jueves, 23 de enero de 2025

Noche, un relato para adultos de Alice Munro


Alice Munro

A continuación, te presento un relato para adultos de Alice Munro, una cuentista canadiense considerada una de las escritoras contemporáneas más destacadas en lengua inglesa. Si deseas escuchar este relato, te invito a visitar mi canal de YouTube, Carla Narraciones. Si quieres conocer otros relatos de esta escritora, te recomiendo: Las lunas de Júpiter. 

 

Noche

 

En mi juventud parecía que no hubiese nunca un parto, o un apéndice reventado, o ninguna otra incidencia física de consideración si no ocurría a la vez que una tormenta de nieve. Las carreteras estarían cortadas, así que de todos modos no se podría pensar en sacar un coche, y habría que enganchar varios caballos para llegar al pueblo e ir al hospital. Era una suerte que siguiera habiendo caballos: en circunstancias normales la gente ya se hubiera deshecho de ellos, pero la guerra y el racionamiento de combustible habían alterado todo eso, al menos temporalmente.

Por eso cuando me empezó el dolor en el costado tenían que ser las once de la noche, y soplaba una ventisca y, como en ese momento en nuestro establo no había caballos, hubo que recurrir al tiro de los vecinos para llevarme al hospital. Un trayecto de apenas una milla y media, pero una aventura de todos modos. El médico estaba esperando, y nadie se sorprendió cuando se dispuso para extirparme el apéndice.

 

¿Se extirpaban más apéndices entonces? Sé que todavía sucede, y que es necesario, incluso sé de alguien que murió por no hacerlo a tiempo, pero en mi memoria ha quedado como una especie de rito al que pocas personas de mi edad debían someterse, o por lo menos no muchas, y no todas tan de improviso, y acaso no con tanta tristeza, porque traía consigo unas vacaciones de la escuela y daba cierta categoría: haber sido tocado por el ala de la mortalidad distinguía, aun fugazmente, del resto, en una época de la vida en que tal cosa podía llegar a ser grata.

 

Así que, ya sin apéndice, pasé varios días viendo por la ventana del hospital la nieve cernirse lóbregamente a través de unos árboles de hoja perenne. No creo que se me pasara por la cabeza en ningún momento pensar cómo iba a pagar mi padre esta distinción. (Creo que tuvo que desprenderse de una parcela de bosque que había conservado al vender la granja de su padre, con vistas a utilizarla para poner trampas, o hacer azúcar de arce, o tal vez movido por una nostalgia innombrable.)

 

Luego volví a la escuela, y disfruté que me dispensaran de Educación Física más tiempo del necesario, y un sábado por la mañana en que mi madre y yo estábamos solas en la cocina, me contó que en el hospital me habían extirpado el apéndice, tal y como yo pensaba, pero no fue lo único que me quitaron. Al médico le había parecido conveniente extirparlo, ya que estaba metido en faena, pero lo que más le preocupó fue un tumor. Un tumor, dijo mi madre, del tamaño de un huevo de pava.

Pero no te preocupes, dijo, ahora ya ha pasado todo.

La idea del cáncer en ningún momento se me ocurrió, y tampoco mi madre la mencionó nunca. No creo que hoy en día pueda hacerse una revelación como ésa sin alguna suerte de pregunta, alguna tentativa de esclarecer si lo era o no lo era. Maligno o benigno, querríamos saber inmediatamente. La única razón que se me ocurre para que no hablásemos de ello es que debía de ser una palabra envuelta en una neblina, similar a la neblina que envuelve la mención del sexo. O peor. El sexo era vergonzoso, pero sin duda encerraba algunas satisfacciones; desde luego nosotros las conocíamos, aunque nuestras madres no estuvieran al corriente. En cambio, la mera palabra «cáncer» evocaba una criatura oscura, putrefacta y hedionda, a la que no se miraba ni siquiera después de quitarla de en medio de una patada.

De modo que no pregunté, ni nadie me dijo nada, y sólo puedo suponer que era benigno o que lo extirparon con mucha eficacia, porque aquí estoy. Y tan poco pienso en ello porque toda la vida, cuando me piden que enumere las intervenciones quirúrgicas a las que me han sometido, automáticamente digo o escribo sólo «Apendicitis».

Esta conversación con mi madre probablemente tuvo lugar en las vacaciones de Semana Santa, cuando habían quedado atrás las ventiscas, la nieve de las montañas había desaparecido y los arroyos se desbordaban agarrándose a todo lo que se encontraran a su paso. El broncíneo verano estaba a la vuelta de la esquina. Nuestro clima no se andaba con devaneos, nada de clemencias.

En los primeros días calurosos de junio terminé la escuela con unas notas tan buenas como para librarme de los exámenes finales. Tenía buen aspecto, hacía las tareas de la casa, leía libros como de costumbre, nadie se percató de que me pasaba algo.

Tengo que describir ahora el dormitorio que ocupábamos mi hermana y yo. Era un cuarto pequeño en el que no cabían dos camas individuales, una al lado de la otra, de manera que la solución fue poner literas y colocar una escalerilla por la que trepaba la que dormía en la cama de arriba. Esa era yo. Cuando estaba en la edad de las tomaduras de pelo, levantaba una de las esquinas del fino colchón y amenazaba con escupir a mi hermana pequeña, indefensa en la litera de abajo. Claro que mi hermana, que se llamaba Catherine, no estaba indefensa del todo. Podía esconderse bajo las mantas; pero mi juego consistía en observar hasta que la asfixia o la curiosidad la hacían salir de nuevo, y en ese momento escupirle en plena cara, o fingir que lo hacía y conseguir el efecto deseado, enfureciéndola.

Ahora ya era demasiado mayor para hacer esas tonterías, desde luego. Mi hermana tenía nueve años y yo catorce. La relación entre nosotras siempre fue desigual. Cuando no estaba atormentándola, fastidiándola con alguna necedad, adoptaba el papel de sofisticada consejera o le contaba historias espeluznantes. La disfrazaba con la ropa vieja que se guardaba en el arcón del ajuar de mi madre, prendas demasiado buenas para cortarlas y hacer edredones, y demasiado raídas y preciosas para que nadie las usara. Le ponía el carmín endurecido de mi madre en los labios, le empolvaba la cara y le decía que estaba preciosa. Era preciosa, sin asomo de duda, pero cuando terminaba de pintarla parecía una muñeca extranjera estrafalaria.

No pretendo decir que ejercía sobre ella un dominio total, ni siquiera que nuestras vidas se entrelazaran constantemente. Ella tenía sus propios amigos, sus propios juegos. Juegos que tendían más a la domesticidad que al glamour. Sacar de paseo a las muñecas en sus carricoches, o a veces, en lugar de las muñecas, a algún gatito disfrazado que siempre desesperaba por escapar. Además había sesiones de juego en las que alguien era la maestra y podía pegar al resto en los antebrazos con una vara y hacerles llorar de mentirijilla, por infracciones y estupideces varias.

Ya he dicho que en el mes de junio quedé libre de ir a la escuela y me dejaron a mi aire, como no recuerdo haberlo estado en ninguna otra época de mi crecimiento. Ya he dicho que hacía algunas tareas en la casa, pero mi madre aún debía de encontrarse con las fuerzas necesarias para ocuparse de la mayor parte de ellas. O quizá teníamos bastante dinero en esa época para contratar alguien a quien mi madre se referiría como «una sirvienta», aunque todo el mundo dijera «una empleada». En cualquier caso no recuerdo haberme enfrentado a ninguno de los trabajos que se me amontonaron los veranos siguientes, cuando luché por mantener la dignidad de nuestra casa. Por lo visto el misterioso huevo de pava me concedía cierta condición de inválida, así que a ratos podía deambular por ahí como alguien de visita.

Aunque sin darme aires de ser especial. Nadie en nuestra familia se hubiera salido con la suya en eso. Iba todo por dentro, esa inutilidad y extrañeza que sentía. Y tampoco era una inutilidad constante. Recuerdo haberme agachado a entresacar los brotes de zanahorias, igual que todas las primaveras, para que las raíces alcanzaran un tamaño decente.

Debió de ser simplemente que no había cosas por hacer a todas horas, como ocurrió los veranos de antes y después.

Quizá fue esa la razón de que empezara a costarme conciliar el sueño. Al principio, creo que me limitaba a quedarme despierta en la cama hasta cosa de medianoche y me asombraba estar tan despabilada, mientras el resto de la casa dormía. Había leído, me cansaba como de costumbre, apagaba la luz y esperaba. Nadie había venido a decirme que apagara la luz y me durmiera. Por primera vez en la vida (y esto también debió de marcar una condición especial) me dejaban a mí decidir esas cosas.

La casa iba transformándose, de la luz del día hasta que las luces de la casa se encendían a última hora de la tarde, del trajín general de las cosas por hacer, tender y terminar, hasta convertirse en un lugar más extraño, en el que las personas y el trabajo que gobernaba sus vidas languidecían, las necesidades de cuanto les rodeaba languidecían, y los muebles se retraían hacia dentro sin menoscabo ni requerir atención alguna.

Podría pensarse que era un alivio. Al principio tal vez lo fuera. La libertad. La novedad. Sin embargo, a medida que mi dificultad para conciliar el sueño se extendía y finalmente se apoderaba completamente de mí hasta el amanecer, se convirtió en una creciente preocupación. Empecé a recitar rimas, luego poesía de verdad, primero para obligarme a perder la conciencia, y ya después al margen de mi voluntad. Aun así, era una actividad que parecía burlarse de mí. Era yo quien me burlaba de mí misma a medida que las palabras terminaban en el absurdo, en un discurso tonto sin pies ni cabeza.

No era yo.

Había oído decir eso a veces de otra gente, toda la vida, sin pensar qué podía significar.

¿Quién crees que eres, entonces?

También había oído decir eso, sin atribuirle una verdadera amenaza al comentario, tomándolo simplemente como una especie de mofa rutinaria.

Vuelta a pensar.

Para entonces no era dormir lo que quería. Sabía que de todos modos lo más probable era que no me durmiera. Quizá ni siquiera era deseable. Había algo que se estaba apoderando de mí y tenía la obligación, la esperanza, de vencerlo. No me faltaba sentido común para lograrlo, aunque al parecer tampoco me sobraba. Había algo intentando decirme que hiciera cosas, no por una razón concreta sino sólo por ver si tales actos eran posibles. Algo me estaba informando de que no hacían falta motivos.

Sólo hacía falta rendirse. Qué extraño. No por venganza, ni siquiera por crueldad, sino sólo por haber acariciado una idea.

Y desde luego lo había hecho. Cuanto más me esforzaba por desterrar esa idea, más acudía. Sin deseo de venganza, sin odio: ya digo, sin otra razón que una suerte de pensamiento profundo y absolutamente frío, no tanto un impulso como una contemplación, pudiera apoderarse de mí. Algo en lo que no debía pensar, pero en lo que pensaba.

La idea existía y persistía en mi cabeza. La idea de que yo pudiera estrangular a mi hermana pequeña, que dormía en la litera de abajo y a la que quería más que a nadie en el mundo.

No lo haría por celos de ninguna clase, malevolencia o rabia, sino en un acceso de locura, la locura que acaso yacía junto a mí ahí mismo durante la noche. Y tampoco una locura feroz, sino algo más próximo a una broma pesada. Una insinuación perezosa, burlona, medio indolente, que parecía llevar al acecho mucho tiempo.

Sería decir por qué no. ¿Por qué no probar lo peor?

Y lo peor ahí, en el lugar más familiar de todos, la habitación en la que habíamos dormido toda la vida y donde nos creíamos a salvo. Y lo haría sin ninguna razón que yo misma o cualquiera fuese capaz de entender, más que por no haber podido evitarlo.

La única solución era levantarse, salir de esa habitación y de la casa. Bajé los travesaños de la escalerilla sin mirar en ningún momento hacia el lugar donde mi hermana dormía. Luego, en silencio, hasta la planta de abajo sin despertar a nadie y llegar a la cocina, que conocía tan bien como para orientarme sin luz. La puerta de la cocina no estaba cerrada con llave, ni siquiera estoy segura de que la hubiera. Encajábamos una silla bajo el pomo de la puerta, para que si entraba alguien hiciese mucho alboroto. Despacio y con cuidado se podía quitar la silla sin el menor ruido.

 Tras la primera noche logré encadenar mis movimientos sin interrupción y salir de la casa en un par de segundos.

Listo. Al principio todo estaba oscuro, porque habría pasado mucho rato en vela y se habría ocultado la luna. Varias noches me quedé en la cama hasta que creí que no podía más, como si fuese una derrota dejar de intentar dormir, pero al cabo empecé a abandonar la cama por costumbre, en cuanto la casa parecía estar soñando. Y también la luna tenía sus propias costumbres, así que a veces me daba la impresión de salir a un estanque de plata.

Por supuesto no había alumbrado público: vivíamos demasiado lejos del pueblo.

Todo era más grande. A los árboles de alrededor de la casa siempre los llamábamos por su nombre: la haya, el olmo, el roble, los álamos, en plural y sin distinciones, porque crecían muy juntos. El lilo blanco y el lilo violeta, a los que nunca nos referíamos como arbustos porque se habían hecho enormes. El terreno que rodeaba la casa por delante, por detrás y por ambos lados, era de tránsito fácil, porque yo misma cortaba la hierba pensando que nos daba el aire respetable de las casas del pueblo. Mi madre pensó lo mismo una vez y plantó una zona de césped más allá de los lilos, bordeándola con espíreas y ranúnculo, pero para entonces todo eso había desaparecido.

La cara este y la cara oeste de nuestra casa daban a dos mundos distintos, o eso me parecía. La cara este miraba al pueblo, aunque no pudiera verse ningún pueblo desde allí. A dos millas escasas había hileras de casas, con farolas en las calles y agua corriente, y a pesar de que pudiera verse, como he dicho, no estoy del todo segura de que no se apreciara un débil resplandor si se observaba el tiempo necesario. Hacia el oeste, nada interrumpía jamás la vista a la amplia curva del río, y los campos, y los árboles y las puestas de sol.

Caminaba de un lado a otro, primero cerca de la casa, y luego aventurándome aquí o allá, a medida que me acostumbré a confiar en mi vista y en no tropezar con la bomba de agua o la plataforma que sostenía la cuerda de tender la ropa. Los pájaros empezaban a agitarse y a cantar, como si a todos se les hubiera ocurrido lo mismo por separado, en las copas de los árboles. Despertaban mucho más temprano de lo que hubiera imaginado. Pero pronto, poco después de aquellos primeros trinos madrugadores, el cielo empezaba a clarear. Entonces volvía a entrar en la casa, donde de repente la oscuridad lo envolvía todo, y con cuidado, en silencio, ajustaba debidamente el pomo de la puerta torcida y subía las escaleras sin un solo ruido, manipulando puertas y escalones con la necesaria cautela, aunque parecía ya medio dormida. Me hundía en mi almohada y me levantaba tarde; tarde en nuestra casa eran las nueve.

En ese momento lo recordaba todo, pero era tan absurdo ―la parte mala, desde luego, era tan absurda― que ni siquiera llegaba a inquietarme. Mi hermano y mi hermana ya se habían ido a la escuela: al no haber sacado buenas notas en los exámenes, como yo, seguían yendo a clase. Cuando volvían a casa por la tarde, era inconcebible que mi hermana hubiese corrido semejante peligro. Era absurdo. Nos mecíamos juntas en la hamaca, una en cada punta.

En esa hamaca pasaba yo la mayor parte del día, y esa pudo ser la sencilla razón de que por la noche no lograra conciliar el sueño. Y, como no hablaba de mis problemas nocturnos, a nadie se le ocurrió darme el sencillo consejo de hacer más actividades durante el día.

Mis problemas regresaban con la noche, por supuesto. Los demonios se apoderaban de mí de nuevo. Y lo cierto es que la situación empeoró. Me levantaba y salía de mi litera sabiendo de sobra que era inútil fingir que las cosas se arreglarían y que me quedaría dormida de poner el empeño suficiente. Recorría el camino para salir de la casa con el mismo sigilo que antes. Llegué a orientarme con mayor facilidad, incluso el interior de aquellas habitaciones se me hizo más visible, y más extraño a la vez. Lograba distinguir el machihembrado del techo de la cocina, que colocaron al construir la casa, quizás hacía un siglo, y el marco de la ventana que daba al norte, roído en algunas partes por un perro que una noche quedó encerrado en la casa, mucho antes de que yo naciera. Recordé algo que había olvidado completamente: allí, en un lugar desde el que mi madre podía vigilarme por la ventana que daba al norte, era donde me ponían a jugar con un cajón de arena. Una espléndida mata de margaritas amarillas florecía en ese mismo sitio ahora y por la ventana prácticamente no se veía nada.

La pared de la cocina que miraba al este no tenía ventana, sino una puerta que daba a un porche, donde tendíamos la colada más gruesa y la recogíamos cuando estaba seca y todo olía fresco y triunfante, desde las sábanas blancas a los bastos petos oscuros de trabajo.

En ese porche me detenía a veces en mis paseos nocturnos. Nunca me sentaba, pero me tranquilizaba mirar hacia el pueblo, aunque sólo fuera para inhalar la sensatez que transmitía. Pronto todo el mundo se levantaría, con sus compras por hacer, sus puertas por abrir y sus escaparates por arreglar: el trajín cotidiano.

Una noche, que pudo ser la vigésima o la duodécima, o apenas la octava o la novena que me levantaba y me ponía a caminar, tuve la impresión, demasiado tarde para cambiar el paso, de que había alguien a la vuelta de la esquina. Alguien estaba esperando allí y no pude hacer otra cosa que seguir adelante. Si daba media vuelta me pillarían.

¿Quién era? Mi padre, nada más. Él también miraba hacia el pueblo y aquella luz tenue e improbable. Llevaba ropa de diario: pantalones de trabajo oscuros, no exactamente un peto, y camisa oscura y botas. Estaba fumando un cigarrillo. De liar, claro. Tal vez el humo del cigarrillo me alertara de otra presencia, aunque es posible que en aquellos tiempos el olor a humo de tabaco estuviese por todas partes, dentro y fuera.

Buenos días, me dijo, de un modo que podía parecer natural pero que de natural no tenía nada. No teníamos costumbre de saludarnos así en mi familia. No por hostilidad, sólo que se consideraba innecesario, supongo, saludar a alguien al que verías a cada rato a lo largo del día.

Buenos días, le contesté. Y de hecho pronto iba a hacerse de día, o mi padre no hubiera llevado ropa de trabajo. Quizá el cielo clareaba, pero oculto aún entre los tupidos árboles. Quizá también cantaban los pájaros. Cada vez me quedaba fuera de la cama hasta más tarde, aunque ya no me reconfortaba como al principio. Las posibilidades que antes habitaran únicamente el dormitorio, las literas, estaban conquistando todos los rincones.

Ahora que lo pienso, ¿por qué mi padre no llevaba el peto de trabajo? Iba vestido como si tuviera que ir al pueblo para hacer algún recado a primera hora de la mañana.

No pude seguir caminando, se había roto completamente el ritmo.

―¿Te cuesta dormir? ―me dijo.

Mi primer impulso fue decir que no, pero entonces pensé en las dificultades de explicar que sólo estaba dando una vuelta, así que dije que sí.

Dijo que eso solía pasar las noches de verano.

―Te vas a la cama rendida y entonces, justo cuando crees que te estás quedando dormida, te desvelas. ¿No es así?

Dije que sí.

En ese momento supe que no era la primera noche que me había oído levantarme y dar vueltas por ahí. La persona que tenía el ganado en la finca y velaba de cerca por lo poco que le procuraba el sustento, la persona que guardaba un revólver en el cajón del escritorio, sin duda se despertaba con el menor crujido en las escaleras o el más sigiloso giro de un pomo.

No estoy segura de hacia dónde pensaba mi padre encaminar la conversación acerca de mis problemas de sueño. Había dicho que desvelarse era un fastidio. ¿Eso sería todo? Desde luego yo no pensaba contarle nada. Si hubiese dejado entrever que sabía que había más, incluso si hubiese insinuado que estaba allí con el propósito de oírlo, no creo que me hubiera sonsacado nada. Tuve que ser yo la que rompiera el silencio por voluntad propia, diciendo que no podía dormir. Que tenía que salir de la cama y andar.

Tenía sueños.

No sé si me preguntó si eran pesadillas.

Podía darse por hecho, creo.

Me dio tiempo a continuar, no preguntó nada. Yo quería evitarlo, pero seguí hablando. La verdad afloró, apenas alterada.

Cuando hablé de mi hermana pequeña dije que me daba miedo hacerle daño. Creí que entendería a qué me refería. Matarla. No hacerle daño. Matarla, y sin ningún motivo. Una posesión.

Realmente, una vez lo solté no hubo ninguna satisfacción. Tenía que decirlo en ese momento. Matarla.

Así ya no podría desdecirme, no podría volver a ser la persona que había sido hasta entonces.

Mi padre lo había oído. Había oído que me creía capaz (sin ningún motivo, simplemente capaz) de estrangular a mi hermana pequeña mientras dormía.

―Bueno ―dijo. Luego dijo que no me preocupara. Y añadió―: A veces a la gente se le ocurren esas cosas.

Hablaba con gravedad, pero sin dar muestras de alarma o sobresalto. A la gente le asaltan esa clase de ideas, o miedos, si lo prefieres, pero no hay por qué preocuparse de verdad, no más que si fuera un sueño. Probablemente tenga que ver con el éter.

No dijo explícitamente que no existía ningún peligro de que hiciera algo así. Parecía más bien dar por hecho que semejante cosa no podía suceder. Un efecto del éter, dijo. No tiene más trascendencia que un sueño. No podía suceder, del mismo modo que un meteorito no podía caer encima de nuestra casa; por supuesto que podía, pero la probabilidad de que ocurriera lo ponía en la categoría de lo imposible.

Aun así, no me culpó por pensarlo.

Podría haber dicho otras cosas. Podría haber cuestionado mi actitud hacia mi hermana pequeña o mi descontento con la vida que llevaba. Si esto ocurriese hoy, me habría pedido una cita con un psiquiatra. (Creo que es lo que yo habría hecho, una generación después, y con otros ingresos.) Tampoco dijo que no me culpaba, en su lugar.

La verdad es que lo que hizo funcionó mejor. Me afianzó, sin burla y sin alarma, en el mundo en que vivíamos.

Si un padre o una madre vive lo suficiente, descubre que ha cometido errores que no se molestó en ver, además de los que vio perfectamente, y se siente un poco humillado en el fondo, a veces disgustado consigo mismo. No creo que mi padre sintiera nada parecido, pero sé que si alguna vez le hubiese planteado la cuestión, me habría dicho que si no me gustaba, me tocaba aguantarme, o algo por el estilo. Los encuentros que tuve de niña con su cinturón o la correa con que afilaba las cuchillas (¿por qué digo encuentros? Es para demostrar que ya no soy una llorica, que puedo quitar hierro al asunto), no serían en su recuerdo, si es que los recordaba, más que un modo apropiado de atajar a una cría respondona que imaginaba que podía llevar la voz cantante.

―Te creías demasiado lista ―sería la razón que me hubiera dado, un comentario que por lo demás se oía mucho en aquellos tiempos. No siempre iba dirigido a mí, pero algunas veces sí.

Sin embargo, aquel día al romper el alba, mi padre me dio justamente lo que necesitaba oír, y que poco después olvidaría.

He pensado que quizá llevaba sus mejores ropas de trabajo porque tenía una cita en el banco, donde supo, sin sorprenderse, que no iban a prorrogarle el préstamo; se había dejado la piel trabajando, pero las leyes del mercado no iban a revertirse y tuvo que buscar una nueva manera de mantenernos y a la vez pagar lo que debía. O tal vez averiguó que existía un nombre para los temblores de mi madre, y que no iban a desaparecer. O que estaba enamorado de una mujer imposible.

Qué más da. A partir de entonces pude dormir.

 

Relatos para adultos en YouTube

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sábado, 18 de enero de 2025

2 cuentos maravillosos y originales de Julio Cortázar

 

La profundidad de lo absurdo en los cuentos de Julio Cortázar

En esta ocasión, me gustaría presentarte dos cuentos de Julio Cortázar. En estos cuentos para adultos, Cortázar emplea situaciones aparentemente triviales o absurdas para revelar las profundidades del ser humano. A través de relatos como No se culpe a nadie y Cuento sin moraleja, Cortázar transforma lo cotidiano en experiencias inquietantes y surrealistas, jugando con la ironía, el miedo y el poder. Estos cuentos, cargados de simbolismo y abiertos a múltiples interpretaciones, invitan al lector a reflexionar sobre diversos temas, demostrando que lo absurdo puede ser un vehículo poderoso para expresar lo más profundo de la realidad. 

Estos cuentos puedes escucharlos en mi canal de YouTube, Carla Narraciones. 


No se culpe a nadie

Un cuento muy interesante de Cortázar es No se culpe a nadie. El cuento narra la lucha angustiosa de un hombre, mientras intenta ponerse un pulóver azul. Lo que parece una acción cotidiana se transforma en una pesadilla asfixiante, llena de confusión, ansiedad y miedo. A medida que el hombre lucha con el pulóver, siente que pierde el control sobre su cuerpo y su entorno, hasta que finalmente se enfrenta a una visión aterradora: unas uñas negras apuntando a sus ojos. En un intento desesperado de escapar, se lanza al vacío desde la ventana, sucumbiendo a una mezcla de pánico y deseo.

 

El relato utiliza una situación trivial para explorar temas como la ansiedad, la alienación y el miedo existencial. El pulóver simboliza la presión, las trampas de la rutina y la sensación de asfixia que puede surgir de lo cotidiano. La figura de las uñas negras puede interpretarse como una representación del propio miedo interno, una proyección de sus inseguridades o incluso un colapso mental. El desenlace trágico sugiere una incapacidad de enfrentar esas fuerzas internas, desembocando en una escapada final que podría interpretarse como una liberación o rendición.

 

Cuento sin moraleja 

Cuento sin moraleja es un cuento para adultos de Julio Cortázar que me ha parecido muy original. En este cuento, un hombre que vende palabras y gritos llega ante un tiranuelo para ofrecerle sus últimas palabras, argumentando que, llegado el momento de su muerte, el miedo le impedirá pronunciarlas. El tiranuelo, asustado, decide comprarlas, pero es traicionado y asesinado por sus generales antes de poder usarlas. Los generales buscan al vendedor para saber cuáles eran las palabras, pero tras torturarlo sin éxito, lo matan. Finalmente, los mismos gritos que el hombre vendía inspiran una contrarrevolución que acaba con los generales, perpetuando un ciclo de violencia y poder.

Este cuento reflexiona con ironía sobre el poder de las palabras y la naturaleza cíclica del poder y la represión. A través de la historia de un vendedor de gritos y palabras, un tiranuelo temeroso y una serie de traiciones, muestra cómo las palabras trascienden a los individuos, mientras los líderes caen víctimas de su propia fragilidad y la violencia perpetúa el ciclo de opresión. Aunque las palabras pueden venderse, su verdadero poder reside en su autenticidad, no en su manipulación.


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Hermann Hesse

Si te gustan los cuentos, te recomiendo uno de los mejores cuentos de Hermann Hesse, El lobo


 

miércoles, 15 de enero de 2025

El lobo, uno de los mejores cuentos de Hermann Hesse

 

Uno de los mejores cuentos de Hermann Hesse

A continuación, te presento uno de los mejores cuentos de Hermann Hesse, El lobo, junto con un resumen y su análisis. Si deseas escuchar este cuento, puedes hacerlo en mi canal de YouTube. Carla Narraciones. Personalmente, considero que este cuento es una auténtica maravilla. Además, el lobo, en particular, es uno de los animales que más admiro, tanto por su imponente belleza como por su extraordinaria capacidad de adaptarse a entornos difíciles.

 

El lobo

Nunca antes las montañas francesas habían sufrido un invierno tan frío y largo. Hacía semanas que el aire se mantenía claro, áspero y helado. Durante el día, los grandes campos de nieve, color blanco mate, yacían inclinados e interminables bajo el cielo estridentemente azul; de noche los atravesaba la luna, pequeña y clara, una luna helada, furibunda, con un brillo amarillento cuya luz fuerte se volvía azul y sorda sobre la nieve, y que parecía la escarcha en persona. Los seres humanos evitaban todos los caminos y, sobre todo, las alturas; apáticos y maldiciendo, permanecían en las cabañas, cuyas ventanas rojas, de noche, aparecían empañadas y turbias junto a la luz azul de la luna, y se apagaban pronto.

 

Fue un tiempo difícil para los animales de la zona. Los más pequeños murieron congelados en grandes cantidades; también los pájaros sucumbieron a la helada, y sus cadáveres enjutos se convirtieron en botín de águilas y lobos. Pero aún estos sufrían terriblemente de frío y de hambre. Solo unas pocas familias de lobos vivían allí, y la necesidad las empujó hacia una unión más fuerte. Durante el día salían solos. Aquí y allá, uno de ellos cruzaba la nieve, flaco, hambriento y vigilante, silencioso y temeroso como un fantasma. Su sombra delgada se deslizaba a su lado sobre la superficie nevada. Levantaba el hocico puntiagudo en el viento y de vez en cuando emitía un llanto seco, tortuoso. Pero de noche salían todos juntos y rodeaban los pueblos con aullidos roncos. Allí estaban un buen resguardo el ganado y las aves, y detrás de los postigos se apoyaban las escopetas. En escasas ocasiones les tocaba una presa menor, por ejemplo un perro, y ya habían sido muertos dos lobos de la manada.

 

La helada persistía. Muchas veces los lobos se echan juntos, en silencio y pensativos, calentándose uno contra el otro, y escuchaban acongojados el vacío mortal que los rodeaba, hasta que uno, martirizado por los maltratos espantosos del hambre, pegaba de pronto un salto con un alarido terrorífico. . Entonces todos los demás dirigieron sus hocicos hacia él, temblaban, y rompían al unísono en un aullido terrible, amenazador y quejumbroso.

Por fin la parte más chica de la manada decidió partir. Abandonaron sus madrigueras al despuntar el alba, se reunieron y olisquearon excitados y temerosos el aire helado. Luego partieron al trote, rápido y con un ritmo parejo. Los que quedaron atrás los miraron con ojos muy abiertos y vidriosos, los siguieron una docena de pasos, se detuvieron indecisos y desorientados, y regresaron lentamente a sus cuevas vacías.

Los emigrantes se separaron al mediodía. Tres de ellos se dirigieron hacia el oeste, a los montes del Jura suizo; los otros siguieron hacia el sur. Los tres primeros eran animales hermosos, fuertes, pero terriblemente flaco. El estómago de color claro, combinado hacia dentro, era delgado como una correa; en el pecho se destacaban tristemente las costillas; las bocas estaban secas y los ojos abiertos y desesperados. De tres en tres se internaron lejos en los montes; al segundo día cazaron un carnero, al tercero, un perro y un potrillo, y fueron perseguidos en todas partes por los campesinos furiosos. En la zona, rica en pueblos y ciudades, se diseminó el miedo y el temor ante los invasores desacostumbrados. La gente armó los trineos del correo; nadie iba de un pueblo a otro sin su arma. En esa zona desconocida, tras tan buen botón, los tres animales s e sintieron a la vez temerosos ya gusto; se volvieron más arriesgados de lo que jamás habían sido en casa, y asaltaron el corral de una granja a plena luz del día. Mugidos de vacas, crujido de listas de madera que se partían, sonido de cascos y una respiración caliente, jadeante, llenaron el ambiente angosto y cálido. Pero esta vez interfirieron los humanos. Habían puesto un precio a la cabeza de los lobos, lo que duplicó el coraje de los granjeros. Mataron a dos de ellos: a uno le perforó el cuello una bala de escopeta, el otro fue muerto con un hacha. El tercero escapó y corrió hasta que se desplomó sobre la nieve, casi muerto. Era el más joven y hermoso de los lobos, un animal orgulloso con formas armónicas y una fuerza imponente. Durante un rato largo quedó echado, jadeando. Delante de sus ojos se arremolinaban círculos rojos y sanguinolentos, y de vez en cuando emitía un quejido silbante, doloroso. Un hachazo le había dado en el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Solo entonces vio cuán lejos había corrido. En ningún lado podía verse personas o casas. Delante de él se encontró una montaña imponente, Nevada. Era el Chasseral. Decidió rodearlo. Atormentado por la semilla, comió pequeños pedazos de la corteza congelada y dura que cubría la nieve.

 

Más allá de la montaña se topó de inmediato con un pueblo. Estaba anocheciendo. Esperaba en un tupido bosque de pinos. Luego rodeó con cuidado los cercos de los jardines, persiguiendo el olor de los establos tibios. No había nadie en la calle. Arisco y anhelante, espió por entre las casas. Entonces sonó un disparo. Levantó la cabeza hacia lo alto y se dispuso a correr, cuando ya estalló el segundo tiro. Le habían dado. El costado de su abdomen blancuzco estaba manchado de sangre, que caía a goterones. A pesar de todo, logró escapar con unos grandes saltos y alcanzar el bosque más alejado de la montaña. Allí esperó un instante, atento, y oyó voces y pasos provenientes de varios lados. Temeroso, miró hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y difícil de trepar. Pero no tenía opción. Con respiración agitada escaló la pared empinada mientras que abajo, a lo largo de la montaña, avanzaba una confusión de insultos, órdenes y luces de linternas. El lobo herido trepó temblando a través del bosque de pinos, casi a oscuras, mientras la sangre marrón corría despacio por su costado.

 

El frío había cedido. Al oeste, el cielo estabas brumoso y parecía prometer nieve.

 

Por fin el animal, agotado, alcanzó la cima. Ahora se encontraba sobre un gran campo de nieve, levemente inclinado, cerca de Mont Crosin, muy por encima del pueblo del que había escapado. No sentí hambre, pero sí un dolor turbio y punzante en las heridas. Un ladrido seco y enfermo nació de su hocico entregado; su corazón latía pesado y dolorido, y el lobo sentía que la mano de la muerte lo presionaba como una carga indescriptiblemente pesada. Un pino aislado, de ramas anchas, lo atrajo; Allí se sentó y clavó sus ojos perdidos en la noche gris de nieve. Pasó media hora. Una luz roja y apagada cayó sobre la nieve, extraña y blanda. El lobo se levantó con un quejido y dirigió su cabeza hermosa hacia la luz. Era la luna, que se levantaba por el sudoeste, gigantesca y color rojo sangre, y subía lentamente por el cielo cubierto. Hacía muchas semanas que no se la había visto tan roja y grande. El ojo del animal moribundo se aferraba con tristeza al astro opaco, y en la noche volvió a oírse un estertor débil, doloroso y ronco.

 

Un poco más tarde surgieron luces y pasos. Campesinos con abrigos horribles, cazadores y muchachos jóvenes con gorros de piel y botas toscas avanzaban por la nieve. Se oyeron gritos de alegría. Habían descubierto al lobo moribundo, le dispararon dos tiros y ambos fallaron. Entonces vieron que el animal ya estaba a punto de fallar y se le echaron encima con palos y garrotes. Él ya no los sintió.

 

Lo arrastraron hacia abajo, a Sankt Immer, con los miembros quebrados. Reían, alardeaban, se alegraban por el aguardiente y el café que bebían, cantaban, maldecían. Ninguno vio la belleza del bosque nevado, ni el brillo de la alta meseta, ni la luna roja que colgaba sobre el Chasseral y cuya luz débil se reflejaba en los cañones de las escopetas, en los cristales de nieve y en los ojos quebrados del lobo. muerto.

 

Hermann Hesse

Hermann Karl Hesse fue un escritor, poeta, novelista y pintor alemán, nacionalizado suizo en 1924, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1946. Aquí, puedes leer su biografía y encontrar otros cuentos de este autor.


Resumen

El cuento de Hermann Hesse, El lobo, narra la lucha de una manada de lobos por sobrevivir durante un invierno implacable en las montañas. Ante el hambre y el frío, tres lobos emigran a tierras humanas en busca de alimento, enfrentándose a la persecución y la hostilidad de los campesinos. Finalmente, solo uno sobrevive, herido y debilitado, contemplando la luna roja antes de ser cazado y abatido por los hombres.

 

Análisis del cuento

El cuento "El lobo" de Hermann Hesse simboliza la lucha solitaria y desesperada por la supervivencia frente a las fuerzas implacables de la naturaleza y la humanidad. A través de la figura del lobo, Hesse explora temas como la soledad, la dignidad ante la muerte y la desconexión del ser humano con la naturaleza, destacando la indiferencia humana ante la belleza y el sufrimiento de otros seres vivos. La luna roja y el entorno helado subrayan la tragedia existencial del lobo, mientras los campesinos representan la brutalidad y la falta de empatía en el mundo.


Cuentos en Youtube

Si te gusta este género literario, te recomiendo Modesta Gómez, un cuento de Rosario Castellanos.

 


sábado, 11 de enero de 2025

Poemas de amor de Gabriela Mistral

 

Gabriela Mistral

A continuación, puedes leer algunos poemas de amor de Gabriela Mistral. Si prefieres escucharlos, están disponibles en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

 

Lucila Godoy Alcayaga, conocida como Gabriela Mistral, fue una destacada poetisa, diplomática, profesora y pedagoga chilena. En reconocimiento a su obra poética, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1945, convirtiéndose en la primera mujer iberoamericana y la segunda persona latinoamericana en obtener este prestigioso galardón.


Poemas de amor

Ausencia

Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
se van mis manos en azogue suelto;
se van mis pies en dos tiempos de polvo.

¡Se te va todo, se nos va todo!

Se va mi voz, que te hacía campana
cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se van mis gestos que se devanaban,
en lanzaderas, debajo tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
cuando te mira, el enebro y el olmo.

Me voy de ti con tus mismos alientos:
como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti con vigilia y con sueño,
y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron ni en llanos ni en sotos.

Sangre sería y me fuese en las palmas
de tu labor, y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuese, y sería quemada
en marchas tuyas que nunca más oigo,
¡y en tu pasión que retumba en la noche
como demencia de mares solos!

¡Se nos va todo, se nos va todo!

El amor que calla

Si yo te odiara, mi odio te daría
en las palabras, rotundo y seguro;
¡pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres tan oscuro!

Tú lo quisieras vuelto un alarido,
y viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho.

Estoy lo mismo que estanque colmado
y te parezco un surtidor inerte.
¡Todo por mi callar atribulado
que es más atroz que entrar en la muerte!

Amor, amor

Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,
late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡lo tendrás que escuchar!

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos de amar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar!

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo tendrás que hospedar!

Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!

Te echa venda de lino; tú la venda toleras;
te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras
¡que eso para en morir!

Besos

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.

Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.

Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.

Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.

Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.

Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

¿Te acuerdas del primero…? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
y qué viste después…? Sangre en mis labios.

Yo te enseñe a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Apegado a mí

Velloncito de mi carne
que en mis entrañas tejí,
velloncito tembloroso,
¡duérmete apegado a mí!

La perdiz duerme en el trigo
escuchándola latir.
No te turbes por aliento,
¡duérmete apegado a mí!

Yo que todo lo he perdido
ahora tiemblo hasta al dormir.
No resbales de mi pecho,
¡duérmete apegado a mí!

 

Poemas de amor en YouTube

Si te gustan los poemas de amor, te recomiendo los poemas de Jaime Sabines.

 

viernes, 10 de enero de 2025

Modesta Gómez , unos de los mejores cuentos de Rosario Castellanos

 

Rosario Castellanos

A continuación, te presento un cuento de Rosario Castellanos, escritora, periodista y diplomática mexicana, considerada una de las literatas mexicanas más importantes del siglo XX. El cuento, Modesta Gómez,  es un relato para adultos que me ha cautivado profundamente. En él, la autora relata la vida de una joven en un pequeño pueblo de México, donde explora y pone de relieve las rígidas jerarquías sociales. Castellanos, con su estilo único, nos sumerge en una narrativa rica y crítica que invita a reflexionar sobre las dinámicas de poder y desigualdad presentes en la sociedad

Aquí puedes encontrar un resumen y análisis del cuento. Si te interesa escuchar este relato para adultos, te invito a visitar mi canal de YouTube, Carla Narraciones, donde podrás disfrutarlo en su totalidad.

Modesta Gómez 

¡Qué frías son las mañanas en Ciudad Real! La neblina lo cubre todo. De puntos invisibles surgen las campanadas de la misa primera, los chirridos de portones que se abren, el jadeo de molinos que empiezan a trabajar.

 

Envuelta en los pliegues de su chal negro, Modesta Gómez caminaba, tiritando. Se lo había advertido su comadre, doña Águeda, la carnicera:

 

—Hay gente que no tiene estómago para este oficio, se hacen las melindrosas, pero yo creo que son haraganas. El inconveniente de ser atajadora es que tenés que madrugar.

 

Siempre he madrugado, pensó Modesta. Mi nana me hizo a su modo.

 

(Por más que se esforzase, Modesta no lograba recordar las palabras de amonestación de su madre, el rostro que en su niñez se inclinaba hacia ella. Habían transcurrido muchos años.)

 

—Me ajenaron desde chiquita. Una boca menos en la casa era un alivio para todos.

 

De aquella ocasión Modesta tenía aún presente la muda de ropa limpia con que la vistieron. Después, abruptamente, se hallaba ante una enorme puerta con llamador de bronce: una mano bien modelada en uno de cuyos dedos se enroscaba un anillo. Era la casa de los Ochoas: don Humberto, el dueño de la tienda La Esperanza; doña Romelia, su mujer; Berta, Dolores y Clara, sus hijas; y Jorgito, el menor.

 

La casa estaba llena de sorpresas maravillosas. ¡Con cuánto asombro descubrió Modesta la sala de recibir! Los muebles de bejuco, los tarjeteros de mimbre con su abanico multicolor de postales, desplegado contra la pared; el piso de madera, ¡de madera! Un calorcito agradable ascendió desde los pies descalzos de Modesta hasta su corazón. Sí, se alegraba de quedarse con los Ochoas, de saber que, desde entonces, esta casa magnífica sería también su casa.

 

Doña Romelia la condujo a la cocina. Las criadas recibieron con hostilidad a la patoja y, al descubrir que su pelo hervía de liendres, la sumergieron sin contemplaciones en una artesa llena de agua helada. La restregaron con raíz de amole, una y otra vez, hasta que la trenza quedó rechinante de limpia.

 

—Ahora sí, ya te podés presentar con los señores. De por sí son muy delicados. Pero con el niño Jorgito se esmeran. Como es el único varón…

 

Modesta y Jorgito tenían casi la misma edad. Sin embargo, ella era la cargadora, la que debía cuidarlo y entretenerlo.

 

—Dicen que fue de tanto cargarlo que se me torcieron las piernas, porque todavía no estaban bien macizas. A saber.

 

Pero el niño era muy malcriado. Si no se le cumplían sus caprichos “le daba chaveta”, como él mismo decía. Sus alaridos se escuchaban hasta la tienda. Doña Romelia acudía presurosamente.

 

—¿Qué te hicieron, cutushito, mi consentido?

 

Sin suspender el llanto Jorgito señalaba a Modesta.

 

—¿La cargadora? —se cercioraba la madre—. Le vamos a pegar para que no te resmuela. Mira, un coshquete aquí, en la mera choya; un jalón de orejas y una nalgada. ¿Ya estás conforme, mi puñito de cacao, mi yerbecita de olor? Bueno, ahora me vas a dejar ir, porque tengo mucho quehacer.

 

A pesar de estos incidentes los niños eran inseparables; juntos padecieron todas las enfermedades infantiles, juntos averiguaron secretos, juntos inventaron travesuras.

 

Tal intimidad, aunque despreocupaba a doña Romelia de las atenciones nimias que exigía su hijo, no dejaba de parecerle indebida. ¿Cómo conjurar los riesgos? A doña Romelia no se le ocurrió más que meter a Jorgito en la escuela de primeras letras y prohibir a Modesta que lo tratara de vos.

 

—Es tu patrón —condescendió a explicarle— y con los patrones nada de confiancitas.

 

Mientras el niño aprendía a leer y a contar, Modesta se ocupaba en la cocina; avivando el fogón, acarreando el agua y juntando el achigual para los puercos.

 

Esperaron a que se criara un poco más, a que le viniera la primera regla, para ascender a Modesta de categoría. Se desechó el petate viejo en el que había dormido desde su llegada, y lo sustituyeron por un estrado que la muerte de una cocinera había dejado vacante. Modesta colocó, debajo de la almohada, su peine de madera y su espejo con marco de celuloide. Era ya una varejoncita y le gustaba presumir. Cuando iba a salir a la calle, para hacer algún mandado, se lavaba con esmero los pies, restregándolos contra una piedra. A su paso crujía el almidón de los fustanes.

 

La calle era el escenario de sus triunfos; la requebraban, con burdos piropos, los jóvenes descalzos como ella, pero con un oficio honrado y dispuestos a casarse; le proponían amores los muchachos catrines, los amigos de Jorgito; y los viejos ricos le ofrecían regalos y dinero.

 

Modesta soñaba, por las noches, con ser la esposa legítima de un artesano. Imaginaba la casita humilde, en las afueras de Ciudad Real, la escasez de recursos, la vida de sacrificios que le esperaba. No, mejor no. Para casarse por la ley siempre sobra tiempo. Más vale desquitarse antes, pasar un rato alegre, como las mujeres malas. La vendería una vieja alcahueta, de las que van a ofrecer muchachas a los señores. Modesta se veía en un rincón del burdel, arrebozada y con los ojos bajos, mientras unos hombres borrachos y escandalosos se la rifaban para ver quién era su primer dueño. Y después, si bien le iba, el que la hiciera su querida le instalaría un negocito para que la fuera pasando. Modesta no llevaría la frente alta, no sería un espejo de cuerpo entero como si hubiese salido del poder de sus patrones rumbo a la iglesia y vestida de blanco. Pero tendría, tal vez, un hijo de buena sangre, unos ahorros. Se haría diestra en un oficio. Con el tiempo correría su fama y vendrían a solicitarla para que moliera el chocolate o curara de espanto en las casas de la gente de pro.

 

Y en cambio vino a parar en atajadora. ¡Qué vueltas da el mundo!

 

Los sueños de Modesta fueron interrumpidos una noche. Sigilosamente se abrió la puerta del cuarto de las criadas y, a oscuras, alguien avanzó hasta el estrado de la muchacha. Modesta sentía cerca de ella una respiración anhelosa, el batir rápido de un pulso. Se santiguó, pensando en las ánimas. Pero una mano cayó brutalmente sobre su cuerpo. Quiso gritar y su grito fue sofocado por otra boca que tapaba su boca. Ella y su adversario forcejeaban mientras las otras mujeres dormían a pierna suelta. En una cicatriz del hombro Modesta reconoció a Jorgito. No quiso defenderse más. Cerró los ojos y se sometió.

 

Doña Romelia sospechaba algo de los tejemanejes de su hijo y los chismes de la servidumbre acabaron de sacarla de dudas. Pero decidió hacerse la desentendida. Al fin y al cabo Jorgito era un hombre, no un santo; estaba en la mera edad en que se siente la pujanza de la sangre. Y de que se fuera con las gaviotas (que enseñan malas mañas a los muchachos y los echan a perder) era preferible que encontrara sosiego en su propia casa.

 

Gracias a la violación de Modesta, Jorgito pudo alardear de hombre hecho y derecho. Desde algunos meses antes fumaba a escondidas y se había puesto dos o tres borracheras. Pero, a pesar de las burlas de sus amigos, no se había atrevido aún a ir con mujeres. Las temía: pintarrajeadas, groseras en sus ademanes y en su modo de hablar. Con Modesta se sentía en confianza. Lo único que le preocupaba era que su familia llegara a enterarse de sus relaciones. Para disimularlas trataba a Modesta, delante de todos, con despego y hasta con exagerada severidad. Pero en las noches buscaba otra vez ese cuerpo conocido por la costumbre y en el que se mezclaban olores domésticos y reminiscencias infantiles.

 

Pero, como dice el refrán: “Lo que de noche se hace de día aparece”. Modesta empezó a mostrar la color quebrada, unas ojeras grandes y un desmadejamiento en las actitudes que las otras criadas comentaron con risas maliciosas y guiños obscenos.

 

Una mañana Modesta tuvo que suspender su tarea de moler el maíz porque una basca repentina la sobrecogió. La salera fue a dar aviso a la patrona de que Modesta estaba embarazada.

 

Doña Romelia se presentó en la cocina, hecha un basilisco.

 

—Malagradecida, tal por cual. Tenías que salir con tu domingo siete. ¿Y qué creíste? ¿Que te iba yo a solapar tus sinvergüenzadas? Ni lo permita Dios. Tengo marido a quién responder, hijas a las que debo dar buenos ejemplos. Así que ahora mismo te me vas largando a la calle.

 

Antes de abandonar la casa de los Ochoas, Modesta fue sometida a una humillante inspección: la señora y sus hijas registraron las pertenencias y la ropa de la muchacha para ver si no había robado algo. Después se formó en el zaguán una especie de valla por la que Modesta tuvo que atravesar para salir.

 

Fugazmente miró aquellos rostros. El de don Humberto, congestionado de gordura, con sus ojillos lúbricos; el de doña Romelia, crispado de indignación; el de las jóvenes —Clara, Dolores y Berta— curiosos, con una ligera palidez de envidia. Modesta buscó el rostro de Jorgito, pero no estaba allí.

 

Modesta había llegado a la salida de Moxviquil. Se detuvo. Allí estaban ya otras mujeres, descalzas y mal vestidas como ella. La miraron con desconfianza.

 

—Déjenla —intercedió una—, es cristiana como cualquiera y tiene tres hijos que mantener.

 

—¿Y nosotras? ¿Acaso somos adonisas?

 

—¿Vinimos a barrer el dinero con escoba?

 

—Lo que ésta gane no nos va a sacar de pobres. Hay que tener caridad. Está recién viuda.

 

—¿De quién?

 

—Del finado Alberto Gómez.

 

—¿El albañil?

 

—¿El que murió de bolo?

 

(Aunque dicho en voz baja, Modesta alcanzó a oír el comentario. Un violento rubor invadió sus mejillas. ¡Alberto Gómez, el que murió de bolo! ¡Calumnias! Su marido no había muerto así. Bueno, era verdad que tomaba sus tragos y más a últimas fechas. Pero el pobre tenía razón. Estaba aburrido de aplanar las calles en busca de trabajo. Nadie construye una casa, nadie se embarca en una reparación cuando se está en pleno tiempo de aguas. Alberto se cansaba de esperar que pasara la lluvia, bajo los portales o en el quicio de una puerta. Así fue como empezó a meterse en las cantinas. Los malos amigos hicieron lo demás. Alberto faltaba a sus obligaciones, maltrataba a su familia. Había que perdonarlo. Cuando un hombre no está en sus cabales hace una barbaridad tras otra. Al día siguiente, cuando se le quitaba lo engasado, se asustaba de ver a Modesta llena de moretones y a los niños temblando de miedo en un rincón. Lloraba de vergüenza y de arrepentimiento. Pero no se corregía. Puede más el vicio que la razón.

 

Mientras aguardaba a su marido, a deshoras de la noche, Modesta se afligía pensando en los mil accidentes que podían ocurrirle en la calle. Un pleito, un atropellamiento, una bala perdida. Modesta lo veía llegar en parihuela, bañado en sangre, y se retorcía las manos discurriendo de dónde iba a sacar dinero para el entierro.

 

Pero las cosas sucedieron de otro modo; ella tuvo que ir a recoger a Alberto porque se había quedado dormido en una banqueta y allí le agarró la noche y le cayó el sereno. En apariencia Alberto no tenía ninguna lesión. Se quejaba un poco de dolor de costado. Le hicieron su untura de sebo, por si se trataba de un enfriamiento; le aplicaron ventosas, bebió agua de brasa. Pero el dolor arreciaba. Los estertores de la agonía duraron poco y las vecinas hicieron una colecta para pagar el cajón.

 

—Te salió peor el remedio que la enfermedad —le decía a Modesta su comadre Águeda—. Te casaste con Alberto para estar bajo mano de hombre, para que el hijo del mentado Jorge se criara con un respeto. Y ahora resulta que te quedás viuda, en la loma del sosiego, con tres bocas que mantener y sin nadie que vea por vos.

 

Era verdad. Y la verdad que los años que Modesta duró casada con Alberto fueron años de penas y de trabajo. Verdad que en sus borracheras el albañil le pegaba, echándole en cara el abuso de Jorgito, y verdad que su muerte fue la humillación más grande para su familia. Pero Alberto había valido a Modesta en la mejor ocasión: cuando todos le voltearon la cara para no ver su deshonra. Alberto le había dado su nombre y sus hijos legítimos, la había hecho una señora. ¡Cuántas de estas mendigas enlutadas, que ahora murmuraban a su costa, habrían vendido su alma al demonio por poder decir lo mismo!)

 

La niebla del amanecer empezaba a despejarse. Modesta se había sentado sobre una piedra. Una de las atajadoras se le acercó.

 

—¿Yday? ¿No estaba usted de dependienta en la carnicería de doña Águeda?

 

—Estoy. Pero el sueldo no alcanza. Como somos yo y mis tres chiquitíos tuve que buscarme una ayudadita. Mi comadre Águeda me aconsejó este oficio.

 

—Sólo porque la necesidad tiene cara de chucho, pero el oficio de atajadora es amolado. Y deja pocas ganancias.

 

(Modesta escrutó a la que le hablaba, con recelo. ¿Qué perseguía con tales aspavientos? Seguramente desanimarla para que no le hiciera la competencia. Bien equivocada iba. Modesta no era de alfeñique, había pasado en otras partes sus buenos ajigolones. Porque eso de estar tras el mostrador de una carnicería tampoco era la vida perdurable. Toda la mañana el ajetreo: mantener limpio el local —aunque con las moscas no se pudiera acabar nunca—; despachar la mercancía, regatear con los clientes. ¡Esas criadas de casa rica que siempre estaban exigiendo la carne más gorda, el bocado más sabroso y el precio más barato! Era forzoso contemporizar con ellas; pero Modesta se desquitaba con las demás. A las que se veían humildes y maltrazadas, las dueñas de los puestos del mercado y sus dependientas les imponían una absoluta fidelidad mercantil; y si alguna vez procuraban adquirir su carne en otro expendio, porque les convenía más, se lo reprochaban a gritos y no volvían a despacharles nunca.)

 

—Sí, el manejo de la carne es sucio. Pero peor resulta ser atajadora. Aquí hay que lidiar con indios.

 

(¿Y dónde no?, pensó Modesta. Su comadre Águeda la aleccionó desde el principio: para el indio se guardaba la carne podrida o con granos, la gran pesa de plomo que alteraba la balanza y el alarido de indignación ante su más mínima protesta. Al escándalo acudían las otras placeras y se armaba un alboroto en que intervenían curiosos y gendarmes, azuzando a los protagonistas con palabras de desafío, gestos insultantes y empellones. El saldo de la refriega era, invariablemente, el sombrero o el morral del indio que la vencedora enarbolaba como un trofeo, y la carrera asustada del vencido que así escapaba de las amenazas y las burlas de la multitud.)

 

—¡Ahí vienen ya!

 

Las atajadoras abandonaron sus conversaciones para volver el rostro hacia los cerros. La neblina permitía ya distinguir algunos bultos que se movían en su interior. Eran los indios, cargados de las mercancías que iban a vender a Ciudad Real. Las atajadoras avanzaron unos pasos a su encuentro. Modesta las imitó.

 

Los dos grupos estaban frente a frente. Transcurrieron breves segundos de expectación. Por fin, los indios continuaron su camino con la cabeza baja y la mirada fija obstinadamente en el suelo, como si el recurso mágico de no ver a las mujeres las volviera inexistentes.

 

Las atajadoras se lanzaron contra los indios desordenadamente. Forcejeaban, sofocando gritos, por la posesión de un objeto que no debía sufrir deterioro. Por último, cuando el chamarro de lana o la red de verduras o el utensilio de barro estaban ya en poder de la atajadora, ésta sacaba de entre su camisa unas monedas y, sin contarlas, las dejaba caer al suelo de donde el indio derribado las recogía.

 

Aprovechando la confusión de la reyerta una joven india quiso escapar y echó a correr con su cargamento intacto.

 

—Ésa te toca a vos —gritó burlonamente una de las atajadoras a Modesta.

 

De un modo automático, lo mismo que un animal mucho tiempo adiestrado en la persecución, Modesta se lanzó hacia la fugitiva. Al darle alcance la asió de la falda y ambas rodaron por tierra. Modesta luchó hasta quedar encima de la otra. Le jaló las trenzas, le golpeó las mejillas, le clavó las uñas en las orejas. ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!

 

—¡India desgraciada, me lo tenés que pagar todo junto!

 

La india se retorcía de dolor; diez hilillos de sangre le escurrieron de los lóbulos hasta la nuca.

 

—Ya no, marchanta, ya no…

 

Enardecida, acezante, Modesta se aferraba a su víctima. No quiso soltarla ni cuando le entregó el chamarro de lana que traía escondido. Tuvo que intervenir otra atajadora.

 

—¡Ya basta! —dijo con energía a Modesta, obligándola a ponerse de pie.

 

Modesta se tambaleaba como una ebria mientras, con el rebozo, se enjugaba la cara, húmeda de sudor.

 

—Y vos —prosiguió la atajadora, dirigiéndose a la india—, dejá de estar jirimiquiando que no es gracia. No te pasó nada. Toma estos centavos y que Dios te bendiga. Agradecé que no te llevamos al Niñado por alborotadora.

 

La india recogió la moneda presurosamente y presurosamente se alejó de allí. Modesta miraba sin comprender.

 

—Para que te sirva de lección —le dijo la atajadora—, yo me quedo con el chamarro, puesto que yo lo pagué. Tal vez mañana tengás mejor suerte.

 

Modesta asintió. Mañana. Sí, volvería mañana y pasado mañana y siempre. Era cierto lo que le decían: que el oficio de atajadora es duro y que la ganancia no rinde. Se miró las uñas ensangrentadas. No sabía por qué. Pero estaba contenta.

 

Cuentos en YouTube

Si te gustan los cuentos, te recomiendo un cuento con valores y sabiduría de Rubén Darío.

martes, 7 de enero de 2025

Cuento con valores y sabiduría de Rubén Darío

Cuento para adultos de Rubén Darío

A continuación, me gustaría presentarte un cuento lleno de valores y sabiduría, un cuento para adultos de Rubén Darío, La canción del oro. Además, incluye un resumen del cuento y su análisis. Sin embargo, si prefieres escuchar este cuento para adultos, te invito a visitar mi canal de YouTube, Carla Narraciones, donde podrás disfrutar de su narración.


Resumen de La canción del oro de Rubén Darío

El cuento narra la llegada de un mendigo, que podría ser también un poeta, a una calle llena de palacios y riqueza, símbolo de la opulencia y el lujo. Desde su humilde perspectiva, observe el contraste entre la vida de los ricos, llena de comodidades y esplendor, y la miseria en la que viven los pobres, como él.

Inspirado por su sufrimiento y el de los marginados, el mendigo compone un himno irónico al oro. En este canto, exalta el poder del dinero como si fuera un dios omnipotente, capaz de otorgar todo: riqueza, placer, poder, pero también hipocresía y corrupción. Su cántico es a la vez una crítica mordaz al materialismo ya las desigu

Al final, a pesar de su pobreza, el mendigo muestra un gesto de humanidad al darle su último pedazo de pan a una anciana necesitada antes de marcharse, murmurando entre dientes. Este acto de generosidad contrasta con el mundo frío y egoísta que critica, resaltando el valor de la compasión frente a la avaricia del oro.

 

La canción del oro

Aquel día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizá un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos álamos, a la gran calle de los palacios, donde hay desafíos de soberbia entre el ónix y el pórfido, el ágata y el mármol; en donde las altas columnas, los hermosos frisos, las cópulas doradas, reciben la caricia pálida del sol moribundo.

Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la riqueza, rostros de mujeres gallardas o de niños encantadores. Tras las rejas se adivinaban extensos jardines, grandes verdores salpicados de rosas y ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la ley de un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz purpurado y lleno de oro, la blanca estatua, el bronce chino, el tibor cubierto de campos azules y de arrozales tupidos, la gran cortina recogida como una falda, ornada de flores opulentas, donde el ocre oriental hace vibrar la que ríe mostrando sus teclas como una linda dentadura; y las arañas cristalinas, donde alzan las velas profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más allá! Más allá el cuadro valioso, dorado por el tiempo, el retrato que firma Durand o Bounat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece que emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce desde el lejano horizonte hasta la hiedra trémula y humilde. Y más allá...

(Muere la tarde. Llega a las puertas del palacio un carruaje flamante y charolado. Baja una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo piensa, decididamente, el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco, ruidoso y azogado, a un golpe de látigo, arrastra el carruaje haciendo relampaguear las piedras. Noche.)

 

Entonces en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído, brotó como un germen de una idea que pasó al pecho, y fué opresión, y llegó a la boca hecho himno que le encendía la lengua y hacía entrechocar los dientes. Fué la visión de todos los mendigos, de todos los suicidas, de todos los borrachos, del harapo y de la llaga, de todos los que viven—¡Dios mío!—en perpetua noche, tanteando la sombra, cayendo al abismo, por no tener un mendrugo para llenar el estómago. Y después la turba feliz, el lecho blando, la trufa y el áureo vino que hierve, el raso y muaré que con su roce ríen; el novio rubio y la novia morena cubierta de pedrería y blonda; y el gran reloj que la suerte tiene para medir la vida de los felices opulentos, que, en vez de granos de arena, deja caer escudos de oro.

 

Aquella especie de poeta sonrió; pero su faz tenía aire dantesco. Sacó de su bolsillo un pan moreno, comió y dio al viento su himno. Nada más cruel que aquel canto tras el mordisco.

 

¡Cantemos el oro!

 

Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va, como los fragmentos de un sol despedazado.

 

Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra; inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.

 

Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a aquellos que no gozan de sus raudales.

 

Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las coronas de los reyes y los cetros imperiales; y porque se derrama por los mantos como un fuego sólido, e munda las capas de los arzobispos, y refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias radiantes.

 

Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna y las vergüenzas de las alcobas adúlteras.

 

Cantemos el oro, porque al saltar del cuño lleva en su disco el perfil soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos templos, los bancos, y mueve las máquinas, y da la vida, y hace engordar los tocinos privilegiados.

 

Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las genuflexiones de espinazos aduladores y las muecas de los labios eternamente sonrientes.

 

Cantemos el oro, padre del pan.

 

Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas, sostenedor del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello caracol; porque en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a veces es símbolo de amor y de santa promesa.

 

Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven.

 

Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico y luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las diosas y en los coturnos trágicos y en las manzanas del Jardín de las Hespérides.

 

Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la cabellera de las más tiernas amadas, los granos de la espiga y el peplo que al levantarse viste la olímpica aurora.

 

Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.

 

Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.

 

Cantemos el oro, amarillo como la muerte.

 

Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el hombre lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se tiñe en sangre; carne de ídolo, tela de que Fidias hace el traje de Minerva.

 

Cantemos el oro, en el arnés del caballo, en el carro de guerra, en el puño de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa del festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en el rayo del astro y en el champaña que burbujea como una disolución de topacios hirvientes.

 

Cantemos el oro, porque nos hace gentiles, educados y pulcros.

 

Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.

 

Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el sufrimiento; mordido por la lima como el hombre por la envidia; golpeado por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de seda como el hombre por el palacio de mármol.

 

Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca, y por amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras hirsutas y salvajes del yermo.

 

Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca misterioso y callado en su entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante como un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de éter.

 

Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso como con una gran muchedumbre de libras esterlinas.

 

¡Eh, miserables beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos, vagos, rateros, bandidos, pordioseros peregrinos, y vosotros los desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh poetas!

 

¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los semidioses de la tierra!

 

¡Cantemos el oro!

 

Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada; y como ya la noche obscura y fría había entrado, el eco resonaba en las tinieblas.

 

Pasó una vieja y pidió limosna.

 

Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizá un poeta, le dió su último mendrugo de pan petrificado, y se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes.

 

 

Análisis del cuento


La crítica a la desigualdad social

El cuento empieza describiendo la riqueza y el lujo de "la gran calle de los palacios". A través de imágenes detalladas y sensoriales, Darío presenta el contraste entre el esplendor de los ricos y la precariedad del mendigo, quien observa todo desde afuera, excluido. Asimismo, el mendigo es un símbolo de la pobreza y el sufrimiento humano, que experimenta una revelación amarga y que lo lleva a pronunciar un cántico irónico sobre el oro y el poder.

La ironía

La figura del mendigo-poeta muestra un aire dantesco, una especie de profeta en la sombra que lanza su mensaje al viento, consciente de que sus palabras probablemente no cambiarán nada. Sin embargo, su acto final —darle su último mendrugo de pan a una anciana necesitada—pone en evidencia la compasión y humanidad del protagonista del cuento.

La ironía también se manifiesta en la descripción de los "felices y poderosos" que, pese a su aparente opulencia, son retratados como vacíos y carentes de verdadera humanidad.


El simbolismo del pan y el oro

El pan, un símbolo básico de sustento y vida, es lo único que el mendigo tiene para ofrecer, y sin embargo, lo comparte desinteresadamente. Este acto representa una crítica directa a la avaricia de los ricos, que acumulan oro mientras ignoran las necesidades.

El oro, en cambio, se presenta como un ídolo falso, responsable de las mayores desigualdades, que corrompe y deshumaniza a quienes lo


Interpretación

El cuento denuncia cómo el oro (o el dinero) se convierte en el centro de la vida moderna, mientras las verdaderas necesidades humanas —la solidaridad, la empatía— quedan relegadas. El escritor utiliza el sarcasmo y la exageración para evidenciar la frivolidad y vacuidad de la idolatría al oro, contrastándola con la dignidad y humanidad de quienes, pese a su pobreza, aún son capaces de gestos generosos. Quizá, sea un lamento por el vacío moral de una sociedad obsesionada con la riqueza material. Al final, el acto del mendigo —dar su último pan— es un símbolo de resistencia ética frente a un sistema deshumanizado, un recordatorio de que la verdadera riqueza reside en la capacidad de compartir y de cuidar a los demás. 


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