abrí la ventana hace un momento
y en las alas finísimas del viento
me ha traído su sol la primavera.

 

La palabra infinito - Ida Vitale

La palabra infinito es infinita,
la palabra misterio es misteriosa.
Ambas son infinitas, misteriosas.
Sílaba a sílaba intentas convocarlas
sin que una luz anuncie su dominio,
una sombra señale a qué distancia de ellas
está la opacidad en que te mueves.
Van a algún punto del resplandor y anidan,
cuando las dejas libres en el aire,
esperando que un ala inexplicable
te lleve hasta su vuelo.

La vida - Augusto Branco

Ya perdoné errores casi imperdonables.
intenté sustituir a personas insustituibles,
y olvidar personas inolvidables.

Ya hice cosas por impulso,
ya me decepcioné de personas que pensé que nunca me decepcionarían,
pero también yo decepcioné a alguien.

Ya abracé para proteger,
ya reí cuando no podía,
ya hice amigos eternos,
y amigos que nunca volví a ver.

Ya amé y fui amado,
pero también, ya fui rechazado.
Ya fui amado y no supe amar.

Ya grité y salté de tanta felicidad,
ya viví de amor e hice juramentos eternos,
pero también fallé muchas veces...

Ya lloré escuchando música y viendo fotos,
ya llamé sólo para escuchar una voz,
ya me enamoré por una sonrisa.

Ya pensé que me moriría de tanta tristeza
y tuve miedo de perder a alguien especial
(y terminé perdiéndolo).
¡Pero sobreviví!
¡Y todavía vivo!

No paso simplemente por la vida...
Y tú tampoco deberías simplemente pasar…
¡Vive!

Es bueno es ir a la lucha con determinación,
abrazar la vida y vivir con pasión,
perder con clase y vencer con osadía,
porque el mundo pertenece a quien se atreve,
y la vida es demasiado preciosa
como para considerarla insignificante.

 

 Monólogo de Segismundo - Pedro Calderón de la Barca

Es verdad. Pues reprimamos
esta fiera condicion,
esta furia, esta ambición,
por si alguna ve soñamos:
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta dispertar.
Sueña el Rey que es rey
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que á medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me ví.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Viajando conmigo - Oscar Hahn

A donde quiera que vaya
a donde quiera que me mueva
nada va a pasar
nada va a cambiar
porque me llevo a mí conmigo
No me quedo allá atrás
no me alejo de mí:
me traigo a cuestas
Otra casa otro cielo otro tiempo
darán lo mismo: son lo mismo
La vida no está en otra parte
la vida está donde uno está

Cargar conmigo por el mundo
no es cosa fácil
Tampoco deshacerme de mí
o dejarme tirado en algún sitio
Yo no soy el bañista de Heráclito
Yo me baño siempre en el mismo río
Y si ese río va a dar a la mar
que es el morir
allá me voy con él
Porque yo soy el río
pero también el mar

A la brevedad de la vida - Francisco de Quevedo

¡Cómo de entre mis manos te resbalas!
¡Oh cómo te deslizas, vida mía!
¡Qué mudos pasos tras la muerte fría
con pisar vanidad, soberbia y galas!

Ya cuelga de mi muro sus escalas,
y es su fuerza mayor mi cobardía:
Por vida nuevo tengo cada día,
que el tiempo cano nace entre las alas.

¡Oh mortal condición! ¡Oh dura suerte!
¡Que no puedo querer ver el mañana
sin temor de si quiero ver mi muerte!

Cualquier instante de esta vida humana
es un nuevo argumento que me advierte
cuán frágil es, cuán mísera y cuán vana.

cada momento.

 

Los días van tan rápidos - Gonzalo Rojas

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación,
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.

Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.

Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora.

Oda a la vida - Pablo Neruda

La noche entera
con un hacha
me ha golpeado el dolor,
pero el sueño
pasó lavando como un agua oscura
piedras ensangrentadas.
Hoy de nuevo estoy vivo.
De nuevo
te levanto,
vida,
sobre mis hombros.

Oh vida, copa clara,
de pronto
te llenas
de agua sucia,
de vino muerto,
de agonía, de pérdidas,
de sobrecogedoras telarañas,
y muchos creen
que ese color de infierno
guardarás para siempre.

No es cierto.

Pasa una noche lenta,
pasa un solo minuto
y todo cambia.
Se llena
de transparencia
la copa de la vida.
El trabajo espacioso
nos espera.
De un solo golpe nacen las palomas.
Se establece la luz sobre la tierra.

Vida, los pobres
poetas
te creyeron amarga,
no salieron contigo
de la cama
con el viento del mundo.

Recibieron los golpes
sin buscarte,
se barrenaron
un agujero negro
y fueron sumergiéndose
en el luto
de un pozo solitario.

No es verdad, vida,
eres
bella
como la que yo amo
y entre los senos tienes
olor a menta.

Vida,
eres
una máquina plena,
felicidad, sonido
de tormenta, ternura
de aceite delicado.

Vida,
eres como una viña:
atesoras la luz y la repartes
transformada en racimo.

el que de ti reniega
que espere
un minuto, una noche,
un año corto o largo,
que salga
de su soledad mentirosa,
que indague y luche, junte
sus manos a otras manos,
que no adopte ni halague
a la desdicha,
que la rechace dándole
forma de muro,
como a la piedra los picapedreros,
que corte la desdicha
y se haga con ella
pantalones.
La vida nos espera
a todos
los que amamos
el salvaje
olor a mar y menta
que tiene entre los senos.

Vida, mi vida - Alejandra Pizarnik

Vida, mi vida,
déjate caer, déjate doler, mi vida,
déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo,
de piedras verdes en la casa de la noche,
déjate caer y doler, mi vida.

Mi vida huele a flor - Elvira Sastre

He redondeado esquinas
para no encontrar monstruos a la vuelta
y me han atacado por la espalda.
He lamido mi cara cuando lloraba
para recordar el sabor del mar
y solo he sentido escozor en los ojos.
He esperado de brazos cruzados
para abrazarme
y me he dado de bruces contra mi propio cuerpo.
He mentido tanto
que cuando he dicho la verdad
no
me
he
creído.

He huido
con los ojos abiertos
y el pasado me ha alcanzado.
He aceptado
con los ojos cerrados
cofres vacíos
y se me han ensuciado las manos.
He escrito mi vida
y no me he reconocido.

He querido tanto
que me he olvidado.
He olvidado tanto
que me he dejado de querer.

Pero
he muerto tantas veces
que ahora sé resucitar
—la vida es
quien tiene la última palabra—.
He llorado tanto
que se me han hecho los ojos agua
cuando he reído,
y me he besado.
He fallado tantas veces
que ahora sé cómo discernir los aciertos de lo inevitable.
He sido derrotada por mí misma
con dolor y consciencia,
pero la vuelta a casa ha sido tan dulce
que me he dejado ganar
—prefiero mi consuelo
que el aplauso—.

He perdido el rumbo
pero he conocido la vida en el camino.
He caído
pero he visto estrellas en mi descenso
y el desplome ha sido un sueño.

He sangrado,
pero
todas mis espinas
han evolucionado a rosa.

Y ahora
mi vida
huele a flor.

Oda a la vida retirada - Fray Luis de León

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.

Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserablemente
se están los otros abrazando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.


Otros poemas

Julia de Burgos

Si te gustan los poemas, te recomiendo Poemas de Julia de Burgosuna activa promotora de la liberación de la mujer y considerada por muchos críticos como la más excelsa poetisa puertorriqueña.

 

 

 


sábado, 29 de noviembre de 2025

Mi cuerpo es una celda y Vacío: audiolibro de Andrés Caicedo

 

Andrés Caicedo

A continuación, te presento dos cuentos maravillosos de Andrés Caicedo (Cali, Colombia, 1951–1977), considerado uno de los escritores más originales de la literatura colombiana: “Mi cuerpo es una celda” y “Vacío”. También presento sus resúmenes y significados, y si quieres escucharlos en formato audiolibro, puedes hacerlo en mi canal de YouTube.

La vida de Andrés Caicedo fue un destello breve, pero encendido con una intensidad que pocos pueden sostener. Él mismo decidió detener su camino, quizá para poner fin a un sufrimiento que le ardía por dentro. 

Es que, a veces, quienes cargan dolores que desbordan el alma son también quienes dejan las páginas más luminosas, aquellas que revelan una sensibilidad fuera del tiempo y ajena al ruido del mundo. Hoy me gustaría compartir contigo la carta que Caicedo escribió a su madre antes de despedirse.

Mamacita: Cali, 1975.

Un día tú me prometiste que cualquier cosa que yo hiciera, tú la comprenderías y me darías la razón. Por favor, trata de entender mi muerte. Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste, y estoy seguro de que cada día que pase, cada una de estas sensaciones o sentimientos me irán matando lentamente. Entonces prefiero acabar de una vez.

De ti no guardo más que cariño y dulzura. Has sido la mejor madre del mundo y yo soy el que te pierdo, pero mi acto no es derrota. Tengo todas las de ganar, porque estoy convencido de que no me queda otra salida. Nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo.

…Acuérdate solamente de mí. Yo muero porque ya para cumplir 24 años soy un anacronismo y un sinsentido, y porque desde que cumplí 21 vengo sin entender el mundo. Soy incapaz ante las relaciones de dinero y las relaciones de influencias, y no puedo resistir el amor: es algo mucho más fuerte que todas mis fuerzas, y me las ha desbaratado.

Resumen y significado de los dos cuentos de Andrés Caicedo

 En Mi cuerpo es una celda, Andrés Caicedo nos muestra a un joven lejos de su hogar, atrapado en la nostalgia y el desarraigo. Al despertar en Los Ángeles, descubre que la distancia y el éxito profesional no pueden llenar la carencia afectiva de un amor infantil perdido: el cuidado y la seguridad que solo su madre pudo darle cuando era niño. Desde una perspectiva psicológica, el cuento revela cómo la tensión entre el niño interior que aún necesita protección y el adulto que debe enfrentar la vida convierte al narrador en prisionero de sus propios deseos y carencias. Caicedo captura con intensidad la lucha interna de quienes cargan heridas de apego, mostrando cómo la independencia y los logros no borran el vacío emocional que persiste frente a la ausencia de afecto profundo.

En Vacío, Andrés Caicedo expone la conciencia torturada de un narrador atrapado entre el sentimiento de fracaso personal y la imposibilidad de encajar en los mundos que lo rodean: la familia que lo percibe como un hijo inútil, la ciudad que se le presenta hostil y deshabitada, y su propia mente, que lo golpea con una violencia implacable. A lo largo del relato, el personaje se examina con brutal honestidad: sus obras tempranas, su dificultad para comunicarse, sus vergüenzas amorosas; y comprende que su dolor no surge solo de fracasos concretos, sino de una fractura más profunda: la imposibilidad de crecer sin perder la ternura que alguna vez recibió y la voz que anhela tener. Su paseo nocturno por una Cali vacía refleja su mundo interior: incluso el encuentro con Angelita, cargado de deseo y esperanza, no logra disipar la sensación de desamparo. Así, el texto revela que el verdadero vacío no está en la ciudad ni en las circunstancias externas, sino en un yo que busca desesperadamente un espacio donde no sentirse perdido, una conciencia que late entre nostalgia, impotencia y deseo de pertenencia.

 

Mi cuerpo es una celda

La despertada es la peor hora para la nostalgia. En esta semana me he acostado a dormir agradeciendo que tengo un cuarto y una buena cama, pero en las últimas dos noches me duermo con un poco de miedo de lo que voy a sentir al otro día, cuando me despierte, y vea que no estoy en casa y que a lo que he venido aquí a esta tierra, a Los Ángeles, a vender un guión, tal vez no sea posible realizarlo.... Este sábado había planeado escribir la sinopsis de ambos guiones y llevárselas a mostrar al cubano. Me eché en el sofá y dormí unas dos horas, inquieto. Mejor no lo hubiera hecho, porque me desperté en medio de un infierno. ¿Por qué es este sufrimiento? ¿Por qué esta falta que me hace mi madre si sé que cuando regrese a Cali y la vea, igual voy a seguir con la misma ausencia? Entonces es sencillamente una organización de datos para elaborar el sufrimiento, porque lo que pretendo, no es una madre que vive en Cali, Colombia, a una inmensa distancia de aquí, sino una madre que no tendré nunca, una madre que sólo pudo trabajar bien en su cuidado y su ternura cuando yo era un niño y aún no tenía razones para oponerme, cuando no era sino debilidad y necesidad y una cosa chiquita. Ahora no soy más un niño. Soy una cosa grande con la misma necesidad y peor debilidad.... Pero ya no tendré más el cuidado de mi madre, ya una parte de mí, mi razón, mi cordura, se opone a ella. Por eso es que me ataca esta nostalgia de un estado imposible: desear no haber crecido nunca y haberla seguido viendo sólo como la persona que me cuidaba y me daba la única compañía que me servía. He crecido tan duro y tan malo y con tantas cucarachas en la cabeza. Y no se pudo poner a una distancia correcta con mi crecimiento, ¿por qué si me cuidaba cuando chiquito, por qué no quiso cuidarme mi pensamiento modificando su mismo pensamiento?  ¿Por qué no saber que mi pensamiento no está a gusto con el de los demás, con la gente fuera de su dominio, que no estaría a gusto con ella? ¿Qué es lo que yo necesito entonces? ¿Qué es lo que tengo que hacer?



Vacío

Me desperté esta tarde sintiéndome nada más que una cosa sufriente y dolorosa y echando gotas. Es la conciencia del fracaso la que no me deja en paz. Digo, ¿considero un fracaso haber venido acá y no haber vendido nada? ¿Considero un fracaso no poder regresar ya, ahora, cuando quiero estar allá y pienso en lo que podré hacer allá, y resuelvo: me encerraría en un cuarto, y esperar la hora de cada comida y ser servido por la sirvienta, a la que detesto por servirme y por gustarle servir, y conversar en la mesa con mis padres o si no oírlos conversar de lo que para mí no tiene ningún sentido, nosotros tres, los dos viejos y el hijo hombre que nunca creció, nunca consiguió mujer y envejeció antes de cumplir los 20 años. El hijo que escribió el grueso de su producción cuando aún su mente no estaba formada, ni tenía suficientes referencias para que pudiera escribir lo que se dice buena literatura. El grueso de su producción fue compuesta entre los 15 y los 17 años. Dirigió cinco obras de teatro, escribió seis. Trató de actuar y nunca pudo porque hablar no puede, no sabe hablar, es mudo como un niño. Ahora, buscando una nueva posición para acomodar mejor su angustia, trató de sacar la misma frase que venía pensando, a martillazos, hasta que ya lo estaba enloqueciendo, era la misma frase hace por lo menos diez minutos de pena doliente, y sintiendo adentro un punzar y una quebrazón de espejos exclamó: ¿qué es lo que ha sido mi vida? Y se avergonzó ante lo ridículas que le habían salido las palabras, como si alguien hubiera estado presente para sentir incomodidad por ellas, para censurarlo. Como aquella vez en la que tirado en una mesa de arquitectura, inventé una historia llena de verde, de campos verdes, delante de Luz Ángela, que escuchaba, y hablando, como lo hice arriba, en tercera persona, dije: “Por qué Andrés siempre está tan solo?”. Lo dije para conmoverla y ella no dijo nada, jamás dijo nunca nada. Ese hecho ha pasado a ser uno de los que engrosa la bolsa negra, la bolsa de alquitrán en donde guardo los sucesos insoportables de mi vergüenza. Fue como si ella me estuviera escuchando, sí, y yo cambié de posición, había dicho aquella frase tirado en la alfombra y más bien me paré y me acurruqué en el sofá pensando en mi regreso a Cali, como digo, podría encerrarme en el cuarto y matar de la pena a mi madre. Para que me digan, como me dijeron: «Tienes que pensar en que nosotros ya estamos viejos». Es decir, ya no tenemos por qué presenciar las locuras de niño, anda y te buscas una vida, sé como tus hermanas, cásate, procrea, sé útil a la sociedad. Ellos nunca me han tomado en serio una vez que fui creciendo y fui descubriendo los motivos por los cuales tenía que rechazar su cuidado, ese que ahora no digamos necesito, ese que ahora añoro porque en él está la clave de cómo comencé a perderme; nunca han tomado en serio mis escritos.

 

 A lo mejor no he debido estarme tanto tiempo en la casa de Angelita porque cuando Salí todo estaba vacío. Casi que me vuelvo para atrás. Voltié la cara y ella me estaba diciendo adiós desde la ventana. Por primera vez estuvimos juntos más de una hora. Nos amamos por primera vez.  Ella me dijo adiós desde la ventana. Yo no podía regresar. Yo tenía que irme. Le sonreí a su cara que salía por la ventana y empecé a caminar toc toc toc  por el pavimento resquebrajado. Me había metido las manos a los bolsillos. Recorrí muy despacio su calle. Los sauces que crecen a lada y lado y la iluminación de mercurio. Todo eso vacío. No podía regresar. Sus papás no demoraban en llegar y quien sabe si con un hermano. Yo no quiero morir  tan joven. Vacía la esquina de la casa de Angelita Y la luna llena. Esa luna llena que se está llenando desde hace cuatro días y hoy es cuando está más llena.  Hoy es la noche del peligro mano.

 

Vacío Sears cuando pasé por allí. No estaban ni siquiera los vigilantes que cargan escopeta y que le tiran de una al primero que venga a robarle algo a lo que los gringos tienen en Sears. Vacía toda la Avenida Estación pero yo cerré bien los puños dentro de los bolsillos y caminé por la mitad de la calle. Echando ojo a cada sombra a cada casa a cada raya. Cuando paso por aquí  de día y todo eso. Siempre pienso en Angelita. Desde la Avenida Estación se ve su casa. La parte de atrás de su casa. Y cuando paso por aquí de día y hay sol y todo eso y la gente que pulula. Pienso por qué no ir donde Angelita. Tocar a la puerta. Preguntar por ella. Por qué no. Qué tiene eso de malo. Pase por detrás de su casa Y pensé en ella. Me la imagine ya casi dormida, abrazando una de las almohadas pensando En mí, Pensando en mañana  cuando se levantara y me llamara por teléfono y yo le contestara, todo eso,  contarle que cuando Salí de su casa la calle estaba vacía y que me había dado miedo al principio pero después no, por algo es uno alumno de sexto del colegio san Juan Berchmans. Desde donde yo estaba mirando se veían la ventana de sus papás y la del cuarto de las mantecas y las cortinas de la sala. Me hubiera gustado treparme al techo, Caminar hasta su cuarto y despertarla de un beso en mejilla juntarle mi cara, respirarle en las orejas, preguntarle por mi, que si me ha pensado mucho, me hubiera gustado eso, Tal vez si no hubiera salido tan tarde de su casa, no me hubiera encontrado esta calle tan vacía, caminé despacio hasta  Deiri Frost.  Vacío Deiri Frost allí donde uno se aparece cualquier día y se encuentra con los muchachos. Con Pedro Y con pablo y chucho y Jacinto y José, toda la gente, y eso es que le preguntan a uno que para dónde va y uno contesta para ver a donde es que lo invitan, y allí de una le plantean onda,  con cualquier par de hembras, cosas así, cualquier día, pero de día, ahora el Deiri Frost. Estaba vacío, me arrimé bien a los vidrios para ver si veía al gringo que prepara los helados pero nada, todo vacío, si me encontrara con alguien, por qué n, con tantos amigos que tiene uno en Cali, Por qué no, me senté un rato en el muro del Deiri Frost esperando a que pasara alguien conocido, Han debido pasar como veinte minutos y no pasó nadie, Ni siquiera Un taxi, Nada y esa luna llena… me paré del muro y caminé hacia arriba, por la Avenida sexta hasta que llegue a mi casa. Vacía la fuente, vacía la bomba, vacío Oasis, allí donde yo conocí a Angelita,

 

Otro cuento emblemático

Si te gustan los cuentos, te recomiendo La luz es como el agua de Gabriel García Márquez.

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