Carlos Fuentes
A continuación,
te presento La marcha del caracol, un microrrelato escondido de Carlos Fuentes, hallado por Ernesto
Bustos Garrido en la novela Cambio de piel, Alfaguara, 1997. En este relato para adultos de Carlos Fuentes se presenta una escena íntima y
aparentemente cotidiana en la habitación de un hotel, donde la observación
lenta de unos caracoles refleja las emociones y tensiones silenciosas entre los
personajes. A través de una descripción minuciosa y simbólica, el cuento
transmite una atmósfera de deseo, distancia y contemplación, mostrando cómo los
pequeños detalles pueden revelar aspectos profundos de las relaciones humanas y
del paso del tiempo.
En cuanto al autor, Carlos Fuentes fue un destacado escritor y ensayista mexicano, pilar fundamental del Boom latinoamericano. Cosmopolita y profundamente comprometido con la identidad y la historia de su país, Fuentes renovó la narrativa en español con obras maestras como La región más transparente (1958), La muerte de Artemio Cruz (1962) y Aura (1962). Este microrrelato de Carlos Fuentes puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
La marcha del caracol
Carlos Fuentes
ero
viste la estela plateada del molusco, la seguiste con la mirada tan lentamente
que tardaste varios segundos en llegar al caparazón opaco que se desplazaba por
la pared del cuarto del hotel. Te sentías adormilada y estabas ahí, con el
cuello alargado y las manos escondidas en las axilas; sólo viste un caracol
sobre el muro de pintura verde desflecada. Javier había manipulado las
persianas y el cuarto estaba en penumbra. Ahora desempacaba. Tú, recortada en
la cama, lo viste librar las correas de esta maleta de cuero azul, correr el
zipper y levantar la tapa. Al mismo tiempo, Javier levantó la cabeza y vio otro
caracol, éste veteado de gris, que permanecía inmóvil, escondido dentro de su
caparazón. El primer caracol se iba acercando al detenido. Javier bajó la
mirada y admiró el perfecto orden con que había dispuesto las prendas que
escogió para el viaje. Tú doblaste la rodilla hasta unir el talón a la nalga y
te diste cuenta de que había otro caracol sobre la pared. El primero se detuvo
cerca del segundo y asomó a cabeza con los cuatro tentáculos. Tú te alisaste la
falda con la mano y viste la boca del caracol, rasgada en medio de esa cabeza
húmeda y corneada. El otro caracol asomó la cabeza. Las dos conchas parecían
hélices pegadas a la pared y derramaban su baba. Los tentáculos hicieron
contacto. Tú abriste los ojos y quisiste escuchar mejor, microscópicamente. Los
dos cuerpos blancos y babosos salieron lentamente de las conchas y en seguida,
con el suave vigor de sus pieles lisas, se trenzaron. Javier, de pie, los miró
y tú, recostada, soltaste los brazos. Los moluscos temblaron ligeramente antes
de zafarse con lentitud y observarse por un momento y luego regresaron sus
cuerpos secos y arrugados a las cuevas húmedas del caparazón. Alargaste la mano
y encontraste un paquete de cigarrillos sobre la mesa de noche. Encendiste uno,
frunciste el entrecejo. Javier sacó de la maleta los pantalones de lino azul,
los de lino crema, los de seda gris y los estiró, pasó la mano sobre las
arrugas y los colgó en los ganchos que sonaron como cascabeles de fierro cuando
abrió el armario del año de la nana, los corrió, escogió los menos torcidos y
regresó a la maleta detenida sobre el borde de la cama. Tú observaste todos sus
movimientos y reíste con el cigarrillo apoyado contra la mejilla.
–Cualquiera
diría que piensas quedarte a vivir aquí.
Fuente: Narrativa breve
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