jueves, 16 de octubre de 2025

Relato para adultos de László Krasznahorkai, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2025

 

László Krasznahorkai

A continuación, te presento un relato para adultos que también puedes escuchar como audiocuento en YouTube. Este relato forma parte del libro Relaciones misericordiosas, del escritor húngaro László Krasznahorkai, cuentista, novelista y ensayista de mirada poética, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2025

El último barco es un relato alegórico que narra la partida de un grupo de personas desde una ciudad devastada, en busca de una salida incierta. A través de un tono sombrío y reflexivo, explora temas como el abandono, la pérdida de sentido, la memoria y la decadencia de una sociedad. El viaje se convierte en una metáfora del colapso histórico y existencial, donde lo esencial ya no es lo útil, sino lo simbólico.

Como se puede observar en este relato, carece de puntos y apartes. No es un error de edición, sino una característica de la escritura del húngaro galardonado.

 

El último barco

A la memoria de Mihály Vörösmarty.

 

Todavía estaba oscuro cuando partimos y, aunque sabíamos que ya no había ninguna razón para estúpidas expectativas, pues daba igual si era la mañana o la noche, pensábamos que ese día también amanecería, saldría el sol, se extendería la luz, es decir, clarearía y nos veríamos los unos a los otros, los rostros arrugados, las bolsas de los ojos sanguinolentos o la piel rugosa detrás en la nuca, veríamos a nuestras espaldas la estela que pronto se alisaría en el agua, los edificios abandonados del muelle, las calles vacías e intactas que se introducían entre ellos y después, más allá de la ciudad, la orilla ligeramente elevada en toda su amplitud, esperando el momento del derrumbe. Partimos en la oscuridad y, si bien pocas veces ocurría que una persona se dirigiera a otra (si es que coincidíamos en el camino al puerto del Danubio, si daba la casualidad de que uno pasaba por el lado de otro o varios pasaban junto a uno), necesitábamos, sin embargo, esas siluetas borrosas, apenas perceptibles, pues sólo gracias a ellas podíamos determinar nuestra posición momentánea y la dirección correcta, ya que los faros de los todoterrenos de las unidades del eva que pasaban por aquí y por allá a una velocidad vertiginosa, más que ayudarnos, nos desorientaban y, por otra parte, no podíamos fiarnos de la rutina en ese momento en que todo resultaba arriesgado. Tras semanas de angustiosa espera, ilusionados por la noticia de la hora exacta de la salida anunciada al amanecer por megáfono y en carteles escritos a mano, sin siquiera esperar a que comenzase la ceremonia del alba, absurda y últimamente renqueante hasta la desesperación, partimos desde diferentes puntos—lejanos y cercanos—de la capital y en el fondo, sin embargo, todos del mismo lugar, de debajo de la tierra, como las ratas, que por su extraordinaria capacidad de supervivencia se habían convertido en los últimos meses casi en una suerte de animales sagrados y, por tanto, en objeto exclusivo de nuestra atención: de sótanos, de madrigueras, de oquedades que antaño habían servido como despensas, de pozos de decantación y de refugios provisionales, y quienes no habían considerado tranquilizadoras esas soluciones emergían de los túneles del metro y del tren de cercanías, desde el fondo de los baños turcos y de los talleres de reparación subterráneos o del laberinto de las cloacas, considerado el lugar más seguro, y emprendían el camino, corto o largo, con el equipaje preparado desde bastante tiempo o sin él. Sería, no obstante, una exageración afirmar que "entonces se poblaron las calles", porque—como se supo después—, apenas quedábamos sesenta en la ciudad, o sea, que el eva tenía razón al juzgar que un barco fluvial de tamaño medio se ajustaría perfectamente a las necesidades, y fue eso, la dimensión, lo que nos extrañó a algunos—sólo hasta el momento de la partida, por supuesto—, ya que ante la imposibilidad de aprovechar las vías terrestres y aéreas todos teníamos claro que la única solución era el agua. La mayor preocupación para llegar al puerto la suponía el sentido—o el sinsentido—del equipaje, consistente en gran parte en maletas más o menos grandes, bolsos de viaje, sacos y cajas de cartón, pues el espíritu de la situación hizo que cada vez más objetos personales empezaran a sustituir los objetos útiles que se habían ido acumulando como consecuencia de un inicialmente involuntario sentido práctico hasta que al final no quedó nada práctico: en vez de la ropa interior de abrigo se incluyó el reloj de cuco roto; en vez de la harina y del chocolate en polvo, la colección de etiquetas de cajas de cerillas, y en los días previos a la partida ya daba la impresión de que una boquilla barata tenía más importancia que el infiernillo y unas conchas de mar más que los analgésicos para el dolor de muelas y de cabeza. Soportábamos de maneras diversas la conciencia de que ambas soluciones carecían de sentido: algunos se arrastraron por la ciudad con todos sus bártulos y llegaron al barco extenuados, jadeando, con los miembros entumecidos; otros, en cambio, llegaron con las manos vacías, mientras que los puños cerrados de algunos daban a entender que no habían sido capaces de desprenderse de algo en el camino. Llegamos uno a uno al "muelle provisional" y, como estábamos convencidos de que los sesenta sólo desempeñábamos el papel de avanzadilla, la mayor sorpresa nos la causó el barco que aguardaba en silencio en la oscuridad. No logró disiparla el efímero alivio que nos significó comprobar, al llegar de las calles aledañas a ese punto del muelle, que no habíamos cometido ningún error y que, en efecto, algo flotaba allí en el agua. El "barco danubiano de tamaño medio" nos recordaba a todos a un navío de desguace sombrío e inútil que la oficina de turismo quizá había considerado en su día adecuado para sustituir con su parsimonioso balanceo una excursión en barco cuando se trataba de grupos escolares, aunque desde entonces había pasado sin duda mucho tiempo, ya que el medio de transporte acuático destinado a nosotros se había hundido tanto que una que otra ola más o menos grande le barría la cubierta y tres o cuatro personas en condiciones habrían bastado para sumergirlo del todo y para siempre. Nuestros malos presentimientos aumentaron cuando no vimos ningún movimiento encima, no aparecía ningún marinero ni ningún oficial del eva, la cabina de mando estaba oscura y desierto estaba también el muelle, por mucho que miráramos hacia un lado y hacia el otro. Y—mientras esperábamos cada vez más impacientes la llegada de alguien al puente de mando o de algún todoterreno del eva para comenzar el control de la documentación—nuestra preocupación en lo que respectaba al barco no disminuía, sino que más bien crecía, pues viéndolo más de cerca descubríamos cada vez más fallos tanto en el casco como en la cubierta. Unos palmos por debajo del morro había un agujero de forma circular, como si una bala de cañón hubiera alcanzado la embarcación, en la cubierta de popa faltaban unos cuantos tablones, el costado de la cabina de mando carecía de cristales en las ventanas y así sucesivamente, por no hablar de las amarras que ya se habían podrido del todo; además, uno de los bolardos se había desprendido en parte del hormigón del muelle como si lo hubiese atacado un alevoso animal subterráneo. Aguardamos zarandeados por un viento cortante, gruñendo, y cuando comprendimos que una inspección más minuciosa podía convertir el asombro inicial en una cólera de resultado incierto y bastante arriesgada, comenzamos—en vez de pasar a la acción—a fustigar el navío con palabras cada vez más burlonas, lo cual nos aseguraba cierta protección y por otra parte nos proporcionaba un sentimiento de liberación alegre y al mismo tiempo carente de todo riesgo. Llevábamos tanto tiempo sin conocer una sensación así que incluso intervinieron de vez en cuando, añadiendo aquí y allá algún comentario, algunos que parecían los más taciturnos, de manera que tras interjecciones tales como "¡Vaya barco de mierda!" o "¡Vaya galera abollada!" o "¡Vaya trasto asqueroso!" notamos cierta sensación de alegría y comenzamos a ver también con cierta ternura esa embarcación que crujía y rechinaba mientras se mecía allá abajo y con un sentimiento de pertenencia entre nosotros como el que nos suele vincular, por ejemplo, con alguna bagatela que llevamos en el bolsillo. Y cuando de dos calles que discurrían paralelas en dirección a "nuestro muelle" llegaron casi al unísono y frenaron chirriando junto a nuestro grupo un tanto disperso dos todoterrenos del eva, ya estábamos seguros de que "ese barco nuestro no nos dejará en la estacada"… La llegada súbita e inesperada de los hombres del eva no nos alteró particularmente, sino que nos provocó más bien algo así como una satisfacción rabiosa, y sólo formamos la obligatoria fila de dos a los gritos del subcomandante encargado de la unidad. Unos años antes, claro está, la presencia de algún uniforme blanco o de un todoterreno ya habría sido suficiente para que nos arrimáramos a la pared con el corazón en un puño, sudando por el miedo, pero desde que se marcharan no sólo gran parte de las tropas sino también el estado mayor y sólo quedara ese comando especial—que de especial tenía poco—para gestionar el traslado de los rezagados, el orden se vino abajo, se impuso el caos, unos chavales se pusieron los otrora temidos uniformes y ya ni siquiera iban acompañados de intérpretes, ya que para el saqueo no se necesitaban palabras, de manera que de la anterior crueldad sólo quedaban esos gritos y chillidos, de las anteriores características externas, tan precisas, de las típicas operaciones sólo las acciones "fulminantes", vacuas, desesperadas, ridículas y carentes de rumbo. Sin embargo, aunque por nuestras experiencias sabíamos que la actual maquinaria sólo era un pálido reflejo de la antigua, la cual había funcionado en su día como una seda, pensamos que incluso así recapacitarían y resolverían rápidamente las formalidades que quedaban y que, por otra parte, tampoco eran ya necesarias. No obstante, durante largo tiempo no ocurrió nada. De uno de los todoterrenos hicieron bajar a cuatro o cinco civiles, que pasaron junto a nosotros con la cabeza gacha y pasos inseguros sin alzar una sola vez la vista, y los acompañaron al barco. Después examinaron con detalle nuestros bártulos y como no encontraron nada de su gusto, arrojaron, enfurecidos, unas maletas y unos bolsos al agua. A continuación, se situaron varias veces detrás de uno o de otro, pero ni siquiera fueron capaces de castigar a los murmuradores, y lo cierto es que tampoco podían acusar a nadie de un delito más grave. Su impotencia nos entristecía porque nos dábamos cuenta de que no podían comprender que nuestra tenaz resistencia anterior se había convertido con el tiempo en una decisiva disposición a colaborar, la cual, sin duda, había de resultarle paralizante a un organismo para cuyo funcionamiento era más importante la existencia de una continua oposición que la victoria. Cuando la situación ya les resultó fastidiosa, no les quedó más remedio que comenzar a exigirnos la documentación; tuvimos que volver a ponernos en fila, ahora uno detrás de otro, frente a la pasarela, y entonces no les molestó ya que nuestra columna se disolviera al cabo de escasos minutos y diera la impresión de un rebaño cansado y adormilado más que de un grupo disciplinado. La identificación sólo les suscitaba problemas a ellos, pues a nosotros nos daba lo mismo qué documento aceptaban: ni nuestra identidad ni nuestras personas tenían ya particular importancia. Nuestros documentos no decían nada, ya que ni siquiera nosotros podíamos determinar en realidad cuál era el verdadero y cuál el falso; considerábamos que cualquier nombre, cualquier dato podía referirse también a nosotros, y como nos resultaba difícil decidir "qué nos convenía ser" optamos por conservar todos los papeles que con el tiempo se habían acumulado, y eran muchos. El barco, al que nos hicieron subir uno por uno, no daba señales de zarpar pronto; si bien en el puente de mando había ya una luz encendida, observamos desanimados a los dos civiles que se movían inseguros ahí dentro y que, según todas las apariencias, daban vueltas completamente desconcertados, pulsaban los botones y accionaban las palancas a la buena de Dios, confiando en el azar, en la buena suerte para dar con la maniobra adecuada; en cuanto a los otros dos o tres civiles, éstos habían desaparecido hacía tiempo en la quilla del barco, adonde los habían enviado sin duda a reparar los evidentes fallos de las máquinas, aunque estábamos casi seguros de ganar si apostábamos a que lo primero que hicieran allí esos holgazanes fuese buscar un sitio apropiado para dormir durante todo el viaje (y así ocurrió, en efecto). En esa situación sin esperanzas nos supuso una auténtica sorpresa percibir al cabo de media hora más o menos una ligera vibración bajo los pies y oír a continuación, sin que nos cupiera la menor duda, el esforzado rumor de los motores; los dos civiles en el puente de mando se miraron y asintieron contentos con la cabeza y también nosotros sentimos cierto alivio al verlos, pues nos repugnaba la idea de tener que seguir quizá en el lugar una vez que no nos quedaba más remedio que marcharnos. Curiosamente, como ya no parecían existir obstáculos serios para nuestro viaje y era seguro que nuestro navío al menos podía funcionar, de pronto perdimos la paciencia y nos pareció de enorme importancia no esperar ni un minuto más y zarpar enseguida, y esos minutos resultaron tanto más insoportables cuanto que estábamos convencidos, además, de que la mayoría de la gente estaba aún por llegar, de modo que nos aguardaban todavía unas cuantas horas. Las apariencias también reforzaban nuestro error: los hombres del eva permanecían indiferentes, tranquilos, mudos en torno a los todoterrenos en el muelle, alguno se encendía un cigarrillo, de manera que bien podíamos creer que igualmente ellos se preparaban para horas de espera, aunque en realidad sólo se trataba de una medida de seguridad. A nosotros ni siquiera se nos ocurrió tal posibilidad; nerviosos, tensos, fijábamos la vista en las dos calles que desembocaban en el muelle y pensábamos llenos de odio en los hombres y las mujeres a los que se les habían pegado las sábanas y quién sabía cuándo se presentarían por fin en el embarcadero. Estábamos allí como mirando las bocas oscuras de unos túneles de los cuales al final habrían de emerger esas personas. Con el tiempo ya nos habríamos contentado con una sola, y nuestro odio pronto se convirtió en preocupación y la idea de una capital tal vez completamente desierta y abandonada se tornó angustiante; algunos se apretujaron contra la barandilla, los ojos nos hacían chiribitas de tanto mirar, aunque todo en vano, porque no llegaba nadie. Luego, cuando el subcomandante del eva hizo una señal burlona a los dos civiles (los otros habían sido engullidos por las entrañas del barco) y los dos soltaron entonces las amarras y levaron las anclas, estábamos todos en la cubierta, con la mirada clavada en las calles que desembocaban en el muelle, y ni siquiera se nos ocurrió pensar que zarpábamos, pues necesitamos tiempo para sustituir el absurdo de que hubiera gente que permaneciera definitivamente en la ciudad por otro absurdo, la locura vacua de una urbe desierta. Algunos de nosotros respiramos aliviados cuando por fin perdimos de vista los todoterrenos y la apática unidad e incluso procuramos expresarlo de alguna manera, pero la mayoría sólo cobró conciencia de lo que ocurría cuando de repente—"casi al mismo tiempo"—nos dimos cuenta de que clareaba. Poco a poco nos instalamos en la cubierta de popa y en torno al puente de mando, procuramos encontrar la posición más cómoda y algunos incluso tratamos de entablar, con escaso éxito, eso sí, una conversación con los civiles para al menos tener una mínima idea de cuanto nos esperaba próximamente, de si nos pararíamos antes de llegar a la frontera o quizá después, de si nos convenía concebir la esperanza de lograr alguna ventaja en nuestro barco, el cual, según todos los indicios, seguía bajo la autoridad del eva, pero sin su presencia real. No nos sorprendió que nuestros intentos resultaran inútiles y, de hecho, no sabíamos si no era mejor no entender nada de nada. Quien tenía algo para comer comió algún bocado, algunos hasta durmieron un rato, pero luego todos nos quedamos mirando el paisaje que iba pasando poco a poco, la línea irregular y serpenteante de los puestos de vigía, las formas de mariposa de las bases de defensa que se alzaban a lo lejos, las suaves ondulaciones de las antiguas pistas de aterrizaje cuarteadas por la sequía, los recuerdos de los abetales calcinados en las cada vez más frecuentes colinas, escuchábamos el ulular del viento y el zumbido uniforme de los motores, el murmullo del Danubio en torno al casco abollado del barco, y el silencio que se posó sobre nosotros sólo se vio perturbado de vez en cuando por los fugaces malos augurios de algunos de nuestros agotados compañeros. Nuestro barco progresaba con esa misma calma río arriba, y como el destino era el mismo, aunque la dirección la contraria, nuestra atención se fue fijando en los objetos que veíamos pasar: lavabos baratos y oxidados encallados en las orillas, neveras y estufas de gasoil destripadas retenidas por las piedras, restos de árboles, neumáticos y sillas que discurrían flotando, barriles de hojalata y juguetes de plástico, cadáveres de corzos, perros y caballos, de manera que cualquier cosa que aparecía cerca de nosotros enseguida merecía nuestra atención cada vez más intensa, eso sí, hasta que nos dimos cuenta de que nuestra curiosidad, muestro interés, es más, a veces también nuestra compasión se debían exclusivamente al rumbo que tomaban. El sueño no tardó en vencernos; quien pudo se cubrió con algo; quien no, intentó buscarse en la cubierta un rincón a resguardo del viento y acurrucarse todo lo posible con las manos en los bolsillos; sólo quedaban despiertos los dos civiles en el puente de mando iluminado y observaban satisfechos la superficie lisa del agua que se extendía ante nosotros, cortada por la proa. A la caída de una nueva noche, todavía yacíamos aturdidos por el cansancio, y sólo se produjo un sordo murmullo cuando uno de nosotros alzó de pronto la cabeza, se incorporó, se dirigió a la popa y, señalando el paisaje que desaparecía ya para siempre sumido en una densa oscuridad, exclamó con un alivio teñido de amargura: "Mirad, aquello era Hungría"

Fuente: El Confidencial


 

Otros relatos para adultos

Si te gustan los relatos, te recomiendo El hombre y su sueño de Enrique Lihn.

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Cuento completo de Enrique Lihn

 

Cuento completo de Enrique Lihn

A continuación, te presento un cuento completo “El hombre y su sueño”, de Enrique Lihn, un destacado poeta, narrador, crítico literario y dibujante chileno, considerado una de las voces imprescindibles de la poesía hispanoamericana del siglo XX.

Este cuento para adultos es una alegoría sobre la tensión entre razón e instinto, vigilia y sueño, en la búsqueda de la identidad. A través de un narrador errante y su vínculo con un enigmático amigo, se explora el deseo de alcanzar una conciencia total y los riesgos de intentar disociarse de la parte más oscura e inconsciente del ser. La obra plantea que querer dominar o superar esa dualidad humana puede llevar a la pérdida de uno mismo. Asimismo, el amigo representa la búsqueda extrema de la lucidez absoluta, el deseo de liberarse del inconsciente y del sueño para alcanzar una identidad pura y consciente, pero al hacerlo, encarna la tragedia del exceso de razón: al intentar dominar su dualidad, termina perdiéndose a sí mismo.

 

El hombre y su sueño

En algún punto de la ciudad, de esta ciudad demasiado grande para que dos seres que se amen se encuentren si se han perdido de vista alguna vez, un hombre de mi edad vela, mientras todos duermen. Su vigilia no tiene nada de común con la vigilia a la que nos condena la súbita desaparición de nuestra amada, la angustia que precede a un día de decisiones irrevocables o la persistencia de un pensamiento que se resiste a tomar forma. No es tampoco el efecto de una digestión trabajosa, ni del desorden físico que sucede a un largo período de disipaciones. Es una vigilia no registrada hasta ahora en los anales médicos; una enfermedad incurable; una espléndida llaga destinada a no cicatrizar.

—El sueño —me dijo un día mi amigo— es nuestro doble: una especie de hermano gemelo al que, de no mediar un acto de voluntad sobrehumana, permaneceremos unidos durante toda nuestra vida. Hasta ahora, nadie, que yo sepa, ha intentado desprenderse de él. La operación es más que peligrosa, y los dolores que sin duda provoca, o son superiores a nuestra capacidad para soportarlos, o las ventajas que aquélla nos ofrece, si es llevada a cabo felizmente, no alcanzan a compensarnos de ellos.

—Si es así —murmuré, pues mi facilidad de palabra en ese entonces era escasa—, ¿qué motivos tienes, no ya para desear esa separación que consideras imposible, sino para detenerte en un pensamiento tan superfluo; tú, que eres por naturaleza inclinado a la acción, que nunca te has propuesto nada que no pudieses realizar en el acto?

En los labios de mi amigo se dibujó una sonrisa a la vez dulce y amarga, no exenta de cierto misterio turbador.

—Escucha —me dijo, extendiendo ambos brazos sobre la mesa, las palmas de las manos vueltas hacia mí—. Sabes de más que un carácter como el mío no cambia de la noche a la mañana.

Estas dos últimas palabras me estremecieron visiblemente.

—¿Entonces?

—Cada 1111 años, un hombre, entre millones de semejantes suyos, puede intentar disociarse de su propio sueño, sea asimilándolo a su vigilia, sea dotándolo de los atributos necesarios para que la naturaleza lo confunda con uno de sus hijos. Ese hombre del que hablo es el único capaz de exponer objetivamente las ventajas de la vigilia absoluta. Te hablaré de dichas ventajas…

—Amigo mío —le dije, con una voz turbada por la emoción—. A no dudar, tu inteligencia es infinitamente superior a la mía. Igual cosa puede decirse de tu cultura científica y humanística; mientras tú dominas más lenguas muertas y vivas de las que puedo enumerar, yo apenas logro expresarme en mi lengua materna. No en vano has enceguecido sobre los libros cuando yo vagaba de un lado para otro entre las cuatro paredes de esta habitación o en los suburbios de esta ciudad maldita. Con todo, me atreveré, para tu bien, a formular la opinión en que tengo las palabras que has dicho y las que estás por decir. Amigo mío, te extravías. El hilo demasiado extenso y fino de tu pensamiento, debe ser cortado antes de que te conduzca a regiones de las que no regresarás. Recuerda que nuestros deseos deben estar en proporción a nuestra capacidad para saciarlos, y que, si se extralimitan, nos conducen a la ruina. No te sientas llamado a desempeñar un papel que ignoras si otro, antes que tú, ha desempeñado.

Las últimas frases de mi discurso fueron dichas en alta voz, de una manera delirante. Ya serenado, posé mi vista en el rostro de mi compañero, esperando sorprender en él una expresión aprobatoria o, al menos, inquieta.

Nada de eso; la más profunda quietud y seguridad interiores se reflejaban en sus rasgos.

Pero, a partir de esa noche, mi amigo guardó silencio durante muchos días.

 
En la actualidad desempeño un sinnúmero de pequeños oficios. Ninguno de ellos por sí mismo me permitiría vivir, y las rentas que me proporcionan en conjunto apenas cubren mis necesidades, por lo demás ínfimas. Creo, sin embargo, en la necesidad de que el ciudadano se especialice, para beneficio suyo y de la colectividad. Aunque esta ciudad en que habito me es casi desconocida y, en consecuencia, puedo decir que no la amo, he intentado varias veces serle útil mediante el aprendizaje de una profesión bien definida. Mis esfuerzos no han sido recompensados. En primer lugar, soy demasiado viejo para entrar como aprendiz en los talleres artesanos y, en segundo lugar, mí casi absoluta falta de capacidad para concentrarme en una actividad dirigida, hace de mí una presa poco codiciable por los maestros.

Después de todo, no me quejo de mi suerte. De mi incapacidad obtengo algunas ventajas. Llevo una vida agitada y caótica, como mis pensamientos. Me desplazo, de escenario en escenario, a una velocidad incomparable. Mis ocupaciones se diferencian entre ellas tanto como mi rostro de sí mismo, según las emociones que me embargan. Durante quince días he hecho de ayunador en una feria de los arrabales; he sido incorporado al ejército y expulsado de él cada vez que la ciudad se ha visto en peligro de caer en manos de sus enemigos. No por indisciplina, sino por falta de instintos militares. Un hombre de ciencia me hace entrar todas las mañanas en su laboratorio. Me examina con minuciosidad, incansablemente. Encuentra que mi organismo ofrece curiosas anomalías e inexplicables lagunas. «Tu vida —me ha dicho— no está en tu cuerpo, sino en alguna otra parte. Un hombre cualquiera no podría vivir sin los órganos que en ti no se han desarrollado suficientemente.» En las noches frecuento las alfarerías subterráneas, donde ancianas bellísimas y pobremente vestidas se dedican a la fabricación de complicadas figurillas de barro perfumado. Yo les hablo del mundo exterior, del que ellas tienen una confusa noción, que coincide en todo con la idea que he logrado formarme de él. Entre las alfareras soy admirado por mi habilidad para modelar y pintarrajear toda clase de animalillos fantásticos, que me reportan algunas monedas. Eventualmente, soy aguatero o hago pequeños papeles mímicos en los circos ambulantes. Mi sentido musical hace de mí un flautista muy solicitado para las bodas y bautizos.

Por las tardes, cuando no tengo nada que hacer y la melancolía empieza a apoderarse de mí, me deslizo hacia los barrios inferiores. Allí comparto mis alimentos con algún vagabundo. Cuando las circunstancias no me deparan compañeros pacíficos, es tanto mi miedo a la soledad, que no desdeño las posibilidades de atraerme las simpatías de los ladrones y los asesinos. Entre éstos y aquéllos he hecho algunas amistades, poco durables, por cierto, pero profundas. Cuando he visto sus cadáveres suspendidos por el cuello a lo largo de las calles de la ciudad, no he podido dejar de sollozar. En general, sólo evito encontrarme con los mendigos ciegos, que están siempre demasiado ávidos de mi palabra y que parecen sentir por mí una especie de sórdida ternura.

No es que no tenga dificultades con la gente: más de alguien me ha abofeteado cuando le he propuesto que durmiese conmigo. Es inútil que trate de explicarles el sentido de mi invitación. Sé que las costumbres de un pueblo poco numeroso en relación a la inmensidad de sus dominios, condenan, justificadamente, el vicio solitario, la esterilidad y, con mayor razón, las inversiones sexuales. Ni siquiera la gerontofilia, vicio muy común en regiones menos civilizadas y que, dada mi noción defectuosa del tiempo, comprendo a la perfección, hace estragos entre nosotros. Las bellas alfareras han sido recluidas en sus subterráneos para evitar a la juventud los dolores de un amor imposible, y los ancianos públicos desarrollan su actividad patriarcal en recintos a los que no se llega sino con una recomendación especialísima o en cumplimiento de misiones oficiales. Estoy perfectamente enterado de todo esto, y agradezco, en el fondo, a mis amigos que se limiten a vapulearme con ocasión de esas invitaciones que les hago en los momentos de mayor intimidad. Si ellos perteneciesen a las clases privilegiadas, mucho más prejuiciosas, mi reputación estaría ahora por los suelos y, con seguridad, se me hubiese recluido.

Pero si por una parte es encomiable el silencio que guardan los delincuentes respecto de mis palabras comprometedoras, por otra, hasta a mí mismo, que soy su beneficiado, me parece digno de censura. Ese silencio, más que el efecto de una libertad y profundidad de pensamiento, lo es de una ciega y perniciosa relajación de las costumbres. Prueba de ello es que, sin comprender la pureza de mis intenciones, éstas, que despojadas de dicha pureza me parecerían abominables, les parecen a ellos, a lo más, inconvenientes.

 
En algún punto de la ciudad hay, sin embargo, un hombre: mi semejante, que no enrojecería ni me maldeciría si intentase arrastrarlo, al atardecer, por la escalera de caracol que conduce a mi desnudo y estrecho aposento. Durante sus años de formación y mis años de progresiva lucidez mental, él y yo vivimos tan estrechamente unidos y separados como Narciso y su imagen reflejada en la superficie de un espejo. Desde el amanecer hasta el crepúsculo, mi amigo permanecía inmóvil, el rostro entre las manos, siguiendo el infinito hilo de su pensamiento a través de un laberinto que se hubiera creído circular. Entonces, una gran laxitud me embargaba. Como no tuviese problemas que resolver a corto plazo, me tendía yo en nuestro lecho común, los brazos cruzados bajo mi pequeña cabeza, o me deslizaba por la habitación como una sombra, deteniéndome de tarde en tarde a sus espaldas. Llegada la noche, como no lo retuvieran sus intereses en el centro de la ciudad, se tendía mi amigo junto a mí y, como a dos líneas paralelas, nos reunía el sueño en lo infinito. Era el momento en que el universo se coloreaba para mí y la sangre comenzaba a circular acompasadamente por mis venas. Como a un prisionero al que de súbito se le abren las puertas de su celda y al que un ángel le indica la salida con un dedo de fuego, todo me parecía conducir a una región sin sombra. A través de mis párpados entornados examinaba yo el rostro de mi compañero, y el amargo rictus de sus labios no menoscababa el placer que me proporcionaba su presencia. Entre él y yo se extendía un espacio intensivo, no mensurable en su invisibilidad, pero que, como una lámina transparente, nos hacía insensibles el uno al otro. Sus más secretos pensamientos me eran, por el contrario, revelados. No en lo que tenían de claro y distinto, no en su orden y extensión formales, sino en su profundidad y en su vida. Distinguía en ellos, con una mirada certera, lo esencial de lo superfluo, y gustaba de ordenarlos como un ajedrecista consumado ordena las piezas de un juego de principiantes, hasta situarlas en su justa peligrosidad. Sé que mi proceder no era del gusto de mi amigo; pero me era imposible escatimarle los beneficios del que yo creía un impulso generoso. Cuando he reflexionado en las razones que mi compañero de lecho ha podido tener para abandonarme, la más plausible de todas me sigue pareciendo la de que, en su excesiva sensibilidad, no pudiese reposar a sus anchas junto a un ser estragado por una vigilia clarividente. Más de una vez despertó en el momento en que mi poder adivinatorio respecto de él se intensificaba al máximo. Esto no significa, de ningún modo, que yo lo juzgase menos piadosamente que de costumbre. Jamás he juzgado a nadie; con mayor razón mi amigo, objeto de mi más absoluta comprensión, ha escapado a mis dictámenes; caso de que éstos pasen a formar parte, en lo sucesivo, de mi bagaje mental.

—¿Estás despierto verdaderamente? —me preguntaba mi amigo, envolviéndome en una mirada penetrante. Yo no sabía, de buenas a primeras, qué contestarle. Despierto, ejercía él sobre mí un poder superior a mis fuerzas para soportarlo. Su lucidez era mucho mayor de la que yo era capaz de concebir mientras duraba su reposo.

Sin mentirle, podía yo articular un si desprovisto de toda convicción. Despierto él, el sueño o el letargo se apoderaban de mi cuerpo y de mi alma como el alba de la noche.

—Escucha, entonces… —su voz adquiría un tono apremiante, patético—. ¿Sabes tú en qué se diferencia un hombre dormido de otro despierto?

—Tal vez…

—En que el despierto sabe quién es, y el dormido no lo sabe.

Un silencio. Mi amigo acercaba su rostro al mio, la mirada brillante y, casi tiernamente, como una madre que interroga la lección a su hijo, murmuraba:

—¿Quién eres tú?

Mi turbación se hacía en ese momento indescriptible. Pero, con todo, intentaba contestar su pregunta:

—Yo soy… tú.

De antemano sabía que esta respuesta, que en labios de una muchacha enciende a su amante, no tendría para él el menor encanto. También yo la formulaba a desgano, y estaba lejos de querer conmoverlo con ella. Nunca mi afecto por él parecía más débil en su fundamento. Llegaba casi a odiar su superioridad sobre mí. Cuando, desilusionado, cerraba nuevamente los ojos, más para evitar mi vista que para conciliar un sueño que le era difícil reanudar, yo sonreía con alivio, como si me hubiesen quitado un gran peso de encima.

 
Ayer tuve ocasión de recordar un suceso ocurrido hace algunos años y al que mi memoria fuera infiel. Le he pedido a un copista, que se divierte en sus ratos de ocio con mi facilidad para asociar palabras, que lo anote en un trocito de pergamino, y me he propuesto hacérmelo leer cada vez que empiece a olvidárseme. Es posible que esté por fin en posesión de la verdad; aunque no veo el beneficio que ella pueda reportarme. Mi amigo me ha abandonado por una razón demasiado sencilla para que yo la hubiese descubierto. En una oportunidad me adelanté a sus deseos, realizándolos por mi cuenta y riesgo. Deseaba demostrarle que sus sentimientos respecto de cierta muchacha no debían ser sino de una naturaleza puramente animal. Yo estaba seguro de que ella no merecía otra cosa. Él no era de mi opinión; aunque no nos explayamos sobre nuestras diferencias, él por pudor y yo por temor de malquistármelo, ambos las conocíamos de sobra. Es más, la mucha cautela con que procedí a sus espaldas no impidió, ésa fue al menos mi impresión, que él siguiera el desarrollo de una tesis que luego no tuve el ánimo de desarrollarle oralmente. Triunfé, sin embargo, en esa oportunidad, cuando creía haberlo echado todo a rodar. Mi amigo olvidó su pasión al comprobar que el objeto de ella estaba muy por debajo de la idea que se había formado a su respecto. La muchacha se me entregó sin conocerme y en circunstancias que la delataron como a un monstruo de obscenidad.

La escena revivió en mí con fuerza al divisar a mi amante de unos minutos entre las columnas que sustentan la entrada del templo. Del interior de éste emergía una de esas procesiones que nos atraen la burla de los paganos: «Un ejército de viejas para la defensa de Dios». Los ecos de un cántico desgarrador llegaban hasta mí, mezclados al griterío de una muchedumbre electrizada por el resplandor de las antorchas. No era de noche; sin embargo, como desde hace algunos días un inexplicable malestar me impide entregarme a mis ocupaciones habituales, vagaba yo al acecho de una oportunidad de distraer mis pensamientos y la encontré en la figura de esa muchacha que a primera vista me resultó difícil distinguir de sus compañeras, como ella jóvenes y vestidas, según lo exigía la ocasión, de rigurosa púrpura; las manos enlazadas, formando un ángulo en el regazo, y el rostro piadosamente inclinado, me hicieron pensar en la inmensurable riqueza de hipocresía que se esconde en cada mujer. Imposible distinguir, respecto de ella, dónde termina la realidad y empieza la ficción. Sólo yo era capaz, en ese momento, de no caer en la trampa de la apariencia y reconstituir la desnudez de una cortesana bajo los hábitos de una virgen entregada al éxtasis religioso.

Me acerqué más a ella, pues mis ojos debilitados por la falta de sueño podían engañarme. Por otra parte, debo reconocerlo, su hermosura volvió, como antaño, a turbar mis sentidos. Comprendí, a pesar mío, que en mi relación con ella el mero deseo sexual no había dejado de jugar un papel de importancia. Acaso el propósito de desengañar a mi amigo —me dije— haya sido la justificación de un acto menos generoso en su fundamento. Recordé, con un progresivo sentimiento de culpabilidad, los preliminares de una escena de la que no me pude sustraer como mero espectador y testigo, y a la que una fuerza ciega terminara por arrastrarme, recompensándome en goces lo que había perdido en dignidad moral.

Dicha escena tuvo lugar en un cementerio público, al atardecer de un día radiante. En contradicción con la vitalidad exacerbada de un paisaje inundado de perfumes vegetales, la muerte había determinado que se cavase allí la tumba de un hombre respetable. La ceremonia se prolongó largo rato, como si el propio cadáver y sus portadores hubiesen acordado apoyar mis propósitos. Yo me había deslizado entre el grupo familiar que, alrededor de la fosa recién abierta, esperaba el resto de la comitiva al que se le confiara el ataúd. Nadie reparó en mi presencia a causa de la tristeza, salvo la hija del difunto, víctima del asedio de mi mirada. Este es el momento de referirnos a ciertos poderes de que estoy dotado y que ejerzo, en especial, sobre las mujeres. No obstante mis ojos sean pequeños y estén demasiado hundidos en sus órbitas para escapar a un observador de la fealdad humana, es muy grande el influjo que tienen sobre las naturalezas sensibles. Como ciertos animales salvajes, puedo provocar en mis víctimas una especie de consentimiento letárgico por el solo hecho de mantenerlas, durante unos instantes, en mi campo visual. En esa oportunidad la sumisión de la elegida me ahorró trabajo. Desde el primer momento depuso toda resistencia y pareció ansiosa de encontrarse a solas conmigo. Su rostro, humedecido por las lágrimas, se contrajo en un gesto lascivo y su mentón temblaba flojamente. Así fue cómo, una vez que el sepulturero terminó su tarea al compás de cánticos rituales; apenas el cortejo se desbandó en dirección a la ciudad; próxima ya la noche, ella y yo, aprovechando el desorden y olvido generales, nos escabullimos hacia una cripta, ocasionalmente abierta. En un abrir y cerrar de ojos ambos estuvimos desnudos, bajo la débil claridad de una lamparilla de aceite. Mi sexo hipertrofiado, del ancho de un cuerno de buey, no me impidió entrar en ella holgadamente. Adheridos el uno al otro, con una fuerza convulsiva y poderosa, rodamos haciendo círculos en el suelo y golpeándonos en las aristas de los catafalcos. Yo había perdido todo dominio sobre mí mismo. Dejó de preocuparme la posibilidad de que los gritos de mi compañera hiriesen los oídos de los guardianes del cementerio. Ignoro cómo pudimos salir de éste, después de una sesión que se prolongó hasta el amanecer, sin que se nos detuviera. La puerta principal debe haber estado cerrada con llave, y sólo provisto de largas sogas es posible escapar por el extremo opuesto a ella, limitado por un abismo profundo.

 
La procesión se desplazaba ya a algunas cuadras del templo. Me le incorporé y acompasé mis pasos a los de mi amante. Marchábamos juntos, pero pasó mucho rato, acaso horas, antes de que notase mi presencia. Tanta era su abstracción o mi insignificancia. Por último, como me apoyase en su brazo para no resbalar —apenas me sostenía sobre mis pies—, fijó en mí una mirada en que el fastidio, la indulgencia y, finalmente, la indiferencia más absoluta se sucedieron a una velocidad vertiginosa. Decididamente, no me había reconocido. Herido en mi orgullo, demostré, una vez más, mi inescrupulosidad. A los oídos de mi compañera deslicé un sinnúmero de frases soeces en las que se mezclaban, por iguales partes, los recuerdos comunes y las exigencias que en su nombre me permitía hacerle para el porvenir.

El silencio con que respondió a mis palabras era el efecto de un desprecio tan profundo, que le impedía devolvérmelas. Puede que mi voz no llegase hasta ella, interceptada por el rumor de la procesión e impotente para sobreponérsele. De hecho mi compañera siguió su marcha sin que en su rostro se alterase un rasgo. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que mi imaginación excesiva había podido jugarme una mala pasada. Acaso nunca poseí yo a esa muchacha, digno modelo de los artistas de la corte. En mi juventud resolvía con tal facilidad las situaciones en que me hallaba, que hoy en día sospecho no todas fueron igualmente reales.

 
Imbuido en estos pensamientos que me llenaban de espanto, e incapaz de seguir una marcha tal vez interminable, tomé asiento en la primera piedra que encontré en el camino. Pronto la procesión desapareció de mi vista, mientras la noche se apoderaba, vertiginosamente, del espacio. Las luces de la ciudad se encendieron y apagaron, en tanto yo recuperaba mis fuerzas. Algunas continuaron encendidas, pero la tiniebla me impedía calcular la distancia a que me hallaba de ellas. «En una de esas habitaciones iluminadas —pensé—, mi amigo se entrega a los placeres y dolores de una vigilia sin término. Ha conseguido su propósito. Ha cortado la maravillosa flor de su conciencia del tallo que la hundía en lo obscuro; pero la flor languidece, sin alimento, y mi amigo comprende, demasiado tarde, el alcance de su acto. El vencedor es a su vez vencido por la magnitud de su triunfo, y la bella columna, elevada en arenas movedizas, se hunde bajo su propio peso. Unos momentos más y su desaparición será completa.»

Elegí, al azar, una de las ventanas iluminadas. Reuniendo todas mis fuerzas, me puse en camino hacia ella. Al cabo de unos segundos corría desbocadamente, como un animal de regreso a su redil. Privado, durante mucho tiempo, de esa luz interior en que los seres humanos se reflejan y revelan sus propios pensamientos y deseos, ella resplandecía ahora en mí con tal poder, que amenazaba consumirme. Pasé revista mentalmente a todos mis actos pretéritos, y no pude sino expresar, a gritos, el disgusto que me producían. Como si otra persona los hubiera cometido con el propósito de envilecerme. Las últimas palabras que mi amigo me confiara sonaban y resonaban en mis oídos: «Todo lo que la vigilia nos permite conquistar, nos lo arrebata el sueño. Una ley insidiosa exige que la altura a que nos hemos remontado libremente esté en proporción a la profundidad a donde nos precipita con las manos atadas… Es necesario infringir esta ley. Es necesario que el sueño y la vigilia se confundan o se separen definitivamente…»

En mi ansiedad, elegí bien. Una a una se extinguieron las luces de la ciudad, menos esa hacia la que me dirigía. Temblando, subí la escalera que conduce a mi habitación, naturalmente desierta. La lámpara, bajo la cual paso largas veladas de meditación y estudio, ardía para sí misma, en medio de una soledad dolorosa. Soy olvidadizo, y la dueña de casa me ha amenazado varias veces con la expulsión por hechos como este. Un pensionista no se puede permitir el lujo de dejar encendida la luz de su pieza.

 
Esta mañana desperté en una posición absurda. El sueño se vengó de mi obsesión por vencerlo, sorprendiéndome en el momento en que me dirigía al lecho. No estaba totalmente de pie, pero el gesto de mi mano sobre el respaldo de la silla indicaba a las claras mi intención de sustituir a ésta por aquél. En compensación, creo que nunca he estado más próximo al triunfo. Hay un punto en que el instinto y la razón, el sentimiento y el pensamiento, el sueño y la vigilia se asocian en un abrazo radiante. Mi vida no ha sido sino un largo y penoso intento de encontrarlo. Quienes como yo comprenden que sólo la exacerbación de la conciencia nos permitirá atravesar inmunes esta época de pesadillas, aprobarán el sentido y el giro de mi aventura. Estas líneas son el primer testimonio «escrito» de ellas. Las redacté en el instante, llamado en lenguaje profano, del despertar. Ignoro si al término del sueño o al principio de la vigilia o, como lo espero, entre ambos estados. Hecho que podré comprobar cuando pueda hallarlas y releerlas; pues, lamentable y misteriosamente, se han extraviado en una habitación en la que eran lo único visible.

Fuente: Lecturia

 

Otros cuentos para adultos

José Emilio Pacheco

Si te gustan los cuentos para adultos, te recomiendo El viento distante de José Emilio Pacheco.

 

martes, 30 de septiembre de 2025

Cuento breve de José Emilio Pacheco

 

Cuento breve de José Emilio Pacheco

A continuación, te presento un cuento breve de José Emilio Pacheco: El viento distante. El cuento narra el recuerdo de una visita a una feria ambulante, donde una experiencia inesperada deja una profunda impresión en el narrador y en su acompañante. Lo que parecía un simple paseo se convierte en un momento de revelación sobre el dolor, la dignidad y la soledad humana. A través de esta escena, José Emilio Pacheco muestra cómo, en medio de lo cotidiano, se esconde el sufrimiento silencioso de otros, y cómo ciertos encuentros pueden marcar un antes y un después en la forma en que vemos la vida. 

Este cuento para adultos puedes escucharlo en mi canal de YouTube, Carla Narraciones. 

 

El viento distante

   La noche es densa. Sólo hay silencio en la feria ambulante. En un extremo de la barraca el hombre cubierto de sudor fuma, se mira al espejo, ve el humo al fondo del cristal. Se apaga la luz. El aire parece detenido. El hombre va hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja arder y mira la tortuga que yace bajo el agua. Piensa en el tiempo que los separa y en los días que se llevó un viento distante.

 

       Adriana y yo vagábamos por la aldea. En una plaza encontramos la feria. Subimos a la rueda de la fortuna, el látigo y las sillas voladoras. Abatí figuras de plomo, enlacé objetos de barro, resistí toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que predecía mi porvenir.

       Hallamos en esa tarde de domingo un espacio que permitía la dicha; es decir, el momentáneo olvido del pasado y el futuro. Me negué a internarme en la casa de los espejos. Adriana vio a orillas de la feria un barraca aislada y miserable. Cuando nos acercamos el hombre que estaba a las puertas recitó:

       —Pasen, señores. Conozcan a Madreselva, la infeliz nina que un castigo del cielo convirtió en tortuga por desobedecer a sus mayores y no asistir a misa los domingos. Vean a Madreselva. Escuchen en su boca la narración de su tragedia.

       Entramos. En un acuario iluminado estaba Madreselva con su cara de niña y su cuerpo de tortuga. Adriana y yo sentimos vergüenza de estar allí y disfrutar la humillación del hombre y de una niña que con toda probabilidad era su hija. Terminado el relato, Madreselva nos miró a través del acuario con la expresión del animal que se desangra bajo los pies del cazador.

 

       —Es horrible, es infame —dijo Adriana en cuanto salimos de la barraca.

       —Cada uno se gana la vida como puede. Hay cosas mucho más infames. Mira, el hombre es un ventrílocuo. La niña se coloca de rodillas en la parte posterior del acuario. La ilusión óptica te hace creer que en realidad tiene cuerpo de tortuga. Es simple como todos los trucos. Si no me crees, te invito a conocer el verdadero juego.

       Regresamos. Busqué una hendidura entre las tablas. Un minuto después Adriana me suplicó que la apartara. Al poco tiempo nos separamos. Después nos hemos visto algunas veces pero jamás hablamos del domingo en la feria.

 

       Hay lágrimas en los ojos de la tortuga. El hombre la saca del acuario y la deja en el piso. La tortuga se quita la cabeza de niña. Su verdadera boca dice oscuras palabras que no se escuchan fuera del agua. El hombre se arrodilla, la toma en sus brazos, la atrae a su pecho, la besa y llora sobre el caparazón húmedo y duro. Nadie entendería que la quiere ni la infinita soledad que comparten. Durante unos minutos permanecen unidos en silencio. Después le pone la cabeza de plástico, la deposita otra vez sobre el limo, ahoga los sollozos, regresa a la puerta y vende otras entradas. Se ilumina el acuario. Ascienden las burbujas. La tortuga comienza su relato.

 Fuente: Lecturia

Otros cuentos

Cuentos de Inés Arredondo

Si te gustan los cuentos, te recomiendo La señal de Inés Arredondo.

viernes, 26 de septiembre de 2025

Poemas inolvidables de Julia de Burgos

Julia de Burgos

A continuación, te comparto unos poemas inolvidables de Julia de Burgos, una activa promotora de la liberación de la mujer y considerada por muchos críticos como la más excelsa poetisa puertorriqueña, los cuales puedes escuchar en mi canal de YouTube, Carla Narraciones.

Además, me gustaría dejarte dos de los poemas que más me han impactado: "A Julia de Burgos" e "Íntima".

 

                                                     A Julia de Burgos

Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.

Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo; y el más
profundo abismo se tiende entre las dos.

Tú eres fria muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.

Tú, miel de cortesana hipocresías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el corazón.

Tú eres como tu mundo, egoísta;
yo no; que en todo me lo juego a ser lo que soy yo.

Tú eres sólo la grave señora señorona; yo no,
yo soy la vida, la fuerza, la mujer.

Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a todos, a
todos en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.

Tú te rizas el pelo y te pintas; yo no;
a mí me riza el viento, a mí me pinta el sol.

Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.

Tú en ti misma no mandas;
a ti todos te mandan; en ti mandan tu esposo, tus
padres, tus parientes, el cura, la modista,
el teatro, el casino, el auto,
las alhajas, el banquete, el champán, el cielo
y el infierno, y el que dirán social.

En mí no, que en mí manda mi solo corazón,
mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.

Tú, flor de aristocracia; y yo, la flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos se
lo debes, mientras que yo, mi nada a nadie se la debo.

Tú, clavada al estático dividendo ancestral,
y yo, un uno en la cifra del divisor
social somos el duelo a muerte que se acerca fatal.

Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticiasquemadas,
y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injustoy lo inhumano,
yo iré en medio deellas con la tea en la mano.

 

"A Julia de Burgos" es un poderoso poema de confrontación interna, donde la autora se desdobla para enfrentar su yo social (sumiso, superficial y condicionado por normas patriarcales) con su yo verdadero, libre, auténtico y rebelde. Con un tono desafiante, la poeta denuncia la hipocresía de los roles impuestos a la mujer y afirma su autonomía moral, intelectual y emocional. Es una declaración de identidad y libertad que trasciende lo personal y se convierte en un grito colectivo de justicia y emancipación.

 

                                                        Íntima

 

Se recogió la vida para verme pasar.
Me fui perdiendo átomo por átomo de mi carne
y fui resbalándome poco a poco al alma.

Peregrina en mí misma, me anduve un largo instante.
Me prolongué en el rumbo de aquel camino errante
que se abría en mi interior,
y me llegué hasta mí, íntima.

Conmigo cabalgando seguí por la sombra del tiempo
y me hice paisaje lejos de mi visión.

Me conocí mensaje lejos de la palabra.
Me sentí vida al reverso de una superficie de colores y formas.
Y me vi claridad ahuyentando la sombra vaciada en la tierra
desde el hombre.


Ha sonado un reloj la hora escogida de todos.
¿La hora? Cualquiera. Todas en una misma.
Las cosas circundantes reconquistan color y forma.
Los hombres se mueven ajenos a sí mismos
para agarrar ese minuto índice
que los conduce por varias direcciones estáticas.

Siempre la misma carne apretándose muda a lo ya hecho.
Me busco. Estoy aún en el paisaje lejos de mi visión.
Sigo siendo mensaje lejos de la palabra.

La forma que se aleja y que fue mía un instante
me ha dejado íntima.
Y me veo claridad ahuyentando la sombravaciada en la tierra
desde el hombre.

 

 

El poema Íntima de Julia de Burgos es una profunda exploración introspectiva, donde la autora se aleja del cuerpo y de lo superficial para adentrarse en su ser más esencial. A través de un lenguaje reflexivo y casi místico, se describe como peregrina de sí misma, reconociéndose más allá de la forma, la palabra o el tiempo. Es un viaje hacia lo espiritual y lo auténtico, donde se reafirma como una fuerza de luz que trasciende la oscuridad sembrada por el hombre.


Otros poemas en YouTube

José Ángel Buesa

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domingo, 21 de septiembre de 2025

La señal, un cuento para adultos de Inés Arredondo.

 

Amor en la compasión y en la vulnerabilidad

Relato para adultos de Inés Arredondo

A continuación, te presento La señal, un cuento para adultos escrito por Inés Arredondo. Si prefieres escucharlo, te invito a visitar mi canal de YouTube: Carla Narraciones.

Este relato para adultos tiene una gran carga simbólica, ya que narra una escena en la que Pedro, un hombre atrapado en su vacío interior, recibe de un obrero el desconcertante gesto de besarle los pies, un acto que encarna, al mismo tiempo, humillación, amor, sacrificio y redención. Cabe destacar que el hecho de que sea un obrero quien se arrodilla y ejecuta este gesto invierte radicalmente tanto las jerarquías sociales como las espirituales, y sitúa a Pedro, el protagonista, en el lugar del 'elegido', no por mérito, sino por el misterio de un sufrimiento compartido.

Ambos sienten asco, pero también amor, que trasciende la carne y se inscribe en el ámbito de lo sagrado, como un acto de compasión radical que deja en Pedro una señal indeleble, una herida luminosa que ya no puede ocultar ni comprender del todo. A su vez, la desnudez de los pies representa un descenso a lo más elemental del ser, donde se revela la vulnerabilidad como condición necesaria para la compasión. El beso del obrero es, al mismo tiempo, humillación y consagración: Pedro se convierte en portador de una señal inexplicable que trastoca su identidad y lo marca para siempre, como si en ese instante se hubiera rozado el misterio del dolor humano y de una posible redención entre iguales. Así, el cuento interroga el sentido de la redención, el dolor, y la posibilidad del amor humano, de la compasión, como un gesto extremo de entrega y de fe, incluso entre hombres desconocidos, incluso en medio del absurdo.

 

 

La señal

El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre, pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.

Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.

Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.

Siempre había estado ahí, pero sólo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desagradable de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña —de ahí su aire de pinos—. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.

No había nadie, sólo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.

El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.

Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.

Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.

—¿Me permite besarle los pies?

Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo… Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Su ojos podían obligar a cualquier cosa, pero sólo pedían.

—Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.

Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre… Tuvo piedad de él.

—Está bien.

—¿Quiere descalzarse?

Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lúcido, tan lúcido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzó.

Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.

No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.

Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… Pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel… Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez… El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento… No, no, los dos sentían asco, sólo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan sólo una vez, en la crucifixión.

El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.

Pedro se quedó ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.

Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.

¿Por qué yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él sólo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.


Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.

 Fuente: Ciudad Seva

Cuentos para adultos

Si te gusta este género literario, te recomiendo El guante de Reynol Pérez.

 

viernes, 12 de septiembre de 2025

El guante, cuento para adultos de Reynol Pérez

 

Cuento para adultos

A continuación, te presento un cuento para adultos, El guante de Reynol Pérez. El cuento narra, desde la mirada de un niño, la estrecha relación entre su padre y su perro Guante, quien representa una fuente de afecto y alegría en medio de la vida dura del campo. La historia avanza entre la rutina familiar y el afecto silencioso, hasta que una amenaza pone en peligro ese vínculo. 

La frase “Desde algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo, porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros” resume el tono del cuento: una reflexión sobre cómo la felicidad, aunque pequeña y cotidiana, parece siempre vigilada por una fuerza invisible que la limita. Este cuento explora la fragilidad de la alegría, el dolor callado de los adultos, y la pérdida de la inocencia en el corazón de los niños.

 

El guante

En toda su vida mi padre había tenido pocos amigos. Los más cercanos eran nuestros padrinos de bautismo porque en aquellos años el padrino elegido asumía el compromiso de criar y proteger al ahijado si uno o los dos padres llegaba a faltar. Yo creo, sin embargo, que sus mejores amigos fueron los perros, compañía imprescindible después del fallecimiento de mi madre. Todos fueron amigos fieles, compañeros ideales; juguetones o apacibles, según lo exigiera la situación. El Guante, sin duda, ocupó siempre su corazón. Era un perro de raza indefinida, más corriente que común, como acostumbra decir la gente a manera de burla. De color negro con manchas blancas y cafés. Parecía que un dios sabio le hubiera pintado cada pata de color blanco, de tal manera que éstas parecían un guante. Por esa razón mi padre decidió darle aquel nombre. El Guante seguía a todos lados a mi padre: estaba siempre con él en los corrales cuando ordeñaba las vacas. Lo acompañaba también a ordeñar las cabras, y si alguna de éstas se hallaba de mal humor, lo alejaba con la amenaza de sus cuernos. Él se había acostumbrado a la conducta siempre caprichosa de las cabras y nunca respondía con gruñidos o ladridos. Si mi padre se quedaba a conversar con mi madre a la hora del desayuno, lo cual sucedía a diario, tenía prohibido arañar la puerta y lo aguardaba con paciencia. Cuando mi padre salía por fin para volver a los corrales, el Guante iba a su encuentro con tales brincos de alegría que parecía que no lo hubiera visto en meses.

Desde algún sitio, muy por encima de las nubes, debe de haber alguien que vigila a los hombres y tiene por misión que la alegría no se esparza por el mundo, porque la alegría vuelve libre a cada uno de nosotros. Así, una mañana, descubrimos a Guante detenido en mitad del patio, rascándose con insistencia una de sus orejas. Mi padre lo llamó para que lo acompañara a los corrales; sin embargo, el perro permaneció en su sitio, sin atender al llamado. Mi padre resolvió entonces dejarlo en su tarea y se encaminó a los corrales. Al día siguiente no vimos a Guante por ninguna parte y mi padre se alarmó. Le pidió a mi hermano Humberto que saliera a buscarlo por los alrededores. Tenía el temor de que lo hubiera atacado un coyote o que una víbora de cascabel lo hubiera mordido. No podría existir otra razón, ya que Guante jamás abandonaba el patio si no era para seguir a mi padre. Humberto no lo encontró por ningún lado y entonces comenzamos a buscarlo entre todos, incluida mi hermana Olivia. “¡Guante!”, “¡Guanteeee!”, “¡Guanteeeee!”, sembrábamos de gritos el aire. De pronto el perro reapareció por el lado del camino que conducía al caserío, del que nos separaban ocho kilómetros.

Se veía tan flaco que cualquiera habría pensado que no había comido en días. Tenía la cabeza gacha y parecía perdido; en algún momento alzó la cabeza y lanzó un largo aullido, tan largo que nos atravesó el corazón. Con mucho cuidado mi padre ató al perro con un lazo y a paso lento lo condujo a un corralito, donde a veces encerraban a los becerros. Nosotros de inmediato le llevamos algo de comer pero no dio muestras de apetito por más que intentamos hacerlo probar algún bocado. Al día siguiente mi padre revisó el oído de Guante y lo encontró peor. El sufrimiento del animal era tan evidente que, desesperado, mi padre ensilló su caballo y se encaminó al pueblo, sin siquiera probar bocado. Volvió por la tarde con algunos medicamentos que le habían recomendado en la farmacia porque el veterinario acudía al pueblo sólo dos veces al mes. Los primeros días Guante pareció mejorar pero una mañana empeoró. Los trabajadores de la lechería que venían a recoger los botes todas las mañanas revisaron también a Guante. “Hay que terminar con el sufrimiento de este animal. No queda de otra”, pronunció sacudiendo la cabeza el que parecía ser el mayor. Mi padre les dio las gracias. Cuando la camioneta se marchó, mi padre nos pidió a Saúl y a mí que lo dejáramos solo con Guante. Allí se estuvo con él, luego de que Humberto se llevó las cabras a pastar. Qué pensamientos habrán pasado por su cabeza, qué gritos habrá ahogado en su pecho, cuántas lágrimas habrá limpiado con sus manos callosas. “No molesten a su padre”, nos advirtió mi madre para quien aquello no era nada nuevo. ¡Cuántos animales del rancho no había intentado curar, ahora y cuando era niña! ¡Cuántos no habían muerto mientras pasaba sus manos por los cuerpos agotados que sólo deseaban entregarse al reposo de la muerte! Olivia lloró toda la mañana. Saúl y yo nos mordíamos los labios y no encontrábamos a quién gritar por qué le había hecho aquello a Guante, al perro más fiel y cariñoso que hasta ahora habíamos tenido. Allá, en lo alto, alguien había sepultado nuestra alegría en un nubarrón. Al atardecer mi padre salió de la cocina cargando su rifle. Mi madre se había quedado adentro, preparando algo para la cena. Nosotros estábamos junto a la cerca de leña. Mi padre salió rumbo a los corrales y volvió poco después con Guante que lo seguía, atado el cuello con un alambre.

“Papá”, susurré yo. “Papá, ¿adónde llevas a Guante?”, preguntó Saúl. Mi padre siguió de largo. De pronto, la voz dura de un desconocido resonó en la tarde quieta: “¡Ni se les ocurra seguirme!”.


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Guadalupe Dueñas

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domingo, 7 de septiembre de 2025

Historia de mariquita de Guadalupe Dueñas

 

Cuentos para reflexionar

Historia de mariquita de Guadalupe Dueñas es un cuento para adultos que mezcla lo cotidiano con lo inquietante a través de la voz de una narradora que recuerda su infancia en una familia marcada por un secreto inusual. Un cuento para reflexionar, con un tono entre tierno y sombrío. El relato aborda temas como el peso del pasado, el duelo, la memoria y la extrañeza dentro de lo familiar. Dueñas utiliza el humor negro y una narrativa íntima para explorar cómo ciertos vínculos y ausencias pueden acompañar toda una vida.

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Historia de mariquita

Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre, y exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas. Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí dormíamos siete.

Mi papá siempre fue un hombre práctico; había viajado mucho y conocía los camarotes. En ellos se inspiró para idear aquel sistema de literas que economizaba espacio y facilitaba que cada una durmiera en su cama.

Como explico, lo importante era descubrir el lugar de Mariquita. En ocasiones quedaba debajo de una cama, otras en un rincón estratégico; pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero.

Esta situación sólo nos interesaba a las dos mayores; las demás, aún pequeñas, no se preocupaban.

Para mí, disfrutar de su compañía me pareció muy divertido; pero mi hermana Carmelita vivió bajo el terror de esta existencia. Nunca entró sola a la pieza y estoy segura de que fue Mariquita quien la sostuvo tan amarilla; pues, aunque solamente la vio una ocasión, asegura que la perseguía por toda la casa.

Mariquita nació primero; fue nuestra hermana mayor. Yo la conocí cuando llevaba diez años en el agua y me dio mucho trabajo averiguar su historia.

Su pasado es corto, y muy triste: llegó una mañana con el pulso trémulo y antes de tiempo. Como nadie la esperaba, la cuna estaba fría y hubo que calentarla con botellas calientes; trajeron mantas y cuidaron que la pieza estuviera bien cerrada. Isabel, la que iba a ser su madrina en el bautizo, la vio como una almendra descolorida sobre el tul de sus almohadas. La sintió tan desvalida en aquel cañón de vidrios que sólo por ternura se la escondió en los brazos. Le pronosticó rizos rubios y ojos más azules que la flor del heliotropo. Pero la niña era tan sensible y delicada que empezó a morir.

Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba.

Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva —imagino sería aguardiente con sosa cáustica—. Este trabajo lo efectuaba emocionado y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo.

Claro está que el secreto lo guardábamos en familia. Fueron muy raras las personas que llegaron a descubrirlo y ninguna de éstas perduró en nuestra amistad. Al principio se llenaban de estupor, luego se movían llenas de recelo, por último desertaban haciendo comentarios poco agradables acerca de nuestras costumbres. La exclusión fue total cuando una de mis tías contó que mi papá tenía guardado en un estuche de seda el ombligo de una de sus hijas. Era cierto. Ahora yo lo conservo: es pequeño como un caballito de mar y no lo tiro porque a lo mejor me pertenece.

Pasó el tiempo, crecimos todas. Mis padres ya no estaban entre nosotras; pero seguíamos cambiándonos de casa, y empezó a agravarse el problema de la situación de Mariquita.

Alquilamos un señorial caserón en ruinas. Las grietas anunciaban la demolición. Para tapar las bocas que hacían gestos en los cuartos distribuimos pinturas y cuadros sin interesarnos las conveniencias estéticas. Cuando la rajadura era larga como un túnel la cubríamos con algún gobelino en donde las garzas, que nadaban en punto de cruz añil, hubieran podido excursionar por el hondo agujero. Si la grieta era como una cueva, le sobreponíamos un plato fino, un listón o dibujos de flores. Hubo problema con el socavón inferior de la sala; no decidíamos si cubrirlo con un jarrón Ming o decorarlo como oportuno nicho o plantarle un pirograbado japonés.

Un mustio corredor que se metía a los cuartos encuadraba la fuente de nuestro palacio. Con justo delirio de grandeza dimos una mano de polvo mármol al desahuciado cemento de la pila, que no quedó ni de pórfido ni de jaspe, sino de ruin y altisonante barro. En la parte de atrás, donde otros hubieran puesto gallinas, hicimos un jardín a la americana, con su pasto, su pérgola verde y gran variedad de enredaderas, rosales y cuanto nos permitiera desfogar nuestro complejo residencial.

La casa se veía muy alegre; pero así y todo había duendes. En los excepcionales minutos de silencio ocurrían derrumbes innecesarios, sorprendentes bailoteos de candiles y paredes o inocentes quebraderos de trastos y cristales. Las primeras veces revisábamos minuciosamente los cuartos, después nos fuimos acostumbrando y cuando se repetían estos dislates no hacíamos caso.

Las sirvientas inventaron que la culpable era la niña que escondíamos en el ropero: que en las noches su fantasma recorría el vecindario. Corría la voz y el compromiso de las explicaciones; como todas éramos solteras con bastante buena reputación se puso el caso muy difícil. Fueron tantas las habladurías que la única decente resultó ser la niña del bote a la que ni siquiera levantaron calumnias.

Para enterrarla se necesitaba un acta de defunción que ningún médico quiso extender. Mientras tanto la criatura, que llevaba tres años sin cambio de agua, se había sentado en el fondo del frasco definitivamente aburrida. El líquido amarillento le enturbiaba el paisaje.

Decidimos enterrarla en el jardín. Señalamos su tumba con una aureola de mastuerzos y una pequeña cruz como si se tratara de un canario.

Ahora hemos vuelto a mudarnos y no puedo olvidar el prado que encarcela su cuerpecito. Me preocupa saber si existe alguien que cuide el verde limbo donde habita y si en las tardes todavía la arrullan las palomas.

Cuando contemplo el entrañable estuche que la guardó veinte años, se me nubla el corazón de nostalgia como el de aquellos que conservan una jaula vacía; se me agolpan las tristezas que viví frente a su sueño; reconstruyo mi soledad y descubro que esta niña ligó mi infancia a su muda compañía.

Fuente: Lecturia 

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