César Aira
A continuación, te presento El carrito de César Aira considerado uno de los más destacados y prolíferos escritores latinoamericanos y de la Argentina. En este relato para adultos, un hombre cree descubrir un fenómeno prodigioso en la rutina de un supermercado: un carrito que se mueve solo, con una voluntad lenta y constante que pasa desapercibida para todos los demás. Lo que comienza como una observación curiosa se convierte en una profunda identificación personal, donde el protagonista proyecta sus propios sentimientos de soledad y su búsqueda de sentido en este objeto inanimado.
El significado del cuento explora cómo la
atención y la imaginación humana pueden transformar lo más vulgar en algo
sagrado, pero también nos advierte sobre el peligro de idealizar lo
desconocido; es una reflexión sobre la delgada línea que separa la sensibilidad
poética de la alienación, sugiriendo que aquello que creemos que nos
"entiende" o se parece a nosotros puede guardar una naturaleza
completamente distinta a la que soñamos.
Este cuento puedes escucharlo en YouTube y Spotify.
El carrito
Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. En nada se lo habría podido distinguir entre los doscientos carritos del supermercado, que era enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.
Solamente
de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía
perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez
en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se
sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los
supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían,
naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El
establecimiento era tan grande y laberíntico que ese olvido no habría tenido
nada de raro. Si al encontrarlo lo veían avanzar, y si notaban el avance, que
eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban
pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.
En
realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos
entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin
detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa
disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos. Tanto
los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este
fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el
único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien
escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a
nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen
ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las
compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña
muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya
de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me
recorría al identificarlo. Lo consideraba una especie de amigo, un objeto
amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito
había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las
fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconsciente, le
estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo
civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más.
Me
gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando
lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca
de aventuras,
de
conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal
paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y
latas de arvejas? Y aun así no perdía la esperanza, y reanudaba sus
navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo
es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la
vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con
él,
y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo
que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía
cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se
parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un
horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más
radical, más desinteresado.
Con
estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para
ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes
que su declaración.
Sus
palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda
la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la
simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro.
El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De
pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo
lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por
ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a
su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja
contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un
susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y
articulado:
–Yo
soy el Mal.
Fuente: Eterna cadencia
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