sábado, 8 de febrero de 2025

A través del túnel, el mejor relato de Doris Lessing

 

Doris Lessing

A continuación, te presento el mejor relato de Doris Lessing: A través del túnel, junto con su análisis y significado. También puedes escuchar este relato para adultos en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

Doris Lessing fue una escritora británica galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2007 por su profunda exploración de la experiencia femenina y su crítica social. Su obra más famosa, "El cuaderno dorado”, la consolidó como una figura clave del feminismo y la literatura del siglo XX.

Resumen 

Jerry, se reta a atravesar un túnel submarino mientras está de vacaciones con su madre, enfrentando miedo y dolor, con el fin de demostrar su independencia.

Significado

La historia de este relato simboliza el paso de la niñez a la madurez, mostrando cómo enfrentar desafíos personales es clave para el crecimiento y la autosuficiencia.

 

A través del túnel

    La primera mañana de vacaciones, mientras se dirigía a la costa, el chico inglés se detuvo en una curva del camino y miró hacia abajo, hacia la cala salvaje y rocosa, y después hacia la atestada playa que tan bien conocía de los años anteriores. Su madre caminaba delante de él, con una colorida bolsa de rayas en la mano. El otro brazo, que se balanceaba relajado, se veía muy blanco bajo el sol. El muchacho observó el brazo blanco y desnudo, y dirigió la mirada, que ocultaba un gesto de desaprobación, hacia la cala y después de nuevo hacia su madre. Ella, al notar que no iba a su lado, giró sobre sus talones.

       —¡Oh, estás ahí, Jerry! —dijo. Lo miró con impaciencia y después le sonrió—. ¿Es que no quieres venir conmigo, cariño? ¿Preferirías…? —Frunció el entrecejo, se quedó preocupada por las diversiones que su hijo estaría anhelando en secreto, diversiones que ella ni siquiera había imaginado, por un exceso de ajetreo o por descuido. Ya estaba hecho a esa ansiosa sonrisa de disculpa. El arrepentimiento lo empujó a correr detrás de ella. Y sin embargo, mientras corría, volvió la mirada por encima del hombro hacia la cala; y durante la mañana, mientras jugaba en la playa resguardada, había estado pensando en ella.

       A la mañana siguiente, cuando llegó la rutinaria hora del baño y del sol, su madre le dijo:

       —¿Estás cansado de la playa de siempre, Jerry? ¿Te gustaría ir a algún otro lugar?

       —¡Oh, no! —respondió él al instante, con una sonrisa que obedecía a ese inagotable empuje de arrepentimiento, una especie de gesto caballeroso. Aun así, al descender por el camino junto a ella, se le escapó—: Me gustaría ir a esas rocas de allí abajo y echar un vistazo.

       Ella concedió toda la atención de que fue capaz a esa idea. Era un lugar de aspecto salvaje y no había nadie allí, pero dijo:

       —Por supuesto, Jerry. Cuando te canses de estar allí, vienes a la playa grande. O ve directamente al pueblo, si lo prefieres. —Se fue, con aquel brazo desnudo que se balanceaba, ahora ligeramente enrojecido por el sol del día anterior. Y Jerry estuvo a punto de correr detrás de ella porque se le hacía insoportable el hecho de que se fuera sola. Pero no lo hizo.

       Ella pensaba: Por supuesto que es lo bastante mayor para estar a salvo sin mí. ¿Lo he tenido muy atado? No tiene que sentirse obligado a quedarse a mi lado. Debo ser prudente.

       Era hijo único, tenía once años. Ella era viuda. Estaba decidida a no ser posesiva ni a mostrarse falta de dedicación. Se marchó preocupada hacia la playa.

       En cuanto a Jerry, una vez que vio que su madre había llegado a la playa, inició el descenso hacia la cala. Desde donde estaba, en lo alto, por encima de las rocas de color marrón rojizo, la costa era un cucharón verde azulado en movimiento, ribeteado de blanco. Al descender, vio que se extendía en pequeños promontorios y ensenadas de roca abrupta y afilada, y el vigor y chapoteo de la superficie se teñían de morado y azul oscuro. Finalmente, cuando descendió los últimos metros, entre resbalones y rasguños, divisó una orilla de olas blancas y el movimiento superficial y luminoso del agua sobre la arena blanca y, más allá, un azul intenso y puro.

       Corrió en línea recta hacia el agua y empezó a nadar. Era un buen nadador. Pasó rápido por encima de la arena reluciente, por encima de una zona donde las rocas yacían bajo la superficie como monstruos desvaídos y entonces se encontró en el verdadero mar, un mar cálido donde las frías corrientes irregulares sacudían sus piernas desde las profundidades.

       Cuando llegó lo bastante adentro para volver la vista atrás y ver no solo la pequeña cala sino más allá del promontorio que se alzaba entre esta y la playa grande, se quedó flotando y buscó con la mirada a su madre. Allí estaba, una mancha amarilla debajo de una sombrilla que parecía la cáscara de una naranja. Nadó de vuelta a la costa, aliviado al cerciorarse de que estaba allí, aunque fuera sola.

       Junto a un pequeño saliente de tierra en el que la cala limitaba con el promontorio, había un grupo de rocas. En ellas, algunos muchachos se estaban quitando la ropa. Corrieron desnudos y se arrojaron al agua desde las rocas. El chico inglés nadó hacia ellos, pero se mantuvo a la distancia de un tiro de piedra. Eran gente de aquella costa; lucían un bronceado intenso y hablaban una lengua que no comprendía. Estar con ellos, ser uno de ellos, eso era lo que ansiaba con todas sus fuerzas. Se acercó a nado un poco más; se volvieron y lo observaron con los ojos oscuros entrecerrados, en señal de alerta. Entonces uno le sonrió e hizo un gesto. Era suficiente. En un minuto llegó nadando y ya estaba en las rocas junto a ellos, con una sonrisa nerviosa, de súplica desesperada. Lanzaron alegres gritos de saludo; y después, dado que aún conservaba esa incomprensible sonrisa nerviosa, se dieron cuenta de que era un extranjero que se había alejado de su playa y se olvidaron de él. Pero estaba contento. Estaba con ellos.

       Comenzaron a tirarse de cabeza una y otra vez desde un punto elevado a una poza de mar azul entre rocas abruptas y afiladas. Después de zambullirse y salir de nuevo a la superficie rodeaban el escollo a nado, volvían a trepar y esperaban turno para lanzarse otra vez. Eran mayores; para Jerry, hombres. Se lanzó al agua y ellos lo observaron; y cuando nadó para volver a guardar turno, le hicieron sitio. Se sintió aceptado y se lanzó de nuevo, concentrándose, orgulloso de sí mismo.

       El mayor de los muchachos no tardó en prepararse, se tiró al agua y no salió. Los otros seguían en su sitio y miraban. Después de esperar a que apareciera el impecable rostro bronceado, Jerry lanzó un grito de alarma; lo miraron con despreocupación y volvieron la vista al agua. Después de un buen rato, el chico salió del otro lado de una gran roca oscura, soltando el aire de los pulmones con un jadeo y un chillido de triunfo. De inmediato, los otros saltaron. En un momento, la mañana parecía repleta de muchachos parlanchines; al siguiente instante, el aire y la superficie del agua estaban vacíos. Pero a través del intenso azul podían verse las oscuras siluetas que se movían y avanzaban.

       Jerry se zambulló, a la caza de la especie de nadadores subacuáticos, vio una pared rocosa negra que se cernía sobre él, la tocó y salió de inmediato a la superficie, donde la pared era una pequeña barrera por encima de la cual se podía mirar. No había nadie a la vista; debajo de él, en el agua, las tenues siluetas de los nadadores habían desaparecido. Entonces un muchacho, y después uno tras otro, aparecieron del lado más apartado de la barrera rocosa, y Jerry entendió que la habían atravesado por alguna brecha o un agujero. Se sumergió otra vez. No podía ver nada en el agua salada, que le escocía, salvo la roca lisa. Cuando salió a la superficie todos los muchachos estaban en la roca desde donde se lanzaban, preparándose para repetir la hazaña. Y en ese momento, presa del pánico ante la posibilidad de fracaso, gritó, en inglés:

       —¡Miradme! ¡Mirad! —Y comenzó a chapotear y a dar patadas en el agua como un perro tonto.

       Ellos miraron hacia abajo, serios, con el entrecejo fruncido. Conocía ese gesto. En los momentos de fracaso, cuando hacía el payaso para llamar la atención de su madre, ella lo recompensaba precisamente con esa severa e incómoda inspección. A pesar de la sofocante vergüenza, mientras sentía la suplicante sonrisa en su rostro como si fuera una huella que nunca podría borrar, miró hacia arriba, al grupo de muchachotes bronceados de la roca y gritó: «Bonjour! Merci! Au revoir! Monsieur, monsieur!», a la vez que agitaba los dedos junto a sus oídos.

       Le entró agua en la boca, se atragantó, se hundió, volvió a salir a la superficie. La roca, que hasta hacía poco sostenía a los muchachos, daba la sensación de elevarse sobre el agua cuando desaparecía el peso. Ahora volaban hacia abajo por encima de él, al agua; el aire estaba lleno de cuerpos que caían. Entonces la roca quedó vacía, al calor del sol. Contó uno, dos, tres…

       Cuando llegó a cincuenta estaba aterrado. Debían de estar ahogándose por debajo de él, en las cuevas submarinas de la roca. Al llegar a cien, miró a su alrededor hacia la ladera desolada, preguntándose si debía gritar para pedir ayuda. Empezó a contar más y más deprisa, para apremiarlos, para que salieran rápido a la superficie o para que se ahogaran rápido. Cualquier cosa antes que el horror de seguir contando y contando en la mañana azul que se había quedado vacía. Y entonces, cuando iba por ciento sesenta, el agua que estaba al otro lado de la roca se llenó de muchachos que resoplaban como si fueran ballenas. Volvieron nadando a la orilla sin dirigirle ni una mirada.

       Trepó de nuevo por la roca que hacía de trampolín mientras sentía su abrasadora aspereza bajo los muslos. Los muchachos ya estaban recogiendo su ropa y corrían por la orilla hacia otro promontorio. Se iban para alejarse de él. Gritó abiertamente, con una mirada amenazante. Nadie le miró, gritaba al vacío.

       Le dio la sensación de que había pasado mucho tiempo, y nadó hacia algún punto desde donde pudiese ver a su madre. Sí, aún seguía allí, una mancha amarilla debajo de una sombrilla color naranja. Regresó hacia la gran roca, trepó por ella y se zambulló entre los cantos afilados y rabiosos. Se sumergió hasta tocar otra vez la pared. Pero la sal le escocía tanto en los ojos que no podía ver nada.

       Salió a la superficie, nadó hasta la costa y regresó al pueblo a esperar a su madre. Poco después la vio subir despacio por el camino, balanceando la bolsa de rayas, con el brazo colorado y desnudo colgando a un lado.

       —Quiero unas gafas de buceo —dijo jadeando, con un tono a medio camino entre la insolencia y la súplica.

       Ella le dirigió una mirada paciente, inquisitiva, mientras respondía, con aire despreocupado:

       —Sí, por supuesto, cariño.

       Pero ¡ahora, ahora, ahora! Las necesitaba en ese preciso instante y en ninguno más. Refunfuñó y estuvo dando la lata hasta que fueron a la tienda. En cuanto le hubo comprado las gafas, se las arrebató como si su madre fuera a quedárselas, y salió corriendo camino abajo, hacia la cala.

       Jerry nadó hasta la enorme pared rocosa, se ajustó las gafas de buceo y se zambulló. El impacto del agua arruinó el vacío cercado de plástico y las gafas se aflojaron. Comprendió que debía sumergirse hasta la base de la roca desde la superficie. Se fijó las gafas, llenó los pulmones y flotó, boca abajo, sobre el agua. Ahora podía ver. Era como si tuviese otros ojos; unos ojos de pez que lo mostraban todo con nitidez y delicadeza en el agua refulgente.

       Debajo de él, a unos dos metros de profundidad, el suelo era de arena blanca pura y brillante, y la marea había formado en ella ondas perfiladas y contundentes. Dos siluetas grisáceas se movían por allí, como piezas redondeadas de madera o teja. Eran peces. Los observó mientras se acercaban de frente el uno al otro; después se quedaron inmóviles, avanzaron de pronto, se apartaron y volvieron a dar la vuelta. Era como una danza acuática. Unos palmos más arriba, el agua resplandecía como si alguien lanzara lentejuelas. Peces de nuevo, un sinnúmero de pececillos del tamaño de su uña iban a la deriva, y durante un instante sintió su ligero roce en las extremidades. Era como nadar entre plata desmenuzada. La enorme roca que los muchachos habían atravesado nadando se alzaba contundente sobre la blanca arena, negra, con algunas hierbas verdosas en lo alto. No alcanzaba a ver en ella ninguna brecha. Se sumergió hasta la base.

       Subía una y otra vez, se llenaba de aire los pulmones y volvía a sumergirse. Una y otra vez tanteó la superficie de la roca, sintiéndola, casi abrazándola en su necesidad desesperada de encontrar la entrada. Y entonces, de pronto, mientras seguía aferrado a la pared negra, sus rodillas se elevaron y sus pies salieron disparados hacia delante y no hallaron ningún obstáculo. Había encontrado el agujero.

       Salió a la superficie, trepó entre las piedras que descansaban en la pared rocosa hasta que encontró una grande y, con esta en los brazos, se dejó caer a un lado de la roca. Descendió, por el peso, directamente hasta el suelo de arena. Se agarró con fuerza a la piedra que le hacía de ancla, se quedó a su lado y miró en el interior de la oscura plataforma, justo en el lugar donde habían penetrado sus pies. Podía ver el agujero. Era un hueco oscuro, pero no podía ver el interior. Soltó el ancla, se aferró con las manos a los bordes del agujero e intentó meterse en él.

       Logró introducir la cabeza, se le atascaron los hombros, los movió hacia los lados y pudo ahondar hasta la cadera. No podía ver nada. Algo blando y pegajoso le tocaba la boca; vio una fronda oscura que se movía contra la roca grisácea y le entró pánico. Pensó en pulpos, en algas viscosas. Volvió hacia atrás y entrevió, mientras retrocedía, un tentáculo de algas inofensivo que se amontonaba en la boca del túnel. Pero ya era suficiente. Alcanzó la luz del sol, nadó hasta la orilla y se tendió en la roca que hacía de trampolín. Miró hacia abajo, a la poza azul de agua. Sabía que debía encontrar la manera de abrirse camino a través de la cueva, o agujero, o túnel, y salir del otro lado.

       En primer lugar, pensó, tenía que aprender a controlar la respiración. Se metió otra vez en el agua con una gran piedra en los brazos, para poder quedarse en el fondo del mar sin esfuerzo. Contó. Uno, dos, tres. Contó tranquilamente. Oía los latidos en el pecho. Cincuenta y uno, cincuenta y dos… Comenzaba a dolerle el pecho. Soltó la roca y salió a la superficie. Vio que el sol estaba bajo. Salió disparado hacia el pueblo y encontró a su madre en el supermercado.

       —¿Te lo has pasado bien? —fue lo único que le preguntó. Y él contestó:

       —Sí.

       El muchacho estuvo soñando toda la noche con la cueva de la roca, y nada más acabar el desayuno se dirigió hacia la cala.

       Aquella noche sangró mucho por la nariz. Había estado cuatro horas bajo el agua para aprender a mantener la respiración, y ahora se sentía débil y mareado.

       —Yo, en tu lugar, mediría mis fuerzas, cariño —le dijo su madre.

       Ese día y el siguiente, Jerry ejercitó sus pulmones como si todo, su vida entera, todo lo que pudiera llegar a ser, dependiera de ello. Por la noche volvió a sangrarle la nariz, y su madre insistió en que se quedara con ella al día siguiente. Le atormentaba perder un día de su concienzudo entrenamiento, pero estuvo con su madre en la otra playa, que ahora le parecía un lugar para niños pequeños, un lugar donde su madre podía tumbarse a tomar el sol tranquilamente. No era su playa.

       Al día siguiente, no pidió permiso para ir a su playa. Se fue antes de que su madre tuviera tiempo de considerar las ventajas y los inconvenientes del asunto. Comprobó que un día de descanso había mejorado su resistencia en diez segundos. Llegó a contar hasta ciento sesenta cuando los muchachos mayores atravesaron el conducto. Había contado rápido, por el miedo. Ahora, probablemente, si lo intentara, sería capaz de atravesar el túnel, pero no iba a intentarlo todavía. Una curiosa perseverancia, insólitamente madura, una impaciencia controlada, le llevó a esperar. Mientras tanto, permanecía bajo el agua, en la arena blanca, sujeto a las piedras que había cogido en la superficie, y estudiaba la entrada del túnel. Conocía todos sus ángulos y rincones, en la medida en que estaban a la vista. Era como si ya sintiera su aspereza sobre los hombros.

       Cuando su madre no estaba, se sentaba junto al reloj del pueblo y comprobaba su capacidad. Descubrió, primero con incredulidad y después con asombro, que podía contener la respiración sin esfuerzo durante dos minutos. Las palabras «dos minutos», que el reloj acreditaba, lo acercaban a la aventura que para él resultaba tan necesaria.

       Una mañana, su madre le dijo de pasada que debían regresar a casa al cabo de cuatro días. Decidió que lo haría el día antes de partir. Lo haría aunque muriera en el intento, se dijo a sí mismo en tono desafiante. Pero dos días antes de marcharse —una jornada triunfal en la que había sumado quince segundos más a su cómputo— sangró tanto por la nariz que se mareó y tuvo que tumbarse rendido, como una mata de algas, sobre la gran roca, mientras observaba la espesa sangre que corría y goteaba lentamente hasta el mar. Se asustó. ¿Y si se mareaba en el túnel? ¿Y si moría allí, atrapado? ¿Y si…? Le daba vueltas la cabeza bajo el tórrido sol y estuvo a punto de rendirse. Pensó en regresar a la casa y acostarse, y el próximo verano, quizá, cuando contara con un año más a sus espaldas, entonces atravesaría el túnel.

       Pero después de haber tomado esa decisión, o de pensar que la había tomado, se vio a sí mismo sentado en lo alto de la roca, mirando al agua; y supo que ese instante, ese momento, justo cuando su nariz acababa de dejar de sangrar y todavía le dolía la cabeza y notaba las punzadas, era el momento de hacerlo. Si no lo hacía entonces no lo haría nunca. Temblaba de miedo por si no lo hacía; y temblaba de espanto ante el larguísimo túnel bajo la roca, bajo el mar. Incluso a la luz del sol, la pared rocosa parecía muy ancha y profunda; toneladas de rocas ejercían presión en el lugar al que él se dirigía. Si moría, permanecería allí hasta que un día —quizá hasta el próximo verano— los muchachos mayores encontrasen el acceso bloqueado.

       Se puso las gafas, se las ajustó y comprobó que no entrara aire. Le temblaban las manos. Luego eligió la piedra más pesada que pudo cargar y se deslizó por el borde de la roca hasta que la mitad de su cuerpo se introdujo en el agua fría, acogiéndolo, y la otra mitad quedó al sol. Dirigió la mirada al cielo despejado, se llenó los pulmones de aire una vez, dos veces, y se sumergió rápidamente hasta el fondo con ayuda de la piedra. La soltó y empezó a contar. Se agarró a los bordes del agujero y penetró en él, moviendo los hombros en cuanto recordó que debía hacerlo, sacudiendo las piernas para avanzar.

       Pronto estuvo bien adentro. Se encontraba en un pequeño agujero lleno de agua verde amarillenta. La pared del techo era rugosa y le arañaba la espalda. Se impulsó hacia dentro con las manos —rápido, rápido— y usó las piernas a modo de palanca. Su cabeza chocó contra algo; un punzante dolor lo dejó aturdido. Cincuenta, cincuenta y uno, cincuenta y dos… No había nada de luz, y era como si el agua descargara sobre él todo el peso de la roca. Setenta y uno, setenta y dos… No notaba ninguna molestia en los pulmones. Se sentía como un globo inflado, sus pulmones estaban ligeros y relajados, pero sentía latidos en la cabeza.

       Notaba todo el tiempo encima de él la presión de la roca, que era rugosa y a la vez viscosa. Pensó otra vez en los pulpos y se preguntó si habría algas en las que pudiera quedarse enredado. Dio una patada de pánico, convulsa, hacia delante, agachó la cabeza y nadó. Sus pies y sus manos se movían con libertad, como si estuviera mar adentro. El agujero debía de haberse ensanchado. Pensó que estaba nadando muy rápido, y tenía miedo de golpearse la cabeza si el túnel se estrechaba de repente.

       Cien, ciento uno… El agua se iluminaba. Sintió la victoria. Comenzaban a dolerle los pulmones. Unas cuantas brazadas más y estaría fuera. Contaba frenéticamente; llegó a ciento quince y luego, al cabo de un rato, repitió ciento quince. A su alrededor el agua era del color de una esmeralda. Entonces vio, por encima de su cabeza, una grieta que se abría en la roca. Por allí entraba el sol y permitía ver la roca lisa, oscura, del túnel, la concha de un mejillón y delante la oscuridad.

       Estaba al límite de sus fuerzas. Miró hacia arriba, a la grieta, como si contuviera aire en vez de agua, como si pudiera acercar su boca a ella y sorber el aire. Ciento quince, se oyó decir a sí mismo en su mente; aunque ya lo había dicho hacía rato. Debía avanzar en la oscuridad o se ahogaría. Se le estaba hinchando la cabeza, los pulmones se le desgarraban. Ciento quince, ciento quince, retumbaba en su cabeza, y se agarraba débilmente a las rocas en la oscuridad, empujándose hacia delante, dejando atrás el pequeño espacio de agua iluminada por el sol. Sentía que se estaba muriendo. Estaba a punto de perder la conciencia. Luchó en la oscuridad, ya en medio de intervalos de inconsciencia. Un dolor terrible, cada vez más intenso, le azotaba la cabeza, y en ese momento la oscuridad se quebró en un estallido de luz verde. Sus manos, a tientas, no dieron con nada; sus pies, a patadas, lo impulsaron hacia el mar abierto.

       Se quedó flotando en la superficie, con el rostro vuelto hacia el cielo. Boqueaba como un pez. Le dio la sensación de que se iba a hundir y se ahogaría; casi no podía nadar los pocos metros que lo separaban de la roca. Cuando lo logró se quedó tumbado boca abajo, jadeando. No podía ver nada salvo una mancha de oscuridad surcada de venas rojas. Pensó que se le habían reventado los ojos; estaban llenos de sangre. Se arrancó las gafas y una gota de sangre cayó al mar. Le sangraba la nariz y las gafas estaban llenas de sangre.

       Recogió, haciendo un cuenco con las manos, agua para echársela a la cara, y no sabía si el sabor que notaba era el de la sangre o el de la sal. Después de un rato su corazón se calmó, se le aclaró la vista y logró incorporarse. Podía ver a los muchachos del pueblo zambulléndose y jugando a unos cientos de metros de allí. No quería estar con ellos. No quería otra cosa que volver a casa y tumbarse.

       Al cabo de poco rato, Jerry nadó hacia la orilla y subió lentamente por el camino hacia la casa. Se echó en su cama y se quedó dormido, y se despertó al oír pasos fuera. Su madre regresaba. Se precipitó al cuarto de baño, pensando que ella no debía verlo con restos de sangre, o de lágrimas, en la cara. Salió del baño y se encontró con su madre cuando entraba en la casa, sonriente, con los ojos iluminados.

       —¿Te lo has pasado bien esta mañana? —le preguntó, mientras apoyaba un instante la mano sobre su hombro moreno y cálido.

       —Oh, sí, gracias —respondió él.

       —Estás un poco pálido. —Y luego dijo, en tono cortante y angustiado—: ¿Con qué te has golpeado la cabeza?

       —Oh, es solo un golpe —le contestó.

       Ella lo miró más de cerca. Él estaba tenso; tenía los ojos vidriosos. Ella se inquietó. Y entonces se dijo: ¡Oh, no es para tanto! No puede ocurrirle nada. Nada como un pez.

       Comieron juntos.

       —Mamá —le dijo—, puedo aguantar debajo del agua dos, tres minutos. —Le salió de dentro de pronto.

       —¿Ah, sí, cariño? —contestó ella—. Bueno, no deberías pasarte. Me parece que ya está bien de nadar por hoy.

       Estaba lista para una disputa de voluntades, pero él cedió al instante. Ir a la cala ya no tenía la más mínima importancia.

Relatos para adultos

Si te gustan los relatos para adultos, te recomiendo La mandarina de Ryunosuke Akutagawa.

miércoles, 5 de febrero de 2025

La mandarina, uno de los mejores cuentos de Ryunosuke Akutagawa

Ryūnosuke Akutagawa

A continuación, te presento "La mandarina", un cuento para adultos de Ryūnosuke Akutagawa, junto con su resumen y análisis. Además, si quieres escucharlo, puedes visitar mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

Ryūnosuke Akutagawa fue un destacado escritor japonés, reconocido como uno de los más influyentes en la literatura moderna de Japón. Este cuento es maravilloso, y espero que lo disfrutes tanto como yo al narrarlo.

Resumen

Un hombre apresurado viaja en tren y desprecia a una joven campesina que entra en su vagón. Sin embargo, al ver su gesto de amor al lanzar mandarinas a sus hermanos como despedida, experimenta una inesperada sensación de alegría y redescubrimiento de la belleza en lo simple.

La mandarina

Fue un día nublado de invierno. Yo esperaba distraído el silbato de partida, arrinconado en un asiento de segunda clase de la línea Yokosuka con rumbo a Tokio. Extrañamente, no había ningún otro pasajero dentro del vagón, que ya se había iluminado con luz eléctrica desde hacía mucho tiempo. Más extraño todavía, pude confirmar, con un vistazo al exterior, que en la plataforma tampoco había una sombra de gente que viniera a despedirse, y solo distinguí a cierta distancia un perrito enjaulado que ladraba de cuando en cuando de tristeza. Era un paisaje que se sintonizaba, como una obra de magia, con mi estado emocional; un cansancio y hastío inexpresable se anclaba con todo su peso como una nube oscura que anuncia la inminente caída de la nieve. Yo permanecía inmóvil con las dos manos en los bolsillos de la gabardina, sin ánimo para sacar el periódico vespertino que tenía guardado en uno de ellos.

 

Pronto sonó el silbato. Sintiendo un alivio con la cabeza recargada contra el marco de la ventana, me preparé sin emoción alguna a contemplar el retroceso de la plataforma que iba a dejar atrás según la marcha del tren. Antes, sin embargo, se escucharon unas pisadas estrepitosas que se acercaban a la portilla, y en seguida se abrió con brusquedad la puerta de mi vagón de segunda clase para permitir la entrada precipitosa de una muchachilla de trece o catorce años, acompañada por los insultos del conductor. Casi simultáneamente, el tren comenzó a moverse con una fuerte sacudida. Las columnas pasaban ante la vista una tras otra, el vagón portador de agua permanecía en otra vía como abandonado, el cargador de maletas le agradecía la propina a algún pasajero —todo esto se quedó a mis espaldas, no sin cierto rencor, envuelto en el humo polvoso que golpeaba la ventana. Con la serenidad recobrada, encendí un tabaco mientras abría al fin los párpados aletargados para observar de una ojeada a la muchachilla, ahora sentada frente a mí.

 

Se trataba de una típica provinciana con el cabello sin brillo, peinado en forma de hoja de ginkgo, y exhibía una cicatriz horizontal en las mejillas, raspadas por la sequedad, que se sonrojaban en exceso, a punto de repugnar. Tenía un pañuelo grande envuelto sobre las rodillas, de las cuales colgaba sin peso una bufanda de lana color amarillo rojizo. Entre las manos hinchadas con sabañones que sostenían el pañuelo envuelto, se veía un billete rojo, el pasaje de tercera clase, empuñado con fuerza. No me gustó el rostro vulgar de la muchachilla y me desagradó su vestimenta sucia, además de la irritación que me originó su insensatez de ocupar un asiento de segunda con el pasaje de tercera. Con el tabaco encendido, decidí sin ganas extender el periódico sobre las piernas para olvidarme de su presencia. De inmediato, el rayo solar que caía sobre los artículos se esfumó de repente para ceder el sitio a la luz eléctrica, que resaltó en un extraño relieve las letras mal impresas de algunas columnas ante mis ojos. El tren atravesaba el primero de los tantos túneles que interceptaban la línea Yokosuka.

 

Un recorrido fugaz bajo la luz artificial fue suficiente para darme cuenta de que había demasiados sucesos banales en el mundo para aligerar mi mente deprimida. El tratado de paz, nuevos matrimonios, casos de corrupción, artículos necrológicos —pasé una revista maquinal de todas esas columnas desérticas mientras se me alteró momentáneamente el sentido de orientación al avanzar por el túnel. Durante todo este tiempo, nunca pude borrar de mi conciencia a la muchachilla que se sentaba al frente como si encarnara la sociedad vulgar. El tren que se desplazaba en la penumbra, la muchachilla provinciana y el periódico vespertino, repleto de noticias ordinarias —esta triple alianza no era sino un símbolo para mí: símbolo que representaba lo tedioso de la vida humana. Harto de todo, dejé al lado el periódico que iba a leer, y cerré los ojos como un muerto para tratar de conciliar el sueño con la cabeza recargada de nuevo contra el marco de la ventana.

 

Así pasaron algunos minutos. Sintiéndome amenazado por algo desconocido, recorrí con la mirada al rededor y me di cuenta de que la muchachilla, que se había pasado con celeridad al asiento ubicado a mi lado, forcejeaba con la ventana para abrirla. El vidrio era tan pesado que apenas lograba mover el marco. Con las mejillas cuarteadas, aún más sonrojadas, la muchachilla resollaba sin voz, haciendo sonar la nariz de cuando en cuando. Mientras escuchaba su respiración agitada, no pude evitar cierta conmoción ante la escena, pero no entendí por qué a la muchachilla se le ocurrió forzar la ventana cerrada. Era obvio, al juzgar por la cercanía de las laderas cubiertas por las matas marchitas que reverberaban bajo la luz crepuscular, el tren no demoraría en entrar de nuevo al túnel. Convencido de que la muchachilla lo hacía solo por capricho, guardé sentimientos sañudos en mi interior y permanecí impasible, casi con un secreto deseo de frustrar su intento, observando esas manos con sabañones que se desesperaban por bajar la ventana. Pronto el tren entró al túnel con un clamor estruendoso y, al mismo tiempo, la ventana al fin bajó cediendo ante la fuerza de la muchachilla. Del marco rectangular irrumpió un aire negro, cargado de hollín, que no tardó en invadir todo el vagón con humo asfixiante. Delicado de la garganta desde antes, tuve un terrible ataque de tos ante la afluencia polvosa que me acometió en el rostro, sin tener tiempo siquiera para taparme la boca con el pañuelo. Sin un asomo de preocupación por mí, la muchachilla sacó la cabeza de la ventana y dirigió su mirada hacia adelante con el cabello peinado en forma de ginkgo ondulando en el aire oscuro. Si no llegué a regañarla sin piedad para forzarla a cerrar la ventana en el mismo instante en que la enfoqué bajo la lámpara ensuciada por el hollín, controlando a duras penas la tos, fue porque se filtró, con el cambio repentino de luz que iluminó el paisaje exterior, el aire fresco con olor a tierra, matas y agua.

 

Ahora, el tren, que ya había dejado atrás el túnel, iba pasando por un crucero de arrabal, situado entre una colina y unas pilas de heno. Ahí cerca se apretujaban en desorden casas miserables con techos de tejas y pajas, y una bandera flameaba lánguida con reflejo del atardecer, quizá siguiendo el movimiento acompasado del guardabarreras. Apenas sentí el alivio de haber sobrepasado el túnel, distinguí, al otro lado de la barrera tétrica, tres niños con mejillas sonrojadas, alineados en una fila apretada. Todos eran bajos de estatura, como si se hubieran encogido bajo el cielo nublado, y vestían de manera sombría, casi como el paisaje de ese barrio anonadado. Con las miradas alzadas para observar la marcha del tren, los niños levantaron las manos al unísono y gritaron palabras incoherentes a voz en cuello, mostrando sus campanillas inocentes. En ese mismo instante, la muchachilla, que había permanecido con la cabeza fuera de la ventana, extendió de pronto los brazos para sacudirlos con brío a diestra y siniestra, y lanzó una media docena de mandarinas, que resplandecieron en el aire con calidez del sol primaveral, como para levantar el ánimo, antes de caer una tras otra encima de los niños alborotados. Me quedé sin respiración y comprendí todo de inmediato; la muchachilla, que iba a trabajar de sirvienta doméstica en alguna casa lejana, agradeció la despedida ardorosa de sus hermanos al lanzarles unas cuantas mandarinas que había guardado en su seno.

 

El crucero de arrabal, teñido por el crepúsculo, los tres niños que lanzaron alaridos de pájaro, y el color fresco de las mandarinas que revolotearon sobre sus cabezas —esta escena se disipó en un abrir y cerrar de ojos tras la ventana del tren, pero se quedó grabada en mi mente con una nitidez elegiaca. Y sentí surgir desde el fondo de mi alma un júbilo misterioso, nunca antes experimentado. Irguiendo la cabeza con resolución, escudriñé el rostro de la muchachilla como si fuera otra persona. Sentada de nuevo al frente, la niña seguía asiendo el billete de su pasaje de tercera clase en su puño cerrado, con las mismas mejillas raspadas, sumergidas en la bufanda de lana color amarillo rojizo…

 

En ese momento, logré olvidarme, aunque fuera de manera efímera, tanto de mi fatiga y hastío como de esta vida incomprensible, vulgar y tediosa, por primera vez en muchos años.

 

Análisis

El cuento muestra como los prejuicios pueden cegarnos y limitarnos, pero pequeños actos de bondad pueden transformar nuestra percepción del mundo, dando un significado nuevo y esperanzador a la vida. 


Otros cuentos…

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo otros cuentos maravillosos de este escritor. También te sugiero explorar la obra de otro destacado escritor japonés, Haruki Murakami

lunes, 3 de febrero de 2025

10 cuentos y relatos para adultos IMPACTANTES que no puedes perderte

 

Aniversario del canal de YouTube, Carla Narraciones

¡Atención, amantes de los relatos y cuentos para adultos!

El 14 de febrero, el canal cumple cuatro años de su existencia, y para celebrarlo, me gustaría compartir con vosotros los 10 cuentos y relatos para adultos que más me han impactado hasta ahora

10 cuentos y relatos para adultos que no puedes perderte.   

En el primer puesto EL LOBO DE HERMANN HESSE. El cuento narra la lucha de una manada de lobos por sobrevivir durante un invierno implacable en las montañas. Esta obra simboliza la lucha solitaria y desesperada por la supervivencia frente a las fuerzas implacables de la naturaleza y la humanidad.

En el segundo, EL HOMBRE DE HIELO DE HARUKI MURAKAMI. En este cuento, al igual que Kafka, Haruki Murakami es capaz de contar los sucesos más inverosímiles con una espontaneidad que resultan creíbles. En esta historia se explora el tiempo, el amor y la soledad y aunque el amor sea el motor más fuerte del ser humano, no siempre es suficiente, puesto que existen otros factores que debemos tener en cuenta para ser felices. 

En el tercer puesto OJOS DE PERRO AZUL DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. En este relato, un hombre y una mujer se encuentran repetidamente en sus sueños, utilizando la frase “Ojos de perro azul” para reconocerse. En esta obra se explora la fugacidad de los sueños y el deseo de encontrar una conexión real en un mundo donde lo onírico y lo tangible están en constante conflicto.

En el cuarto EL RAYO DE LUNA DE GUSTAVO ADOLFO BECQUER. En este cuento de Gustavo Adolfo Bécquer, narra la historia de un noble solitario y soñador, quien vive en un castillo en Soria y prefiere la compañía de sus propias ensoñaciones a la vida real. En esta obra se explora la condición humana a través de la obsesiva búsqueda por un amor idealizado, que finalmente se revela como una ilusión inalcanzable.

En el quinto puesto EL TAPIZ AMARILLO DE CHARLOTTE PERKINS GILMAN"El tapiz amarillo" relata la historia de una mujer que debe vivir encerrada en su habitación, sufriendo una tediosa enfermedad. La historia se presenta como una clara alegoría de las consecuencias de la represión femenina. El descenso de una mujer a la locura como resultado de las restricciones patriarcales.

En el sexto EL ÁRBOL DE ELENA GARRO. Narra el encuentro entre dos mujeres y sus perspectivas distintas de una misma realidad y pone de relieve las rígidas jerarquías sociales invitándonos a reflexionar sobre las dinámicas de poder y desigualdad presentes en la sociedad.

En el séptimo puesto LA FALSA LOCURA DE ALONSO QUIJANO DE JOSÉ SARAMAGO. En este minicuento, el protagonista finge su locura como un medio para alcanzar la libertad y romper con la monotonía de la realidad. Saramago plantea en este cuento una reinterpretación del personaje cervantino desde una perspectiva filosófica y existencialista. En el cuento se destaca que, para aspirar a la libertad, quizás sea importante redefinir nuestra percepción del mundo y desafiar los límites, creando nuestra propia narrativa para disfrutar de la vida.

En el octavo puesto CANCIÓN DE LA DANZARINA DE COLETTE. Canción de la danzarina narra la historia de una mujer que, sin proponérselo, es vista como una danzarina por el hombre que la contempla. En esta obra se explora la percepción del cuerpo femenino y la mirada masculina que lo transforma en objeto de deseo y admiración.

En el noveno UN ARTISTA DEL TRAPECIO DE KAFKA. Este es un cuento que trata sobre un joven trapecista tan dedicado a su profesión, que permanece día y noche en las alturas del circo, practicando o descansando sobre su trapecio. Desde mi punto de vista esta obra puede interpretarse como la ascensión y caída del ego, en el sentido de que el protagonista, a pesar de haber conseguido el éxito, se encuentra en un lugar efímero y solitario.

Finalmente, en el décimo puesto CANARIOS DE ELENA PONIATOWSKA. El cuento narra la relación de la protagonista con dos canarios enjaulados. En este cuento se reflexiona sobre el sentido de la existencia y sobre cómo los momentos más simples pueden ser transformadores, dando un significado nuevo a la vida en medio de la aparente rutina. 


Obras inolvidables 

Seguro que me dejo muchos más en el tintero, pero así es cuando hay que elegir solo diez. Cada una de estas obras son inolvidables, que me han hecho vibrar, emocionarme y sumergirme en mundos únicos. Espero que tú también las disfrutes. 


 


 

viernes, 31 de enero de 2025

El espejo, uno de los mejores cuentos de Haruki Murakami

 

Haruki Murakami

A continuación, te presento uno de los mejores cuentos de Haruki Murakami, El espejo, junto con su resumen y significado. Además, tienes la posibilidad de escuchar el cuento en mi canal de YouTube

Haruki Murakami es un escritor y traductor japonés, autor de novelas, relatos y ensayos. Sus libros han generado críticas positivas y obtenido numerosos premios, incluidos el Franz Kafka, el Mundial de Fantasía, el Jerusalén, el Hans Christian Andersen de Literatura y el Princesa de Asturias de las Letras.

El espejo

Desde hace un rato os oigo hablar de experiencias que habéis vivido y, no sé, a mí me da la impresión de que este tipo de relatos puede dividirse en ciertas categorías. En la primera categoría se encuentran aquellas historias donde el mundo de los vivos está en esta orilla y el de los muertos en la opuesta, pero existen unas fuerzas que hacen que, bajo determinadas circunstancias, pueda cruzarse de una orilla a la otra. Son las historias de fantasmas, por ejemplo. Otras historias se basan en la existencia de ciertos fenómenos o de ciertas facultades que trascienden el común conocimiento tridimensional del hombre. Me refiero a la videncia o a los presentimientos. Creo que, grosso modo, podríamos dividirlas en estos dos grupos. Pues bien, según he podido constatar, las experiencias de la gente, pertenezcan a una u otra categoría, se limitan a un solo ámbito. Es decir, las personas que ven fantasmas los ven con frecuencia, pero no tienen presentimientos, y las personas que sí tienen presentimientos no suelen ver fantasmas. Desconozco la razón de que esto sea así, pero es evidente que existen ciertas disposiciones personales al respecto. Vamos, al menos ésa es mi impresión. Luego, por supuesto, están los que no se encuadran en ninguna de ambas categorías. Yo, por ejemplo. Llevo viviendo más de treinta años, pero jamás he visto una aparición. Sueños premonitorios o presentimientos jamás los he tenido. Me ha sucedido que, encontrándome con dos amigos en el mismo ascensor, ellos han visto un fantasma y a mí se me ha pasado por alto. Mientras ellos dos veían a una mujer vestida con un traje chaqueta gris, de pie a mi lado, yo habría jurado que allí, mujer, no había ninguna. Que estábamos los tres solos. No miento. Y ellos no son de los que van tomándole el pelo a los amigos. En fin, ésta es una experiencia muy siniestra, pero no altera el hecho de que yo no haya visto jamás un fantasma. Ni se me ha parecido nunca un espíritu, ni tengo poder paranormal alguno. Vamos, que mi vida debe de ser terriblemente prosaica.

 

Sin embargo, una vez, una sola vez, me sentí tan aterrado que se me pusieron los pelos de punta. Hace ya más de diez años que pasó aquello, pero aún no se lo he contado a nadie. Incluso hablar de ello me causa terror. Me da la impresión de que, si lo menciono, volverá a ocurrir. Por eso me he callado hasta hoy. Pero esta noche todos habéis ido contando, por turno, experiencias aterradoras que habéis vivido y yo, como anfitrión, no puedo dar por finalizada la velada sin relataros, a mi vez, mi historia. Así que voy a atreverme a hablar de ello. ¡No, por favor! Ahorraos los aplausos. No creo que mi historia los merezca.

 

Tal como he dicho antes, ni he visto fantasmas ni tengo ningún poder paranormal. Así que es posible que mi historia os parezca poco terrorífica y que os decepcione. En fin, si es así, que así sea. Aquí la tenéis. Acabé el instituto a finales de la década de los sesenta, unos años turbulentos, ya lo sabéis; era, de pleno, la época de las luchas estudiantiles contra el sistema. También yo me vi arrastrado por aquella oleada, así que rehusé ingresar en la universidad y decidí vagar unos cuantos años por Japón, trabajando con mis propias manos. Creía que ése era el modo de vida correcto. En fin, cosas de la juventud. Ahora, cuando pienso en aquellos días, me parecen muy felices. Dejando aparte la cuestión de si aquél era el modo de vida correcto o equivocado, si volviera a nacer, posiblemente volvería a hacer lo mismo. Durante el otoño de mi segundo año errático trabajé un par de meses como vigilante nocturno en una escuela. En un instituto de una pequeña población de Niigata. Durante todo el verano había trabajado muy duro y me apetecía tomarme un respiro. Y hacer de vigilante nocturno no era un trabajo que deslomara a nadie. Durante el día me dejaban dormir en las dependencias de los bedeles y, por la noche, sólo tenía que dar dos rondas por el recinto de la escuela. En las horas que me quedaban libres escuchaba discos en la sala de música, leía en la biblioteca o jugaba al baloncesto en el gimnasio. Allí solo, por la noche, se estaba muy bien. ¿Que si tenía miedo? No, no. ¡Qué va! A los dieciocho o diecinueve años se desconoce el miedo.

 

Seguro que no habéis trabajado nunca de vigilante nocturno, así que, antes que nada, voy a explicaros un poco qué es lo que hay que hacer. Hay dos rondas de inspección, la primera a las nueve de la noche y la segunda a las tres de la madrugada. Así está establecido. La escuela era un edificio bastante nuevo, de hormigón, de tres plantas, y el número de aulas estaba sobre las dieciocho o veinte. No era muy grande. También estaban la sala de música, el aula de labores del ho-gar, el aula de dibujo y, además, la sala de profesores y el despacho del director. Aparte de las dependencias de la escuela estaban el comedor, la piscina, el gimnasio y el salón de actos. Y yo sólo tenía que darme una vuelta por allí. Eran veinte los puntos que tenía que inspeccionar, y yo iba de una dependencia a otra, echaba una ojeada y ponía con el bolígrafo «OK» en el papel. Sala de profesores: OK; Laboratorio: OK... Claro que habría podido quedarme tumbado en la habitación de los bedeles y haber ido marcando OK, OK en todas las casillas. Pero nunca descuidé mi trabajo hasta ese punto. En primer lugar, no requería un gran esfuerzo y, además, de haberse colado algún tipejo dentro, al pri-mero a quien hubiera sorprendido durmiendo habría sido a mí.

 

Así que, a las nueve de la noche y a las tres de la mañana, me hacía con una linterna grande y una espada de madera y recorría la escuela de una punta a la otra. Con la linterna en la mano izquierda y la espada en la derecha. En el instituto había practicado kendo y tenía gran confianza en mi habilidad. Mientras mi contrincante no fuera un profesional, no me daba miedo aunque llevase una auténtica espada japonesa. Hablo de aquella época, claro. Hoy, saldría corriendo. Era una noche ventosa de principios de octubre. No hacía frío. Más bien hacía calor. Desde el anochecer pululaban los mosquitos. A pesar de estar en otoño, recuerdo que había tenido que encender dos barritas de incienso para ahuyentar los mosquitos. El viento ululaba. Justo aquel día, la puerta de la piscina se había roto y golpeaba con furia agitada por el viento. Se me pasó por la cabeza arreglarla, pero estaba demasiado oscuro. Y la puerta estuvo toda la noche abriéndose y cerrándose con estrépito. En la ronda de las nueve no descubrí nada anormal. OK en los veinte puntos. Las puertas estaban cerradas con llave, todo estaba donde tenía que estar. Ninguna novedad. Volví a las dependencias de los bedeles, puse el despertador a las tres y me dormí Cuando el despertador sonó a las tres de la madrugada, me asaltó una extraña e indefinible sensación. No puedo explicarlo bien, pero me sentía raro. En concreto, no me apetecía levantarme. Era como si hubiera algo que estuviese anulando mi voluntad de incorporarme. A mí nunca me había costado levantarme de la cama, así que aquello me resultaba inconcebible. Con gran esfuerzo logré ponerme en pie y me dispuse a hacer la ronda. La puerta seguía golpeando con estrépito. No obstante me dio la sensación de que el sonido era distinto. Podían ser simples impresiones, ya lo sé, pero me sentía extraño en mi propia piel. «¡Qué raro! No me apetece nada hacer la ronda», pensé. Pero fui, claro está. Porque ya se sabe. En cuanto haces trampas una vez, ya no hay quien lo pare. Así que agarré la linterna y la espada de madera y salí de las dependencias de los bedeles. Era una noche odiosa. El viento soplaba cada vez más fuerte, el aire era más y más húmedo. La piel me picaba, no lograba concentrarme. En primer lugar, miré el gimnasio y el salón de actos. OK en ambos. La puerta seguía abriéndose y cerrándose con estrépito, parecía la cabeza de un demente haciendo gestos afirmativos y negativos. Sin regularidad alguna. «Sí, sí, no, sí, no, no, no...» Ya sé que es una comparación extraña, pero a mí me dio esa sensación. De verdad.

En el interior de la escuela tampoco hallé ninguna anomalía. Todo estaba como siempre. Di una vuelta rápida y marqué OK en todas las casillas. Después de todo, no había ocurrido nada. Aliviado, me dispuse a volver a las dependencias de los bedeles. El último punto que había que inspeccionar era el cuarto de las calderas, en el extremo este del edificio. Las dependencias de los bedeles estaban en el extremo oeste. Por lo tanto, yo tenía que cruzar un largo pasillo de la planta baja para volver a mi habitación. Un pasillo negro como el carbón. Si había luna, estaba iluminado por su pálida luz, pero si no, no se veía nada en absoluto. Yo avanzaba dirigiendo el haz de luz de la linterna hacia delante. Aquella noche se aproximaba un tifón y no había luna. Muy de cuando en cuando se abría un jirón entre las nubes, pero la noche volvía a ser pronto tan oscura como boca de lobo.

Avanzaba a un paso más rápido de lo habitual. Las suelas de goma de las zapatillas de baloncesto producían pequeños chirridos al pisar el pavimento de linóleo. El pavimento era de color verde. De un verde oscuro como el musgo. Aún lo recuerdo. A medio pasillo se encontraba el vestíbulo. Me disponía a dejarlo atrás cuando: «¡Oh!», tuve un sobresalto. Me había parecido ver una figura en la oscuridad. Un sudor frío manó de mis axilas. Agarré con fuerza la espada de madera, me volví en aquella dirección. Apunté hacia allí el haz de luz de la linterna. Era por la zona donde estaba el mueble zapatero. Y era yo. Es decir, un espejo. Ni más ni menos. Era mi figura reflejada en un espejo. La noche anterior no había ninguno, seguro que acababan de colocarlo allí. ¡Vaya susto! Era un espejo grande, de cuerpo entero. Al tiempo que me tranquilizaba, me iba sintiendo ridículo. «¡Seré imbécil!», pensé. Plantado ante el espejo dirigí hacia abajo el haz de luz de la linterna, me saqué un cigarrillo del bolsillo y lo encendí. Di una calada contemplando mi imagen reflejada en el espejo. La tenue luz de las farolas penetraba por las ventanas y llegaba hasta el es-pejo. A mis espaldas, la puerta de la piscina seguía dando golpes impulsada por el viento. A la tercera calada me asaltó, de pronto, una sensación muy extraña. La imagen del espejo no era la mía. De hecho, sí, su aspecto exterior era idéntico al mío. No cabía la menor duda. Pero no acababa de ser yo. Lo supe instintivamente. No. No es exacto. Hablando con precisión, sí era yo. Pero era otro yo. Un yo que jamás debería haber tomado forma No me lo explico, me entendéis, ¿verdad? Es que ésa es una sensación terriblemente difícil de traducir en palabras. Sin embargo, lo único que comprendí entonces era que él me odiaba con todas sus fuerzas. Con un odio parecido a un poderoso iceberg que flota en un mar oscuro. Con un odio que no podrá ser jamás aliviado por nadie. Eso es lo único que comprendí. Me quedé plantado ante el espejo, atónito. El cigarrillo se me escapó por entre los dedos y cayó al suelo. El cigarrillo del espejo también cayó al suelo. Nos contemplábamos el uno al otro. No podía moverme, como si estuviera atado de pies y manos. Poco después, él movió una mano. Se acarició el mentón con las yemas de los dedos de la mano derecha y, luego, muy despacio, fue deslizando los dedos hacia arriba, como un insecto que le reptara por el rostro. Me di cuenta de que yo estaba imitando sus gestos. Como si fuera yo la imagen del espejo. O sea, que era él quien estaba intentando controlarme a mí.

 

En aquel momento hice acopio de las fuerzas que me quedaban y solté un alarido. Exclamé «¡Uoo!» o «¡Uaa!», o algo así. Entonces, las ataduras se aflojaron un poco y arrojé con todas mis fuerzas la espada de madera contra el espejo. Se oyó un ruido de cristales rotos. Eché a correr hacia mi habitación sin volverme una sola vez, cerré la puerta con llave y me cubrí con la manta. Me preocupaba el cigarrillo que había dejado caer en el pasillo. Pero fui incapaz de volver. El viento siguió soplando. La puerta de la piscina continuó golpeando con estrépito hasta poco antes del amanecer. «Sí, sí, no, sí, no, no, no...» Supongo que adivinaréis cómo termina la historia. Eso es, el espejo no había existido jamás. Cuando el sol ascendió por el horizonte, el tifón ya se había alejado. El viento amainó y el sol continuó arrojando sus rayos cálidos y claros. Me acerqué al vestíbulo. Había una colilla en el suelo. Había una espada de madera en el suelo. Pero no había ningún espejo. Nunca lo hubo. Nadie había emplazado jamás un espejo al lado del mueble zapatero. Ésta es la historia. Así que no vi ningún fantasma. Lo único que yo vi fue... a mí mismo. Pero aún no he podido olvidar el terror que experimenté aquella noche. Y siempre pienso lo siguiente: «El hombre únicamente se teme a sí mismo». ¿Qué opináis vosotros?

Por cierto, posiblemente os hayáis dado cuenta de que en esta casa no hay ningún espejo. Y, ¿sabéis?, se tarda bastante tiempo en aprender a afeitarse sin mirarse al espejo. De verdad.

 

Resumen

El narrador recuerda una experiencia aterradora de cuando era vigilante nocturno en una escuela, que le ocurrió cuando era joven. Durante una ronda nocturna, ve su reflejo en un espejo desconocido y siente que no es realmente él, sino otro "yo" que lo odia profundamente. Paralizado por el miedo, rompe el espejo con su espada y huye. A la mañana siguiente, descubre que el espejo nunca existió. Desde entonces, vive con el temor de su propia imagen y evita los espejos por completo.

Significado del cuento

El cuento El espejo de Haruki Murakami explora el miedo a uno mismo y la identidad. A través del reflejo que no solo lo imita, sino que parece tener voluntad propia y un profundo odio hacia él, el narrador experimenta el terror de confrontarse con su propio interior. La ausencia real del espejo sugiere que el miedo no proviene de algo externo, sino de su propia psique, sus inseguridades o aspectos reprimidos de su personalidad. La historia plantea la idea de que el mayor temor del ser humano no es lo sobrenatural, sino el miedo a su propia naturaleza, a lo desconocido dentro de sí mismo. Murakami sugiere que el verdadero horror no está en los fantasmas o fenómenos paranormales, sino en la confrontación con nuestro yo más profundo, aquel que tal vez preferimos no ver.

Otros cuentos de Haruki Murakami

Si te gusta este escritor, te recomiendo otros cuentos para adultos: Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril y El hombre de hielo. Además, te recomiendo el mejor cuento de Liliana Heker, La fiesta ajena.

martes, 28 de enero de 2025

La fiesta ajena, el mejor cuento de Liliana Heker

Liliana Heker

Liliana Heker es una extraordinaria ensayista, cuentista y novelista argentina, considerada una de las escritoras más destacadas de su país (puedes consultar su biografía aquí). Me gustaría presentarte uno de los cuentos más célebres de esta destacada escritora: La fiesta ajena. Este relato para adultos ha sido ampliamente comentado por la crítica y muy apreciado por los lectores. También puedes escucharlo en mi canal de YouTube: Carla Narraciones.

La fiesta ajena

En La fiesta ajena, Liliana Heker aborda temas como las diferencias de clase social, la inocencia infantil y el desengaño. Rosaura, la protagonista, es una niña de 9 años hija de una empleada doméstica, que asiste ilusionada a la fiesta de cumpleaños de su amiga Luciana, hija de una familia rica. Sin embargo, al final, su ilusión se rompe cuando no recibe un recuerdo como los demás niños, sino dinero, tratándola como "la hija de la sirvienta". Esto revela la discriminación y el abismo entre clases sociales, y marca el fin de su inocencia.

 

La fiesta ajena de Liliana Heker

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.

–No me gusta que vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.

–Los ricos también se van al cielo–dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.

–Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que pasa es que a usted, m'hijita, le gusta cagar más arriba del culo.

A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.

–Yo voy a ir porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.

–Ah, sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por fin–, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.

Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.

–Callate –gritó–. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.

Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza.

Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.

–Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas. –¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.

Rosaura se ofendió mucho. Además, le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.

–Si no voy me muero –murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima. La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:

–Qué linda estás hoy, Rosaura.

Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.

–Está en la cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.

Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: 'Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo". Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: "¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?". Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:

–¿Y vos quién sos?

–Soy amiga de Luciana –dijo Rosaura.

–No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.

–Y a mí qué me importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.

–¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.

– Yo y Luciana hacemos los deberes juntas –dijo Rosaura, muy seria. La del moño se encogió de hombros.

–Eso no es ser amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella?

–No.

–¿Y entonces, de dónde la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.

Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:

–Soy la hija de la empleada –dijo.

Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo.

También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.

–Qué empleada–dijo la del moño–. ¿Vende cosas en una tienda?

–No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.

–¿Y entonces cómo es empleada? –dijo la del moño.

Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.

– Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.

Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.

Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.

Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban "a mí, a mí". Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.

Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. "A ver, socio, dé vuelta una carta", le decía. "No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo".

La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.

–¿Al chico? –gritaron todos.

–¡Al mono! –gritó el mago.

Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.

El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.

–No hay que ser tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.

–¿Qué es timorato? –dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.

–Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero.

Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.

–A ver, la de los ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.

No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas... y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:

–Muchas gracias, señorita condesa.

Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.

– Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: "Muchas gracias, señorita condesa".

Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: "Viste que no era mentira lo del mono". Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.

Su madre le dio un coscorrón y le dijo:

 –Mírenla a la condesa.

Pero se veía que también estaba contenta.

Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: "Espérenme un momentito".

Ahí la madre pareció preocupada.

–¿Qué pasa? –le preguntó a Rosaura.

–Y qué va a pasar –le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.

Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: "Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?". Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio, le dijo:

–Yo fui la mejor de la fiesta. Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa. Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.

Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:

–Qué hija que se mandó, Herminia.

Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.

En su mano aparecieron dos billetes.

–Esto te lo ganaste en buena ley–dijo, extendiendo la mano–. Gracias por todo, querida.

Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.

La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.

 

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Audiocuentos de Elena Poniatowska

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viernes, 24 de enero de 2025

Cuentos de Elena Poniatowska

 

Elena Poniatowska

A continuación, te presento dos cuentos de Elena Poniatowska conocida como una de las plumas y mentes más destacadas de México. Estos cuentos para adultos: El recado y Cine Prado puedes escucharlos en mi canal, Carla Narraciones.  

El recado

Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

 

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… Pienso en ti muy despacio, com si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

 

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: “No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche…” Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.

 

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos –oh mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

 

Ha caído la noche y ya y casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: “Te quiero…” No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.

 

Cine Prado

Señorita:

 

A partir de hoy, debe usted borrar mi nombre de la lista de sus admiradores. Tal vez convendría ocultarle esta deserción, pero, callándome, iría en contra de una integridad personal que jamás ha eludido las exigencias de la verdad. Al apartarme de usted, sigo un profundo viraje de mi espíritu, que se resuelve en el propósito final de no volver a contarme entre los espectadores de una película suya.

 

Esta tarde, más bien esta noche, usted me destruyó. Ignoro si le importa saberlo, pero soy un hombre hecho pedazos. ¿Se da usted cuenta? Soy un aficionado que persiguió su imagen en la pantalla de todos los cines de estreno y de barrio, un crítico enamorado que justificó sus peores actuaciones morales y que ahora jura de rodillas separarse para siempre de usted aunque el simple anuncio de Fruto prohibido haga vacilar su decisión. Lo ve usted, sigo siendo un hombre que depende de una sombra engañosa.

 

Sentado en una cómoda butaca, fui uno de tantos, un ser perdido en la anónima oscuridad, que de pronto se sintió atrapado en una tristeza individual, amarga y sin salida. Entonces fui realmente yo, el solitario que sufre y que le escribe. Porque ninguna mano fraterna se ha extendido para estrechar la mía.

 

Cuando usted destrozaba tranquilamente mi corazón en la pantalla, todos se sentían inflamados y fieles. Hasta hubo un canalla que rio descaradamente, mientras yo la veía desfallecer en brazos de ese galán abominable que la condujo a usted al último extremo de la degradación humana.

 

Y un hombre que pierde de golpe todos sus ideales, ¿no cuenta para nada, señorita?

 

Dirá usted que soy un soñador, un excéntrico, uno de esos aerolitos que caen sobre la Tierra al margen de todo cálculo.

 

Prescinda usted de cualquiera de sus hipótesis; el que la está juzgando soy yo, y hágame el favor de ser más responsable de sus actos, y antes de firmar un contrato o de aceptar un compañero estelar, piense que un hombre como yo puede contarse entre el público futuro y recibir un golpe mortal. No hablo movido por lo celos pero, créame usted, en Esclavas del deseo fue besada, acariciada y agredida con exceso. No sé si mi memoria exagera, pero en la escena del cabaret no tenía usted por qué entreabrir de esa manera sus labios, desatar sus cabellos sobre los hombros y tolerar los procaces ademanes de aquel marinero que sale bostezando después de sumergirla en el lecho del desdoro y abandonarla como una embarcación que hace agua.

 

Yo sé que los actores se deben a su público, que pierden en cierto modo su libre albedrío y que se hallan a la merced de los caprichos de un director perverso; sé también que están obligados a seguir punto por punto todas las deficiencias y las falacias del texto que deben interpretar, pero déjeme decirle que a todo el mundo le queda, en el peor de los casos, un mínimo de iniciativa, una brizna de libertad que usted no pudo o no quiso aprovechar.

 

Si se tomara la molestia, usted podría alegar en su defensa que desde su primera irrupción en el celuloide aparecieron algunos de los rasgos de conducta que ahora le reprocho. Es verdad; y admito avergonzado que ningún derecho ampara mis querellas. Yo acepté amarla tal como es. Perdón, tal como creí que era. Como todos los desengañados, maldigo el día en que uní mi vida a su destino cinematográfico. Y conste que la acepté toda opaca y principiante, cuando nadie la conocía v le dieron aquel papelito de trotacalles con las rayas de las medias chuecas y los tacones carcomidos, papel que ninguna mujer decente habría sido capaz de aceptar. Y sin embargo yo la perdoné, y en aquella sala indiferente y llena de mugre saludé la aparición de una estrella. Yo fui su descubridor, el único que supo asomarse a su alma, entonces inmaculada, pese a su bolsa arruinada y a sus vueltas de carnero. Por lo que más quiera en la vida, perdóneme este brusco arrebato.

 

Se le cayó la máscara, señorita. Me he dado cuenta de la vileza de su engaño. Usted no es la criatura de delicias, la paloma frágil y tierna a la que yo estaba acostumbrado, la golondrina de inocentes revuelos, el rostro perdido entre gorgueras de encaje que yo soñé, sino una mala mujer, hecha y derecha, un despojo de la humanidad, novelera en el peor sentido de la palabra. De ahora en adelante, muy estimada señorita, usted irá por su camino y yo por el mío. Ande, ande usted, siga trotando por las calles, que yo ya me caí como una rata en una alcantarilla. Y conste que lo de señorita se lo digo porque a pesar de los golpes que me ha dado la vida sigo siendo un caballero. Mi viejita santa me inculcó en lo más hondo el guardar siempre las apariencias. Las imágenes se detienen y mi vida también.

 

Así es que... señorita, tómelo usted, si quiere, como una despiadada ironía.

 

Yo la había visto prodigar besos y recibir caricias en cientos de películas, pero antes usted no alojaba a su dichoso compañero en el espíritu. Besaba usted sencillamente como todas las buenas actrices: como se besa a un muñeco de cartón. Porque, sépalo usted de una vez por todas. la única sensualidad que vale la pena es la que se nos da envuelta en alma, porque el alma envuelve entonces nuestro cuerpo, como la piel de la uva comprime la pulpa, la corteza guarda al zumo. Antes, sus escenas de amor no me alteraban, porque siempre había en usted un rasgo de dignidad profanada, porque percibía siempre un íntimo rechazo, una falla en el último momento que rescataba mi angustia y consolaba mi lamento. Pero en La rabia en el cuerpo, con los ojos húmedos de amor, usted volvió hacia mí su rostro verdadero, ese que no quiero ver nunca más. Confiéselo de una vez: usted está realmente enamorada de ese malvado, de ese comiquillo de segunda, ¿no es cierto? ¿Se atrevería a negarlo impunemente? Por lo menos todas las palabras, todas las promesas que le hizo, eran auténticas, y cada uno de sus gestos estaba respaldado en la firme decisión de un espíritu entregado.

 

¿Por qué ha jugado conmigo como juegan todas? ; ¿Por qué me ha engañado usted como engañan todas las mujeres, a base de máscaras sucesivas y distintas? ¿Por qué no me enseñó desde el principio, de una vez, el rostro desatado que ahora me atormenta?

 

Mi drama es casi metafísico y no le encuentro posible desenlace. Estoy solo en la noche de mi desvarío. Bueno, debo confesar que mi esposa todo lo comprende y que a veces comparte mi consternación. Estábamos gozando aún de los deliquios y la dulzura propia de los recién casados cuando acudimos inermes a su primera película. ¿Todavía la guarda usted en su memoria?

 

Aquella del buzo atlético y estúpido que se fue al fondo del mar, por culpa suya, con todo y escafandra. Yo salí del cine completamente trastornado, y habría sido una vana pretensión el ocultárselo a mi mujer. Ella, por lo demás, estuvo completamente de mi parte; y hubo de admitir que sus deshabillés son realmente espléndidos. No tuvo inconveniente en acompañarme al cine otras seis veces, creyendo de buena fe que la rutina rompería el encanto. Pero, ¡ay!, las cosas fueron empeorando a medida que se estrenaban sus películas. Nuestro presupuesto hogareño tuvo que sufrir importantes modificaciones, a fin de permitirnos frecuentar las pantallas unas tres veces por semana.

 

Está por demás decir que después de cada sesión cinematográfica pasábamos el resto de la noche discutiendo. Sin embargo, mi compañera no se inmutaba. Al fin y al cabo usted no era más que una sombra indefensa, una silueta de dos dimensiones, sujeta a las deficiencias de la luz. Y mi mujer aceptó buenamente tener como rival a un fantasma cuyas apariciones podían controlarse a voluntad, pero no desaprovechaba la oportunidad de reírse a costa de usted y de mí. Recuerdo su regocijo aquella noche fatal en que, debido a un desajuste fotoeléctrico, usted habló durante diez minutos con voz inhumana, de robot casi, que iba del falsete al bajo profundo... A propósito de su voz, sepa usted que me puse a estudiar francés porque no podía conformarme con el resumen de los títulos en español, aberrantes e incoloros. Aprendí a descifrar el sonido melodioso de su voz, y con ello vino el flagelo de entender a fuerza mía algunas frases vulgares, la comprensión de ciertas palabras atroces que puestas en sus labios o aplicadas a usted me resultaron intolerables. Deploré aquellos tiempos en que llegaban a mí, atenuadas por pudibundas traducciones; ahora, las recibo como bofetadas.

 

Lo más grave del caso es que mi mujer está dando inquietantes muestras de mal humor. Las alusiones a usted, y a su conducta en la pantalla, son cada vez más frecuentes y feroces.

 

Últimamente ha concentrado sus ataques en la ropa interior, y dice que estoy hablándole en balde a una mujer sin fondo.

 

Y hablando sinceramente, aquí entre nosotros, ¿a qué viene toda esa profusión de infames transparencias, ese derroche de íntimas prendas de tenebroso acetato? Si yo lo único que quiero hallar en usted es esa chispita triste y amarga que ayer había en sus ojos... Pero volvamos a mi mujer. Hace visajes y la imita.

 

Me arremeda a mí también. Repite burlona algunas de mis quejas más lastimeras. "Los besos que me duelen en Qué me duras me están ardiendo como quemaduras." Dondequiera que estemos se complace en recordarla, dice que debemos afrontar este problema desde un ángulo puramente racional, con todos los adelantos de la ciencia y echa mano de argumentos absurdos pero contundentes. Alega, nada menos, que usted es irreal y que ella es una mujer concreta. Y a fuerza de demostrármelo está acabando una por una con mis ilusiones. No sé qué va a ser de mí si resulta cierto lo que aquí se rumora, que usted va a venir a filmar una película y honrará a nuestro país con su visita. Por amor de Dios, por lo más sagrado, quédese en su patria, señorita.

 

Sí, no quiero volver a verla, porque cada vez que la música cede poco a poco y los hechos se van borrando en la pantalla, yo soy un hombre anonadado. Me refiero a la barrera mortal de esas tres letras crueles que ponen fin a la modesta felicidad de mis noches de amor, a dos pesos la luneta. He ido desechando poco a poco el deseo de quedarme a vivir con usted en la película y ya no muero de pena cuando tengo que salir del cine remolcado por mi mujer, que tiene la mala costumbre de ponerse de pie al primer síntoma de que el último rollo se está acabando.

 

Señorita, la dejo. No le pido siquiera un autógrafo, porque si llegara a enviármelo yo sería capaz de olvidar su traición imperdonable. Reciba esta carta como el homenaje final de un espíritu arruinado, y perdóneme por haberla incluido entre mis sueños. Sí, he soñado con usted más de una noche, y nada tengo que envidiar a esos galanes de ocasión que cobran un sueldo por estrecharla en sus brazos y que la seducen con palabras prestadas.

 

Créame sinceramente su servidor.

 

P. D.: Olvidaba decirle que escribo tras las rejas de la cárcel. Esta carta no habría llegado nunca a sus manos si yo no tuviera el temor de que el mundo le diera noticias erróneas acerca de mí.

 

Porque los periódicos, que siempre falsean los hechos, están abusando aquí de este suceso ridículo: "Ayer por la noche, un desconocido, tal vez en estado de ebriedad o perturbado de sus facultades mentales, interrumpió la proyección de Esclavas del deseo en su punto más emocionante, cuando desgarró la pantalla del cine Prado al clavar un cuchillo en el pecho de Françoise Arnoul. A pesar de la oscuridad, tres espectadores vieron cómo el maniático corría hacia la actriz con el cuchillo en alto y se pusieron de pie para examinarlo de cerca y poder reconocerlo a la hora de la consignación. Fue fácil porque el individuo se desplomó una vez consumado el acto"

 

Sé que es imposible, pero daría lo que no tengo con tal de que usted conservara para siempre en su pecho el recuerdo de esa certera puñalada.


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