martes, 21 de julio de 2026

5 poemas de Margaret Atwood

 

Margaret Atwood

A continuación, te presento cinco poemas de Margaret Atwood. Estos poemas pertenecen al poemario Sinceramente, la edición en español de Dearly (2020). En esta colección, Atwood reúne poemas escritos desde una perspectiva madura e íntima, donde reflexiona sobre el envejecimiento, la pérdida, el amor, la muerte y la crisis medioambiental. Con un lenguaje claro y lleno de imágenes simbólicas, la autora invita al lector a contemplar la fragilidad de la vida y la importancia de preservar tanto los vínculos humanos como el mundo natural.

Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) es una de las escritoras más importantes de la literatura contemporánea. Aunque es conocida internacionalmente por novelas como El cuento de la criada, su trayectoria abarca también la poesía, el ensayo y el relato breve. A lo largo de más de seis décadas de carrera ha explorado temas como la condición humana, el feminismo, el poder, la memoria, el paso del tiempo y la relación entre las personas y la naturaleza.

Estos poemas puedes escucharlos en Carla Narraciones (YouTube y Spotify)


Poemas de Margaret Atwood


La Mujer de Hojalata recibe un masaje

Sobre la sábana de franela

en la postura de un hombre haciendo el muerto,

boca abajo. Las manos descienden,

ignoran la piel,

el xilófono de la columna,

esquivan los bultos y los lóbulos,

se dirigen al tejido profundo,

 

van a las pequeñas bisagras

que crujen como pequeñas ranas;

tañen las cuerdas de tripa

de los tensos tendones magullados.

 

Qué oxidada estoy,

qué cerrada, qué bloqueada.

Como una lata vieja de judías cocidas,

la Mujer de Hojalata olvidada bajo la lluvia.

El movimiento implica dolor.

Qué corroída.

 

¿Quién se quejaba

de no tener cerebro?

Algún espantapájaros de tela.

 

A mí, es el corazón:

ésa es la parte que me falta.

Antes deseaba uno:

un delicado cojín de seda roja

colgando de una cinta de sangre,

perfecto para clavar alfileres.

Pero he cambiado de opinión.

Los corazones duelen.

 

***

 

Traición

 

Cuando te topas con tu amante y tu amiga

desnudos en tu cama

hay cosas que podrían decirse.

 

Adiós no es una de ellas.

Nunca cierres esa puerta torpemente abierta,

se quedarán encerrados en esa habitación para siempre.

 

Pero ¿tenían que estar tan desnudos?

¿Tan poca clase?

¿Revolcándose como en un charco primaveral?

 

Las piernas demasiado largas, las cinturas demasiado gruesas,

las lorzas por aquí y por allá,

los mechones de pelo…

 

Sí, fue una traición,

pero no a ti.

Sólo a la idea que tenías

 

de ellos, con luz suave y mística,

con la nieve cayendo lentamente

y un atardecer malva de diciembre;

 

no ese destello torpe,

esa carne desparramada,

atrapada en el brillo de tu mirada.

 

***

 

Pluma

 

Las plumas cayeron a puñados.

Por el mero viento, la decoloración del sol, la guerra de

lechuzas,

algún asesino con una escopeta,

 

¿quién sabe?

Pero las encontré aquí en el césped:

piel desgarrada no sé de quién;

 

caligrafía de alas destrozadas,

restos de un dios que se derritió

demasiado cerca de la luna.

 

Una vez voló alto,

como todos lo hicimos.

Toda vida es un fracaso

 

en el último momento,

la hora de la sangre seca.

Pero nada, queremos creer,

 

se desperdicia, así que tomé una pluma de la matanza,

afilé y partí el cálamo,

busqué tinta,

 

y dibujé este poema

contigo, pájaro muerto.

Con tu vuelo agotado,

 

con tu pánico desvaneciéndose,

con tu mirada cayendo en espiral,

con tu noche.

 

***

 

¡Oh, niños!

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin pájaros?

¿Habrá grillos donde estéis?

¿Habrá margaritas?

Almejas, por lo menos.

Tal vez ni almejas.

 

Sabemos que habrá olas.

Éstas no necesitan mucha vida.

Una brisa, una tormenta, un ciclón.

Mareas, también. Piedras.

Las piedras son un consuelo.

 

Habrá puestas de sol, mientras haya polvo.

Habrá polvo.

 

¡Oh niños!, ¿creceréis en un mundo sin canciones?

¿Sin pinos, sin musgo?

 

¿Pasaréis la vida en una cueva,

una cueva sellada con una línea de oxígeno,

hasta que haya un corte de luz?

¿Se os quedarán los ojos en blanco como los ojos de clara de huevo

de los peces sin sol?

Allí dentro, ¿qué desearéis?

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis en un mundo sin hielo?

¿Sin ratones, sin líquenes?

 

¡Oh, niños!, ¿creceréis?

 

***

 

Dentro

 

Desde fuera vemos un marchitamiento,

pero por dentro, como lo sienten

el corazón y el aliento y la piel interior, qué diferente,

qué vasto qué sereno qué parte de todo

qué oscuridad estrellada. Último aliento. Divino

tal vez. Tal vez alivio. Los amantes atrapados

y lacrados dentro de una caverna,

las voces alzadas en un último dueto flotante,

hasta que la pequeña luz de cera

se apaga. En fin, de todos modos

yo te sostuve la mano y tal vez

tú sostuviste la mía

mientras la piedra o el universo se cerraban

a tu alrededor.

Aunque no del mío. Yo sigo estando fuera.

 

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