domingo, 3 de mayo de 2026

2 cuentos cortos de Samanta Schweblin

 

Samanta Schweblin

A continuación, os presento dos cuentos cortos de Samanta Schweblin que también puedes escuchar en YouTube y SpotifyLa escritora argentina Samanta Schweblin es una de las voces más destacadas de la narrativa actual en español, especialmente reconocida por sus cuentos inquietantes que combinan lo cotidiano con lo extraño. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios literarios, y recientemente consolidó su prestigio al ganar en 2026 el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana por su libro El buen mal, un galardón de gran relevancia en el mundo hispano por su alcance y dotación económica.  Su obra se caracteriza por explorar temas como la fragilidad de los vínculos, la inquietud psicológica y los límites entre la realidad y lo fantástico, lo que la ha convertido en una autora clave del cuento contemporáneo.

En el primer cuento, Perdiendo velocidad, el narrador recuerda a Tego, un viejo artista de circo que antes era lanzado como bala humana y que ahora, envejecido y torpe, siente que “pierde velocidad” hasta morir poco después; el cuento contrapone el pasado espectacular con el presente decadente para mostrar cómo la pérdida de habilidades y del propósito vital se asocia con la cercanía de la muerte. El detalle final, cuando el narrador ya no logra encender el fósforo, sugiere que esa pérdida no era solo de Tego sino compartida: simboliza el paso del tiempo, la fragilidad humana y cómo la identidad ligada a lo que uno sabe hacer termina desmoronándose. 

En Mariposas, un grupo de padres espera a sus hijos a la salida de la escuela, pero Calderón, en un gesto de crueldad aparentemente trivial, daña y mata una mariposa; poco después, las puertas se abren y en lugar de niños salen cientos de mariposas, lo que sugiere una transformación inquietante. El cuento funciona como una alegoría sobre la inocencia infantil y su fragilidad: las mariposas representan a los hijos, y la violencia de Calderón anticipa una posible culpa o castigo simbólico; el final ambiguo deja entrever que su miedo surge al sospechar que ha destruido algo puro y valioso, quizás incluso aquello que más ama, reflejando la relación entre la violencia humana y sus consecuencias irreversibles.


 

Cuentos cortos de Samanta Schweblin

Perdiendo velocidad 

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Tardó en sacar la vista de los huevos.

—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.

Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.

—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.

—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.

Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas terciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.

Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.

—Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.

Miró los huevos.

—Creo que me estoy por morir.

Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.

—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.

Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.

Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.

—¿Café? —pregunto.

—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.

Fuente: Narrativa Breve

 

Mariposas

Ya vas a ver qué lindo vestido tiene hoy la mía, le dice Calderón a Gorriti, le queda tan bien con esos ojos almendrados, por el color, viste; y esos piecitos… Están junto al resto de los padres, esperan ansiosos la salida de sus hijos. Calderón habla, Gorriti mira las puertas todavía cerradas. Vas a ver, dice Calderón, quedate acá, hay que quedarse cerca porque ya salen. ¿Y el tuyo cómo va? El otro hace un gesto de dolor y se señala los dientes. No me digas, dice Calderón. ¿Y le hiciste el cuento de los ratones…? Ah, no, con la mía no se puede, es demasiado inteligente. Gorriti mira el reloj. En cualquier momento se abren las puertas y los chicos salen disparados, riendo a gritos en un tumulto de colores, a veces manchados de témpera, o de chocolate. Por alguna razón, el timbre se retrasa. Los padres esperan. Una mariposa se posa en el brazo de Calderón, que se apura a atraparla. La mariposa lucha por escapar, él une las alas y la sostiene de las puntas. Aprieta fuerte para que no se le escape. Vas a ver cuando la vea, le dice a Gorriti sacudiéndola, le va a encantar. Pero aprieta tanto que empieza a sentir que las puntas se empastan. Desliza los dedos hacia abajo y comprueba que la ha marcado. La mariposa intenta soltarse, se sacude, y una de las alas se abre al medio como un papel. Calderón lo lamenta, cuando intenta inmovilizarla para ver bien los daños termina por quedarse con parte del ala pegada a uno de los dedos. Gorriti lo mira con asco y niega, le hace un gesto para que la tire. Calderón la suelta. La mariposa cae al piso. Se mueve con torpeza, intenta volar pero no puede. Al fin se queda quieta, sacude cada tanto una de sus alas, y ya no intenta nada más. Gorriti le dice que termine con eso de una vez y él, por el propio bien de la mariposa por supuesto, la pisa con firmeza. No alcanza a apartar el pie cuando advierte que algo extraño sucede. Mira hacia las puertas y, como si un viento repentino hubiese violado las cerraduras, estas se abren, y cientos de mariposas de todos los colores y tamaños se abalanzan sobre los padres que esperan. Piensa si irán a atacarlo, tal vez piensa que va a morir. Los otros padres no parecen asustarse; las mariposas solo revolotean entre ellos. Una última cruza rezagada y se une al resto. Calderón se queda mirando las puertas abiertas, y tras los vidrios del hall central, las salas silenciosas. Algunos padres todavía se amontonan frente a las puertas y gritan los nombres de sus hijos. Entonces las mariposas, todas ellas en pocos segundos, se alejan volando en distintas direcciones. Los padres intentan atraparlas. Calderón, en cambio, permanece inmóvil. No se anima a apartar el pie de la que ha matado, teme, quizá, reconocer en sus alas muertas los colores de la suya.

Fuente: Lecturia.org

 

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