domingo, 26 de octubre de 2025

Casa tomada, el mejor cuento para adultos de Julio Cortázar

 

Casa tomada de Julio Cortázar

Si estás buscando una joya de la literatura latinoamericana que combine lo cotidiano con lo inquietante, Casa tomada, de Julio Cortázar, es el cuento perfecto. Considerado uno de los relatos más influyentes del autor argentino y un clásico del cuento fantástico, esta obra maestra ofrece una lectura breve, profunda y con múltiples niveles de interpretación.

 

Resumen del cuento

Casa tomada es uno de los cuentos breves más reconocidos de Julio Cortázar, incluido en su primer libro, Bestiario (1951). La historia sigue a dos hermanos adultos que viven juntos en una antigua casa familiar en Buenos Aires. Llevan una vida rutinaria, tranquila, casi suspendida en el tiempo. Sin embargo, una presencia misteriosa comienza a ocupar poco a poco la casa, forzándolos a abandonar habitaciones y recuerdos.

Lo que hace especial a este cuento fantástico latinoamericano es su capacidad para generar tensión sin mostrar nada concreto. A través de un lenguaje sobrio y preciso, Cortázar logra crear una atmósfera cargada de misterio, que deja al lector con más preguntas que respuestas. No se trata de un cuento de terror tradicional, sino de una inquietud existencial disfrazada de normalidad. 


 Significado de Casa tomada

El significado profundo de Casa tomada radica en la irrupción de lo inexplicable en la vida cotidiana como símbolo de una amenaza silenciosa e inevitable: puede representar el avance del olvido, la muerte, la represión política o el inconsciente desplazando lo racional. La casa, cargada de memoria y rutina, es el yo que lentamente es invadido por lo desconocido, hasta obligar a los protagonistas a abandonar todo sin resistencia.

Cortázar —figura central del realismo mágico, el boom latinoamericano y la narrativa fantástica— nos muestra en este cuento cómo lo siniestro puede instalarse sin necesidad de explicación. El lector se convierte en testigo de una aceptación pasiva del despojo, en un relato donde lo fantástico no tiene límites definidos, y eso lo vuelve inquietante y universal.

Desde una perspectiva psicoanalítica, la casa puede ser leída como una metáfora del inconsciente o incluso del útero materno. Irene y su hermano viven una existencia estática, repetitiva, infantilizada, como si habitaran un espacio protegido fuera del tiempo. El miedo a abandonar ese mundo cerrado puede entenderse como una resistencia a la madurez, a la confrontación con el deseo, el otro o el mundo exterior. La invasión, en este sentido, puede representar el retorno de lo reprimido, el surgimiento de pulsiones inconscientes que desestabilizan ese frágil equilibrio.


Escucha Casa tomada en mi canal de YouTube

¿Prefieres escuchar en lugar de leer? Puedes disfrutar la narración completa de Casa tomada en mi canal de YouTube, ideal para quienes aman los cuentos para adultos narrados con una ambientación especial.

👉 [Carla Narraciones]

 

Casa tomada

Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Fuente: Ciudad Seva

Otros cuentos para adultos

Si te gustan los cuentos latinoamericanos, especialmente los más importantes de nuestra literatura, te recomiendo El almohadón de plumas, un clásico imprescindible del escritor uruguayo Horacio Quiroga. Este cuento breve, cargado de simbolismo y tensión, es una joya del relato fantástico y una pieza clave en la historia de la literatura hispanoamericana.

domingo, 19 de octubre de 2025

El mejor cuento para adultos de Horacio Quiroga

 

 

Silencio Mortal


A continuación, te presento uno de los mejores cuentos para adultos de Horacio Quiroga, cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo, considerado uno de los grandes maestros del cuento latinoamericano.

En El almohadón de plumas, Quiroga narra la historia de una joven esposa que, tras una luna de miel fría y silenciosa, comienza a debilitarse misteriosamente en un hogar tan helado como su relación. A través de una atmósfera opresiva, el cuento combina lo cotidiano con lo inquietante, construyendo una tensión constante. Más allá de la fragilidad humana, aborda temas como la soledad conyugal, la muerte silenciosa, el miedo psicológico y el horror en el espacio doméstico. También deja entrever una crítica al rol pasivo de la mujer en el matrimonio. En pocas páginas, Quiroga logra una narración cargada de simbolismo, suspenso y un terror sutil pero profundamente perturbador.

También, te invito a escuchar este cuento en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.


El almohadón de plumas

Horacio Quiroga

 

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

 

Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si

un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst… -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Fuente: Ciudad Seva

Otros cuentos en YouTube

Si te gustan los cuentos para adultos te recomiendo El ultimo barco de László Krasznahorkai, cuentista, novelista y ensayista de mirada poética, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2025.

 

 

jueves, 16 de octubre de 2025

Relato para adultos de László Krasznahorkai, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2025

 

László Krasznahorkai

A continuación, te presento un relato para adultos que también puedes escuchar como audiocuento en YouTube. Este relato forma parte del libro Relaciones misericordiosas, del escritor húngaro László Krasznahorkai, cuentista, novelista y ensayista de mirada poética, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2025

El último barco es un relato alegórico que narra la partida de un grupo de personas desde una ciudad devastada, en busca de una salida incierta. A través de un tono sombrío y reflexivo, explora temas como el abandono, la pérdida de sentido, la memoria y la decadencia de una sociedad. El viaje se convierte en una metáfora del colapso histórico y existencial, donde lo esencial ya no es lo útil, sino lo simbólico.

Como se puede observar en este relato, carece de puntos y apartes. No es un error de edición, sino una característica de la escritura del húngaro galardonado.

 

El último barco

A la memoria de Mihály Vörösmarty.

 

Todavía estaba oscuro cuando partimos y, aunque sabíamos que ya no había ninguna razón para estúpidas expectativas, pues daba igual si era la mañana o la noche, pensábamos que ese día también amanecería, saldría el sol, se extendería la luz, es decir, clarearía y nos veríamos los unos a los otros, los rostros arrugados, las bolsas de los ojos sanguinolentos o la piel rugosa detrás en la nuca, veríamos a nuestras espaldas la estela que pronto se alisaría en el agua, los edificios abandonados del muelle, las calles vacías e intactas que se introducían entre ellos y después, más allá de la ciudad, la orilla ligeramente elevada en toda su amplitud, esperando el momento del derrumbe. Partimos en la oscuridad y, si bien pocas veces ocurría que una persona se dirigiera a otra (si es que coincidíamos en el camino al puerto del Danubio, si daba la casualidad de que uno pasaba por el lado de otro o varios pasaban junto a uno), necesitábamos, sin embargo, esas siluetas borrosas, apenas perceptibles, pues sólo gracias a ellas podíamos determinar nuestra posición momentánea y la dirección correcta, ya que los faros de los todoterrenos de las unidades del eva que pasaban por aquí y por allá a una velocidad vertiginosa, más que ayudarnos, nos desorientaban y, por otra parte, no podíamos fiarnos de la rutina en ese momento en que todo resultaba arriesgado. Tras semanas de angustiosa espera, ilusionados por la noticia de la hora exacta de la salida anunciada al amanecer por megáfono y en carteles escritos a mano, sin siquiera esperar a que comenzase la ceremonia del alba, absurda y últimamente renqueante hasta la desesperación, partimos desde diferentes puntos—lejanos y cercanos—de la capital y en el fondo, sin embargo, todos del mismo lugar, de debajo de la tierra, como las ratas, que por su extraordinaria capacidad de supervivencia se habían convertido en los últimos meses casi en una suerte de animales sagrados y, por tanto, en objeto exclusivo de nuestra atención: de sótanos, de madrigueras, de oquedades que antaño habían servido como despensas, de pozos de decantación y de refugios provisionales, y quienes no habían considerado tranquilizadoras esas soluciones emergían de los túneles del metro y del tren de cercanías, desde el fondo de los baños turcos y de los talleres de reparación subterráneos o del laberinto de las cloacas, considerado el lugar más seguro, y emprendían el camino, corto o largo, con el equipaje preparado desde bastante tiempo o sin él. Sería, no obstante, una exageración afirmar que "entonces se poblaron las calles", porque—como se supo después—, apenas quedábamos sesenta en la ciudad, o sea, que el eva tenía razón al juzgar que un barco fluvial de tamaño medio se ajustaría perfectamente a las necesidades, y fue eso, la dimensión, lo que nos extrañó a algunos—sólo hasta el momento de la partida, por supuesto—, ya que ante la imposibilidad de aprovechar las vías terrestres y aéreas todos teníamos claro que la única solución era el agua. La mayor preocupación para llegar al puerto la suponía el sentido—o el sinsentido—del equipaje, consistente en gran parte en maletas más o menos grandes, bolsos de viaje, sacos y cajas de cartón, pues el espíritu de la situación hizo que cada vez más objetos personales empezaran a sustituir los objetos útiles que se habían ido acumulando como consecuencia de un inicialmente involuntario sentido práctico hasta que al final no quedó nada práctico: en vez de la ropa interior de abrigo se incluyó el reloj de cuco roto; en vez de la harina y del chocolate en polvo, la colección de etiquetas de cajas de cerillas, y en los días previos a la partida ya daba la impresión de que una boquilla barata tenía más importancia que el infiernillo y unas conchas de mar más que los analgésicos para el dolor de muelas y de cabeza. Soportábamos de maneras diversas la conciencia de que ambas soluciones carecían de sentido: algunos se arrastraron por la ciudad con todos sus bártulos y llegaron al barco extenuados, jadeando, con los miembros entumecidos; otros, en cambio, llegaron con las manos vacías, mientras que los puños cerrados de algunos daban a entender que no habían sido capaces de desprenderse de algo en el camino. Llegamos uno a uno al "muelle provisional" y, como estábamos convencidos de que los sesenta sólo desempeñábamos el papel de avanzadilla, la mayor sorpresa nos la causó el barco que aguardaba en silencio en la oscuridad. No logró disiparla el efímero alivio que nos significó comprobar, al llegar de las calles aledañas a ese punto del muelle, que no habíamos cometido ningún error y que, en efecto, algo flotaba allí en el agua. El "barco danubiano de tamaño medio" nos recordaba a todos a un navío de desguace sombrío e inútil que la oficina de turismo quizá había considerado en su día adecuado para sustituir con su parsimonioso balanceo una excursión en barco cuando se trataba de grupos escolares, aunque desde entonces había pasado sin duda mucho tiempo, ya que el medio de transporte acuático destinado a nosotros se había hundido tanto que una que otra ola más o menos grande le barría la cubierta y tres o cuatro personas en condiciones habrían bastado para sumergirlo del todo y para siempre. Nuestros malos presentimientos aumentaron cuando no vimos ningún movimiento encima, no aparecía ningún marinero ni ningún oficial del eva, la cabina de mando estaba oscura y desierto estaba también el muelle, por mucho que miráramos hacia un lado y hacia el otro. Y—mientras esperábamos cada vez más impacientes la llegada de alguien al puente de mando o de algún todoterreno del eva para comenzar el control de la documentación—nuestra preocupación en lo que respectaba al barco no disminuía, sino que más bien crecía, pues viéndolo más de cerca descubríamos cada vez más fallos tanto en el casco como en la cubierta. Unos palmos por debajo del morro había un agujero de forma circular, como si una bala de cañón hubiera alcanzado la embarcación, en la cubierta de popa faltaban unos cuantos tablones, el costado de la cabina de mando carecía de cristales en las ventanas y así sucesivamente, por no hablar de las amarras que ya se habían podrido del todo; además, uno de los bolardos se había desprendido en parte del hormigón del muelle como si lo hubiese atacado un alevoso animal subterráneo. Aguardamos zarandeados por un viento cortante, gruñendo, y cuando comprendimos que una inspección más minuciosa podía convertir el asombro inicial en una cólera de resultado incierto y bastante arriesgada, comenzamos—en vez de pasar a la acción—a fustigar el navío con palabras cada vez más burlonas, lo cual nos aseguraba cierta protección y por otra parte nos proporcionaba un sentimiento de liberación alegre y al mismo tiempo carente de todo riesgo. Llevábamos tanto tiempo sin conocer una sensación así que incluso intervinieron de vez en cuando, añadiendo aquí y allá algún comentario, algunos que parecían los más taciturnos, de manera que tras interjecciones tales como "¡Vaya barco de mierda!" o "¡Vaya galera abollada!" o "¡Vaya trasto asqueroso!" notamos cierta sensación de alegría y comenzamos a ver también con cierta ternura esa embarcación que crujía y rechinaba mientras se mecía allá abajo y con un sentimiento de pertenencia entre nosotros como el que nos suele vincular, por ejemplo, con alguna bagatela que llevamos en el bolsillo. Y cuando de dos calles que discurrían paralelas en dirección a "nuestro muelle" llegaron casi al unísono y frenaron chirriando junto a nuestro grupo un tanto disperso dos todoterrenos del eva, ya estábamos seguros de que "ese barco nuestro no nos dejará en la estacada"… La llegada súbita e inesperada de los hombres del eva no nos alteró particularmente, sino que nos provocó más bien algo así como una satisfacción rabiosa, y sólo formamos la obligatoria fila de dos a los gritos del subcomandante encargado de la unidad. Unos años antes, claro está, la presencia de algún uniforme blanco o de un todoterreno ya habría sido suficiente para que nos arrimáramos a la pared con el corazón en un puño, sudando por el miedo, pero desde que se marcharan no sólo gran parte de las tropas sino también el estado mayor y sólo quedara ese comando especial—que de especial tenía poco—para gestionar el traslado de los rezagados, el orden se vino abajo, se impuso el caos, unos chavales se pusieron los otrora temidos uniformes y ya ni siquiera iban acompañados de intérpretes, ya que para el saqueo no se necesitaban palabras, de manera que de la anterior crueldad sólo quedaban esos gritos y chillidos, de las anteriores características externas, tan precisas, de las típicas operaciones sólo las acciones "fulminantes", vacuas, desesperadas, ridículas y carentes de rumbo. Sin embargo, aunque por nuestras experiencias sabíamos que la actual maquinaria sólo era un pálido reflejo de la antigua, la cual había funcionado en su día como una seda, pensamos que incluso así recapacitarían y resolverían rápidamente las formalidades que quedaban y que, por otra parte, tampoco eran ya necesarias. No obstante, durante largo tiempo no ocurrió nada. De uno de los todoterrenos hicieron bajar a cuatro o cinco civiles, que pasaron junto a nosotros con la cabeza gacha y pasos inseguros sin alzar una sola vez la vista, y los acompañaron al barco. Después examinaron con detalle nuestros bártulos y como no encontraron nada de su gusto, arrojaron, enfurecidos, unas maletas y unos bolsos al agua. A continuación, se situaron varias veces detrás de uno o de otro, pero ni siquiera fueron capaces de castigar a los murmuradores, y lo cierto es que tampoco podían acusar a nadie de un delito más grave. Su impotencia nos entristecía porque nos dábamos cuenta de que no podían comprender que nuestra tenaz resistencia anterior se había convertido con el tiempo en una decisiva disposición a colaborar, la cual, sin duda, había de resultarle paralizante a un organismo para cuyo funcionamiento era más importante la existencia de una continua oposición que la victoria. Cuando la situación ya les resultó fastidiosa, no les quedó más remedio que comenzar a exigirnos la documentación; tuvimos que volver a ponernos en fila, ahora uno detrás de otro, frente a la pasarela, y entonces no les molestó ya que nuestra columna se disolviera al cabo de escasos minutos y diera la impresión de un rebaño cansado y adormilado más que de un grupo disciplinado. La identificación sólo les suscitaba problemas a ellos, pues a nosotros nos daba lo mismo qué documento aceptaban: ni nuestra identidad ni nuestras personas tenían ya particular importancia. Nuestros documentos no decían nada, ya que ni siquiera nosotros podíamos determinar en realidad cuál era el verdadero y cuál el falso; considerábamos que cualquier nombre, cualquier dato podía referirse también a nosotros, y como nos resultaba difícil decidir "qué nos convenía ser" optamos por conservar todos los papeles que con el tiempo se habían acumulado, y eran muchos. El barco, al que nos hicieron subir uno por uno, no daba señales de zarpar pronto; si bien en el puente de mando había ya una luz encendida, observamos desanimados a los dos civiles que se movían inseguros ahí dentro y que, según todas las apariencias, daban vueltas completamente desconcertados, pulsaban los botones y accionaban las palancas a la buena de Dios, confiando en el azar, en la buena suerte para dar con la maniobra adecuada; en cuanto a los otros dos o tres civiles, éstos habían desaparecido hacía tiempo en la quilla del barco, adonde los habían enviado sin duda a reparar los evidentes fallos de las máquinas, aunque estábamos casi seguros de ganar si apostábamos a que lo primero que hicieran allí esos holgazanes fuese buscar un sitio apropiado para dormir durante todo el viaje (y así ocurrió, en efecto). En esa situación sin esperanzas nos supuso una auténtica sorpresa percibir al cabo de media hora más o menos una ligera vibración bajo los pies y oír a continuación, sin que nos cupiera la menor duda, el esforzado rumor de los motores; los dos civiles en el puente de mando se miraron y asintieron contentos con la cabeza y también nosotros sentimos cierto alivio al verlos, pues nos repugnaba la idea de tener que seguir quizá en el lugar una vez que no nos quedaba más remedio que marcharnos. Curiosamente, como ya no parecían existir obstáculos serios para nuestro viaje y era seguro que nuestro navío al menos podía funcionar, de pronto perdimos la paciencia y nos pareció de enorme importancia no esperar ni un minuto más y zarpar enseguida, y esos minutos resultaron tanto más insoportables cuanto que estábamos convencidos, además, de que la mayoría de la gente estaba aún por llegar, de modo que nos aguardaban todavía unas cuantas horas. Las apariencias también reforzaban nuestro error: los hombres del eva permanecían indiferentes, tranquilos, mudos en torno a los todoterrenos en el muelle, alguno se encendía un cigarrillo, de manera que bien podíamos creer que igualmente ellos se preparaban para horas de espera, aunque en realidad sólo se trataba de una medida de seguridad. A nosotros ni siquiera se nos ocurrió tal posibilidad; nerviosos, tensos, fijábamos la vista en las dos calles que desembocaban en el muelle y pensábamos llenos de odio en los hombres y las mujeres a los que se les habían pegado las sábanas y quién sabía cuándo se presentarían por fin en el embarcadero. Estábamos allí como mirando las bocas oscuras de unos túneles de los cuales al final habrían de emerger esas personas. Con el tiempo ya nos habríamos contentado con una sola, y nuestro odio pronto se convirtió en preocupación y la idea de una capital tal vez completamente desierta y abandonada se tornó angustiante; algunos se apretujaron contra la barandilla, los ojos nos hacían chiribitas de tanto mirar, aunque todo en vano, porque no llegaba nadie. Luego, cuando el subcomandante del eva hizo una señal burlona a los dos civiles (los otros habían sido engullidos por las entrañas del barco) y los dos soltaron entonces las amarras y levaron las anclas, estábamos todos en la cubierta, con la mirada clavada en las calles que desembocaban en el muelle, y ni siquiera se nos ocurrió pensar que zarpábamos, pues necesitamos tiempo para sustituir el absurdo de que hubiera gente que permaneciera definitivamente en la ciudad por otro absurdo, la locura vacua de una urbe desierta. Algunos de nosotros respiramos aliviados cuando por fin perdimos de vista los todoterrenos y la apática unidad e incluso procuramos expresarlo de alguna manera, pero la mayoría sólo cobró conciencia de lo que ocurría cuando de repente—"casi al mismo tiempo"—nos dimos cuenta de que clareaba. Poco a poco nos instalamos en la cubierta de popa y en torno al puente de mando, procuramos encontrar la posición más cómoda y algunos incluso tratamos de entablar, con escaso éxito, eso sí, una conversación con los civiles para al menos tener una mínima idea de cuanto nos esperaba próximamente, de si nos pararíamos antes de llegar a la frontera o quizá después, de si nos convenía concebir la esperanza de lograr alguna ventaja en nuestro barco, el cual, según todos los indicios, seguía bajo la autoridad del eva, pero sin su presencia real. No nos sorprendió que nuestros intentos resultaran inútiles y, de hecho, no sabíamos si no era mejor no entender nada de nada. Quien tenía algo para comer comió algún bocado, algunos hasta durmieron un rato, pero luego todos nos quedamos mirando el paisaje que iba pasando poco a poco, la línea irregular y serpenteante de los puestos de vigía, las formas de mariposa de las bases de defensa que se alzaban a lo lejos, las suaves ondulaciones de las antiguas pistas de aterrizaje cuarteadas por la sequía, los recuerdos de los abetales calcinados en las cada vez más frecuentes colinas, escuchábamos el ulular del viento y el zumbido uniforme de los motores, el murmullo del Danubio en torno al casco abollado del barco, y el silencio que se posó sobre nosotros sólo se vio perturbado de vez en cuando por los fugaces malos augurios de algunos de nuestros agotados compañeros. Nuestro barco progresaba con esa misma calma río arriba, y como el destino era el mismo, aunque la dirección la contraria, nuestra atención se fue fijando en los objetos que veíamos pasar: lavabos baratos y oxidados encallados en las orillas, neveras y estufas de gasoil destripadas retenidas por las piedras, restos de árboles, neumáticos y sillas que discurrían flotando, barriles de hojalata y juguetes de plástico, cadáveres de corzos, perros y caballos, de manera que cualquier cosa que aparecía cerca de nosotros enseguida merecía nuestra atención cada vez más intensa, eso sí, hasta que nos dimos cuenta de que nuestra curiosidad, muestro interés, es más, a veces también nuestra compasión se debían exclusivamente al rumbo que tomaban. El sueño no tardó en vencernos; quien pudo se cubrió con algo; quien no, intentó buscarse en la cubierta un rincón a resguardo del viento y acurrucarse todo lo posible con las manos en los bolsillos; sólo quedaban despiertos los dos civiles en el puente de mando iluminado y observaban satisfechos la superficie lisa del agua que se extendía ante nosotros, cortada por la proa. A la caída de una nueva noche, todavía yacíamos aturdidos por el cansancio, y sólo se produjo un sordo murmullo cuando uno de nosotros alzó de pronto la cabeza, se incorporó, se dirigió a la popa y, señalando el paisaje que desaparecía ya para siempre sumido en una densa oscuridad, exclamó con un alivio teñido de amargura: "Mirad, aquello era Hungría"

Fuente: El Confidencial


 

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sábado, 11 de octubre de 2025

Cuento completo de Enrique Lihn

 

Cuento completo de Enrique Lihn

A continuación, te presento un cuento completo “El hombre y su sueño”, de Enrique Lihn, un destacado poeta, narrador, crítico literario y dibujante chileno, considerado una de las voces imprescindibles de la poesía hispanoamericana del siglo XX.

Este cuento para adultos es una alegoría sobre la tensión entre razón e instinto, vigilia y sueño, en la búsqueda de la identidad. A través de un narrador errante y su vínculo con un enigmático amigo, se explora el deseo de alcanzar una conciencia total y los riesgos de intentar disociarse de la parte más oscura e inconsciente del ser. La obra plantea que querer dominar o superar esa dualidad humana puede llevar a la pérdida de uno mismo. Asimismo, el amigo representa la búsqueda extrema de la lucidez absoluta, el deseo de liberarse del inconsciente y del sueño para alcanzar una identidad pura y consciente, pero al hacerlo, encarna la tragedia del exceso de razón: al intentar dominar su dualidad, termina perdiéndose a sí mismo.

 

El hombre y su sueño

En algún punto de la ciudad, de esta ciudad demasiado grande para que dos seres que se amen se encuentren si se han perdido de vista alguna vez, un hombre de mi edad vela, mientras todos duermen. Su vigilia no tiene nada de común con la vigilia a la que nos condena la súbita desaparición de nuestra amada, la angustia que precede a un día de decisiones irrevocables o la persistencia de un pensamiento que se resiste a tomar forma. No es tampoco el efecto de una digestión trabajosa, ni del desorden físico que sucede a un largo período de disipaciones. Es una vigilia no registrada hasta ahora en los anales médicos; una enfermedad incurable; una espléndida llaga destinada a no cicatrizar.

—El sueño —me dijo un día mi amigo— es nuestro doble: una especie de hermano gemelo al que, de no mediar un acto de voluntad sobrehumana, permaneceremos unidos durante toda nuestra vida. Hasta ahora, nadie, que yo sepa, ha intentado desprenderse de él. La operación es más que peligrosa, y los dolores que sin duda provoca, o son superiores a nuestra capacidad para soportarlos, o las ventajas que aquélla nos ofrece, si es llevada a cabo felizmente, no alcanzan a compensarnos de ellos.

—Si es así —murmuré, pues mi facilidad de palabra en ese entonces era escasa—, ¿qué motivos tienes, no ya para desear esa separación que consideras imposible, sino para detenerte en un pensamiento tan superfluo; tú, que eres por naturaleza inclinado a la acción, que nunca te has propuesto nada que no pudieses realizar en el acto?

En los labios de mi amigo se dibujó una sonrisa a la vez dulce y amarga, no exenta de cierto misterio turbador.

—Escucha —me dijo, extendiendo ambos brazos sobre la mesa, las palmas de las manos vueltas hacia mí—. Sabes de más que un carácter como el mío no cambia de la noche a la mañana.

Estas dos últimas palabras me estremecieron visiblemente.

—¿Entonces?

—Cada 1111 años, un hombre, entre millones de semejantes suyos, puede intentar disociarse de su propio sueño, sea asimilándolo a su vigilia, sea dotándolo de los atributos necesarios para que la naturaleza lo confunda con uno de sus hijos. Ese hombre del que hablo es el único capaz de exponer objetivamente las ventajas de la vigilia absoluta. Te hablaré de dichas ventajas…

—Amigo mío —le dije, con una voz turbada por la emoción—. A no dudar, tu inteligencia es infinitamente superior a la mía. Igual cosa puede decirse de tu cultura científica y humanística; mientras tú dominas más lenguas muertas y vivas de las que puedo enumerar, yo apenas logro expresarme en mi lengua materna. No en vano has enceguecido sobre los libros cuando yo vagaba de un lado para otro entre las cuatro paredes de esta habitación o en los suburbios de esta ciudad maldita. Con todo, me atreveré, para tu bien, a formular la opinión en que tengo las palabras que has dicho y las que estás por decir. Amigo mío, te extravías. El hilo demasiado extenso y fino de tu pensamiento, debe ser cortado antes de que te conduzca a regiones de las que no regresarás. Recuerda que nuestros deseos deben estar en proporción a nuestra capacidad para saciarlos, y que, si se extralimitan, nos conducen a la ruina. No te sientas llamado a desempeñar un papel que ignoras si otro, antes que tú, ha desempeñado.

Las últimas frases de mi discurso fueron dichas en alta voz, de una manera delirante. Ya serenado, posé mi vista en el rostro de mi compañero, esperando sorprender en él una expresión aprobatoria o, al menos, inquieta.

Nada de eso; la más profunda quietud y seguridad interiores se reflejaban en sus rasgos.

Pero, a partir de esa noche, mi amigo guardó silencio durante muchos días.

 
En la actualidad desempeño un sinnúmero de pequeños oficios. Ninguno de ellos por sí mismo me permitiría vivir, y las rentas que me proporcionan en conjunto apenas cubren mis necesidades, por lo demás ínfimas. Creo, sin embargo, en la necesidad de que el ciudadano se especialice, para beneficio suyo y de la colectividad. Aunque esta ciudad en que habito me es casi desconocida y, en consecuencia, puedo decir que no la amo, he intentado varias veces serle útil mediante el aprendizaje de una profesión bien definida. Mis esfuerzos no han sido recompensados. En primer lugar, soy demasiado viejo para entrar como aprendiz en los talleres artesanos y, en segundo lugar, mí casi absoluta falta de capacidad para concentrarme en una actividad dirigida, hace de mí una presa poco codiciable por los maestros.

Después de todo, no me quejo de mi suerte. De mi incapacidad obtengo algunas ventajas. Llevo una vida agitada y caótica, como mis pensamientos. Me desplazo, de escenario en escenario, a una velocidad incomparable. Mis ocupaciones se diferencian entre ellas tanto como mi rostro de sí mismo, según las emociones que me embargan. Durante quince días he hecho de ayunador en una feria de los arrabales; he sido incorporado al ejército y expulsado de él cada vez que la ciudad se ha visto en peligro de caer en manos de sus enemigos. No por indisciplina, sino por falta de instintos militares. Un hombre de ciencia me hace entrar todas las mañanas en su laboratorio. Me examina con minuciosidad, incansablemente. Encuentra que mi organismo ofrece curiosas anomalías e inexplicables lagunas. «Tu vida —me ha dicho— no está en tu cuerpo, sino en alguna otra parte. Un hombre cualquiera no podría vivir sin los órganos que en ti no se han desarrollado suficientemente.» En las noches frecuento las alfarerías subterráneas, donde ancianas bellísimas y pobremente vestidas se dedican a la fabricación de complicadas figurillas de barro perfumado. Yo les hablo del mundo exterior, del que ellas tienen una confusa noción, que coincide en todo con la idea que he logrado formarme de él. Entre las alfareras soy admirado por mi habilidad para modelar y pintarrajear toda clase de animalillos fantásticos, que me reportan algunas monedas. Eventualmente, soy aguatero o hago pequeños papeles mímicos en los circos ambulantes. Mi sentido musical hace de mí un flautista muy solicitado para las bodas y bautizos.

Por las tardes, cuando no tengo nada que hacer y la melancolía empieza a apoderarse de mí, me deslizo hacia los barrios inferiores. Allí comparto mis alimentos con algún vagabundo. Cuando las circunstancias no me deparan compañeros pacíficos, es tanto mi miedo a la soledad, que no desdeño las posibilidades de atraerme las simpatías de los ladrones y los asesinos. Entre éstos y aquéllos he hecho algunas amistades, poco durables, por cierto, pero profundas. Cuando he visto sus cadáveres suspendidos por el cuello a lo largo de las calles de la ciudad, no he podido dejar de sollozar. En general, sólo evito encontrarme con los mendigos ciegos, que están siempre demasiado ávidos de mi palabra y que parecen sentir por mí una especie de sórdida ternura.

No es que no tenga dificultades con la gente: más de alguien me ha abofeteado cuando le he propuesto que durmiese conmigo. Es inútil que trate de explicarles el sentido de mi invitación. Sé que las costumbres de un pueblo poco numeroso en relación a la inmensidad de sus dominios, condenan, justificadamente, el vicio solitario, la esterilidad y, con mayor razón, las inversiones sexuales. Ni siquiera la gerontofilia, vicio muy común en regiones menos civilizadas y que, dada mi noción defectuosa del tiempo, comprendo a la perfección, hace estragos entre nosotros. Las bellas alfareras han sido recluidas en sus subterráneos para evitar a la juventud los dolores de un amor imposible, y los ancianos públicos desarrollan su actividad patriarcal en recintos a los que no se llega sino con una recomendación especialísima o en cumplimiento de misiones oficiales. Estoy perfectamente enterado de todo esto, y agradezco, en el fondo, a mis amigos que se limiten a vapulearme con ocasión de esas invitaciones que les hago en los momentos de mayor intimidad. Si ellos perteneciesen a las clases privilegiadas, mucho más prejuiciosas, mi reputación estaría ahora por los suelos y, con seguridad, se me hubiese recluido.

Pero si por una parte es encomiable el silencio que guardan los delincuentes respecto de mis palabras comprometedoras, por otra, hasta a mí mismo, que soy su beneficiado, me parece digno de censura. Ese silencio, más que el efecto de una libertad y profundidad de pensamiento, lo es de una ciega y perniciosa relajación de las costumbres. Prueba de ello es que, sin comprender la pureza de mis intenciones, éstas, que despojadas de dicha pureza me parecerían abominables, les parecen a ellos, a lo más, inconvenientes.

 
En algún punto de la ciudad hay, sin embargo, un hombre: mi semejante, que no enrojecería ni me maldeciría si intentase arrastrarlo, al atardecer, por la escalera de caracol que conduce a mi desnudo y estrecho aposento. Durante sus años de formación y mis años de progresiva lucidez mental, él y yo vivimos tan estrechamente unidos y separados como Narciso y su imagen reflejada en la superficie de un espejo. Desde el amanecer hasta el crepúsculo, mi amigo permanecía inmóvil, el rostro entre las manos, siguiendo el infinito hilo de su pensamiento a través de un laberinto que se hubiera creído circular. Entonces, una gran laxitud me embargaba. Como no tuviese problemas que resolver a corto plazo, me tendía yo en nuestro lecho común, los brazos cruzados bajo mi pequeña cabeza, o me deslizaba por la habitación como una sombra, deteniéndome de tarde en tarde a sus espaldas. Llegada la noche, como no lo retuvieran sus intereses en el centro de la ciudad, se tendía mi amigo junto a mí y, como a dos líneas paralelas, nos reunía el sueño en lo infinito. Era el momento en que el universo se coloreaba para mí y la sangre comenzaba a circular acompasadamente por mis venas. Como a un prisionero al que de súbito se le abren las puertas de su celda y al que un ángel le indica la salida con un dedo de fuego, todo me parecía conducir a una región sin sombra. A través de mis párpados entornados examinaba yo el rostro de mi compañero, y el amargo rictus de sus labios no menoscababa el placer que me proporcionaba su presencia. Entre él y yo se extendía un espacio intensivo, no mensurable en su invisibilidad, pero que, como una lámina transparente, nos hacía insensibles el uno al otro. Sus más secretos pensamientos me eran, por el contrario, revelados. No en lo que tenían de claro y distinto, no en su orden y extensión formales, sino en su profundidad y en su vida. Distinguía en ellos, con una mirada certera, lo esencial de lo superfluo, y gustaba de ordenarlos como un ajedrecista consumado ordena las piezas de un juego de principiantes, hasta situarlas en su justa peligrosidad. Sé que mi proceder no era del gusto de mi amigo; pero me era imposible escatimarle los beneficios del que yo creía un impulso generoso. Cuando he reflexionado en las razones que mi compañero de lecho ha podido tener para abandonarme, la más plausible de todas me sigue pareciendo la de que, en su excesiva sensibilidad, no pudiese reposar a sus anchas junto a un ser estragado por una vigilia clarividente. Más de una vez despertó en el momento en que mi poder adivinatorio respecto de él se intensificaba al máximo. Esto no significa, de ningún modo, que yo lo juzgase menos piadosamente que de costumbre. Jamás he juzgado a nadie; con mayor razón mi amigo, objeto de mi más absoluta comprensión, ha escapado a mis dictámenes; caso de que éstos pasen a formar parte, en lo sucesivo, de mi bagaje mental.

—¿Estás despierto verdaderamente? —me preguntaba mi amigo, envolviéndome en una mirada penetrante. Yo no sabía, de buenas a primeras, qué contestarle. Despierto, ejercía él sobre mí un poder superior a mis fuerzas para soportarlo. Su lucidez era mucho mayor de la que yo era capaz de concebir mientras duraba su reposo.

Sin mentirle, podía yo articular un si desprovisto de toda convicción. Despierto él, el sueño o el letargo se apoderaban de mi cuerpo y de mi alma como el alba de la noche.

—Escucha, entonces… —su voz adquiría un tono apremiante, patético—. ¿Sabes tú en qué se diferencia un hombre dormido de otro despierto?

—Tal vez…

—En que el despierto sabe quién es, y el dormido no lo sabe.

Un silencio. Mi amigo acercaba su rostro al mio, la mirada brillante y, casi tiernamente, como una madre que interroga la lección a su hijo, murmuraba:

—¿Quién eres tú?

Mi turbación se hacía en ese momento indescriptible. Pero, con todo, intentaba contestar su pregunta:

—Yo soy… tú.

De antemano sabía que esta respuesta, que en labios de una muchacha enciende a su amante, no tendría para él el menor encanto. También yo la formulaba a desgano, y estaba lejos de querer conmoverlo con ella. Nunca mi afecto por él parecía más débil en su fundamento. Llegaba casi a odiar su superioridad sobre mí. Cuando, desilusionado, cerraba nuevamente los ojos, más para evitar mi vista que para conciliar un sueño que le era difícil reanudar, yo sonreía con alivio, como si me hubiesen quitado un gran peso de encima.

 
Ayer tuve ocasión de recordar un suceso ocurrido hace algunos años y al que mi memoria fuera infiel. Le he pedido a un copista, que se divierte en sus ratos de ocio con mi facilidad para asociar palabras, que lo anote en un trocito de pergamino, y me he propuesto hacérmelo leer cada vez que empiece a olvidárseme. Es posible que esté por fin en posesión de la verdad; aunque no veo el beneficio que ella pueda reportarme. Mi amigo me ha abandonado por una razón demasiado sencilla para que yo la hubiese descubierto. En una oportunidad me adelanté a sus deseos, realizándolos por mi cuenta y riesgo. Deseaba demostrarle que sus sentimientos respecto de cierta muchacha no debían ser sino de una naturaleza puramente animal. Yo estaba seguro de que ella no merecía otra cosa. Él no era de mi opinión; aunque no nos explayamos sobre nuestras diferencias, él por pudor y yo por temor de malquistármelo, ambos las conocíamos de sobra. Es más, la mucha cautela con que procedí a sus espaldas no impidió, ésa fue al menos mi impresión, que él siguiera el desarrollo de una tesis que luego no tuve el ánimo de desarrollarle oralmente. Triunfé, sin embargo, en esa oportunidad, cuando creía haberlo echado todo a rodar. Mi amigo olvidó su pasión al comprobar que el objeto de ella estaba muy por debajo de la idea que se había formado a su respecto. La muchacha se me entregó sin conocerme y en circunstancias que la delataron como a un monstruo de obscenidad.

La escena revivió en mí con fuerza al divisar a mi amante de unos minutos entre las columnas que sustentan la entrada del templo. Del interior de éste emergía una de esas procesiones que nos atraen la burla de los paganos: «Un ejército de viejas para la defensa de Dios». Los ecos de un cántico desgarrador llegaban hasta mí, mezclados al griterío de una muchedumbre electrizada por el resplandor de las antorchas. No era de noche; sin embargo, como desde hace algunos días un inexplicable malestar me impide entregarme a mis ocupaciones habituales, vagaba yo al acecho de una oportunidad de distraer mis pensamientos y la encontré en la figura de esa muchacha que a primera vista me resultó difícil distinguir de sus compañeras, como ella jóvenes y vestidas, según lo exigía la ocasión, de rigurosa púrpura; las manos enlazadas, formando un ángulo en el regazo, y el rostro piadosamente inclinado, me hicieron pensar en la inmensurable riqueza de hipocresía que se esconde en cada mujer. Imposible distinguir, respecto de ella, dónde termina la realidad y empieza la ficción. Sólo yo era capaz, en ese momento, de no caer en la trampa de la apariencia y reconstituir la desnudez de una cortesana bajo los hábitos de una virgen entregada al éxtasis religioso.

Me acerqué más a ella, pues mis ojos debilitados por la falta de sueño podían engañarme. Por otra parte, debo reconocerlo, su hermosura volvió, como antaño, a turbar mis sentidos. Comprendí, a pesar mío, que en mi relación con ella el mero deseo sexual no había dejado de jugar un papel de importancia. Acaso el propósito de desengañar a mi amigo —me dije— haya sido la justificación de un acto menos generoso en su fundamento. Recordé, con un progresivo sentimiento de culpabilidad, los preliminares de una escena de la que no me pude sustraer como mero espectador y testigo, y a la que una fuerza ciega terminara por arrastrarme, recompensándome en goces lo que había perdido en dignidad moral.

Dicha escena tuvo lugar en un cementerio público, al atardecer de un día radiante. En contradicción con la vitalidad exacerbada de un paisaje inundado de perfumes vegetales, la muerte había determinado que se cavase allí la tumba de un hombre respetable. La ceremonia se prolongó largo rato, como si el propio cadáver y sus portadores hubiesen acordado apoyar mis propósitos. Yo me había deslizado entre el grupo familiar que, alrededor de la fosa recién abierta, esperaba el resto de la comitiva al que se le confiara el ataúd. Nadie reparó en mi presencia a causa de la tristeza, salvo la hija del difunto, víctima del asedio de mi mirada. Este es el momento de referirnos a ciertos poderes de que estoy dotado y que ejerzo, en especial, sobre las mujeres. No obstante mis ojos sean pequeños y estén demasiado hundidos en sus órbitas para escapar a un observador de la fealdad humana, es muy grande el influjo que tienen sobre las naturalezas sensibles. Como ciertos animales salvajes, puedo provocar en mis víctimas una especie de consentimiento letárgico por el solo hecho de mantenerlas, durante unos instantes, en mi campo visual. En esa oportunidad la sumisión de la elegida me ahorró trabajo. Desde el primer momento depuso toda resistencia y pareció ansiosa de encontrarse a solas conmigo. Su rostro, humedecido por las lágrimas, se contrajo en un gesto lascivo y su mentón temblaba flojamente. Así fue cómo, una vez que el sepulturero terminó su tarea al compás de cánticos rituales; apenas el cortejo se desbandó en dirección a la ciudad; próxima ya la noche, ella y yo, aprovechando el desorden y olvido generales, nos escabullimos hacia una cripta, ocasionalmente abierta. En un abrir y cerrar de ojos ambos estuvimos desnudos, bajo la débil claridad de una lamparilla de aceite. Mi sexo hipertrofiado, del ancho de un cuerno de buey, no me impidió entrar en ella holgadamente. Adheridos el uno al otro, con una fuerza convulsiva y poderosa, rodamos haciendo círculos en el suelo y golpeándonos en las aristas de los catafalcos. Yo había perdido todo dominio sobre mí mismo. Dejó de preocuparme la posibilidad de que los gritos de mi compañera hiriesen los oídos de los guardianes del cementerio. Ignoro cómo pudimos salir de éste, después de una sesión que se prolongó hasta el amanecer, sin que se nos detuviera. La puerta principal debe haber estado cerrada con llave, y sólo provisto de largas sogas es posible escapar por el extremo opuesto a ella, limitado por un abismo profundo.

 
La procesión se desplazaba ya a algunas cuadras del templo. Me le incorporé y acompasé mis pasos a los de mi amante. Marchábamos juntos, pero pasó mucho rato, acaso horas, antes de que notase mi presencia. Tanta era su abstracción o mi insignificancia. Por último, como me apoyase en su brazo para no resbalar —apenas me sostenía sobre mis pies—, fijó en mí una mirada en que el fastidio, la indulgencia y, finalmente, la indiferencia más absoluta se sucedieron a una velocidad vertiginosa. Decididamente, no me había reconocido. Herido en mi orgullo, demostré, una vez más, mi inescrupulosidad. A los oídos de mi compañera deslicé un sinnúmero de frases soeces en las que se mezclaban, por iguales partes, los recuerdos comunes y las exigencias que en su nombre me permitía hacerle para el porvenir.

El silencio con que respondió a mis palabras era el efecto de un desprecio tan profundo, que le impedía devolvérmelas. Puede que mi voz no llegase hasta ella, interceptada por el rumor de la procesión e impotente para sobreponérsele. De hecho mi compañera siguió su marcha sin que en su rostro se alterase un rasgo. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que mi imaginación excesiva había podido jugarme una mala pasada. Acaso nunca poseí yo a esa muchacha, digno modelo de los artistas de la corte. En mi juventud resolvía con tal facilidad las situaciones en que me hallaba, que hoy en día sospecho no todas fueron igualmente reales.

 
Imbuido en estos pensamientos que me llenaban de espanto, e incapaz de seguir una marcha tal vez interminable, tomé asiento en la primera piedra que encontré en el camino. Pronto la procesión desapareció de mi vista, mientras la noche se apoderaba, vertiginosamente, del espacio. Las luces de la ciudad se encendieron y apagaron, en tanto yo recuperaba mis fuerzas. Algunas continuaron encendidas, pero la tiniebla me impedía calcular la distancia a que me hallaba de ellas. «En una de esas habitaciones iluminadas —pensé—, mi amigo se entrega a los placeres y dolores de una vigilia sin término. Ha conseguido su propósito. Ha cortado la maravillosa flor de su conciencia del tallo que la hundía en lo obscuro; pero la flor languidece, sin alimento, y mi amigo comprende, demasiado tarde, el alcance de su acto. El vencedor es a su vez vencido por la magnitud de su triunfo, y la bella columna, elevada en arenas movedizas, se hunde bajo su propio peso. Unos momentos más y su desaparición será completa.»

Elegí, al azar, una de las ventanas iluminadas. Reuniendo todas mis fuerzas, me puse en camino hacia ella. Al cabo de unos segundos corría desbocadamente, como un animal de regreso a su redil. Privado, durante mucho tiempo, de esa luz interior en que los seres humanos se reflejan y revelan sus propios pensamientos y deseos, ella resplandecía ahora en mí con tal poder, que amenazaba consumirme. Pasé revista mentalmente a todos mis actos pretéritos, y no pude sino expresar, a gritos, el disgusto que me producían. Como si otra persona los hubiera cometido con el propósito de envilecerme. Las últimas palabras que mi amigo me confiara sonaban y resonaban en mis oídos: «Todo lo que la vigilia nos permite conquistar, nos lo arrebata el sueño. Una ley insidiosa exige que la altura a que nos hemos remontado libremente esté en proporción a la profundidad a donde nos precipita con las manos atadas… Es necesario infringir esta ley. Es necesario que el sueño y la vigilia se confundan o se separen definitivamente…»

En mi ansiedad, elegí bien. Una a una se extinguieron las luces de la ciudad, menos esa hacia la que me dirigía. Temblando, subí la escalera que conduce a mi habitación, naturalmente desierta. La lámpara, bajo la cual paso largas veladas de meditación y estudio, ardía para sí misma, en medio de una soledad dolorosa. Soy olvidadizo, y la dueña de casa me ha amenazado varias veces con la expulsión por hechos como este. Un pensionista no se puede permitir el lujo de dejar encendida la luz de su pieza.

 
Esta mañana desperté en una posición absurda. El sueño se vengó de mi obsesión por vencerlo, sorprendiéndome en el momento en que me dirigía al lecho. No estaba totalmente de pie, pero el gesto de mi mano sobre el respaldo de la silla indicaba a las claras mi intención de sustituir a ésta por aquél. En compensación, creo que nunca he estado más próximo al triunfo. Hay un punto en que el instinto y la razón, el sentimiento y el pensamiento, el sueño y la vigilia se asocian en un abrazo radiante. Mi vida no ha sido sino un largo y penoso intento de encontrarlo. Quienes como yo comprenden que sólo la exacerbación de la conciencia nos permitirá atravesar inmunes esta época de pesadillas, aprobarán el sentido y el giro de mi aventura. Estas líneas son el primer testimonio «escrito» de ellas. Las redacté en el instante, llamado en lenguaje profano, del despertar. Ignoro si al término del sueño o al principio de la vigilia o, como lo espero, entre ambos estados. Hecho que podré comprobar cuando pueda hallarlas y releerlas; pues, lamentable y misteriosamente, se han extraviado en una habitación en la que eran lo único visible.

Fuente: Lecturia

 

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martes, 30 de septiembre de 2025

Cuento breve de José Emilio Pacheco

 

Cuento breve de José Emilio Pacheco

A continuación, te presento un cuento breve de José Emilio Pacheco: El viento distante. El cuento narra el recuerdo de una visita a una feria ambulante, donde una experiencia inesperada deja una profunda impresión en el narrador y en su acompañante. Lo que parecía un simple paseo se convierte en un momento de revelación sobre el dolor, la dignidad y la soledad humana. A través de esta escena, José Emilio Pacheco muestra cómo, en medio de lo cotidiano, se esconde el sufrimiento silencioso de otros, y cómo ciertos encuentros pueden marcar un antes y un después en la forma en que vemos la vida. 

Este cuento para adultos puedes escucharlo en mi canal de YouTube, Carla Narraciones. 

 

El viento distante

   La noche es densa. Sólo hay silencio en la feria ambulante. En un extremo de la barraca el hombre cubierto de sudor fuma, se mira al espejo, ve el humo al fondo del cristal. Se apaga la luz. El aire parece detenido. El hombre va hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja arder y mira la tortuga que yace bajo el agua. Piensa en el tiempo que los separa y en los días que se llevó un viento distante.

 

       Adriana y yo vagábamos por la aldea. En una plaza encontramos la feria. Subimos a la rueda de la fortuna, el látigo y las sillas voladoras. Abatí figuras de plomo, enlacé objetos de barro, resistí toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que predecía mi porvenir.

       Hallamos en esa tarde de domingo un espacio que permitía la dicha; es decir, el momentáneo olvido del pasado y el futuro. Me negué a internarme en la casa de los espejos. Adriana vio a orillas de la feria un barraca aislada y miserable. Cuando nos acercamos el hombre que estaba a las puertas recitó:

       —Pasen, señores. Conozcan a Madreselva, la infeliz nina que un castigo del cielo convirtió en tortuga por desobedecer a sus mayores y no asistir a misa los domingos. Vean a Madreselva. Escuchen en su boca la narración de su tragedia.

       Entramos. En un acuario iluminado estaba Madreselva con su cara de niña y su cuerpo de tortuga. Adriana y yo sentimos vergüenza de estar allí y disfrutar la humillación del hombre y de una niña que con toda probabilidad era su hija. Terminado el relato, Madreselva nos miró a través del acuario con la expresión del animal que se desangra bajo los pies del cazador.

 

       —Es horrible, es infame —dijo Adriana en cuanto salimos de la barraca.

       —Cada uno se gana la vida como puede. Hay cosas mucho más infames. Mira, el hombre es un ventrílocuo. La niña se coloca de rodillas en la parte posterior del acuario. La ilusión óptica te hace creer que en realidad tiene cuerpo de tortuga. Es simple como todos los trucos. Si no me crees, te invito a conocer el verdadero juego.

       Regresamos. Busqué una hendidura entre las tablas. Un minuto después Adriana me suplicó que la apartara. Al poco tiempo nos separamos. Después nos hemos visto algunas veces pero jamás hablamos del domingo en la feria.

 

       Hay lágrimas en los ojos de la tortuga. El hombre la saca del acuario y la deja en el piso. La tortuga se quita la cabeza de niña. Su verdadera boca dice oscuras palabras que no se escuchan fuera del agua. El hombre se arrodilla, la toma en sus brazos, la atrae a su pecho, la besa y llora sobre el caparazón húmedo y duro. Nadie entendería que la quiere ni la infinita soledad que comparten. Durante unos minutos permanecen unidos en silencio. Después le pone la cabeza de plástico, la deposita otra vez sobre el limo, ahoga los sollozos, regresa a la puerta y vende otras entradas. Se ilumina el acuario. Ascienden las burbujas. La tortuga comienza su relato.

 Fuente: Lecturia

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viernes, 26 de septiembre de 2025

Poemas inolvidables de Julia de Burgos

Julia de Burgos

A continuación, te comparto unos poemas inolvidables de Julia de Burgos, una activa promotora de la liberación de la mujer y considerada por muchos críticos como la más excelsa poetisa puertorriqueña, los cuales puedes escuchar en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

Además, me gustaría dejarte dos de los poemas que más me han impactado: "A Julia de Burgos" e "Íntima".

 

                                                     A Julia de Burgos

Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.

Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo; y el más
profundo abismo se tiende entre las dos.

Tú eres fria muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.

Tú, miel de cortesana hipocresías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el corazón.

Tú eres como tu mundo, egoísta;
yo no; que en todo me lo juego a ser lo que soy yo.

Tú eres sólo la grave señora señorona; yo no,
yo soy la vida, la fuerza, la mujer.

Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a todos, a
todos en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.

Tú te rizas el pelo y te pintas; yo no;
a mí me riza el viento, a mí me pinta el sol.

Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.

Tú en ti misma no mandas;
a ti todos te mandan; en ti mandan tu esposo, tus
padres, tus parientes, el cura, la modista,
el teatro, el casino, el auto,
las alhajas, el banquete, el champán, el cielo
y el infierno, y el que dirán social.

En mí no, que en mí manda mi solo corazón,
mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.

Tú, flor de aristocracia; y yo, la flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos se
lo debes, mientras que yo, mi nada a nadie se la debo.

Tú, clavada al estático dividendo ancestral,
y yo, un uno en la cifra del divisor
social somos el duelo a muerte que se acerca fatal.

Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticiasquemadas,
y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injustoy lo inhumano,
yo iré en medio deellas con la tea en la mano.

 

"A Julia de Burgos" es un poderoso poema de confrontación interna, donde la autora se desdobla para enfrentar su yo social (sumiso, superficial y condicionado por normas patriarcales) con su yo verdadero, libre, auténtico y rebelde. Con un tono desafiante, la poeta denuncia la hipocresía de los roles impuestos a la mujer y afirma su autonomía moral, intelectual y emocional. Es una declaración de identidad y libertad que trasciende lo personal y se convierte en un grito colectivo de justicia y emancipación.

 

                                                        Íntima

 

Se recogió la vida para verme pasar.
Me fui perdiendo átomo por átomo de mi carne
y fui resbalándome poco a poco al alma.

Peregrina en mí misma, me anduve un largo instante.
Me prolongué en el rumbo de aquel camino errante
que se abría en mi interior,
y me llegué hasta mí, íntima.

Conmigo cabalgando seguí por la sombra del tiempo
y me hice paisaje lejos de mi visión.

Me conocí mensaje lejos de la palabra.
Me sentí vida al reverso de una superficie de colores y formas.
Y me vi claridad ahuyentando la sombra vaciada en la tierra
desde el hombre.


Ha sonado un reloj la hora escogida de todos.
¿La hora? Cualquiera. Todas en una misma.
Las cosas circundantes reconquistan color y forma.
Los hombres se mueven ajenos a sí mismos
para agarrar ese minuto índice
que los conduce por varias direcciones estáticas.

Siempre la misma carne apretándose muda a lo ya hecho.
Me busco. Estoy aún en el paisaje lejos de mi visión.
Sigo siendo mensaje lejos de la palabra.

La forma que se aleja y que fue mía un instante
me ha dejado íntima.
Y me veo claridad ahuyentando la sombravaciada en la tierra
desde el hombre.

 

 

El poema Íntima de Julia de Burgos es una profunda exploración introspectiva, donde la autora se aleja del cuerpo y de lo superficial para adentrarse en su ser más esencial. A través de un lenguaje reflexivo y casi místico, se describe como peregrina de sí misma, reconociéndose más allá de la forma, la palabra o el tiempo. Es un viaje hacia lo espiritual y lo auténtico, donde se reafirma como una fuerza de luz que trasciende la oscuridad sembrada por el hombre.


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